Part 16
—¿Lo ha pensado usted? —preguntó Regato.
—Hombre, sí que lo he pensado... ¡Qué demonios! Este es un país donde las personas honradas no pueden conservar su honradez. No hay medio de vivir: todo cuesta un ojo de la cara.
«Tiene apuros... —pensó Regato—. Cayó. La historia de siempre.»
—Por el momento —dijo Salvador—, guarde usted ese dinero. Puede pasar alguien, oír su sonido seductor, y entonces... las sospechas...
—Está bien, muy bien —manifestó el comunero miliciano encerrando las onzas en el cinto.
—Y ahora discurramos lo que se ha de hacer.
—Es muy sencillo: sacarle del calabozo sin que lo vea nadie, y subirle a las buhardillas. Salga usted a ver si ya el señor Alcaide está durmiendo la mona. A los demás empleados de la cárcel se les puede dar algo... Eso a juicio de usted.
Monsalud empezó a dar pasos por la habitación. El plan que rápidamente había concebido para dar una severa lección y un castigo muy duro al agente, presentósele muy difícil de realizar.
«Atarle aquí, ponerle una mordaza y subirle a las buhardillas —pensó— es muy aventurado. Gritará... Da la maldita casualidad de que no hay un solo calabozo vacío. ¿Pero no habrá algún calabozo vacío?... El 17 se ocupó ayer... el 14 no se desocupará hasta mañana.»
Siguió meditando.
—No debemos perder tiempo —dijo súbitamente Regato—. Entremos ambos en el encierro de Vinuesa. Son las tres y media. El Alcaide duerme la siesta. Hable usted con los calaboceros que puedan estorbar. Los milicianos están en el cuerpo de guardia, y si hay algunos en el patio, les convidaremos a café. Mande usted traer copas y café, diciéndoles que es hoy su cumpleaños.
Monsalud se echó a reír.
«No está mal cumpleaños el que a ti te espera», pensó.
Ya tenía un nuevo plan.
—Espéreme usted aquí —dijo—. Voy a dar una vuelta por la cárcel. Veré si duerme el Alcaide; diré dos palabras a los calaboceros, aunque se me figura que no serán necesarias tantas precauciones. La prisión de Vinuesa está bajo la escalera, y no será preciso pasarle por el patio, ¿entiende usted?
—Entiendo... ¡Oh, las cosas se presentan bien! —dijo Regato—. En fin, vaya usted... No olvidarse de las copas. Con los milicianos no se puede contar sino engañándoles, lo cual es facilísimo. Dígales usted que se han recibido noticias de que viene Riego con su ejército, con veinte ejércitos como los de Jerjes a conquistar a Madrid. Yo no bajo, porque se me pegarían, no me dejarían respirar.
Monsalud salió de la pieza, recorrió la cárcel, habló brevemente con el Alcaide, que en aquel momento se disponía a dormir la siesta. Este, recomendándole mucha vigilancia, le dijo:
—Me parece que no tendremos la jarana que se anunció. Alarmas, invenciones de los desocupados. No se ha visto hasta ahora un solo grupo sospechoso en toda la calle, y me parece que tendremos un día tranquilo. Además, la Milicia no toleraría ningún desmán. Está decidida a que nadie traspase el umbral de la cárcel.
Pasado algún tiempo desde que el Alcaide se encerró en su cuarto, convidó Salvador a los milicianos, siguiendo las advertencias de su sobornador, y dio luego varias órdenes a los dos calaboceros que estaban a la sazón en la casa, enviándoles a puntos de donde no pudiesen volver antes de un cuarto de hora. Con estas ligeras precauciones había seguridad completa, como ahora mismo se verá.
Bajo la escalera de la cárcel, en el oscuro hueco que formaba el primer tramo, había una puertecilla poco visible. Era la puerta del calabozo en que estaba Gil de la Cuadra, la única prisión en la cual se podía entrar sin atravesar el patio y las crujías bajas del edificio. Monsalud tomó un pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo: _Tamajón_. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la puerta del calabozo.
—¿Conque aquí está ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.
—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.
Monsalud abrió y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió ver objeto alguno.
—Señor don Matías —dijo Regato adelantando en las tinieblas.
—¿Quién es? —murmuró Gil de la Cuadra.
—Señor Vinuesa...
Monsalud cerró por dentro.
Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.
—¿Qué es esto? —gritó—. Engaño, traición... ¡Salvador!
—Engaño, traición —repitió este.
—¡Infame, abre pronto, o te ahogo! —exclamó el gato, ciego de ira y amenazando con la crispada zarpa el cuello del joven. Con movimiento rápido echó mano a la espada.
Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente un bofetón olímpico, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que recuerdan la quijada de asno de que Sansón se servía. Regato cayó al suelo. En pocos segundos Monsalud le amordazó.
—Ahora —le dijo—, desnúdate..., ¡pronto!
Nunca el agente se había parecido tanto a un gato. Arañó a su enemigo, y falto de habla, bufaba sordamente.
—Desnúdate pronto, o te aplasto, reptil. Necesito tu uniforme de miliciano.
Gil de la Cuadra miraba con estupor la singular escena.
—Necesito tu uniforme.
Monsalud tiraba de las mangas, desabrochaba los botones. En poco tiempo el morrión, los pantalones, la casaca y la espada de Regato, fueron arrojadas al rincón opuesto. Inmediatamente el joven sacó una larga cuerda, y con mucho trabajo, porque el gato se defendía rabiosamente, le ató con tal fuerza que no podía moverse. Las argollas que había en la pared de la prisión le sirvieron para sujetar al nuevo preso, que hubo de quedar adherido, clavado al muro como un murciélago.
—Señor Gil —dijo Monsalud imperiosamente—, póngase usted ese vestido de miliciano. Pronto será de noche. ¡A la calle!
Gil de la Cuadra no apartaba los ojos del triste espectáculo que tenía delante.
—Pronto... ¡el uniforme! —repitió Monsalud—. Saldrá usted ahora y le ocultaré en mi cuarto hasta que sea de noche. ¡Pronto!
Gil de la Cuadra obedeció, y en silencio empezó a vestirse.
Pausa; silencio profundo. Sintiose luego un rumor que crecía, crecía, y de rumor se trocó en mugido sordo, confusas palabras de gente, gritos, pasos, puertas que se cerraban. Sonaron varios tiros.
Monsalud, después de asegurar con toda su fuerza la cuerda que ataba a Regato, salió lleno de zozobra del encierro.
XXVI
Casi al filo de mediodía, una horda de caníbales se reunía en la Puerta del Sol, mejor dicho, se diseminaba, marchándose cada animal por su lado, después de acordar juntarse por la tarde en el mismo sitio. Así lo hicieron, y las autoridades miraban aquello como se mira una fiesta. Pasadas las cuatro, los grupos volvieron a invadir la Puerta del Sol. Había en ellos una frialdad solemne y lúgubre, como de quien no fía nada al acaso ni a la pasión, sino al cálculo y a la consigna. La autoridad seguía no viendo nada, o negligente o cómplice o imbécil, que las tres cosas pueden ser. Los grupos susurraban, y por un momento vacilaron; al cabo de cierto tiempo dirigiéronse por la calle de Carretas, y las de Barrionuevo y la Merced, a la cárcel de la Corona. Llenose la calle de la Cabeza en su mayor parte. Destacábase al frente de uno de los grupos el ciudadano Pelumbres, arengando como una bestia que hubiese aprendido, durante corto tiempo y por arte milagroso, el lenguaje de los hombres. Casi todos llevaban armas, menos él.
Considerando que su persona no estaba completa, pidió una navaja; mas como nadie se hallase dispuesto a tal generosidad, dirigió su mirada de buitre a todas partes. Hacia la calle de San Pedro Mártir construían una casa. Pelumbres se acercó a la empalizada: vio algunas piedras de granito a medio labrar, y encima de ellas un gran martillo.
—Para el sastre la aguja —dijo—, la lezna para el zapatero, el cuerno para el toro, y para el herrero el martillo.
Cuando se dirigió con su arma al hombro a la esquina de la calle de Lavapiés, sus compañeros rompían a hachazos la puerta de la cárcel. Los milicianos, no queriendo sostener una lucha contraria al progreso, según su criterio, ni tampoco entregarse sin resistencia, habían asegurado la puerta con un solo cerrojo, y en el zaguán se disponían intrépidos a descargar sus armas... al aire.
La puerta no se resistió mucho. Lo que empezaron los hachazos, dos docenas de coces lo concluyeron. Disparáronse al aire varios fusiles de milicianos; la turba penetró en el patio de la cárcel, rápida como un brazo de agua, rugiente y soez. Hay un grado de ferocidad que la Naturaleza no presenta en ninguna especie de animales: solo se ve en el hombre, único ser capaz de reunir a la barbarie del hecho las ignominias y brutalidades de la palabra. Viendo a los hombres en ciertas ocasiones de delirio, no se puede menos de considerar a la hiena como un noble animal.
