Toy-Making in School and Home

Chapter 1

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El fomes peccati

I

Con esta pícara afición que desde chiquitín he tenido a averiguarlo todo, menos aquello cuya averiguación es pecado, apenas llegó a mi noticia el aforismo teológico de que todos tenemos dentro del cuerpo el fomes peccati, me entró gran comezón por averiguar, no si el aforismo era cierto como regla general, pues no dudaba que lo fuese, sino si esta regla tenía su excepción como todas.

Molí con mis preguntas a todo Dios, incluso la historia civil y religiosa, y todas las contestaciones que obtuve fueron que, en efecto, el fomes peccati se encierra en todo cuerpo humano, sin excepción de los más santos. Generalmente estas contestaciones se resentían de cierta metafísica, y, por consiguiente, su aridez y oscuridad las hacía inadecuadas para incluirlas en el género de literatura lisa y llana y a la buena de Dios que yo cultivo; pero entre ellas había una que no tenía aquella condición, y por consecuencia aquel inconveniente y esta contestación, que es la de la tradición. popular, es la que voy a confiar al público, un poquito ampliada y glosada, eso sí, pero en lo esencial sin quitarle punto ni coma.

Veamos, pues, con qué ejemplos al canto me afirmó la tradición popular ser cierto que todos tenemos el fomes peccati dentro del cuerpo; unos en la cabeza, otros en la boca, otros en el pecho, otros en el estómago y otros aún más abajo, como que hasta en los pies le tienen muchas personas.

II

En una nación de Europa (que no sé de fijo cuál fuese, pues la tradición popular, como no tiene fuste ni fundamento en punto a precisar lugares ni fechas, unas veces dice que fue allá y otras que acullá) sucedió que al subir o prepararse a subir al trono el heredero legítimo del último monarca, salió a campaña para disputarle la corona un príncipe extranjero, que así tenía derecho a ella como yo a la mitra arzobispal de Toledo, que no pretendo, por la sencilla razón de que el convenirle a uno ser arzobispo no es razón bastante para que uno se empeñe en serlo y por salirse con la suya ande a trastazos con todo el mundo.

El pretendiente era muy antipático a la nación, no tanto porque fuese extranjero y quisiera lo ajeno contra la voluntad de su dueño, como porque representaba ideas políticas y sociales de allá del tiempo de Mari Castaña, y la nación decía con muchísima razón que en un buen medio está la virtud, y salir de él es ir hacia donde está el vicio, que es en los extremos; y además decía que desde los tiempos de Mari Castaña ha andado el mundo mucho y con mucho trabajo, y no es cosa de desandarlo y echar, como si dijéramos; a la espuerta de la basura el fruto que se ha venido recogiendo en la jornada, sino ver si entre aquel fruto hay algo podrido o malo, y en caso que lo haya, separarlo y guardar como oro en paño lo sano y bueno.

Pero como en toda nación, aunque sea tan honrada y lista como aquélla, que por lo visto se parecía mucho en esto y en lo otro y en lo de más allá a nuestra España, nunca faltan un hatajo de bribones y un par de hatajos de tontos, lo que prueba que también las naciones tienen el fomes peccati en el cuerpo, sucedió que con bribones y tontos el pretendiente formó a modo de ejército, y con su ayuda y la de otro hatajo de qué sé yo cómo llamarles, aunque decían ser liberales hasta la pared de enfrente, encendió la guerra civil y logró campar por su respeto en un pedacillo de la nación, a cuyos habitantes pacíficos, honrados y laboriosos, puso a cada cual un fusilito en la mano, mediante una paliza que arreó a todo el que rehusaba, y les dio el nombre de voluntarios para que no se dudase que les servían voluntariamente, como no lo dudaron ni aun los defensores del rey legítimo.

Lo primero que hizo el pretendiente fue darse el nombre de rey y el consiguiente tratamiento de majestad, redondeando tal nombre y tal tratamiento con todos los menesteres de los reyes que no lo son de mentirijillas, tales como ministros, servidumbre de la real casa, etc., etc.

