Part 4
Los bailes de _garabato_ tienen sus reglas, que se observan con todo rigor, y que nadie que toma parte en ellos está dispensado de guardar estrictamente. Aunque, como he dicho, son propios de la gente de la clase inferior y del campo, algunas veces he visto bailar en ellos á personas muy distinguidas. Una pisada, un empujon, los zelos de un enamorado, la sonrisa de un espectador, y otras cosas semejantes dan lugar no pocas veces á que se concluyan á cuchilladas; al paso que todos cuando no hay alguno de estos motivos se complacen y obsequian mutuamente con la mayor franqueza, teniendo siempre la preferencia los forasteros sobre los del lugar en que se da el baile; en una palabra, aquellas buenas gentes guardan todas las atenciones y finura compatibles con su clase, sus hábitos y educacion.
Tales son los bailes de garabato: los de los negros de Africa y los de los criollos de Curazao no merecen incluirse bajo el título de esta escena; pues aunque se ven en Puerto-Rico, nunca se han generalizado: con todo, hago mencion de ellos porque siendo muchos, aumentan la grande variedad de danzas que un estranjero puede ver en sola una Isla, y hasta sin moverse de una poblacion.
Inútil seria entretenerme en probar que esta variedad depende de la posicion geográfica que acumula allí individuos de tantas naciones, cada una de las cuales introduce usos que se arraigan mas ó menos, segun el influjo que ellas tienen en el país, y así concluyo manifestando que, fuera de los bailes públicos y de grande espectáculo de los teatros europeos, que no puede haberlos porque el teatro está cerrado la mayor parte del año, y porque en la Isla no creo que haya quien quiera arruinarse contratando compañías que hacen quebrar á los mejores empresarios; en cuanto á bailes nada tenemos que envidiar á ningun pueblo del mundo.
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ESCENA VI.
EL BAILE DE GARABATO.
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Arreyánense á mi lao Toiticos los que aquí estan, Y jagamos una ruea, Paque puean escuchal: Ey suseso acontesió En la semana pasaa, Que es de aqueyos que encocoran Y achongan jasta rabiay. Muaba á canto e talao A mi baca coloraa Ey jueves á eso e la una, Poquito menos ó mas; Cuando yegó primo Sico, Que me diba á combial Pa un baile, que aqueya noche Jasian en la besindá, En caje de una comae Que ey quería festejay, Casaa con un primo suyo Jasia tres meses no mas, Y que era, asigun la fama Y si bale isil veydá, De chupe y dejeme ey cabo: Y no repito lo emas Que sus muchos amaores De eya cuentan sin paral, Polque ey cuento seria laygo Y no hay quien no sepa ya Que á enamoraos y á locos Nayden les debe escuchay. Espaché en un paire nuestro, Luego me juy á refrescal Ar rio, despues me puse Los trapos e cristianay Y, ey malambo ebajo er braso, Dejando mi estansia atrás, Apenas anochesio Vide ey baile prensipial. Era la casa e la fiesta De yagua e sierra techaa, Los setos y soberaos De tablas solo aserraas, Con bentanas correisas Y soleras sin labral. La sala onde se bailaba La tenian alumbraa Con cuatro belas e sebo A los estantes pegaas, Y otra sobre una tabliya En que se via un San Blas, Un ramo e parma bendita, Tres mochos sin espigay, Un tigüero, una baraja Y una atarraya emplomaa. A la erecha, junto ar seto, Habia mujeres sentaas Sobre una canoa grande, Que ayi tenian arrimaa. A mano suida lo mesmo, Las habia arreyanaas Ensima una costanera Con dos trosos lebantaa. Un ture, aygunas banquetas Y un banco sin resparday, Seybian de asiento á los músicos, Cantores y á pocos mas. Rompió ey baile primo Sico Con su comae Treniá, Con un sonduro que daba Imbidia veyo bailal. Requintaba la bigüela, Ey güiro diba á jablay, Y los tiples y maracas No les diban muy atrás. Los garrones e mi primo Repicaban sin paral, Y atajaba la pareja Tan á tiempo y á compas, Que hubo biejo que