El espejo de la muerte

Part 11

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--¡Resignación!, predican los que se resignan a vivir bien. ¡Por resignarme me aplastaron!...

--¡Y a mí por protestar!

--¡La vida es dura, don Pedro! Siempre oculté mis necesidades y me hubiera dejado morir de hambre en postura noble, como un gladiador que lucha por los garbanzos... ¡Oh!, hay que saber lucir un remiendo cosido con arte... Yo no he sabido lloriquear a tiempo. Siempre soltero, jamás hubiera cumplido deseos santos, porque me quitaban el pan padres de hijos que tenían las lágrimas en el bolsillo. Yo me las tragaba...

--Yo he sido casado, los solteros eran una sola boca, corrían sin carga, se contentaban con menos... Nada pude contra ellos...

--Pude ser bandido y no lo quise.

--Yo quise serlo y no lo pude conseguir, se me resistía...

--Dicen ahora que en la lucha por la vida vence el más apto. ¡Vaya una lucha! ¿El más apto? ¡Mentira, don Pedro!

--¡Verdad, don Francisco! Vence el más inepto porque es el más apto. Todos luchan a quien más se rebaja, a quien más autómata, a quien más y mejor llora, a quien más y mejor adula. ¿Tener carácter?... ¡Oh! ¿Quién es éste que quiere salir del coro y aspira a partiquino? Hay que luchar por la justicia, que no baja, como el rocío, del cielo; el que no llora, no mama. Apenas quedan más que dos oficios útiles, ladrón y mendigo, o la amenaza o las lágrimas. Hay que pedir desde arriba o desde abajo.

--¡Ah, don Francisco! El que para menos sirve, es el que mejor sirve.

--Aunque lo digan, yo no soy pesimista. No tiene la culpa el mundo si hemos nacido dislocados en él.

--No hay justicia, don Francisco; que aunque a las veces se haga lo justo, es a pesar de serlo.

--¡Mire usted, don Pedro, cómo le paga su hija!

El pobre padre buscaba la cola del perrito de aguas, mientras decía:

--¡La caridad! ¡Otra como la justicia! ¡A cuántas almas fuertes mata la lucha por la caridad!... «Ah, éste sabe trabajar, no necesita», y todos pasan sin darle ni trabajo ni pan.

--¡La caridad, don Pedro! ¡Los pobres necesitaban el pan, me dieron palabras de consuelo..., les cuestan tan poco..., las tienen para su uso! ¡Los ricos me echaron mendrugos..., les cuesta tan poco..., los habrían echado a los perros! Nadie me ha dado pan con piedad; sobre el pan del cuerpo, miel del alma. He vivido del Estado: esa cosa anónima a la que nada agradezco.

--¡Ah, don Francisco! Pegan y razonan la paliza. No me duele el pisotón, sino el «usted perdone». La paliza basta, la razón sobra... Me decían: «Te conviene, es por tu bien, lo mereces»; mil sandeces más: echar en la herida plomo derretido.

--Tiene usted razón. Nadie me ha hecho más daño que los que decían hacérmelo por mi bien. Yo nací hermoso, como un gran diamante en bruto, me cogieron los lapidarios; a picazo y regla me pulieron las facetas; quedé brillante, ¡hermoso para un collar!... No quise ensartarme con los otros, ni engarzarme en oro; rodé por el arroyo; libre, el roce me gastó, he perdido el brillo y los reflejos, y hoy, opaco, achicado, apenas sirvo para rayar cristales.

--Corrí yo, tropezando en todas las esquinas para llegar al banquete. «No te apresures, me decían al fin de cada jornada: aún tienes tiempo y no te faltará en la mesa, si no es un sitio, otro». Cuando llegué era tarde; el cansancio y el ayuno habían matado mi apetito, el resorte de mi vida; llegué a la ilusión desilusionado, harto en ayunas... ¡Se me había indigestado la esperanza!

Un día unos estudiantes hicieron una judiada al pobre perrito. Su amo se incomodó, los chicos se le insolentaron y se armó cuestión. En lo más crudo de ésta, una ola de pendencia ahogó al padre que oía todo callado, se levantó, gruñó un saludo y se fué, dejando al amo del perro que se las arreglara. Pero al siguiente día volvió como siempre.

