El Gíbaro

Part 6

Chapter 63,999 wordsPublic domain

En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede llegar por su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien, por un misterio insondable hasta el presente, carecer hasta de los instintos que la Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me condujeron á bendecir á los que, con sus talentos é inagotable amor á la humanidad, han hallado el camino de volver á la especie humana á algunos seres que de ella no conservaban mas que la figura. Quedéme dormido, y á poco empecé á soñar lo que sabrá el lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.

Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á pedirme original para el cajista.

--Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento estranjero.

--Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros tres. Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme corriendo para ponerme á sus órdenes.

--Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.

--Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es de ningun modo molesta la visita de Vds.

--Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.

--¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores son los directores no menos célebres de la _S_.. _C_.. y _B_..? Vamos: no se burle V. de mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos resucitan, y que ciertos vivos vengan á mi pobre casa?

--No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar á la casa de V.

--Señor mio: si V. fuera Pinel no estaria en el infierno.

--Al principio fuí á la gloria; pero despues tuve que bajar al lugar de los tormentos, para ver si podia arreglar á unos cuantos miles de locos de esos que acá son tenidos por grandes hombres, y que el mismo Diablo no podia subyugar, ni yo lo he logrado hasta ahora: visto lo cual, vengo á recorrer todo el mundo en busca de un medio de hacerlo, que quizá encontraré en estos países.

Aquí llegábamos en nuestra conversacion, cuando sentimos una confusa y desacorde reunion de voces, que iba acercándose cada vez mas, y entre la cual, distinguíamos carcajadas, reniegos, silbidos y cantos los mas estraños; la casa parecia venirse abajo, y á medida que crecia mi susto el rostro de mis huéspedes se animaba, asomando á sus labios una sonrisa de placer.

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--Son locos que vienen hacia aquí, dijo Esquirol.

--Ciertamente, contestó Calmeill.

--¿Acostumbra V. á tener esas visitas? me preguntó Leuret.

Iba á contestar entre temeroso y amostazado; pero la puerta se abrió de par en par y una multitud de figuras estravagantes que se coló por ella gritando, me lo impidió: mi cuarto se llenó en un momento con aquella numerosa falanje, en la que habia unos vestidos con largas túnicas, otros con ropas destrozadas y otros, cual pudiera ir una persona cuerda, aseados y compuestos. El anciano, á quien al punto tuve por Pinel al ver el ascendiente de su mirada sobre aquella familia, les dirigió la palabra en estos términos:

--Hijos mios: ¿qué es lo que quereis? ¿en qué podemos seros útiles mis compañeros y yo?

--Nosotros, contestó uno que llevaba una corona de papel en la cabeza, somos una comision de los locos de las cuatro partes del mundo que venimos á manifestar á nuestro bienhechor nuestra gratitud por lo mucho que le debemos; verdad es que no se conoce aun en todas partes el sistema que hace cerca de medio siglo puso en planta Mr. Pinel, y que han perfeccionado los tres dignos profesores que aquí estan reunidos con él; pero sin embargo, mucho se adelanta, y nadie se atreve en el dia á sostener que la locura es siempre incurable.

--Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y por el traje no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera por _enfermos_: tal es la cortesía con que os habeis conducido en mi presencia; sobre todo me ha parecido escelente la arenga de este buen señor.

--Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo que soy, y voto á...

--Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis como un alférez de dragones.

Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo el anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió, dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:

--Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os falta para estar á gusto.

--Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en la _Salpetriere_ mi compañero de la izquierda; en _Charenton_ el de mi derecha y yo en _Bicetre_; tenemos allí buenas habitaciones buenas camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes, un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada se le olvida cuando se trata de nuestra comodidad y pronta curacion, es nuestro padre, no sale de la casa, sabe premiarnos y corregirnos á tiempo, nos acompaña á la mesa, en nuestras horas de estudio, de trabajo y de recreo, aprovecha el menor destello de nuestra razon, y muchas veces nuestros caprichos, para volvernos á la sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros; pero esto no quita, y perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez nos mortifiquen, ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los chorros de agua fria para que hagamos lo que no es nuestro gusto el hacer.

