El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral

Part 17

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El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente porque no existe, substituido por cohortes que medran.

Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres. Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y raza y humanidad.

II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.

Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.

Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes mentales que la vanidad les sugiere.»

En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula en los tontos.

Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias. El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla, aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.

Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias, la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios. Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez quitan al hombre el gobierno de sí mismo.

La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión á la democracia.

El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan; ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices; pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles. Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos: como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de hinojos á los estrados de los que mandan.

Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira, unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla. De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten eternamente que Midas tiene orejas de asno.

La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas: escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos, irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores; dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al corazón, como la del romance famoso.

Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca al amo.

Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la fisonomía de toda una época.

III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.

Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres. Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo, preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse en vida.

Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz, exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola. Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo, disueltos como enormes azucarillos.

El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota, como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza, demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.

Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie.

Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio: «Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad.

Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra y vivir de ella.

Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y los almibaramientos de la vejez.

Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos: sería, acaso, inmortalizarlos.

NOTAS:

[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar.

LOS FORJADORES DE IDEALES

I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO.

I.--EL CLIMA DEL GENIO.

La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina, algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree; capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas.

La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en su clima es potencial.

Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla en un cerebro mediocre.

Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien, encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo, instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo.

El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela, superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría serlo. Nunca.

Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud, significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso. Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época, transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de sus obras.

La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos, confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada. Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si héroe, lo ejecuta.

El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva generación estará habilitada para comprenderlo.

En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos, desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles sanciones de los contemporáneos.

La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad.

Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición.

Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo. Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.

La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería, dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la genialidad.

El genio es una fuerza que actúa en función del medio.

Probarlo es fácil.

Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación eterna de su genio.