Part 12
Eran también notables los puentes. Á 7 kilómetros O. S. O. de las mismas ruinas, quedan los restos de uno sobre el arroyo Chimiray. Comienza con una calzada de piedra de 9 metros de ancho por 30 de longitud en la margen Este, y 58 en la opuesta. Dicho arroyo, que corre allá de N. O. á S. E., tiene un ancho normal de 15 ms. y una profundidad de 1.50; pero durante sus rápidas crecidas, suele salirse de madre hasta 1.000, y alcanzar honduras de 8 cuando no tiene donde extenderse. Previendo esto, se construyó el puente en un terreno anegadizo, lo que impedía que las aguas lo cubriesen. Sus restos están formados por 12 postes de urunday, en 6 filas oblicuas á la corriente. Deben de haber sido 15 en cinco hileras de á tres, estando aquéllas á 3.80 ms. de distancia entre sí y los pilotes á 2 cada uno. La anchura del puente resultaría entonces de 4 metros; su longitud de 19 y su altura sobre el agua, de 3. Era el tipo común de esta clase de construcciones, bastante raras después de todo.
Como el principal obstáculo de los vados es el pantano que generalmente los precede, los jesuítas prefirieron formar calzadas de piedra para suprimirlo, sin el coste de un puente. El tráfico de entonces, y aún el actual, no era muy activo, efectuándose por de contado en carretas; de modo que éstas, en caso de crecida, esperaban uno ó dos días sin inconveniente. Los arroyos son muy correntosos y su caudal disminuye rápidamente, de modo que el retardo rara vez excedía las cuarenta y ocho horas.
Fuera de estos trabajos, se nota vestigios de otros especiales para avenar los esteros; y parece que en las inmediaciones de la laguna Iberá existen restos de un vasto drenaje, tendiente á convertir una extensión de terreno anegadizo en campo de pastoreo, mas me inclino á creer que esto no pase de una conjetura.
La población estaba casi uniformemente distribuida en los pueblos del Imperio, pudiendo fijarse á cada uno un promedio de 3.500 habitantes; pero Yapeyú, su capital, alcanzaba á 7.000 y Santa Ana llegó á tener cerca de 5.000. Este promedio no abraza sino los dos puntos extremos comprendidos en el siglo XVIII, cuando las Misiones habían alcanzado su definitiva estabilidad, es decir los 117.488 habitantes que tuvieron en 1715, con los 104.483 á que habían descendido en 1758, diez años antes de la expulsión; pues como dije en otro lugar, la última época señaló en esto una decadencia. El máximum fué alcanzado en 1743, con 150.000. Poseyeron las reducciones una organización militar completa, autorizada por la Corona para que se defendieran de los mamelucos. Táctica y armamento, eran un término medio entre los procedimientos civilizados y las costumbres salvajes. Dividíanse las fuerzas en infantería y caballería. La primera usaba arco y flechas; «bolas»,[83] macana y honda; pero había algunas provistas de mosquete, sable y rodela. La caballería manejaba carabina y lanza. Cada pueblo tenía sus fortificaciones y una armería con su dotación determinada, existiendo orden para que se fabricara en cada uno cuanta pólvora se pudiese. No faltaba la artillería de hierro y de bronce; y se hizo venir de Chile, PP. que habiendo sido militares, instruyeron tácticamente á los indios. Éstos eran tenidos por los mejores soldados del Virreinato, y solicitados por gobernadores y virreyes como tropa selecta, en los momentos difíciles. Existían autoridades expresamente nombradas para el caso de guerra, y un servicio especial de vigilancia sobre la margen oriental del Uruguay. Produjeron hasta generales indígenas, como José _Tiarayú_, más conocido con el nombre de Sepé, y Nicolás _Languirú_, á quien los enemigos de los jesuítas llamaban Nicolás I, rey del Paraguay. Ambos indios lucharon y murieron en la rebelión de 1751, que más adelante conocerá el lector. Todo varón hacía ejercicios militares los domingos, desde la edad de siete años, siendo castigada con multa y prisión su falta. Una vez al mes se tiraba al blanco en todas las reducciones.
