El espejo de la muerte

Part 5

Chapter 54,116 wordsPublic domain

Empezó a sentir desazón en su alma. Una noche volvía del sermón a casa y le zumbaba en la cabeza el famoso aforismo. No podía entrar con que él fuera más pecador que un adúltero o un asesino, y la cosa estaba bien clara, porque pecar contra la fe, directamente contra Dios, no dándole crédito, es peor que pecar por carambola; la soberbia es más satánica que la ira o la lujuria. Aquella noche no pudo pegar ojo, resudando dió mil vueltas en la cama, se levantó a beber agua del jarro de la jofaina, cerraba los ojos con violencia proponiéndose contar hasta 150, ni por ésas; nada, siempre en el campo oscuro bailando la sentencia. Así hubiera pasado toda la noche si a eso de las cuatro, con la fatiga que venció al insomnio, no hubiera iluminado su mente esta idea de paz: salvo los casos de ignorancia y de buena fe. Se durmió diciendo: Dios me perdonará porque no sé lo que me pienso.

Juan Pérez recobró aparente calma, considerándose caso de ignorancia o de buena fe.

Pero... veámoslo: la ignorancia vencible, ¿no es pecado? Empezó a bucear en su alma si era él caso de ignorancia o de buena fe, o era todo ello argucias del enemigo malo. ¡Cuesta tanto crucificar al hombre viejo! Dale que le das le volvieron los insomnios.

Así estaba el pobre. Volvió a leer el áureo libro del eximio Sardá, la encíclica _Libertas_, y empezó a estudiar lo que la maestra de la gente entiende por liberalismo en sus varios grados y matices, y por liberales, imitadores, etc. Una tarde, a la hora en que se acuesta el sol en cama de oro, y cuando volvía Juan Pérez de paseo por una estrada, mordiendo un brote de zarzamora, se le ocurrió preguntarse: ¿soy yo acaso liberal, imitador, etc.? Y descubrió sin asombro, como cosa olvidada de puro sabida, que nunca había sido liberal. Recobró calma; no era liberal, pero tampoco carlista. ¡Carcunda como los López!, ¡jamás! ¡Los del chaquetón! Debajo de sus ideas yacían siempre los espectros de su infancia.

No era liberal, pero le quedaba el nombre. ¡Qué cosa tan terrible es el nombre! Es el pulpo de la inteligencia. A sus padres les llamaron y se llamaron ellos a sí mismos liberales. ¡Perder el apellido porque otros lo hayan difamado! El nombre se aferraba a él porque Satanás sabe que la piel es lo último que se deja, y que por la piel se pierden muchos. Mi liberal cerró ojos y oídos al terrible nombre, a la palabra misteriosa, que es lo que fué en principio.

En la vida interior de Juan Pérez vino otro período de prueba. ¿Basta en el siglo de la lucha verla como mero espectador? ¿Basta desertar de las banderas de Bebial? La timidez, ¿no es pecado?

El resultado fué que Juan Pérez se hizo tradicionalista, carlista no; abjuró en todos sus grados y matices la secta deletérea que jamás había profesado, y se apartó de los liberales, imitadores de Lucifer, cuyo es aquel grito, ¡no serviré! Estudió los errores nefandos que constituyen ese abominable compendio de todas las herejías y aborreció, sobre todo, los infames contubernios de los hijos de la luz con los de las tinieblas; le picó un prurito de ergotista curiosidad por conocer el bien y el mal, y leyó obras de liberales para conocer de cerca el cáncer de nuestra sociedad.

Refresquemos la sequedad de este relato.

Carmencita era una buena muchacha, celebrada por todas las viejas y con los bolsillos sonantes, condiciones que explican por qué Juan Pérez y un López, convencidos ambos de que no está bien que el hombre esté solo y que no es bueno quemarse, la persiguieran con buen fin. Este López, de carlista se había hecho íntegro, íntegro de cabeza, leal de sangre, porque toda otra distinción no pasa de válvula de seguridad en un cerebro henchido de verdad absoluta.

No se sabe cómo fué que López quitó el partido a Pérez y casó con la chica de los cuartos. Juan Pérez pasó malos días y peores noches; pero al cabo bendijo los inescrutables designios de la Divina Providencia y en nada disminuyó su amistad para con López, a quien había sacrificado rencorcillos de familia en aras de la comunidad de doctrinas.

