El Filibusterismo (Continuación del Noli me tángere)
Chapter 18
--Me había dado usted cita, ¿cómo podía yo menos...?
--Sin embargo, anoche ni siquiera se apercibió usted de que estaba en el teatro; todo el tiempo le estuve observando y no apartaba usted sus ojos de aquellas cochers...
Se cambiaron los papeles; Isagani que venía para pedir explicaciones, las tuvo que dar y se consideró muy feliz cuando Paulita le dijo que le perdonaba. En cuanto á la presencia de ésta en el teatro, todavía era de agradecérsela; ella, forzada por la tía, solo se había decidido con la esperanza de verle durante la funcion. ¡Bien se burlaba ella de Juanito Pelaez!
--¡Mi tía es quien está enamorada! dijo riendo alegremente.
Riéronse ambos, el casamiento de Pelaez con doña Victorina les puso locos de contento y lo vieron ya como realizado; pero Isagani se acordó de que don Tiburcio vivía y confió á su amada el secreto, despues de hacerla prometer que no lo diría á nadie. Paulita prometió pero con la reserva mental de contárselo á su amiga.
Esto llevó la conversacion al pueblo de Isagani, rodeado de bosques y situado á orillas del mar que ruge al pié de las elevadas rocas.
La mirada de Isagani se iluminaba al hablar de aquel oscuro rincon; el fuego del orgullo encendía sus mejillas, vibraba su voz, su imaginacion de poeta se caldeaba, las palabras le venían ardientes, llenas de entusiasmo como si hablase al amor de su amor y no pudo menos de exclamar:
--¡Oh! en la soledad de mis montañas me siento libre, libre como el aire, ¡como la luz que se lanza sin frenos por el espacio! Mil ciudades, mil palacios diera yo por el rincon de Filipinas, ¡donde lejos de los hombres me siento con verdadera libertad! Allí, con la naturaleza cara á cara, delante del misterio y del infinito, el bosque y el mar, pienso, ¡hablo y obro como un hombre que no reconoce tiranos!
Paulita, ante tanto entusiasmo por el pueblo natal, entusiasmo que no comprendía, ella que estaba acostumbrada á oir hablar mal de su país y hacer de vez en cuando coro, manifestó ciertos celos haciéndose como siempre la resentida.
Pero Isagani la tranquilizó muy pronto.
--Sí, dijo, ¡yo le amaba sobre todas las cosas antes de conocerte! Gustábame vagar en la espesura, dormir á la sombra de los árboles, sentarme sobre la cima de una roca para abarcar con la mirada el Pacífico que revuelve delante de mí sus azules olas, trayéndome el eco de los cantos aprendidos en las playas de la América libre... Antes de conocerte, aquel mar era para mí mi mundo, mi encanto, mi amor, mis ilusiones. Cuando duerme en calma y el sol brilla en la altura, me deleitaba mirando al abismo, á cincuenta metros á mis piés, buscando monstruos en los bosques de madréporas y corales que se columbran al través del límpido azul, las enormes serpientes que, al decir de los campesinos, dejan los bosques para vivir en el mar y adquirir formas espantosas... Por las tardes que es cuando, dicen, aparecen las sirenas, las espiaba yo entre una y otra ola, con tanto afan que una vez creí distinguirlas en medio de la espuma, ocupadas en sus divinos juegos; oí distintamente sus cantos, cantos de libertad, y percibí los sonidos de sus argentinas arpas. Antes pasaba horas y horas mirando trasformarse las nubes, contemplando un arbol solitario en el llano, una roca, sin poder darme razon del por qué, sin poder definir el vago sentimiento que en mí despertaban. Mi tío me solía predicar largos sermones y temiendo me volviese hipocondríaco hablaba de llevarme á casa de un médico. Pero te ví, te amé, y en estas vacaciones, parecíame que algo me faltaba allí, el bosque estaba oscuro, triste el río que corre en la espesura, monótono el mar, desierto el horizonte... ¡Ah! si fueses una sola vez, si tus plantas hollasen aquellos senderos, si agitases con la punta de tus dedos las aguas del arroyo, si mirases al mar, te sentases en la roca é hicieses vibrar el aire con tus melodiosos cantos, mi bosque se trasformaría en Eden, las ondas del arroyo cantarían, brotaría la luz de las oscuras hojas, ¡se convertirían en brillantes las gotas de rocío y en perlas las espumas del mar!
