Chapter 2
Y así vive el hidalgüelo mayorazgo á cubierto del trabajo, en resignada indolencia y medida parsimonia. Mas si es segundón y ha de asegurarse el pan ¡á probar fortuna! á buscárselas, ó al convento (13). Con frecuencia tras una vida de aventuras se tomaba iglesia. ¡Pan y toros, y mañana será otro día! Cuando hay, saquemos tripa de mal año, luego... ¡no importa! Tal el alma castiza, belicosa é indolente, pasando del arranque la impasibilidad, sin diluir una en otro para entrar en el heroísmo sostenido y oscuro, difuso y lento, del verdadero trabajo. Y anejo todo esto las virtudes que engendra la lucha, la generosidad de la guapeza, el rumbo de José María, amigo de sus amigos, limosnero del pobre con dinero ajeno. A bote de lanza, anárquicamente, enderezaba entuertos Don Quijote. La misma caridad es de origen militar. Lo que decía M. Montegut (Revue des Deux Mondes, 1º Marzo, 1864) hablando de nuestros místicos, de que no conocen la caridad sino de nombre, siendo para ellos virtud más bien teológica que teologal, es aserto que admite explicación. Porque hay una caridad que por compasión fisiológica, por representación simpática, nace de las entrañas del que sufre viendo sufrir, y otra más intelectiva y categórica, que brota de la indignación que produce el ver sufrir á unos mientras otros gozan; hija de ternura aquélla, de rectitud ésta. Unas veces brota el sentimiento de justicia del de caridad y otras éste de aquél. Cuando en Las Mocedades del Cid encuentra éste al gafo se pregunta « ¿qué me debe Dios más que á ti? » y, considerando que le plugo repartir lo suyo desigualmente en los dos, no teniendo él, Rodrigo, más virtud, sino siendo tan de carne y hueso, concluye en que
Con igualdad nos podía tratar; y así es justo darte de lo que quitó en tu parte para añadir en la mía. Y por sentido de justicia, más que por ternura, y no poco acaso por hazaña, come en el mismo plato con el gafo. Caridad típica también la de aquel arrebatado y agresivo P. Las Casas, que vuelto en sí al leer un día de Pascua el capítulo 34 del Eclesiástico, se dedica á protector de los indios y más aún á violento fiscal de sus compatriotas. Y con él su orden, la que con más brío predicaba en Europa cruzadas contra los herejes, amparaba y defendía en América los pobrecitos indios, vírgenes de herejía. Caridad de ir á salvar almas desatándolas de sus cuerpos; quien bien te quiere te hará llorar. Caridad de espada y de igualdad. La misma caridad tierna y compasiva de Francisco de Asís se trueca en ardiente y belicoso ordenancismo en el español (portugués) Antonio de Padua. « Una limosnita por amor de Dios! » piden los mendigos; se les contesta « perdone, hermano »; y ellos, si se les da, « Dios se lo pague. » Toda ella es caridad austera y sobria, no simpatía. A otra cosa se llama sensiblería aquí.
III
Este hombre formó familia y sociedad civil. Formaba familia, dentro de la cual guardaba á su mujer. Las de Tirso superan al hombre en decisión y malicia, y en el museo de Lope hallamos esgrimiendo la espada á La Varona castellana, defendiendo con panal su honra La Moza de cántaro, y junto á, ellas, entre otras, La Villana de Getafe y La Serrana del Tormes. Entre esta mujer y su hombre los amores son naturales, con pocos intrincamientos eróticos. Nuestra castiza lírica amorosa será sutil, mas poco efusiva, y raros en nuestra literatura los acentos de pasión de amor absorbente puro de otro sentimiento. No es el amor ardiente y atormentado de Abelardo, ni el de los trovadores provenzales, pues si bien entró en Castilla la casuística erótica de éstos por los trovadores gallegos, catalanes y valencianos, no fué castiza y de genuina cepa. Ni el gallego Macias el Enamorado ni el valenciano Ausias March son almas castellanas. Los Amantes de Teruel, de Tirso, son sobrios en ternezas y blanduras, si bien se mueren de amor, con muerte fulminante y repentina. La Jimena de Las Mocedades del Cid expresa sentimiento tan poco erótico y femenino, como es el de estimar más el ver estimar su amor que su hermosura, tomándolo por pundonor. Y esta misma Jimena admira en aquel Rodrigo que le corteja, salpicándole el brial con la sangre de sus palomicas, que luce en él gallardamente, entre lo hermoso, lo fiero. El hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso. Y aun cuanto más bruto, pues Celia, en El condenado por desconfiado, quería á Enrico que la saqueaba y maltrataba por valiente, como se rinde á su chulo la barbiana de rompe y rasga. En esto del amor aparece también el espíritu disociativo, porque es, ó grosero, más que sensual, ó austero y de deber más que sentimental, ó la pasajera satisfacción del apetito ó el débito del hogar.