El calabozo de Vinuesa era bastante conocido de casi todos los que entraron. Cómo lo abrieron no se sabe. La turba que en la calle era gruesa, se afiló para entrar en la cárcel. Para penetrar por una puertecilla estrecha tuvo que aguzarse más. Parecía una serpiente de largo cuerpo y cabeza estrecha, introduciendo su boca por una hendidura. El cuerpo se agrandaba en el patio; enroscándose, salía a la calle, daba varias vueltas por las inmediatas, y la cola, parte en extremo sensible y movible, culebreaba en la plazoleta de Relatores. La cola se componía de mujeres. Cuando Vinuesa vio que entraban en su calabozo aquellos hombres terribles, comprendió que su fin era inminente. Poniéndose de rodillas y cruzando las manos, gritó:
—¡Perdón, perdón!
El calabozo retumbaba con las imprecaciones. Viose en el aire un círculo rápido, espantoso, trazado por un pedazo de hierro adherido al extremo de un palo, que blandían manos vigorosas. El martillo describió primero un círculo en vano, después otro... y la cabeza del infeliz reo recibió el mortal golpe. Siguiole otro no menos fuerte, y después diez navajas se cebaron en el cuerpo palpitante.
* * * * *
Lavaban los asesinos el martillo en la fuente de la calle de Relatores, cuando el gobierno resolvió desplegar la mayor energía. ¡Qué sería de esta nación si la Providencia no le deparase en ocasiones críticas el tulelar beneficio de un gobierno! La noticia del crimen corrió por Madrid, y la Villa, que es y ha sido siempre una villa honrada, se estremeció de espanto y piedad. El gobierno se estremecía también, y declaraba con patriótico celo que no descansaría hasta castigar a los culpables. Para que nadie tuviera duda de su gran entendimiento y perspicacia política, mandó que inmediatamente se pusiera fuerza del Ejército en el edificio, y por si alguien tenía dudas todavía de su diligente y paternal actividad, ordenó que al instante y sin pérdida de momento, _se instruyesen las oportunas diligencias_. Quejarse de un gobierno así es quejarse de vicio.
XXVII
Cuando Gil de la Cuadra y Regato se quedaron solos, siguieron oyendo aquel rumor de voces que resonaba en el patio de la cárcel. Durante más de un cuarto de hora el estrépito fue grande. Gil de la Cuadra, comprendiendo que el populacho había invadido el edificio, se puso de rodillas y, cruzando las manos, rezó en voz alta.
El otro desgraciado se hinchaba y gruñía. De su rostro congestionado afluía copioso sudor. Trataba de romper sus ligaduras y de escupir su mordaza; pero unas y otra habían sido puestas por buena mano. Por último, tras repetidos esfuerzos, de su boca pudo salir una voz, más que voz, silbido, que decía:
—¡Piedad, piedad!
Gil de la Cuadra se acercó a él y limpiole el sudor de la frente. Las miradas de Regato eran tan expresivas pidiendo compasión; las contracciones de su cara tan violentas, que el primer preso no pudo resistir el estímulo de sus sentimientos compasivos, y le quitó la mordaza.
—¡Ah... gracias, gracias! —exclamó el agente de Su Majestad aspirando con delicia el aire fétido de la prisión—. Aire, aire... me ahogo aquí.
—Pero con esto concluyen mis complacencias —dijo Cuadra—. No le quitaré a usted la cuerda, eso no.
—Toque usted mi cintura —murmuró Regato—. ¿Qué suena en ese cinto? Dinero. Todo eso por la libertad... pero suélteme usted.
—No puedo.
—¡Y el populacho ha entrado en la cárcel! ¿Ha sentido usted, señor Gil?
—Sí; me pareció que entraba en el patio una ola del mar... Ahora parece que ha cesado el rumor. Se alejan.
—Se alejan, sí. Pero aún se sienten voces. Ese malvado volverá a entrar aquí... ¡Favor, pueblo!... ¡Pueblo mío, favor!
Los gritos de Regato no traspasaban los muros de la prisión.
—Señor Gil —gritó con acento de desesperación—: saque usted mi espada y máteme. Un hombre de mi temple no puede soportar este suplicio.
—Calma, calma, señor don José Manuel —dijo Cuadra poniendo la mano sobre la cabeza del agente—. Yo suplicaré a mi amigo que no le haga a usted daño alguno... Pero, tarda, tarda.
—¡Su amigo! ¿Pues no tiene la vileza de llamarle su amigo? —dijo Regato poniéndose tan encendido como cuando tenía la mordaza.
—Mi amigo, mi protector, mi salvador..., pues si él no existiera, ¿qué sería de mí?... Pero tarda, ¿no es verdad que tarda?
—¡Estúpido viejo! —gritó Regato fuera de sí—, ten vergüenza, y córtate la mano antes que estrechar con ella la de ese hombre...
