Chapter 2
-Pues claro; voy a que para oír ternos secos y hablar como usted habla ahora conmigo, nadie querrá pagar su dinero. ¿No dice usted que todo el mundo habla en prosa? Pues por eso queremos que el poeta nos hable en verso en la escena. ¿Que cuesta trabajo escoger las palabras, buscar los consonantes y la medida? Pues que cueste, mejor. ¿No se le pagan al autor sus derechos? ¡Pues que los sude! Lo dice la Biblia: ganarás el pan con el sudor de tu rostro...
-¡Bravo!, ¡bravo! -gritan los del corro.
Remigio, antes de retirarse, vencido, pero no humillado, en compañía de sus siniestros nuevos amigos, me preguntó al oído:
-¿Te parece que debo desafiar a ese hombre?
Cada vez marchaba peor el teatro en concepto de Remigio, que se iba haciendo un desaseado. Ya no era un elegante de provincia. Era un Adán de Madrid. No pensaba en su mujer, ni en sus hijos, ni en peinarse. No pensaba más que en la realidad.
Había que llevar la realidad al teatro; lo demás era perder el tiempo.
-Yo autor -decía- primero me dejaba quemar que consentir que se representara una obra mía en esos escenarios tan pequeños. ¿Qué realidad de carne y hueso puede desarrollarse en esas cuatro tablas?
-¿De modo que, según tú, debiera representarse en la plaza de toros?
-Pues claro. Y otra cosa. Quieren que una acción verosímil se desenvuelva en tres actos y en tres horas. Pasemos por eso de que haya acción, aunque no debe haberla; pero ¿cómo ha de suceder cosa importante en tan poco tiempo?
-¿Pues cuánto tiempo pedirías tú?
-¡Yo! Todo el que hiciese falta. Y el público, si se preciaba de ilustrado, se aguantaría en su sitio. ¿Hacían falta cuarenta días con sus cuarenta noches, como cuando lo del Diluvio? Pues eso. Allí se estarían los espectadores, en sesión permanente, todo el tiempo necesario, o sea novecientas sesenta horas. Lo demás es gana de divertirse, profanar el arte. El teatro ha de ser así, o no tiene razón de ser.
-Pero, dime, ¿quién iba a ser el innovador?
Remigio encogió los hombros. Sonrió con misterio, como hacen en las novelas idealistas. (Por cierto que si él lo hubiera sabido no hubiera sonreído así).
Y se fue.
-Éste algo trama -me quedé pensando.
El hombre de los estrenos suele tener mal fin: acaba muchas veces (no todas) por echar su cuarto a espadas, su cana al aire... por escribir él el drama de sus sueños. No todos, no todos, repito, acaban así; pero... el corazón me daba que Remigio se proponía restaurar el teatro Español, haciéndole pasar al mundo, a la realidad, como él gritaba furioso al hablar de sus locuras.
Lo que yo temía.
Remigio acabó por ahí, por reformador del teatro. No cabe negar que en su obra, que me leyó (para eso son los amigos), hacía entrar el mundo, todo el mundo, en el escenario.
Le llevó aquello (lo llamaba siempre así; no era drama, ni comedia, ni nada representable; era... aquello), lo llevó a un empresario que había contratado muchas veces compañías extranjeras y que tenía sus ribetes de realista.
El empresario le dijo:
-Amigo, eso está perfectamente; ahí entra toda la creación, punto más, punto menos; cada cual habla el lenguaje que le es propio; pasa por la escena todo el mundo; pero por lo mismo, por lo mismo que en esa obra entra el mundo entero... su obra de usted no puede entrar en mi teatro; no cabe. Ya ve usted, el contenido no puede contener el continente... Esto no es disculpa de empresario; son habas contadas.
Remigio, muy a su pesar, se avino a reducir el cuadro.
Ya cabía aquello en el escenario.
Pero hubo otro inconveniente.
Él me refería así, casi llorando, su nueva desgracia:
-En mi obra pasa un acto en una alcantarilla, y el empresario se niega a presentar esa especie de catacumbas urbanas.
-Pero ¿por qué? Yo he visto una zarzuela idealista en que hay un escalo y salen a escena las alcantarillas...
-No, si por eso ya pasa él. Alcantarillas como las de esa zarzuela las admite el empresario.
-¿Entonces...?
-Soy yo quien no puede admitirlas. Me lo prohíbe mi dignidad, mi credo artístico. Esa zarzuela, tú lo has dicho, era idealista. Alcantarillas idealistas también las consiente mi hombre; pero yo...
-¿Pero tú...?
-Ya ves; yo necesito que haya... olor local.
Así se volvió loco mi amigo Remigio Comella, que como él decía, hubiera sido un buen empleado en Contribuciones, a... a no haber estrenos en el mundo.
Oviedo, 1884.
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