Y en tratando casamiento verás que mi amor le agrada, que esto es el último intento de toda mujer casada.
Y una vez casada, niega Isabel de Segura un simple abrazo á Diego de Marsilla.
« Ya es mi esposo, Marsilla, Don Gonzalo perdóname si el gusto que me pides no te lo puedo dar corno quisiera, que no le he de ofender por ningún modo. »
Doña Blanca, la mujer de « García del Castañar » cree que
« ..... bien ó mal nacido, el más indigno marido excede al mejor galán. »
No es castiza en España la casuística del adulterio, ni se ha elevado á institución á la amiga. Fuera del matrimonio, los amores son de gallo, de Tenorio, no de Werther. El realismo castellano es más sensitivo que sensual, sin refinamientos imaginativos y con fondo casto. Huele á bodegón más que á lenocinio, y cuando cae en extremo, más tira, aun en la obscenidad, á lo grosero que á lo libidinoso. Sirvan de ejemplo típico la novatada del buscón Don Pablos, la aventurca del bálsamo de Fierabrás y la de los batanes. La misma Celestina escolastiza el amor (14) cuando no cae en lo brutal. No son castizos el sentimentalismo obsceno, ni los aderezos artificiosos del onanismo imaginativo del amor baboso. No sale de esta casta un marqués de Sade, que en su vejez venerable suelta con voz dulce una ordure « avec une admirable politesse » (15). Nuestras mozas de partido no son de la casta de las Manon Lescaut y Margarita Gautier, rosas de estercolero. Los celos en el teatro calderoniano son de honor ofendido, y los celosos matan sin besar como Otelo, sin amor, por conclusión de silogismos y en frío, y las veces por meras sospechas, y aun sabiendo inocente á la mujer « sólo por razón de estado » como « el labrador más honrado », García del Castañar:
« A muerte te ha condenado mi honor, cuando no mis celos, porque á costa de tu vida de una infamia me preservo. »
Amor sin refino y en el matrimonio gravo y sobrio. La mujer, la madre, está en nuestro teatro castizo « oculta en el sancta sanctorum del hogar ». (M. y P.) Es el amor natural, base de la familia, fuertemente individuada ésta en la sociedad, la familia una y constante, cuyos miembros se acuerdan en el espacio, y en el tiempo se unen con los pasados por los sufragios á las benditas ánimas del purgatorio. Cosa castiza el purgatorio. Son los hijos guardadores del nombre de sus padres y vengadores de su honra. Diego Láinez, afrentado, llama á los suyos, desprecia por infames á los que se quejan cuando les aprieta la mano y desenójale el enojo de Rodrigo, que le amenaza con que, á no ser su padre, le sacara las entrañas, y al presentarle éste la cabeza del ofensor...
