El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral

Part 19

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Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra «genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó culminación.

No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el «ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad. La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, casi, como ejemplares.

La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura. Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es cualitativa entre el talento y el genio.

No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica, en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio, llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la vida ó en la cultura de su pueblo.

En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes, Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.

La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.

¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad? Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.

Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las transformaciones de energía que determina en el momento que nace, durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa, y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un Ameghino, en función de su medio.

Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la estructura y la coordinación de las células que intervienen en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando faltan: Salamanca no las presta.

Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir: cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas.

En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún: son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores.

En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su reputación de inadaptado.

Basta leer su inmensa obra--centenares de monografías y de volúmenes--para comprender que sólo presenta los desequilibrios inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados; no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades, sino claramente previstos y anunciados.

El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental. Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.

Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen á ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un rayo de luz que nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: todas sus palabras concurren á explicar un mismo pensamiento, á través de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin romper la equilibrada coherencia de la obra total: esa harmonía de la síntesis que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino converge á un fin por todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin las prudencias que traban el paso á las medianías sin detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para distraerle de la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.

La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el pensamiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga las obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio ajeno y hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por las circunstancias: los rutinarios serían supremas lumbreras si por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar el punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó dos generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser más astuto y más hábil; pero en las grandes horas de la evolución intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de él.

Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo verdades absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de Ameghino. Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene que se equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan, las pasiones que encienden, las inercias que conmueven. Los hombres mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé alguna cosa ó verdad no sospechada antes. No es menos grande Platón por sus errores, ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los genios que se equivocan hay una viril firmeza que los impone al respeto de todos. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente un error, que en aceptar tibiamente una verdad.

IV.--LA MORAL DEL GENIO.

El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si busca la Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía. Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es un genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas las excelencias, por todas las idealidades. Como fué en Leonardo y en Goethe.

Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal: la inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. Ameghino ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la prosperidad material. En la ciencia buscó la verdad, tal como la concebía; ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma de funcionario. Sobrellevó heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales, ignorando esa técnica que simula el mérito para medrar á la sombra del Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y decidido á no torcer un milésimo de ella. El que puede domesticar sus convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.

Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira, el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el patriotismo y lo rebaja, el que predica el carácter y es servil, el que predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un ideal, ese no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío.

El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean ásperos y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés; repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en la Patria á todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el alma de toda su nación y de todo el continente; tiene sinceridades que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y dice la verdad en tan personal estilo que sólo puede ser palabra suya; tolera los errores ajenos, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas, escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con furor, de todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del gran americano; Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes públicas, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas que concentran la preocupación de la mediocridad.

Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los grandes, los cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. Entonces los espíritus estrechos les suponen desamorados, apáticos, escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, á su familia, á su camarilla, á su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad, la Patria ó la Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos hombres darían su vida por defender á su secta; son raros los que se han inmolado conscientemente por una doctrina ó por un ideal.

La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su Ideal y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu genio», escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia á los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén decididos á concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á sí misma.

La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante ellas é intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo; pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: enseña y no persigue, discute y no amordaza. Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es tolerante: es un misticismo que respeta las creencias propias en las ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos. Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuencia las combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino: sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe es de visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la verdad de los demás.

Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio es un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, de doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza los símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos esfuerzos.

Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra la mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene fomentar su culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún ensueño, apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propicios á su advenimiento.

Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y fuerza es que mueran los venideros, implacablemente segados por el tiempo.

Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino: el ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen milagros: realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía de los pensadores.

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BIBLIOTECA RENACIMIENTO

DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA

EXTRACTO DEL CATÁLOGO

LEOPOLDO ALAS (CLARÍN) OBRAS COMPLETAS

I. GALDÓS 3,50 II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50

S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO

LA RIMA ETERNA 3,00 LA FLOR DE LA VIDA 3,00 PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00 MALVALOCA 3,50 MUNDO, MUNDILLO 3,50 FORTUNATO 2,00

COMEDIAS ESCOGIDAS

I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50 II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50 III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50 IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50 V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50

BALDOMERO ARGENTE

HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50

ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ

GENTE MENUDA 3,00

AZORÍN

EL POLÍTICO 3,00

PÍO BAROJA NOVELAS