Juan Pérez, cuando se había creído liberal, maldito si sabía lo que es el liberalismo; pero ya purificado estaba al dedillo de los pestilentes errores de la nefanda secta y había leído a los corifeos de la impiedad y a algunos alemanes traducidos. El enemigo malo a las veces le tentaba, el conocimiento del mal le daba vértigos y oía como canto de sirena engañadora el silbo maléfico de la serpiente infernal.

El demonio le tentaba, y cuanto más se hundía su imaginación en el ergotismo laberíntico, su inteligencia, corrompida por el pecado original, más se levantaba en alas de la soberbia. Satanás le levantaba ofreciéndole un mundo nuevo de ideas nuevas si rendido le adoraba. Empezaba a empacharse de la dulce virtud de humillarse ante la letra y a desconocer que Dios escogió lo necio y lo flaco del mundo para avergonzar a los sabios y a los fuertes. Hay que añadir que por este tiempo Juan Pérez se dedicaba a la gimnasia y bebía los vientos por una muchacha casquivana y pobre.

Llegó el estallido. Sucedió que un día de primavera, en cierta reunión, departían amigablemente, entre otros varios, nuestros Pérez y López, acerca de una carta del Martillo y comentaban el tiroteo entre íntegros y leales. Repetían por centésima vez el mismo chiste, escudriñaban la cuarta intención de cosas sin la primera, repetían argumentos que siempre con los mismos collares se leen empotrados en seis o siete columnas de prosa prensada, cuando trabaron discusión Juan Pérez y Pedro López sobre el mayor o menor grado y matiz de liberalismo de sus opiniones respecto a un punto concreto.

Es de saber que en este desdichado siglo de las luces y de los derechos del hombre, el virus pestilente del liberalismo lo inficiona todo de tal manera con sus miasmas deletéreos que circula hasta en las raíces del integrismo más puro. Es uno de los mayores tormentos del hombre puro examinar despacio cada idea que se le ocurra antes de manifestarla y ponerla en cuarentena hasta ver qué grado y matiz de liberalismo puede tener. ¡Oh siglo infeliz!

Llegó la discusión del Pérez y el López a agriarse a punto que intervenían los amigos, temiendo un mal remate. Pérez ardía, tenía la cara roja, el corazón palpitante, se sofocaba, y la sangre, inficionada del pecado original, le traía los espectros de su niñez, la imagen esfuminada de los chaquetones negros en las lonjas húmedas, el rencor heredado y mamado, frases de sus padres que no entendió al oirlas, miradas de los López, miserias de vecindad con vaho de patio, narraciones de hazañas de cristinos, los ojos de buey de Carmencita que le miraban, y se le removía el légamo del corazón que Dios le había endurecido, se le dislocaba el cerebro, y sobre todo este nubarrón confuso, que como viento de tempestad arrastraba la cólera, veía brillar la fatal sentencia. Sintió un nudo en la garganta y ganas de estrangular a López cuando oyó que éste le gritaba:

--¡Quítese usted de ahí, so liberal!

Juan Pérez estalló:

--¡Sí, sí y sí! ¡Liberal y a mucha honra! Liberal fuí, soy y seré, liberal en todos sus grados y matices, imitador de Lucifer, cuyo es aquel grito: ¡No serviré! ¡No, no serviré!, ¡y si es pecado... que lo sea!

No sabía lo que se decía, pero ni en el delirio de la cólera olvidó la fraseología.

Salió soplando, y aquella noche se le repitieron los insomnios.

Había roto la cáscara, descendía la pendiente, le faltó la gracia eficaz y empezó en su espíritu un trabajo de demolición. Había probado el fruto y acabó por ser liberal a ciencia y conciencia. ¡Mala cosa es ser sabio en opinión propia; se debe esperar más del necio! ¡Ay de los que son sabios a sus propios ojos!