« Toca las blancas canas que me honraste, llega la tierna boca la mejilla, donde la mancha de mi honor quitaste. »
El anciano D. Mondo de Benavides, afrentado por Payo de Bivar, perdona á su hija Clara sus ilícitos amores con el rey Bermudo, puesto que á ellos debe el tener en Sancho un nieto vengador de su honra. (Los Benavides, de Lope.) Para tales hay que educar á los hijos, como Arias Gonzalo, cuando, muertos en lid singular con D. Diego Ordóñez sus hijos Pedro y Diego, va á apadrinar á Rodrigo, á atizarle fuego en el honor. La sociedad civil que formaron estos hombres tomó de ellos carácter y sobre el de ellos reobró. Formáronla sobre los restos de otra, bajo la presión de invasores de su suelo, comprimidos en un principio en montañas, donde originaron el sentimiento patrio. Las necesidades de la Reconquista les dieron lealtad a caudillo ó igualdad entre los compañeros. Sin lealtad no cabe comunidad guerrera, « pues siempre de la cabeza baja el vigor á la mano ». Jamás olvida el Cid separar del botín el quinto para el rey Alfonso, que le airó, enviarle presentaias y humillarse ante él, « hincando en tierra los hinojos y las manos, tomando dientes las hierbas del campo y llorando de lo ojos. » Y con el « castellano lea l» siente Guzmán el Bueno, y el señor de Buitrago, y tantos otros. Lealtad esta de combatiente á su caudillo más que de cortesano á su señor, lealtad no exenta de « pronunciamientos ». Mas « del rey abajo ninguno » ¡fuera jerarquía! ruda igualdad y llaneza entre los demás. Llaneza, castizo término. Al extranjero que viaja por España le sorprende el fácil tramar conversación en los trenes, el ofrecerse viandas, el pedirse fuego en la calle, el ponerse «¡ á su disposición! » Reinaba en nuestro castizo siglo una peculiar igualdad que se ha llamado democracia frailuna, en gran parte la de la holganza y la pobreza, la de la espórtula y la braveza., anarquista. La disfrutaban muchedumbre de caballeros pobres, frailes, hidalgüelos, soldados y tercios, menospreciadores del trabajo, amantes de la guerra y de la holganza. Y á este anarquismo íntimo acompañaba, como suelo, fuerte unificación monárquica al exterior; el absolutismo, ó mejor ordenancismo castellano, fué forma y dique de anarquía, fué el espíritu de individualismo excluyente transportado á ley exterior. Siempre la firme fe en el libre albedrío lleva, tanto como el fatalismo, al sofoco de la libertad civil; que hay que imponer ley á quien apenas la lleva dentro (16), y consuélese el sometido con que su voluntad es libre é inviolable el santuario de su conciencia. ¡Gran Celestina la metafísica! Era aquí la castiza monarquía cenobítica y austera, ordenancista, reflejo de la familia castellana. En España no juegan papel histórico sobresaliente queridas de reyes.
« Una grey y un pastor sólo en el suelo un monarca, un imperio y una espada »,
cantaba Hernando de Acuña, el poeta de Carlos » V. Era en aquella sociedad el sentimiento monárquico profundo, bien que un si es no es quisquilloso, con la sumisión del « se obedece, pero no se cumple ». El rey no es el Estado, sino el mejor alcalde; no quien crea nobleza y honra, sino quien las protege. Bien que sea fábula, es típico el « cada uno de nosotros vale tanto como vos, y todos juntos más que vos », y hondamente castizo el « e si no, no ».
« Al rey la hacienda y la vida se ha de dar; pero el honor es patrimonio del alma, y sólo se debe á Dios. »
Las voluntades se encabritaban, sí, pero para someterse al cabo, sentida su desnudez, á la autoridad venida de lo alto, y tenían fe en ella. Pocas cosas tan genuinamente castellanas como el ordenancismo, acompasado de pronunciamientos. Ordenancismo más que absolutismo á la francesa, ni despotismo oriental, ni tiranía italiana.
