El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Part 8
La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, de todos los cómplices de su mediocridad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.
El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no tiene por qué ser leal con la mentira.
El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (_Od._, IV, 9, 29.)
No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia; prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño, avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles. Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público; traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su capa.
Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión; viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho del hambre ajena.
Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores más delicadas.
Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.
Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso. Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme verse desenmascarado por los sinceros.
Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda dignidad.
Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera: «En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices, buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los méritos que la inspiran.
Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,--virtud de elegidos,--esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo honesto aunque practique la ingratitud.
La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos; pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno solo sin tener marido.
No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de arte.
El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
III.--LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.
Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.
Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya custodia obsesiona á los mediocres.
Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad les opone.
Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral, olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente considerada.
El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos, objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social: calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar el bien en mal y viceversa.
Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la moral, variable siempre.
Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su interpretación.
Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el sentido de la perfección.
Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las miserias ambientes.
Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas, retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres mediocres.
Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales, incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida, fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio hasta el momento de rodar al delito.