la baba Le bino ay suelo á paray. Bailóse espues un cabayo, Unas caënas etrás, Un fandanguiyo bombeao, Y un seis se diba á tocay; Cuando dentró esbanesío En er baile un camaraa, Con ey sombrero en la oreja Y la daga esembainaa. Parao en mitá e la sala Dijo:--¿Quién es capatás En este baile, señores, Que habemos de platical? --Yo soy, repuso mi primo, Pa lo que guste manday. --No mas queria, que un rato Aquí me ejaran bailal, Polque se lo he prometío A una jembra que aquí está. --Mucho jiso en prometeyo Poyque puee que quede mal, Manque benga acompañao Con ey mesmo Barrabás. --Jise bien; y si aigun guapo Me lo quisiere pribay, Le pelsinare la cara, Y naide baylará mas. --Eso agora lo beremos. --Pues asina lo berá. Dió un rempujon á mi primo, Que ay punto se jiso atrás, Y metió mano ay moruno Rabiando pol peleay. Toitos jisimos lo propio, Y se puso caa cuar En ey bando de uno ó de otro, Confolme á su boluntá. Las belas fueron ar suelo; Queándonos por un iguar Toos prietos, pues ni las manos Nos podiamos miray. ¿Quién aqueya masamorra Sera capás e contal? Las jembras esperesías Gritaban á no poel mas; Unas en ey aposento Se fueron á refugiay, Otras ayá en la cosina, Aygunas arrinconaas En la sala, y jasta una Se fué de mieo á sumbal Poy la bentana mas arta, Con su bojote cargaa. En poquísimos menutos Se dieron mas cuchiyaas, Y repartieron mas palos, Que letras tiene un misar: Y no hubieran acabao Ni con ey juicio finay, Si no se mete pol medio La mosa mas aqueyaa, Que tiene ey barrio e Culebras En toa su besindá; La cuar en cuenta e correy, Al iguar de las emás, Agarró un cabo de bela Y en un tison de capá, Que sacó de los fogones, Lo prendió á fuelsa é soplay. Yegó á la sala y gritando: ¡Señores! que jaya pas, Nos dijo: Atórense un poco No se bayan á matal: Yo que soy causa e la riña Se lo bengo é suplicay. Escúcheme, que ay momento La buya se acabará. En broma le ije á Cilirio Que no seria capás De esbaratal este baile, Y er lo ha jecho de beydá. Su intencion no era ofendel A unas gentes tan honraas, Sino dal á conocey Que pol mí no teme á naa. No queamos muy satisfechos; Pero nos jiso queal La risa de aygunos cuantos, Que cada ves diba á mas. Era ey caso que un mosito Benío de la Suidá, Muy agentao y muy tieso, Asin que oyó ey juracan, Se metió ebajo una mesa A aprendel á gateay; Y entonces me lo sacaban Sin poel tabía jablal. Cilirio le dió á mi primo La mano, voivió á embaynay La daga; y toos en un veibo Se ofresieron su amistá; Se acuairiyaron los músicos Y mujeres, y á baylay Otra bes, cuar si tay cosa, Acabara é presensial Se puso toita la jente Con mucha tranquiliá; Menos sinco ú seis jerios Que se fueron á curay.
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ESCENA VII.
LA GALLERA.
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Puede pasar un pueblo de la Isla de Puerto-rico sin espectáculos públicos de toda clase, y si fuera preciso sin alcalde, regidor ni nadie que gobernase en él; pero jamás pasaria sin un _ranchon_ grande, cubierto de _teja yagua ó paja_, en cuyo centro hay un círculo de ocho á diez pasos de diámetro formado de tablas, con una gradería al rededor, hecha de lo mismo: cuando se trata de fundar una nueva poblacion no es estraño ver que aparece este edificio mucho antes que la Iglesia, y en no pocos parajes en que el número de casas de campo es crecido, estando á alguna distancia de los pueblos, se ve tambien que le hay, si bien falta una ermita ó capilla. Esta entidad que preside en todas partes, esta avanzada de la creacion de nuevas sociedades en sitios hasta entonces inhabitados, este lugar al parecer de un culto idólatra, es la _Gallera_. Examinarémos en esta escena su objeto é influencia moral, y de aquí la necesidad de hablar primero de los gallos, los _galleros_ y los jugadores, como actores principales, y despues de las _peleas_, _desafíos_, etc.
