El imperio jesuítico

Part 15

Chapter 153,991 wordsPublic domain

Dije ya que el mortero más usual en las construcciones jesuíticas, fué el barro. No era, naturalmente, de la arcilla roja que el lector ya conoce, sino del humus que se recogía en los cercanos manantiales y se empleaba con profusión á causa de su baratura. Abandonados los pueblos, la maleza ha arraigado en aquella tierra propicia, precipitándose sobre ella con un encarnizamiento de asalto. La mugre de las habitaciones, y la costumbre de barrer hacia la calle, abonaron durante más de un siglo el terreno con toda clase de detritus, siendo esto otra causa de la invasión forestal que ha cubierto las ruinas. Aquellos restos de habitaciones sin techo, parecen enormes tiestos donde pulula una maleza inextricable. Unas desbordan de helechos; en otras crecen verdaderos almácigos de naranjos; aquella está llena por el monstruoso raigón de un ombú; de esa otra se lanza por una ventana, cuyo dintel ha desencajado, un añoso timbó; el musgo tiende sobre los sillares vastas felpas, y no hay juntura ó agujero por donde no reviente una raíz.

La selva entierra literalmente aquello, de tal suerte, que puede presagiarse una ruina en razón de su espesura. Internado en ella, el viajero llega abriéndose paso á fuerza de machete hasta alguna antigua pared ó poste aislado, que nada le indican; para orientarse, es indispensable dar con la plaza que sigue formando aún en medio de la maleza un sitio despejado. Está, sin embargo, disminuida, porque el bosque tiende á avanzar hacia su centro; pero su relativa desnudez, prueba que la vegetación ha buscado en efecto el barro negro de las paredes y el suelo abonado por las basuras en las calles. Aquella plaza da la situación del pueblo. Está orientada á rumbo directo, con una leve declinación que no induce en error; y cada uno de sus costados es la base de una manzana de igual superficie. La mayor profusión del naranjal indica la huerta del antiguo convento.

De las reducciones argentinas, tan maltratadas por la guerra, apenas queda otra cosa que paredes; y como resto ornamental el pórtico de San Ignacio, popularizado por la fotografía y por las descripciones de varios viajeros. Si se quiere hallar algo menos informe, es necesario internarse al Brasil y al Paraguay, realizando fastidiosos viajes en que hasta la comida suele escasear. Los puntos más cercanos son San Nicolás y Trinidad respectivamente.

Para llegar al primero, es necesario pasar el Uruguay frente á la villa de Concepción, viajando después setenta kls. á caballo. El segundo tiene dos puntos de acceso: por tierra, desde Villa Encarnación, ciudad paraguaya situada frente á la capital de Misiones, haciendo sesenta kls. de malísimo camino; y por agua desde la mencionada capital hasta el puerto de Trinidad, situado á quince kls. de las ruinas. Las distancias son cortas; pero la escasez de caballos y el natural retraimiento de una población semi-salvaje, para quien la procedencia argentina no es una recomendación, hacen de aquellas excursiones una verdadera campaña. Por lo demás, es necesario llevar consigo provisiones á todo evento, pues hasta la mandioca, indígena de la región, suele faltar, siendo la carne mala y cara.

Unas y otras ruinas valen, sin embargo, la pena de ir á verlas. El espíritu revive á su contacto una historia originalísima; experimenta una impresión algo más elevada de la que inspira el éxtasis fácil del burgués ante la rocalla de las grutas municipales, y aquella tristeza agreste le hace comprender que no todo es retórica en la mentada «poesía de las ruinas».

Esos descoronados muros que se obstinan en permanecer, formando tan rudo contraste su vetustez con la eterna lozanía de la verdura; el curso, diríase melancólico, del manantial captado que resistió á tantos sacudimientos en la furtiva clausura de su cisterna; la huella de algún incendio en las jambas carcomidas de una celda; la bóveda trunca de un sótano que es ahora clandestino agujero; la juventud victoriosa de los naranjos que sobreviven, frutando para las aves del aire su nectárea cosecha--dan, tal vez por sugestión romántica, pero no menos evidente, sin embargo, una impresión de nostalgia mística.