De tal modo quería imitar a los reyes absolutos del tiempo de Mari Castaña, que eran su bello ideal, que hasta mandó que se le buscara un bufón más pícaro que hermoso, a quien hacer su favorito y encargar el importantísimo oficio de regocijar a la corte con su malicias y gracias.

Pregunta por aquí pregunta por allá dónde habría un buen bufón, al fin se encontró uno que ni hecho de encargo, pues tenía la estatura de un perro sentado y eran tantas sus gracias y malicias, que no cabiéndole bien en el cuerpo, el arquitecto había tenido que añadir al cuerpo principal dos cuerpos salientes, uno por delante y otro por detrás.

Al bufón electo le llamaban por buen nombre Pico largo, no tanto porque fuese largo el suyo, como porque era agudo, y tuvo la suerte de hacer desternillar de risa a su majestad apenas compareció en su presencia, porque parece ser que el rey era muy tentado a la risa.

Su majestad, que como gastaba de lo ajeno (pues había venido poco menos que con un trapo detrás y otro delante), era muy rumboso, le señaló una oncita de oro mensual.

Con este bufón bailaba de contento, porque era muy agarradillo y aficionado a guardar el dinero siete estados bajo tierra, por lo que pudiera tronar mañana u otro día, y decía con muchísima,;razón:

-¡Me ha venido Dios a ver con el destinillo éste que me he encontrado de bóbilis bóbilis ¿Quién me tose a mí con una onza de oro pagada a tocateja? Ya me ha dicho su majestad que tendré habitación en su real palacio y me sentaré a su real mesa, y digo su porque el rey dice mi, aunque ni el palacio ni la mesa son suyos y sí del pobre diablo a quien su majestad ha honrado, vamos al decir, dando nombre de palacio a su casa, como ha honrado al lugar dándole el nombre de corte. Como no tendré que gastar un cuarto ni aun en cajetillas del estanco, pues purearé en grande con los cigarros del rey, voy a estar como un príncipe, y a la vuelta de poco tiempo me voy a encontrar con una olla de onzas que meta miedo!

¡Hum! ¡Me parece que a juzgar por el pico y la codicia del bufón que también éste tenía el fomes peccati en el cuerpo!

III

De buena gana me luciría yo aquí describiendo, la corte del pretendiente; pero como la corte apenas tenía que describir, me fastidio privándome de tanto lucimiento.

¡Qué demonios tienen que describir un lugarejo, de unas cuantas casas de mala muerte colocadas en correcta formación junto a una iglesia de tres al cuarto, y un palacio reducido a un piso bajo, ocupado por la cuadra y el portal, donde hozan, con perdón de ustedes, dos de la vista baja, a un piso principal cuyos ahumados departamentos son, una salita, una cocina y dos o tres dormitorios, y a un sobrado lleno de paja y heno que se asoman, por las rendijas del piso a ver lo que pasa en el principal!

El pretendiente era tan comodón que se alampaba por vivir bajo artesones dorados, y por sentarse en sillas de tapicería de seda, y por dormir entre sábanas de holanda, y por comer en vajilla de plata y oro, y por verse rodeado de buenas chicas, y por repantigarse en carretelas forradas de raso; pero sufría la privación de todo esto con la mayor resignación del mundo, porque decía:

-Todo se andará si la burra no se para. Eso y mucho más tendré cuando me siente en el trono de mis mayores, que se repantigaban en carrozas hasta de concha fina...

Es de advertir que sus mayores nunca se habían repantigado más que en alguna mala tartana.

El que le tenía muy fastidiado con su eterna cantinela de que era necesario arreglar las cosas de la corte de modo que no padeciera el decoro del Rey y su Gobierno, era el presidente del Consejo de ministros, encargado de las carteras de Guerra, Gobernación, Hacienda, Estado, Fomento, Gracia y Justicia y Ultramar, porque siempre estaba diciendo:

-Señor, conviene al decoro de vuestra majestad y su gobierno adecentar un poco el real palacio y los ministerios, poner en la corte una miaja de alumbrado público, y adquirir para uso de vuestra majestad aunque sea un coche de colleras y para uso del gobierno aunque sea un carromato. El real palacio, los ministerios y la corte toda han de merecer por su decencia el nombre de tales, porque si no, no serán palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada.