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--¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?

--Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para lograr que tocase su instrumento[2].

[2] Caso citado en la obra titulada: _Tratamiento moral de la locura_, por Mr. Leuret.

--¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.

--Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso rogarle mucho para que repitiese al dia siguiente todos los aires que sabia de memoria, pasó á la sala de música, y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo para volver á tocar en su teatro.

--¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se os moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con sus _enfermos_, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose á estos últimos, que sois en número tan crecido?

--Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V. contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.

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--Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado de los bienes de mi sistema?

--Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada importa que no nos alcance á nosotros.

--Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de este país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon son los que ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco? continuó en alto y dirigiéndose al maníaco.

--¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en su tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una jaula, ó nos atan como á perros con un collar y una cadena.

--¿Y lo permite el médico director de la casa?

--Nosotros no tenemos médico director: son muchos los que nos dirigen; pero ninguno es médico ni loco, que si lo fueran, cuidarian mas de nosotros.

--¡Esto es imposible! ¿á mediados del siglo diez y nueve existe una casa de _enfermos_ de vuestra clase sin estar dirigida por un profesor celoso, que dedique toda su vida á mejorar la triste condicion de los que han de ir á ella por necesidad?

--Aunque muchas veces me han dicho que soy loco, esto es una mentira y prueba de ser cierto lo que digo es que en los años que llevo de encierro, todavía no me he vuelto furioso; verdad es que, como soy pacífico, salgo de cuando en cuando á la calle, unas veces con el comprador, y otras burlando la vigilancia de los cancerberos. Habia estudiado antes de que me encerraran como loco el medio de mejorar las casas de beneficencia; porque, como soy el Arzobispo de Toledo, queria promover en España una reforma digna de la época; y aquí tiene V. el porque sufro con resignacion y dignidad el mal trato que recibo; sintiéndolo solamente por mis desgraciados compañeros.

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Estuvimos algunos momentos admirando la cordura de aquel loco, al cabo de los cuales, como si contestara á algun pensamiento que le ocupaba, dijo Pinel:

--No, no, ni en el infierno quiero que se trate á ningun infeliz de semejante modo.

Aquí empezaron todos á manifestar impaciencia, el uno empujaba al otro, y todos hablaban, de suerte que no era posible oir á ninguno; por último, una mirada y la actitud noble que tomó el anciano levantándose de la silla les hizo; callar y aprovechando aquella pausa, gritó uno.

--Señor, yo soy de Puerto-rico, y siquiera por deferencia al mi paisano el amo de la casa, se me debe permitir que hable.

--Que hable, que hable, repitieron en coro unos cuantos que tenian la manía de querer ser diputados.

--Orden, señores órden, respeto á la presidencia: dijo con voz de trueno un improvisado presidente. El diputado por Puerto-rico tiene la palabra. Suba el orador á la tribuna. Y sin decir mas lo agarró por la cintura y lo puso de pies sobre mi mesa.

--Que baje, gritaron unos.

--Que hable, contestaban otros, y de las voces pasaron á embestirse con tal furia que la mesa vino al suelo, junto con el orador que no hablaba.

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Desperté con el susto de ver mis borradores bajo los pies de aquella jente, y me hallé en mi cuarto, con los muebles en su lugar y sin sabios ni locos; pero con el sentimiento de que mi sueño no hubiera durado hasta ver lo que decia el de Puerto-rico sobre la casa de beneficencia; pues, aunque por conducto tan poco usado, me gustaria saber á que altura se halla en mi país ese importante ramo de la ciencia administrativa en la escala cuyos dos estremos habian marcado los dos cuerdos locos.

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ESCENA XI.

LA FIESTA DEL UTUAO.[3]

DEDICADA A MI MEJOR AMIGO

D. José A. Balmañya.

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[3] Publicada en el Album Puerto-riqueño.

