El fomes peccati

Part 2

Chapter 24,228 wordsPublic domain (Wikisource)

El padre Rosado y Bartolo se pusieron de jamón y vino hasta alcanzarlo con el dedo.

-¡Cuándo nos hemos visto nosotros en éstas! -exclamó el fraile.

-¡Y cuándo nos volveremos a ver! -añadió el sacristán.

-Hombre, ya te he dicho que tras estos tiempos vendrán otros, porque si cuaja mi proyecto (que sí cuajará, con la ayuda de Dios), tú y yo nos ponemos las botas.

-¿Conque el proyecto es cosa buena?

-Buenísima.

-¡Caramba, padre, cualquiera diría que no tiene usted confianza en mí, cuando se contenta con decirme eso!

-Tienes razón, hijo, que tu lealtad, que espero recompensar debidamente, te hace acreedor a que te confíe mi proyecto. Has de saber, Bartolo, que proyecto la fundación de un gran convento de mi santa Orden.

-Padre, eso me parece muy santo y muy bueno para el alma; pero el cuerpo ¿qué va a sacar de eso?

-¿Qué va a sacar? ¡Ahí es nada lo del ojo y le llevaba en la mano! Yo seré, como quien no dice nada, guardián de la comunidad, y tú serás mi lego favorito.

-¡María Santísima, qué fortunón si eso llega a realizarse!

-¡Y tres más que llegará!

-Pero oiga usted, padre, yo he visto que en las estampas y cuadros pintan a los frailes muy gordos, con unos mofletes y unos colores que dan envidia, siempre arrellanados en un sillón despachando con cara de risa unos tazones de chocolate con bizcochos que le hacen a uno relamerse... ¿Están bien pintados, o es pintar como querer?

-Hombre, de todo hay en la viña del Señor, porque como los frailes también tienen en el cuerpo el fomes peccati, unos luchan a brazo partido con él y le vencen, y otros se dejan vencer sin luchar.

Bartolo se entristeció, diciendo para sí:

-Si luchamos nosotros, malo, porque ayunamos, y si no ayunamos, peor, porque ardemos.

Pero se alegró, añadiendo:

-Ni lucharemos ni arderemos, porque sería pedir gollerías el pedirnos que habiendo ayunado tanto cuando no lo había, sigamos ayunando cuando lo hay.

La lógica de Bartolo era absurda; pero cada uno arregla la suya a su respectivo fomes peccati.

VIII

-¡Bartolo! -exclamó un día el padre Rosado.

-Lloremos de pena y ríamos de alegría.

-Padre Rosado, si le entiendo a usted, que me fusilen -contestó Bartolo.

-Hombre, la cosa es muy sencilla: ha muerto la del jamoncillo y la bota de vino, y me ha dejado todos sus bienes, aunque sus parientes pretenden ser sus únicos herederos legítimos y han empezado a disputármelos. Por consecuencia, lloremos por la difunta y riamos por la herencia.

Así que el padre Rosado y Bartolo lloraron y rieron, fueron a tomar posesión de los bienes de la difunta, que consistían en una posesión situada en un valle solitario y agreste.

Como Bartolo había oído decir al padre Rosado que aquella posesión era como hecha de encargo para su gran proyecto, se le cayó el alma a los pies cuando vio que todo se reducía a una casa de mala muerte y unos terrenos, muy extensos, sí, pero incultos y cubiertos de matorrales.

-¡Esto es magnífico! -exclamó el padre Rosado cuando llegaron a un alto desde donde se dominaba la posesión-. ¡Ni pintado podía ser mejor, para mi proyecto! Pero, Bartolo, ¿no te entusiasmas viendo esto?

-¡Qué demonche me he de entusiasmar, si la casa parece que se está cayendo y las tierras no crían más que maleza! -contestó Bartolo descorazonado.

-Hombre de Dios, el valor de las cosas no se ha de apreciar por lo que son, sino por lo que pueden ser. Lo que yo necesitaba era una buena base para plantear mi proyecto, y esa la tengo aquí a pedir de boca.

-¿A pedir de boca, padre? Me parece que la vuestra, por mucho que pida, tendrá que contentarse con cruces, y gracias que los parientes de la difunta no ganen el pleito...

