Part 13
El yerno de este último, amenazado también de cárcel, pudo fugarse á Charcas, donde se presentó en queja ante la Audiencia, y ésta, que rechazó al principio sus pretensiones, concluyó por oirle, ordenando al gobernador Reyes que enviara el proceso á sus estrados. El gobernador había cometido todo género de abusos para sustanciar dicha causa. Desde la intimidación hasta los testigos falsos, todo lo puso al servicio de sus pasiones; y cuando recibió la notificación del auto, por conducto del juez García Miranda, comisionado de la Audiencia, no solamente eludió la entrega del proceso, diciendo haberlo enviado ya á un abogado de Charcas, sino que se negó á libertar bajo fianza á los detenidos, como aquélla lo ordenaba, extremando aún el rigor de sus prisiones.
Tan parciales eran en el asunto los jesuítas, que sus dos historiadores, los PP. Lozano y Charlevoix callan estos episodios, sin los cuales, la conducta de Antequera, enviado después por la Audiencia como juez pesquisador, resulta sospechosa y ambigua; pero el primero de los citados padres, inicia su historia diciendo: «aunque mi principal intento es sacar á luz la verdad con modestia, no podré decirla toda, acomodándome al dictamen de quien dijo que, si bien el historiador ha de decir verdad en todo lo que refiere, no debe referir todo lo que es verdad;» agregando más abajo: «habré de decir lo que bastase á hacer patente la verdad, _ocultando muchas cosas_, que no siendo necesarias mas podrían ofender.»
Con este criterio histórico, agregado á los sucesos milagrosos que en diversos puntos menciona como antecedentes funestos de los sucesos por venir, queda visible el carácter apasionado de las historias jesuíticas.
Es otra prueba del jesuitismo de Reyes, y formaba uno de los capítulos de su acusación ante la Audiencia, el feroz ataque que llevó sin previa declaración de guerra contra los indios _payaguás_, que los jesuítas no habían conseguido reducir,[89] pero que estaban en paz con el vecindario asunceño, á media legua tan sólo de la ciudad.
La inútil matanza, ocasionó represalias dolorosas, que costaron la vida, entre otros, á los jesuítas Blas de Silva y José Mazo; pues los indios comprendían perfectamente el origen de la guerra que Reyes les declaró.
Mientras el juez Miranda, convencido de que era inútil persuadir á Reyes para que obedeciera el mandato de la Audiencia, renunció su comisión: pero aquel tribunal había fallado antes la causa, condenando al gobernador á una multa de cuatro mil pesos, á restablecer las comunicaciones que mantenía interceptadas á fin de impedir toda acusación ó queja entre Charcas y el Paraguay, y á presentar ante el Cabildo de la Asunción su «dispensa de naturaleza»[90] en el término de una hora, sin cuyo requisito sería depuesto.
El gobernador desacató en términos duros al Cabildo y á la Audiencia, lo que prueba que se sentía escudado por fuerzas superiores á las suyas; pues jamás se hubiera atrevido á dar tal paso por su sola cuenta, sabiendo de antemano que estaba perdido. Entonces la Audiencia, en cuyo seno eran muy influyentes, sin embargo, los jesuítas, comprendió que algo grave estaba pasando en el Paraguay, y nombró juez pesquisador á su propio fiscal don José de Antequera.
Habíase éste educado entre los jesuítas y era principalísima persona, asaz enérgico é inteligente, bien reputado por su carácter é integridad, aunque el P. Lozano le impute por otra parte diversos peculados en el ejercicio de sus funciones, tachándole á la vez de extremada jactancia. En conjunto, resulta una rica naturaleza, quizá combativa, por exceso de vitalidad. Estos caracteres son dados siempre á la pasión de la justicia.
No tardó Antequera, una vez llegado á la Asunción, en ver probados los cargos de la acusación contra Reyes; y dando entonces cumplimiento á las instrucciones de la Audiencia, cuyo pliego abrió ante el Cabildo, asumió el cargo interino de justicia mayor de la provincia.
