Chapter 1
Biblioteca Virtual de Prensa Histórica, Ministerio de Cultura La España Moderna. Núm. LXXVI. Abril de 1895 Páginas 27 a 58.
I
Casticisimo es en nuestras letras castizas el teatro, y en éste el de Calderón, porque si otros de nuestros dramaturgos le aventajaron en sondas cualidades, él es quien mejor encarna el espíritu local transitorio de la España castellana castiza y de su eco prolongado por los siglos posteriores, más bien que la humanidad eterna de su casta; es un « símbolo de raza (1) ». Da cuerpo á lo diferencial y exclusivo de su casta, á sus notas individuantes, por lo cual, á pesar de haber galvanizado su memoria tudescos rebuscadores de ejemplares típicos, es á quien « leernos con más fatiga » los españoles de hoy, mientras Cervantes vive eterna vida dentro y fuera de su pueblo. Calderón, el símbolo de casta, fué á buscar carne para su pensamiento al teatro, en que se ha do presentar al inundo en compendio compacto y vivo, en sucesión de hechos significativos, vistos desde afuera, desvaneciéndose á último término, hasta perderse á las veces, el nimbo que los envuelve, el coro irrepresentable de las cosas (2). Y de todos los teatros, el más rápido y teatral es el castellano, en que no pocas veces se corta, más bien que se desata, el nudo gordiano dramático. Lope, sobre todo, suele precipitar el desenlace, la anagnórisis. Por toda la literatura castellana campea esa sucesión caleidoscópica, y donde más, en otra su casticísima manifestación, en los romances, donde pasan los hombres y los sucesos grabados al agua fuerte, sobre un fondo monótono, cual las precisas siluetas de lo gañanes á la caída de la tarde, sobre el bruñido cielo. El didactismo á que propende esta misma literatura suele por su parte resolverse en rosario de sentencias graves, en sarta sin cuerda á las veces. En el teatro calderoniano se revela de bulto esa suerte de ver los hechos en bruto y yuxtapuestos por de fuera. El argumento es casi siempre de una sencillez y pobreza grandes, los episodios pegadizos y que antes estorban que ayudan á la acción principal. No se combinan, como en Shakespeare, dos ó más acciones. Una intriga enredosa á las veces, pero superficial, caleidoscópica, y sobre todo enorme monotonía en caracteres, en recursos dramáticos, en todo (3). Por ver los hombres en perfil duro no sabe crear caracteres; no hay en sus personajes el rico proceso psicológico interno de un Hamlet ó un Macbeth, es « psicología de primer grado, como las imágenes coloreadas de Alemania son pintura elemental », dice Amiel (Journal intime, 8 janvier 1863, juzgando de refilón de nuestro teatro. « Todas las cosas están allí apuntadas y casi ninguna llevada á cabal desarrollo », lo que se atribuye á « condiciones del ingenio español (castellano)… la rapidez y la facilidad para comprender un carácter y lo incompleto de su desarrollo ». (M. y P.) ¿Rapidez para comprender? Es que pasan el hecho ó la idea recortados, sin quebrar su cáscara y derramar sus entrañas en el espíritu del que los recibe, sin entrar á él envueltos en su nimbo y en éste desarrollarse. El desarrollo es la única comprensión verdadera y viva, la del contenido; todo lo demás se reduce á atrapar un pobre dermato-esqueleto encasillable en el tablero de las categorías lógicas. La idea comprendida se ejecuta sola, sponte sua, como en la mente shakespeariana. En la de Calderón se petrifica. Superar en ejecución lo es en verdadera comprensión, porque la ejecución revela la continuidad y vida intimas de la idea. Como las buriladas representaciones calderonianas no rompían su caparazón duro, fué el poeta, no viéndolas en su nimbo, á buscarles alma al reino de los conceptos obtenidos por vía de remoción excluyente, á un idealismo disociativo (4), y no al fondo del mar lleno de vida, sino á un ciclo frío y pétreo. Este espíritu castizo no llegó, á pesar de sus intentonas, á la entrañable armonía de lo ideal y lo real, á su identidad oculta, no consiguió soldar los conceptos anegándolos en sus nimbos, ni alcanzó la inmensa sinfonía del tiempo eterno y del infinito espacio de donde brota con trabajo, cual melodía en formación y lucha, el Ideal de nuestro propio