-¡No digas disparates, hombre! Por de contado fundaremos el convento, sirviéndole de base material esa casa y ese terreno, y de base personal nosotros dos.

-¡Vaya un convento y una comunidad!

-Como base, bastan y sobran para plantear mi proyecto.

-¿Y nos vamos a mantener con raíces y agua fresca?

-Hombre, no tanto como eso. Pondremos inmediatamente un cepillo en la carretera que pasa por ahí, y con las limosnas que echen los transeúntes, que de seguro no serán flojas, iremos tirando como Dios nos dé a entender, hasta que la cosa se arregle de otro modo.

-Pero, padre, ¿usted cree que se arreglará de otro modo la cosa?

-¡Pues no se ha de arreglar, hombre! Estoy seguro de que así que corra la voz de que se ha fundado aquí un convento, en veinte leguas a la redonda no muere un rico que no nos deje todos sus bienes.

-Padre Rosado, me va usted volviendo el alma al cuerpo.

-Ya verás, ya verás tú en lo que se convierte, en poco más que nada, el desierto que tenemos a la vista.

-¿Usted, por supuesto, ya habrá echado sus planes sobre lo que se ha de hacer?

-¡Pues no los he de haber echado, hombre! ¿Tú crees que yo me mamo el dedo? Oye, hijo, oye lo que tengo pensado. El convento y la iglesia figurarán, como los de los jesuitas de Loyola, una gran águila, cuyo cuerpo sea la magnífica iglesia central construida con ricos mármoles, y cuya cúpula se alzará a inmensa altura, como si el águila levantase soberbia la cabeza para remontarse al cielo. El ala derecha del águila, toda de sillería y de tal extensión, que su remate se perderá de vista, estará exclusivamente destinada a celdas, que no han de bajar de ciento, porque yo calculo que la comunidad no bajará de cien religiosos, y quiero que se componga cada una de varios departamentos espaciosos, alegres y bien decorados y amueblados. El ala izquierda tendrá la misma extensión, y estará destinada a refectorio, biblioteca, escuela de novicios, botica, etc., etc.

-¿Y dónde deja usted la despensa y la cocina, padre Rosado?

-Hombre, la cocina, la despensa, la bodega, las cuadras para el ganado, etc., etc., corresponden a los pisos bajos.

-Muy bien entendido, padre. ¿Conque hasta bodega y ganado hemos de tener?

-¡Pues no hemos de tener, hombre! ¿Ves tú aquella gran llanada cubierta de maleza que se extiende por la orilla del río?

-Sí que la veo.

-Pues aquélla ha de ser la dehesa donde pasten la vacada, los rebaños de cabras y ovejas y la piara de cerdos.

-¿Conque todo eso hemos de tener?

-¡Pues es claro, hombre! Una comunidad tan numerosa y rica como la nuestra necesita tener de todo en abundancia.

-¡Mala vida nos daremos con tanta carne de vaca, ternera, corderos, cabritos, cerdos, pichones, pollos, leche, etc., etc.!

-Figúrate tú, hijo, si nos desquitaremos de tanto ayuno como hemos pasado en ese pícaro pueblo.

-Y los que tendremos que pasar aquí hasta que la cosa vaya entrando en regla.

-En cuanto a eso no tengas cuidado, que tanto en el cepillo de la carretera como en la colecta en los pueblos cercanos, caerán limosnas con que viviremos en grande.

-Tiene usted razón que lo pasaremos perfectamente, viviendo, como quien dice, sobre el país, mientras se arregla la cosa de otro modo.

-Decir que viviremos sobre el país no es expresión muy decente que digamos; pero, como dicen los franceses, el nombre de la cosa no importa un comino. ¿Ves aquella colina redonda que se alza dominando la dehesa? Pues allí se ha de construir un gran edificio circular, cuyo piso superior servirá de palomar, y cuya planta baja estará destinada a gallinero, pavería, etc., etc., porque la carne de ave y los huevos han de tener gran consumo en el convento.

-¡Válgame Dios, padre Rosado, qué rato tan bueno me está usted dando con lo que me cuenta!

-Pues todavía no sabes de la misa la media. ¿Ves aquella gran ladera con exposición a Mediodía que forma la vertiente del valle, opuesta a la que ocupa, digo, ocupará el convento? Pues como Bacchus amat colles, que decimos los latinos, todo aquel terreno se ha de quebrantar y poner de viñedo de las mejores clases, y estoy seguro de que será un bálsamo el vino que allí cojamos.