Acto continuo, empezó el proceso de Reyes, que éste prolongó con toda suerte de cortapisas, hasta el estupendo volumen de catorce mil páginas; pero, cuando á solicitud de la acusación, Antequera cerró el proceso, citando á las partes para definitiva, resultó que aquél se había fugado, refugiándose en Buenos Aires.
El proceso había sido enviado por Antequera á Charcas, con el relato de la fuga de Reyes; pero en el ínterin, el virrey del Perú envió á éste un despacho de reposición. Todo hace suponer en ello la intervención jesuítica.
La Audiencia comprendió que el virrey había sido mal informado y resolvió detener el documento mientras le avisaba lo que ocurría; pero fué imposible interceptar la comunicación, que iba escapándose de persona en persona como una suerte de juglería, mientras no llegó á las manos del teniente de Santiago del Estero. Sin embargo, el virrey, haciendo caso omiso del informe que le enviara la Audiencia, mandó á Reyes un duplicado de la reposición, lo cual demuestra el poder de las influencias ejercidas sobre él.
Con este documento, pasó Reyes de Buenos Aires á las Misiones, donde halló la mejor acogida. Los PP. podían hacer ya, sin ambages, la cuestión de legitimidad. Las reducciones reconocieron y juraron al gobernador repuesto, quien desoyó las comunicaciones de su juez para que se reintegrara á la prisión. Invocaba la orden del virrey, que era autoridad superior; pero el Cabildo produjo entonces un acto de la mayor trascendencia, que es realmente el comienzo de la futura revolución comunera.
Fundado en la autorización legal, que permitía suplicar hasta tres veces las órdenes del Rey, aplazándolas entretanto, juzgó que más naturalmente podía hacerlo con las disposiciones virreinales, y nombró gobernador á Antequera.
Los dos bandos, como se ve, iban definiéndose. De un lado Antequera y la oligarquía local que formaba el Cabildo, encaminábanse profusivamente á la restauración de los antiguos privilegios populares, tendiendo á aumentarlos en sentido revolucionario; del otro, los jesuítas, fieles á su sistema, preconizaban el acatamiento absoluto á la autoridad, juzgando delito hasta la duda. Aquéllos anteponían la justicia al principio de autoridad; éstos la obediencia, á toda otra consideración; y es claro que el poder los vería siempre con mayor agrado.
La región entera se conmovía mientras tanto, confundiendo lo decisivo del conflicto. La Audiencia seguía sosteniendo á Antequera, es decir, el predominio del poder civil y de la ley, sobre la autoridad absoluta, impregnada de clericalismo; pero los jesuítas sabían ó comprendían que á la larga, el poder central estaría con ellos.
Reyes procedía en las Misiones como gobernador legítimo, siendo sus actos más trascendentales, y los que más le enajenaban también las simpatías civiles, medidas para estorbar el comercio paraguayo; de tal modo las causas fundamentales, seguían obrando en el conflicto.
El Cabildo desconoció por segunda vez la reposición de Reyes, que éste envió desde las Misiones, certificada por los padres; y sabiendo que había pasado á Corrientes, sobre cuyas autoridades, así como sobre las de Buenos Aires, tenían influencia los jesuítas, hízole prender por sorpresa en aquel punto encarcelándole de nuevo en la Asunción.
Ya el virrey arzobispo del Perú, cuyo doble carácter no le proponía ciertamente en favor del elemento laico, había reconvenido á la Audiencia, exigiendo el cumplimiento de las órdenes relativas á Reyes. Así, cuando éste se quejó de su cárcel, reprodujo con mayor energía la orden de reposición, el comparendo de Antequera en juicio ante su sola autoridad, y la comisión al teniente de Buenos Aires, García Ros, para que hiciera cumplir sus mandatos.
Avanzó éste, en efecto, sobre el Paraguay al frente de un pequeño ejército, cuya principal fuerza estaba compuesta por indios de las Misiones; pero la población se mostró tan dispuesta á resistir, fundándose en el aplazamiento de las órdenes, á que tenían derecho mientras las suplicaba, que García Ros decidió retirarse.