El gallo, animal célebre desde la mas remota antigüedad, ídolo de algunas religiones, y de cuyo canto se valió nuestro Redentor para recordar á uno de sus discípulos su pecado, en ninguna parte es tan querido como en las Antillas; hay una clase sobre todo, llamada gallo inglés, que es el compañero inseparable del _gíbaro_.
Antes de salir del cascaron, ya se ha cuidado de legitimar su orígen, poniendo á la madre en la imposibilidad de ser infiel: un platanal, un bosque ú otro sitio apartado, es el teatro de los dichosos amores del sultan, que despues de haber muerto en el combate á su terrible adversario, viene cubierto de honrosas cicatrices á reinar en medio de sus favoritas. De allí es trasladada la clueca, y su nido se coloca en la casa en el sitio mas á propósito, cúidasela con mucho esmero, y el dia en que sale rodeada de sus polluelos es un dia de gozo para la familia. Empiezan entonces las discusiones sobre el secso, color y demás cualidades; los amigos y conocidos averiguan los grados de parentesco que tienen los recien nacidos con los gallos de mas nombre de todos los pueblos cercanos, recorriendo las líneas colaterales, con mas afan, que un hidalgo pobre que desea acercarse á un título de Castilla.
Hechas de este modo las debidas averiguaciones, conserva el dueño en su mente la ejecutoria, y los pollos van creciendo hasta dejar la madre; entonces es el momento de separarlos dejando las hembras en casa y poniendo los machos en otro sitio, lo cual no es de tan poca importancia como pudiera parecer; los _gíbaros_ saben muy bien que un terreno en que los animalitos puedan escarbar, fortalece mucho sus patas y su pico; así como el criarse en el bosque les hace mas vigorosos en el vuelo; circunstancias no despreciables, puesto que de ellas depende mas adelante la probabilidad de la victoria.
Es tambien de notar el cuidado que tiene todo _criador_ inteligente en impedir que se mezcle con los pollos, cuando son ya crecidos, alguna gallina; porque reñirian hasta matarse; y si por una casualidad no sucediera así, perderian mucha pujanza, siendo mas débiles en el combate; cada dia les muda la comida y el agua, cuando no la hay en el _criadero_, y se asegura muy á menudo del estado de la salud de los futuros gladiadores.
Estos cuidados duran año y medio ó dos, hasta que entran en la escuela práctica, bajo la direccion del _gallero_; este es un hombre blanco, negro, ó mulato, gordo ó flaco, alto ó pequeño, por lo regular de alguna edad, que es capaz, por su mucho conocimiento en la materia y por su acrisolada paciencia, de instruir á un gallo, sacando todo el partido posible de las disposiciones que presenta, desconocidas á los profanos en el arte; mas que para él son el objeto de un estudio continuo. Debe además ser _vir probus_ en toda la estension de la palabra, pues á su rectitud se fian grandes sumas, como verémos despues.
Hacerse cargo de la completa filiacion de su pupilo es la primera diligencia del _gallero_, que en dos minutos sabe si aquel es _rubio_, _giro_, _pinto_, _cenizo_, _canaguey_, _gallina_, _ala de mosca_, _jabao_, _blanco_, ó _negro_, si es _pava_, _roson_ ó _guineo_; si es _pati-negro_, _pati-amarillo_ ó _pati-blanco_ si es _cinqueño_, _bajo ó alto_ de espuelas, si tiene la _canilla_ larga ó corta, si es _largo_ ó _ancho_ de cuerpo, si _aletea_ con fuerza, si tiene la pluma _madura_, etc. no olvidándose nunca de oirlo cantar, para conocerlo despues por la madrugada; y es tal la habilidad de aquellos hombres, que entre centenares de gallos que cuidan y _acondicionan_, conocen á cada uno por el canto, sin que se engañen jamás.