--Yo he sido siempre progresista--decía el amo del perro--; hoy no soy nada.

--¡Yo siempre moderado!...

--Pero progresista suelto, desencasillado, fuera de comité... ¡Eso me ha perdido!

--¡Eso nos ha perdido a los dos!

--¿Qué escarabajo es éste, don Pedro, que no tiene mote en los cuadros de la entomología política y social?

--Y mire usted, don Francisco, mire cómo viven Trigonidium cicindeloides, Anaplotermes pacificus, Termes lucifugus, Palingenia longicauda y tantos más de la especie tal, género cual, familia tal del orden de los insectos.

--Las ideas, don Pedro, no son mas que lastre... La única verdad es la verdad viva, el hombre que las lleva... Cuando quiere subir las arroja...

--El hombre, don Francisco, es una verdad triste. Los buenos creen y esperan chupándose el dedo; los pillos se ayudan..., y al cabo, todos concluyen lo mismo. Yo creo en un Limbo para los buenos y en un Infierno para los malos.

--¡Feliz usted, don Pedro! ¡Feliz usted que tiene el consuelo de creer en el Infierno!

--Mi mayor placer después de estos parrafitos es dormir como un lirón. Me gustaría acostarme para siempre con la esperanza de encontrar a la cabecera de mi cama mi vasito de agua azucarada un día que nunca llegue... ¡Dormir para siempre arrullado por la esperanza dulce!

--¡Mi único consuelo, don Pedro, es el pensamiento puro, y aun éste, en cuanto vive se ensucia!...

Así, aunque en otra forma, discurrían aquellos viejos que, arrecidos de frío, miraban con desdén la vida desde la cumbre helada de su soledad. Amaban la vida y gozaban en maldecir del mundo, sintiéndose ellos, los vencidos, vencedores de él, el vencedor. Lo encontraban todo muy malo porque se creían buenos y gozaban en creerlo. Era la suya una postura como otra cualquiera. Creían que el sol es farsa, pero que calienta, y en él se calentaban.

Salían juntos y bien abrigados, y al separarse continuaba cada uno por su camino el monólogo eterno. Todas las noches murmuraban al separarse: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!

Un día faltó don Pedro al café, y siguió faltando con gran placer del perrito de aguas. Cuando el amo de éste supo que el padre había muerto, murmuró: «Pobre señor. ¡Algún disgusto que le ha dado su hija! ¿Si encontrará algún día el vaso de agua azucarada a la cabecera de la cama?». Y siguió su monólogo. El eco de su alma se había apagado, ¿quién era? ¿De dónde venía? ¿Cómo vivía? Ni lo supo ni intentó saberlo; quedó solo y no conoció su soledad.

Sigue yendo al rinconcito del café del Occidente. Los parroquianos le oyen hablar solo y le ven gesticular. Mientras da un terroncito de azúcar al perro que agita de gusto su colita rematada en un pompón, murmura: «¡Miseria pura, don Pedro, todo es farsa!». Y los parroquianos dicen: «¡Pobre señor! Desde que perdió la otra tijera, esa cabeza no anda bien. ¡Cuánto le afectó! ¡Se comprende..., a su edad!».

El amo del perro sale sin acordarse del padre de la hija, y sólo sigue tijereteando: ¡Miseria pura! ¡Todo es farsa!

Y VA DE CUENTO...

A Miguel, el héroe de mi cuento, habíanle pedido uno. ¿Héroe? ¡Héroe, sí! Y ¿por qué?--preguntará el lector--. Pues, primero, porque casi todos los protagonistas de los cuentos y de los poemas deben ser héroes, y ello por definición. ¿Por definición? ¡Sí! Y si no, veámoslo.

P.--¿Qué es un héroe?

R.--Uno que da ocasión a que se pueda escribir sobre él un poema épico, un epinicio, un epitafio, un cuento, un epigrama, o siquiera una gacetilla o una mera frase.