Pero Paulita había oido decir que para ir al pueblo de Isagani era necesario pasar por montañas donde abundaban pequeñas sanguijuelas, y á este solo pensamiento, la cobarde se estremecía convulsivamente. Comodona y mimada, dijo que solo viajaría en coche ó en ferro carril.
Isagani, que había olvidado todos sus pesimismos y solo veía en todas partes rosas sin espinas, respondía:
--Dentro de muy poco, todas las islas van á estar cruzadas de redes de hierro,
Por donde rápidas Y voladoras Locomotoras Corriendo irán
como dijo uno; entonces los rincones más hermosos del archipiélago estarán abiertos á todos...
--Entonces, pero ¿cuándo? Cuando sea una vieja...
--¡Bah! no sabes lo que podemos hacer dentro de algunos años, contestó Isagani; no sabes la energía y el entusiasmo que en el pais se despiertan despues de un letargo de siglos... España nos atiende; nuestros jóvenes en Madrid trabajan noche y día y dedican á la patria toda su inteligencia, todos sus instantes, todos sus esfuerzos; voces generosas se unen allá á las nuestras, políticos que comprenden que no hay mejor lazo que la comunidad de intereses y sentimientos; ¡se nos hace justicia y todo augura para todos un brillante porvenir!... Verdad es que acabamos de sufrir un pequeño desastre, nosotros los estudiantes, pero la victoria va triunfando en toda la línea... ¡está en todas las conciencias! La traidora derrota que sufrimos atestigua las últimas hoqueadas, ¡las últimas convulsiones del moribundo! Mañana seremos ciudadanos de Filipinas, cuyo destino será hermoso porque estará en amantes manos; ¡oh, sí! el porvenir es nuestro, lo veo de rosa, veo el movimiento agitar la vida en estas regiones largo tiempo muertas, aletargadas... Veo surgir pueblos á lo largo de los caminos de hierro, ¡y por donde quiera fábricas, edificios como aquel de Mandaloyon!... Oigo el vapor silbar, el traqueteo de los trenes, el estruendo de las máquinas... miro subir el humo, su potente respiracion, y aspiro el olor de aceite, el sudor de los monstruos ocupados en incesante faena... Ese puerto, de gestacion laboriosa, ese río donde parece agoniza el comercio, los veremos llenos de mástiles y nos darán una idea del invierno en los bosques de Europa... Este aire puro y estas piedras tan limpias se llenarán de carbon, de cajas y barriles, productos de la industria humana, pero, ¡no importa! iremos en rápido movimiento, en coches cómodos, á buscar en el interior otros aires, otros panoramas en otras playas, más frescas temperaturas en las faldas de los montes... Los acorazados de nuestra marina guardarán las costas; el español y el filipino rivalizarán en celo para rechazar toda invasion extrangera, para defender vuestros hogares y dejaros á vosotras reir y gozar en paz, amadas y respetadas. Libres del sistema de explotacion, sin despechos ni desconfianzas; el pueblo trabajará porque entonces el trabajo dejará de ser infamante, dejará de ser servil, como imposicion al esclavo; entonces el español no agriará su caracter con ridículas pretensiones despóticas y, franca la mirada, robusto el corazon, nos daremos la mano, y el comercio, la industria, la agricultura, las ciencias se desenvolverán al amparo de la libertad y de leyes sabias y equitativas como en la próspera Inglaterra...
Paulita sonreía con aire de duda y sacudía la cabeza.
--¡Sueños, sueños! suspiró; he oido decir que teneis muchos enemigos... Tía Torina dice que este pais será siempre esclavo.