Efectuábanse con admirable precisión las convocatorias; el servicio de centinelas era permanente para los pueblos, y una reserva de doscientos caballos elegidos en cada uno, completaba aquella bélica organización. Mamelucos y salvajes experimentaron pronto sus efectos, y no iba á pasar mucho sin que las mismas tropas del Rey tuvieran que habérselas sangrientamente con los guerreros guaraníes.[84]
La vida que los PP. hacían, así como su situación moral respecto á los indios, mantenía entre unos y otros una distancia verdaderamente inmensa. Más que amos, estaban en una relación de semidioses con sus subordinados. Éstos no tenían relación con el mundo, sino por su intermedio. Ni los caciques sabían leer y hablar otra lengua que el guaraní. Trabajaban, pero no poseían; y todo, desde la alimentación al vestido y desde la justicia al amor, les era discernido por mano de los PP. Carecían de cualesquiera derechos, puesto que la voluntad de aquéllos reglaba la vida entera; mas en cambio se les imponía deberes: situación de esclavitud real que sólo se diferenciaba de las encomiendas, porque siendo más inteligente, resultaba mucho más templada.
Resignados á ella, los indios la aceptaron como más tolerable, pero el caso moral continuaba siendo el mismo; y esto explica por qué en siglo y medio de aparente bienestar, no consiguió vincularlos á la civilización. El Padre director era la encarnación viva del Dios que se les predicaba, y esto sin duda aligeró en gran parte su situación de servidumbre; pero sacerdote ó laico, el amo nunca provocó la fusión de razas, y continuó siendo amo á pesar de todo. La situación más envidiable para el indio reducido, era formar parte de la servidumbre que los PP. mantenían en su convento, lo cual da, mejor que nada, una idea de aquella sociedad. Los Visitadores, regiamente tratados, no veían, como sucede generalmente, sino lo que sus huéspedes deseaban, juzgando sobre los indios por su situación aparente; y la Corona, cuyos ideales teocráticos realizaban los jesuítas en aquella miniatura de Imperio Cristiano, hallaba en ellos á sus vasallos más fieles.
El comunismo era riguroso. Á los cinco años, el niño pertenecía ya á la comunidad, bajo el patronato de alcaldes especiales[85] que vigilaban su trabajo diario. No bien rompía el alba, se los llevaba diariamente á la iglesia, de donde pasaban al trabajo de campos y talleres hasta las tres de la tarde. Á esta hora regresaban, conducidos siempre por sus capataces, y después de nuevos rezos volvían recién á sus casas. La paternidad quedaba de hecho suprimida con este procedimiento, que preludiaba de cerca la abolición de la personalidad. Cuando llegaba el momento de que los jóvenes tomaran un oficio, los PP. lo indicaban. Igual hacían con los matrimonios, que resultaban así verdaderos apareamientos. Nada había fundado en la libre iniciativa ni en el amor, que aquellos célibes no podían entender sino como una paternidad mecánica. La obediencia pasiva acarreaba un estado ficticio de producción, y como nadie poseía nada, todos trabajaban lo menos posible. Destruido el incentivo de la independencia personal por el trabajo, que al producir el máximum de esfuerzo en cada uno, beneficia á la colectividad, el egoísmo, exaltado á fuerza positiva por este medio en las agrupaciones civilizadas, asumió allá el carácter de una pesimista desidia. Aquellos indios no iban al trabajo sino por la fuerza, hurtándole cuanto podían con mil arbitrios ingeniosos, exactamente como los niños en la escuela: no veían el fruto de su trabajo, no comprendían su objeto, y se les volvía naturalmente aborrecible. Fuera de hilar y trabajar la tierra, las mujeres nada sabían, siendo rarísima la que cosiera. Esta particularidad se debe á la extraordinaria sencillez de los trajes, que apenas requerían costura, y da idea de la pobreza general.
