Chapter 2
Con la misma sonrisa complaciente recibió a don Jorge unos días más tarde. Probablemente el joven venía a dar las gracias por la invitación al baile. ¿Qué otra cosa, si no? Pero, no: era otra cosa.
La más sorprendente, la más extravagante que cupiera imaginar: de sus labios salieron palabras de locura; el general no podía prestar crédito a sus oídos. «¡Inconcebible!», una petición completamente absurda: don Jorge solicitaba la mano de Emilita. -¡Señor mío! -exclamó el general, poniéndose colorado como un cangrejo.
No lo comprendo en absoluto. ¿Qué dice usted? ¿Qué quiere? No lo conozco. ¿Cómo ha podido ocurrírsele venir a mi casa con esta embajada? No sé si debo quedarme o retirarme y andando de espaldas, se fue a su dormitorio y lo cerró con llave, dejando solo a Jorge. Éste aguardó unos minutos y luego se retiró.
En el pasillo estaba Emilia.
-¿Qué contestó mi padre? -dijo con voz temblorosa.
Jorge le estrechó la mano.
-Me dejó plantado. ¡Otro día estaré de mejor suerte!
Las lágrimas asomaron a los ojos de Emilia. En los del joven brillaban la confianza y el ánimo; el sol brilló sobre los dos, enviándoles su bendición.
Entretanto el general seguía en su habitación, fuera de sí por la ira. Su rabia le hacía desatarse en improperios:
-¡Qué monstruosa locura! ¡Qué desvaríos de portero!.
Menos de una hora después, la generala había oído la escena de boca de su marido. Llamó a Emilia a solas.
-¡Pobre criatura! ¡Ofenderte de este modo! ¡Ofendernos a todos!
Veo lágrimas en tus ojos, pero te favorecen. Estás encantadora llorando. Te pareces a mí el día de mi boda. ¡Llora, llora, Emilia querida!
-Sí, habré de llorar -replicó la muchacha- si tú y papá no decís que sí.
-¡Hija! -exclamó la generala-. Tú estás enferma, estás delirando, y por tu culpa voy a recaer en mi terrible jaqueca. ¡Qué desgracia ha caído sobre nuestra casa! ¿Quieres la muerte de tu madre, Emilia? Te quedarás sin madre.
Y a la generala se le humedecieron los ojos; no podía soportar la idea de su propia muerte.
En la sección de nombramientos traía el periódico que don Jorge había sido nombrado catedrático, categoría quinta, número ocho.
- Lástima que sus padres estén en la tumba y no puedan leerlo - dijeron los nuevos porteros, que ocupaban a la sazón el sótano de la casa donde residía el general. Sabían que aquel catedrático había nacido y crecido entre aquellas cuatro paredes.
- Ahora tendrá que pagar el impuesto de su categoría - dijo el hombre.
- Debe de ser mucho para un muchacho pobre - asintió la mujer.
- Dieciocho florines anuales - respondió él -. Es mucho dinero. - No hablo de eso, me refiero a su posición - protestó la mujer -. ¡Cómo puedes pensar que le preocupe el dinero! Gana mucho, y seguramente se casará con una muchacha rica. Si nosotros tuviésemos hijos, uno por lo menos tendría que ser catedrático y arquitecto.
En el sótano se hablaba de Jorge con simpatía; también en el primer piso. El anciano conde se hacía lenguas de él.
Dieron ocasión a ello los dibujos de su niñez. Pero, ¿por qué se hablaba de ellos? Hablóse de Rusia, de Moscú, y salió a relucir el Kremlin, que Jorge de niño había dibujado para la señorita Emilia. ¡Había dibujado tantas cosas! Y el anciano conde se acordaba particularmente de una: «el palacio de Emilita», donde ella dormía, donde bailaba y jugaba «a visitas». El profesor tenía gran talento, indudablemente llegaría a consejero; no tenía nada de imposible. Quién sabe si no construirla un palacio de verdad para nuestra damita. ¿Por qué no?
- El conde estaba hoy muy de broma - observó la generala después que aquél se hubo marchado. El general meneó la cabeza con aire dubitativo, salió a dar un paseo a caballo, con el ordenanza siguiéndolo a distancia conveniente, y él más erguido que de costumbre en el soberbio corcel.
