El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)

Chapter 6

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Y como sus dedos tropezasen con el relicario, lo llevó á sus labios, lo besó, pero se los frotó inmediatamente temiendo el contagio; aquel relicario de brillantes y esmeraldas había venido de un lazarino... ¡Ah! entonces sí, si ella contraía semejante enfermedad, no se casaría.

Como empezaba á clarear y viera á su abuelo sentado en un rincon, siguiendo con los ojos todos sus movimientos cogió su tampipi de ropas, se acercó sonriendo á besarle la mano. El viejo la bendijo sin decir una palabra. Ella quiso bromear.

--Cuando el padre vuelva le direis que al fin me he ido al colegio: mi ama habla español. Es el colegio más barato que se puede encontrar.

Y viendo que los ojos del viejo se llenaban de lágrimas, puso sobre su cabeza el tampipi y bajó apresuradamente las escaleras. Sus chinelas resonaban alegremente sobre las gradas de madera.

Pero cuando volvió el rostro para mirar una vez más hácia su casa, la casa donde se habían evaporado sus últimos ensueños de niña y se dibujaron sus primeras ilusiones de joven; cuando la vió triste, solitaria, abandonada, con las ventanas á medio cerrar, vacías y oscuras como los ojos de un muerto; cuando oyó el debil ruido de los cañaverales y los vió balancearse al impulso del fresco viento de la mañana como diciéndole «adios», entonces su vivacidad se disipó, detúvose, sus ojos se llenaron de lágrimas y dejándose caer sentada sobre un tronco que había caido junto al camino, lloró desconsoladamente.

Hacía horas que Julî se había ido y el sol estaba ya bastante alto. Tandang Selo desde la ventana miraba á la gente que en traje de fiesta se dirigía al pueblo para oir la misa mayor. Casi todos llevaban de la mano, ó cargaban en brazos un niño, una niña, ataviados como para una fiesta.

El día de la Pascua en Filipinas es, segun las personas mayores, de fiesta para los niños; los niños acaso no sean de la misma opinion y se puede presumir que le tienen un miedo instintivo. Con efecto: se les despierta temprano, se les lava, se les viste y pone encima todo lo nuevo, caro y precioso que tienen, botines de seda, enormes sombreros, trajes de lana, de seda ó de terciopelo sin dejar cuatro ó cinco escapularios pequeños que llevan el evangelio de S. Juan, y así cargados los llevan á la misa mayor que dura casi una hora, se les obliga á sufrir el calor y el vaho de tanta gente apiñada y sudorosa, y si no les hacen rezar el rosario tienen que estar quietos, aburrirse ó dormir. A cada movimiento ó travesura que pueda ensuciar el traje, un pellizco, una reprimenda; así es que ni rien ni estan alegres y se lee en los redondos ojos la nostalgia por la vieja camisola de todos los días y la protesta contra tanto bordado. Despues se les lleva de casa en casa á visitar á los parientes para el besamanos; allí tienen que bailar, cantar y decir todas las gracias que sepan, tengan ó no humor, esten ó no incómodos en sus atavíos, con los pellizcos y las reprensiones de siempre cuando hacen alguna de las suyas. Los parientes les dan cuartos que recogen los padres y de los que regularmente no vuelven á tener noticia. Lo único positivo que suelen sacar de la fiesta son las señales de los pellizcos ya dichos, las incomodidades y á lo mejor una indigestion por un atracon de dulces ó bizcochos en casa de los buenos parientes. Pero tal es la costumbre y los niños filipinos entran en el mundo por estas pruebas que despues de todo resultan ser las menos tristes, las menos duras en la vida de aquellos individuos...

Las personas de edad que viven independientes participan algo en esta fiesta. Visitan á sus padres y tíos, doblan una rodilla y desean las buenas pascuas: su aguinaldo consiste en un dulce, una fruta, un vaso de agua ó un regalito cualquiera insignificante.

Tandang Selo veía pasar á todos sus amigos y pensaba tristemente en que aquel año no tenía aguinaldo para nadie y que su nieta se había ido sin el suyo, sin desearle las felices pascuas. ¿Era delicadeza en Julî ó puramente un olvido?

