El idilio de un enfermo

Chapter 11

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Mientras D. José, en lo alto de la sagrada cátedra, se sonaba con un pañuelo de yerbas y se limpiaba las narices repetidas veces de un modo mesurado e imponente, propio para ejercer saludable fascinación en el ánimo de aquellos sencillos campesinos, el cura de Riofrío, transformado en _hostiario_, ordenaba el concurso de suerte que todos pudiesen oír cómodamente al orador. Y para vigilar toda la iglesia y tener cuenta que ningún muchacho se excediese, abrió con la muleta un pasillo por el centro y comenzó a pasear por él gravemente desde la puerta hasta el altar mayor y viceversa, apercibido a moler los cascos al primero que se desmandase.

El excusador principió en tono muy bajito, muy bajito, para mayor solemnidad. Después fue gradualmente levantando el gallo hasta retumbar en la iglesia como un trueno. Parecía obra de milagro que tal estentórea voz saliese de aquel corpúsculo liliputiense. Aunque es verdad que el calor de sus convicciones teológicas debía ser parte muy principal a fortalecerlo. A Andrés, que se dispuso a escucharle por recurso, le pareció muy bien el exordio del sermón, elegante, atildado. Los párrafos que le siguieron desdecían muchísimo de él. Más adelante volvió a soltar otro período majestuoso y grandilocuente, que a nuestro joven le agradó sobremanera; pero luego se despeñó en un fárrago de vulgaridades y chocarrerías, de las que no menos quedó asombrado, «¡Vaya un hombre original!» dijo para sí. Otro período de superior calidad; otro en seguida necio y arrastrado. Finalmente, Andrés, por medio de cierta sentencia original que le pareció haber leído, se puso sobre la pista y vino a comprender lo que aquel revoltijo de cosas buenas y malas significaba. D. José estaba triturando un precioso sermón de Bordalue. El paño era superior, pero el zurcido detestable.

No le parecía así al párroco, que seguía paseando sosegadamente por el centro de la iglesia, puestos sus ojos terribles en todos los rincones, dispuesto a reprimir cualquier irreverencia. No pasaba una vez por delante del púlpito que no asintiese con la cabeza a lo que su coadjutor estaba pregonando. Alguna vez llegaba hasta decir en voz alta: «Muy bien, don José, muy bien.» Con esto el excusador se animaba hasta querer echar las entrañas por la boca a puros gritos. Pero cuando la aprobación del cura se convirtió en entusiasmo y se manifestó más ostensiblemente fue cuando D. José comenzó a trazar la pintura de un animal monstruoso y hediendo: el rostro peludo como el de un mico, el hocico apuntado como la hiena, los ojos hundidos y atravesados, los labios colgantes, las garras como los ogros... El cura no comprendió al pronto. En pie, delante del púlpito, seguía con gran curiosidad las palabras del excusador, haciendo inútiles esfuerzos por adivinar a quién se refería. Al cabo vino a averiguarlo, cuando el excusador puso a su monstruo un gorro frigio sobre la cabeza.

--¡Ah, sí, Garibaldi--exclamó lleno de alegría!...--Muy bien, muy bien... ¡Duro en él, D. José, duro en él; duro en ese pillo!...

Y emprendió de nuevo su paseo murmurando injurias contra el enemigo del Papa. D. José siguió también dándole duro, como le aconsejaban, por un buen rato. Después pasó a otro asunto y por fin terminó deseando la gloria eterna a todos los presentes.

Cuando la gente salió de la iglesia era ya anochecido. Andrés se emboscó por las cercanías, y cuando atisbó a Rafael abocole con las debidas precauciones para no ser notado. El chico se mostró acortado y como descontento de aquella conferencia. Hacía ya tiempo que no oía a su padre más que maldecir del señorito madrileño. Además, él había sido la causa de que le subastasen las vacas. Así que cuando Andrés le propuso llevar un recado a su hermana, dijo resueltamente que no se encargaba de nada y trató de apartarse.