De tal modo es infecundo el despotismo, que hasta en lo relativo á la religión, propósito casi exclusivo de la conquista espiritual durante su primera época, los indios manifestaban una perfecta inconciencia. Cierto que al degenerar en comercial la obra, ese factor pasaba á segundo término; pero como era el pretexto, su importancia formal continuó siendo grande, y en todo caso igual para los naturales. Apenas expulsados los PP., las costumbres se depravaron; volviendo rápidamente á la instabilidad salvaje; y no fué raro encontrar, promiscuando en la misma casa, varias parejas incestuosas y adúlteras. En la confesión, que sólo efectuaban obligados, salían del paso acusándose de culpas que no habían cometido y comulgando en seguida, sin el menor empacho por el sacrilegio. Carecían de noción clara sobre los pecados que habían de confesar y olvidaban con frecuencia hasta los días de precepto. Ello es tanto más significativo, cuanto que todo se hacía rezando. Plegarias, cantos religiosos con acompañamiento de imágenes y ceremonias, para la entrada y salida del trabajo, para los asuetos, para las comidas. El carácter conventual estaba exagerado hasta lo increíble. La enseñanza de la doctrina y de las oraciones, ocupaba más tiempo que la de los oficios útiles. Habría podido creerse que la extraordinaria pompa de las fiestas, produjera una impresión durable en el ánimo del salvaje. Nada pudo contrarrestar la sombría decepción de esclavo que embargaba su espíritu, y fué el gran melancólico de una opresión incomprendida.
Ley escrita no había, y la conducta estaba regulada por la voluntad de los PP., que castigaban justicieramente casi siempre, pero en forma discrecional. Administraban justicia, sin que los tribunales comunes pudieran citar á juicio á los indios, y tenían facultad hasta para aplicar la pena de muerte. Los azotes constituían la más común, y para que nada faltara á la autoridad absoluta de carácter divino, que revestían, era obligación del azotado ir después del castigo á agradecérselo de rodillas como un bien, besándoles la mano en señal de sumisión...
Dije ya que desde los cinco años se apoderaba de los indios la comunidad; mas lo peor es que esta tiranía colectiva, no terminaba jamás. Casados, es decir en la situación que todas las convenciones sociales consideran sinónima de independencia, excepto para los siervos, entraban bajo la potestad de otros alcaldes, que á su vez los dirigían por delegación, concentrándose así en manos de los PP. una suma de poder como no la ha tenido gobierno alguno en el mundo.
NOTAS:
[59] Éstos se llevaron siempre bien con los conquistadores laicos, llegando á vivir á unos pocos kilómetros de la Asunción en completa paz hasta el ataque que les llevó sin causa alguna el gobernador Reyes, hechura de los jesuítas. (Cap. V.)
[60] En una carta dirigida al gobernador de Buenos Aires (1746) el P. Cardiel elogia la dedicación con que la Corona protegió siempre á las misiones del Nuevo Mundo, enviando ministros evangélicos «y señalando en casi todas las provincias buen número de soldados que les sirvan de escolta en sus ministerios. Pues además de los muchos que tiene pagados para esto en Filipinas, Marianas y Méjico... en Buenos Aires tiene pagados para lo mismo 50 con su capitán... Todos estos soldados de todas estas provincias, son para sólo los misioneros jesuítas y no de otra religión.»
[61] Ver (Cap. V.) el asesinato que en represalias del ataque del gobernador Reyes, cometieron los _payafuás_ con los jesuítas Silva y Mago. Éstos no entran ya en el cuadro de la conquista espiritual.
[62] Recién en 1679, se limitó á 12.000 arrobas la exportación de yerba de los pueblos jesuíticos, que la habían hecho alcanzar á 50.000.
[63] Como en el canto X de la Ilíada, vs. 257-265, donde se elogia los cascos de cuero.