Cuando Tandang Selo quiso saludar á los parientes que venían á visitarle trayéndole sus niños, con no poca sorpresa suya encontró que no podía articular una palabra: en vano se esforzó, ningun sonido pudo modular. Llevábase las manos á la garganta, sacudía la cabeza, ¡imposible! trató de reir y sus labios se agitaron convulsivamente: un ruido opaco como el soplo de un fuelle era lo más que pudo producir. Miráronse las mujeres espantadas.

--¡Está mudo, está mudo! gritaron llenas de consternacion, armando inmediatamente un regular alboroto.

IX

PILATOS

La noticia de aquella desgracia se supo en el pueblo; unos lo lamentaron y otros se encogieron de hombros. Ninguno tenía la culpa y nadie lo cargaba sobre su conciencia.

El teniente de la Guardia Civil ni se inmutó siquiera; tenía orden de recoger todas las armas y había cumplido con su deber; perseguía á los tulisanes siempre que podía, y cuando secuestraron á Cabesang Tales, él organizo inmediatamente una batida y trajo al pueblo maniatados codo con codo á cinco ó seis campesinos que le parecieron sospechosos, y si no apareció Cabesang Tales era porque no estaba en los bolsillos ni debajo de la piel de los presos que fueron activamente sacudidos.

El lego hacendero se encogió de hombros. Él nada tenía que ver: ¡cuestion de tulisanes! y él solo cumplía con su obligacion. Cierto que si no se hubiese quejado, acaso no hubieran recogido las armas y el pobre Cabesang no habría sido secuestrado, pero él, Fr. Clemente, tenía que mirar por su seguridad y aquel Tales tenía una manera de mirar que parecía escoger un buen blanco en alguna parte de su cuerpo. La defensa es natural. Si hay tulisanes, la culpa no es de él; su deber no es perseguirlos, eso le toca á la Guardia Civil. Si Cabesang Tales en vez de vagar por sus terrenos se hubiese quedado en casa, no habría caido prisionero. En fin, aquello era un castigo del cielo contra los que se resisten á las exigencias de su corporacion.

Hermana Penchang, la vieja devota en cuya casa servía Julî, lo supo, soltó dos ó tres ¡susmariosep! se santiguó y añadió:

--Muchas veces nos envía Dios esas cosas porque somos pecadores ó porque tenemos parientes pecadores á quienes debiéramos haber enseñado la piedad y no lo hemos hecho.

Estos parientes pecadores querían decir Juliana; para la devota, Julî era una gran pecadora.

--¡Figuraos una joven ya casadera que no sabe todavía rezar! ¡Jesus, que escándalo! Pues no dice la indigna el Dios te salve María sin pararse en es contigo, y el santa María sin hacer pausa en pecadores, ¿como toda buena cristiana que teme á Dios debe hacer? ¡Susmariosep! ¡No sabe el oremus gratiam y dice mentíbus por méntibus! Cualquiera al oirla creería que está hablando de suman de ibus. ¡Susmariosep!

Y se hacía una cruz escandalizada y daba gracias á Dios que había permitido fuese secuestrado el padre para que la hija salga del pecado y aprenda las virtudes que segun los curas deben adornar á toda mujer cristiana. Y por esto la retenía en su servicio, no la dejaba volver al barrio para cuidar de su abuelo. Julî tenía que aprender á rezar, leer los libritos que distribuyen los frailes y trabajar hasta que pague los doscientos cincuenta pesos.

Cuando supo que Basilio se había ido á Manila para sacar sus economías y rescatar á Julî de la casa en donde servía, creyó la buena mujer que la joven se perdía para siempre y que el diablo se le iba á presentar bajo la forma del estudiante. ¡Fastidioso y todo, cuánta razon tenía aquel librito que le había dado el cura! Los jóvenes que van á Manila para aprender, se pierden y pierden á los demás. Y creyendo salvar á Julî la hacía leer y releer el librito de Tandang Basio Macunat recomendándola fuese siempre á verse con el cura en el convento, como hacía la heroina que tanto ensalzaba el fraile, su autor.