Aquiles es héroe porque le hizo tal Homero, o quien fuese, al componer la _Ilíada_. Somos, pues, los escritores--¡oh, noble sacerdocio!--los que para nuestro uso y satisfacción hacemos los héroes, y no habría heroísmo si no hubiese literatura. Eso de los héroes ignorados es una mandanga para consuelo de simples. ¡Ser héroe es ser _cantado_!

Y, además, era héroe el Miguel de mi cuento porque le habían pedido uno. Aquél a quien se le pida un cuento es, por el hecho mismo de pedírselo, un héroe, y el que se lo pide es otro héroe. Héroes los dos. Era, pues, héroe mi Miguel, a quien le pidió Emilio un cuento, y era héroe mi Emilio, que pidió el cuento a Miguel. Y así va avanzando este que escribo. Es decir,

burla burlando, van los dos delante.

Y mi héroe, delante de las blancas o agarbanzadas cuartillas, fijos en ellas los ojos, la cabeza entre las palmas de las manos y de codos sobre la mesilla de trabajo--y con esta descripción, me parece que el lector estará viéndole mucho mejor que si viniese _ilustrado_ esto--, se decía: «Y bien, ¿sobre qué escribo ahora yo el cuento que se me pide? ¡Ahí es nada, escribir un cuento quien, como yo, no es cuentista de profesión! Porque hay el novelista que escribe novelas, una, dos, tres o más al año, y el hombre que las escribe, cuando ellas le vienen de suyo. ¡Y yo no soy un cuentista!...

Y no, el Miguel de mi cuento no era un cuentista. Cuando por acaso los hacía, sacábalos, o de algo que visto u oído habíale herido la imaginación, o de lo más profundo de sus entrañas. Y esto de sacar cuentos de lo hondo de las entrañas, esto de convertir en literatura las más íntimas tormentas del espíritu, los más espirituales dolores de la mente, ¡oh, en cuanto a esto!... En cuanto a esto, han dicho tanto ya los poetas líricos de todos los tiempos y países, que nos queda ya muy poco por decir.

Y luego los cuentos de mi héroe tenían para el común de los lectores de cuentos--los cuales forman una clase especial dentro de la general de los lectores--un gravísimo inconveniente, cual es el de que en ellos no había argumento, lo que se llama argumento. Daba mucha más importancia a las perlas que no al hilo en que van ensartadas, y para el lector de cuentos lo importante es la _hilación_, así, con hache, de hilo, y no _ilación_, sin ella, como nos empeñamos en escribir los más o menos latinistas que hemos dado en la flor de pensar y enseñar que ese vocablo deriva de _infero_, _fers_, _intuli_, _illatum_. (No olviden ustedes que soy catedrático, y de yo serlo comen mis hijos, aunque alguna vez merienden de un cuento perdido).

Y estoy a la mitad de otro cuarteto.

Para el héroe de mi cuento, el cuento no es sino un pretexto para observaciones más o menos ingeniosas, rasgos de fantasía, paradojas, etc., etc. Y esto, francamente, es rebajar la dignidad del cuento, que tiene un valor sustantivo--creo que se dice así--en sí y por sí mismo. Miguel no creía que lo importante era el interés de la narración y que el lector se fuese diciendo para sí mismo en cada momento de ella: ¿y ahora qué vendrá?; o bien: ¿y cómo acabará esto? Sabía, además, que hay quien empieza una de esas novelas enormemente interesantes, va a ver en las últimas páginas el desenlace y ya no lee más.

Por lo cual creía que una buena novela no debe tener desenlace, como no lo tiene, de ordinario, la vida. O debe tener dos o más, expuestos a dos o más columnas, y que el lector escoja entre ellos el que más le agrade. Lo que es soberanamente arbitrario. Y mi este Miguel era de lo más arbitrario que darse puede.

En un buen cuento lo más importante son las situaciones y las transiciones. Sobre todo estas últimas. ¡Las transiciones, oh! Y respecto a aquéllas es lo que decía el famoso melodramaturgo D'Ennery: «En un drama (y quien dice drama dice cuento) lo importante son las situaciones; componga usted una situación patética y emocionante, e importa poco lo que en ella digan los personajes, porque el público cuando llora no oye». ¡Qué profunda observación ésta de que el público cuando llora no oye! Uno que había sido apuntador del gran actor Antonio Vico me decía que representando éste una vez _La muerte civil_, cuando entre dos sillas hacía que se moría, y las señoras le miraban con los gemelos para taparse con ellos las lágrimas, y los caballeros hacían que se sonaban para enjugárselas, el gran Vico, entre hipíos estertóricos y en frases entrecortadas de agonía, estaba dando a él, al apuntador, unos encargos para contaduría. ¡Lo que tiene el saber hacer llorar!