--Espera un poco, Rafael... Yo me voy mañana para Madrid y no volveré más por esta tierra... Pero antes de marcharme quisiera decir adiós a tu hermana... ¿A tí que te perjudica eso ni a tu padre tampoco?... Yo lo hago, porque la pobre no crea que la desprecio... En cuanto me vaya quedaréis en paz. Tu tío se desenfadará y os dará dinero otra vez para comprar las vacas y se casará con tu hermana...

El chico guardó silencio. Andrés comprendió que dudaba de su partida.

--Si piensas que no me marcho puedes preguntárselo al criado de mi tío, que bajó hoy el caballo del monte...

Y como viese que vacilaba sacó del bolsillo una moneda de plata y se la puso en la mano.

--¿Qué quiere que le diga a Rosa?

--Que cuando oiga silbar esta noche en la calle, baje a la cocina y me abra la puerta.

--¿Pero no ve que duerme Ángela con ella?

--Ya lo sé... puede salir del cuarto cuando todos estén durmiendo, sin hacer ruido... Ángela tiene el sueño pesado...

--Bien; yo se lo diré... y luego ella que haga lo que le parezca.

--Eso es: muchas gracias, Rafael.

El chico se alejó sin contestar.

Andrés entró en la rectoral, dio la última mano a su equipaje, fue a la cuadra a ver cómo había bajado el caballo, y cuando llegó la hora se puso a cenar con su tío. Mientras duró la cena hablaron poco. Andrés estaba preocupado e impaciente; su tío mostrábase triste, y viendo que el sobrino lo estaba también, callaba, agradeciéndole esta tristeza, que creía originada por la marcha. Poco después ambos se retiraron a sus cuartos. El cura le dijo:

--Puedes dormir a pierna suelta, Andrés. Yo me encargo de llamarte a la hora.

En vez de hacer lo que su tío le encargaba, salió sigilosamente de casa cuando presumió que todos estaban dormidos, y enderezó los pasos hacia el Molino.

La noche estaba fresca, como todas las de otoño en aquel país; el cielo despejado y cubierto de estrellas; la luna aún no había salido. Al poner el pie fuera de casa, el sosiego del campo le refrescó como un baño y calmó su febril impaciencia. Bajó lentamente la calzada de la rectoral, atravesó el pueblo dormido y entró en la oscura cañada. Allí, a pesar de lo diáfano del ambiente, caminó casi en tinieblas. El ruido monótono del arroyo que corría a su lado y la oscuridad le infundieron melancolía. No pudo menos de pensar que era la última vez que atravesaba aquel camino, tantas veces trillado y con tal alegría durante algunos meses. Al ver entre el follaje marchito de los árboles blanquear la casa de Rosa, se sintió aún peor impresionado. Acercose cautelosamente a ella, se escondió detrás de un árbol, y metiendo los dedos en la boca lanzó un silbido agudo y prolongado. A silbar de este modo le había enseñado su amigo Celesto en las correrías nocturnas que hicieran allá en la primavera. Esperó buen rato, fija la vista en la puerta y el oído atento; pero nada vio ni oyó. Lanzó segundo silbido y tornó a esperar. El alma se le desmayó viendo que la casa guardaba su paz de sepulcro. Tornó a silbar con más fuerza. Entonces imaginó que oía un leve y vago rumor dentro del edificio. Todo fue ilusión; la puerta siguió cerrada. «Vaya, murmuró con ira, abrochándose el gabán, ese granuja no ha dado el recado;» y luego, con tristeza: «Adiós, Rosita, ya no volveré a verte.» Y muy a su pesar, después de aguardar todavía un rato, comenzó a alejarse lentamente de aquellos sitios, caviloso y con el corazón apretado.

Al dar otra vez sobre el pueblo, fue cuando salió de su meditación. En vez de continuar hasta la rectoral, se sentó sobre un madero que había delante de las primeras casas. Sacó el reloj y vio que no eran más de las diez; y no encontrándose aún con deseos de acostarse, determinó de gozar un rato de la hermosura y serenidad de la noche. El fresco era demasiado vivo para estar quieto mucho tiempo. Se puso a dar vueltas por los contornos del lugar.