--Porque tu tía es una tonta, porque no puede vivir sin esclavos, y cuando no los tiene, los sueña en el porvenir, y si no son posibles, los forja en su imaginacion. Cierto que tenemos enemigos, que habrá lucha, pero venceremos. El viejo sistema podrá convertir las ruinas de su castillo en informes barricadas, nosotros se las tomaremos al canto de libertad, á la luz de vuestros ojos, ¡al aplauso de vuestras adoradas manos! Por lo demás, no te inquietes; la lucha será pacifica; basta que vosotras nos lanceis al estudio, desperteis en nosotros nobles, elevados pensamientos y nos alenteis á la constancia, ¡al heroismo con el premio de vuestra ternura!
Paulita conservaba su risa enigmática y parecía pensativa; miraba hácia el río dándose en las mejillas ligeros golpecitos con el abanico.
--¿Y si nada conseguís? preguntó distraida.
La pregunta le hizo daño á Isagani; fijó los ojos en los de su amada, cogióle suavemente una mano y repuso:
--Escucha: si nada conseguimos...
Y se detuvo vacilando.
--Escucha, Paulita, continuó; sabes cuanto te amo y cuanto te adoro, sabes que me siento otro cuando me envuelve tu mirada, cuando sorprendo en ella una centella de amor... sin embargo, si nada conseguimos, soñaría en otra mirada tuya y moriría dichoso porque un rayo de orgullo pudiese brillar en tus ojos y dijeses un día al mundo señalando mi cadáver: ¡mi amor ha muerto luchando por los derechos de mi patria!
--¡A casa, niña, que vas á coger un resfriado! chilló en aquel momento doña Victorina.
La voz les trajo á la realidad. Era la hora de volver, y por amabilidad invitaron á Isagani á subir en el coche, invitacion que el joven no se hizo repetir. Como el coche era de Paulita, naturalmente ocuparon el testero doña Victorina y la amiga, y en el banquito los dos enamorados.
¡Ir en el mismo coche, tenerla al lado, aspirar su perfume, rozar la seda de su traje, verla pensativa, con los brazos cruzados, bañada por la luna de Filipinas que presta á las cosas más vulgares idealidad y encantos, era un sueño que Isagani no se esperaba! ¡Qué miserables eran los que se retiraban á pié, solos, y tenían que apartarse para dejar paso al rápido coche! De todo aquel trayecto, á lo largo de la playa, por el paseo de la Sabana, el puente de España, Isagani no ha visto más que un suave perfil peinado graciosamente, terminado por un flexible cuello que se perdía entre las gasas de la piña. Un brillante le guiñaba desde el lóbulo de la diminuta oreja, como una estrella entre plateadas nubes. Isagani ha oido ecos lejanos preguntándole por don Tiburcio de Espadaña, el nombre de Juanito Pelaez, pero le sonaban á campanadas que se oyen de lejos, voces confusas percibidas durante el sueño.
Fué necesario advertirle que habían llegado á la plaza de Santa Cruz.
XXV
RISAS--LLANTOS
La sala de la «Pansitería Macanista de buen gusto» ofrecía en aquella noche un aspecto estraordinario.
Catorce jóvenes, de las principales islas del Archipiélago, desde el indio puro (si es que los hay puros) al español peninsular, se reunían para celebrar el banquete que el P. Irene aconsejaba, en vista de la resolucion dada al asunto de la enseñanza del castellano. Habían alquilado para sí todas las mesas, mandando aumentar las luces y pegar en la pared, junto á los paisajes y kakémonos chinescos, este estraño versículo:
¡Gloria á Custodio por sus listuras y pansit an la tierra á los chicos de buena voluntad!
En un país donde todo lo grotesco se cubre con capa de seriedad, donde muchos se elevan á fuerza de humo y aire calentado; en un pais donde lo profundamente serio y sincero daña al salir del corazon y puede ocasionar disturbios, probablemente aquella era la mejor manera de celebrar la ocurrencia del insigne don Custodio. Los burlados contestaban á la sorna con una carcajada, al pastel gubernamental respondían con un plato de pansit, ¡y todavía!