Bien que basada en la ley, la revolución era ahora un hecho. El pueblo se había impuesto al absolutismo. Pero los PP. se daban cuenta de que no podía prosperar. Si pretendía conservarse dentro del concepto monárquico, estaba perdida por la reacción fatal de éste sobre sus pretensiones. Si lo renegaba, tenía que ir al separatismo, y el separatismo no era posible sin el mar, es decir, sin Buenos Aires. Por ello los PP. cultivaban con tanto ahinco las amistades gubernativas de esta ciudad. Con impedir ellos, en efecto, el comercio de la colonia separada, estrangulaban literalmente la revolución. Así, aquella democracia embrionaria tuvo más ímpetu que pensamiento, más instinto que plan definido. Quería derechos; había aprendido á estimarlos practicándolos, y la vieja rivalidad con los jesuítas vencedores, exasperaba su deseo. Mas la fatalidad topográfica debía de imponerse á todo. Sin el mar, que asegura la libertad de comercio, imposible la vida autónoma. Aquello no tenía más salvación que la simpatía de Buenos Aires.
Pero la revolución no vió esto. Engrióse demasiado con su triunfo local; creyó que sus libertades aisladas podían sostenerse por sí mismas.
No obstante, el peligro era más grave de lo que parecía. Los incidentes sucesivos demostraron que Antequera tenía amigos decididos, desde el Tucumán hasta Cuyo y desde Corrientes hasta Charcas: toda la futura comarca revolucionaria de 1810.
La retirada de García Ros, tuvo también por causa el estallido de la guerra con los portugueses y la consiguiente atención á Buenos Aires amenazada de cerca. Tan preparados estaban los jesuítas á combatir con Antequera, que cuando el gobernador Zavala les pidió tropas para la guerra con Portugal, pudieron enviarle tres mil hombres, quedando, no obstante, con fuerzas suficientes. Antequera hizo lo propio, para desvanecer, sin duda, las imputaciones de separatismo, que los padres comenzaban á esparcir en contra suya, y porque su objeto evidente no fué otro que el de mantener la superioridad del poder civil basada en una relativa soberanía popular.
Pero el virrey no cejaba en su intento de extinguir aquel foco rebelde; y urgido por él, Zavala envió de nuevo á García Ros sobre el Paraguay. Reforzado por dos mil guaraníes de las misiones, que se le incorporaron á las órdenes de los PP. Dufo y Rivera, acampó en territorio paraguayo sobre la margen del Tebicuarí, punto estratégico como base de invasión.
Á todo esto, el obispo del Paraguay se había decidido por los jesuítas, sin volver con esto más popular su causa; pues el pueblo enfurecido atacó el convento con intención de arrasarlo, de no mediar el mismo Antequera. El Cabildo decretó su expulsión, y olvidando toda cordura política, declaró la guerra al gobierno de Buenos Aires. Aquello era, realmente, un decreto de suicidio.
El pueblo acudió en masa á ponerse sobre las armas. Antequera derrotó á García Ros por medio de una hábil sorpresa é invadió las Misiones, que se limitaron al abandono de los pueblos, emprendiendo contra él una abrumadora guerra de recursos.
La cuestión económica, siempre vivaz, dejóse ver en el restablecimiento de las encomiendas que Antequera efectuó contra los indios de las reducciones; grave error, pues la guerra asumía, de tal modo, carácter patriótico para aquéllos.
Frustrado Antequera por la guerra de recursos, y amenazado por García Ros, que volvía rehecho al frente de seis mil guaraníes, decidió regresar á la Asunción; pero el movimiento revolucionario empezaba á languidecer, falto de objeto, al paso que el absolutismo se rehacía poderoso.