No supo cómo fue; pero a las once menos cuarto estaba de nuevo delante de la casa de Rosa, con los dedos en la boca y lanzando un silbido que vibró agudo y penetrante en la estrecha cañada. Esperemos. No se oye nada. Nada. ¡Qué fastidio! Me parece... Sí; un rumor casi imperceptible. Algo mayor. ¡Oh dicha, abren la puerta!

--¿Eres tú, Rosa?

--Chiiiis, no hable alto, D. Andrés...

--¿Puedo entrar?--dijo de suerte que no lo oyó más que ella y el cuello de la camisa.

--Sí; muy despacito... ¡cuidado con hacer ruido!... Aguarde; déjeme cerrar la puerta... Va a tropezar con algo. Deme usted la mano; yo le llevaré hasta el escaño.

Quedaron efectivamente en completas tinieblas. Rosa hablaba en falsete, tan bajito que sus palabras salían de la boca como levísimo soplo. Cogió de la mano a Andrés y le guió suavemente hasta el escaño que había delante del hogar, donde tantas veces habían formado tertulia en las tardes de lluvia. Se sentó, y tirando de la mano al joven le obligó a sentarse también.

--Pensé que Rafael no te había dado mi recado. Hace una hora estuve silbando ahí delante--dijo él en falsete y sin soltar la mano de su amiga.

--Bien le oí, bien le oí; pero estaba Ángela despierta y no podía bajar... Por cierto que me hizo reír cuando me dijo: «¿Oyes, Rosa? Ahí está Juan el de la tía María silbando. Querrá que le abra... Pues ya puede aguardar sentado...--Sí, si, dije yo para mí, no está mal Juan de la tía María el que silba.» Me hacía la dormida sin chistar, a ver si ella se dormía también; pero nada; ese pecado parecía tener ortigas debajo hoy. No cesaba de dar vueltas y vueltas...

--Pues por un poco me marcho sin despedirme.

--¿Cómo sin despedirse?--preguntó ella vivamente, dejando el falsete.

--¿Pero no te dijo nada Rafael?

--No me dijo más que usted vendría esta noche a hablar conmigo, y que silbaría para que yo bajase... Nada más.

--Pues yo le dije bien claro que me iba mañana para Madrid y que...

Advirtió un estremecimiento en la mano que tenía cogida y se detuvo. Rosa no dijo una palabra. Él guardó silencio también, y se arrepintió de haberle dado la noticia así tan de repente. El temblor súbito de aquella mano halagó su amor propio y le enterneció. Después de largo rato de silencio dijo ella con voz apagada, como si le faltase el aliento:

--Siento haberle conocido, D. Andrés.

Este, pensando que era una recriminación, se apresuró a contestar:

--Yo no pensé que tu padre llevase las cosas a tal extremo... Me han dicho que por poco te mata ayer...

--No haga caso: me pegó algo más que otras veces.--Y después de una pausa añadió con amargura:--¡Ojalá me hubiese matado!

--¿Quisieras morir?--preguntó él conmovido.

--Sí--repuso ella firmemente.

--¡Pobre Rosa!--exclamó acariciando la mano de la aldeana.--Te he causado mucho daño... perdóname...

--¿Por qué?... Usted no ha tenido ninguna culpa, D. Andrés: he sido yo. ¿Quién me mandaba hacer caso de usted? ¿No sabía demasiado que usted no podía ser para mí? Yo soy una pobre aldeana y usted un señorito... Bien sabe que yo no le escuché al principio; pero usted siguió tan humildito y tan bueno que necesitaba ser de piedra para no quererle... cuanto más--añadió bajando la voz--que usted siempre me gustó mucho.

--No creas que me voy para siempre: el año que viene, Dios mediante, he de volver.

Una voz que sonó arriba los dejó helados de espanto. Era la voz de Ángela que llamaba a Rosa:

--¡Rosa, Rosa, Rosaaa!

Iba gradualmente alzando el tono. Después, como la casa era muy chica y había gran silencio, la oyeron decir por lo bajo:

--¡Madre mía, si no está en la cama!

