El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)
Chapter 7
Cabesang Tales cogió el relicario y le dió varias vueltas: sus sienes le latían violentamente, sus manos temblaban. ¿Si pidiese él más? aquel relicario les podría salvar; era excelente ocasion aquella, y no se volvería á presentar otra.
Todas las mujeres le guiñaban para que lo vendiese menos la Penchang que temiendo rescatasen á Julî observó devotamiente:
--Yo lo guardaría como reliquia... Los que vieron á María Clara en el convento la hallaron tan flaca, tan flaca que dicen, apenas podía hablar y se cree que morirá como una santa... El P. Salví habla muy bien de ella como que es su confesor. Por eso será que Julî no ha querido desprenderse de él prefiriendo empeñarse.
La observacion surtió efecto.
El recuerdo de su hija detuvo á Cabesang Tales.
--Si me permitís, dijo, iré al pueblo á consultarlo con mi hija: antes de la noche estaré de vuelta.
Quedáronse en ello y Cabesang Tales bajó inmediatamente.
Mas cuando se encontró fuera del barrio, divisó á lo lejos, en un sendero que se internaba en el bosque, al fraile hacendero, y á un hombre que él reconoció por el que le había tomado sus terrenos. Un marido que ve á su mujer entrando con un hombre en una secreta alcoba, no habría sentido más ira, ni más celos que Cabesang Tales viendo á aquellos dos dirigirse á sus campos, á los campos por él trabajados y que creía poder legar á sus hijos. Se le figuró que aquellos dos se reían, se burlaban de su impotencia; le vino á la memoria lo que él había dicho «no los cederé sino al que los regase con su sangre y enterrase en ellos á su mujer y á su hija»...
Paróse, se pasó una mano por la frente y cerró los ojos; cuando los abrió, vió que el hombre se retorcía riendo y el lego se cogía el vientre como para evitar que estalle de alegría y luego vió que señalaban hácia su casa y volvían á reir.
Un ruido vibró en sus orejas, sintió al rededor de las sienes el chasquido de un latigazo, la nube roja reapareció ante sus ojos, volvió á ver los cadáveres de su mujer é hija, y al lado el hombre y el fraile riendo y cogiéndose la cintura.
Olvidóse de todo, dió media vuelta y siguió el sendero por donde marchaban aquellos: era el sendero que conducía á sus terrenos.
Simoun aguardó en vano que volviese aquella noche Cabesang Tales.
Al día siguiente cuando se levantó, observó que la funda de cuero de su revólver estaba vacía: abrióla y dentro encontró una papel que contenía el relicario de oro con las esmeraldas y brillantes y algunas líneas escritas en tagalo que decían:
«Perdonareis, señor, que estando en mi casa os prive de lo que es vuestro, mas, la necesidad me obliga, y en cambio de vuestro revólver os dejo el relicario que tanto deseabais. Necesito armas y parto á reunirme con los tulisanes.
Os recomiendo no sigais vuestro camino, porque si caeis en nuestro poder, como ya no sois mi huesped, os exigiremos un considerable rescate.»
Telesforo Juan de Dios.
--¡Al fin tengo á mi hombre! murmuró respirando Simoun; es algo escrupuloso... pero tanto mejor: ¡sabrá cumplir con sus compromisos!
Y ordenó á su criado que por el lago se fuese á Los Baños se llevase la maleta grande y le esperase allí, porque él por tierra iba á seguir su viaje llevándose la que contenía sus famosas piedras.
La llegada de cuatro Guardias Civiles acabó de ponerle de buen humor. Venían á prender á Cabesang Tales y no encontrándole se llevaban á Tandang Selo.
Tres asesinatos se habían cometido durante la noche. El fraile hacendero y el nuevo inquilino de los terrenos de Cabesang Tales se habían encontrado muertos, rota la cabeza y llena de tierra la boca, en los linderos de los terrenos de aquel; en el pueblo, la mujer del inquilino muerto amaneció tambien asesinada, la boca llena igualmente de tierra y el cuello cortado, con un papel al lado donde se leía el nombre «Tales» escrito en sangre como trazado por un dedo...