Entretanto los frailes estaban de enhorabuena: habían ganado definitivamente el pleito y aprovecharon el cautiverio de Cabesang Tales para entregar sus terrenos al que los había solicitado, sin el más pequeño pundonor, sin la menor pizca de vergüenza. Cuando volvió el antiguo dueño y se enteró de lo que había pasado, cuando vió en poder de otro sus terrenos, aquellos terrenos que le habían costado las vidas de su mujer é hija; cuando halló á su padre mudo, á su hija sirviendo como criada con más una orden del tribunal, trasmitida por el teniente del barrio, para desalojar la casa y abandonarla dentro de tres días, Cabesang Tales no dijo una sola palabra, sentóse al lado de su padre y apenas habló en todo el día.

X

RIQUEZA Y MISERIA

Al día siguiente, con gran sorpresa del barrio, pedía hospitalidad en casa de Cabesang Tales el joyero Simoun, seguido de dos criados que cargaban sendas maletas con fundas de lona. En medio de su miseria, aquel no se olvidaba de las buenas costumbres filipinas y estaba muy confuso al pensar que no tenía nada para agasajar al estrangero. Pero Simoun traía todo consigo, criados y provisiones, y solo deseaba pasar el día y la noche en aquella casa por ser la más cómoda del barrio y por encontrarse entre San Diego y Tianì, pueblos de donde esperaba muchos compradores.

Simoun se enteraba del estado de los caminos y preguntaba á Cabesang Tales si con su revólver tendría bastante para defenderse de los tulisanes.

--¡Tienen fusiles que alcanzan mucho! observó Cabesang Tales algo distraido.

--Este revólver no alcanza menos, contestó Simoun disparando un tiro contra una palmera de bonga que se encontraba á unos doscientos pasos.

Cabesang Tales vió caer algunas nueces, pero no dijo nada y continuó pensativo.

Poco á poco fueron llegando varias familias atraidas por la fama de las alhajas del joyero: se saludaban deseándose las buenas pascuas, hablaban de misas, santos, malas cosechas, pero con todo iban á gastar sus economías en piedras y baratijas que vienen de Europa. Se sabía que el joyero era amigo del Cpn. General y no estaba de más estar en buenas relaciones con él por lo que pueda suceder.

Cpn. Basilio vino con su señora, su hija Sinang y su yerno, dispuestos á gastar lo menos tres mil pesos.

Hermana Penchang estaba allí para comprar un anillo de brillantes que tenía prometido á la Virgen de Antipolo: á Julî la había dejado en casa aprendiendo de memoria un librito que le había vendido el cura por dos cuartos, con cuarenta días de indulgencia concedidos por el arzobispo para todo el que lo leyere ú oyere leer.

--¡Jesus! decía la buena devota á Capitana Tikâ; ¡esa pobre muchacha creció aquí como un hongo sembrado por el tikbálang!... La he hecho leer el librito en voz alta lo menos cincuenta veces y nada se le queda en la memoria: tiene la cabeza como un cesto, lleno mientras está en el agua. ¡Todos, de oirla, hasta los perros y los gatos, habremos ganado cuando menos veinte años de indulgencias!

Simoun dispuso sobre la mesa las dos maletas que traía: la una era algo más grande que la otra.

--Ustedes no querrán alhajas de doublé ni piedras de imitacion... La señora, dijo dirigiéndose á Sinang, querrá brillantes...

--Eso, sí señor, brillantes y brillantes antiguos, piedras antiguas, ¿sabe usted? contestó; paga papá y á él le gustan las cosas antiguas, las piedras antiguas.

Sinang se guaseaba tanto del mucho latin que sabía su padre como del poco y malo que conocía su marido.

--Precisamente tengo alhajas muy antiguas, contestó Simoun, quitando la funda de lona de la maleta más pequeña.

Era un cofre de acero pulimentado con muchos adornos de bronce y cerraduras sólidas y complicadas.

Tengo collares de Cleopatra, legítimos y verdaderos, hallados en las pirámides, anillos de senadores y caballeros romanos encontrados en las ruinas de Cartago...

--¡Probablemente les que Anibal envió despues de la batalla de Cannes! añadió Cpn. Basilio muy seriamente y estremeciéndose de júbilo.

El buen señor, aunque había leido mucho sobre los antiguos, por falta de museos en Filipinas jamás había visto nada de aquellos tiempos.

--Traigo además, costosísimos pendientes de damas romanas encontrados en la quinta de Annio Mucio Papilino en Pompeya...

