El fomes peccati

Part 3

Chapter 3636 wordsPublic domain (Wikisource)

-Todo eso es verdad, padre guardián, y sobre todo lo es lo de la esperanza. Ahora mismo están tocando a muerto en el Retamar, y milagro será que el muerto no tuviera bien cubierto el riñón, porque tocan gordo...

-¡Calle, hermano, calle, y mire que el fomes peccati se rebela con frecuencia en su cuerpo, y es menester que le ate corto!

-Es verdad, padre guardián, que el maldito se rebela como un condenado.

-El curato y la sacristía que dejamos para venir a esta santa casa están ya provistos, y si saliésemos de aquí, ni aun el antiguo pucherillo de patatas o berzas con un puñadillo de sal y una piltrafilla de sebo encontraríamos.

-Padre guardián, no hablemos más del asunto, y a observar la regla como Dios manda.

El padre Rosado y el hermano Bartolo siguieron allí, haciéndose los tontos, viviendo sobre el país y llamándose el uno padre guardián y el otro hermano lego, hasta que los herederos legítimos de la difunta ganaron el pleito y los echaron de allí ignominiosamente, convictos de que ambos tenían el fomes peccati en el cuerpo.

XI

Acabar el bufón ese cuento y echarle, así su majestad como el presidente del Consejo, una mirada de basilisco, todo fue uno; pero el bufón, lejos de intimidarse por aquella mirada con que parecían querérsele comer vivo, se sonrió socarronamente, seguro de que la cosa, no había de pasar a mayores.

Pico-largo sabía de qué pie cojean los hombres, y más cuando tienen el fomes peccati en el cuerpo tan superabundante como su majestad y su excelencia le tenían.

Su majestad y su excelencia se miraron y se entendieron, porque los tontos se entienden cuando, les tiene cuenta, y en lugar de quererse comer vivo, al bufón, tuvieron la poca vergüenza de aplaudirle estrepitosamente.

Por de contado el cuento del bufón surtió el efecto que el rey deseaba, pues el señor presidente del Consejo no volvió a moler a su majestad con que si no se hacían mejoras en palacio, en los ministerios y en la corte, aquello no era palacio, ni ministerios, ni corte, ni nada, y su majestad y su excelencia siguieron en aquel pedacillo de la nación haciéndose los tontos, viviendo sobre el país y llamándose el uno rey y el otro presidente del Consejo de ministros, hasta que el heredero legítimo del anterior monarca ganó el pleito y los echó de allí ignominiosamente a escardar cebollinos en el extranjero, donde haciéndoles todo el favor que podía hacérseles, no daban un paso sin que se les recibiese a tomatazos.

La tradición popular no dice que el monarca legítimo tuviese también el fomes peccati en el cuerpo, antes por el contrario, da a entender que no le tenía, pues nos le presenta pidiendo una cosa tan puesta en razón como lo es el pedir uno lo suyo, y sobre todo pedirlo sin andar a trastazos con nadie y con la noble intención de hacer el bien ajeno; pero la Teología dice que toda criatura humana le tiene, por santa y pura que sea, si bien hay muchas a quienes no se les conoce que le tienen, porque sobre el fomes peccati colocan el amor de Dios, que es el amor a todo lo justo y hermoso, y con tan santo peso le aplastan o invalidan.

También el pobre narrador de historias vulgares siente bullir rebelde dentro de su cuerpo el fomes peccati que nos legaron nuestros primeros padres Adán y Eva con su pícara afición a las manzanas del vecino. ¡Señor, dale con qué aplastarle e invalidarle, que si no, se va a ver negro en estos tiempos en que se quiere cohonestar la rebeldía sacrílega con los santos nombres de Dios, de la patria y de la libertad!

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