El idilio de un enfermo

Chapter 7

Chapter 74,053 wordsPublic domain

--¡Ya, ya! ¡Buen truchimán va usted saliendo!... ¡Qué condenada vaca, siempre empeñada en meterse por el prado del tío Fernando!... ¡Garbosa, eh! ¡Garbosa, fuera! ¡Garbosa, aquí!

Viendo que la vaca no obedecía, se levantó y fue a ella corriendo, y la obligó a separarse de la linde. Cuando tornaba, Andrés, que había vuelto un poco en su acuerdo, se levantó y, saliéndola al encuentro y tomándola por las manos, le dijo en broma:

--¿Conque no me quieres, eh?... Pues ahora vas a quererme a la fuerza.

Y se trabó con ella a brazo partido, queriendo besarla. Rosa se defendió bizarramente, aunque la risa le impedía a veces desplegar todas sus fuerzas. Un buen rato lucharon y retozaron como dos cachorros por el campo. Andrés, no pudiendo de ningún modo acercar los labios al rostro de la zagala, por primera vez perdió el respeto que la tenía y trató de hacer uso brutal de las manos. Rosa se formalizó de repente y le rechazó con violencia. Pero él, sin hacer caso de esta vigorosa advertencia, se obstinó en el primer intento. Ella entonces, encolerizada, le arrojó al suelo, y echándole las manos al cuello y apretándoselo más de la cuenta, le preguntó severamente:

--¿Volverá usted a hacerlo? ¿volverá usted?

Andrés dijo que no, y pudo levantarse. Pero estaba tan irritado, que fue a buscar en silencio el sombrero que se le había caído, recogió también la carabina y se marchó sin despedirse.

Ni al día siguiente ni en otros tres pareció por el molino. Su desabrimiento en parte era verdadero, en parte fingido. Conveníale saber si Rosa sentía por él algún interés o simpatía, y ningún medio mejor para averiguarlo. Ocho días determinó pasar sin visitarla; pero al quinto ya no pudo contener su impaciencia: así que comió, lanzose al campo con la escopeta al hombro, resuelto a ver a Rosa. Por disimular no fue directamente al sitio donde aquellos días solía estar apacentando el ganado. Tomó el camino del monte y ascendió por él buen rato. Cuando juzgó el momento oportuno, comenzó a descender lentamente hacia el prado consabido, que estaba en la falda de la montaña. No tardó en columbrarlo desde lo alto. Era un campo de figura irregular, más verde que los contiguos por tener riego, todo él circuido por dos filas de avellanos, cuyas ramas, saliendo de la tierra en apretado haz, tomaban la forma de enormes ramilletes. La figura de Rosa sentada en medio y la de las vacas que, diseminadas, mordían tranquilamente la yerba, resaltaban como puntos negros sobre el verde claro del césped. Buen trecho antes de llegar disparó un tiro, como si en efecto anduviese de caza, mas en vez de preparar con esto el encuentro y hacerlo más casual, lo echó a perder. Rosa, advertida de su presencia, fuese corriendo a ocultar entre los avellanos de las lindes. Cuando bajó hasta tocar en ellas y echó una mirada al prado, no vio más que a las vacas. Su dignidad no le permitía ponerse a buscar a Rosa. Así que, después de descansar breve rato con la carabina apoyada en la sebe, afectando distracción y fatiga, tuvo mal de su grado que alejarse, sin conseguir lo que se había propuesto, el paso tardo, el ánimo caído.

Ya se hallaba a regular distancia, y cerca de perder de vista el venturoso prado, cuando la voz de Rosa rompió el silencio de la campiña, entonando una de las melodías largas y melancólicas del país. Detuvo el paso, y sonrió maliciosamente. Después, poquito a poco, deshizo el camino andado y se acercó de nuevo a la sebe. Pero en vano se estuvo allí plantado otro buen rato, apoyándose en la carabina, en actitud meditabunda. Rosa no tuvo a bien presentarse. Otra vez se vio precisado a marcharse, ahora más descontento y cabizbajo.

Al llegar al sitio de antes, Rosa volvió a cantar. Entonces el joven cortesano entendió, con deleite, que se trataba de un juego: la coquetería no podía adoptar forma más inocente y sencilla. Y sin vacilar tornó a paso vivo, saltó al prado y comenzó a registrarlo escrupulosamente.