La doctrina rompió la ignorancia; el conocimiento del pecado trajo horror a él, y la sangre liberal, pecado original de los Pérez desde los tiempos de Álvarez Mendizábal, entronizó la carne sobre el espíritu. No conoció el pecado, sino por la ley; no hubiera conocido el liberalismo si la ley no le dijera: el liberalismo es pecado. El pecado, tomando ocasión de mandamiento, renovó en él la rebeldía de la sangre, porque sin la ley el pecado estaba muerto. Juan Pérez vivió sin ley en algún tiempo, más cuando vino el mandamiento revivió el pecado; el mandamiento que da la vida le dió muerte, porque el pecado, con ocasión del mandamiento, le engañó y mató. La ley es espiritual, pero nosotros somos carnales.

El misterio de iniquidad se había cumplido: la sangre y Álvarez Mendizábal la habían consumado. ¡Y aún habrá quien se obstine en negar que el liberalismo es pecado y pecado de los mayores, y los liberales imitadores, etc! ¡Miserable y corrompida carne de Adán! ¿Quién nos librará de este cuerpo de muerte?

EL SEMEJANTE

Como todos huían de Celestino el tonto, tomándole cuando más de dominguillo con que divertirse, el pobrecito evitaba a la gente paseándose solo por el campo solitario, sumido en lo que le rodeaba, asistiendo sin conciencia de sí al desfile de cuanto se le ponía por delante. Celestino el tonto sí que vivía _dentro_ del mundo como en útero materno, entretejiendo con realidades frescas sueños infantiles, para él tan reales como aquéllas, en una niñez estancada, apegada al caleidoscopio vivo como a la placenta el feto, y como éste ignorante de sí. Su alma lo abarcaba todo en pura sencillez; todo era estado de su conciencia. Se iba por la mayor soledad de las alamedas del río, riéndose de los chapuzones de los patos, de los vuelos cortos de los pájaros, de los revoloteos trenzados de las parejas de mariposas. Una de sus mayores diversiones era ver dar la vuelta a un escarabajo a quien pusiera patas arriba en el suelo.

Lo único que le inquietaba era la presencia del enemigo, del hombre. Al acercársele alguno le miraba de vez en vez con una sonrisa en que quería decirle: «No me hagas nada, que no voy a hacerte mal»; y cuando le tenía próximo, bajo aquella mirada de indiferencia y sin amor, bajaba la vista al suelo, deseando achicarse tamaño de una hormiga. Si algún conocido le decía al encontrarle: «¡Hola, Celestino!», inclinaba con mansedumbre la cabeza y sonreía esperando el pescozón. En cuanto veía a lo lejos chicuelos apretaba el paso; les tenía horror justificado: eran lo peor de los hombres.

Una mañana topó Celestino con otro solitario paseante, y al cruzarse con él y, como de costumbre, sonreirle, vió en la cara ajena el reflejo de su sonrisa propia, un saludo de inteligencia. Y al volver la cabeza, luego que hubieron cruzado, vió que también el otro la tenía vuelta, y tornaron a sonreirse uno a otro. Debía de ser un semejante. Todo aquel día estuvo Celestino más alegre que de costumbre, lleno del calor que le dejó en el alma el eco aquel que de su sencillez le había devuelto, por rostro humano, el mundo.

A la mañana siguiente se afrontaron de nuevo en el momento en que un gorrión, metiendo mucha bulla, fué a posarse en un mimbre cercano. Celestino se lo señaló al otro, y dijo riéndose:

--¡Qué pájaro... es un gorrión!

--Es verdad, es un gorrión--contestó el otro soltando la risa.

Y excitados mutuamente se rieron a más y mejor: primero, del pájaro que les hacía coro chillando, y luego, de que se reían. Y así quedaron amigos los dos imbéciles, al aire libre y bajo el cielo de Dios.

--¿Quién eres?

--Pepe.

--Y yo Celestino.

--Celestino... Celestino...--gritó el otro, rompiendo a reir con toda su alma--. Celestino el tonto... Celestino el tonto...

--Y tú Pepe el tonto--replicó con viveza y amoscado Celestino.

--¡Es verdad, Pepe el tonto y Celestino el tonto!...

Y acabaron por reirse a toda gana los dos tontos de su tontería, tragándose al hacerlo bocanadas de aire libre. Su risa se perdía en la alameda, confundida con las voces todas del campo, como una de tantas.

Desde aquel día de risa juntábanse a diario para pasearse juntos, comulgar en impresiones, señalándose mutuamente lo primero que Dios les ponía por delante, viviendo _dentro_ del mundo, prestándose calor y fomento como mellizos que coparticipan de una misma matriz.