Desde este dia, hasta aquel en que está en disposicion de _jugarse_, pasa el gallo por una serie de pruebas y ejercicios continuos, sujeto siempre á un régimen severo, todo lo cual reunido forma lo que se llama darle _condicion_; ó, lo que es lo mismo, ponerle en disposicion de reñir con las mayores ventajas posibles de su parte. Córtale el _gallero_ la cresta y las barbas, le pela con unas tijeras el pescuezo y la parte posterior del cuerpo, le recorta la cola á unos cuatro traveses de dedo de la rabadilla, y lo mismo hace con la punta de las plumas del ala; le pone una _cabulla_ por sobre la espuela para que no pueda soltarse, ni le oprima la pata; teniendo cuidado de mudarla de una á otra, y le coloca en el lugar que debe ocupar en una casa grande, alquilada espresamente, y que toda está llena de gallos atados, de modo que no puedan alcanzarse, á un clavo fijo en las tablas del piso, ó encerrados en jaulas grandes de madera, con su division para cada uno.
Al salir el sol los sacan al corral ó frente de la casa, atando á cada uno en su estaca clavada en tierra, para que puedan escarbar; antes de esto los _rosian_ con buches de agua y aguardiente, y los tienen allí hasta las diez ó las once de la mañana. Por la tarde vuelven á sacarlos, y al ponerse el sol les dan el maíz y el agua graduados segun su peso, y el resultado de la última prueba.
Estas pruebas son las _botas_ y los _coleos_; las primeras consisten en echar á reñir dos gallos de igual peso, con las espuelas _embotadas_, ó envueltas en trapo ó papel de estraza, de suerte que no puedan dañarse: el _gallero_ observa atentamente á cada uno, si _pelea alto_ ó _bajo_, si _pica á la cabeza_, _al pescuezo al buche_, _á la cabeza del ala_ ó debajo de ella, si es de _carrera_, si _juega la cabeza_, si pelea _de afuera_ ó _apechuga_, si _engrilla_ ó _voltea_, etc.; y segun lo que nota, coge á uno de ellos en la mano y le maneja delante del otro con tal habilidad, que, siguiendo este sus movimientos, se acostumbra á pelear, corrigiendo sus defectos. Esto es lo que se llama _coleo_. Si el gallo se cansa en estos ensayos por esceso de gordura, se le rebaja la racion diaria, y si está débil, se le aumenta; habiendo tal variedad, que unos pelean mejor estando gordos, y otros estando flacos; de lo cual resulta su division en gallos _á la vista_, y gallos _de saco_.
El gallo que pelea bien teniendo muchas carnes, bajo de patas, ancho de cuerpo, y que puesto de pie no eleva mucho la cabeza, debe _jugarse á la vista_; esto es, comparándole al descubierto con su adversario: cuando el que pelea bien con pocas carnes es alto de patas, largo de cuerpo y tiene la cabeza alta, debe _jugarse al saco_; esto es, equilibrándole en una balanza con su competidor dentro de dos sacos que pesen lo mismo.
Cuando el gallo está _acondicionado_, lo cual se conoce por las _botas_ y _coleos_ y por el hermoso color rojo de su cuello y de la parte posterior del cuerpo, se lleva á la _gallera_ para _jugarlo_ con mas ó menos dinero, segun las cualidades que ha manifestado: y aquí es muy interesante el papel del _gallero_, que, durante la riña, se llama _coleador_; _casa la pelea_ conforme á las reglas establecidas, salvas algunas ligeras modificaciones, como el enseñar la cabeza del gallo, para conocer por la cicatríz de la cresta si los dos son de una edad, el medir las espuelas, el dar en el peso alguna media onza de ventaja, etc.; y hecho esto,
_Los agusan los rusian Y si ey dia es abansao Les dan tres ó cuatro granos De maís medio mascao._
Recortan además las alas, segun la estatura del contrario y el pelear de su gallo, entrando ufanos en la valla ó _talanquera_: retírase la gente que hay en ella, y puestos en el centro los acercan, teniéndolos en las manos hasta que se pican, y separándolos despues los sueltan; dejando á cada uno sobre una de las dos rayas paralelas hechas en tierra con algunos palmos de intermedio. Empieza entonces la riña, durante la cual los _coleadores_ estan fuera de la talanquera, ó _ñangotaos_ junto á ella.