Espíritu. Para él dos mundos, un caleidoscopio de hechos y un sistema de conceptos, y sobre ellos un Motor inmoble. Espíritu este dualista y polarizador. Don Quijote y Sancho caminan juntos, se ayudan, riñen, se quieren, pero no se funden. Los extremos se tocan sin confundirse y se busca la virtud en un pobre justo medio; no en el dentro en donde está y debe buscarse. Sáltase de los hechos tomados en bruto sin nimbo á conceptos categóricos. Cuando Quevedo no nos cuenta al buscón D. Pablos comenta á Marco Bruto, y el grave Hurtado de Mendoza narra las picardías del lazarillo del Tormes. Calderón nos presenta la realidad « con sus contrastes de luz y de sombra, de alegrías y de tristezas », sin derretir tales contrastes en la penumbra del nimbo de la vida, « mezcla lo trágico y lo cómico », sí, los mezcla, no los combina químicamente. Y así « en nuestro teatro más que idealismo hay convencionalismo, y más que realismo la realidad histórica de un tiempo dado » y « cierta ligereza y superficialidad », la de no pasar de la superficie. Genuinamente castizos son nuestros dramas teológicos y autos sacramentales, con sus personajes sin vida, la Fe, la Esperanza, el Aire, el Fuego, el Agua, la Encarnación,, la Trinidad, no seres vivos, sino
tumba de huesos, cubierta con un paño de brocado.
En su idealismo se pone lo grande de Calderón, su « genio sintético y comprensivo », viendo en él grandeza de concepción y una alteza tal de ideas teológicas, intelectuales y filosóficas, que resultaba mezquina toda forma para encerrarlas, « alteza de la idea inicial de sus obras ». Mas como aun así no pueda proponérsele cual modelo de belleza, ni supo hallar « lo que es universal y eterno del corazón humano », se nos dice que « no bastan por sí solas las grandes ideas para hacer con ellas grandes dramas ». Las grandes ideas categóricas y abstractas, no. Distinguen al ingenio castellano « grandeza inicial y lucidez pasmosa para sorprender las ideas; poca calma, poca atención para desarrollarlas ». (M. y P.) ¡Es claro!, como las sorprende, se le escapan sin entrar en él é imponerse su atención, para desarrollar por sí, en virtud propia, su contenido. La « intuición rápida » de « proceder como por adivinación y relámpagos », es falta de comprensión viva, genética; los relámpagos deslumbran, no alumbran. ¡Genio sintético y comprensivo el que ni vislumbró la unidad de los dos mundos! ¡Armonismo un mero enlace de ellos, en que se ve la pegadura! ¡Pobres altísimas concepciones, muertas de desnudez, sin carne en que abrigarse! La mera ocurrencia de sacar á tablas conceptos abstractos delata toda la flaqueza de este ingenio, como lo empedernido de su idealismo el encontrarse resuelto (!!!) en sus obras « el enigma de la vida humana… sin luchas, sin vacilaciones, sin antinomias, sin dudas siquiera ». No es de extrañar que se sobreponga el idealismo de Calderón al de Shakespeare, y aun que no se le vea bien en éste. El inglés pone en escena á que desarrollen su alma hombres, hombres, ideas vivas, tan profundas cuanto altas las más elevadas del castellano. El rey Lear, Hamlet, Otelo, son ideas más ricas de contenido íntimo que cualquiera de los conceptos encasillables de Calderón. ¡Un hombre!, un hombre es la más rica idea; llena de nimbos y de penumbras y de fecundos misterios. Calderón se esforzaba por revestir huesos de carne y sacaba momias, mientras que en el proceso vivo brota el organismo todo de un óvulo fecundado, surge del protoplasma del nimbo orgánico, dibujándose un dentro y un fuera, un endodermo y un ectodermo, y formándose poco á poco en su interior, del tejido conjuntivo endurecido por sales calcáreas del ambiente el esbozo de los huesos, que son lo último que queda y persiste cuando el ser ha muerto, delatando la forma viva perdida para siempre. Huesos encerrados en lo vivo por carne palpitante, huesos que admiran los osteólogos y paleontólogos en los dramas sarmentosos de Calderón, y que en Shakespeare están vivos, con tuétano caliente; pero sustentando, ocultos por la carne, la fábrica viva toda de que surgieron, inconcientes á su autor. Para el inglés los óvulos eran cuentos, novelas, anécdotas, sucesos vivos; en