IV
Cada uno de estos individuos se afirma frente á los otros, y para hacer respetar su derecho, su individualidad, busca ser temidos. Preocúpase de la opinión pública, preocupación que es el fondo del honor, y cuida conservar el buen nombre y la nobleza. La bárbara ley del honor no es otra cosa que la necesidad de hacerse respetar, llevada á punto de sacrificar á ella la vida. « ¡Muera yo, viva mi fama! » exclamó Rodrigo Arias al ser herido mortalmente por D. Diego Ordóñez de Lara. Como apenas se han socializado estos individuos ni se ha convertido en jugo de su querer la ley de comunidad, se afirman con altivez, porque el que cede es vencido; hacen todos del árbol caído leña, y ayúdate, que Dios te ayudará, que al que se muere le entierran. Nada de componendas ni de medias tintas, ni de pasteleo, nada de nimbo moral, justicia seca ó razón de estado. No saben « andar torciendo, ni opiniones, ni caminos ». En el hermoso diálogo de la primera parte de Las Mocedades del Cid confiesa el conde Lozano á Peranzules que fué locura su acto; pero como tiene mucho que perder y condición de honrado, no la quiere enmendar, que antes se perderá Castilla que él. Ni dará ni recibirá satisfacción, que el que la da pierde honor y nada cobra el que la recibe,
« el remitir á la espada los agravios es mejor. ……………. que en rigor pondré un remidiendo en su honor quitando un jirón al mío: y en habiendo sucedido, habremos los dos quedado, él con honor remendado y yo con honor rompido. »
Y encierra su opinión honrada en esta cuarteta, quinta-esencia de la ley del honor:
«Procure siempre acertarla el honrado y principal; pero si la acierta mal, defenderla, y no enmendarla. »
¡Antes mártir que confesor! ¡Tesón, tesón hasta morir y morir como D. Rodrigo en la horca! No hay que flaquear, y si se flaquea, que no lo sepan. Sobre todo, esto; que no lo sepan ¡por Dios!, que no lo sepan. Como « el prender al delincuente es publicar el agravio », manda el rey se tenga secreta la ofensa del conde Lozano á Diego Láinez, lo cual parece á Peranzules « notable razón de estado ! » Secreto, ante todo; « á secreto agravio, secreta venganza »; « que no dirá la venganza lo que no dijo la afrenta ». ¡Secreto, secreto, sobre todo secreto! (17). El honor se defiende á estocada limpia: « en ti, valiente espada, ha de fundarse mi honor », ese honor que en el pecho « toca fuego, al arma toca », el que se lava con sangre. Con la de la herida del conde Lozano se frota Diego Láinez la mejilla, « adonde la mancha estaba » (18). « De lengua al agraviado caballero ha de servir la espada », « lengua de la mano » que
« …………………….. es falta de valor sobrar tanto la paciencia, que es dañoso el discurrir; pues nunca acierta á matar quien teme que ha de morir. »
« El perro muerto, ni muerde ni ladra », decía aquel francote de Rodrigo Orgóñez, el amigo del pobre Adelantado Almagro. ¡Cuánto cuesta someterse á ley no hecha carne, categórica y externa! « Cuánto cuesta el ser noble y cuanto el honor cuesta! », exclama Jimena. ¡Honor, « vil ley del mundo, loca, bárbara, ley tan terrible del honor »!