El virrey del Perú, que lo era ahora el marqués de Castel Fuertes, espíritu fanático é inflexible, ordenó al mismo Zavala la pacificación inmediata del Paraguay y la captura de Antequera. El obispo se declaraba hostil á la cabeza de sus curas, que representaban una fuerza no despreciable; y el mismo Cabildo iniciaba ante Zavala una capitulación.
Antequera había salido á reclutar milicias en la campaña, dejando como gobernador interino á don Ramón de las Llanas; pero éste entregó la ciudad á Zavala sin oponerle resistencia. El caudillo, traicionado, no tuvo otro recurso que huir á Córdoba.
Zavala nombró gobernador del Paraguay á don Martín de Barúa, poniendo en libertad á Reyes, quien era tan antipático al pueblo, que por consejo de los mismos jesuítas permaneció recluido en su casa.
Pero Barúa resultó amigo de los revolucionarios, y desobedeció, siempre con el carácter de aplazamiento suplicatorio que ya conocemos, una orden del virrey para que restableciera á los jesuítas. El Cabildo hizo lo propio con otra de la Audiencia, que empezaba ya á reaccionar en sentido absolutista. Barúa había contado con la aquiescencia de su sucesor, Aldunate, contrario también á los PP.; pero éstos eran tan poderosos, que hicieron anular el nombramiento del último; siendo al fin restablecidos con gran aparato, por orden expresa del virrey.
Del convento de franciscanos de Córdoba, donde se refugiara, Antequera, cuya cabeza había puesto á precio de cuatro mil pesos el virrey, huyó nuevamente hacia Charcas donde esperaba hallar apoyo en la Audiencia; pero este tribunal tratóle en vez como á reo, y le envió cargado de grillos á Potosí, que no fué sino su penúltima etapa hasta la cárcel de Lima, donde dió al fin en 1726. Su dramática empresa había durado cinco años.
El espíritu revolucionario permanecía vivo, sin embargo, en el Paraguay.
Antequera había trabado conocimiento en la cárcel con don Fernando Mompó,[91] quien llegó á exaltarse de tal modo por sus principios y desventuras, que huyendo de la prisión se trasladó al Paraguay en misión revolucionaria.
Su elocuencia tribunicia sublevó de nuevo los ánimos; su pensamiento, más audaz ó maduro que el de Antequera, proclamó resueltamente la prioridad del municipio sobre toda otra soberanía, dando por primera vez razón definida al nombre de «Comuneros» con que se distinguían los revolucionarios; pero padeció del mismo error que todos éstos; no vió la inutilidad de una revolución cuya consecuencia fatal era el separatismo, por otra parte imposible en el aislamiento local. Lo que constituyó el éxito de la revolución emancipadora de 1810, lo que vieron tan claramente sus caudillos, quizá aleccionados por este fracaso comunero, es decir, la expansión inmediata, faltó enteramente en el Paraguay.
Pero la sublevación fué gravísima. El nuevo gobernador, Sordeta, pariente del virrey, fué desconocido por el Cabildo y por el pueblo, en nombre, no ya del derecho de súplica, sino de la soberanía comunal. Intimáronle el inmediato abandono de la provincia, lo que ejecutó al punto, eligiendo entonces el pueblo una junta gubernativa cuyo presidente recibió el nombre de presidente de la provincia del Paraguay.
La revolución no tenía suerte en sus designaciones. Don José Luis Barreyro, que fué el elegido, no pensó sino en traicionarla. Apoderóse, pues, de Mompó arteramente, enviándole á Buenos Aires, donde fué encarcelado y procesado por Zavala. Remitido al Perú, se fugó en Mendoza, consiguiendo desde allá pasar al Brasil.
Barreyro experimentó muy luego las consecuencias de su felonía. Perseguido por el pueblo, que hubo de sublevarse contra él al conocer la suerte de Mompó, vióse precisado á huir, refugiándose en las Misiones, siempre hostiles á la revolución comunera.
No obstante la popularidad de ésta, el apoyo que desde el púlpito la prestaban los franciscanos, y la fidelidad á la Corona de que seguía haciendo gala, estaba ya virtualmente muerta.