—¡Yo!... En mi corazón no existe ya ni puede existir el odio. Y si existiera, para ese hombre no tendría sino amor, una admiración respetuosa, un afecto paternal.
—Es verdad que hay cariños muy singulares —dijo Regato sonriendo con infernal malicia—. Yo conocí a un sujeto que sacaba a paseo, llevándole a cuestas, al cortejo de su mujer.
Gil de la Cuadra creyó que Regato sufría enajenación mental. Compasivo se acercó a él.
—Vendrá pronto —le dijo—. Yo intercederé por usted... pero tarda, ¿no es verdad que tarda? Ahora apenas se oye ruido.
—Intercederá usted —añadió Regato con afán de perversidad—. Y si él le pide algo en cambio, le dará usted su mujer... no, porque murió; pero aún tiene usted una hija. Sin embargo, como él la tiene en su casa, se habrá cobrado por adelantado.
—Señor Regato —dijo Cuadra con severidad—, el lenguaje de usted es propio de un loco.
—¡Imbécil, imbécil! El de usted es propio de un ciego... ¡Pobre doña Pepita! Era una excelente señora, y tan guapa... Seguramente, si no hubiera dado con un esposo tan crédulo como usted...
—Señor Regato —ordenó Cuadra con enojo—, le digo a usted que se calle.
—No digo más sino que aquella señora era una buena pieza.
—La desastrosa situación de usted me impide contestar a esa insolencia como se merece.
—¿De veras cree usted que la hermosa dama era un modelo de virtudes?
—Sí, canalla: sí lo creo —gritó trémulo de ira Gil de la Cuadra, buscando con vacilante mano la espada.
—Pues mis noticias son que pecó varias veces. Dígalo Salvador Monsalud que fue su cortejo... ¡Oh, Dios mío! Estoy preso, estoy atado... Pero en mi horrible situación me das armas; me das este veneno que escupo y con el cual mato.
—¡Miserable!...
Gil de la Cuadra corrió hacia él y le oprimió el cuello.
—Ahógame, necio —gruñó Regato—, ahógame. Mi último suspiro será para echarte en cara tu vilipendio. Ese hombre, ese amigo mío...
—¡Qué dices!...
—Te burló, te burló. En Francia, todos los españoles lo sabían menos tú...
Gil de la Cuadra vacilaba. Una idea cruzó como un relámpago por su cerebro; una idea confusamente mezclada con recuerdos, palabras, coincidencias, detalles.
—El majadero no lo cree —dijo Regato, ya libre de las manos que le apretaban el cuello—. Voy a darle pruebas para que calle.
—¡Pruebas! Está loco. Cállese usted. Esto es una farsa... ¡Pero ese hombre no viene, Santo Dios!
—Pruebas, sí. Ponga usted la mano sobre el costado derecho, en la pechera del uniforme mío que tiene puesto. ¿Qué hay en ese bolsillo?
—Un bulto, una cartera.
—Un paquete. Sáquelo usted.
—Ya está. Cartas...
—Lea usted...
—¿Qué es esto? Una carta firmada _Amézaga_.
—Siga, hojee usted ese precioso libro. Tras esa joya vendrá otra.
Gil de la Cuadra, acercándose al ventanillo por donde entraba una débil luz, recorría una tras otra con ardiente curiosidad las cartas.
—A prisa, a prisa. Pase usted todas las primeras. ¿Qué viene ahora?
—Una lista con varios nombres.
—Adelante... ¿Y ahora?
—Una...
Gil de la Cuadra calló de improviso. El corazón saltole en el pecho. Quedose frío, mudo, atónito, lleno de espanto, como el que se ve en el borde del abismo y comprende con veloz juicio que no hay más remedio que caer.
—¡Ah! —dijo Regato—. El imbécil ha puesto al fin la mano sobre el delito de su esposa. Es tan bruto que necesita tocarlo para comprenderlo.
Gil de la Cuadra seguía leyendo.
—¿Qué dice la carta? —añadió el agente—. Tras esa vienen otras muchas. Yo he pasado buenos ratos leyéndolas. ¡Cómo palpita en ellas la pasión! ¡Qué ardor, qué ternura! Y los dos amantes disimulaban bien... ¡Cuántas precauciones para engañar al bobillo! Se encuentran en esas cartas traiciones inauditas, alevosías de él y de ella. La señora parecía más apasionada que... nuestro amigo.
Gil de la Cuadra seguía leyendo. De repente se desplomó. Un ay de dolor, exclamación aguda y penetrante, parecida a las que exhalan los que sufren repentina muerte, salió de sus labios. Cayó al suelo. Su mano estrujaba un papel.