Cpn. Basilio sacudía la cabeza dando á entender que estaba al corriente y que tenía prisa por ver tantas preciosas reliquias. Las mujeres decían que tambien querían tener de Roma, como rosarios benditos por el Papa, reliquias que perdonan los pecados sin necesidad de confesion, etc.

Abierta la maleta y levantado el algodon en rama que la protegía, descubrióse un compartimento lleno de sortijas, relicarios, guardapelos, cruces, alfileres, etc. Los brillantes, combinados con piedras de diferentes colores, lanzaban chispas y se agitaban entre flores de oro de matices varios, con vetas de esmalte, con caprichosos dibujos y raros arabescos.

Simoun levantó la bandeja y descubrió otra llena de fantásticas alhajas que hubieran podido hartar la imaginacion de siete jóvenes en siete vísperas de bailes dados en su honor. Formas á cual más caprichosas, combinaciones de piedras y y perlas imitando insectos de azulado lomo y élitros transparentes; el zafiro, la esmeralda, el rubí, la turquesa, el brillante, se asociaban para crear libélulas, mariposas, avispas, abejas, escarabajos, serpientes, lagartos, peces, flores, racimos, etc.: había peinetas en forma de diademas, gargantillas, collares de perlas y brillantes tan hermosos que varias dalagas no pudieron contener un ¡nakú! de admiracion y Sinang castañeteó con la lengua, por lo que su madre, Cpna. Tikâ, la pellizcó temiendo que por ello encareciese más sus alhajas el joyero. Cpna. Tikâ seguía pellizcando á su hija aun despues que se hubo casado.

--Ahí tiene usted brillantes antiguos, repuso el joyero; ese anillo perteneció á la princesa de Lamballe, y esos pendientes á una dama de María Antonieta.

Eran unos hermosos solitarios de brillantes, grandes como granos de maiz, de brillo algo azulado, llenos de una severa elegancia como si conservasen aun el estremecimiento de los días del Terror.

--¡Esos dos pendientes! dijo Sinang mirando hácia su padre y protegiendo instintivamente con la mano el brazo que tenía cerca de la madre.

--Otras más antiguas todavía, las romanas, contestaba Cpn. Basilio guiñando.

La devota Hermana Penchang pensó que con aquel regalo la Virgen de Antipolo se ablandaría y le concedería su deseo más vehemente: hácia tiempo que le pedía un milagro ruidoso en que vaya mezclado su nombre para inmortalizarse en la tierra yendo al cielo despues, como la Cpna. Inés de los curas, y preguntó por el precio. Pero Simoun pedía tres mil pesos. La buena mujer se santiguó. ¡Susmariosep!

Simoun descubrió el tercer compartimento.

Este estaba lleno de relojes, petacas, fosforeras y relicarios guarnecidos de brillantes y de finísimos esmaltes con miniaturas elegantísimas.

El cuarto contenía las piedras sueltas y al descubrirlo un murmullo de admiracion resonó en la sala, Sinang volvió á castañetear con la lengua, su madre la volvió á pellizcar no sin soltar ella misma un ¡Sus María! de admiracion.

Nadie había visto hasta entonces tanta riqueza. En aquel cajon forrado de terciopelo azul oscuro, dividido en secciones, veíanse realizados los sueños de las Mil y una noches, los sueños de las fantasías orientales. Brillantes, grandes hasta como garbanzos centelleaban arrojando chispas de movilidad fascinadora como si fuesen á liquidarse ó á arder consumidos en las reverberaciones del espectro; esmeraldas del Perú, de diferentes formas y tallado, rubíes de la India, rojos como gotas de sangre, zafiros de Ceylan, azules y blancos, turquesas de Persia, perlas de nacarado oriente, de las cuales algunas, rosadas, plomizas y negras. Los que han visto durante la noche un gran cohete deshacerse sobre el fondo azul oscuro del cielo en millares de lucecitas de todos colores, tan brillantes que hacen palidecer á las eternas estrellas, pueden imaginarse el aspecto que presentaba el compartimento.