Y después gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

--¡Padre, padre! Levántese, padre; Rosa no esta aquí, Rosa no está aquí, padre...

Oyeron en seguida el golpe de los talones del aldeano al echarse fuera de la cama. Rosa, que apretaba convulsivamente la mano de Andrés conteniendo el aliento, al sentirlo se estremeció fuertemente y exclamó con angustiada voz:

--¡Madre del alma, que va a ser de mí!

Y ambos por un movimiento súbito se levantaron del escaño y dieron algunos pasos hacia la puerta. Al mismo tiempo escucharon arriba rumor de pasos y una voz áspera que dejaba escapar terribles interjecciones y amenazas. Cuando los pasos tomaron la dirección de la escalera, Rosa exclamó acongojada:

--¡Que me mata mi padre, D. Andrés; que me mata mi padre!

Y con rápido movimiento se echó fuera de casa, arrastrando consigo al joven.

No tuvieron tiempo más que para salvar corriendo la distancia que les separaba de un recodo que el camino hacía. Tomás apareció en seguida con el candil en la mano vomitando injurias.

--¡Ah perra, perra! ¿Te has escapado con tu señorito, eh? ¡Ya volverás y nos veremos las caras!

Y se entró otra vez en la cocina, sin hacer caso de Ángela que le instaba con muchas lágrimas y gemidos para que fuesen en busca de su hermana.

XV

Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían. El que primero se cansó fue Andrés.

--Es inútil correr--dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para detenerla.--Nadie nos sigue.

Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban el terror y la zozobra, escuchó con atención un rato, y cerciorándose de que su padre no la perseguía, respiró libremente y se fue serenando. Mas al tropezar sus ojos con los de Andrés, turbose de nuevo y se llevó rápidamente las manos al pecho para subir el pañolón que se había echado al bajar a la cocina. No traía más que la camisa y una enagua. Al verse en aquella figura delante del joven sintió gran vergüenza. Ambos quedaron confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue la que primero rompió el silencio con voz temblorosa.

--Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me mate.

--¡Eso sí que no!--contestó él reteniéndola por el brazo.--Ahora no puedes volver de ningún modo. Es necesario que antes se temple tu padre un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, mañana le echaríamos algunos amigos... y tal vez le calmaríamos...

--Pero ¿dónde voy a dormir?

--¿No tienes ningún pariente en el pueblo?

--A mi tío Jaime nada más.

--¡Bribón!--murmuró el joven con rabia.

Volvieron a quedar meditabundos. Rosa levantó la cabeza con alegría: tenía una idea.

--Mi tía Eugenia vive en Marín. Hace tiempo que no nos hablamos. Mi padre ha reñido con ella... pero ¿qué importa?

--¿Y dónde está Marín?

--A una legua de aquí, camino de Lada.

--Vamos a allá--repuso el joven resueltamente.

Y echaron a andar a buen paso por el angosto camino de la cañada.

La noche estaba más clara. El disco de la luna asomaba grande, rojo, inflamado, por encima de las montañas. El ambiente era diáfano. Corría una brisa fina y helada, encajonada entre las paredes de la garganta.

Los fugitivos marcharon un rato en silencio. Andrés, aturdido por la situación singularísima en que se había puesto, no estaba, sin embargo, disgustado. De vez en cuando miraba con el rabillo del ojo a su amiga, admirando la bravura de aquella chica, que en lance tan apurado marchaba serena, confiándose en él, y segura de sí misma.

No se oía más ruido que el que ellos hacían al pisar las hojas secas sembradas por el camino y el murmullo lánguido del riachuelo. A veces un soplo más fuerte de la brisa levantaba sordo rumor entre las ramas medio desnudas de los árboles. El arroyo estaba cubierto de una bruma blanca y espesa, por encima de la cual asomaban sus puntas los juncos y arbustos que crecían en las orillas. A la luz de la luna este manto de bruma resplandecía tan blanco como la nieve.

Andrés observó, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza, y detuvo el paso.

--No había reparado en que vas descalza, Rosa.

--Tampoco yo--repuso ella mirándose tranquilamente a los pies.--Cuando chica andaba mucho así: no se me hace novedad.

