El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)
Chapter 21
Aquella noche los guardias de las puertas de la ciudad fueron sustituidos por artilleros peninsulares y al día siguiente, á los primeros rayos del sol, Ben Zayb que se aventuró á dar un paseo matinal para ver el estado de las murallas, encontró en el glacis, cerca de la Luneta, el cadáver de una jovencita india, medio desnuda y abandonada. Ben Zayb se horrorizó y despues de tocarla con su baston, y mirar hácia la direccion de las puertas, continuó su camino, pensando componer sobre el hecho un cuentecito sentimental. Ninguna alusion, sin embargo, apareció en los periódicos de los días sucesivos, los cuales se ocuparon de caidas y resbalones, ocasionados por cáscaras de plátanos, y, como falto de noticias, el mismo Ben Zayb tuvo que comentar largamente cierto ciclon que en América destruyó pueblos y causó la muerte á más de dos mil personas. Entre otras lindezas decía:
«El sentimiento de la caridad MAS LATENTE EN LOS PUEBLOS CATÓLICOS QUE EN OTRO ALGUNO y el recuerdo de Aquel que á impulsos de la misma se sacrificó por la humanidad, nos mueve (sic) á compasion por las desgracias de nuestros semejantes ¡y á hacer votos por que en este país, tan castigado por los ciclones, no se produzcan escenas tan desoladoras como las que han debido presenciar los habitantes de los Estados Unidos!»
Horatius no perdonó la ocasion y, sin hablar tampoco ni de los muertos, ni de la pobre india asesinada, ni de los atropellos, le contestó en su Pirotecnia:
«Despues de tanta caridad y tanta humanidad, Fray Ibañez, digo Ben Zayb, se reduce á pedir para Filipinas.
Pero se comprende.
Porque no es católico y el sentimiento de la caridad es más latente, etc., etc., etc.
XXIX
ULTIMAS PALABRAS SOBRE CAPITAN TIAGO
Talis vita finis ita.
Capitan Tiago tuvo buen fin, esto es, un entierro como pocos. Es cierto que el cura de la parroquia había hecho observar al P. Irene que Cpn. Tiago se había muerto sin confesion, pero el buen sacerdote, sonriendo burlonamente, se frotó la punta de su nariz y respondió:
--Vamos ¡á mí con esas! si hubiéramos de negar las exequias á todos los que se mueren sin confesion, nos olvidaríamos del De profundis. Esos rigores, como usted sabe bien, se conservan cuando el impenitente es tambien insolvente, pero ¡con Cpn. Tiago!... ¡Vaya! ¡si chinos infieles ha enterrado usted y con misa de requiem!
Cpn. Tiago había nombrado albacea y ejecutor testamentario al P. Irene, y legaba sus bienes parte á Sta. Clara, parte al Papa, al Arzobispo, á las Corporaciones religiosas, dejando veinte pesos para las matrículas de los estudiantes pobres. Esta última cláusula se dictó á propuesta del P. Irene, á fuer de protector de la juventud estudiosa. Cpn. Tiago había anulado un legado de veinticinco pesos que dejaba á Basilio, en vista de la ingrata conducta observada por el joven en los últimos días, pero el P. Irene lo restablecía y anunciaba que lo tomaba sobre su bolsillo y su conciencia.
En la casa del muerto, á donde habían acudido al día siguiente antiguos conocidos y amigos, se comentaba mucho un milagro. Decíase que en el momento mismo en que agonizaba, el alma de Capitan Tiago se había aparecido á las monjas, rodeada de brillante luz. Dios la salvaba, gracias á las numerosas misas que había mandado decir y á los piadosos legados. El rumor se comentaba, se dibujaba, adquiría detalles y ninguno lo ponía en duda. Se describía el traje de Cpn. Tiago, por supuesto, el frac, la mejilla levantada por el sapá del buyo, sin olvidar la pipa para fumar opio ni el gallo sasabugin. El sacristan mayor que se encontraba en el grupo, afirmaba gravemente con la cabeza, y pensaba que, muerto él, se aparecería con su tasa de tajú blanco porque, sin aquel desayuno refrescante, no se comprendía la felicidad ni en el cielo ni en la tierra. Sobre este tema y por no poder hablar de los acontecimientos del día anterior y por haber allí tahures, se emitían pareceres muy peregrinos, se hacían conjecturas sobre si Capitan Tiago invitaría ó no á San Pedro para una soltada, si se cruzarían apuestas, si los gallos serían inmortales, si invulnerables, y en este caso, quién sería el sentenciador, quién ganaría, etc., discusiones muy al gusto de los que fundan ciencias, teorías, sistemas basados en un testo que reputan infalible, revelado ó dogmático. Se citaban, además, pasages de novenas, libros de milagros, dichos de curas, descripciones del cielo y otras zarandajas. Don Primitivo, el filósofo, estaba en sus glorias citando opiniones de teólogos.
