El Grande Oriente

Part 8

Chapter 84,088 wordsPublic domain

—Tiene que ver, sí. Te quise y te quiero. Si tú me correspondieras con la fidelidad constante que yo merezco y que me debes... esto sería una suerte, una felicidad, y yo no puedo tener suerte alguna, ni felicidad.

—¡Qué majadero! —dijo la sobrina de Cicerón con desdén humorístico.

—Cuando pienso en esto, Andrea —prosiguió el joven enlazando con su brazo el cuerpo de ella—, me asombro de que tal absurdo haya durado dos años sin desvanecerse, y hace tiempo estoy pensando que concluirá pronto, y que tú, como todo lo que interesa a mi corazón, te vas a desvanecer, a alejarte de mí, dejándome solo con mi desgracia.

—¡Caviloso!...

—¡Veo que no te defiendes con ardor; veo que no protestas como yo protestaría en tu caso! —exclamó Monsalud con la impertinente comezón de los celosos—. Andrea, tú meditas algo, tú me ocultas algo.

—Medito que te quiero más que a mi vida —repuso ella cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el hombro de Salvador, mientras le deshacía el nudo de la corbata.

—Ya sabes, querida mía —repuso él moviendo la cabeza negativamente—, que tengo motivos para no creer en palabras de mujeres. Déjame que te diga una cosa. Yo creo que tu tío tiene razón al querer casarte; pero el pobre señor ignora que no puedes casarte sino conmigo. Eres tal para mí, que sin poseerte no comprendo la vida. Si me amas del mismo modo, demos fin a estas relaciones peligrosas. Casémonos, cielo.

—Casémonos, tierra —repitió maquinalmente Andrea—. Cuando quise, no quisiste... Está bien. Es verdad que así no podemos seguir... Pero si le dices a mi tío que seré tu mujer, te arrojará por el balcón.

—Me arrojará por la puerta. Verdaderamente no me importa gran cosa, llevándote conmigo.

—¡Huir! —exclamó la joven con terror.

—¡Huir! —dijo Monsalud remedándola—. Siempre eres tímida para todo lo que me favorece. ¡Huir! No te llevaré a ningún desierto... Nos quedaremos aquí.

—Tú estás loco —dijo Andrea levantándose pensativa.

—Pues entonces, hoy mismo le diré al gran Cicerón que te adoro...

—Si haces eso, si haces eso... —dijo vivamente Andrea poniéndose pálida—. Pero tú estás loco, Salvador. Mi tío te aprecia mucho, te aprecia muchísimo; pero, ¡ay!, tú no le conoces. Temo cualquier atrocidad si le dices eso.

—Pues no te comprendo. ¿Creerá tu tío que te morirás de hambre en mi casa? ¿Creerá que no vas a tener una posición decorosa?

—No... —dijo Andrea con los ojos fijos en el suelo—; pero mi tío es ambicioso... tú no sabes quién es mi tío... tiene la cabeza llena de vanidades, y yo no sé... Se le figura que yo valgo mucho, que merezco la mano de reyes y emperadores... tonterías.

—Si tú le ayudas, si tú favoreces en él esas ideas, entonces todo se acabó... Yo me voy —dijo Monsalud con repentina cólera.

—Te enfadas contigo mismo —dijo Andrea mirándole con dulces ojos—. Hazme el favor de no ser terrible. Por ahora no le digas nada a mi tío. Ya veremos.

—Campos quiere casarte; piensa en ello, y sin duda ha formado ya su plan. Andrea, tú no quieres decirme la verdad.

—La verdad es que te quiero con toda mi vida —repitió amorosamente la indiana, repitiendo también el abrazo—. Cállate. Haz lo que te mando, y espera.

—¿Crees tú que se puede vivir mucho tiempo de esta manera, a escondidas, ideando mentiras, y con absoluta ignorancia del porvenir?

—Es verdad, no se puede vivir así —repuso Andrea con tristeza.

—No puedes ocultar que te agrada este sistema de vida; que no deseas como yo una paz dichosa al lado de la persona amada. Andrea, en ti ocurre algo. Tú no eres lo que eras; tú has variado mucho; en tu cabeza hay una idea nueva. Recuerdo que hace tiempo deseabas lo que yo te propongo ahora. ¿Crees que podrás engañarme muchos días? O te sacaré la verdad, o te venderás tú misma.

—¿Qué sospechas de mí?