--Rosa... Rosa... ¿Te escondes de mí, pícara?... Ya parecerás, a no ser que te hayas metido en un agujero, como los grillos.

Al cabo la halló agazapada al lado de un avellano. Al verse descubierta, hizo una graciosa mueca de enfado.

--¡Déjeme usted, D. Andrés... déjeme usted!

Y corrió de nuevo a ocultarse en otro sitio. Andrés la siguió.

--Eso no vale... ya estás descubierta.

Tornó a hallarla en la misma posición que antes, metida dentro del canastillo de ramas de otro avellano. La mueca que entonces hizo fue más expresiva, ejecutando visibles esfuerzos para enfadarse.

--¡Vamos, D. Andrés, déjeme usted!... ¡déjeme usted!

Y viendo que el joven se acercaba a cogerla:

--¡Déjeme usted, caramba!... ¡Qué pesadez!... ¡No quiero bromas con usted!

--¿Y por qué no quieres bromas conmigo, Rosa?--repuso él, avanzando en actitud humilde.

--Porque no... Márchese usted.

--¿Me despides?

--Sí.

--Esa es una falta de cortesía.

--¡Bien... mejor!...

--Y tú, que eres una chica amable y bien educada, no serás capaz de cometerla; estoy seguro de ello.

--¡Qué pez me ha salido usted!--dijo ella clavándole una mirada entre respetuosa y burlona.

--No sé por qué dices eso--repuso él con fatuidad.

--Vamos, déjeme en paz y váyase a cazar.

Y al decir esto, fuese a sentar un poco más lejos. Andrés la siguió, y se sentó silenciosamente a su lado. Los dos se miraron un rato, pugnando para no reír.

--Las manos quietas, ¿eh?--preguntó ella.

Andrés contestó afirmativamente con la cabeza.

--¡Vaya, vaya con D. Andrés! ¡Tan bueno y encogido como parecía! ¡Pues no va sacando poco los pies de las alforjas!

--Querrás decir las manos.

--Eso es, las manos... ¡cierto!--repuso soltando a reír.

--Pues bien, las volveré a meter si tú me lo mandas. Yo no puedo hacer nada que te disguste... Te quiero demasiado para ello...

--Poco se conoce.

--¿Pues?

--Cuando se quiere a las personas, se las viene a ver...

--No ha sido por falta de voluntad... Estos días he tenido muchísimo que hacer--dijo él, relamiéndose interiormente por el triunfo que empezaba a vislumbrar.

--No crea usted que a mí se me importaba nada... Solamente que mi padre me decía: «¿Cómo no viene D. Andrés ahora?» y todos los de casa lo mismo. ¡Como si yo tuviese obligación de saber porqué viene usted o deja de venir!

--Pues bien sencillo es saber por qué vengo...

No se dio por entendida, y siguió mirando fijamente al suelo. Después de esperar en vano la pregunta, Andrés dijo en voz más baja, donde se traslucía la fuerza del capricho:

--Si vengo es por ti, exclusivamente por ti.

La pastora soltó una carcajada de burla para disimular la emoción placentera que estas palabras le causaron. El rubor subió a sus mejillas.

--Y cuando no viene usted, ¿por qué es?

--También por ti.

--¿Sabe usted que tiene gracia eso? Cuando viene es por mí, y cuando no viene también...

Andrés le explicó, riendo, esta contradicción. El día pasado había creído que, lejos de serle simpático, ella le odiaba: por eso se había estado tanto tiempo sin venir a visitarla: no le gustaba relacionarse sino con las personas que le querían. Después se puso a recordar las circunstancias con que la había conocido, las misas que había oído sin atención por mirarla...

--Sí, sí, ya me acuerdo... Yo decía: ¿Pero qué mirará ese señorito?

--Y del desaire que me hiciste en la romería, ¿te acuerdas, pícara?

--¡Vaya si me acuerdo! ¡Me dio una rabia cuando usted vino a sacarme!

--¿Por qué?

--Por las demás, que me llamarían tonta viendo que un señorito me prefería.

--La verdad es que entonces no me tenías muy buena voluntad, ¿eh, Rosa?

--Verdad que no.

--¿Y ahora?