--Hoy hace calor.

--Sí, hace calor, es verdad que hace calor...

--En este tiempo suele hacer calor...

--Es verdad, suele hacer calor en este tiempo... ji, ji..., y en invierno frío.

Y así seguían sintiéndose semejantes y gozando en descubrir a todos momentos lo que creemos tenerlo para todos ellos descubierto los que lo hemos cristalizado en conceptos abstractos y metido en encasillado lógico. Era para ellos siempre nuevo todo bajo el sol, toda impresión fresca, y el mundo una creación perpetua y sin segunda intención alguna. ¡Qué ruidosa explosión de alegría la de Pepe cuando vió lo del escarabajo patas arriba! Cogió un canto en la exaltación de su gozo para desahogarlo espachurrando al bichillo, pero Celestino se lo impidió diciéndole:

--No, no es malo...

La imbecilidad de Pepe no era, como la de su nuevo amigo, congénita e invariable, sino adventicia y progresiva, debida a un reblandecimiento de los sesos. Celestino lo conoció, aunque sin darse de ello cuenta; percibió confusamente el principio de lo que les diferenciaba en el fondo de semejanza, y de esta observación inconciente, soterrada en las honduras tenebrosas de su alma virgen, brotó en él un amor al pobre Pepe, a la vez de hermano, de padre y de madre. Cuando a las veces se quedaba su amigo dormido a orilla del río, Celestino, sentado a su vera, le ahuyentaba las moscas y abejorros, echaba piedras a los remansos para que se callasen las ranas, cuidaba de que las hormigas no subieran a la cara del dormido, y miraba con inquietud a un lado y otro por si venía algún hombre. Y al divisar chicuelos le latía el pecho con violencia y se acercaba más a su amigo, metiéndose piedras en los bolsillos. Cuando en la cara del durmiente vagaba una sonrisa, Celestino sonreía soñando el mundo que le encerraba.

Por las calles corrían los chicuelos a la pareja gritando:

¡Tonto con tonto, tontos dos veces!

Un día en que llegó un granuja hasta pegar al enfermo, despertóse en Celestino un instinto hasta entonces en él dormido, corrió tras el chiquillo y le hartó de pescozones y sopapos. La patulea, irritada y alborozada a la vez por la impresumible rebelión del tonto, la emprendió con la pareja, y Celestino, escudando al otro, se defendió heroicamente a boleos y patadas hasta que llegó un alguacil a poner a los chicuelos en fuga. Y el alguacil reprendió al tonto... ¡Hombre al cabo!

En el progreso de su idiotez llegó Pepe a entorpecerse de tal modo de sentidos que se limitaba a repetir entre dientes, soñoliento, lo que su amigo iba señalándole, según desfilaba como truchimán de cosmorama.

Un día no vió Celestino el tonto a su pobre amigo y anduvo buscándole de sitio en sitio, mirando con odio a los chicuelos y sonriendo más que nunca a los hombres. Oyó al cabo decir que había muerto como un pajarito, y aunque no entendió bien eso de muerto, sintió algo como hambre espiritual, cogió un canto, metiéndoselo en el bolsillo, se fué a la iglesia a que le llevaban a misa, se arrodilló ante un Cristo, sentándose luego en los talones, y después de persignarse varias veces al vapor repetía:

--¿Quién le ha matado? Dime quién le ha matado...

Y recordando vagamente a la vista del Cristo, que un día allí, sin quitarle ojo, había oído en un sermón que aquel crucificado resucitaba muertos, exclamó:

--¡Resucítale! ¡Resucítale!

Al salir le rodeó una tropa de chicuelos: uno le tiraba de la chaqueta, otro le derribó el sombrero, alguno le escupió, y le preguntaban: «¿Y el otro tonto?». Celestino, recogiéndose en sí mismo, perdido aquel fugitivo coraje, hijo del amor, y murmurando: «Pillos, pillos, repillos... canallas..., éstos le han matado..., pillos»; soltó el canto y apretó el paso para ponerse en su casa a salvo.