La serenidad es inmensa, el silencio vasto como un mar, la soledad eterna. Empero, no hay nada de adusto allá. El clima y el bosque han impreso al conjunto su dulzura peculiar. Aquella hidrópica vegetación de tréboles, helechos, ortigas, produce una humedad por decirlo así emoliente. Los ásperos sillares rezuman el copioso rocío de las noches, que el sol meridiano desvanece apenas, dando asidero al liquen higroscópico y á los zarcillos de las parietarias; el suelo es una red de malezas, que pujan á bosquecillos de tártagos y á bravísimos cercos de agave; y por sobre eso el alto bosque dilata su inmenso toldo.

Sube hasta el bochorno la tibieza enervante del aire en las asoleadas siestas, haciendo glorietas exquisitas de aquellas derruidas habitaciones que regalan frescuras de tinaja. En perezoso desprendimiento caen aquí y allá las naranjas demasiado maduras; croan entre los árboles, al amor de tan pródiga pitanza, nubes de loros que por instantes prorrumpen á la loquesca en estridente cotorreo; algún conejo, cuyo pelaje blanco ó manchado recuerda á sus antecesores de la reducción, salta cauteloso entre los helechos; y el silencio, tan característico que se hace notar como una presencia, completa la impresión de paz.

Los montones de piedra delinean antiguas calles, cercados y recintos. Sobre el ábaco de un pilar, al que apenas diferencia de los troncos cercanos su rectangular estructura, un _guaembé_ (_philodendron micans_) dilata sus hojas como en un vasto macetón de vestíbulo; orna la adaraja que descubrió un derrumbe, tal cual cactea; yérguense sobre los parapetos elegantes arbustos, y por todos los rincones cuelgan las avispas sus panales de cartón.

Donde las construcciones fueron de tapia, la profusión es mucho mayor desde luego. La higuera silvestre y el ombú han medrado ávidamente en aquellos montones de tierra, alcanzando proporciones desmesuradas su inconsistente tronco. Esas masas de albura en que el machete se hunde como en carne de pera, han realizado los más curiosos caprichos plásticos al apoderarse de las ruinas. Aquí uno mantiene incrustado entre sus raigones tal trozo de pared, sobre el cual diríase que han corrido gruesas chorreras de plomo; más allá otros aprovecharon como tutores los antiguos machos de urunday, casi del todo cubiertos por su esponjosa leña; y algunos que encontraron en su desarrollo vigas ó tirantes, abrazáronse á ellos, desencajáronlos de sus ensambles, y alzándolos á medida de su crecimiento, forman ahora inmensas cruces ú horcas colosales del más extraño efecto.

Helechos y tréboles gigantes son el tapiz de las antiguas habitaciones; raíces y vástagos componen á sus ruinas una verdadera decoración, cual si quisieran restaurarlas con arte salvaje. De pronto se nota una enredadera que es, para ese fuste, astrágalo perfecto; ó una mata de iridáceas que forma naturales caulículos á aquella columna decapitada. Y el silencio es cada vez más profundo, cada vez más grato. Una extraviada planta de yerba trae á la mente como recuerdo impreciso la pasada historia, y esta circunstancia poética: que cada ruina posee su zorzal--acrece la impresión de melancólica dulzura con los flauteos del solitario cantor.

Allá se tiene, como quien dice en miniatura, una historia completa. Aquel fugaz Imperio, quizá soñado por sus autores como una teocracia antigua, con su David y su Salomón, pasó por todas las crisis desde la conquista hasta el fracaso; hizo florecer una política que enredó en su trama á dos naciones; organizó la vida civil, en forma como no la veía el mundo desde las más remotas civilizaciones asiáticas; realizó la teocracia, en admirable rebelión contra el progreso de los tiempos y de las ideas; conglomeró en sociedad, con imponente esfuerzo, aquel hervidero de tribus cuya dispersión inorgánica parecía inhabilitarlas para toda jerarquía--errando mucho aunque acertando asaz; conato si se quiere, pero valentísimo; esbozo á buen seguro, mas de proyecto enorme, donde no flaqueó el esfuerzo sino el ideal en pugna con la vida; y ni el estrago de la guerra le faltó para que sus restos conservaran el sello de todas las grandezas humanas, comunicando una especie de épica ternura á aquellos escombros velados por la selva compasiva, cuyos rumores son el último comentario de una catástrofe imperial.