Escuche, compaire Pepe, Ya que haseyo me ha obligao, Lo que le boy á contal, Que es caso que me ha pasao. Manque no soy de la Bana, Tengo mi aquey muy fundao, Polque soy de Puelto-rico Er chenche mas afamao. A mi nengun endebido En la via me ha cucao, Sin que le dé un sopeton Que lo deje ñangotao; Y por eso los Alcaldes Dey pueblo del Utuao Tuvieron que vey conmigo Este mesmo año pasao. Es el caso, compae Pepe, Que mi primo Tanislao, Que á aqueya maidita fiesta Habia sio combiao, Me jiso dir: ¡malos rayos Antes lo hubieran quemao De que tal cosa me ijera, Que mejol me hubiera estao! Mardugamos aquel dia, Y á mi cabayo manchao Le puse jáquima nueva, El aparejo forrao, Las aguaeras mejores, El aserico rosao, La tajarria de algoón, Y la sincha de jilao. Yo me puse mi sombrero De beinte riales, y al lao Su escarapela de grana; La camisa de alistao, Con los carsones de crea Pol supuesto aymionaos, Y mi buen pal de sapatos Con los tacones jerraos. Metíme una mascaura, Montamos yo y Tanislao, Y comensamos á andal Ar canto del Lorigao. Pero por mas juan caliente Que le arrimaba ar manchao, No puimos alcansal La misa en el Utuao. Yegamos serian las dos, Y yo que no habia almolsao, El estógamo tenia Al espinaso pegao. La comae de mi primo Nos tenia preparao Un plato de arros con carne, Otro plato de guisao, Que con agi cabayero Ar punto estubo tragao, Y además nos dió á la postre Otro de queso y melao. Al escureser nos fuimos A casa é Peiro Tirao, Que disen que es la que tiene Ayí er mejoy soberao. Bailaron unas caenas, Después un seis balseao, Un cabayo y un sonduro, Sin que yo hubiese bailao. Los mositos de aquey pueblo Ya me tenian ajorao, Polque sin bailay me estaba En un rincon agachao. Al fin me detelminé, Y arrimándome pun lao, Combié par un sonduro A la hija de Tirao, Jembra de cara pulía, Y cuelpo muy aqueyao. Apenas al son del güiro Comensó el sapateao, Cuando al jaser el rastriyo Le pisé á su enamorao Er deo goldo dey pié; Y como era renegao, Hechó un _mal rayo te palta_. Yo, que estaba incomoao De enantes, lo arrempujé; Y tambien arrempujao En seguía yo me vide Por aquel escamisao. Metimos mano á la daga, Y en un bendito alabao Nos tiramos ar batey. Jisimos un sambumbiao En menos de dos menutos, Que el Alcalde aturruyao No sabia que jaser; Pero el cura, hombre abisao, Le aconsejó que á la cársel Nos yebara de contao. Ayí nos tuvo tres dias, Y yo salí escarmentao Para nunca mas bolvey A fiestas al Utuao.

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ESCENA XII.

AGUINALDOS.

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Te equivocas, querido lector, si piensas que voy á decirte el orígen de la palabra que sirve de título á esta escena, el de la costumbre que ella significa en nuestro idioma, y otras mil zarandajas, que tendrias derecho á pedir que te dijese, y que yo no quiero que por mí sepas, si es que las ignoras; y esto lo hago por la ley de compensacion. Me argüirás que no ecsiste tal ley al quitarte yo una cosa que no puedes quitarme tú, cierto es; pero así como un médico hiere en el brazo para disminuir la sangre del pulmón; así yo te doy de menos en este artículo lo que tú deseas saber, en cambio de lo que hallarás de mas en otros, y que maldito lo que te importa, si no es que te fastidia. Tengo además otras dos razones para portarme como ves: la primera, que así logro hacer una vez mi voluntad, aunque me cueste una zurra de tu parte; y la segunda, que de este modo he escrito una introduccion que puede adaptarse á todos los artículos posibles: ventaja de mucha monta, pero que no me servirá mas, puesto que, como diria un orador parlamentario, entro de lleno en la cuestion.