nuestro teatro abundan como tales lugares teológicos ó de parecida laya (5). Por sumirse en el fondo eterno y universal de la humanidad, que es la más honda y fecunda idea, donde se confunden los dos mundos, por cuyo ministerio brota el ideal de la, realidad, de la naturaleza el arte, Shakespeare, sabiendo de pobre historia paleontológica tan poco ó menos que Calderón, más letrado que él, penetra en el alma de la antigüedad romana por la estrecha puerta de una mala traducción de Plutarco y resucita en su Julio César la vida del foro resonante, mientras Calderón, atado á la historia de su tiempo y de su suelo, apenas se despega, de lo transitorio y local. Penetra Shakespeare en la intra-historia romana y en la del alma con Hamlet, encarnación de humanidad tan profunda como el alegórico Segismundo, más viva. Y por ser más profundas sus concepciones vivas, informulables, es por lo que alcanza la « verdad humana, absoluta, hermosa » y la « expresión única ». Hay en nuestro castizo teatro disociación entre el idealismo y el realismo y en punto á éste los graciosos, que representan el fallo de la razón imparcial y sobria del común sentido (6). El gracioso, impertinente á menudo, « de un modo realista y prosaico, no exento de vulgaridad y aun de grosería, vuelve siempre por los fueros del sentido común ». No exento de vulgaridad y aun de grosería nuestro Sancho, es cierto, pero Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho cristiano, Sancho sincero. ¡Impertinente!, esto es, disociado, que no casa bien con el idealismo de su Quijote. Este espíritu. disociativo, dualista, polarizador, se revela en la expresión, en el vano lujo de colores y palabras, en el énfasis, en la « inundación de mala y turbia retórica », en la manera hinchada de hipérboles, discreteos, sutilezas y metaforismo apoplético. Nuestros vicios castizos, desde Lucano y Séneca acá, el culteranismo y el conceptismo, brotan del mismo manantial. Dícese que el culteranismo y la hipérbole arrancan de brillantez de imaginación, el conceptismo de agudeza de ingenio. ¡Socorrido recurso el de la brillante ó fogosa imaginación española! Aquí entran en cuenta el sol y otros ingredientes. Y en realidad, sin embargo, imaginación seca, reproductiva más que creadora, más bien que imaginación fantasía, empleando tecnicismo escolástico. O los hechos tomados en bruto, en entero y barajados de un modo ó de otro, no desmenuzados para recombinarlos en formas no reales, ó bien conceptos abstractos. Nuestro ingenio castizo es empírico ó intelectivo más que imaginativo, traza enredos entre sucesos perfectamente verosímiles; no nacieron aquí los mundos difuminados en niebla, los mundos de hadas, gnomos, silfos, ninfas y maravillas. Pueblo fanático, pero no supersticioso, y poco propenso á mitología, al que cuadra mejor el monoteísmo semítico que el politeísmo ariano. Todo es en él claro, recortado, anti-nebuloso: sus obras de ficción muy llenas de historia, hijas de los sentidos y de la memoria, ó llenas de didactismo, hijas de la intelectiva. Sus romances por epopeyas y por baladas, y el Quijote por el Orlando. La imaginación se apacienta en los nimbos de los hechos, nimbos que el castizo espíritu castellano repele, saltando de los sentidos la inteligencia abstractiva. Y al tomar en bruto los hechos para realizarlos, acude al desenfreno del color externo, de lo distintivo en ellos, así como cae por otra parte en el conceptismo de los universales faltos de nimbo; sensitivismo é intelectualismo, disociación siempre. Cuando se alcanza mal á repartir en un cuadro los matices y medias tintas de tal suerte que en la unidad del conjunto aparezcan los objetos encajados, subordinados al todo, se cae en el desenfreno del colorismo chillón y de mosaico, de brillos metálicos, corriendo tras el enorme despropósito de que las figuras se salgan del cuadro, que vale tanto como desquiciarlas de su puesto y disociarlas de la realidad, acudiendo para ello procederes de efecto escenográfico, más que sean pintar en el mareo la pezuña de un caballo ó cualquier otro desatino tan desaforado. El ver las cosas destacarse á cuchillo es no percibir que es su forma en parte la del moldo