El suplicio de Antequera, que fué ajusticiado en Lima por orden del virrey, al recibir éste el informe personal de Sordeta, consumó la obra reaccionaria.
La muerte del caudillo tuvo inusitada y trágica grandeza. El pueblo de Lima, conmovido por las palabras de perdón que pronunció el franciscano, auxiliar del reo, amotinóse para salvarle. Sólo la intervención armada de la tropa consiguió dominar el tumulto; y Antequera, muerto de un balazo en previsión de un posible triunfo de la asonada, no escapó, aun cadáver, á la decapitación, de su sentencia.
El Paraguay volvió á sublevarse con la noticia de su muerte, expulsando á los jesuítas, verdaderos causantes de todo, por tercera vez, saqueando su colegio y produciendo varias ejecuciones capitales. El obispo excomulgó á los autores de estos excesos, y una sangrienta anarquía sustituyó á toda acción gubernativa en la comarca.
Las Misiones, que habían sido agregadas por rescripto real al gobierno de Buenos Aires, debieron mantener tropas sobre sus fronteras con el Paraguay; tal era el odio que éste les profesaba.
Dos historiadores jesuítas, los PP. Lozano y Charlevoix, han escrito sobre esta revolución con el positivo intento de demostrar que la Compañía no fué sino una víctima de los comuneros por lealtad á la Corona; pero de sus mismos libros, se desprende una opinión diversa. Lo que callan, induce en sospecha de lo que dicen. Exagerando la inocencia de su orden, no hacen sino demostrar la participación que tomó en el episodio.
El triunfo que sobre aquella anarquía consiguió Zavala en su nueva empresa de pacificación, acabó con el movimiento comunero. La batalla de Tabatí, ganada realmente por los guaraníes, fué el último acto del drama. Los suplicios sucesivos, la reposición de los jesuítas, no constituyeron ya sino detalles; y el sombrío gobierno de D. Rafael de la Moneda, acabó en el cadalso con los últimos adictos de la prematura revolución.
Fué ésta fecunda, sin embargo, en su propio fracaso. El pueblo vivió vida libre, aunque agitada. Brotaron de su seno tribunos como de la Sota, que sin tener la elocuencia ni los alcances de Mompó, reemplázale un momento en su popularidad de caudillo. Ciudades jesuíticas como Corrientes, llegaron á efectuar movimientos solidarios;[92] las mismas mujeres, signo característico de toda revolución efectiva, encendiéronse en la llama heroica. Las solidaridades imprevistas, tanto como el entusiasmo revolucionario, prueban que la fidelidad monárquica disminuía en estos países y que las ideas democráticas hallaban aquí terreno propicio.[93] Faltábale, en efecto, al Gobierno central los prestigios de aparato que tanto ayudan á la monarquía, y que, naturalmente, no pudo trasladar á las colonias. La conquista, por otra parte, había sido un éxito de la calidad personal de cada conquistador, no una obra de la nobleza ó del Rey, y los revolucionarios Comuneros de Castilla, emigrados después de su derrota, trajeron gérmenes tan vivaces de democracia, que su recuerdo perduró, como se ha visto, hasta en la denominación específica de los revolucionarios paraguayos.[94] Éstos quedaron tan fuertes, aun después de su derrota, que cuando á poco y aprovechando de las turbulencias no extinguidas del todo aún, los indios _Guaycurúes_ amenazaron la Asunción, la mayoría de los soldados se encontró ser excomulgada por el asalto al colegio de los jesuítas; entonces resolvieron no defender la plaza, mientras el obispo no les alzara el entredicho, lo que éste ejecutó, dada la inminencia del peligro. Excusa, por cierto, muy de la época y también muy peculiar, en el fondo, á los nuevos tiempos.