Los aguinaldos son de aquellas costumbres que muy poco ó nada tienen que tildar, y mucho que merece elogio, motivo por el cual, aunque me es grato el hablar de ellos, faltarán en este artículo ciertos toques que pudieran darle alguna viveza: ¡es un recurso tan poderoso el enfadarse cuando no encuentra el escritor el medio de salir del atolladero! Falta la facilidad y demas dotes para describir; pues nada de apuro, venga la parte flaca, y demos de firme sobre ella, poniendo una cara de vinagre y convirtiendo la pluma en zurriago. En los aguinaldos no es posible hacer esto por mas que uno se empeñe: y ¿quién conservará el carácter de _Domine_ ante un país entero que se regala, danza y pasea sin acordarse mas que de los _Santos Reyes_; pretesto seguro para pasar dos dias en deliciosa hartura y variada holganza? Fuera pues el carácter serio; cojo mi caballo, lo aparejo, monto en él, y á buscar una trulla de gente conocida.

Así dije yo hace algunos años la víspera de Reyes, y no bien hube andado una media hora, encontré lo que deseaba, esto es: treinta ó cuarenta caballos reunidos marchando en la misma direccion que el mio, y montados por personas que yo conocia. Eran las ocho de la noche, la luna muy clara y las masas de neblina parecian á lo lejos grandes lienzos que cubrian la falda de las montañas. Por todo lo dicho habrá comprendido el lector que estaba en el campo, lo que hasta ahora no habia tenido el honor de comunicarle, y que empiezo por el modo de pedir aguinaldo en este, como pudiera hacerlo por el de la capital y pueblos principales de la Isla.

La trulla á que me reuní estaba formada por jóvenes de ambos secsos, con la adicion indispensable de papás, mamás y tias; habia entre las chicas algunas muy bonitas, pero estas llevaban ya su caballero cada una; agreguéme á la masa comun, y empecé á hablar con el buen humor que nunca falta al que tiene delante seis ó siete parejas atortoladas, y otras tantas dispuestas á la broma. En un momento me dijeron á las casas que pensaban ir, y á medias palabras y con signos sagazmente disimulados, me enteraron de mil curiosos pormenores, que no convenia que comprendiese la parte _reposada_ de la trulla; caminamos un poco sin que nada nuevo sucediese, hasta que llegamos á una casa de madera, construida sobre gruesos estantes, como son todas las de las personas acomodadas, donde se entabló la conversacion siguiente:

Muchacha, ¿todavía estás así? ¡cómo es que no estan á punto de montar?

--Tia Pepa, yo no puedo ir con V. como quedamos, porque no hay mas que una bestia y es para mis hermanas, que ya van á bajar; la otra se encojó esta tarde, y yo tengo que quedarme por ese motivo.

--Pero, muchacha, ¿y las otras dos?

--Se han ido en ellas mis hermanos.

--Vaya vaya, eso si que es buen chasco; cree que lo siento.... si la yegua que llevo no estuviera preñada, te ofreceria el anca.

La jóven que hablaba desde una ventana, era una morena que renuncio á pintar por lo graciosa; conocíala yo, y mucho mas á su repetable tia, que no mencionó á humo de pajas el estado interesante de su yegua; así es que, dirigiéndome á esta última, dije:

--Señora D.ª Pepa, mi caballo hace ancas y es muy firme; si Rosita ha de quedarse, no será por lo que ha dicho, pues si gusta puede venir conmigo.

Aquí hubo algunos cumplidos entre la tia y la sobrina, que deseaban mucho aceptar, y yo, que de todo corazon ansiaba tener á la segunda á las ancas de mi caballo.

--No, no, mil gracias, decia la una.

--No podemos consentir que lleve V. esa molestia.

--Añadia la otra: Señora, si Rosita es una molestia, ojalá que caigan sobre mí como gotas de agua en un dia de tormenta.