-¡Hombre, que has de estar siempre con la misma canción! -exclamaba el rey, amoscado con el presidente del Consejo de ministros, que por centésima vez le repetía aquello. -No seas molino, hombre, pues sabes que a mí me fastidia el meterme en cavilaciones y engorros por cosas que me han de dar cocidas y amasadas así que me siente, en el trono de mis mayores.

El presidente del Consejo callaba, pero se proponía volver a la carga al día siguiente de sobremesa, porque es de saber que tenía la honra diaria de sentarse a la mesa de su majestad, y entonce era cuando, animado con unos buenos trinquis del tinto de Navarra, se atrevía a cantar la cartilla a su majestad.

En éstas y las otras llegó el fin de mes, y dijeron los empleados: «¡A cobrar la paguita tocan!»

Pico largo, como cada hijo de vecino que comía del presupuesto nacional, digo del sudor de los habitantes de aquel pedacito de la nación, tomó también el tole hacia la tesorería a cobrar su oncita de oro.

Los ojos se le encandilaban pensando en la oncita, e iba discurriendo las precauciones que había de tomar para que no le dieran alguna moneda falsa, porque le habían dicho que la falsificación era por allí moneda corriente con el nuevo orden de cosas, a pesar de que se habían dado muy severas para que no bailaran juntos hombres y mujeres, sino hombre con hombre y mujer con mujer, en atención a que los dos sexos tenían el fomes peccati no sé en qué parte del cuerpo.

IV

El presidente del Consejo de ministros, así como estaba encargado de las carteras de Guerra, etcétera, etc., lo estaba también de la tesorería y otras incumbencias.

Sus temores tenía Pico-largo de que le fuera a pagar en plata, en cuyo caso le fastidiaba de lo lindo, porque diez y seis onzas de plata no se meten donde se mete una onza de oro, y por reducir a oro los diez y seis duros en plata siempre había de llevar el cambiante seis u ocho cuartos; pero se tranquilizó pensando que el señor tesorero no dejaría de complacerle pagándole en oro contante y sonante, y más si le adulaba un poquillo antes de suplicarle que así lo hiciera.

Muy mal se preparó la cosa desde que Pico-largo abrió el suyo para saludar al señor tesorero.

-¿Cómo va esa humanidad, señor presidente del Consejo de ministros, etc., etc.?

-Muy bien; pero recuerdo a usted que tengo tratamiento de excelencia, y ni a Cristo padre se le apeo, como no sea al rey, que no me le da.

-Vuecencia ha de perdonar; pero como dicen que ya ninguno de los que le tienen le admite...

-Esas son costumbres liberales, y basta que lo sean para que yo las rechace.

-Bien; pero ya comprende vuecencia que, siendo esa la única razón que vuecencia tiene para no apear el tratamiento, no es extraño que yo no se le haya dado a vuecencia, porque esa no es razón ni Cristo que lo fundó.

-Tiene usted muy largo el pico, y me parece que habrá que cortársele un poco.

-Permítame vuecencia que le diga...

-Menos conversación, y diga usted lo que quiere.

-Pues nada, venía a cobrar mi paguita.

-Ahí la tiene usted, y gástesela en cordilla -exclamó el señor presidente del Consejo tirando sobre el mostrador un papelito del color- de la esperanza, que era verde y se la comió un borrico.

-¿Y qué viene a ser esto, excelentísimo señor? -preguntó Pico-largo admirado.

-¡Qué! ¿No tiene usted ojos? Eso es treinta y dos escudos en papel moneda.

-El papel ya le veo pero la moneda no.

-¡Hombre, no sea usted cerril! Ese es uno de los bonos emitidos por su majestad y declarados de circulación forzosa.

-Pues le digo a vuecencia que no lo entiendo.

-Por lo visto, usted no entiende más que de chupar la melona, sin utilidad ninguna de su majestad ni del Estado. Oiga usted, hombre, que a usted parece que hay que metérselo todo con cuchara. Estos bonos se amortizarán por el Real Tesoro, pagándolos por todo su valor y un ciento por ciento de interés anual cuando su majestad se siente en el trono de sus mayores.