¡Tranquilizaos, pacíficos vecinos de Kalamba! ¡Ninguno de vosotros se llama Tales, ninguno de vosotros ha cometido el crímen! ¡Vosotros os llamais Luis Habaña, Matías Belarmino, Nicasio Eigasani, Cayetano de Jesus, Mateo Elejorde, Leandro Lopez, Antonino Lopez, Silvestre Ubaldo, Manuel Hidalgo, Paciano Mercado, os llamais todo el pueblo de Kalamba!... ¡Habeis limpiado vuestros campos, habeis empleado en ellos el trabajo de toda vuestra vida, economías, insomnios, privaciones, y os han despojado de ellos, lanzado de vuestros hogares y han prohibido á los demás os diesen hospitalidad! No se contentaron con violar la justicia, hollaron las sagradas tradiciones de vuestro pais... Vosotros habeis servido á España y al rey, y cuando en nombre de ellos pedisteis justicia, y se os desterró sin proceso, se os arrancó de los brazos de vuestras esposas, de los besos de vuestros hijos... Cualquiera de vosotros ha sufrido más que Cabesang Tales y sin embargo ninguno, ninguno se ha hecho justicia... No hubo piedad ni humanidad para vosotros y se os ha perseguido hasta más allá de la tumba como á Mariano Herbosa... ¡Llorad ó reid en las islas solitarias donde vagais ociosos, inciertos del porvenir! ¡La España, la generosa España vela sobre vosotros y tarde ó temprano obtendreis justicia!
XI
LOS BAÑOS
Su Excelencia el Capitan General y Gobernador de las Islas Filipinas había estado cazando en Bosoboso. Pero como tenía que ir acompañado de una banda de música--porque tan elevado personaje no iba á ser menos que los imágenes de palo que llevan en procesion,--y como la aficion al divino arte de Sta. Cecilia aun no se ha popularizado entre los ciervos y jabalíes de Bosoboso, S. E. con la banda de música y su cortejo de frailes, militares y empleados no pudo pillar ni un solo raton, ni una sola ave.
Las primeras autoridades de la provincia previeron futuras cesantías ó cambios de destino; los pobres gobernadorcillos y cabezas de barangay se inquietaron y no pudieron dormir, temiendo no vaya á antojársele al divino cazador sustituir con sus personas la falta de sumision de los cuadrúpedos del bosque, como ya lo había hecho años antes un alcalde viajando en hombros de polistas porque no había caballos tan mansos para responder de su persona. No faltó un mal intencionado susurro de que S. E. estaba decidido á hacer algo, porque en aquello veía los primeros síntomas de una rebelion que convenía sofocar en su cuna, que una caza sin resultados desprestigia el nombre español, etc., y ya se echaba el ojo á un infeliz para vestirle de venado, cuando S. E. en un acto de clemencia que Ben Zayb no sabía con qué frases encomiar, disipó todas las inquietudes, declarando que le daba pena sacrificar á su placer los animales del bosque.
A decir verdad, S. E. estaba contento y satisfecho inter se, pues ¿qué habría sucedido si hubiese fallado una pieza, un ciervo de esos que no estan al tanto de las conveniencias políticas? ¿á dónde iba á parar el prestigio soberano? ¿Cómo? ¿Todo un Capitan General de Filipinas errando una pieza, como un cazador novel? ¿Qué dirían los indios entre los cuales hay regulares cazadores? Peligraría la integridad de la patria...
Así es como S. E., con una risa de conejo y echándoselas de cazador descontento, ordenó la inmediata vuelta á Los Baños, no sin hablar durante el viaje de sus hazañas cinegéticas en tal ó cual soto de la Península como quien no quiere la cosa, adoptando un tono algo despreciativo, muy conveniente al caso, para las cacerías de Filipinas, ¡psé! Los baños en el Dampalit (Daang pa liit), las estufas á orillas del lago, y los tresillos en el palacio con tal ó cual escursion á la vecina cascada ó á la laguna de los caimanes ofrecían más atractivos y menos riesgos para la integridad de la patria.