—No lo sé —dijo Monsalud lleno de confusión—. Los que aman no sospechan poco ni mucho: lo sospechan todo de una vez. Cualquier indicio es traición. Andrea, tú no eres la misma; repito que no eres la misma.

La estrechó entre sus brazos, apretándola con una fuerza que más que frenesí de amante parecía el fatal abrazo de Otelo.

—Que me ahogas, tigre —gritó Andrea.

Y entre festivas risas le mordió el brazo. En el mismo instante, de las ropas de la joven cayó una llave, que escurriéndose por la alfombra brilló, al detenerse, sobre el pétalo de una flor pintada.

—¿Qué llave es esta? —preguntó Monsalud, cuya excitación suspicaz le obligaba a fijarse en el más ligero incidente.

—Es la llave de mis secretos.

Salvador, con su perspicacia sutil, creyó ver en el semblante de Andrea ligerísimo indicio de contrariedad.

—¿La llave de tus secretos?

—Sí: dámela —dijo ella apresurándose a recogerla.

—Es la llave de la cajita negra. Se me ha antojado abrirla. ¿Dónde está?

Andrea vaciló un instante. Pareció que meditaba, y que con el pensamiento exploraba todo el interior de la cajita negra antes de entregarla a las pesquisas del receloso amante.

—Ábrela —dijo al fin—. Allí están tus cartas y tu retrato.

—¿Dónde está?

Andrea vaciló otra vez. Al fin, sacando de la cómoda una caja de finísima madera negra, la puso en manos de su cortejo.

—Si encuentras en ella cartas que no sean las tuyas, y un retrato que no sea el tuyo —dijo con gravedad—, puedes matarme. ¿Crees que no hay armas aquí? Mira esto.

Conservando la caja en la mano izquierda, metió la derecha en otro cajón de la cómoda y sacó un puñal. Era un arma preciosa, damasquinada y nielada, con puño berberisco adornado de turquesas.

—Este era de mi padre... ya lo has visto —dijo la indiana riendo—. Está destinado a mi esposo, para que me mate el día que le sea infiel.

Monsalud, poniendo a su lado el arma, tomó la caja y la abrió.

—Mi retrato —dijo sacándolo.

Andrea se apoderó del medallón y lo cubrió de besos.

—Tú sí que no me riñes, tú sí que no dudas de mí —le dijo a la pintura—. Tú sí que eres bueno y cariñoso y pacífico.

—Un paquete de cartas —dijo Salvador Monsalud—. Son las mías.

—Dámelas. Valen más que tú.

Andrea desató el paquete. Varias cartas cayeron al suelo. Al inclinarse para recogerlas, se sentó en una preciosa piel de tigre que cubría en parte la alfombra. Un rayo de sol que por la ventana entraba inundó de luz el pellejo muerto del animal y el cuerpo extraordinariamente vivo de la hermosa americana.

—Venid acá, prendas de mi corazón —exclamó recogiendo los papeles diseminados a su lado y poniéndolos sobre su lindo pecho—. Vosotras sí que sois amables y cariñosas; vosotras no reñís ni amenazáis.

Monsalud, que en el canapé inmediato registraba la cajita, alargó la mano mostrando a Andrea un estuchito abierto.

—¿Quién te ha dado esta joya? —preguntó con calma.

En el estuche brillaba un diamante de gran tamaño. Como al extender la mano entrase en la esfera de rayo del sol, Monsalud parecía estar enseñando una estrella.

—La he comprado yo —repuso Andrea.

—¿Tú? —manifestó Salvador en tono de amarga duda—. Ya sé que tu tío te da de algún tiempo a esta parte bastante dinero para tus vanidades; pero esto es joya cara. ¿Cómo es que siendo tu costumbre consultarme hasta cuando compras una vara de cinta, no me has dicho nada de este despilfarro?

—Pensaba decírtelo hoy —repuso Andrea soportando con heroísmo la mirada penetrante del hombre.

—Entonces lo has comprado ayer.

—Ayer, sí. ¿Eso te sorprende? Ya sabes que me gustan las joyas bonitas... ¿Pero por qué pones esa cara? ¿Qué piensas?

—Pienso que lo que me dices no será tal vez la verdad —afirmó Monsalud severamente.

—¿De modo que yo no puedo comprar un diamante?

—Pero este diamante es muy caro.

—No tanto como crees, niñito —dijo Andrea tomando la sortija y poniéndosela en el dedo—. No es muy fino. ¡Pero qué bonito!