[Ilustración]

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Hollando tejas y rotas baldosas, anda uno por ellos. Eran fuertes piezas, que revelan una vez más la poderosa estructura del conjunto. Miden las primeras 0.45 ms. de largo por 0.35 de ancho y 0.1-1/2 de espesor; las segundas 0.30 si octogonales, 0.40 y 0.45 si de seis lados. Á través del tiempo, sirven de nuevo á los actuales moradores, siendo de pasta superior.

Mencioné ya el carácter igual que tenían todos los pueblos jesuíticos, y que se ve patente en sus ruinas. Adoptado un tipo, debieron conservarlo, pues así lo ordenaba la ley; y respecto al que usaron, vale la pena mencionar el nombre de su inventor, el P. González de Santa Cruz. No hay mucha originalidad que digamos, pues el mencionado sacerdote no era arquitecto, y se atuvo estrictamente á la cuadrícula, tomando como base la manzana española con sus conocidas dimensiones (125 ms.×125); pero el dato histórico tiene su valor evidente en arqueología.

Describiré dos de estas ruinas, las más accesibles desde la capital de Misiones: San Carlos y Apóstoles; no haciéndolo con San Ignacio, que es la más visitada, porque ya existen sobre ella una descripción y un plano del señor Juan Queirel, y tiene además un guardián del Estado. Mi descripción sería una redundancia, sin contar con que los desmontes efectuados últimamente, facilitan por completo el acceso.

San Carlos, como puede verse por su plano respectivo, estaba situada entre las nacientes de los ríos Pindapoy ó San Carlos y Aguapey, y el arroyo del Mojón que desemboca en este último. Su posición era culminante, sobre una meseta de 250 ms. de altura, que divide las aguas de los ríos citados, hacia el Paraná y el Uruguay respectivamente. En días claros, se alcanzaba á ver desde ella la estancia de Santo Tomás, situada veinte kls. al N.O. y la de San Juan treinta y cinco al E. N. E. Lo acertado de su situación, en cuanto á salubridad y topografía, se deduce por contraste con el pueblo actual, cuyos diez ó doce ranchos, diseminados en el fondo de un cañadón anegadizo al S. de las ruinas, se ven á menudo azotados por la difteria y el paludismo. Una serie de lomas, casi todas coronadas por el bosquecillo circular que indica con frecuencia una antigua población, circuye las ruinas, enteramente cubiertas por el bosque al cual se interpola el diseminado naranjal.

El lector debe tener á la vista los dos planos de esta reducción, pues el de conjunto da un tipo de la topografía común á los pueblos jesuíticos, y el detallado otro de la planta urbana solamente.

[Ilustración]

Las ruinas constan de dos cuerpos, separados ahora por una calle de 20 metros de ancho que corre de N. á S., y por la plaza. El primero consiste en el convento con sus dependencias y una manzana de casas al O. El segundo es el pueblo mismo.

Rodeaba á aquel edificio una albarrada de piedra _tacarú_ en bloques de 0.20 ms. de diámetro, término medio, siendo su altura 3 ms.; su ancho en la base 1.25 y en la cúspide 0.95. Estas dimensiones son comunes á las demás murallas divisorias.

El convento se dividía en dos partes. La quinta, situada al N., tenía 145 ms. de ancho al S., por 190 de E. á O. La llena enteramente el naranjal, que ha perdido al renovarse incultamente, la antigua alineación; y en su vértice N. O. existía un pozo circundado por una pileta ó abrevadero. Una faja de terreno baldío que ocupa todo el costado O., sería quizá la hortaliza.