Allá por los últimos días de Diciembre encontrábase S. E. en la sala jugando al tresillo, en tanto esperaba la hora del almuerzo. Venía de tomar el baño con el consabido vaso de agua y carne tierna de coco y estaba en la mejor disposicion posible para conceder gracias y favores. Aumentaba su buen humor la circunstancia de dar muchos codillos, pues el P. Irene y el P. Sibyla que con él jugaban, desplegaban cada uno toda su inteligencia para hacerse perder disimuladamente, con gran irritacion del P. Camorra que por haber llegado, tan solo aquella mañana no estaba al tanto de lo que se intrigaba. El fraile-artillero como jugaba de buena fé y ponía atencion, se ponía colorado y se mordía los labios cada vez que el P. Sibyla se distraía ó calculaba mal, pero no se atrevía á decir palabra por el respeto que el dominico le inspiraba; en cambio se desquitaba contra el P. Irene á quien tenía por bajo y zalamero y despreciaba en medio de su rudeza. El P. Sibyla ni le miraba siquiera; le dejaba bufar; el P. Irene, más humilde, procuraba escusarse acariciando la punta de su larga nariz. S. E. se divertía y se aprovechaba, á fuer de buen táctico como se lo insinuaba el canónigo, de las equivocaciones de sus contrarios. Ignoraba el P. Camorra que sobre la mesita se jugaba el desenvolvimiento intelectual de los filipinos, la enseñanza del castellano, y á haberlo sabido, acaso con alegría hubiera tomado parte en el juego.
Al traves del balcon abierto en todo su largo, entraba la brisa, fresca y pura, y se descubría el lago cuyas aguas murmuraban dulcemente al pié del edificio como rindiendo homenaje. A la derecha, á lo lejos, se veía la isla de Talim, de de un puro azul; en medio del lago y en frente casi, una islita verde, la isla de Kalamba, desierta, en forma de medialuna, á la izquierda, la hermosa costa bordada de cañaverales, un montecillo que domina el lago, despues vastas sementeras despues techos rojos por entre el verde oscuro de los árboles, el pueblo de Kalamba, despues la costa se pierde á lo lejos, y en el fondo, el cielo cierra el horizonte descendiendo sobre las aguas dando al lago apariencias de mar y justificando la denominacion que los indios le dan de dagat na tabang.
Hácia un estremo de la sala, sentado y delante de una mesita donde se veían algunos papeles estaba el secretario. Su Excelencia era muy trabajador y no le gustaba perder tiempo así es que despachaba con él mientras servía de alcalde en el tresillo y en los momentos en que se daban las cartas.
En el entretanto el pobre secretario bostezaba y se desesperaba. Aquella mañana trabajaba como todos los días en cambios de destino, suspension de empleos, deportaciones, concesion de gracias, etc. y no se tocaba todavía la gran cuestion que tanta curiosidad despertaba, la peticion de los estudiantes solicitando permiso para la creacion de una Academia de castellano.
Paseándose de un estremo á otro y conversando animadamente aunque en voz baja se veía á don Custodio, á un alto empleado, y á un fraile que llevaba la cabeza baja con aire de pensativo ó disgustado; llamábase el P. Fernandez. De una habitacion contigua salían ruidos de bolas chocando unas con otras, risas, carcajadas, entre ellas la voz de Simoun seca é incisiva: el joyero jugaba al billar con Ben Zayb.
De repente el P. Camorra se levantó.
--¡Que juegue Cristo, puñales! exclamó arrojando las dos cartas que le quedaban, á la cabeza del P. Irene; ¡puñales! ¡la puesta estaba segura cuando no el codillo, y lo perdemos por endose! ¡Puñales, que juegue Cristo!
Y furioso, explicaba á todos los que estaban en la sala el caso dirigiéndose especialmente á los tres paseantes como tomándoles por jueces. Jugaba el General, él hacía la contra, el P. Irene ya tenía su baza; arrastra él con el espadas y ¡puñales! el camote del P. Irene no rinde, no rinde la mala. ¡Que juegue Cristo! El hijo de su madre no se había ido allí á romperse la cabeza inútilmente y á perder su dinero.
--Si creerá el nene, añadía muy colorado, que los gano de bóbilis bóbilis. ¡Tras de que mis indios ya empiezan á regatear!...
Y gruñendo y sin hacer caso de las disculpas del P. Irene que trataba de esplicarse frotándose la trompa para ocultar su fina sonrisa, se fué al cuarto de billar.
--P. Fernandez, ¿quiere usted sentarse? preguntó el P. Sibyla.
--¡Soy muy mal tresillista! contesta el fraile haciendo una mueca.