Movía su mano al sol, y los reflejos que partían de ella semejaban hilos de luz, enredándosele en los dedos.

—¿Y este collar de perlas? —preguntó el amante sacando de la caja una magnífica madeja de diez hilos con perlas pequeñas, pero muy iguales—. No dirás que no es fino. Entiendo algo de perlas, y estas son de las mejores.

—Ya lo creo —dijo Andrea, sin dejar su cómodo asiento sobre la piel de tigre, entre cuyos pelos habían vuelto a desparramarse aquí y allí las amorosas cartas—. Buen dinero me ha costado.

Salvador la miró de tal modo, que la indiana no pudo permanecer en silencio. Necesitaba hablar con cháchara festiva para borrar de su rostro todo rasgo que, indicando la presencia de ciertas ideas en su mente, confirmara las sospechas del hombre.

—Veo que estás muy fastidioso —dijo—. Dame acá.

Tomando vivamente el collar, se lo puso.

—¿No es verdad que es precioso? —añadió inclinando la cabeza hasta unir la barba con la garganta, y bajando todo lo posible los ojos para recrearse en la voluptuosa hermosura de su propio seno—. Sostén que no es bonito.

—¿Lo has comprado tú?

—No, que me cayó del cielo. ¿Pues cómo lo tendría si no lo hubiera comprado?...

Monsalud movió la cabeza con triste expresión.

—Vamos, que no se puede tener nada sin tu permiso... Precisamente hoy pensaba hablarte de esas magníficas compras. Mi tío me dio anteayer una gran cantidad: no sé cuánto; mucho, muchísimo dinero. Compré estas joyas a una señora viuda de un intendente... ¡Qué ojos pones! Parece que eres tonto... Sí, señor, las compré con mi dinerito. Me gustan las cosas buenas. También compré en casa del francés de los portales de Bringas una _citoyenne_ preciosísima, y un chal muy rico. ¿Qué tiene usted que decir a eso, señor Majaderito?

Como un pájaro que vuela, corrió a la cómoda y sacó las dos prendas mencionadas. La _citoyenne_, guarnecida de pieles de armiño, con forro de seda azul y recamada con cordonadura de oro, presentaba rico y lujoso aspecto. El chal era de color de rosa con listas blancas que brillaban como deslumbradora plata. Con esa rapidez de manos que acompaña siempre al instinto del bien parecer, Andrea se puso la _citoyenne_; después arrojó la _citoyenne_ para ponerse el chal.

—¿Estoy bien?

—Demasiado bien —repuso Monsalud contemplando con arrobamiento la hermosísima figura de la indiana, que volvía la cabeza ante el espejo para verse la espalda.

—Si me lo permite el señor Majaderito —dijo andando hacia él con ademán ceremonioso—, usaré estas prendas que me han costado mi dinero.

Salvador no contestó. Hallábase en un estado de estupor, cercano al embrutecimiento. Andrea se quitó el chal y lo envolvió rápidamente en el cuello de su amante, diciendo:

—¡Te ahorcaré!

Había puesto la rodilla en el canapé, y su cuerpo gravitaba con dulce pesadumbre sobre el pecho y los hombros de Monsalud.

—Andrea —dijo este rechazándola suavemente—, si mintieras, si me engañaras, si estuvieras jugando conmigo, no tendrías perdón de Dios. Quiero creer que no es así. Casi prefiero una ceguera estúpida a perder la idea que tengo de ti.

—Pues si te enfadas —declaró ella con vehemencia—, no quiero el diamante, no quiero el collar, no quiero el chal.

Quitose rápidamente las tres cosas y las arrojó lejos de sí, dando al mismo tiempo con el pie a la _citoyenne_ que estaba en el suelo. Las perlas chocaron contra el cristal de una lámina, y el diamante cayó detrás de la cortina de uno de los balcones, sin producir ruido alguno. Monsalud fue allá.

—Ha caído sobre un ramo de flores —dijo con asombro—. Andrea, ¿quién te ha dado este ramillete?

Señaló el objeto mencionado, que estaba en el suelo junto a los cristales del balcón, dentro de un hermoso búcaro de la Moncloa.

Andrea permaneció breve rato sin contestar.

—¿No te dije que me lo trajo mi tío esta mañana?

—Nada me has dicho. ¡Hermoso ramo! Violetas, pensamientos y rosas tempranas. ¡Qué galante es tu tío!

—¡Si creerás que me pretende por esposa!