que les da el fondo, y así, por no dibujar tanto hacia afuera corno hacia dentro, se busca la línea continente por serie de rectificaciones que engendran perfil confuso é incierto, desdibujada resultante de tanteos. La poca capacidad de expresar el matiz en la unidad del nimbo ambiente lleva al desenfreno colorista y al gongorismo caleidoscópico, epilepsia de imaginación que revela pobreza real de ésta; la dificultad en ver la idea surgiendo de su nimbo y dentro de él, arrastra á la escenografía intelectualista del conceptismo; y la falta de tino para dibujar las cosas con mano segura á la par que suave, en su sitio, brotando del fondo á que se subordinan, conduce á las tranquillas oratorias dé acumular sinónimos y frases simétricas, desdibujando las ideas con rectificaciones, paráfrasis y corolarios. Y de todo ello resulta un estilo de enorme uniformidad y monotonía en su ampulosa amplitud de estepa, de gravedad sin gracia, de períodos macizos como bloques, ó ya seco, duro y recortado. Y en este estilo dos retóricas, la de la oratoria y la de la dialéctica, metaforismo de oradores, ergotismo de teólogos y leguleyescas citas. El elemento intelectivo es lo que « ahoga y mata la expresión natural y sencilla », sofocada al peso do categorías; la expresión única brota de la idealidad de lo real concreto.
II
Es grande Segismundo, precursor del Quijote, y hay eterna grandeza en Pedro Crespo y aun en Don Lope de Almeida, porque todos ellos, y con ellos su creador, eran algo más que mentes nacidas para comprender el mundo. Eran voluntades con los vicios y la bondad íntima de la energía que desborda. La inteligencia misma es forma de voluntad. Todo espíritu que pase por enérgica abstracción desde recortadas sensaciones á conceptos categóricos, sofocando el nimbo de las representaciones, ó es juguete de los motivos del ambiente, ó reacciona sobre ellos con voluntariedad de arranque en resoluciones bruscas y tenaces, ó ya esclavo ó ya tirano de lo que le rodea. Los personajes de nuestro teatro y aun los de nuestra historia se forman más de fuera dentro que á la inversa, más por cristalización que por despliegue orgánico, produciéndose ex abrupto no raras veces. En Lope los hay que cambian de repente, sobre todo al final do sus comedias, sin causa justificada. « Los sentimientos más opuestos brotan en su pecho, sin ofrecer las gradaciones que entre nosotros », dice de los españoles el alemán Schack. Cuando no son de una pieza, se mueven guerra dividiéndose en dos ó ya son sistema de contradicciones como el egoísta generoso, el Don Domingo de Don Blas, de Alarcón. Obedecen nuestros héroes castizos á la ley externa, tanto más opresiva cuanto menos intimada en ellos, abundando en conflictos entro dos deberes, entro dos imperativos categóricos sin nimbo en que concordarse. A la presión exterior oponen, cual tensión interna, una voluntad muy desnuda, que es lo que Schopenhauer gustaba en los castellanos, por él tan citados y alabados. Acá vino también Merimée á buscar impresiones fuertes y caracteres simples, bravíos y enteros. A la disociación mental entro el mundo de los sentidos y el de la inteligencia correspondo una dualidad de resoluciones bruscas y tenaces y de indolente matar al tiempo, dualidad que engendra, al reflejarse en la monte, fatalismo y librearbitrismo, creencias gemelas y que se completan, nunca la doctrina del determinismo de la espontaneidad. Se resignan á la ley ó la rechazan, la sufren ó la combaten, no identifican su querer con ella. Si vencidos, fatalistas; librearbitristas cuando vencedores. La doctrina es la teoría de la propia conducta, no su gula. En las disputas teológicas que provocaron el calvinismo primero, y el jansenismo más tarde, teólogos españoles fueren los principales heraldos del libre albedrío. ¡Frases vigorosas el « no me dala real gana » y el « no importa »! Y aún las hay más enérgicas y castizas, que vienen como anillo al dedo á la doctrina schopenhaueriana de que la voluntad es lo genérico, así como la inteligencia lo individuante en el hombre, que el foco, Brennpunkt, de aquella son los órganos genitales. Todo español sabe de dónde le salen las voliciones enérgicas.