No hay palabras para pintar la fiereza de aquellos animales: al principio no llegan á picarse, sino que se hieren al vuelo: á estos primeros golpes es á los que llaman _tiros bolaos_; pero no tardan en comenzar, y cada _picotazo_ va seguido de una _puñalada_, que el contrario evita con destreza, ó recibe con heroico valor; sus cuerpos se cubren de sangre y polvo, pierden la vista, y apenas pueden tenerse; llegando muchas veces á quedar despues de algunas horas rendidos de fatiga, sin que ninguno de los dos haya vencido: á esto se llama _entablar la pelea_: otras huye uno, muere ó queda fuera de combate, siendo el otro vencedor.
Hay gallos que tienen golpes favoritos; tales como picar _á la cabeza del ala_, clavando la espuela debajo de ella, dar en el _yunque_, que así llaman á la nuca, etc. La carrera es tambien un grandísimo recurso; los hay que corren al rededor de la valla delante del contrario, que si no tiene tambien esta cualidad se cansa persiguiéndolos, y entonces es vencido fácilmente; llegando algunos á tanto, que, si conocen desventaja por su parte, se detienen sin correr, hasta que el otro vuelve á seguir riñendo.
El ojo de lince del _coleador_ sigue todos los movimientos de su gallo, mientras que los espectadores de las gradas publican en alta voz la cantidad que quieren apostar á su favor, y le animan con las esclamaciones mas originales:
_Pica gayo y engriya jiro, Mueide al ala renegao, Juy que puñalon de baca, etc._
que se repiten á cada nuevo encuentro.
Cuando los combatientes dejan por un momento de lidiar se da un _careo_, los cogen los _coleadores_, los limpian chupando la sangre de todo el pescuezo, examinan sus miembros; y con estos cuidados les vuelven á veces la vista y los reaniman para volver á la reyerta. Un número determinado de careos sin que ninguno de los combatientes embista al otro _entabla_ la pelea.
Con lo dicho se tendrá una idea del objeto de la gallera; pero no seria muy completa, sin añadir algo que venga á confirmarlo establecido al comenzar este artículo: bastará decir, que muy raro es el _gíbaro_ que no cria gallos de buena casta, que muchos pasan todo el domingo en la gallera, y que algunos vuelven á su casa por la noche, sin llevar la carne que habian ido á comprar al pueblo para toda la semana siguiente, porque les tentó algun _pati-amarillo_ ó _coli-blanco_; mas ¿á qué detenernos en otras cosas, cuando una simple relacion de un _desafío_ basta y sobra á nuestro propósito?
Los desafíos, que no son mas que la reunion en un pueblo de los gallos mas famosos de muchos de los circunvecinos, se anuncian con grande anticipacion, y se verifican en dias señalados. Algunos antes empiezan á llegar los campeones, conducidos con grandísimo cuidado: un hombre lleva una vara al hombro, y de ella penden cuatro, seis ú ocho gallos, en su saco cada uno; así son trasladados hasta á ocho y diez leguas de distancia. Llega por fin el dia deseado: toda la poblacion se inunda de gente, una gran parte de la cual no tiene otro objeto que ver _jugar_ un gallo conocido, y para esto ha hecho á pie muchas horas de camino. En la _pelea_ se sigue las mismas reglas que en los casos ordinarios, con la única diferencia que se atraviesan mayores cantidades, y que el concurso es mucho mas numeroso.
Hemos llegado al punto en que el lector aguarda que le diga mi modo de pensar acerca de la _gallera_: yo reconozco la oportunidad de su deseo; pero no puedo complacerle cual quisiera, porque es cuestion mas difícil de resolver de lo que al pronto parece. En efecto; ¿qué puede contestarse á la pregunta de si el juego de gallos es útil ó no? Dirémos, que como causa de la comunicacion de unos pueblos con otros, como medio de que circule el dinero, y como mero pasatiempo en los dias festivos, no hay duda que lo es; mas como ocupacion, como camino que puede conducir á otros vicios, y como ocasion de perder el dinero destinado al sustento de una familia, es altamente perjudicial. El tiempo resolverá el problema, y yo me atrevo á esperar que cuando haya otras diversiones públicas y á medida que adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer completamente.
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ESCENA VIII.
UNA
PELEA DE GALLOS.
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