—¿Por qué no? —dijo Salvador tomando el ramo y aspirando su delicado aroma—. El señor Campos está todavía en buena edad.

—Pero no quiere hacer el papel de don Bartolo. Dame el ramo. Quisiera que la belleza de tantas flores estuviese en una sola para dártela, y que el olor de todas también en una sola estuviese para que, guardándola siempre, te sirviera de memoria mía.

Dicho esto con voz tierna que sorprendió mucho a su interlocutor, sacó del ramo una rosa para ofrecerla a Monsalud.

—¿Es la primera vez que tu tío te regala flores? —dijo este meditabundo.

—¿No la quieres? ¿No quieres una flor que te doy? Pues toma, toma, toma.

Andrea se había sentado otra vez sobre la piel de tigre, y desbaratando el ramo, cada vez que decía _toma_, arrojaba una flor a su cortejo, apedreándole de este modo lindamente. Él se las devolvía.

Concluido esto, extendió sus brazos sobre la piel ocultando el rostro entre ellos. Yacía dulcemente contorneada en el suelo, y en ella se enroscaba como una culebra de rosa y plata. El desorden de tal escena era encantador. Las pieles de armiño de la _citoyenne_, semejantes a copos de nieve, eran hollados por los pies de la preciosa indiana, y las ricas telas y la cordonadura de oro se revolvían entre los pliegues de sus vestidos; las flores aparecían diseminadas en distintos puntos; algunas cayeron sobre las sillas, otras sobre la misma piel de tigre; violetas y jacintos veíanse deshojados y rotos, ya sobre las mismas piernas de Monsalud, ya en los propios rizos del negro pelo de ella. Las perlas extendían diversos circuitos irregulares sobre la alfombra, y el diamante fulguraba sobre el velador como una mirada satisfecha, recreándose en aquel pintoresco y brillante desconcierto.

Uno y otro callaban. Únicamente se oía el ruido que hacía un jilguero en el balcón, escarbando su alpiste y limpiándose después el pico contra los alambres de la jaula. Monsalud, con el codo puesto en uno de los cojines de la cabecera del canapé y la barba en la mano, hallábase en el estado de atonía y silencio que anuncia miradas interiores, u observación de fenómenos propios que impresionan profundamente. Andrea no chistaba. Las elegantes ondulaciones de su cuerpo yacente alterábanse un poco con los movimientos propios de la impaciencia contenida o con los de la respiración. De pronto movió la cabeza: Monsalud se estremeció todo al ver aquel movimiento que le mostró la hermosa fisonomía de la indiana, y sus ojos arrasados en llanto.

—¡Andrea! —exclamó movido de sorpresa y pasión.

La indiana saltó como una ondina, y corriendo a abrazarle, secó sus lágrimas junto a él.

XIV

Cuando la criada les avisó que había peligro, Monsalud pasó a la sala. No era doña Romualda quien venía, sino el mismísimo Campos, acompañado del marqués de Falfán de los Godos.

—¿Has esperado mucho? —preguntole Cicerón—. ¿Y Andreílla, no ha salido a acompañarte?

Salvador, contestando lo que le pareció, estrechaba fríamente la mano del señor Campos y la del marqués.

—Ya sé a lo que vienes —dijo el _Sublime perfecto_—. Siempre con el tema de ese bribón de Gil de la Cuadra... Ahora quizás sea más fácil. Ya sabes que cae el ministerio.

—¿Es positivo?

—Figúrate que hoy, en la apertura de las Cortes, Su Majestad ha añadido por cuenta propia un parrafillo al discurso de la Corona, en el cual con buenas palabras pone cual no digan dueñas a sus ministros.

—Y en cuanto ha llegado a Palacio le ha faltado tiempo para exonerarles... —dijo Falfán—. Yo me río de las singulares prácticas constitucionales de nuestro soberano.

—Mientras no se sepa quién nos gobernará mañana —añadió Campos—, hay que dejar a un lado todos los negocios pendientes. ¡Oh!, mi buen Aristogitón, no pienses que te olvido. Aunque tú pagas con desaires y un hocico de tres varas los beneficios que se te hacen, ¡qué demonios!, me he propuesto complacerte y lo conseguiré. Encuentro muy meritorio ese interés que tomas por un pobre anciano desvalido. Hay que trabajar, hay que trabajar, granujilla, porque satisfagas tus sentimientos caritativos. Eres todo un hombre de bien...

