El Hombre Mediocre: Ensayo de psicologia y moral
Part 10
Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente, incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones, tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás.
La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los sentimientos sociales y morales--dice Ribot--, se han producido lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados _inventores_ en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio _élan_. El avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.»
Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio. Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo. Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida. La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las variaciones de la vida social.
En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y valientes para ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo; entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del coraje se transforma en culto de héroes, equiparados á los dioses. La santidad está en el heroísmo.
En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la decadencia amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir ó morir por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está en el apostolado.
En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre una nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus fuerzas, que quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol. Por eso el prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.
Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos: héroes, apóstoles ó sabios.
Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal.
Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas de una _Iliada_ ó de un _Evangelio_; pero se afirma que también es santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven eternos en su _Divina Comedia_, en su _Novum Organum_ ó en su _Origen de las Especies_. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia.
La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.
LOS CARACTERES MEDIOCRES
I. HOMBRES Y SOMBRAS.--II LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: GIL BLAS DE SANTILLANA.--III LA VANIDAD Y EL ORGULLO.--IV LA DIGNIDAD.
I.--HOMBRES Y SOMBRAS.
Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan á individualizarse; ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente á los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga á borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una bandería: siempre á embadurnarse de otros. Apuntalan todas las rutinas y prejuicios consolidados á través de siglos. Así medran. Siguen el camino de las menores resistencias, nadando á favor de toda corriente y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben adaptarse á la hipocresía social, como tenias en una entraña.
Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan «honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el inconcebible plural del honor y la dignidad, por definición singulares é inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una grey. Su existencia es el accesorio de focos que la proyectan; carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado.
Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y contrastan. Frente á los otros se les reconoce de inmediato, nunca borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su personalidad es toda brillo y arista:
_Firmeza y luz, como cristal de roca_,
breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron mejor Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á sus afectos, fieles á su palabra. Nunca se obstinan en el error, sin traicionar por ello á la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos optímates son contados; cada uno vive por un millón. Poseen una firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó de armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble en mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los teme, como la llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, los adora con su desdén. Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. Son los actores del drama social, con energía inagotable. Poseen el don de resistir á la masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las cualidades que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea ó una pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la Humanidad.
El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos. Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición química; cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca tomará otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es, inconfundiblemente. De igual manera el hombre superior es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima social le es propicio conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el medio sus características propias, á la manera del cristal que en una solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí mismo, creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, en cambio, carece de forma propia y toma la que le imprimen las circunstancias exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, esférica ó piramidal, según la modelen. Así los caracteres mediocres: sensibles á las coerciones del medio en que viven, incapaces de servir una fe ó una pasión.
Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La personalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su delicado instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de la cultura y del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. Se educa después: la experiencia. Lo que heredamos implica cierta fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están predestinados á conservar su línea propia entre las presiones coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El carácter se expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz», como dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y la luz en su elevación moral.
Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad; son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación; el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.
Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores, juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar en ninguna.
Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar para vivir.
La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes: el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de asumir su responsabilidad.
Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua, incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó desvergüenza; muchas veces á traición.
Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que nada, valores negativos. Sombras.
II.--LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES.
Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la domesticación les facilita la lucha por la vida.
La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás acomete de frente un obstáculo.
El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría que copiar por entero el elocuente _«Discurso sobre la servidumbre voluntaria»_, escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el servilismo.
Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto en su Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su arista. La mediocridad es un préstamo hecho por la grey al individuo; la originalidad es una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su sombra cuando el medio los instiga; los superiores se encumbran en la misma proporción en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar de comportarse, que es su síntesis: el carácter. Las sombras ignoran esa unidad de conducta que permite prever el gesto en todas las ocasiones.
Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della manan todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus definiciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos catonizan como predicadores y éstos describen como naturalistas. Es una síntesis: hay que insistir en ello. El carácter es un exponente de toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter parece depender exclusivamente de condiciones intelectuales. Vano error: su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una organización sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á su objeto los más vehementes anhelos de perfección humana. El investigador de una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para ella y piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad en lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el corazón y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el que posee un carácter no se domestica.