Se reía, se chanceaba, pero era visible que en la alegría había esfuerzo; las risas vibraban de cierto temblor nervioso, de los ojos saltaban rápidas chispas y en más de uno se vió una lágrima brillar. Y sin embargo, aquellos jóvenes eran crueles, ¡eran injustos! No era la primera vez que se resolvían así los más hermosos pensamientos, que se defraudaban las esperanzas con grandes palabras y pequeñas acciones: antes de don Custodio, hubo otros muchos, ¡muchísimos!
En medio de la sala y bajo los faroles rojos, se veían cuatro mesas redondas, dispuestas simétricamente formando un cuadrado; servían de asiento banquillos de madera igualmente redondos. En el centro de cada mesa, segun el uso del establecimiento, se presentaban cuatro platitos de colores con cuatro pasteles cada uno, y cuatro tazas de té con sus correspondientes cubiertas, todas de porcelana roja; delante de cada banquillo se veían una botella y dos copas de luciente cristal.
Sandoval, á fuer de curioso, miraba, escudriñaba todo, probaba las pastas, examinaba los cuadros, leía la lista de los precios. Los demás hablaban del tema del día, de las actrices de la opereta francesa y la enfermedad misteriosa de Simoun á quien, segun unos, habían encontrado herido en la calle, segun otros, había intentado suicidarse: como era natural se perdían en conjeturas. Tadeo daba su version particular, segun él, tomada de buena fuente. Simoun había sido atacado por un desconocido en la antigua plaza del Vivac; los motivos eran la venganza, y en prueba de ello el mismo Simoun se negaba á dar la más mínima explicacion. De allí pasaron á hablar de venganzas misteriosas, y naturalmente de hazañas frailunas contando cada uno las proezas de los respectivos curas de sus pueblos.
Una cuarteta, en grandes letras negras, coronaba el friso de la sala y decía:
De esta fonda el cabecilla Al público advierte Que nada dejen absolutamente Sobre alguna mesa ó silla.
--¡Vaya una advertencia! exclamó Sandoval; si habrá confianza en la cuadrilla, ¿eh? Y ¡qué versos! Don Tiburcio convertido en redondilla, ¡dos piés, uno más largo que otro entre dos muletas! Si los ve Isagani, ¡los regala á su futura tía!
--¡Aquí está Isagani! contestó una voz desde las escaleras.
Y el dichoso joven apareció radiante de alegría, seguido de dos descamisados chinos que llevaban en enormes bandejas fuentes que esparcían apetitoso olor. Alegres esclamaciones los saludaron.
Faltaba Juanito Pelaez, mas habiendo pasado ya la hora, sentáronse á la mesa alegremente. Juanito siempre iba á ser informal.
--Si en su lugar hubiésemos invitado á Basilio, dijo Tadeo, nos divertiríamos más. Le emborrachariamos para sacarle algunos secretos.
--Qué, ¿el prudente Basilio posee secretos?
--¡Vaya! contestó Tadeo, ¡y de los más importantes! Hay ciertos enigmas de los cuales él solo conoce la llave... el muchacho desaparecido, la monja...
--Señores, ¡el pansit lang-lang es la sopa por excelencia! gritaba Makaraig; como usted verá, Sandoval, se compone de setas, langostinos ó camarones, pasta de huevos, sotanjun, trozos de gallina y qué sé yo más. Como primicias, ofrezcamos los huesos á don Custodio; á ver ¡que proyecte algo sobre ellos!
Una alegre carcajada recibió esta arenga.
--Si lo llega á saber...
--¡Se viene corriendo! añadió Sandoval; la sopa es excelente, ¿cómo se llama?
--Pansit lang-lang, esto es, pansit chino para diferenciarlo del otro que es propio del país.
--¡Bah! es nombre difícil de retener. ¡En honor á don Custodio le bautizo proyecto de sopa!
El nombre nuevo quedó aceptado.