Á 84 metros de dicho costado, corre paralela una muralla de tapia casi enteramente derruida, cuya explicación no he podido encontrar, sino tomándola por la trinchera en que _Andresito_ resistió á los brasileños. Refuerza mi conjetura el hecho de que dicha tapia vaya á dar en el flanco de la iglesia, situada sobre el costado O. de la plaza; pues aquel edificio era el polvorín, como se recordará.

El espacio ocupado por las habitaciones del convento tiene 84 metros de E. á O, por 82 de N. á S. contando la primera distancia hasta la tapia; pues hasta el cerco general de piedra, mide 190 como en el resto. Sobre la muralla que circunda este recinto por el S., hasta dar con la tapia, es decir, en una longitud de 84 metros había 14 habitaciones por completo independientes una de otra; y desde la tapia hasta la iglesia, 19 en iguales condiciones. Su capacidad es de 10.90 ms. por 5.85; estaban construidas en piedra hasta 2.70 ms. desde el cimiento, siendo el resto una tapia que mide ahora 2.30, pero que debía exceder de 5. Los machos de urunday que atizonaban aquellos muros, están visibles todavía en algunos puntos; los sillares que los formaban, son prismas de 0.75×0.45. De los tirantes y alfarjías no queda resto en las destruidas habitaciones que el incendio devoró dos veces. Sombreaba toda esa edificación una galería de 3.50 ms. de ancho, sostenida de 4 en 4 ms. por pilastras cuyos pedestales medían 0.85×0.80. El fuste, fijo al basamento por una espiga de madera, tenía 2 ms. de alto y 0.46 por cara; algunos alcanzaban 1.06×1 en el pedestal y 0.77 en los lados. Todas estas pilastras eran ochavadas. Una parte de la galería debió de estar asentada sobre postes de madera que el incendio destruiría, por cuya razón no ha dejado vestigios. Al extremo O. de las habitaciones en cuestión, y á 20 ms. detrás de la iglesia, quedan los restos de una construcción redonda en piedra, que debió de ser el campanario comunicado con el convento. En el costado opuesto había 5 salas de piedra de 15 ms.×9.75, hasta la tapia; y si desde ésta hasta la muralla de piedra seguía la misma edificación, resultan 7; ó 19 si era como la del frente. No conservan vestigios de galería, é infiero por su tamaño que serían talleres ú oficinas. En su intersección con la tapia, está á la vista un trecho de sótano que correspondió quizá al refectorio. Tras de la muralla que circunda al convento por el O. y formando cuerpo con ella, existía un corral de 72 ms.×44, inmediato al cual pasaba el camino á la estancia de Santo Tomás, que puede utilizarse aún. De este mismo corral se desprendía un potrero de piedra, que ensanchándose al S. O. volvía después al N. hasta dar con un manantial del Pindapoy; tenía 700 metros de desarrollo. Á 30 metros detrás del costado N. de la quinta, hay una ruina situada sobre otro manantial del mismo arroyo, quedando entre ésta y el corral un sotillo de naranjos, pero sin restos de habitación.

La plaza mide 125 ms.×125, y en su costado O. estaba la iglesia, de la cual sólo quedan dos tapias informes y vestigios de gradas pertenecientes al pretil. Al extremo de este costado, ó sea en el vértice S. O. de la plaza, se halla el cementerio actual--un corralito donde hay algunos trozos de lápidas antiguas.

Manzanas de las dimensiones ya establecidas, tienen sus bases en los lados N., S. y E. de la plaza; dos más, completan el cuadrado, y una empieza en el costado S. del convento. Las habitaciones son de 6 ms.×6, y están dispuestas en filas, separadas por calles de 18 ms., como se ve en el plano. Doy una manzana solamente con esta disposición, pero las otras son iguales. Las habitaciones que rodeaban la plaza eran de piedra, así como las que formaban la manzana O. El resto es casi enteramente de tapia, notándose frente á todas vestigios de galería. Sus paredes de piedra alcanzan 3 ms. de elevación, desde el cimiento inclusive, en las esquinas; la tapia superpuesta no tiene más que 0.50. Cada manzana contaba 6 filas de habitaciones, formando 19 de éstas una fila; lo cual da 684 casas para el pueblo solamente. Calculando á 5 habitantes por casa, promedio que me parece discreto, salen 3.420; los cuales junto con la servidumbre del convento y los capataces y peones de las estancias, hacen el total de 3.500 establecido para las reducciones en general.