[64] Falta el dato exacto, que sólo habría podido ser suministrado por el archivo jesuítico. Mucho se ha bordado al respecto, no faltando quien asegurara que dicho documento se hallaba en una estancia de Entre Ríos; pero los PP., que recibieron noticias de su expulsión un año antes de efectuarse, tuvieron tiempo de enviarlo á Roma, donde estará seguramente. Los inventarios de los comisionados reales poco dan de sí, pues certifican un estado de cosas dispuesto con anticipación por los PP.
[65] Era teniente de gobernador del departamento de Concepción, uno de los cinco en que fueron divididas las Misiones para su administración laica.
[66] Ya se recordará que el promedio de población era triple en la época de los jesuítas.
[67] 218 francos.
[68] El promedio equitativo sería de $ 300.000.000 (1.600.000.000 de francos) durante el siglo de trabajo pacífico que puede asignarse á las reducciones.
[69] Se había establecido una equivalencia entre una determinada cantidad de productos y la unidad monetaria, lo cual recibía el nombre de «peso hueco». Tres pesos huecos equivalían á un patacón (5 francos 446).
[70] No obstante, después que la revolución comunera de que se hablará más adelante puso de manifiesto el odio paraguayo hacia los jesuítas con la intensidad expresada por el P. Lozano, el real rescripto del 6 de noviembre de 1726 puso las reducciones bajo la jurisdicción de Buenos Aires; pero fué una medida de política ocasional, que preludiaba probablemente la autonomía definitiva.
[71] Tal vez era el mismo de Itapuá que fué llevado á la Asunción, ignorándose su paradero. El mismo religioso publicó en Barcelona en 1752, bajo el título de _Lunario de un Siglo_, un almanaque astronómico para las visiones, aplicable desde 1740 hasta 1841 y prorrogable hasta 1903. La hora está regulada en él por el meridiano del pueblo de Mártires y comprende observaciones efectuadas desde 1706. Es una notable obra cosmográfica, cuya dedicatoria á la Compañía, y cuya introducción, revelan por otra parte un literato y un hombre de ciencia nada común.
[72] El texto guaraní dice lo siguiente:
«_La ignorancia que hay de los bienes verdaderos, y no sólo de las cosas eternas sino de las temporales._»
«Para el uso de las cosas ha de preceder su estima, y á su estimación su noticia, la cual es tan corta en este mundo, que no sale fuera de él á considerar lo celestial y eterno para que fuimos criados. Pero no es maravilla que estando las cosas eternas tan apartadas del sentido, las conozcamos tan poco, pues aun las temporales que vemos y tocamos, las ignoramos mucho. ¿Cómo podemos comprender las cosas del otro mundo, pues las de éste en que estamos no las conocemos? Á esto puede llegar la ignorancia humana, que aún no conoce aquello que piensa que más sabe. Las riquezas, las comodidades, las honras, y todos los bienes de la tierra que tanto manejan y codician los mortales, por eso las codician, porque no las conocen. Razón tuvo San Pedro cuando enseñó á San Clemente Romano, que el mundo era una cosa tan llena de humo, en la cual nada se puede ver; porque así como el que estuviese en semejante casa, ni vería lo que estaba fuera de ella, ni lo que estaba adentro, porque el humo estorbaría la vista clara de todo; de la misma manera sucede que los que están en este mundo, ni conocen lo que está fuera de él, ni lo que está adentro; ni entienden cuánta sea la grandeza de lo eterno, ni la vileza de lo temporal, ignorando igualmente las cosas del cielo como las de la tierra, y por falta de conocimiento truecan los frenos en la estimación de ellas, dando lo que merecen las eternas á las que son temporales, y haciendo tan poco caso de las celestiales como se debe hacer de las perecederas y caducas, sintiendo tan contrario á la verdad, como nota San Gregorio, que al destierro de esta vida tienen por patria, á las tinieblas de la sabiduría humana por luz, y al curso de esta peregrinación por descanso y morada; siendo causa de todo esto la ignorancia de la verdad y poca consideración de lo eterno. Por lo cual á los males califican por bienes y á los bienes por males. Por esta confusión del juicio humano rogó David al Señor que le diese de su mano un maestro que le enseñase, etc.»