--Porque ninguno puede perder, decía con mucha autoridad; perder ocasiona disgusto y en el cielo no puede haber disgustos.
--Pero alguno tiene que ganar, replicaba el tahur Aristorenas; ¡en ganar está la gracia!
--¡Pues ganan ambos, sencillamente!
Eso de ganar ambos no lo podía admitir Martin Aristorenas, él que ha pasado su vida en la gallera y siempre ha visto que un gallo perdía y otro ganaba; á lo más puede haber tablas. En vano habló don Primitivo en latin, Martin Aristorenas sacudía la cabeza, y eso que el latin de don Primitivo era facil de entenderse; hablaba de an gallus talisainus, acuto tari armatus, an gallus beati Petri bulikus sasabungus sit, etc., hasta que se deciió á emplear el argumento de que se valen muchos para hacer callar y convencer:
--¡Te vas á condenar, amigo Martin, vas á caer en una heregía! ¡Cave ne cadas! ¡Ya no voy á jugar contigo al monte! ¡Ya no haremos vacas! ¡Niegas la omnipotencia de Dios, peccatum mortale! ¡Niegas la evidencia de la Santísima Trinidad: tres son uno y uno son tres! ¡Cuidadito! ¡Niegas indirectamente que dos naturalezas, dos entendimientos y dos voluntades puedan tener una sola memoria! ¡Cuidado! ¡Quicumque non crederit, anathema sit!
Martin Aristorenas se encogió pálido y tembleoroso, y el chino Quiroga que había escuchado con mucha atencion el razonamiento, con mucha deferencia ofreció al filósofo un magnífico cigarro y le preguntó con su voz acariciadora:
--Sigulo, puele contalata aliendo galela con Kilisto, ¿ja? Cuando mia muele, mia contalatista, ¿ja?
En otros corros se hablaba más del muerto; al menos se discutía el traje que le iban á poner. Capitan Tinong proponía el hábito de un franciscano; precisamente tenía él uno, viejo, raido y remendado, preciosa pieza que, segun el fraile que se lo dió de limosna en cambio de treinta y seis pesos, preservaba al cadáver de las llamas del infierno y contó en su apoyo varias anécdotas piadosas sacadas de los libros que distribuyen los curas. Capitan Tinong, aunque tenía en much aquella reliquia, estaba dispuesto á cedérsela á su íntimo amigo, á quien no había podido visitar durante su enfermedad. Pero un sastre objetó con mucha razon que, pues que las monjas le vieron á Capitan Tiago subiendo al cielo de frac, de frac tenían que vestirle aquí en la tierra y no había necesidad de preservativos ni impermeables; se va de frac cuando se va á un baile, á una fiesta, y no otra cosa le debe esperar en las alturas... y ¡miren! casualmente tiene él uno hecho, que lo puede ceder por treinta y dos pesos, cuatro más barato que el hábito del franciscano, porque con Capitan Tiago no quiere él ganar nada: ¡fué su parroquiano en vida y ahora será su patron en el cielo! Pero el P. Irene, albacea y ejucutor testamentario, rechazó una y otra proposicion y mandó vistiesen al cadáver con cualquiera de sus antiguos trajes, diciendo con santa uncion que Dios no se fijaba en vestiduras.
Las exequias fueron, pues, de primerísima clase. Hubo responsos en casa, en la calle, oficiaron tres frailes como si uno no pudiese bastar con tanta alma, se hicieron todos los ritos y ceremonias posibles, y es fama que se improvisaron otras, habiendo extras como en los beneficios de los teatrillos. Aquello fué una delicia: se quemó mucho incienso, se cantó mucho en latin, se gastó mucha agua bendita--el P. Irene en obsequio de su amigo cantó con voz de falsete el Dies iræ, desde el coro--y los vecinos cogieron verdadero dolor de cabeza con tanto doblar á muerto.