--Ahora... ahora... ahora... ¿qué sé yo? ¡Qué preguntas tiene usted, D. Andrés!

La zagala hizo un gesto de impaciencia. No estaba en su naturaleza, arisca y desdeñosa, el confesar sus sentimientos. Por algo sus hermanos, cuando reñían con ella, la apellidaban «cardo» y «puerco-espín.» Andrés, que la iba entendiendo, no insistió, y mudando de conversación, procuró hacerla reír recordando las simplezas del criado o algún dicho malicioso de Rafael. La charla entonces se animó. Rosa contaba con gracia mil pequeños episodios de la vida de la aldea, describiendo con pintoresca, ya que no correcta, expresión los tipos y las actitudes. Andrés, la mayor parte del tiempo, no atendía al argumento del discurso por contemplar más a su placer el juego expresivo y gracioso de su fisonomía, sus ojos brillantes, su boca virginal, los movimientos vivos, resueltos, de su cuerpo, mórbido y exuberante de vida.

Pero esta charla interminable de una parte y esta contemplación extática de la otra, cesaron súbitamente. Detrás de ellos, una voz irritada de hombre profirió terribles blasfemias, que les hizo volver la cabeza con espanto. En pie, cerca de ellos, con una hoz en las manos, vieron a un paisano viejo, la faz demudada, los ojos inyectados en sangre por la cólera, el cual, encarándose con Rosa, vociferó más que dijo:

--Oye, grandísima pendona, ¿no te he dicho ya que si la vaca volvía a saltar a la tierra te iba a cortar las orejas?... ¿Sabes que me están dando intenciones de hacerlo para que aprendas de una vez a tener más cuidado, mala cabra?

Andrés, repuesto de la sorpresa, se puso en pie vivamente, y con palabra y actitud enérgicas se dirigió al aldeano:

--Lo primero que usted va a hacer es hablar como se debe, ¿lo oye usted?

El paisano quedó sorprendido a su vez de este exabrupto, se puso más pálido y, mirándole con extraña fijeza, balbució humildemente:

--Yo... hablo... como debo.

--No habla usted tal.

--Yo no me meto con usted... no se meta usted conmigo... La vaca me está causando todos los días perjuicios...

--Pues quéjese usted al juez.

--Antes de quejarme al juez, he de arreglar a esa grandísima...

--Ya se librará usted de hacerlo.

--Lo veremos.

Y el aldeano se alejó lentamente, murmurando amenazas salpicadas de groseras interjecciones. Cuando ya estaba a alguna distancia, se volvió y dijo en tono más alto:

--Si esa desvergonzada no estuviese haciendo porquerías con los señoritos, las vacas no saltarían del prado.

Andrés se enfureció al oír esto, y recogiendo velozmente la escopeta del suelo, hizo ademán de apuntarle. En las aldeas, las armas de fuego inspiran un terror supersticioso. El aldeano, al ver el cañón frente a sí, se asustó mucho y comenzó a gritar, extendiendo las manos hacia Andrés:

--¡No tire usted, señorito! ¡no tire usted, señorito!

El joven bajó el arma y le dejó marcharse.

Cuando se volvió hacia Rosa, la encontró riendo por el terror del paisano. Sin embargo, no tardó en ponerse seria y en decirle gravemente:

--Ya lo acaba usted de oír, D. Andrés. Lo que ha dicho el tío Fernando no crea usted que sea cosa de él solamente. En el pueblo lo habrá oído... Me está usted causando mucho daño... Hágame el favor de marcharse...

Andrés trató de persuadirla a que despreciase el dicho del aldeano, inspirado sin duda por la cólera; pero fue en vano. Ella sabía mejor lo que pasaba en el pueblo; no quería verse en lenguas de la gente. El joven se vio obligado a despedirse.

X

Algunos días después de este suceso, a la hora de salir Andrés de casa por la tarde, su tío le retuvo, diciéndole con solemnidad inusitada:

--Andrés, necesito hablar contigo.

El joven dejó otra vez el sombrero encima de la mesa, y mirando con sorpresa al cura se sentó.

--No, no, mejor es que salgamos de paseo; el asunto es delicado, y por esos andurriales podremos hablar a nuestras anchas.

--Como usted quiera.