--No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer daño. ¿Quieres ponerte mis zapatos?

La joven soltó una carcajada.

--¿Sabe que tendría gracia, D. Andrés, que usted fuese descalzo?

--No será más que hasta la rectoral. Cuando pasemos por allí entraré y sacare mis borceguíes de caza... Vaya, póntelos, que me das gusto en ello...

La aldeana se resistió mucho tiempo, en broma primero, en serió después: le parecía un absurdo. Andrés insistía con afán, acometido de impulso caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinación. Entonces se detuvo y dijo resueltamente:

--No doy un paso más si no aceptas.

Ella le miró sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se movía, tomó el partido de aceptar. El joven cortesano se despojó rápidamente de sus zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose delante y la calzó delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimación a aquella gentil criatura, que tantas le había dado de constante afecto. Ella la recibió sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrés tenía el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.

Se pusieron en marcha de nuevo. Rosa protestaba a cada paso de aquel cambio tan extravagante; se dolía, con frases que revelaban sincera pena, de que Andrés fuese de aquel modo indecoroso, exponiéndose a coger una enfermedad. Pero éste reía y marchaba dando brincos para convencerla de la fortaleza de sus pies, vestidos solamente de un fino calcetín. Al fin ella calló. En vez de proferir palabras, miraba a su amigo de vez en cuando con ternura y admiración. Andrés, que sentía sobre sí estas miradas, las evitaba. Llegaron al pueblo, y en vez de cruzar por él, lo rodearon; no fuese que algún vecino anduviera todavía por la calle. Subieron después el camino de la rectoral. Al llegar a ella, el joven se entró con cautela, sacó sus borceguíes y dejó otra vez la puerta entornada, sin echar la llave. Algo más lejos se sentó sobre una piedra y se calzó.

--Ahora ya te puedo decir, Rosita, que me iba haciendo un daño terrible.

--¡Si es más testarudo!--repuso ella con una mueca de enfado.

Emprendieron otra vez el camino con brío. Subieron otro poco más, traspusieron la colina que cerraba por aquella parte el vallecito de Riofrío, y bajaron la cuesta hasta que dieron sobre el río. El camino, que era el mismo por donde meses antes Andrés había venido de Lada, fue llano desde entonces. El joven cortesano preguntó a su compañera dónde estaba Marín.

--Allá, después de un trecho, dejaremos el camino y tomaremos la cuesta. Marín está detrás de aquel monte que ve a mano izquierda--dijo apuntando con el dedo.

El paisaje estaba bañado de luz. Los árboles resaltaban como en pleno día. Como aquel valle era más abierto, la brisa de la noche no había dejado reposar la bruma sobre el río: manteníala en las orillas formando dos blancas murallas gaseosas, por medio de las cuales el agua se deslizaba suavemente, despidiendo reflejos plateados. Por encima se extendían los pardos castañares, arraigados en las faldas de las colinas. Allá, a lo lejos, cerca de la luna, alzábanse las cimas dentadas de las montañas, envueltas en finísimo cendal blanquecino. El sosiego y la hermosura de tal espectáculo despertaron en el alma de Andrés emoción suave. El mágico atractivo de aquella noche poética le produjo una sacudida de gozo: cruzó por su ser un soplo blando y voluptuoso, que le embargó algunos instantes, y en su corazón palpitaron ansias inefables, indefinibles. Volvió los ojos a Rosa y la halló hermosa y serena como el paisaje que tenía delante. Y acometido de súbita ternura hacia ella, la tomó una mano y la estrechó delicadamente. La joven volvió también el rostro. Sus ojos se encontraron y sonrieron. Después, cogidos por los dedos, caminaron en silencio.

Poco a poco iban acortando el paso. Al cruzar por delante de un caserío, les salió al encuentro un perro ladrando. Bastó que Andrés se bajara a coger una piedra para que el can se alejase. Este suceso les sirvió de tema para charlar algunos momentos. Andrés habló de un perro de caza muy hermoso que le habían robado en Madrid. A Rosa le gustaban mucho los perros, pero no los quería en casa porque su padre, cuando eran viejos y no servían, los colgaba de una cuerda y los mataba a palos.