Las fortificaciones están enteramente destruidas; pero es fácil concebir su ubicación por la del pueblo. Aquellos arroyos que casi lo rodean, constituían fosos naturales.

Apóstoles estaba situado también en una meseta entre los arroyos Cuñá-Manó y Chimiray; el primero á 7 kls. al S. y S. O., y el segundo 1.100 ms. al N. El plano da el número de sus manzanas y dependencias, bastante destruidas; pero las habitaciones están mejor conservadas que en San Carlos. En ellas se ve que las puertas medían 3.05 ms. de alto por 1.10 de ancho. Los alféizares, netamente rebajados en la piedra, tienen 0.07. Varía un poco la capacidad de las habitaciones, pues éstas son de 5.75 ms. de largo, por 5.15 de ancho, alcanzando á 3.15 las paredes que permanecen en pie. Los sillares prismáticos que las forman, miden 0.58×0.33; no obstante, en las esquinas son de 0.87×0.40. En el ángulo S. E. de la plaza, hay restos de otras que midieron 7.50×5.70; pero son excepcionales.

[Ilustración]

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Detrás de la línea de habitaciones que formaba el costado E. de aquélla, y separadas por una calle de 15.70 de ancho, había dos salas de 36.70 de largo por 5.80 de ancho cada una; quedando aisladas entre sí por un espacio de 17.15, en el cual prosperan algunos naranjos. Detrás todavía, y á la distancia ya indicada de 15.70, hay otras dos de iguales dimensiones, siguiendo después la edificación común. Sus paredes miden 0.75 de espesor. Cada una tenía 6 puertas, correspondientes, según parece, á otros tantos tabiques.

Quedan en el costado N. de la plaza, restos de dos cuerpos de edificio separados por un espacio de 25 ms., los cuales miden 6.40 de frente cada uno. Una puerta de 2.30 de alto por 1.95 de ancho, permanece todavía en pie. De los extremos del cabio, formado por un enorme tablón de urunday, arrancaban dos maderos, que incrustándose en las piedras caladas al efecto, formaban una especie de arco adintelado. Carcomido por el incendio hasta la mitad, resiste, sin embargo, soportando el enorme peso del dintel, casi sin pandearse; y es probable que conservara toda su horizontalidad, de estar contrapeado todavía con las jambas. Ello no es de extrañar, cuando se sabe que la madera del urunday tiene una resistencia á la flexión de 1257 kgs. por cm². Cada cuerpo del edificio mencionado tiene 5.66 ms. de ancho, siendo su fondo 12.80 para el que está más al E. y 6 para el otro. Las paredes miden 0.69 de espesor y 5.80 de altura; pero es fácil calcular 1.50 más, por los derrumbes y lo colmado del piso, resultando entonces una altura de 7.30 para el edificio.

El otro costado de la plaza, es decir el del S., tiene 55.50 ms. ocupados por un muro de piedra de altura variable, cuyo máximum y mínimum es de 3 y de 1.70. Me inclino á creer que este muro correspondiera al costado de una sala extensa, análoga á las ya descritas en el costado E. Los 13 y 62 ms. que faltan para completar el lado en cuestión, estuvieron formados, al parecer, por casas de tapia.

Á 68 ms. al S. de este costado, hay restos de una construcción de 26 ms. de frente por 16 de fondo, con un tabique divisorio á los 7.50 de éste. Se hallaba dividida en cuatro piezas iguales con cuatro puertas al N. Quedan vestigios de una galería de 2.35 de ancho sobre los costados N., E. y O. de la plaza, consistentes en postes de urunday muy deteriorados, y pilastras de 2.09 de alto por 0.45 de cara; unas ochavadas, otras con un tosco esgucio que las decoraba groseramente.