-¡Jesús! ¡Padre Rosado, si es para volverse uno chocho el pensar en tales delicias!

-Pues oye, que todavía queda el rabo por desollar. ¿Ves aquella praderita del otro lado del río? Pues allí se ha de establecer la gran pesquera del convento, a cuyo efecto se hará al río una sangría, y se construirá sobre él un majestuoso puente de piedra. Ya verás, ya verás venir de allí cargamentos de anguilas, truchas asalmonadas, todavía coleando...

-Padre Rosado, me parece que he empezado ya a echar barriga sólo con lo que usted me dice.

-¿Ves esa llanadita del fondo del valle que forma escuadra con el río? Pues ahí se ha de hacer la gran huerta del convento, donde habrá cuantas hortalizas y frutas se conocen en el mundo.

-¡María Santísima, qué regalo va a ser el nuestro!

-¿Ves aquella otra llanadita que se extiende detrás del convento y en suave declive va desvaneciéndose en la cúspide de la montaña? Pues todo aquello ha de ser jardines llenos de cuantas llores y plantas aromáticas crió Dios, y con hermosos cenadores y juegos de aguas, a cuyo efecto se traerá un rico manantial que brota en un regazo de la montaña, e infinidad de invenciones de comodidad y embellecimiento.

-Pues le digo a usted, Padre Rosado, que ni el rey con ser rey va estar mejor que nosotros.

-Por último, amigo Bartolo, en aquella alta planicie que domina el valle, y a la que se subirá por los jardines por medio de un caminito que a fuerza de ingeniosos rodeos y artificios será como la palma de la mano, habrá una especie de mirador o glorieta con tales comodidades y tales encantos que subir allí será, mal comparado, subir al cielo.

-Padre Rosado, ya me parece haber estado en él, sólo con habérmele usted pintado.

-Pues ya verás cómo lo vivo excede a lo pintado, porque, como dice el refrán, de lo vivo a lo pintado hay gran diferencia.

-Padre Rosado le llaman a usted, pero el que se lo puso ya supo lo que se hacía, porque oyéndole a usted hablar, el mundo se le vuelve a una de color de rosa.

IX

Así que el Padre Rosado y Bartolo tomaron posesión de la herencia, no sin una protesta en regla de los parientes de la difunta, el padre Rosado procedió a la instalación y constitución definitivas y formales del convento.

Entre los dos limpiaron bien un cuartito que tenía la casa al lado del portal, y arreglado el altar como pudieron, colocaron sobre él una estampa del fundador de la Orden, y en la ventana que daba al campo una esquila de ganado que hiciese de campana, y quedó establecida y abierta la iglesia.

Después de otras operaciones preliminares en el piso principal, destinado a la comunidad, el padre Rosado dijo a Bartolo:

-Amigo Bartolo, desde este instante quedamos ambos obligados a la observancia de las constituciones y reglas de la Orden. Yo soy el guardián del convento y tú eres la comunidad, y, por tanto, en nuestro trato y vida no hemos de prescindir del estilo que prescribe la regla.

Bartolo accedió gustoso a esta proposición; el padre Rosado se vistió un hábito nuevo que al efecto llevaba, dio a Bartolo otro viejo, que se vistió también, y cata a Periquito, digo a Bartolito, hecho fraile.

-Padre guardián -dijo el hermano Bartolo mirando humildemente al suelo- dígame vuestra reverencia qué ha de disponer el hermano cocinero para refacción de la comunidad.

-Hermano lego, vea si en el cepillo que puso ayer tarde orilla del camino encuentra alguna limosna; y si la encuentra, vaya a la venta inmediata y compre lo que diese de sí la limosna.

- ¿Y si no encuentro nada, padre guardián?

-Hermano, tenga más fe en Dios; que el que sustenta a los pajarillos del aire, no nos ha de abandonar a nosotros.

El hermano Bartolo obedeció, aunque diciendo para su cogulla:

-No las tengo todas conmigo, a pesar de eso de los pajarillos del aire, porque un pajarillo se alimenta con un cañamón, y... ¡buenos pájaros estamos nosotros para contentarnos con tan poco!