--Entonces que venga Simoun, dijo el General; ¡eh, Simoun, eh, mister! ¿Quiere usted echar una partida?
--¿Qué se dispone acerca de las armas de salon? preguntó el secretario aprovechando la pausa.
Simoun asomó la cabeza.
--¿Quiere usted ocupar el puesto del P. Camorra, señor Simbad? preguntó el P. Irene; usted pondrá brillantes en lugar de fichas.
--No tengo ningun inconveniente, contestó Simoun acercándose y sacudiendo la tiza que manchaba sus manos; y ustedes, ¿qué ponen?
--¿Qué vamos á poner? contestó el P. Sibyla. El General pondrá lo que guste, pero nosotros, religiosos, sacerdotes...
--¡Bah! interrumpió Simoun con ironía; usted y el P. Irene pagarán con actos de caridad, oraciones, virtudes, ¿eh?
--Sabe usted que las virtudes que uno pueda tener, arguyó gravemente el P. Sibyla, no son como los brillantes que pueden pasar de mano en mano, venderse y revenderse... residen en el ser, son accidentes inherentes en el sujeto...
--Me contento entonces con que ustedes me paguen de boquilla, replicó alegremente Simoun; usted, P. Sibyla, en vez de darme cinco tantos me dirá, por ejemplo: renuncio por cinco días á la pobreza, á la humildad, á la obediencia... usted; P. Irene: renuncio á la castidad, á la largueza, etc. ¡Ya ven que es poca cosa y yo doy mis brillantes!
--¡Qué hombre más singular es este Simoun, qué ocurrencias tiene! dijo el P. Irene riendo.
--Y éste continuo Simoun tocando familiarmente en el hombro á Su Excelencia, éste me pagará cinco tantos, un vale por cinco días de carcel; un solo, cinco meses; un codillo, orden de deportacion en blanco; una bola... digamos una ejecucion espedita por la Guardia Civil mientras se le conduce á mi hombre de un pueblo á otro, etc.
El envite era raro. Los tres paseantes se acercaron.
--Pero, señor Simoun, preguntó el alto empleado, ¿qué saca usted con ganar virtudes de boquilla, y vidas y destierros y ejecuciones espeditas?
--¡Pues mucho! Estoy cansado de oir hablar de virtudes y quisiera tenerlas todas, todas las que hay en el mundo encerradas en un saco para arrojarlas al mar, aun cuando tuviera que servirme de todos mis brillantes como de lastre...
--¡Vaya un capricho! exclamó el P. Irene riendo; ¿y de los destierros y ejecuciones espeditas?
--Pues, para limpiar el pais y destruir toda semilla mala...
--¡Vamos! todavía está usted furioso con los tulisanes y cuidado que bien podían haberle exigido un rescate mayor ó quedarse con todas sus alhajas. ¡Hombre, no sea usted ingrato!
Simoun contaba que había sido atajado por una banda de tulisanes quienes, despues de agasajarle por un día le dejaron seguir el viaje sin exigirle más rescate que sus dos magníficos revólvers Smith y las dos cajas de cartuchos que consigo llevaba. Añadía que los tulisanes le habían encargado muchas memorias para su Excelencia, el Capitan General.
Y por esto y como contase Simoun que los tulisanes estaban muy bien provistos de escopetas, fusiles y revólvers, y que contra semejantes individuos un hombre solo por bien armado que estuviese no se podía defender, S. E. para evitar en lo futuro que los tulisanes adquieran armas, iba á dictar un nuevo decreto concerniente á las pistolas de salon.
--¡Al contrario, al contrario! protestaba Simoun; si para mí los tulisanes son los hombres más honrados del país; son los únicos que ganan su arroz debidamente... Creen ustedes que si hubiera caido en manos... ¡vamos! de usted por ejemplo, ¿me habría dejado escapar sin quitarme la mitad de mis alhajas, cuando menos?
Don Custodio iba á protestar: aquel Simoun era verdaderamente un grosero mulato americano que abusaba de su amistad con el Capitan General para insultar al P. Irene. Verdad es tambien que el P. Irene tampoco le habría soltado por tan poca cosa.
--Si el mal no está, prosiguió Simoun, en que haya tulisanes en los montes y en el despoblado; el mal está en los tulisanes de los pueblos y de las ciudades...