-¡Tú! ¡tú! ¡tú! ¡Pues no va larga la fecha que digamos! Para entonces ya nos habremos muerto todos incluso el rey.

-¿Qué es lo que quiere usted dar a entender, hombre?

-Lo que quiero dar a entender es que haga vuecencia el favor de pagarme en oro y dejarse de papeluchos.

-¡Papeluchos! ¡Pues me ha hecho gracia, como hay Dios, la calificación! Me parece que usted anda buscándole tres pies al gato teniendo cuatro... ¡Papeluchos!

-¡Pues si señor, papeluchos, que ya me va cargando el despotismo de vuecencia! No siendo ese papel pagadero hasta el día del juicio por la tarde, es un papel mojado.

-¡Insolente! Salga usted de aquí más pronto que la vista, o sale usted atado codo con codo. ¡Papel mojado! ¡Nos ha compuesto el jorobeta éste!

Pico-largo, intimidado ya con la indignación de su excelencia, que parecía querérsele tragar, bajó la cabeza y salió de la tesorería, sin volver a chistar ni mistar, a pesar de su mucho pico.

El señor presidente del Consejo puso inmediatamente en conocimiento de su majestad lo que ocurría con el bufón. Su majestad se puso hecho un toro al saberlo, y mandó que el bufón saliera desterrado de sus dominios, después de recibir cien azotes en la parte que, a juicio del mismo, menos le doliesen, pues su majestad quería darle una gran prueba de benevolencia concediéndole esta elección.

V

Cuando a Pico-largo se notificó esta cruel sentencia, como es natural se afectó mucho y se puso a filosofar sobre la instabilidad e ingratitud de los reyes absolutos; pero no tardó en echarse a cavilar a ver si encontraba medio siquiera de ahorrarse los azotes, que eran la parte de la sentencia que más le dolía, aun antes de ejecutarse, y por fin se consoló un poco creyendo haber encontrado aquel medio.

La hora de la ejecución de la sentencia llegó, y su majestad se asomó a la ventana de palacio, que daba a la plaza, para presenciar la azotaina, porque estaba aún hecho un solimán con el que en una monarquía absoluta se había permitido controvertir la validez del papel moneda emitido por el soberano, y sobre todo controvertirla ofendiendo a la majestad con sus apreciaciones y reticencias.

El presidente del Consejo de ministros estaba en la plaza, deseoso de ver la azotaina desde cerca.

-Desnúdese usted de medio cuerpo arriba dijo el verdugo al reo.

-¿Y para qué me he de desnudar? -le preguntó Pico-largo.

-Para que casquemos como es debido los cien azotes.

-Yo no necesito desnudarme para eso.

-¿Cómo que no, hombre?

-Lea usted bien la sentencia.

-Ya la he leído.

-¿Y qué dice?

-Dice, en resumen, que se le condena a usted a salir desterrado, después de recibir cien azotes en la parte donde, a juicio de usted, menos le duelan.

-¡Ajá! Estamos conformes; tengo permiso para elegir la parte en que menos me duelan los azotes, ¿no es esto?

-Sí, señor.

-Pues la parte donde menos me duelen no es la que usted quiere que descubra.

-Pues si no, elija usted otra y no andemos moliendo.

-Va usted a ser servido. La parte que elijo, porque es la parte en que menos me duelen los azotes, es el trasero del señor presidente del Consejo de ministros.

Una carcajada general, en que no pudieron menos de tomar parte el verdugo y el presidente del Consejo de ministros, acogió la inesperada salida de Pico largo.

El rey se quemó mucho al oír aquella carcajada, porque creyó que era gran irreverencia reírse los vasallos delante del rey; pero como era curioso, aunque no lo era, preguntó por qué reía tanto la gente.

Como aventajaba a todos en lo tentado a la risa, cuando le dijeron la ocurrencia de Pico-largo soltó el trapo tan de gana, que aquello no era reír, sino retorcerse y tumbarse de risa.

Así que acabó de reír, lo primero que hizo fue decir que anulaba en todas sus partes la sentencia, siquiera por lo gracioso y pillo que era el tal Pico-largo.

¡Vaya un rey formal que se había echado aquel pedacillo de la nación, o mejor dicho, le habían echado!