Frente á la larga pared descrita, existe el tronco de una estatua de piedra, que por la manera cómo tiene cruzadas las manos sobre el pecho, debió de pertenecer á la Inmaculada Concepción. Las erosiones apenas dejan distinguir un pie; mas lo poco que de él aparece debajo de la túnica, refuerza el anterior indicio. Cerca de este punto, dos pedestales netos, en cuyos plintos se ve aún los agujeros de las espigas que aseguraban sus respectivas estatuas, indican que éstas fueron dos; y en efecto, no es difícil encontrar pedazos de otra. Dichas estatuas, que decoraban el exterior de las iglesias, nos llevan á tratar de las ruinas pertenecientes á éstas.

[Ilustración: =Una puerta decorada.=]

Alguna vez se ha hablado del «estilo guaraní;» pero es un evidente abuso de frase. Sabe todo el mundo, que ni siquiera puede decirse con propiedad «estilo jesuítico,» siendo lo único peculiar en la arquitectura de la Compañía el abuso decorativo; mas esto mismo era entonces una moda universal.[102] El bosque, con su profusión lujuriante, habría influido tal vez sobre aquella arquitectura; pero no hubo tiempo para semejante evolución, por de contado muy lenta siempre, y los indios carecían de la cultura requerida para ser artistas, mucho menos artistas innovadores. Debo hacer notar, sin embargo, para ser justo, que la cargazón y los colores vivos, sobre cuya mención volveré muy luego, se atenuaban mucho y aun se explicaban por la acción de una luz harto viva y de un ambiente clarísimo, que hubieran devorado (para usar el término de rigor) las medias tintas. Toda la decoración externa estaba pintada, para evitar precisamente esto como en los templos medievales cuyo efecto debía de ser bellísimo, á juzgar por algún nártex, todavía apreciable, y se ve que hubo designio en ello, por la anchura de los ábacos, la profundidad de los esgucios y el hecho de tener su fuste acanalado todas las columnas decorativas; pues si tales rasgos sorprenden por su exageración en el primer momento, bien pronto se nota su objeto: atenuar el exceso de luz ambiente.

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Las ruinas de los templos jesuíticos no dejan, pues, impresión alguna de novedad. Todas revelan el tipo cruciforme que predominó en la Edad Media, y que los jesuítas restauraban por devoción especial á Jesu-Cristo.[103] Nada original en el conjunto ni en los adornos. El pórtico de una sacristía de Trinidad, que el lector ha visto copiado en su estado actual, da una idea suficiente de las ornamentaciones. La iglesia á que pertenece fué edificada en la época del mayor poderío jesuítico, siendo quizá la más vasta de todas. El de San Ignacio, en las Misiones argentinas, revela algo muy semejante: columnas góticas, sobre las cuales se asienta un dintel recargadísimo, pues la blandura del gres predisponía á abundar en decoraciones. Éstas eran muy variadas: el follaje mixto de los capiteles compuestos, los racimos de la viña evangélica; cuartos y medios boceles, golas, cheurrones, escudos encartuchados y angelotes. Á ambos lados del pórtico, dos losas con la cifra de la Virgen y de la Compañía, á derecha é izquierda respectivamente. Presento al lector tres tipos de columnas jesuíticas, que con la compuesta de pórticos y altares, forman toda la provisión arquitectónica de las ruinas; por ellas se verá cómo no había, en efecto, novedad alguna. Las embebidas son naturalmente del mismo estilo, y en los templos de tapia las labraron en madera. En Trinidad se ha conservado una cornisa que rodea todo el presbiterio, y completa la idea de las decoraciones empleadas. Representa diversas escenas domésticas de la vida de María, tratadas con bastante acierto. En una, la Virgen ora, mientras su niño duerme en la cuna y cuatro ángeles le dan música para que no despierte; en otra, arropa á su niño, siempre arrullado por la música angelical, cuyos instrumentos son arpas, zampoñas y trompetas; en otra, maneja su devanadera con el mismo acompañamiento; en otra todavía, es un ángel el que ejecuta la operación para que ella pueda orar.