Doña Patrocinio, la antigua rival de Cpn. Tiago en religiosería, deseó de todas véras morirse al día siguiente para encargar exequias aun más soberanas. La piadosa vieja no podía sufrir que aquel, que ella tenía ya para siempre vencido, al morir, resuscitase con tanta pompa. Sí, deseaba morirse y le parecía escuchar las esclamaciones de la gente que presenciará sus responsos:
--¡Esto, sí, que es entierro! ¡esto, sí, que es saber morir, doña Patrocinio!
XXX
JULÎ
La muerte de Capitan Tiago y la prision de Basilio se supieron pronto en la provincia, y para honra de los sencillos habitantes de San Diego diremos que se sintió más la última y solo de ella se habló casi. Y como era de esperar, la noticia fué adoptando diferentes formas, se dieron detalles tristes, pavorosos, se explicó lo que no se comprendía, se suplieron las lagunas con conjeturas, estas pasaron por hechos acontecidos y el fantasma así engendrado aterró á sus mismos progenitores.
En el pueblo de Tianì se decía que, cuando menos, cuando menos, el joven iba á ser deportado y muy probablemente asesinado durante el viaje. Los timoratos y pesimistas no se contentaban con esto y hablaban de horcas y consejos de guerra; Enero era un mes fatal, en Enero fué lo de Cavite y aquellos, con ser curas, fueron ahorcados; con que un pobre Basilio sin amparo ni amistades...
--¡Yo ya le decía! suspiraba el Juez de Paz, como si alguna vez hubiese dado un consejo á Basilio; yo ya le decía...
--¡Era de prever! añadía hermana Penchang: entraba en la iglesia y cuando veía algo sucia el agua bendita, ¡no se santiguaba! Hablaba de animalitos y enfermedades, abá, ¡castigo de Dios! ¡Merecido lo tiene! ¡Como si el agua bendita pudiese trasmitir enfermedades! ¡Todo lo contrario, abá!
Y contaba cómo se había curado de una indigestion mojándose el ombligo con el agua bendita al mismo tiempo que rezaba el Sanctus Deus, y recomendaba el remedio á los presentes cuando padezcan disenterías ó ventosidades ó reine la peste, solo que entonces deben rezar en español:
Santo Dios Santo fuerte Santo inmortal Líbranos señor de la peste Y de todo mal.
--El remedio es infalible, pero hay que llevar el agua bendita á la parte dolorida ó enferma, decía.
Pero muchos hombres no creían en estas cosas ni atribuían la prision de Basilio á castigo de Dios. Tampoco creían en insurrecciones ni en pasquines, conocido el caracter ultrapacífico y prudente del estudiante, y prefirieron atribuirla á venganzas de frailes, por haber sacado de la servidumbre á Julî, hija de tulisan, enemigo mortal de cierta poderosa corporacion. Y como tenían bastante mala idea de la moralidad de la misma corporacion y se recordaban mezquinas venganzas, la conjetura se creyó la más probable y justificada.
--¡Qué bien hice en echarla de mi casa! decía hermana Penchang; no quiero tener disgustos con los frailes, así que la apuré á que buscase dinero.
La verdad era que sentía la libertad de Julî: Julî rezaba y ayunaba por ella y si se hubiera quedado más tiempo habría hecho tambien penitencia. ¿Por qué, si los curas rezan por nosotros y Cristo muere por nuestros pecados, Julî no iba á hacer lo mismo por hermana Penchang?
Cuando las noticias llegaron á la cabaña donde vivían la pobre Julî y su abuelo, la joven tuvo necesidad de que se lo repitieran dos veces. Miró á hermana Balî que era quien se lo decía, como sin comprenderla, sin poder coordinar las ideas; le zumbaron los oidos, sintió opresion en el corazon y tuvo como un vago presentimiento de que aquel suceso iba á influir desastrosamente en su porvenir. Sin embargo, quiso agarrarse á un rayo de esperanza, sonrió, creyó que hermana Balî le daba una broma, bastante pesada, pero se la perdonaba de antemano si le decía que lo era; pero hermana Balî hizo una cruz con el pulgar y el índice y la besó, en prueba de que decía la verdad. Entonces la risa abandonó para siempre los labios de la joven, púsose pálida, espantosamente pálida, sintió que la abandonaban las fuerzas y, por primera vez en su vida, perdió el conocimiento desmayándose.