Simoun, como para aumentar la admiracion de los presentes, removía las piedras con sus morenos y afilados dedos gozándose en su canto cristalino, en su resbalar luminoso como de gotas de agua que colora el arcoiris. Los reflejos de tantas facetas, la idea de sus elevadísimos precios fascinaban las miradas. Cabesang Tales que se había acercado curioso, cerró los ojos y se alejó inmediatamente como para ahuyentar un mal pensamiento. Tanta riqueza insultaba su desgracia; aquel nombre venía allí á hacer gala de su inmensa fortuna precisamente en la víspera del día en que él, por falta de dinero, por falta de padrinos tenía que abandonar la casa que había levantado con sus manos.

--Aquí tienen ustedes dos brillantes negros, de los más grandes que existen, repuso el joyero: son muy difíciles de tallar por ser los más duros... Esta piedra algo rosada es tambien brillante, lo mismo que esta verde que muchos toman por esmeralda. El chino Quiroga me ha ofrecido por él seis mil pesos para regalárselo á una poderosísima señora... Y no son los verdes los más caros sino estos azules.

Y separó tres piedras no muy grandes, pero gruesas y muy bien talladas, con una ligera coloracion azul.

--Con ser más pequeños que el verde, continuó, cuestan el doble. Miren ustedes este que es el más pequeño de todos--no pesa más de dos quilates,--me ha costado veinte mil pesos y ya no lo doy en menos de treinta. He tenido que hacer un viaje expresamente para comprarlo. Este otro, encontrado en las minas de Golconda, pesa tres quilates y medio y vale más de setenta mil. El Virrey de la India por una carta que recibí antes de ayer me ofrece doce mil libras esterlinas.

Ante tanta riqueza, reunida en poder de aquel hombre que se espresaba con tanta naturalidad, los circunstantes sentían cierto respeto mezclado de terror. Sinang varias veces castañeteó y su madre no la pellizcó, quizás porque estuviese abismada ó porque juzgase que un joyero como Simoun no iba á tratar de ganar cinco pesos más ó menos por una exclamacion más ó menos indiscreta. Todos miraban las piedras, ninguno manifestaba el menor deseo de tocarlas, tenían miedo. La curiosidad estaba embotada por la sorpresa. Cabesang Tales miraba hácia el campo, y pensaba que con un solo brillante, quizás con el más pequeño, podía recobrar á su hija, conservar la casa y quizás labrarse otro campo... ¡Dios! que una de aquellas piedras valiese más que el hogar de un hombre, la seguridad de una joven, ¡la paz de un anciano en sus viejos días!

Y como si adivinase su pensamiento, Simoun decía dirigiéndose á las familias que le rodeaban.

--Y vean, vean ustedes; con una de estas piedrecitas azules que parecen tan inocentes é inofensivas, puras como arenillas desprendidas de la bóveda del cielo, con una como ésta, regalada oportunamente, un hombre ha podido desterrar á su enemigo, á un padre de familias, como perturbador del pueblo... y con otra piedrecita igual á ésta, roja como la sangre del corazon, como el sentimiento de la venganza y brillante como las lágrimas de los huérfanos, se le ha dado la libertad, el hombre ha sido vuelto al hogar, el padre á sus hijos, el esposo á la esposa y se ha salvado quizás á toda una familia de un desgraciado porvenir.

Y dando golpecitos á la caja,

--Aquí tengo yo, como en las cajas de los médicos, añadía en voz alta en mal tagalo, la vida y la muerte, el veneno y la medicina, y con este puñado puedo sumir en lágrimas ¡á todos los habitantes de Filipinas!

Todos le miraban con terror y comprendían que tenía razon. En la voz de Simoun se notaba cierto timbre estraño y siniestros rayos parecían pasar al través de sus anteojos azules.

Como para hacer cesar la impresion que aquellas piedras hacían sobre tan sencillas gentes, Simoun levantó la bandeja y descubrió el fondo donde encerraba los sancta sanctorum. Estuches de piel de Rusia, separados entre sí por capas de algodon, llenaban el fondo forrado de terciopelo gris. Todos esperaban maravillas. El marido de Sinang confiaba ver carbunclos, piedras arrojando fuego y brillando en medio de las tinieblas. Cpn. Basilio estaba ante las puertas de la immortalidad; iba á ver algo positivo, algo real, la forma de lo que tanto había soñado.