« Y teniendo yo más alma, ¿tengo menos libertad? »
grita Segismundo. Tener más alma es tener más voluntad entera, más masa de acción, más intensa; no mayor inteligencia ni más complejo espíritu. Y junto á esta voluntariedad simplicista de esta enérgica casta de conquistadores, fe en la suerte: Da ventura á tu hijo y échalo en el mar. Fe en la estrella, buena si se triunfa, si se sucumbe mala. Es el vislumbre de sentirse arrebatado de algo íntimo, más hondo que la conciencia. La monotonía de caracteres del castizo teatro castellano paréceme ser reflejo de un rasgo real. Caracteres los de esta casta, de individualidad bien perfilada y de complejidad escasa, más bien unos que armónicos, formados los individuos por presión exterior en masa pétrea, personas que se plantan frente al mundo, y le arman batalla sin huir del peligro, que en la ocasión se moverán guerra á sí mismos sin destruirse, y que si se dejan morir es matando, como Sansón con todos los filisteos (7). Eran almas estas tenaces é incambiables, castillos interiores de diamante de una pieza, duro y cortante. Genio y figura hasta la sepultura; lo que entra con el capillo sale con la mortaja; lo que en la leche se mama, en la mortaja se derrama. Al plantarse en sociedad cada una de estas almas frente á las otras, prodújose un verdadero anarquismo igualitario, y á la par anhelo por dar á la comunidad la firme unidad de cada miembro, un verdadero anarquismo absolutista, un mundo de átomos indivisibles é impenetrables en lucha dentro de una férrea caja, lucha de presión externa con interna tensión. Fué una sociedad guerrera (8), y en la guerra misma algo de anárquico, guerrillas y partidarios. En tales sociedades y con tales individuos prolóngase un sentido de justicia primitivo, vengándose devengan sus derechos. En Pedro Crespo se une á la justicia la venganza y tenemos un rey á quien llaman unos el Cruel y el Justiciero otros. Entre nosotros buscaba Schopenhauer ejemplos del anhelo de llevar « al dominio de la experiencia la justicia eterna, la individuación » dedicando á las veces toda una vida á vengar un entuerto, y con previsión del patíbulo (9). Pasarnos, según Rasch (Die heutige Spanien), en Alemania, ¡prepárese el lector!... á la vez que por ganosos de fama, codiciosos é indolentes, ruhmsüchtig, golddürstig, faul, por crueles y sanguinarios, grausam, blutdürstig. Cuando los extranjeros nos quieren mal y tratan de traer á cuenta nuestras flaquezas, no olvidan al inhumano duque de Alba, á su Juan de Vargas y su Consejo de sangre, los autos de fe y los quemaderos, y los desenfrenos todos de nuestro odium theologicum. Es dureza de combatiente. El valor, valor de toro. « ¡Ve á vencer! » - dice arrogantemente el rey á Rodrigo de Vivar en Las Mocedades del Cid - y en éstas, al morir Rodrigo Arias, repite á su padre: « Padre ¿he vencido, he vencido?... yo muero, padre, ¿he vencido? » En la vida de lucha conviene además juntar al esfuerzo astucia, aquella arma del fuerte y ésta del débil. « Apenas habla término medio entre el caballero y el pícaro » - dice el Sr. Menéndez. - Confundíanse uno en otro; en horas de insolación asoma bajo el aristócrata el chulo. Esta voluntad se abandona indolentemente al curso de las cosas si no logra