Cuando á fuerza de golpes, pellizcos, rociadas de agua, cruces y aplicaciones de palmas benditas volvió la joven en sí y dióse cuenta de su estado, ¡las lágrimas brotaron silenciosas de sus ojos, gota á gota, sin sollozos, sin lamentos, sin quejas! Ella pensaba en Basilio que no tenía más protectores que Capitan Tiago, y que, muerto éste, se quedaba por completo sin amparo y sin libertad. En Filipinas es cosa sabida que para todo se necesitan padrinos, desde que uno se bautiza hasta que se muere, para obtener justicia, sacar un pasaporte ó esplotar una industria cualquiera. Y como se decía que aquella prision obedecía á venganzas por causa de ella y de su padre, la tristeza de la joven, rayaba en desesperacion. Ahora le tocaba á ella libertarle, como él lo había hecho sacándola de la servidumbre, y una voz interior le sugería la idea y presentaba á su imaginacion un horrible medio.
--¡El P. Camorra, el cura! decía la voz.
Julî se mordía los labios y quedaba sumida en sombría meditacion.
A raiz del crímen de su padre, habían preso al abuelo esperando que por aquel medio aparecería el hijo. El único que le pudo dar la libertad fué el P. Camorra, y el P. Camorra se había mostrado mal satisfecho con palabras de gratitud y con su franqueza ordinaria había pedido sacrificios... Desde entonces Julî evitaba encontrarse con él, pero el cura le hacía besar la mano, la cogía de la nariz, de las mejillas, le daba bromas con guiños y riendo, riendo la pellizcaba. Julî fué la causa de la paliza, que el buen cura administró á unos jóvenes que recorrían el barrio, dando serenata á las muchachas. Los maliciosos, al verla pasar seria y cabizbaja, decían de manera que ella oyese:
--¡Si quisiese, Cabesang Tales sería indultado!
La joven llegaba á su casa sombría y los ojos estraviados.
Julî se había cambiado mucho; había perdido su alegría, nadie la veía sonreir, hablaba apenas y hasta al parecer tenía miedo de verse la cara. Un día la vieron en el pueblo con una gran mancha de carbon en la frente, ella que solía ir bien arregladita y compuesta. Una vez preguntó á hermana Balî si los que se suicidaban se iban al infierno.
--¡De seguro! contestó la mujer y le pintó el sitio como si en él hubiera estado.
Con la prision de Basilio, los sencillos y agradecidos parientes propusieron hacer toda clase de sacrificios para salvar al joven; pero como entre todos no reunían treinta pesos, hermana Balî, como siempre, tuvo la mejor idea.
--Lo que debemos hacer es pedir un consejo al escribiente, dijo.
Para aquellas pobres gentes, el escribiente del tribunal era el oráculo de Delfos para los antiguos griegos.
--Dándole un real y un tabaco, añadió, te dice todas las leyes que se te hincha la cabeza oyéndole. Si tienes un peso, te salva aunque estés al pié de la horca. Cuando á mi vecino Simon le metieron en la carcel y le dieron de palos, por no poder declarar en un robo que se cometió cerca de su casa, ¡abá! por dos reales y medio y una rosca de ajos, le sacó el escribiente. Y yo le ví á Simon que apenas podía andar y tuvo que guardar cama lo menos un mes. ¡Ay! se le pudrió el trasero, ¡abá! ¡y murió de resultas!
El consejo de hermana Balî fué admitido y la misma se encargó de hablar con el escribiente; Julî le dió cuatro reales y añadió pedazos de tapa de venado que el abuelo había cazado. Tandang Selo se dedicaba de nuevo á la caza.
Pero el escribiente nada podía: el preso estaba en Manila y hasta allí no llegaba su poder.
--¡Si al menos estuviera en la cabecera, todavía!... dijo haciendo alarde de su poder.
El escribiente sabía muy bien que su poder no pasaba de los límites de Tianì, pero le convenía conservar su prestigio y quedarse con la tapa de venado.