Lo cierto y verdad es que Pico largo no sólo volvió a la gracia de su majestad, sino que obtuvo la de que en lo sucesivo se le diera su paga en oro contante y, sonante, con exclusión de todo papel moneda.

A quien le supo a cuerno quemado lo pillo del bufón y lo bragazas del rey fue al señor presidente del Consejo de ministros.

VI

El señor presidente del Consejo continuaba moliendo a su majestad todos los días de sobremesa, después de haberse tirado unos buenos latigazos del navarro, con que era necesario que en la corte en general, y en el real palacio y los ministerios en particular, se hicieran las mejoras que reclamaban el decoro de la corte, el de la real persona y el del gobierno, porque si no, aquello no era corte, ni palacio, ni ministerios, ni nada.

El rey tenía la sangre frita con aquel mosconeo diario, porque, para mantenerse en aquellas reformas, tenía que meterse en cavilaciones y engorros, y su majestad decía para sí, y decía muy bien, aunque decía muy mal, pues su majestad ladraba la lengua nacional en lugar de hablarla:

-¡Cuidado que es manía la del tío Machaca éste! Señor, ¿qué necesidad tengo yo de romperme la cabeza con cavilaciones y fastidios mientras no me siente en el trono de mis mayores, si por una parte en cuanto cavilo un poco me hago un ovillo, y por otra me siento tan guapamente con que me llamen rey, con comer y beber bien, con echar un mus y con salir por ahí un rato a ver las chicas? Todos los días me dan tentaciones atroces de hacer uso de mi soberanía absoluta mandando fusilar a ese súbdito irreverente y osado; pero es mucha gaita eso de fusilar a un presidente del Consejo de ministros, encargado de las carteras de Guerra, etc., etc. Lo que sí haría yo, si tuviera cabeza para ello, es echarle una indirectilla del Padre Cobos, a ver si conseguía que no sea tan molino.

El bufón, que estaba a la que salta, oyó por casualidad uno de esos soliloquios del rey, y se decidió a pedir permiso a su majestad para echar, como que salía de él, una puntadilla al señor presidente del Consejo, a fin de que no moliera a su majestad tanto.

El rey, no sólo le concedió el permiso que solicitaba, sino que le prometió advertirle, guiñándole el ojo, la ocasión oportuna para echar al señor presidente del Consejo la puntadilla.

Al día siguiente estaban de sobremesa el rey, el presidente del Consejo de ministros y el bufón, y ya empezaba el señor presidente del Consejo con circunloquios para traer a cuento lo de las mejoras en la corte, en palacio y en los ministerios, cuando el rey, viéndole de venir, como decía su majestad, que ya hemos dicho ladraba la lengua nacional por no ser la materna suya, guiñó el ojo a Pico-largo, y éste dijo:

-Si vuestra majestad me lo permite, voy a contar un cuento a propósito de lo que el señor presidente del Consejo dice todos los días y anda hoy por decir, a saber: que si no se hacen mejoras en el real palacio, en los ministerios y en la corte, esto no es palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada.

Con permiso de su majestad -exclamó el señor presidente del Consejo, algo quemado de que Pico-largo se metiese en la renta del excusado- debo recordar al señor bufón que por tener largo el pico estuvo a punto de llevar cien azotes.

-Hombre, con agua pasada no muele molino -le interrumpió el rey-. No muelas tú tampoco, y deja que mi real bufón cuente el cuento que dice venir a pelo.

El bufón se echó, sobre el café que acababa de tomar, una copita de mezclado, y encendiendo y -chupando un puro, contó el cuento siguiente:

VII

«Este era un fraile exclaustrado».

Los frailes de su Orden saben tanto que parece que han estudiado con los Jesuitas; pero aquel pobre hombre no había echado mucho pelo con su sabiduría.

El padre Rosado, que así se llamaba, ejercía el ministerio parroquial en una aldeílla de doce vecinos. Como los parroquianos eran pocos y pobres, el párroco andaba siempre a la cuarta pregunta, y más aún lo andaba el sacristán.

El sacristán, que se llamaba Bartolo, era un mozo tan lego, que ni siquiera sabía leer, y si sabía ayudar a misa y otros menesteres de su empleo, era porque el párroco anterior se los había hecho aprender de memoria a fuerza de machacar.