--Como usted, añadió riendo el canónigo.
--Sí, como yo, como nosotros, seamos francos, aquí no nos oye ningun indio, continuó el joyero; el mal está en que todos no seamos tulisanes declarados; cuando tal suceda y vayamos á habitar en los bosques, ese día se ha salvado el país, ese día nace una nueva sociedad que se arreglará ella sola... y S. E. podrá entonces jugar tranquilamente al tresillo sin necesidad de que le distraiga el secretario...
El secretario bostezaba en aquel momento estendiendo ambos brazos por encima de la cabeza y estirando en lo posible las piernas cruzadas por debajo de la mesita.
Al verle todos se rieron. Su Excelencia quiso cortar el giro de la conversacion y soltando las cartas que había estado peinando dijo entre serio y risueño:
--¡Vaya, vaya! basta de bromas y juegos; trabajemos, trabajemos de firme que aun tenemos media hora antes del almuerzo. ¿Hay muchos asuntos que despachar?
Todos prestaron atencion. Aquel día se iba á dar la batalla sobre la cuestion de la enseñanza del castellano por la que estaban allí desde hace días el P. Sibyla y el P. Irene. Se sabía que el primero, como Vice Rector, estaba opuesto al proyecto y que el segundo lo apoyaba y sus gestiones lo estaban á su vez por la señora condesa.
--¿Qué hay, qué hay? preguntaba S. E. impaciente.
--La juehion je lah jamah je jalon, repitió el secretario ahogando un bostezo.
--¡Quedan prohibidas!
--Perdone, mi General, dijo el alto empleado gravemente: V. E. me permitirá que le haga observar que el uso de las armas de salon está permitido en todos los paises del mundo...
El General se encogió de hombros.
--Nosotros no imitamos á ninguna nacion del mundo, observó secamente.
Entre S. E. y el alto empleado había siempre divergencia de opinion y basta que el último haga una observacion cualquiera para que el primero se mantenga en sus trece.
El alto empleado tanteó otro camino.
--Las armas de salon solo pueden dañar á los ratones y gallinas, dijo; van á decir que...
--¿Que somos gallinas? continuó el General encogiéndose de hombros; y á mí, ¿qué? Pruebas he dado yo de no serlo.
--Pero hay una cosa, observó el secretario; hace cuatro meses, cuando se prohibió el uso de las armas, se les ha asegurado á los importadores estrangeros que las de salon serían permitidas.
Su Excelencia frunció las cejas.
--Pero la cosa tiene arreglo, dijo Simoun.
--¿Cómo?
--Sencillamente. Las armas de salon tienen casi todas seis milimetros de calibre, al menos las que existen en el mercado. ¡Se autoriza la venta solo para todos los que no tengan esos seis milimetros!
Todos celebraron la ocurrencia de Simoun, menos el alto empleado que murmuró al oido del P. Fernandez que aquello no era serio ni se llama gobernar.
--El maestro de Tianì, continuó el secretario hojeando unos papeles, solicita se le dé mejor local para...
--¿Qué más local si tiene un camarin para él solo? interrumpió el P. Camorra que había acudido olvidándose ya del tresillo.
--Dice que está destechado, repuso el secretario, y que habiendo comprado de su bolsillo mapas y cuadros, no puede esponerlos á la intemperie...
--Pero yo nada tengo que ver con eso, murmuró S. E.; que se dirija al Director de Administracion, al Gobernador de la provincia ó al Nuncio...
--Lo que le diré á usted, dijo el P. Camorra, es que ese maestrillo es un filibusterillo descontento: ¡figúrense ustedes que el hereje propala que lo mismo se pudren los que se entierran con pompa que los que sin ella! ¡Algun día le voy á dar de cachetes!
Y el P. Camorra cerraba sus puños.
--Y á decir verdad, observó el P. Sibyla como dirigiéndose nada más que al P. Irene; el que quiere enseñar, enseña en todas partes, al aire libre: Sócrates enseñaba en las plazas públicas, Platon en los jardines de Academo, y Cristo en las montañas y lagos.
--Tengo varias quejas contra ese maestrillo, dijo S. E. cambiando una mirada con Simoun; creo que lo mejor será suspenderle.
--¡Suspendido! repitió el secretario.