[73] Ver el plano de San Carlos.
[74] Ver para más detalles el Capítulo sobre las ruinas. Los muros en cuestión pertenecen al tipo ciclópeo que Schliemann en su «Micenas», clasifica de primero y tercer período.
[75] Los invasores de San Pablo eran llamados también mamelucos.
[76] La ley XVII de Indias, ordenaba que la arquitectura de las casas, en las poblaciones del Nuevo Mundo, fuera enteramente igual.
[77] Calculando tres personas por metro cuadrado, resulta que esta iglesia podría contener seis mil: los habitantes de un pueblo entero.
[78] Ver el Capítulo siguiente.
[79] Estos grillos están en nuestro Museo Histórico, lo propio que los siguientes objetos: dos santos de madera; dos cabezas de piedra; una bala de plomo; dos de piedra; la cerradura de la antigua iglesia de Concepción; un escudo con la efigie de San Silvestre; una cariátide; una matraca; una puerta decorada--efectos donados por el autor.
[80] Es positivo que los PP. explotaban minas en el Tucumán, conservando ocultos sus derroteros. Igual pudo suceder en el Imperio, más allá no abundan los metales preciosos.
[81] En Alta Gracia y Caroya; pero es una evidente exageración.
[82] Pueblos de las Misiones Argentinas.
[83] La Academia no trae nuestra acepción, que denomina así al arma arrojadiza compuesta de tres guijarros unidos por cordeles.
[84] En ejércitos de tres y cuatro mil hombres habían colaborado á la defensa de Buenos Aires contra franceses y portugueses en 1698 y 1704, mereciendo elogios especiales del Rey, por su valor y pericia.
[85] No se olvide que la comunidad eran, al fin de cuentas, los mismos PP.
V =La Política de los Padres.=
Enemigos eternos de los jesuítas, á consecuencia de la rivalidad económica en que los ponía la diferencia de conquista y de civilización adoptada por unos y otros, los antiguos encomenderos del Paraguay vivieron en constante hostilidad con aquéllos. Los elementos civiles más ricos y más considerados, tenían con los PP. diferencias de todo género, pero siempre conservadas por la antedicha rivalidad en la cual habían llevado los primeros la peor parte.
Los privilegios con que la Corona había favorecido á la primera conquista, enteramente laica como se recordará, daban al elemento civil una fuerza efectiva, considerablemente aumentada por la distancia. El hecho consumado venía á favorecerlos siempre por esta causa; y así, sus consultas á la Corona producíanse regularmente, después de efectuado el hecho que las motivaba. Todo esto había robustecido mucho el derecho municipal y sus libertades consiguientes; del propio modo que la selección de coraje, de audacia, de voluntad, producida por la conquista, daba una singular decisión á los usufructuarios de tales libertades.
El genio político de Irala, llevó muy lejos, durante su gobierno, la extensión de los privilegios ciudadanos, y la supremacía del poder civil. Él mismo había sido electo gobernador por el sufragio popular, en uso del derecho acordado á los colonos por el Rey en 1537. Siendo guipuzcoano, su espíritu transfundió á la colonia el culto de la libertad foral, tan decidido en el vasco; y ésta no hizo después sino robustecerlo hasta la misma exageración del desorden.
Así, la deposición de Álvar Núñez en 1544, fué una verdadera revolución popular coronada por la reelección de Irala; pero si bien la Corona, conforme á la discreta política del Emperador, aceptó el hecho consumado, modificó el privilegio de 1537, encomendando al obispo el nombramiento de gobernador, _ad referendum_.
Los jesuítas, representaban, en cambio, la autoridad monárquica ejerciéndola á la vez de hecho en sus misiones; y estando más de acuerdo, por consiguiente, con la evolución absolutista que el Gobierno central acentuaba progresivamente. De tal modo, las preferencias gubernativas fueron estando más y más de parte suya; sin contar la ventaja que su difusión impersonal por cortes y tribunales, les daba sobre adversarios cuya influencia era puramente local.