--¿Y por qué los mata de ese modo?--preguntaba Andrés.

--Para aprovechar el pellejo: todos hacen lo mismo--respondió ella.--¡Qué corazón tienen los hombres!

Algo más lejos oyeron pisadas de caballos, y se detuvieron. Venían hacia ellos. Apartáronse un poco del camino y se escondieron entre los arbustos de las márgenes del río. No tardó en aparecer una recua de mulos: el arriero montado sobre uno de ellos.

--Es el tío Pedro, el mantequero--dijo Rosa al oído de Andrés.--¡Fortuna que no nos haya visto!

Cuando la recua se alejó, salieron de su escondite y siguieron la marcha. Andrés quiso informarse de la familia que Rosa tenía en Marín. Ésta le contó mil pormenores referentes a ella. La tía Eugenia era hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por Sevilla ganándose la vida: tenía una hija de la edad de Ángela, llamada Máxima, y un hijo ya mozo también, que era quien llevaba el peso de la labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos, particularmente su tía: decían que el marido se había marchado por no sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maíz, había reñido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda cuando nos ve en el mercado... Así que tengo miedo que no me admita en su casa--terminó diciendo tristemente. Andrés la tranquilizó acerca de este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglaría.

Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el de la montaña. Dejáronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero trazado en zig-zag entre los castaños. Dentro del castañar la sombra era espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas veían. La oscuridad les infundió respeto, y guardaron silencio.

Rosa comenzó a marchar más de prisa, dejando atrás a su amigo. Éste a su vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la agitación silenciosa de los pájaros e insectos que pululaban por el suelo y el follaje, aflojó el paso.

Al levantar la cabeza se encontró solo.

--Rosa, Rosa, aguarda.

--Vamos, D. Andrés, camine un poco más.

La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un estremecimiento amoroso. Cuando se juntó a ella y le dio otra vez la mano, Rosa la sintió tan ardiente y temblorosa que separó bruscamente la suya. No intentó de nuevo tomarla, y procuró refrenar el tierno y vago deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos confianza entre ellos.

Salieron al cabo de los castañares, y se dispusieron a doblar la colina que les separaba de Marín. Hacia la cumbre estaba desembarazada de árboles. El terreno era más árido. La luna les alumbró nuevamente.

Rosa tornó a ser comunicativa y se aproximó a su protector risueña y confiada. Pero un rumor que creyó advertir detrás la hizo ponerse seria de pronto y detener el paso.

--¿No oyó usted, D. Andrés? Parece que viene gente...

--No oí nada.

Ambos quedaron atentos, silenciosos, sin pestañear siquiera. Después de un rato, los dos percibieron, en efecto, confuso rumor de voces allá abajo, entre los castañares.

--Vienen a buscarnos--dijo la joven empalideciendo.

--Lo peor es--repuso Andrés, echando una mirada ansiosa a todas partes--que aquí no hay donde esconderse. ¡Está tan desnudo esto!

--A la mano de allá, en cuanto se baja un poco, hay un establo...

--Pues vamos a la carrera, a ver si logramos doblar el monte antes de que nos vean.

Corrieron briosamente hasta quedar embazados. Al fin consiguieron trasponer la colina, y deteniéndose un punto a tomar aliento, bajaron otra vez de corrida hacia el establo, que no distaba mucho de la cumbre.

La puerta estaba cerrada con llave. Los fugitivos se miraron acongojados, sin saber qué hacer. En mucho trecho a la redonda no había nada donde guarecerse. Oíase ya formidable rumor de voces hacia la cumbre que acababan de doblar. Rosa señaló con mano trémula al pajar. Andrés escaló la pared prontamente, apoyándose en las estacas que para subir había clavadas: tiró de la portilla enrejada de madera que lo cerraba, y la abrió sin dificultad. Desde adentro extendió las manos a Rosa, que ya subía, y haciendo un gran esfuerzo consiguió suspenderla y colocarla junto a sí.