Desde mozuelo le gustaban mucho las chicas y se le iban los ojos tras ellas, de modo y manera que el padre Rosado, que hacía poco desempeñaba el curato del lugar, notólo y dijo para sí:

-Ese pedazo de alcornoque se encalabrina el mejor día con alguna de esas chicas que le traen al retortero, se casa, se llena de chicos, y no teniendo sobre qué caerse muerto, porque la sacristía de aquí no da más que una ración de hambre y otra de necesidad, hay en su casa la de Dios es Cristo.

Cuando así estaba pensando el padre Rosado, se llegó a él Bartolo y le dijo:

-Padre Rosado, yo quería preguntarle a usted una cosa.

-Pregúntala, hijo, que el que pregunta no yerra.

-Pues quisiera saber si tengo yo también el fomes peccati, que según decía usted ayer tarde en el púlpito, tenemos todos dentro del cuerpo.

-¡Vaya si le tienes, hijo! -le contestó el exclaustrado.

-Y aunque sea mal preguntado, ¿se puede saber qué viene a ser eso?

-Viene a ser... esa cosa que cuando ves una chica guapa sientes dentro de ti, y como que te lleva tras de la chica.

-¡Calla! ¿Conque eso es el fomes peccati?

-Eso, hijo.

-Padre Rosado, es imposible que eso sea.

-¿Y por qué no lo ha de ser, hombre?

- Porque usted decía que el fomes peccati es la cosa más mala del mundo, y a mí me parece que en el mundo no hay cosa mas rica que lo que uno siente dentro cuando ve una chica resalada y retrechera.

-A ti te parecerá así porque eres muy bartolo, pero es todo lo contrario. El fomes peccati es la concupiscencia; el germen, la semilla, el fomento del pecado, y por consecuencia de la condenación, eterna.

¡Ave María Purísima! -exclamó Bartolo, santiguándose horrorizado.

Y desde entonces huyó como el diablo de las chicas por más sandungueras que fuesen, y empezaron a encandilársele los ojos siempre que se hablaba de conventos y de frailes.

El padre Rosado dio gracias a Dios por ello, porque se hubiera visto negro si el sacristán se hubiera casado. Como el curato apenas le daba para matar el hambre con un taco de pan negro y un pucherillo de patatas, no podía pagar ni mantener ama de gobierno ni cosa que lo pareciese, y le venía como de perlas el que el sacristán no tuviese más quehaceres que los de la iglesia, ni más obligaciones que las personales, pues así podía servirle en todas aquellas cosas que no están bien en un sacerdote, como hacer la colada, echar un remiendo, etc., etc.

Bartolo le servía con el mayor desinterés y la mejor voluntad; pero aun así, creía el padre Rosado que era necesario pagarle, si no con dinero o cosa que lo valiese, al menos con esperanzas, y con esperanzas le pagaba.

Un día de incienso dijo el padre Rosado:

-Hoy te vas a quedar a comer conmigo, que una antigua hija de confesión, anciana enfermiza y dueña de una posesión que nos vendría a ti y a mí de perilla para cierto proyecto que yo tengo y ando madurando, me ha enviado un jamoncillo y una bota de vino.

-Padre Rosado -contestó Bartolo, chispeándole los ojos de alegría al oír hablar de jamón y vino, como le chispeaban en otros tiempos al ver una chica sandunguera-; acepto el convite, siquiera por ser hoy día tan señalado, y porque si le he de decir a usted la verdad, ya me tiene estomagado el puchero de berzas con un puñado de sal y una piltrafilla de sebo, que es la única gracia de Dios que entra en mi cuerpo hace ya no sé cuántos años.

-No te dé cuidado por esa penuria, hombre que, como suele decirse, a cada puerco le llega su San Martín...

-¡Dios le oiga a usted, padre Rosado, que bien lo necesitamos, porque esta arrastrada vida, que hasta de esperanza carece, no es para llegar a viejos! -exclamó Bartolo, entreviendo, como el padre Rosado, horizontes de color de rosa, digo, de color de jamón, chuletas, huevos, vino y otras porquerías así.