Cogió el párroco su bonete, echose el balandrán sobre la sotana con peligro inminente de asarse vivo, y sacando de un rincón de la sala el tremendo cayado en que solía apoyarse, fue a avisar a la señora Rita de que salía.

--¿Adónde?--preguntó ésta, malhumorada.

--Voy de paseo un rato con Andrés.

--De paseo... de paseo... ¡dichoso paseo!... Y yo aquí espera que te espera, a que le dé gana de tomar el chocolate.

--No te apures, mujer... Procuraré venir a tiempo.

--No, por mí puede quedarse por allá... Haré el chocolate a la seis, y lo dejaré quemarse al rescoldo...

El cura de Riofrío quedó anonadado. La perspectiva de un chocolate con tela por encima y requemado le aterró.

--No hagas tal, mujer, no hagas tal... Vendré a tiempo.

--Ya le digo que a mí no me importa, que se quede por allí si gusta...

--Pero, mujer, no te sulfures por tan poco... Has de ser razonable.

--Yo soy como Dios me crió... y usted también... Pero no he de estar hecha una esclava todo el santo día al pie del fogón, sin poder disponer de un minuto...

--Bueno... bueno... bueno: entonces me quedaré en casa... no hay nada perdido, mujer.

--No, señor, no; váyase con el sobrino de paseo, que aquí queda la esclava tostándose la piel, hasta que al señor se le antoje sacarla del fuego.

--Vamos, mujer, no te incomodes... me quedaré...

--¡Si no me incomodo! ¡Incomodarme yo!... ¡Anda, anda, pues buena soy para incomodarme!... Váyase, váyase cuanto antes con el sobrino...

El párroco, viendo que la tormenta arreciaba y que no había esperanza de conjurarla de ningún modo, después de vacilar algunos instantes, giró sobre los talones y salió de la cocina con el semblante encendido. Andrés le esperaba a la puerta de casa. Cuando estuvieron a algunos pasos de ella, el cura dijo con terrible entonación «que las mujeres eran todas unas bestias.» Andrés no se atrevió a preguntar el motivo que tenía para pronunciar este dictamen tan desfavorable al bello sexo, aunque lo sospechaba. Algunos pasos más lejos, dijo «que era mejor tratar con las vacas que con ellas.» El mismo silencio por parte de Andrés. Por último, el cura declaró «que había hecho muy bien un filósofo, no sabía cuál, en llamar a la mujer _ánima imperfecta_, porque, en efecto, ninguna tenía las facultades cabales.» Ya que se hubo desahogado un poco de esta suerte, quedó más tranquilo. Y el paseo continuó sin nuevas interrupciones.

Estaba la tarde serena. El sol molestaba todavía bastante, por lo cual, después de bajar al pueblo, eligieron el camino sombrío que conducía a la montaña por una cañada paralela a la del Molino. Marchaban pareados, a no ser cuando el camino era demasiado estrecho, que iban uno en pos de otro. Andrés, que abrigaba vehementes sospechas, muy próximas a la certeza, de lo que su tío quería decirle, trataba, por cuantos medios hallaba, de divertirle de su propósito. Preguntábale a cada paso a quién pertenecían las fincas que dejaban a los lados; se enteraba menudamente de la riqueza de cada vecino, de la forma del cultivo, de las vicisitudes agrícolas de los años anteriores. El cura respondía de buen grado a la granizada de preguntas que el sobrino le disparaba: hasta parecía complacido de mostrar sus conocimientos en el cultivo y valor de las tierras. Cuando la conversación aflojaba, Andrés hacía supremos esfuerzos para reanimarla.

Mas llegó un momento en que fue preciso hacer alto. La montaña estaba delante, y el camino comenzaba a ser harto pendiente y agrio para un paseo higiénico. D. Fermín propuso descansar en un bosquecillo de robles que señoreaba el camino: subieron a él y se sentaron. «Ya estoy cogido; preparémonos,» pensó Andrés. El cura se limpió el sudor del rostro y del cuello con un desmesurado pañuelo de yerbas, se sonó después con horrísono trompeteo, dijo tres o cuatro frases insignificantes a propósito del calor y la humedad, y por último, encarándose con su sobrino y clavándole sus ojos grandes, redondos y saltones como los de los cíclopes, y tan fogosos, le dijo pausadamente, dejando caer las palabras graves y solemnes como las campanadas de un reloj de torre:

--Tengo entendido, Andrés, que visitas con harta frecuencia la casa de Tomás el molinero; que te pasas allí las horas muertas... Me han dicho además que el motivo de estas visitas es una de las muchachas, la más joven, a quien al parecer haces cocos... Esto me disgusta, Andrés; mucho me disgusta. Tú no has venido aquí a hacer cocos a las muchachas, me entiende usted, sino a robustecerte... Yo no te digo que hagas vida de fraile; cada edad pide lo suyo. Los jóvenes deben divertirse y gozar y hasta hacer diabluras... perooo (aquí una pausa) pero con su cuenta y razón... En esta aldea no tienes, me entiende usted, muchachas que puedan emparejar contigo... Yo no quisiera por nada en el mundo que pasases entre mis feligreses plaza de calavera, ni mucho menos que te metieses en algún belén que acarrease disgustos a todos... El ponerte a cortejar a una pobre aldeana podrá parecer mal a muchos... Acaso alguno creerá que llevas intención perversa... En fin, que no está bien. La muchacha con quien hablas es una criatura inocente, me entiende usted, y cándida como una paloma... Yo la estimo a ella y a toda la familia... La he confesado desde chiquita... Sentiría que con tu labia de madrileño turbases el alma de esa pobre niña...

--¡Pero, tío, si no hay nada de eso que usted piensa!... Son chismes de lugar... Entro en casa de Tomás como en otras muchas del pueblo... Es verdad que bromeo algunas veces con Ángela y Rosa, pero sin dirigirme en particular a ninguna...

--Bien, bien... celebraré que así sea... A mí no me consta; me lo han dicho... Pero, de todos modos, te aconsejo que obres con prudencia y procures, me entiende usted, no dar motivo a que la gente murmure... Habla con todas las muchachas y bromea cuanto quieras, pero no te particularices... ¡Nada de particularizarse!...

Siguió D. Fermín dándole consejos otro ratico. El joven los escuchó pacientemente, puesto que una vez que otra le interrumpía para deshacer algún error o disculpar su proceder. Cuando el tema ya no dio más de sí, se levantaron, cambió la conversación, y paso tras paso llegaron hasta la rectoral. El cura subió a tomar el chocolate y Andrés se volvió al pueblo, por no querer meterse tan temprano en casa.

No dejaron de hacer mella en el joven las palabras de su tío. Allá en el fondo ya hacía algún tiempo que pensaba lo mismo y se dirigía idénticas recriminaciones. Los devaneos que traía con Rosa, por más que no fuesen guiados de una intención malévola, de sobra comprendía que no podían acarrear a la chica más que disgustos. Cuando menos la colocaban en mal lugar a los ojos de los vecinos, la estorbaban para hallar otro novio más adecuado y conforme a su clase. Los mozos en las aldeas se alejan, con razón, de las muchachas festejadas de los señoritos.

Por otra parte, sentíase cada vez más aprisionado en las redes de aquel capricho, que podía muy bien transformarse en pasión verdadera.

Las gracias corporales de Rosa le habían dado golpe desde que la vio; mas ahora, la viveza de su genio, su natural tímido y bondadoso con apariencias de desenfadado y huraño, la frescura de su misma ignorancia, le iban cautivando en demasía. Cuanto más tiempo pasase, más dificultoso le sería romper el encanto. «Nada, nada, es necesario cortar esto de una vez. Ya me encuentro bastante fuerte: dentro de algunos días tomo el camino de Madrid,» se dijo mientras bajaba con lento paso, la cabeza baja, los ojos en el suelo, hacia el lugar. Pero al poco trecho se hizo otra reflexión, que vino a modificar la primera algún tanto. «En Madrid aún debe de hacer mucho calor: mejor será que aguarde hasta entrado el otoño; mientras tanto, haré lo que mi tío me ha dicho; frecuentaré menos la casa, y procuraré distraerme de otro modo. Por de pronto, hoy no voy allá.» Caminó con esta resolución en la mente un espacio de cien varas lo menos. Parecía irrevocable. A las cien varas, no obstante, se dijo, levantando la cabeza: «Y al cabo, ¿qué importa que vaya o deje de ir unos cuantos días más? De todos modos, poco después de marcharme, nadie se acordará de tales tonterías, y Rosa seguirá siendo la misma para todos. Lo que interesa es tener fuerza de voluntad para no enamorarse realmente... Y la tendré.»

