El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Part 15
Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.
Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada tienen que hacer.
La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio: que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria para usufructuar sus riquezas.
En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores. Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado. De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.
Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una patria.
Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas. La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación, tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo el digno y el libre pueden tener una patria.
Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos, pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación, el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de habitantes. La patria á la de país.
Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto inmóvil: un faro en la costa.
II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.
El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza, en los países cúbrese de honores.
Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados: enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal.
Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras insignificantes.
Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de «elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos y serviles.
Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose á las piaras.
Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría. Apoya á todos los gobiernos.
Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una votación.
En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su presencia, aquilatándolos.
Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería.
Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven, maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose, envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera.
El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios. El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia. Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más contradictorias fisiologías.
Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros domésticos.
El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen á la gloria.
La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada. El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo creyó un castigo divino:
_Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux rois la colère celeste._
No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la propia dignidad.
En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación: tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no merecer.
Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro.
Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando se apartan de ella la pierden para siempre.
Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres. En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS.
El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.
Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese la función de los hombres superiores.
Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca; ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación, viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio. Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser su instrumento pero no su guía.
Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y hace: marca un evo.
Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza: «la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No habría podido existir como término culminante de la serie biológica. Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma.
Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha favorecido su descenso político durante el último siglo.