Por esto, en las querellas y choques sucedidos dentro de la jurisdicción paraguaya, fueron derrotados siempre, á fuer de impopulares; mientras su victoria era segura en las apelaciones á la corte, al virreinato y á las audiencias.
La rivalidad con los elementos civiles de la Asunción, no hizo sino aumentar al replantearse el centro misionero sobre el Yababirí, cuando la emigración de la Guayra; y apenas los PP. se consideraron seguros en el nuevo territorio, su influencia comenzó á ejercerse sobre la política local.
Ya en 1644, el obispo Cárdenas los encontró bastante fuertes, para hacerlos declarar intrusos[86] por el gobernador Hinestrosa, quien los desterró del territorio; pero en este conflicto, que comporta realmente el primer triunfo político de los PP. en el Paraguay, es menester señalar la presencia de un aliado de los elementos civiles cuya constancia no les faltará jamás: los franciscanos,[87] orden tradicionalmente enemiga de la Compañía. La rivalidad se pronunciaba, pues, en los ramos más importantes de la vida contemporánea: Gobierno, religión y comercio. Aquello tenía que ser, y fué, en efecto, una guerra sin cuartel.
El obispo Cárdenas, que regresó á la muerte de Hinestrosa, restauró la facultad electoral de los conquistadores, siendo elegido él mismo gobernador; lo que prueba una simpatía manifiesta, y general por otra parte, entre su orden y los principios democráticos. El obispo expulsó á los jesuítas y confiscó sus bienes, con el aplauso popular; pero la audiencia de Charcas anuló su elección, restituyendo á aquéllos, bienes y domicilio. Este episodio, da realmente la pauta de todos los que se sucedieron hasta 1735, accidentando la prolongada lucha.
Los PP. habían llegado en la primera veintena del siglo XVIII, al máximum de su poderío, sin que durante el tiempo transcurrido desde sus conflictos con el obispo Cárdenas, la ira popular hubiera cesado de rugir sordamente contra ellos.
Privilegiados por la Corona con toda suerte de franquicias, no quedaba resistiendo á su dominación interna, sino aquel Paraguay civil, cuya resistencia impedíales consagrarse enteramente al soñado fin de la salida por el Atlántico. Mas entretanto, necesitaban el dominio comercial de los ríos que forman el Plata, y que proporcionaban por el momento, la única desembocadura supletoria. Uno de ellos, el Uruguay, ya lo tenían, así como gran parte del alto Paraná; faltábales tan sólo el Paraguay y á este fin necesitaban por suyo el gobierno civil que lo poseía.
En este estado, consiguieron hacer nombrar un gobernador de su hechura, don Diego de los Reyes, hombre fácilmente manejable por su cortedad de alcances, su carencia de antecedentes y la exaltación imprevista que obligaba su gratitud;[88] pero la nobleza paraguaya, encomendera y foral en su inmensa mayoría, comprendió que el paso aquél era decisivo.
De los murmullos con que recibió el nombramiento, que la Corona debió de legalizar con excepciones especiales, tornando así más visible la maquinación (pues la ley prohibía nombrar gobernadores á los vecinos de los pueblos que aquéllos habían de gobernar); de los comentarios, quizá malévolos, de la resistencia pasiva aunque disimulada en un principio, pasó muy luego á la desobediencia abierta.
Reyes, por su parte, había hecho todo lo posible para enconarla. Empezó por abusar de su poder, exigiendo el homenaje de las personas más notables de la Asunción y malquistándose porque no se lo rendían. Fué el advenedizo típico, y sus mismos defensores, los PP. Lozano y Charlevoix no pueden disimularlo.
Las cosas llegaron á tal extremo, que el gobernador, pretextando una conspiración, nunca probada aunque verosímil, á lo menos como proyecto verbal, ordenó la prisión de dos regidores, miembros prestigiosos á la vez de la aristocracia asunceña: Urrúnaga y Ábalos.