Diole pena al alto empleado la suerte de aquel infeliz que pedía ausilio y se encontró con la cesantía y quiso hacer algo por él.
--Lo cierto es, insinuó con cierta timidez, que la enseñanza no está del todo bien atendida...
--He decretado ya numerosas sumas para la compra de materiales, dijo con altivez su Excelencia como si quisiese significar: ¡He hecho más de lo que debía!
--Pero como faltan locales á propósito, los materiales que que se compren se echarán á perder...
--No todo se puede hacer de una vez, interrumpió secamente S. E.; los maestros de aquí hacen mal en pedir edificios cuando los de la Península se mueren de hambre. ¡Mucha presuncion es querer estar mejor que en la misma Madre Patria!
--Filibusterismo...
--¡Ante todo la Patria! ¡ante todo somos españoles! añadió Ben Zayb con los ojos brillantes de patriotismo y poniéndose algo colorado cuando vió que se quedó solo.
--En adelante, terminó el General, todos los que se quejen serán suspendidos.
--Si mi proyecto fuese aceptado, se aventuró á decir don Custodio como hablando consigo mismo.
--¿Relativo á los edificios de las escuelas?
--Es sencillo, práctico y económico como todos mis proyectos, nacidos de una larga esperiencia y del conocimiento del pais. Los pueblos tendrían escuelas sin que le costasen un cuarto al gobierno.
--Enterado, repuso con sorna el secretario; obligando á los pueblos á que los construyan á su costa.
Todos se echaron á reir.
--No señor, no señor, gritó don Custodio picado y poniéndose colorado: los edificios están levantados y solo esperan que se los utilice. Higiénicos, inmejorables, espaciosos...
Los frailes se miraron con cierta inquietud. ¿Propondría don Custodio que se convirtiesen en escuelas las iglesias y los conventos ó casas parroquiales?
--¡Veámoslo! dijo el General frunciendo el ceño.
--Pues, mi General, es muy sencillo, repuso don Custodio estirándose y sacando la voz hueca de ceremonia; las escuelas solo estan abiertas en los días de trabajo, y las galleras en los de fiesta... Pues conviértanse en escuelas las galleras, al menos durante la semana.
--¡Hombre, hombre, hombre!
--¡Ya pareció aquello!
--Pero ¡qué cosas tiene usted, don Custodio!
--¡Vaya un proyecto que tiene gracia!
--¡Este les pone á todos la pata!
--Pero, señores, gritaba don Custodio al oir tantas exclamaciones; seamos prácticos, ¿qué local hay más á propósito que las galleras? Son grandes, estan bien construidas, y maldito para lo que sirven durante la semana. Hasta desde un punto de vista moral, mi proyecto es muy aceptable: serviría como una especie de purificacion y expiacion semanal del templo del juego, digámoslo así.
--Pero es que á veces hay juego de gallos durante la semana, observó el P. Camorra, y no es justo que pagando los contratistas de las galleras al gobierno...
--¡Vaya! ¡por esos días se cierra la escuela!
--¡Hombre, hombre! dijo el Cpn. General escandalizado; ¡tal horror no sucederá mientras yo gobierne! ¡Que se cierren las escuelas porque se juega! ¡Hombre, hombre, hombre! ¡primero presento la dimision!
Y S. E. estaba verdaderamente escandalizado.
--Pero, mi General, vale más que se cierren por algunos días que no por meses.
--¡Eso sería inmoral! añadió el P. Irene más indignado todavía que su Excelencia.
--Más inmoral es que los vicios tengan buenos edificios y las letras ninguno... Seamos prácticos, señores, y no nos dejemos llevar de sentimentalismos. En política no hay cosa peor como el sentimentalismo. Mientras por respetos humanos prohibimos el cultivo del opio en nuestras colonias, toleramos que en ellas se fume, resulta que no combatimos el vicio pero nos empobrecemos...
--Pero observe usted que eso le produce al gobierno sin trabajo ninguno, más de cuatrocientos cincuenta mil pesos, repuso el P. Irene que se hacía más y más gubernamental...
--¡Basta, basta, señores! dijo S. E. cortando la discusion: yo tengo mis proyectos sobre el particular y dedico mi particular atencion al ramo de instruccion pública. ¿Hay algo más?