En el cepillo encontró unos cuantos ochavos, morunos, que por lo visto también andaban por allí, y con ello compró un par de sardinas gallegas y un panecillo, y volvió al convento pensando melancólicamente que la cosa empezaba rematadamente mal, y podía ir aún peor si Dios no hacía con la comunidad lo que con los pajarillos del aire.

Terminada la refacción, el padre guardián dijo:

-Demos gracias a Dios por el alimento que nos iba dispensado.

-Padre guardián -le interrumpió la comunidad- perdone vuestra reverencia, pero me parece que nos bastaría un «¡Dios nos la aumente!»

El padre guardián tuvo que reconvenir severamente a la comunidad por esta observación.

Aquella tarde, aquella noche y la mañana siguiente llovió a mares, de modo que no pasó un alma por la carretera inmediata al convento. Así, cuando el hermano Bartolo fue a recoger las limosnas del cepillo, no encontró ni un ochavo.

Cuando dio tan triste noticia al padre guardián, éste le dijo:

-Hermano, no se descorazone ni pierda la fe, que, como ya le he dicho, Dios, que provee al alimento de los pajarillos del aire, proveerá al nuestro. Baje al arroyuelo de la fuente, y allí encontrará berros muy tiernos y muy ricos con que la comunidad podrá regalarse después de bien condimentados con aceite que aún tendrá la alcuza de la lámpara, y sal que, a Dios gracias, queda en el arcón donde los pastores que habitaron últimamente esta santa casa salaban las reses que se les morían.

-Padre guardián, permítame vuestra reverencia decirle que los berros son alimento demasiado frugal.

Es verdad hermano, pero en cambio tienen hasta seis virtudes: pues son astringentes, diuréticos, atemperantes, aperitivos, etc., etc. Conformémonos hoy con tan sano alimento, y tengamos fe de que Dios no nos negará mañana lo que no niega a los pajarillos del aire.

-¡Dale con los pajarillos! -murmuró por lo bajo el hermano lego-. Ya me tienen a mí cargado los tales pajarillos, pues este hombre siempre anda a vueltas con ellos, como si no bastara lo molinos que están con ellos los poetas.

Al otro día, como pasaran por la carretera los muchos viajeros que estaban detenidos a causa del temporal, las limosnas recogidas del cepillo casi casi permitieron a la comunidad sacar la tripa de mal año.

Las semanas, los meses y aun los años iban pasando, y la comunidad casi no salía de una ración de hambre y otra de necesidad. Es verdad que aun viviendo sobre el país, el pucherillo era mucho más sustancioso que antes; pero ni por asomo se veía nada que se pareciese a aquello que el padre Rosado había soñado y hecho soñar a Bartolo, porque en toda aquella tierra se gozaba de una salud tan bárbara, que no moría nadie.

El padre guardián confiaba aún en que la penuria de la comunidad había de cesar, y había de llegar la realización de sus magníficos planes con ayuda de ricos legados que no dudaba harían al convento muchos ricos de aquella comarca cuando Dios tuviese a bien llevarlos a sí; pero el hermano Bartolo no las tenía todas consigo a pesar de que algunas veces el padre guardián conseguía con su elocuencia hacerle partícipe de su optimismo.

El cólera andaba por algunas provincias del reino, y con tal motivo, con frecuencia llegaban hasta el convento voces de si había ocurrido o dejado de ocurrir algún caso en aquella comarca.

El padre guardián tuvo más de un serio disgusto notando en el hermano lego, al llegar aquellas voces, una alegría que le parecía sospechosa.

El hermano Bartolo, que solía pasear orilla de la carretera rezando sus oraciones, con la cabeza baja y las manos metidas en las mangas del hábito, trababa todos los días conversaciones como ésta con las gentes de los pueblos comarcanos:

-Hermano, ¿cómo va de salud por el pueblo?

-Perfectamente, hermano

-¿No hay por allí algo de cólera?

-¡Qué cólera ni qué ocho cuartos ha de haber por allí! El cólera no se atreve a venir a tierra tan sana como ésta.

-¿Y el señor don Fulano?

-Tan bueno y tan gordo. A aquél no le mata un rayo. Es verdad que como es rico, se da una vida...

-¿Y la señora doña Mengana?

-Ni siquiera tiene un dolor de cabeza. Lo que tiene es traza de vivir más que Matusalem, para hacer rabiar a los que esperan sus millones.