--Este es el collar de Cleopatra, dijo Simoun sacando con mucho cuidado una caja plana en forma de media luna; es una joya que no se puede tasar, un objeto de museo, solo para los gobiernos ricos.

Era una especie de collar formado por diferentes dijes de oro representando idolillos entre escarabajos verdes y azules, y en medio una cabeza de buitre, hecha de una piedra de un jaspe raro, entre dos alas estendidas, símbolo y adorno de las reinas egipcias.

Sinang al verlo arrugó la nariz é hizo una mueca de infantil desprecio, y Cpn. Basilio con todo su amor á la antigüedad no pudo contener un ¡abá! de desencanto.

--Es una magnífica joya muy bien conservada y cuenta casi dos mil años.

--¡Psh! se apresuró á decir Sinang para que su padre no cayese en la tentacion.

--¡Tonta! díjole éste que había podido vencer su primer desencanto; ¿qué sabes tú si se debe á ese collar la faz actual de toda la sociedad? Con ése habrá cautivado Cleopatra á Cesar, á Marco Antonio... ése ha oido las ardientes declaraciones de amor de los dos más grandes guerreros de su tiempo, ¡ése oyó frases en el más puro y elegante latin y ya quisieras tu habértelo puesto!

--¿Yo? ¡no doy tres pesos!

--Veinte se pueden dar, ¡gonga! dijo Cpna. Tikâ en tono de conocedor; el oro es bueno y fundido servirá para otras alhajas.

--Este es un anillo que debió pertenecer á Sila, continuó Simoun.

Era un anillo ancho, de oro macizo, con un sello.

--Con él había firmado las sentencias de muerte durante su dictadura, dijo Cpn. Basilio pálido de emocion.

Y trató de examinarlo y decifrar el sello, pero por más que hizo y le dió vueltas, como no entendía de paleografía, nada pudo leer.

--¡Qué dedo tenía Sila! observó al fin; caben dos de los nuestros; como digo, decaemos.

--Tengo aun otras muchas alhajas...

--Si son todas por el estilo, ¡gracias! contestó Sinang; prefiero las modernas.

Cada uno escogió una alhaja, quien un anillo, quien un reloj, quien un guardapelo. Capitana Tikâ compró un relicario que contenía un pedazo de la piedra sobre la cual se apoyó N. S. en su tercera caida; Sinang, un par de pendientes y Cpn. Basilio, la cadena de reloj para el alférez, los pendientes de señora para el cura con más otras cosas de regalo; las otras familias del pueblo de Tianì por no quedarse menos que las S. Diego vaciaron igualmente sus bolsillos.

Simoun compraba tambien alhajas viejas, hacía cambios, y las económicas madres habían traido las que no les servían.

--Y ¿usted, no tiene nada que vender? preguntó Simoun á Cabesang Tales, viéndole mirar con ojos codiciosos todas las ventas y cambios que se hacían.

Cabesang Tales dijo que las alhajas de su hija habían sido vendidas y las que quedaban no valían nada.

--¿Y el relicario de María Clara? preguntó Sinang.

--¡Es verdad! exclamó el hombre, y un momento sus ojos brillaron.

--Es un relicario con brillantes y esmeraldas, dijo Sinang al joyero; mi amiga lo usaba antes de entrar de monja.

Simoun no contestó: seguía ansioso con la vista á Cabesang Tales.

Despues de abrir varios cajones dió con la alhaja. Contemplólo Simoun detenidamente, lo abrió y lo cerró repetidas veces: era el mismo relicario que María Clara llevaba en la fiesta de San Diego y que en un movimiento de compasion había dado á un lazarino.

--Me gusta la forma, dijo Simoun, ¿cuánto quiere usted por ella?

Cabesang Tales se rascó la cabeza perplejo, despues la oreja y miró á las mujeres.

--Tengo un capricho por ese relicario, repitió Simoun; quiere usted ciento... ¿quinientos pesos? ¿Quiere usted cambiarlo con otro? ¡Escoja usted lo que quiera!

Cabesang Tales estaba silencioso, y miraba embobado á Simoun como si dudase de lo que oía.

--¿Quinientos pesos? murmuró.

--Quinientos, repetió el joyero con voz alterada.