El día del cumpleaños de Emilita llegaron a la casa flores y libros, cartas y tarjetas. La generala le dio un beso en la boca, el general se lo dio en la frente. Eran padres cariñosos, y ellos y su hijita recibieron distinguidas visitas, entre ellas dos príncipes. Hablóse de bailes y teatros, de misiones diplomáticas, de países extranjeros y del propio Gobierno. Tratóse de eficiencia, de la eficiencia del propio país, y esto llevó la conversación, a la personalidad del joven catedrático, el señor arquitecto.
- Se está creando un gran nombre - díjose, entre otras cosas indudablemente se construirá también el nido en una de las primeras familias.
- Una de las primeras familias - repitió más tarde el general en presencia de su esposa -. ¿A quién entenderán por una de las primeras familias?
- Ya sé a quién aludían - respondió la generala -, pero me lo callo. No quiero hacer conjeturas. Dios dispone las cosas, pero la verdad es que me sorprendería.
- También yo estoy sorprendido - replicó el general -; no tengo ni la menor idea en la cabeza - y se sumió en profundos pensamientos.
Hay un poder, un poder increíble en la misericordia del cielo, en el favor de la Corte, en la gracia de Dios; y todos estos dones de la gracia habían sido concedidos al pequeño Jorge. Pero nos olvidamos del cumpleaños.
La habitación de Emilia estaba impregnada de perfume de flores, obsequio de amigos y amigas; sobre la mesa yacían hermosos presentes de felicitación y recuerdo, pero no había ni uno solo de Jorge, aunque no era necesario, pues la casa se acordaba de él. Incluso el cuarto de la arena situado al pie de la escalera, mostraba la flor del recuerdo: allí se había escondido Emilia cuando se incendió la cortina, y Jorge fue el primero en acudir. Una mirada por la ventana, y la acacia del patio recordaba los tiempos de la infancia. Las flores y las hojas habían caído, pero el árbol estaba cubierto de escarcha, como una enorme rama de coral. Y la luna llena enviaba su luz clara por entre las ramas, siempre igual dentro de sus metamorfosis, como aquel día en que Jorge compartiera su merienda con Emilita.
La muchacha sacó de un cajón los dibujos del palacio del Zar y del suyo propio, aquellos recuerdos de Jorge. Los contempló, y numerosos pensamientos acudieron a su mente. Recordó el día en que, sin ser vista por sus padres, había ido a la casa de la mujer del portero, que se hallaba moribunda. Sentóse a su vera, le tuvo cogida la mano y escuchó sus últimas palabras: «¡Bendita! ¡Jorge!». La madre pensaba en su hijo. Ahora Emilia les daba su particular significación. Sí, Jorge la acompañaba en su cumpleaños, estaba allí de verdad.
Daba la casualidad de que al día siguiente se celebraba en la casa otro cumpleaños: el del general. Había nacido un día después que su hija, aunque muchos años antes, como es natural. Vinieron más regalos, entre ellos una silla de montar preciosa, cómoda y de gran valor, digna de un príncipe. ¿De quién procedía? El general estaba encantado. La habían traído junto con un billetito en el que se leía: «Muchas gracias por el bello día de ayer». Nosotros tal vez hubiéramos podido adivinar de quién venía. Pero la firma decía: «De alguien a quien el señor general no conoce».
- ¿Acaso hay alguien en el mundo a quien yo no conozca? - dijo el general -. ¡Si conozco a todo el mundo! - y su mente recorría los círculos de la alta sociedad -. Será de mi esposa - dijo al fin - habrá querido gastarme una broma. ¡Charmant! - Pero ella ya no le gastaba bromas. Aquel tiempo había pasado.
Otra vez era fiesta, aunque no en casa del general. Uno de los príncipes había organizado un baile de disfraces, y se permitía la entrada a las máscaras.
El general se presentó de Rubens, en traje español con alzacuello y daga, muy apuesto; la generala iba de esposa del pintor, en vestido de terciopelo negro cerrado hasta el cuello, horriblemente caluroso, con una rueda de molino alrededor del cuello - quiero decir un gran alzacuello, naturalmente -, reproducción exacta de un retrato flamenco que poseía el general y que solía provocar la admiración por las manos, muy parecidas a las de la generala.
Emilia iba disfrazada de Psiquis, en crespón y encajes. Se podía comparar con un flotante plumaje de cisne. No es que se sirviera de las alas, pero las llevaba porque así lo requería el personaje representado.
Era una escena de esplendor y magnificencia, un mar de luz y flores, de riqueza y gusto raros. Había tanto que ver, que hasta las hermosas manos de la esposa de Rubens pasaron inadvertidas.