--Señores, dijo Makaraig que era el que había dispuesto el menú; ¡aun tenemos tres platos! Lumpiâ de chino hecho de carne de cerdo...
--¡Que se ofrece al P. Irene!
--¡Sopla! El P. Irene no come cerdo si no se quita la nariz, observó en voz baja un joven de Iloilo á su vecino.
--¡Se quitará la nariz!
--¡Abajo la nariz del P. Irene! gritaron todos en coro.
--¡Respeto, señores, más respeto! reclamó Pecson con cómica gravedad.
--El tercer plato es una torta de cangrejos...
--Que se dedica á los frailes, añadió el de Visayas.
--Por lo cangrejos, terminó Sandoval.
--¡Justo, y se llamará torta de frailes!
Todos repitieron en coro: ¡torta de frailes!
--¡Protesto en nombre de uno! dijo Isagani.
--¡Y yo, en nombre de los cangrejos! añadió Tadeo.
--¡Respeto, señores, más respeto! volvió á gritar Pecson con la boca llena.
--El cuarto es el pansit guisado que se dedica... ¡al gobierno y al pais!
Todos se volvieron hácia Makaraig.
--Hasta hace poco, señores, continuó, el pansit se creía chino o japonés, pero es el caso que no conociéndose ni en la China ni en el Japon, parece ser filipino, y sin embargo los que lo guisan y benefician son los chinos: idem de idem de idem lo que les pasa al gobierno y á Filipinas: parecen chinos pero si lo son ó no lo son, doctores tiene la Santa Madre... Todos comen y gustan de él y sin embargo hacen melindres y ascos; lo mismo le pasa al pais, lo mismo al gobierno. Todos viven á su costa, todos participan de la fiesta y despues no hay país más malo que Filipinas, no hay gobierno más desorganizado. ¡Dediquemos pues el pansit al pais y al gobierno!
--¡Dedicado! dijeron en coro.
--¡Protesto! exclamó Isagani...
--¡Respeto á los menores, respeto á las víctimas! gritó en voz hueca Pecson levantando en el aire un hueso de gallina.
--¡Dediquemos el pansit al chino Quiroga, uno de los cuatro poderes del mundo filipino! propuso Isagani.
--¡No, á la Eminencia Negra!
--¡Silencio! exclamó uno con misterio; en la plaza hay grupos que nos contemplan y las paredes oyen.
En efecto, grupos de curiosos estacionaban delante de las ventanas, mientras que la algazara y la risa en los establecimientos contiguos habían cesado por completo, como si prestasen atencion á lo que pasaba en el banquete. El silencio tenía algo de estraordinario.
--Tadeo, ¡pronuncia tu discurso! le dijo en voz baja Makaraig.
Se había convenido que Sandoval, como el que más cualidades de orador tenía, resumiría los brindis.
Tadeo, perezoso como siempre, nada había preparado y se veía en un apuro. Mientras aspiraba un largo sotanjun, pensaba en cómo salir del paso, hasta que recordó un discurso aprendido en la clase y se dispuso á plagiarlo y adulterarlo.
--¡Queridos hermanos en proyecto! comenzó gesticulando con los dos palitos de comer que usan los chinos.
--¡Animal! ¡suelta el sípit que me has despeinado! dijo un vecino.
--«Llamado por vuestra eleccion á llenar el vacío que ha dejado en»...
--¡Plagiario! le interrumpió Sandoval; ¡ese discurso es del presidente de nuestro Liceo!
--«Llamado por vuestra eleccion,--continuó Tadeo imperturbable,--á llenar el vacío que ha dejado en mi... mente (y se señaló el abdómen) un varon ilustre por su doctrina cristiana y por sus ocurrencias y proyectos merecedor de tener un poquito más de memoria, ¿qué podrá deciros quien como yo tiene mucha hambre porque no ha almorzado?»
--¡Toma un cuello, chicooó! díjole el vecino presentándole un cuello de gallina.