Por último, hicieron como que se determinaban, y, previos algunos cumplidos de la mamá, que salió á la ventana á saludarnos y darme gracias por un favor que yo recibia, nos despedimos, llevando yo por compañera para toda la noche á la mas hermosa de la _trulla_. Si no pocos guerreros deben una parte de su gloria á la fogosidad de un caballo, que les condujo á su pesar al encuentro del enemigo, yo debo unas cuantas horas de placer á la mansedumbre del que montaba aquella noche. ¿Quién espresaria con toda su intensidad lo que siente un jóven de diez y ocho años durante una conversacion tenida por lo bajo, y en que á cada paso choca con él un cuerpo que su imaginacion le pinta con los mas voluptuosos atractivos, que á cada palabra tiene que volver la cabeza, percibiendo entonces en su rostro el hálito de una respiracion agitada por el movimiento y las emociones mas vivas, y aspirando al mismo tiempo el perfume que despide una hermosa cabellera negra prendida con olorosas flores de los trópicos?

No tardamos en llegar á la primera casa; echamos pié á tierra, y nos colocamos reunidos al principio de la escalera: una música campestre acompañó á los que entonaron el aguinaldo nuevo, cuyos versos eran de uno de los cantores, y que se reducian al saludo de costumbre á los amos de la casa y á desearles toda clase de prosperidades, si nos daban dulces, manjar blanco, buñuelos y otras mil cosas. Concluido el canto, apareció la familia en lo mas alto de la escalera, bajóla el dueño de la casa y nos invitó á subir para tomar algun refresco, lo cual hicimos de muy buen grado. La mesa estaba colocada á un lado de la gran sala para dejar sitio bastante para la danza, y servida con toda profusion: en ella no faltaban el manjar blanco, _almojábanas_, buñuelos de muchas clases, ojaldres, cazuelas, una variedad infinita de dulces secos y en almíbar, y varias clases de licores: parecia que solo para nosotros se habian hecho todos los preparativos, y que aquel aparato no habia de desplegarse cuatro ó seis veces por lo menos durante la noche.

Despues de tomar, con toda franqueza, cada uno lo que quiso, nos pusimos á danzar junto con los jóvenes de la casa; y no lo hubimos hecho media hora, cuando fué preciso que nos despidiéramos para que subiera á ocupar nuestro lugar otra _trulla_, que esperaba ya nuestra salida. Así pasamos toda la noche de una á otra parte, y en todas, á poca diferencia, se repitió la misma escena; cogiéndonos el dia sin que la venida del sol nos alegrase, porque terminaba una noche de placer.

Aquellos rostros pálidos, aquellos ojos á medio cerrar y velados por anchas ojeras negras, aquellas pequeñas y entreabiertas bocas que daban paso á una respiracion semejante á la del sueño, y aquella languidez de todo el cuerpo, añadian nuevos encantos á nuestras hermosas compañeras; yo sentia un peso suave sobre mi espalda, y me parecia mas cercana y mas ardiente la _Rosa_, cuyo aroma iba pronto á dejar de respirar.

Tal es una _trulla_ á caballo; son muchas las que recorren los campos, y fuera de algun raro incidente, como el que le dejen á uno el caballo desaparejado, ó el aparejo sin caballo, principian todas y concluyen del mismo modo que empezó y acabó la de que he hablado arriba, crúzanse en ellas y de sus resultas amores, zelos, pullas, chistes, riñas, amistades y cuanto se cruza en el mundo siempre que, con cualquier pretesto, se reunen muchas personas; con todo, es forzoso consignar aquí que, en general, los efectos de esta costumbre son buenos y muy buenos; sin ella y otras semejantes, nuestros campesinos no serian como son tan humana y generosamente hospitalarios.

Las _trullas_ de á pié se componen de jente pobre, que no por eso se divierte menos; _maraca_ en mano y _tiple_ y _carracho_ bajo del brazo, caminan, leguas enteras saltando barrancos, vadeando rios y trepando cerros, hasta que el sol les halla muchas veces á gran distancia de sus casas; pero esto no les importa: continuan su camino durante todo el dia y la noche de Reyes, sin regresar de su peregrinacion hasta el que sigue á este último; esto es, á los tres de haber abandonado sus Penates.