Cuando paseaba de nuevo solo por las alamedas, orilla del río, las oleadas de impresiones frescas, que cual sangre espiritual recibía como de placenta del campo libre, venían a agruparse y tomar vida en torno a la vaga y penumbrosa imagen del rostro sonriente de su amigo dormido. Así humanizó la naturaleza antropomorfizándola a su manera, en pura sencillez e inconsciencia; vertía en sus formas frescas, cual sustancia de vida, la ternura paterno-maternal que al contacto de un semejante había en él brotado, y sin darse de ello cuenta vislumbró vagamente a Dios, que desde el cielo le sonreía con sonrisa de semejante humano.

SOLEDAD

Soledad nació de la muerte de su madre; ya Leopardi cantó que es riesgo de muerte el nacimiento,

nasce l'uomo a fatica ed è rischio di morte il nascimento

riesgo de muerte para el que nace, riesgo de muerte para quien le da el ser.

La pobre Amparo, la madre de Soledad, había llevado en sus cinco años de casada una vida penumbrosa y calladamente trágica. Su marido era impenetrable y parecía insensible. No sabía la pobre cómo se había casado; se encontró ligada por matrimonio a aquel hombre como quien despierta de un sueño. Su vida toda de soltera se perdía en una lejanía brumosa, y cuando pensaba en ella se acordaba de sí misma, de la que fué antes de casarse, como de una persona extraña. No podía saber si su marido la quería o la detestaba. Se detenía en casa no más que para comer y dormir, para todo lo animal de la vida; trabajaba fuera, hablaba fuera, se distraía fuera. Jamás dirigió a su pobre mujer una palabra más alta o más agria que otra; jamás la contrarió en nada. Cuando ella, la pobre Amparo, le preguntaba algo, consultaba su parecer, obtenía de él invariablemente la misma respuesta: «¡Bueno, sí, déjame en paz; como tú quieras!». Y este insistente «¡como tú quieras!» llegaba al corazón de la pobre Amparo, un corazón enfermo, como un agudo puñal. ¡Como tú quieras!--pensaba la pobre--; es decir, que mi voluntad no merece ni siquiera ser contradicha. Y luego el «¡déjame en paz!», ese terrible ¡déjame en paz! que amarga tantos hogares. En el de Amparo, en el que debía ser hogar de Amparo, esa terrible y agorera paz lo entenebrecía todo.

Al año de casada tuvo Amparo un hijo; pero en el triste desamparo de su hogar ceniciento ansiaba una hija. ¡Un hijo!--pensaba--¡Un hombre! ¡Los hombres siempre tienen que hacer fuera de casa! Y así, cuando volvió a quedar encinta, no soñaba sino en la hija. Y habría de llamarse Soledad. La pobre cayó en cama gravemente enferma. Su corazón desfallecía por momentos. Comprendió que no vivía sino para dar a luz su hija, hasta ponerla en el hogar tenebroso. Llamó a su marido y dijo: «Mira, Pedro, si, como espero, es hija, le pondrás por nombre Soledad, ¿eh?». «Bueno, bien--respondió él--, tiempo habrá de pensar en ello», y pensaba que aquel día, con aquello del parto, iba a perder su partida de dominó. «Es que yo me muero, Pedro, es que no voy a poder resistir esto»--añadió. «¡Aprensiones!»--replicó él. «Sea--contestó Amparo--; pero si sale niña, le llamaréis Soledad, ¿eh?». «¡Bueno, sí, déjame en paz; como tú quieras!»--concluyó él.

Y le dejó en paz para siempre. Después de haber dado a luz a su hija sólo tuvo tiempo para percatarse de que era niña. Y sus últimas palabras fueron: «¿Soledad, eh, Pedro? ¡Soledad!».

El hombre quedó suspenso y se habría anonadado si fuera él algo. ¡Viudo, a su edad, y con dos hijos pequeños! ¿Quién le cuidaría ahora la casa? ¿Quién se los criaría? Porque hasta que la niña se hiciese mayorcita y pudiera encargarse de las llaves y el gobierno... ¡Y cómo volver a casarse! No, no volvería a hacerlo. Ya sabía lo que era estar casado, ¡si lo hubiese sabido antes! Eso no le resolvía nada. No, decididamente no, no volvería a casarse.

Hizo que llevasen a Soledad a un pueblo, a criarla fuera de casa. No quería molestias de niños e impertinencias de nodrizas. Harto tenía con el otro, con Pedrín, el niño de tres años ya.