--«Hay un plato, señores, tesoro de un pueblo que es hoy fábula y ludibrio de la tierra, en donde han ido á meter su hambrienta cucharada los más grandes tragones de las regiones occidentales del globo...»--señalando con sus palitos á Sandoval en lucha con una recalcitrante ala de gallina.
--Y ¡orientales! replicó el aludido trazando un círculo con la cuchara para comprender á todos los comensales.
--¡No valen interrupciones!
--¡Pido la palabra!
--¡Pido patís! añadió Isagani.
--¡Que venga el lumpiâ!
Todos pidieron el lumpiâ y Tadeo se sentó muy contento de haber salido del paso.
El plato consagrado al P. Irene no pareció famoso y Sandoval lo manifestó así cruelmente:
--¡Brillante de grasa por fuera y puerco por dentro! ¡Que venga el tercer plato, la torta de frailes!
La torta no estaba hecha todavía; se oía el chirrido de la manteca en la sarten. El intermedio lo aprovecharon para beber y pidieron que Pecson hablase.
Pecson se persignó seriamente, se levantó conteniendo á duras penas su risa de bobo, é imitando á cierto predicador agustino famoso entonces, principió á murmurar como si recitase la tésis de un sermon.
«Si tripa plena laudat Deum, tripa famelica laudabit fratres; si tripa llena alaba á Dios, tripa hambrienta alabará á los frailes. Palabras que dijo el señor Custodio por boca de Ben Zayb, periódico El Grito de la Integridad, artículo segundo, tontería ciento cincuenta y siete.»
«¡Queridos hermanos en Jesucristo!
«¡El mal sopla su impuro aliento sobre las verdes costas de la Frailandia, vulgo Archipiélago filipino! No brilla un día sin que resuene un ataque, sin que se escuche un sarcasmo contra las reverendas, venerandas y predicandas corporaciones, indefensas y faltas de todo apoyo. Permitidme, hermanos, que un momento me haga caballero andante para salir en defensa del desvalido, de las santas corporaciones que nos educaron, confirmando una vez más la idea complementaria del adagio, tripa llena alaba á Dios, cual es, tripa hambrienta alabará á los frailes.»
--¡Bravo, bravo!
--Oye, dijo Isagani seriamente; te advierto que tratándose de frailes, respeto á uno.
Sandoval que ya estaba alegre se puso á cantar:
¡Un fraile, dos frailes, tres frailes en el coooro Hacen el mismo efecto que un solo tooooro!
--Escuchad, hermanos; volved la vista hácia los hermosos días de vuestra infancia; tratad de examinar el presente y preguntaos el porvenir. ¿Qué teneis? ¡Frailes, frailes y frailes! Un fraile os bautiza, confirma, visita en la escuela con amoroso afan; un fraile escucha vuestros primeros secretos, es el primero en haceros comer á un Dios, en iniciaros en la senda de la vida; frailes son vuestros primeros y últimos maestros, fraile es el que abre el corazon de vuestras novias, disponiéndolas á vuestros suspiros, un fraile os casa, os hace viajar por diferentes islas proporcionándoos cambios de clima y distracciones; él os asiste en vuestra agonía y aunque subais al cadalso, allí está el fraile para acompañaros con sus rezos y lágrimas y podeis estar tranquilos que no os ha de abandonar, hasta veros bien muertos y ahorcados. Mas su caridad no termina allí; muertos ya procurará enterraros con toda pompa, luchará para que vuestro cadáver pase por la iglesia, reciba los sufragios y solo descansará satisfecho cuando os pueda entregar en manos del Criador purificados aquí en la tierra, gracias á temporales castigos, torturas y humillaciones. ¡Conocedores de la doctrina de Cristo que cierra el cielo á los ricos, ellos, nuevos redentores, verdaderos ministros del Salvador, inventan todas las astucias para aligeraros de vuestros pecados, vulgo cuapì, y los trasportan lejos, muy lejos, allá donde los condenados chinos y protestantes viven, y dejan esta atmósfera límpida, pura, saneada, de tal modo que aunque quisiéramos despues, no pudiésemos encontrar un real para nuestra condenacion!