« Que un hombre que por sí hizo cuanto pudo para honrado no sepa si está ofendido! »
Son de oír en A secreto agravio secreta venganza (escena 6ª de la jornada III), los desahogos de D. Lope de Almeida contra esa ley. Es la tal ley un sino fatal, es la sociedad imponiéndose al individuo, disociado de ella en espíritu, no diluido en el nimbo colectivo; es ley externa la que engendra el conceptismo dilemático del pundonor. Es anarquismo moral bajo el peso de absolutismo social. Esta ley y este sentimiento del honor tuvieron su vida, y no es muy hacedero raspar de ellos el barniz caballeresco francés para discernir qué cualidades castizas y peculiares acompañan al honor castellano. La sitematización del honor, la caballería, es, como tantas sistematizaciones y pulimentos, de origen francés. ¡Cuánto más caballeresca la Chanson de Roland que nuestro viejo y sobrio Cantar de myo Cid, no libre, sin embargo, de influjo francés! En aquella aparece la loi de chevalier, y Sancho debajo del Cid, que en su querella con los infantes de Carrión se cuida mucho de los haberes que le han llevado, porque « esso me puede pesar con la otra desonor » (verso 2913). Estaban los nuestros muy ocupados con los moros para esas caballerías, mas al desembarazarse de ellos derramáronse por esos mundos de Dios (19), y á la postre entró el caballerismo en España, y tomó fuerte arraigo. Nuestros caballeros metieron las manos hasta los codos en aquello que llamaban aventuras. Fué aquí exagerado al punto de los Amadises y demás de su linaje, y en la vida real al de Suero de Quiñones, y al de los desafíos de Barleta. San Ignacio veló las armas y se hizo caballero á lo divino. El caballerismo dió nuevo barniz al Cid, á Bernardo del Carpio y á otros héroes legendarios. Los franceses nos dieron Rolando, como nosotros á ellos Gil Blas. Mas siempre fué aquí el honor más macizo y brutal, más natural y plebeyo, más sutil que delicado al querer refinarse. Pué siempre aquí cada cual más hijo de sus obras y padre de su honor (20), debido éste más á naturaleza que á gracia, al brazo que al rey; honor menos de relumbrón y parada, más positivo, más apegado á sus raíces. En la francesada, no era el fin de los españoles - decía G. Pecho - la gloria, sino la independencia, que á haberse batido por el honor habríase acabado la guerra en la batalla de Tudela. Y á Stendhal le parecía el único, le seul, pueblo que supo resistir á Napoleón absolutamente puro de honor estúpido, bête, de lo que hay de estúpido en el honor. (De l‘Amour, cap. XLVII) No hay aquello de « tirez les premiers, messieurs les anglais », porque sabemos bien que el que da primero da dos veces, aunque no quite lo cortés á lo valiente. Son nuestros caballeros más brutales y menos amadamados, monos tiernos (21) en derretimientos, más fastuosos y guapos que elegantes y finos; menos dados también la sensiblería ginecolátrica. « Dios, Patria y Rey », es la divisa de los nuestros, más bien que « Dieu, l’honneur el les dames ». Cuando más la dama, no les dames; el fondo de Amadís es su casta fidelidad á Oriana, virtud que brilla también en Don Quijote. ¡Desgraciada la mujer cuando la hacen ídolo! En el fondo del caballerismo francés aparecen barones feudales, aquí reconquistadores del suelo patrio.
V
En sociedades tales el más intimo lazo social es la religión, y con ella una moral externa, de lex, de mandato, que engendra casuismo y métodos para ganar el cielo. De todos los países católicos, acaso haya sido el más católico nuestra España castiza. El catolicismo dominicano y el jesuítico, son tan castellanos como italiano el cristianismo franciscano. Una fe, un pastor, una grey, unidad sobre todo, unidad venida, de lo alto, y reposo además, y sumisión y obediencia perinda ac cadaver. Este pueblo de las disociaciones y los contrastes se acomodaba bien á afirmar dos mundos, un Dios y un Diablo sobre ellos, un infierno que temer y un cielo que conquistar con la libertad y la gracia, ganando al Dios misericordioso y justo. Fué éste pueblo de teólogos cuidadosos en congruir los contrarios; teólogos todos, hasta los insurgentes, teólogos del revés los librepensadores. En la teología no hay que desentrañar con trabajo hechos, sino combinar proposiciones dadas, es asunto de « agudeza de ingenio », de intelectiva. De esta casta brotaron los principales fautores de Trento, y los llamados Domini canes, la Orden de Predicadores que se estrenó contra los albigenses, y la Milicia de Jesús más tarde. Un portugués, el impetuoso San Antonio, fué