Soledad apenas se acordaba de los primeros años de su infancia. Allá, en la lejanía, sus últimos recuerdos eran los de aquel hogar hosco y ceniciento y aquel padre hermético, aquel hombre que comía junto a ella en la mesa y a quien veía un momento al levantarse y otro momento al ir a acostarse. Y aquellos besos litúrgicos, forzados. La única compañía le era Pedrín, su hermano. Pero Pedrín jugaba con ella en el más estricto sentido, es decir, que no jugaba en compañía de ella, sino que jugaba con ella como se juega con una muñeca. Ella, Soledad, Solita, era su juguete. Y era, como hombre que había de ser, un bruto. Como eran sus puños más fuertes, quería tener siempre razón. «Vosotras, las mujeres, no servís para nada. ¡Los que mandan son los hombres!», le dijo una vez.

Era Soledad una naturaleza exquisitamente receptiva, un genio de sensibilidad. Se da con frecuencia en las mujeres este genio de la receptividad, que, como nada produce, se extingue sin que nadie lo haya conocido. Al principio acudió Soledad llorosa y herida en lo más vivo a su padre, a la esfinge, demandando justicia; pero el inflexible varón le contestaba secamente: «¡Bueno, bien, déjame en paz! ¡Daos un beso y cuidado con que esto se repita!». Así creía arreglarlo, quitándose de encima la molestia. Y acabó ello porque Soledad no volvió a quejarse a su padre de las brutalidades de su hermano, y lo soportó todo en silencio, dejando a aquél en paz y evitándose los fraternales besos de humillación.

Fué espesándose y entenebreciéndose la tristeza cenicienta de su hogar. Sólo descansaba en el colegio, en el que le metió su padre como medio pensionista para quitársela así más tiempo de encima. Allí, en el colegio, supo que sus compañeras todas tenían o habían tenido madre. Y un día, a la hora de cenar, se atrevió a molestar a su padre preguntándole: «Di, papá, ¿he tenido yo madre?». «¡Vaya una pregunta--respondió el hombre--, todos hemos tenido madre; ¿por qué lo preguntas?». «¿Y dónde está mi madre, papá?». «Se murió cuando tú naciste». ¡Ay, qué pena!»--prorrumpió Soledad.--Y entonces el padre rompió por un momento su salvaje taciturnidad, le dijo cómo su madre se había llamado Amparo y le enseñó un retrato de la difunta. «¡Qué guapa era!»--exclamó la niña. Y el padre añadió: «¡Sí; pero no tanto como tú!». En esta exclamación, que se le escapó, iba el fondo de una de sus petulancias; creía que el ser su hija más guapa que la madre se lo debía a él. «Y tú, Pedrín--dijo Soledad a su hermano, animada por aquel fugitivo rescoldillo de hogar--, ¿te acuerdas tú de ella?». «¿Y cómo me he de acordar si cuando murió no tenía yo más que tres años!». «Pues yo en tu caso me acordaría», fué la respuesta de la niña. «¡Claro, las mujeres sois más listas!»--exclamó el hombrecito en ciernes. «No; pero sabemos recordar mejor». «Bueno, bueno, no digas tonterías y déjame en paz». Y se acabó el coloquio de aquella noche memorable en que Soledad supo que había tenido madre.

Y tanto dió en pensar en ella que casi la recordó. Pobló su soledad con ensueños maternales.

Fueron corriendo los años, todos iguales, todos cenicientos y tristes en aquel hogar apagado. El padre no envejecía ni podía envejecer. A las mismas horas hacía todos los días las mismas cosas, con una regularidad mecánica. Y el hermano empezó a disiparse, a dar que hablar en el pueblo. Hasta que desapareció de él; Soledad no supo adónde. Quedaron padre e hija solos, solos y separados; viviendo, es decir, comiendo y durmiendo bajo el mismo techo.

Por fin pareció que un día se le abriera el cielo a Soledad. Un gallardo mozo, que desde hacía algún tiempo la devoraba con los ojos cuando la veía en la calle, se dirigió a ella solicitando ser admitido a prueba como novio. La pobre Soledad vió que se le abría la vida, y aunque con unos ciertos presentimientos que en vano quería rechazar de sí, lo admitió. Y fué como una primavera.