El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Part 14
En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez.
Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond y C. E. Baer.
Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.
IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.
La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los sentimientos_.
Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las primaveras.
La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes. Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó detestable.
Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad «atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones: nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio, que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese «misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados. Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad.
Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos.
Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos, ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe, igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado de plasticidad.
Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III, 452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:
Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque mensque.
Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_, lib. I, cap. LVII.)
Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco, veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer. Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador; el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos... permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W. Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está analizado con criterio experimental.
Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada á un joven significaría enterrar á un vivo.
V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.
Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.
¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas frente á la realidad que nos rodea?
La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte.
Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_ con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux, il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.
Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela, rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la cabeza de la sociedad.
No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el invierno?
Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad, sino por impotencia.
LA MEDIOCRACIA
I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III. DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.
En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los héroes su corazón en la balanza del destino.
Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad del tiempo.
En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo. En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás piezas del mosaico.
Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la encrucijada más impune para explotar á la sociedad.
Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia: todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, carcomiendo la dignidad común.
En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados. No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan, se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista: cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.
Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable que oscila entre un empleo y una decoración.