Un negro dominó, con una flor de acacia en el gorro, bailó con Psiquis.
- ¿Quién es? - preguntó la generala.
- Su Alteza Real - respondió el general -. No me cabe la menor duda; lo reconocí enseguida en su apretón de manos.
La generala no estaba muy segura de ello.
El general Rubens, convencido de tener razón, se acercó al dominó negro y dibujó en la mano las iniciales del real nombre, pero le fue respondido con una negativa, si bien le dieron una indicación: la divisa de la silla de montar.
- Alguien a quien el general no conoce.
- Pero ahora sí lo conozco - respondió el general -. Usted me envió la silla.
El dominó levantó la mano y desapareció entre la multitud.
- Emilia, ¿quién es el dominó negro con quien bailaste? - preguntó la generala.
- No le he preguntado el nombre - respondió la muchacha.
- Porque ya lo sabías; es el profesor. Su protector, el conde, está también aquí - prosiguió la madre, volviéndose al conde, que estaba al lado -. Dominó negro con la flor de acacia.
- Muy posible, señora - contestó él -, pero uno de los príncipes lleva un disfraz exactamente igual.
- Lo conozco por el apretón de manos - dijo el general -. Recibí una silla de montar del príncipe. Estoy tan seguro de la cosa, que me aventuro a invitarlo a mi casa.
- Pues hágalo. Si es el príncipe, seguro que viene - lo animó el conde.
- Y si es el otro, apuesto a que no viene - añadió el general, acercándose al dominó negro, que estaba justamente hablando con el Rey. El general le dirigió una respetuosísima invitación, expresando su deseo de entablar amistad. El hombre se sonreía, seguro de sí, mientras formulaba la invitación; habló en voz alta y clara.
Entonces el dominó se quitó la máscara: era Jorge.
- ¿Mantiene el señor general la invitación? - preguntó.
El general se irguió altivamente, adoptó una actitud firme, dio dos pasos atrás y uno hacia delante como si bailase un minué, y en sus rasgos se reflejó una expresión como sólo podía reflejar el distinguido rostro del general. Pero luego dijo: - Jamás retiro mi palabra; el señor catedrático está invitado - y se inclinó, dirigiendo una mirada al Rey, que indudablemente había oído el diálogo.
Había banquete en casa del general, y sólo el conde y su protegido habían sido invitados.
- Se han echado los cimientos - pensó Jorge; y, en efecto, los cimientos, en la casa de los generales, quedaron puestos con gran solemnidad.
El hombre vino, y, como el general ya sabía, habló como un miembro de la buena sociedad y resultó sumamente interesante, hasta el punto de que el general hubo de exclamar varias veces: «¡Charmant!». La generala comentó luego su «diner», entre otras personas, con una dama de la Corte, y ésta, señora inteligentísima, rogó que la invitasen con motivo de la próxima visita del catedrático. Por eso no hubo más remedio que volver a invitar a éste, y él acudió y se mostró nuevamente «charmant»; hasta resultó que sabía jugar al ajedrez.
- Ése no ha salido del sótano - dijo el general -, no cabe duda de que es de noble alcurnia. Hay muchos como él, y el muchacho no tiene la culpa.
El señor profesor, que era recibido en palacio, bien podía tener entrada en la casa del general, pero que pudiese echar raíces en ella, ¡de esto ni hablar!, a pesar de que en toda la ciudad no se decía otra cosa.
Y echó raíces, sí, señor. El rocío de la gracia descendió de lo alto. Por eso no produjo sorpresa a nadie el hecho de que, al ser nombrado el señor profesor Consejero de Estado, Emilia fuera elevada al rango de señora consejera.
- La vida es una tragedia o una comedia - dijo el general -; en la tragedia, mueren; en la comedia, se casan.
En esta ocasión se casaron. Y tuvieron tres rollizos chiquillos, aunque no de una vez.
Cuando iban a ver a los abuelos, los niños montaban el caballo de madera y corrían por las salas y los dormitorios. Y el general montaba también detrás de ellos, «como un jockey de los pequeños consejeros de Estado».
La generala permanecía sentada en el sofá, sonriente, incluso cuando la molestaba la jaqueca.
Y de este modo se encumbró Jorge, y llegó mucho más alto todavía; de otro modo no habría valido la pena de contar la historia del hijo del portero.
center
Categoría:ES-E Categoría:Cuentos Categoría:Cuentos de Hans Christian Andersen Categoría:Traducciones de Wikisource