Y por todos aquellos pueblos, ¿como anda la salud?

-A pedir de boca. Es tierra muy sana toda la nuestra.

El padre guardián solía oír desde el convento estas conversaciones, y no se explicaba, o mejor dicho, no se atrevía a explicarse por qué el hermano volvía triste y de mal humor después de haberlas tenido. A lo más que se atrevía era a decir al lego:

-¡Hermano, luche sin descanso con el fomes peccati, que aún le da mucha guerra en el cuerpo!

X

El invierno llegó, y en el convento hacía un frío de mil dementres, y la comunidad se chupaba los dedos de frío, tanto más, cuando que tras de tener siempre desabrigado por dentro el cuerpo le tenía también desabrigado por fuera.

Las celdas no tenían puertas ventanas, el tejado todo era goteras, en la iglesia no había Dios que parase, porque la humedad del piso era puro hielo; el hábito de la comunidad se reía por todas partes, y la comunidad, cuando se acostaba sobre un jergón de paja, no tenía para abrigarse más que el hábito.

Un día el hermano Bartolo preguntó, como de costumbre, a los pasajeros qué tal iba de salud por sus pueblos.

Allí -le contestaron- todos comen y trabajan, menos los ricos.

Al hermano lego le dio el corazón un vuelco no sé de qué, y se apresuró a preguntar, compungido y alarmado, qué era lo que a los ricos les pasaba.

-Lo que les pasa es que, como son ricos, comen, sin trabajar.

Aquel mismo día la comunidad le pasó con una ensalada de berros y un trago de agua fresca, que eso sí, era muy rica la que se bebía en el convento, como lo probaba el que apenas uno se echaba un trago de ella, ya se le bajaba la comida a los talones.

El hermano Bartolo se acostó tan metido en cavilaciones, que no encontraba medio de pegar los ojos.

-Pues señor -decía-, esto va mal, retemal, rematadamente mal, por más que el padre guardián, continúe prometiéndoselas muy felices. Y el caso es que el que se ha cortado la cabeza con meterse fraile he sido yo. El padre guardián, como es viejo, está en grande, porque tiene la grandísima ventaja de no tener que mirar por su porvenir; pero yo, que soy joven, tengo que mirar por el mío, Si éste fuera un convento formal, aunque no fuese tan cosa del otro jueves como el padre guardián se había imaginado (y aún sigue imaginándose, aunque parezca mentira que no esté ya tan desengañado como yo), yo habría hecho mi carrera, porque estaría como un canónigo, con casa, ropa y comida aseguradas por toda la vida; pero esto de amanecer todos los días de Dios sin más esperanza de llenar la tripa que la que consiste en que Dios haga con uno lo que dicen que hace con los pajarillos del aire, amigo, ¡esto es para acabar con un caballo! ¡Y luego el padre guardián lleva tan a punta de lanza las cosas en cuanto al cumplimiento de la regla, que ni esto así le dispensa a uno! Nada, nada, herrar o quitar el banco, que yo tengo que mirar por mi porvenir. Mañana mismo le canto la cartilla al padre guardián, diciéndole lo que viene al caso, porque esto de haberle hecho a uno creer que aquí se habían de atar los perros con longanizas, y luego querer que uno viva del aire como los camaleones, no lo aguanto yo aunque me fusilen.

En estas y otras cavilaciones pasó el hermano Bartolo toda la noche, cada vez más decidido a decirle al padre guardián las verdades del barquero.

En efecto, la mañana siguiente se presentó al superior con cierto airecillo de resolución, que al padre Rosado no le dio buena espina.

-Padre guardián -dijo-, yo tenía que hablar cuatro palabras con vuestra reverencia.

Hermano lego, diga las que quiera con tal que no sean superfluas, porque ya sabe que la regla de esta santa casa prohíbe lo ocioso. ¿Qué es lo que tiene que decirme, hermano lego? Despáchese, que el tiempo es oro y no hay que desperdiciarle, sobre todo en los conventos, donde las obligaciones espirituales y temporales son tantas; pero tenga mucho cuidado con la lengua, que, como dice no recuerdo qué Santo, es universidad de Maldades.

-¡No la tienes tú poco larga! -dijo para sí Bartolo, quemado con tanta conversación.

