El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Part 6
El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus _Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.
Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar, como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias. En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo.
La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro. Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina.
III.--LA MALEDICENCIA.
Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.
Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_ invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está la medida de tu mérito...
La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas á la Ignorancia y la Sospecha.
En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos: sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.
Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la acción rectilínea.
Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida; el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna contra una estrella.
El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.
El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de acuñarla.
Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del _Tartufo_:
«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire. Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?
IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA.
El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta, sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la intriga.
El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito, indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio, en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra él con energías inagotables, hasta despejar su camino.
Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.
Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá, se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil si supiera que le tienen por tal.