—Gracias —repuso Salvador caviloso.

—Ya hablaremos, ya hablaremos —dijo Campos—. Ahora tenemos el marqués y yo muchas cosas en qué pensar. Y puesto que te hallamos aquí tan a punto, querido Monsalud, vamos a darte una buena noticia. ¿Se lo digo, señor marqués?

—¿Por qué no? —indicó Falfán de los Godos promulgando el gozo de su alma por medio de sonrisillas y gestos.

—El señor marqués se nos casa —dijo Campos acariciando la espaldas del exento—. Ya supondrás con quién. Con mi sobrina.

Monsalud se quedó blanco y frío. Punzada agudísima hizo estremecer de dolor su corazón. Afortunadamente, la sala estaba oscura, y la emoción del joven, que se esforzaba en disimular, no fue advertida.

—Es un proyecto improvisado sin duda —dijo pasándose la mano por la frente para apartar la negrura que le caía sobre los ojos.

—Ya venimos pensando en esto hace algún tiempo. Pero el señor marqués no ha necesitado hacer grandes esfuerzos para cautivar a la hermosa americanilla.

—Pongamos las cosas en su verdadero lugar —dijo Falfán de los Godos haciendo alarde de buen sentido—. No soy un vejete de comedia, bien lo sabe el amigo Monsalud. Conozco la fecha de mi nacimiento y la desproporción que existe entre mi edad y la de Andrea. Por eso no he caído en la ridiculez de pretender inspirar a la niña una pasión formidable... Verdad es que no soy un mamarracho, y mis cincuenta ofrecen un aspecto tolerable... pero no: nada de pasiones exaltadas. Yo me contento, amigos míos, con haber logrado, como es evidente, inspirar a Andreíta un amor tranquilo y sesudo... pues, sesudo; un amor que a las dulzuras propias de este sentimiento reúna las sabrosas insulseces de la amistad. Me satisface además, completamente, el saber que las primicias sentimentales del corazón de esa tierna criatura van a ser para este goloso, que indudablemente no las merece.

—Eso sí, amigo Falfán —manifestó Campos—: la prenda que se lleva usted excede a todos los elogios. No es porque sea hija de mi querido hermano, ni me ciega el amor de tío que le profeso; pero la verdad por delante: existen pocas muchachas como Andrea. Nada hay que decir de su belleza, que está a la vista de todos; pero, ¿y su talento, y sus virtudes, y su piedad, y su genio manso y apacible, y aquella bondad deliciosa que convida a entregarle el corazón? Un defecto tiene, y por lo mismo que está delante el que va a ser su marido, lo digo... ya hemos hablado de esto el marqués y yo; pero este defecto es de los que dejan de serlo cuando se está en posición holgada y opulenta como la que tendrá la marquesa de Falfán de los Godos... la marquesa, sí, sí: ¿por qué no se ha de decir? He encargado hoy mismo una magnífica palangana de plata con las armas y el hermoso lema _Vallifanius Gothorum_... pues volviendo al defectillo...

—No hay que fijarse en una inclinación propia del bello sexo, y que frecuentemente adorna a las que han nacido hermosas —dijo el marqués—. ¿No es verdad, querido Aristogitón?

—Seguramente. El señor Campos se refiere a la pasión del lujo, al delirio de las galas y atavíos para realzar la hermosura.

—Andrea se ocupa excesivamente de engalanar su persona —dijo Cicerón—; pero esto, que sería imperdonable en la esposa de un menestral, ¿puede vituperarse en la mujer de un prócer millonario? De ninguna manera.

—Al contrario —indicó Monsalud—, la alta posición exige un esmero constante en la persona, cultivar el lujo, favorecer las artes; con lo cual, una dama elegante da lustre a su marido y a la casa cuyo nombre lleva.

—¡Oh! Ha hablado usted acertadamente —dijo el marqués echándose atrás y dándose golpecitos en la boca con el puño de su bastón.

—¿Pero qué hace esa chiquilla que no viene? —exclamó con impaciencia Campos—. ¡Andrea, Andrea!

Monsalud, ante la anunciada presencia de Andrea, sintió una llama en su pecho. Resolvió esperar.

—Voy a buscarla —dijo Campos—. ¡Vaya, que nos obliga a hacer unas antesalas...!