--Pero, os puedo dar un sabio consejo y es que vayais con Julî, al Juez de Paz. Es menester que vaya Julî.
El Juez de Paz era un hombre muy brusco, pero viendo á Julî acaso se portase menos groseramente: aquí estaba la sabiduría del consejo.
Con mucha gravedad oyó el señor Juez á hermana Balî, que era quien tomaba la palabra, no sin mirar de cuando en cuando á la joven que tenía los ojos bajos y estaba muy avergonzada. La gente diría de ella que se interesaba mucho por Basilio, la gente no se acordaba de su deuda de gratitud y de que aquella prision, segun se decía, era por causa de ella.
Despues de eructar tres ó cuatro veces, porque el señor Juez tiene esta fea costumbre, dijo que la única persona que podía salvar á Basilio era el P. Camorra, en el caso de que lo quisiese--y miraba con mucha intencion á la joven.--El la aconsejaba tratase de hablar con el cura en persona.
--Ya sabeis la influencia que tiene; ha sacado á vuestro abuelo de la cárcel... Basta un informe suyo para desterrar á un recien nacido ó salvar de la muerte á un ahorcado.
Julî no decía nada, pero hermana Balî encontraba el consejo como si lo hubiese leido en una novena: estaba dispuesta á acompañarla al convento. Precisamente iba á tomar de limosna un escapulario mediante el cambio de cuatro reales fuertes.
Pero Julî sacudía la cabeza y no quería ir al convento. Hermana Balî que creía adivinar el motivo--el P. Camorra se llamaba Si cabayo por otro nombre y era muy travieso--la tranquilizaba:
--¡Nada tienes que temer! ¡si voy contigo! decía; ¿no has leido en el librito de Tandang Basio dado por el cura, que las jóvenes deben ir al convento, aun sin saberlo sus mayores, para contar lo que pasa en la casa? ¡Abá! Aquel libro está impreso con permiso del Arzobispo, ¡abá!
Julî, impaciente y deseando cortar la conversacion, suplicó á la devota que fuese si gustaba, pero el señor Juez observó eructando que las súplicas de una cara joven mueven más que las de una vieja, que el cielo derramaba su rocío sobre las flores frescas en más abundancia que sobre las secas. La metáfora resultaba hermosamente malvada.
Julî no contestó y ambas mujeres bajaron. En la calle, la joven se negó tenazmente á ir al convento y se retiraron á su barrio. Hermana Balî que se sentía ofendida de la falta de confianza yendo con ella, se vengaba endilgándola un largo sermon.
La verdad era que la joven no podía dar aquel paso sin condenarse á sí misma, sin que la condenen los hombres, ¡sin que la condene Dios! Le habían hecho oir varias veces, con razon ó sin ella, que si hacía aquel sacrificio, indultarían á su padre, y sin embargo ella se había negado, apesar de los gritos de su conciencia recordándola su deber filial. ¿Y ahora debía hacerlo por Basilio, por su novio? Sería caer al son de las burlas y carcajadas de toda la creacion, Basilio mismo la despreciaría; ¡no, jamás! Primero se ahorcaría ó saltaría en cualquier precipicio. De todos modos estaba ya condenada por ser mala hija.
La pobre Julî tuvo aun que sufrir todas las recriminaciones de sus parientes que, no sabiendo nada de lo que había podido pasar entre ella y el P. Camorra, se burlaban de sus temores. ¿Acaso el P. Camorra se iba á fijar en una campesina habiendo tantas en el pueblo? Y las buenas mujeres citaban nombres de solteras ricas y bonitas, más ó menos desgraciadas. Y entretanto ¿si le afusilan á D. Basilio?
Julî se tapaba los oidos, miraba á todas partes como buscando una voz que hablase por ella, miraba á su abuelo; pero el abuelo estaba mudo y tenía la vista fija en su pica de cazador.
Aquella noche durmió apenas. Ensueños y pesadillas, ya fúnebres ya sangrientos, danzaban delante de su vista, y se despertaba á cada momento nadando en frío sudor. Creía oir tiros, creía ver á su padre, su padre que tanto había hecho por ella, luchando en los bosques, cazado como un animal porque había vacilado en salvarle. Y la figura del padre se transformaba y reconocía á Basilio, agonizando y dirigiéndola miradas de reproche. La desgraciada se levantaba, oraba, lloraba, invocaba á su madre, á la muerte, y hubo un momento en que, rendida por el terror, á no haber sido de noche habría corrido derecha al convento, suceda lo que suceda.