domarlo á viva fuerza, no penetra en él ni se apropia su ley; violencia ó abandono más menos sostenidos. Es poco capaz de ir adaptándose lo que le rodea por infitesimales acciones y pacienzudos tanteos, compenetrándose en las pequeñeces de la realidad, por trabajo verdadero. O se entrega á la rutina de la obligación, ó trata de desquiciar la cosas, padece trabajos por no trabajar. Es proverbial nuestro castizo horror al trabajo, nuestra holgazanería y nuestra vieja idea de que « ninguna cosa baja tanto al hombre como ganar do comer en oficio mecánico », proverbial la miseria que se siguió á nuestra edad del oro, proverbiales nuestros pordioseros y mendigos y nuestros holgazanes que se echan á tomar el sol y se pasaban con la sopa de nuestros conventos. El que se hizo hidalgo peleando moriría antes que deshonrar sus manos (10). En ninguna parte arraigó mejor ni por más tiempo lo de de creer que el oro es la riqueza, que aquí, donde Ustáriz extremó el mercantilismo. Los pobres indios preguntaban á los aventureros de El Dorado por qué no sembraban y cogían, y en vano propusieron los prudentes se enviaran á las Indias labradores. Francisco Pizarro, en el momento de ir á pasar su Rubicón, traza con la espada una gran raya en tierra y dice: « por aquí se va a Perú á ser ricos; por acá se va á Panamá á ser pobres; escoja el que sea buen castellano lo que más bien le estuviere.» Y más tarde, solemne escena en Caxamalca, cuando, previa invocación al auxilio divino, se reparte con gravedad el precio del desgraciado Atahualpa, aquel reposado inca, último testigo de una civilización borrada para siempre por los conquistadores de aquel « infierno del Perú, que con multitud de quintales de oro ha empobrecido y destruido á Epaña» - decía Las Casas. Poco después el leal duque de Alba, sirviendo á su Dios y á su Rey no olvidaba el botín (11). ¡El botin!, tal era la preocupación del legendario Cid (12) y el mismo Sancho, el pacifico, el discreto, el buen Sancho,, el codicioso de la ínsula, apenas vió en el suelo al fraile de San Benito « apeándose ligeramente de su asno arremetió á él, y le comenzó á quitar los hábitos..., que aquello le tocaba á él legítimamente como despojos de la batalla que señor Don Quijote había ganado ». El pobre con aspiraciones que no se aviene á enterrarse cogido á la mancera en la masa intrahistórica de los silenciosos, los intracastizos, ni á vivir como el licenciado Cabra « clérigo cerbatana, archi-pobre y proto-miseria » para quien la penuria era salud é ingenio, ó dice con el soldado de Los Amantes de Teruel de Tirso:
Bien haya, amén, quien inventó la guerra Que de una vez un hombre queda rico Aunque en mil años haya visto blanca;
ó se gana honradamente la vida con la industria de sus manos..., que « hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica sino liberal », y « quien no hurta en el mundo no vive » - decía su padre al buscón D. Pablos, espejo de vagabundos. Y aun sin llegar tal, vívase al día, con un mañana que nunca llega por delante, á ver si cae maná. Todos los años aplaudimos al castizo héroe conquistador del « ¡tan largo me lo fiáis! » y todos se aguarda por todos con ansia el día del nacimiento del Redentor, en esperanza del gordo.
El nacer pobre es delito.