Bien pertrechado de esta fuerza de voluntad, que procuraba administrarse a grandes dosis por medio de oportunas reflexiones, caminó con paso rápido la vuelta del Molino, cruzando el pueblo y entrando en la cañada. Después de marchar algún trecho por ella, vio a lo lejos, no muy apartada de la casa de Tomás, a una mujer que iba en la misma dirección con una herrada sobre la cabeza. Por la figura y el modo de andar, más que por el traje, pues las aldeanas se visten generalmente de la misma manera, imaginó que era Rosa. Aceleró el paso y, acercándose más, pudo cerciorarse de que no se había equivocado. Entonces corrió sobre la punta de los pies, para no hacer ruido, hasta colocarse detrás de ella, y la sujetó suavemente por los hombros.

--¡Vamos, vamos, poca broma, D. Andrés!--exclamó ella riendo.

Aquél persistió en sujetarla.

--¡Que voy a tirar la herrada, déjeme usted!

No obedeció.

--¡Que la dejo caer sobre usted!

En los movimientos que hizo para desasirse, la herrada se tambaleó y soltó buena parte de agua, que vino a dar sobre el rostro y cuello de la joven. Al sentir la frialdad, dejó escapar un grito.

--¡Pobrecilla! ¿Te has mojado? Perdóname--dijo Andrés realmente compadecido.

Y sin poder resistir la tentación, sujetola un instante por los brazos y la dio un fuerte beso en la mejilla húmeda y brillante.

--¡Eso es peor!... Vamos, déjeme usted... ¡Cómo se conoce que traigo la herrada!... Déjeme usted llevarla a casa, y veremos si después hace burla de mí.

--¿Prometes volver?

--Tengo que ir a la fuente por el jarro de agua para la cena.

--¿Y ésta que traes?

--Es del río.

--Bien; entonces, ¿para qué he de entrar en casa? Te aguardo; ven pronto.

Sentose el cortesano sobre una de las paredillas del camino a esperar. No tardó mucho en aparecer de nuevo Rosa con un jarrito de barro negro en la mano. Y, sin acordarse del desafío, se emparejaron, enderezando el paso hacia la fuente.

Por el camino le fue contando Andrés cómo su tío le había impedido venir primero, aunque sin dar cuenta de la conversación que con él había tenido. Rosa le explicó lo que había hecho en el día. Por la mañana había ido con Rafael a un castañar en busca de hoja para lecho del ganado; después había estado en el molino limpiando centeno; así que comió tuvo que ir a la Formiga, lugar bastante alto de la misma parroquia, por un celemín de maíz para molerlo.

--¡Qué lástima que yo no lo hubiese sabido!

--¿Para qué?

--Para acompañarte.

--No me gustan los acompañamientos... y más por esos sitios... ¿No ve usted que todo el mundo me conoce, y se reirían al verme con un señorito?

Andrés dijo que al primero que se riese le rompería la cabeza. Rosa sostuvo que no había motivo, que cada cual podía reírse cuando bien le antojara.

La fuente estaba un poco apartada del camino, en una hondonada sombreada de arbustos y zarzas. Bajábase a ella por un sendero empinado y resbaladizo. Mientras el jarro se atracaba de agua lentamente con el hilito que caía de la canal, los jóvenes se sentaron en un banco tosco de piedras, y continuaron su charla, entreverada de risa. Andrés sostenía con formalidad que iban aumentando mucho sus fuerzas con el ejercicio, que levantaba ya una porción de libras más a pulso. Rosa se burlaba de este aumento: cada cual tenía las fuerzas que Dios le había dado: no quería creer en la eficacia de la gimnasia, que el joven trataba de explicarle con calor. Quiso que ella le apretase la mano, a ver quién resistía más. El orgullo le impidió chillar, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo. En cambio, ella no aguantó el apretón sin decir «¡basta!», lo cual llenó de regocijo al joven, a quien hacía sufrir la superioridad muscular de una mujer, por más que fuese aldeana.