La revolución degeneró en anarquía por falta de ambiente y de razón política definida, pues como movimiento comunero exclusivamente, implicaba un anacronismo. La monarquía evolucionando hacia el absolutismo sobre la ruina de la libertad foral, no podía ser detenida por la restauración de ésta. El espíritu popular exigía ya medidas más radicales y compatibles con la evolución que llevaba los pueblos á la democracia ó á las instituciones representativas: el separatismo revolucionario del año 10.
Como todo movimiento social prematuro, aquél de los comuneros fué suicida por desesperación cuando comprendió la imposibilidad del triunfo; pero se ha impuesto á la historia como una generosa tentativa de libertad, cuyo fracaso aumenta quizá lo simpático de su esfuerzo. Más que una revolución, fué propiamente un caso foral.
Ciertamente, no tuvo otros alcances, ni creo que pueda verse sin exceso en Antequera, un mártir anticipado de la libertad americana. Su carácter es simpático, sin ser de ningún modo genial; y su figura, dominada siempre por los acontecimientos, no es por supuesto la de un jefe extraordinario. Su ejecución fué, por esto, un crimen inútil, ó más bien estúpida venganza, que extremó la reacción en perjuicio de sus propios autores, como siempre sucede. Los PP. iban á experimentar muy luego el contragolpe del absolutismo que con tanto ahinco defendieron.
NOTAS:
[86] Por no haber recibido, junto con su nombramiento, las bulas de institución.
[87] El obispo lo era. La oposición venía desde los comienzos de la conquista espiritual, que fué empezada por los franciscanos, según queda dicho.
[88] Había ejercido hasta 1717, año de su nombramiento, las funciones de alcalde provincial.
[89] Eran cristianos, sin embargo; lo que volvía más significativa aquella crueldad.
[90] Porque según la ley, no podía ser gobernador, á causa de que pertenecía al lugar de su gobierno, y estaba emparentado con varios regidores.
[91] Ésta es la ortografía de Lozano, y sin duda la buena. Estrada, que siguió á Charlevoix en sus noticias, escribe Mompo, sin acento, como él; pero Charlevoix pronunciaba en francés, necesitando acento, por lo tanto.
[92] En 1732, para no concurrir á la represión del Paraguay adonde enviaron prisionero al teniente de rey que para ello se aprontaba.
[93] Casi al mismo tiempo, el P. Falkeuer (ver el epílogo) notaba igual cosa en las campañas argentinas.
[94] No necesito advertir que mi narración del movimiento comunero, es simplemente esquemática, habiéndola elegido sólo por ser el más importante episodio político de la época y el más significativo á la vez.
VI =Expulsión y decadencia.=
El Tratado de Permuta entre los Gobiernos lusitano y español, que cambió la Colonia del Sacramento al primero, por los pueblos que el segundo poseía en la margen oriental del Uruguay, interrumpió aquella tranquila dominación.
Dichos pueblos eran, en efecto, las siete reducciones jesuíticas del Brasil, que por el distrito del Tape y Porto Alegre buscaban el soñado desahogo sobre el Océano.
Liberal se había mostrado la Corona en sus indemnizaciones á los habitantes. No sólo podían éstos retirarse con todos sus bienes á las reducciones de la costa occidental (Art. 16 del tratado), sino que se daba á cada pueblo 4.000 pesos para gastos de mudanza, eximiéndoselo además del tributo por diez años en el nuevo paraje donde se situara. Pero esto era nada en comparación de lo que se perdía. Arrojados de la Guayra por los mamelucos, y abolido por consecuencia todo intento de comunicarse á su través con el Atlántico, los PP. habían diferido la realización de este propósito dominante, para cuando replantearan sobre bases más sólidas el núcleo de su Imperio. Comenzaba esto á lograrse, después de ciento y pico de años de esfuerzos, avanzando ya su dominio hasta la Sierra del Tape, donde tenían vastas dehesas, dependientes de las reducciones de San Juan y San Miguel--cuando el tratado de 1750 vino á desvanecer por segunda vez sus aspiraciones. Era demasiado, sin duda, para que lo sufrieran tranquilos, y la insurrección guaraní de 1751 lo demostró enteramente.