-Conque diga, hermano, lo que le ocurre.

-Lo que me ocurre, padre guardián, es que yo tengo que mirar por mi porvenir, y francamente, aquí le veo muy negro.

-Hermano, ¿qué es lo que dice?

-Lo que vuestra reverencia oye: que cuando me metí fraile, salí de Málaga para entrar en Malagón.

-Hermano, hace muy mal en tener tan poco amor al claustro, que, como dice uno de los más doctos expositores de nuestra regla y constituciones, es taller de santos, aula de sabios, paraíso de delicias, catre de descansos, refugio de peligros y botica de remedios.

-Padre guardián, eso rezará con los conventos como Dios manda.

-Justo, hermano, y por eso debemos nosotros tener mucho amor al nuestro, donde iglesia y celda deben parecernos antesalas del cielo.

-¡Vaya unas antesalas!

-¡Hermano lego, mire lo que dice!

-¡De sobra lo he mirado ya, padre guardián!

-Pero explíquese con más claridad, hermano, que aún no le he comprendido...

-¿No? Pues ahora me comprenderá, porque ya estoy harto de andar con rodeos, y voy a llamar al pan pan y al vino vino. Mire usted, padre Rosado...

-Reverendísimo padre guardián, querrá decir.

-No señor, no quiero decir tal cosa, porque ha llegado ya el caso de que nos dejemos de tonterías y armas al hombro y hablemos en plata. Padre Rosado, desde que usted me dijo que lo que uno sentía dentro del cuerpo, cuando veía una buena chica, era el fomes peccati, tomé horror a las buenas chicas, aunque siempre me había despepitado por ellas, y empecé a sentir una inclinación atroz a meterme fraile, porque yo decía: «¡Eso de no tener uno ya que pensar en su porvenir temporal ni eterno, sin más que pasarse la vida desde la iglesia al refectorio, y desde el refectorio a la celda, es mucha ganga!»

-Pues bien, hermano: si ese era su bello ideal, ya se le ha alcanzado, y no comprendo cómo no tiene más amor a la iglesia y al convento.

-¡Dale con el convento y la iglesia!

-No le comprendo, hermano.

-Pues se lo voy a decir a usted más claro, que yo, gracias a Dios, no tengo pelos en la lengua. Padre Rosado, usted está siempre llenándose la boca con palabras tan sonoras como iglesia, convento, claustro, refectorio, celda, sala de capítulo, etc., etc., y aquí no hay nada de eso.

-Hermano, ¿qué es lo que dice?

Padre, lo que digo es que esto no es iglesia, ni convento, ni nada; y para suponer que lo es, es necesario que seamos tontos o que nos hagamos los tales. Ea, ya lo sabe usted, y si lo quiere más claro, levante el dedo, que ya estoy cansado de morderme la lengua. ¡Hola! ¿Con que calla usted? Pues el que calla otorga.

-Cierto, hermano, que otorgo en cuanto a que esto no es iglesia, ni convento, ni nada, y también en cuanto a que para suponer que lo es, es necesario que seamos tontos o que nos hagamos los tales; pero dígame, hermano, una cosa, que me ocurre preguntarle.

-Veamos qué cosa es esa.

-¿Cree el hermano lego que si esto fuera iglesia y convento o cosa parecida, sería yo padre guardián como lo soy, y él sería hermano lego como lo es? ¡Hola! ¿Con que calla? Pues el que calla otorga, hermano.

-Padre guardián, es verdad que otorgo, porque vuestra reverencia me ha partido por el eje con ese argumento.

-Pues arrepiéntase de lo temerario de sus juicios y la intemperancia de su lengua.

-Arrepentido estoy ya, padre guardián, y pido a vuestra reverencia que me perdone.

-Ya está perdonado. Ahora óigame, hermano, con mucha atención, porque el fomes peccati le saca de sus casillas y es menester que no se deje vencer por él tan fácilmente. Mal lo pasan la comunidad y su prelado viviendo sólo de las limosnas que por ahí se recogen, o valiéndome de la frase malsonante que el hermano lego usa, viviendo sobre el país; pero aun así, esta vida es mejor que la que llevábamos antes de venir a esta santa casa, no tanto porque el pucherillo es algo más sustancioso que antes como porque ahora esperamos algo y entonces no esperábamos nada.