—El incrédulo parece convencido... ¡Menguado viejo, ahí tienes a tu Providencia, ahí tienes a tu Salvador, ahí tienes a tu amigo querido!... ¡Le has entregado a tu hija!
Cuando esta última palabra resonó en la prisión, estremeciose el cuerpo del anciano herido en su alma. Irguiendo la cabeza, abrió los ojos, diose furibundo golpe en la frente con la palma de la mano, y repitió:
—¡Mi hija!
Un instante después Gil de la Cuadra estaba sentado en el suelo, los ojos fijos, el cuerpo encorvado, los labios entreabiertos, atónito, lelo...
Abriose la puerta. Monsalud entró.
XXVIII
—Vamos, señor Gil —dijo—. Vamos al punto.
Nadie contestó. Monsalud aguardó un instante. Traía una luz.
—¡Ah! —exclamó viendo que Regato continuaba en su sitio—. ¡Tunante! Pasarás aquí la noche, hasta que haya un alma compasiva que te saque. Han asesinado a Vinuesa. Dicen que habrá esta noche nueva visita a los calabozos.
Regato no contestó nada. Salvador se dirigió a Gil de la Cuadra.
—Vamos —le dijo—. ¿Por qué se arroja usted al suelo en el momento de salir?
Extendió el brazo para alzarle; pero el anciano, rechazándolo con fuerza, se levantó solo.
—Vamos fuera —repitió Monsalud—. Llegó el momento... ¡Libertad!...
—De ti, de tu mano —exclamó Gil de la Cuadra con profunda ira—, no la quiero.
Salvador, estupefacto y espantado, no supo qué decir.
—Vamos...
—No quiero.
—Salgamos.
—¡Contigo, jamás!
—¿Qué dice usted?... ¡Amigo..., por favor!
—Miserable, apártate de mí —gritó Cuadra dirigiendo a su libertador una mirada de profundo desprecio—. Me manchas, me ofendes, me repugnas.
—¡Qué locura! Vamos pronto —dijo Salvador tomándole por un brazo—. Piense usted en su hija, que espera.
—¡Mi hija, mi pobre Sola! —exclamó el anciano cubriendo con ambas manos su rostro.
Este recuerdo y las ideas que evocó, produjeron conmoción profunda en su ánimo. De súbito el instinto de libertad surgió poderoso en su alma. Corriendo hacia la puerta, salió. Monsalud fue tras él.
—Déjame, no me toques... ¡Te desprecio, te aborrezco, me causas horror!
Salvador se detuvo. Su conciencia había dado un grito espantoso.
—No me has salvado, no me has salvado, no; es mentira —añadió Gil de la Cuadra—. Tuya no puede ser esta buena acción. Déjame, déjame. No quiero verte más.
Hallábanse en el patio de la cárcel. Era el momento en que los soldados enviados por el gobierno ocupaban el edificio, arrojando de allí a los milicianos.
Gil de la Cuadra, huyendo de Monsalud que corría tras él, cayó al suelo. Acercose un soldado, y golpeando con el pie a Gil de la Cuadra, dijo:
—Un miliciano borracho. A la calle pronto.
El anciano no podía moverse. Monsalud, tomándolo en brazos, le sacó fuera de la cárcel.
—¡Déjame, déjame, maldito!
Quiso andar, quiso huir; pero le faltaban las fuerzas. Monsalud le sostenía, y así llegaron hasta la plazuela de Lavapiés, donde aguardaba un coche. Cargando de nuevo al anciano, Salvador lo entró en él. Solita le recibió en sus brazos.
—Entra tú también, hermano.
Gil de la Cuadra había perdido el conocimiento; pero seguía diciendo:
—¡Maldito, maldito...!
—Yo no —repuso Salvador—. Adiós, hermana. Ya sabes dónde has de ir.
—Pero tú...
—Te digo que no; adiós. Jamás volveremos a vernos... Adiós.
Cuando el coche partió hacia las afueras de Madrid, Monsalud dirigiose hacia el interior de la villa. Más de una vez se detuvo ante cualquier esquina en la actitud desesperada de un hombre que ha decidido estrellarse la cabeza contra las paredes. Andaba sin dirección fija y pasaba de una calle a otra. En una de las vueltas estuvo a punto de ser atropellado por una carroza que entraba en el ancho pórtico de histórico palacio. Era la carroza del marqués de Falfán de los Godos, y conducía a los que ya eran marido y mujer. En la frente de esta no se había secado aún el agua bendita que tomó al salir de la parroquia.
Madrid, junio de 1876.
FIN DE «EL GRANDE ORIENTE»