El día llegó y los tristes presentimientos, los terrores de las sombras se disiparon en parte. La luz le trajo esperanzas. Mas, las noticias de la tarde fueron terribles; se habló de afusilados y la noche para la joven fué espantosa. En su desesperacion decidió entregarse tan pronto como brillase el día y matarse despues: ¡todo, menos pasar semejantes torturas!
Pero la aurora trajo nuevas esperanzas y la joven no quiso bajar de casa, ni irse á la iglesia. Temía ceder.
Y así pasaron algunos días: orando y maldiciendo, invocando á Dios y deseando la muerte. El día era una tregua, Julî confiaba en algun milagro; las noticias que venían de Manila, si bien llegaban abultadas, decían que de los presos algunos habían conseguido su libertad gracias á padrinos y á influencias... Alguno tenía que salir sacrificado, ¿quién sería? Julî se entremecía y se retiraba á su casa mordiéndose las uñas de los dedos. Y así venía la noche en que los temores, adquiriendo doble proporcion, parecían convertirse en realidades. Julî temía el sueño, temía dormirse, pues su sueño era una continuada pesadilla. Miradas de reproche traspasaban sus párpados tan pronto como los cerraba, quejas y lamentos barrenaban sus oidos. Veía á su padre vagando, hambriento, sin tregua ni reposo; veía á Basilio agonizando en el camino, herido de dos balazos, como había visto el cadáver de aquel vecino, que fué muerto mientras le conducía la Guardia Civil. Y ella veía las ligaduras que habían penetrado la carne, veía la sangre saliendo por la boca y oía que Basilio le decía:--«¡Sálvame, sálvame! ¡tú sola me puedes salvar!» Resonaba despues una carcajada, volvía los ojos y veía á su padre, que la miraba con ojos llenos de reproche. Y Julî se despertaba, se incorporaba sobre su petate, se pasaba las manos por la frente para recoger su cabellera: ¡frío sudor, como el sudor de la muerte, la humedecía!
--¡Madre, madre! sollozaba.
Y entre tanto los que disponían tan alegremente de los destinos de los pueblos, el que mandaba los asesinatos legales, el que violaba la justicia y hacía uso del derecho para sostener á la fuerza, dormían en paz.
Al fin, llegó un viajero de Manila y contó como habían sido puestos en libertad todos los presos todos menos Basilio que no tenía protector. En Manila se decía, añadió el viajero, que el joven sería desterrado á Carolinas, habiéndole hecho firmar de antemano una peticion en que se hacía constar que así voluntariamente lo pedía. El viajero había visto el vapor que le iba á conducir.
Aquella noticia acabó con las vacilaciones de la joven cuya mente, por lo demás, estaba ya bastante trabajada merced á tantas noches en vela y á sus horribles ensueños. Pálida y con los ojos estraviados, buscó á hermana Balî y, en voz que daba miedo, le dijo que estaba dispuesta y la preguntaba si la quería acompañar.
Hermana Balî se alegró y procuró tranquilizarla, pero Julî no escuchaba y parecía que solo tenía prisa por llegar al convento. Ella se había arreglado, se había puesto sus mejores trajes y hasta parecía que estaba muy animada. Hablaba mucho aunque algo incoherente.
Echaron á andar. Julî iba delante y se impacientaba porque su compañera se quedaba detrás. Pero á medida que se acercaban al pueblo, la energía nerviosa la abandonaba poco á poco, se volvía silenciosa, perdía su decision, acortaba el paso, y despues se quedaba detrás. Hermana Balî tenía que animarla.
--¡Que vamos á llegar tarde! decía.
Julî seguía pálida, con los ojos bajos, sin atreverse á levantarlos. Creía que todo el mundo la miraba y la señalaban con el dedo. Un nombre infame silbaba en sus oidos pero se hacía la sorda y continuaba su camino. No obstante, cuando vió el convento, se detuvo y empezó á temblar.
--¡Volvamos al barrio, volvamos! suplicó deteniendo á su compañera.