Cuando el marqués y Salvador se quedaron solos, aquel pegó la hebra, como suele decirse, en la política, espetando a nuestro amigo un trozo literario que bien podría haber pasado por artículo de fondo en las graves columnas de _El Universal_, órgano entonces de la gente templada. Poca o ninguna atención ponía el angustiado joven a los atildados párrafos y discretas observaciones del marqués, que supo hacer un resumen de la famosa _coletilla_ añadida por el rey a su discurso de apertura en la solemnidad constitucional de aquel día 1.º de marzo de 1821. Emitió después varios juicios, todos muy templados y sesudos, acerca del estado general de la cosa pública, de la caída del ministerio, del conflicto parlamentario que debía suceder al acto imprudente de la Corona; dirigió una ojeada en redondo al inmenso círculo de los sucesos y de las personas, señalando fenómenos desconsoladores, previendo desastres, anunciando terribles hundimientos y naufragios de esa viejísima _nave del Estado_, en la cual la literatura política de todos los tiempos y lugares ha hecho tantas travesías.

Como se atiende a la lluvia cuando no se piensa salir a la calle, así atendió Monsalud al chubasco verbal del marqués. Dejábale hablar. Al través de aquel nublado, el desairado amante no veía más que el cielo que había perdido. Estaba anonadado cuando regresó Campos. El semblante de este revelaba tristeza y contrariedad.

—¿Qué hay? —le preguntó Falfán.

—Nada, que esa mocosilla se nos ha puesto mala.

—Que vayan a buscar un médico... ¡pronto, un médico! —exclamó con agitación el exento, levantándose y dirigiendo brazo y bastón a oriente y occidente, como general que da órdenes en una batalla.

—No es para tanto.

—¿Puedo pasar a verla?

—Creo que sí —dijo Campos con oficiosa complacencia—. Pero ahora... querrá dormir un rato... Puede usted pasar si gusta al cuarto de Romualda, que acaba de llegar.

Falfán salió.

Al verse solo con Campos, sintió Monsalud que en su pecho nacía uno de esos accesos de coraje que al varón más prudente le impulsan a acciones violentas y brutales. Levantose con los dientes apretados, las manos crispadas...

Campos vio que sobre él caía una tempestad. Cruzando las manos en ademán de súplica, detuvo al joven, diciéndole:

—Monsalud, por tu honor, por tu vida, cálmate... Soy tuyo, soy todo tuyo; te pertenezco. Pídeme lo que quieras. Da por conseguido lo que pretendes. Tu pariente, tu padre o lo que sea, saldrá de la cárcel... pero no hagas escándalos, no me comprometas... por Dios y por la Virgen Santísima, no alces la voz.

Monsalud vaciló un instante, hizo un esfuerzo para dominar su cólera, y después dijo:

—¿A qué tanta farsa? Hablemos con claridad.

—Sí, con claridad —repuso Campos muy agitado—. He descubierto todo. Yo soy aquí el engañado, yo soy aquí el ofendido, porque has infamado mi casa; pero te perdono, te lo perdono todo con tal que te vayas y no vuelvas, con tal que desaparezcas y no existas para mi sobrina... Yo tengo derecho a ello: tendría derecho a quitarte hasta la vida; pero lo pasado, pasado. Vete. Ya sabes que he querido favorecerte: no te quejarás de mí. En cambio te pido que huyas, que desaparezcas, que no existas más para mi sobrina. Si quieres, te lo pediré de rodillas, y será gracioso ver a un _Valeroso Príncipe del real secreto_ de hinojos ante un triste _Caballero Kadossch_. Vete y búscame lejos de aquí para ponerme a tus órdenes. ¿Quieres que se suelte a todos los reos que hay en Madrid? Se soltarán, se soltarán, con tal que no existas más para Andrea.

—¡Andrea! —exclamó Monsalud procurando traducir en expresiones de desprecio la furia de su alma—. ¡Yo la desprecio como te desprecio a ti, farsante!

Sin oír las palabras que Campos balbucía, el amante engañado salió de la casa.

XV

Durante gran parte del día, se ocupó Salvador en diversos asuntos que no podía abandonar, por muy perturbado que su ánimo estuviese. Cuando fue a su casa, mucho más temprano que de costumbre, Solita con toda la inocencia de su alma le dijo estas palabras:

—Hermano, hoy sí que te ha soltado pronto tu novia.

Quedose la muchacha muda de asombro y terror al ver que su broma no era recibida, como de costumbre, con simpatía y buen humor. El semblante de su hermano indicaba una agitación extrema, y sus labios descoloridos articulaban sílabas silenciosas.