el que primero peleé contra herejes en la Orden de paz y de tolerancia de pobrecito de Asís. Que las castizas guerras de nuestra edad del oro fueron de religión... Esta era el lazo social, y a unidad religiosa forma suprema de la social. Para demarcar, por vía de remoción, la unidad nacional, se expulsó judíos y moriscos y se cerró la puerta á luteranos, por « sediciosos, perturbadores de la república (22)». Ordenes militares religiosas se fundaron en España para la cruzada interior que reconquistara el propio suelo, y en ninguna parte más vivo el sentimiento de la hermandad entre el sacerdote y el guerrero que en el pueblo que dió tantos curas guerrilleros en la francesada. Guerras religiosas, sí, en cuanto el reino de la religión se extiende á este mundo, en cuanto institución para sustento de la máquina social y mantenimiento del orden y del silencio y de la obediencia á la ley. Aquellas almas fueron intolerantes, no por salud y vigor, sino por pobreza de complejidad, porque no sólo tolera el débil y el escéptico sitio sino el que en fuerza de vigor penetra en otros y en el fondo de verdad que yace en toda doctrina, puesto que hay junto á la tolerancia por exclusión otra por absorción. Temían las masas doctrinas, las ideas, porque eran éstas en ellos categóricas é impulsivas; temían más la « soberbia del espíritu » que la « concupiscencia de la carne »; por la razón temían haber de venir la caída. Mas ellos no razonaron su intolerancia como tal, que esto se queda para los que no la sienten. Aquellos conceptistas concebían sus conceptos por exclusión y la religión como lazo social y base de unidad civil. Valía más según el duque de Alba, conservar mediante guerra un reino arruinado para Dios y el Rey, que tenerlo, sin esto, entero, en provecho del demonio y de los herejes sus secuaces. A la ley había que someterse por la fe, que era confianza, sobre todo, confianza en que el Rey celestial no habría de negar una hora de arrepentimiento al que obedeciese, aunque no cumpliera sus mandatos. Paulo el ermitaño, se condena por desconfiar de su salvación,
« porque es la fe en el cristiano, que en sirviendo á Dios y haciendo buenas obras, ha do ir á gozar de él en muriendo »,
por querer que Dios le diga si se ha de salvar ó no; y Enrico el de los « latrocinios, cuchilladas, heridas, robos, salteamientos y cosas deste modo », el que mató treinta hombres y forzó seis doncellas, como « aunque es tan malo, no deja de tener conocimiento de la santa fe », sino que abriga esperanza siempre de que tiene de salvarse, esperanza no fundada en obras suyas,
« sino en saber que se humana Dios con el más pecador y con su piedad lo salva »,
sálvase por acto de arrepentimiento, llevándole al cielo « dos paraninfos alados. » La misma concepción en el fondo que esta de El Condenado por desconfiado, de Tirso, es la de La Devoción de la Cruz, de Calderón. El genio oculto de la sociedad, su intraconciente providencia, dió cedida del cielo y terror al infierno á aquellos anarquistas. Donde Paulo, el ermitaño, al creerse condenado como el bandido Enrico, exclama:
« si su fin he de tener tenga su vida y sus hechos! »
allí es donde adquiere, en virtud del contraste, plena significación el « aunque no hubiera infierno te temiera ». En el fondo de aquellas naturalezas de un individualismo salvaje quedaba chispa de fe; poso de sumisión á una terrible ley externa, hado de la sociedad, á la que había que obedecer, mal que no se la cumpliera. A Sancho el socarrón le parecía un demonio « hombre de bien y buen cristiano, » al oírle jurar « en Dios y en mi conciencia », y concluía que « aún en el mismo infierno debe haber buena gente ». ¡Respeto, respeto ante todo y horror al escándalo! « Gracias á Diós, todo está tranquilo en los Países Bajos », gracias á Dios y al Consejo de sangre. La religión cubría y solemnizaba. Para que les enseñaran « las cosas de nuestra santa fe católica » encomendaban indios á los aventureros de América. ¡Extraña justificación de esclavitud! Y allá, en aquellas mismas tierras de nuestra castiza epopeya viva, vírgenes de policía, donde se desenfrenaban las pasiones, cuando Pizarro, Almagro, y el maestrescuela Luque hicieron convenio de repartirse la presa de la conquista del Perú, aportando el último, socio capitalista, 20.000 pesos, y su industria los otros dos, entonces cierran el trato en Misa celebrada por Luque, en que comulgaron los tres de una sola y misma Hostia. ¡Qué de miserias irreligiosas brotaron de este solemne y consagrado trato!