Sí; el que en un cuento, como en un drama, sabe hacer llorar o reir, puede en él decir lo que se le antoje. El público, cuando llora o cuando se ríe, no se entera. Y el héroe de mi cuento tenía la perniciosa y petulante manía de que el público--¡su público, claro está!--se enterase de lo que él escribía. ¡Habráse visto pretensión semejante!

Permítame el lector que interrumpa un momento el hilo de la narración de mi cuento, faltando al precepto literario de la impersonalidad del cuentista (véase la _Correspondance_, de Flaubert, en cualquiera de sus cinco volúmenes _Oeuvres completes_, París, Louis Conard, libraire-éditeur, MDCCCCX), para protestar de esa pretensión rídicula del héroe de mi cuento, de que su público se enterase de lo que él escribía. ¿Es que no sabía que las más de las personas leen para no enterarse? ¡Harto tiene cada uno con sus propias penas y sus propios pesares y cavilaciones para que vengan metiéndole otros! Cuando yo, a la mañana, a la hora del chocolate, tomo el periódico del día, es para distraerme, para pasar el rato. Y sabido es el aforismo de aquel sabio granadino: «La cuestión es pasar el rato»; a lo que otro sabio, bilbaíno éste y que soy yo, añadió: «Pero sin adquirir compromisos serios». Y no hay modo menos comprometedor de pasar el rato que leer el periódico. Y si cojo una novela o un cuento no es para que de reflejo suscite mis hondas preocupaciones y mis penas, sino para que me distraiga de ellas. Y por eso no me entero de lo que leo, y hasta leo para no enterarme...

Pero el héroe de mi cuento era un petulante que quería escribir para que se enterasen, y es natural, así no puede ser, no le resultaba cuanto escribía sino paradojas.

¿Que qué es esto de una paradoja? Ah, yo no lo sé, pero tampoco lo saben los que hablan de ellas con cierto desdén, más o menos fingido; pero nos entendemos, y basta. Y precisamente el chiste de la paradoja, como el del humorismo, estriba en que apenas hay quien hable de ellos y sepa lo que son. La cuestión es pasar el rato, sí, pero sin adquirir compromisos serios; y ¿qué serio compromiso se adquiere tildando a algo de paradoja, sin saber lo que ella sea, o tachándolo de humorístico?

Yo, que como el héroe de mi cuento, soy también héroe y catedrático de griego, sé lo que etimológicamente quiere decir eso de paradoja: de la preposición _pará_, que indica lateralidad, lo que va de lado o se desvía, y _doxa_ opinión; y sé que entre paradoja y herejía apenas hay diferencia; pero...

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el cuento? Volvamos, pues, a él.

Dejamos a nuestro héroe--empezando siéndolo mío y ya es tuyo, lector amigo, y mío, esto es, nuestro--de codos sobre la mesa, con los ojos fijos en las blancas cuartillas, etc.--, véase la precedente descripción--, y diciéndose; «Y bien, ¿sobre qué escribo yo ahora?...».

Esto de ponerse a escribir, no precisamente porque se haya encontrado asunto, sino para encontrarlo, es una de las necesidades más terribles a que se ven expuestos los escritores fabricantes de héroes, y héroes, por lo tanto, ellos mismos. Porque ¿cuál, sino el de hacer héroes, el de cantarlos, es el supremo heroísmo? Como no sea que el héroe haga a su hacedor, opinión que mantengo muy brillante y profundamente en mi _Vida de Don Quijote y Sancho, según Miguel de Cervantes Saavedra_, explicada y comentada; Madrid, librería de Fernando Fe, 1905[1]--y sirva esto, de paso, como anuncio--, obra en que sostengo que fué Don Quijote el que hizo a Cervantes, y no éste a aquél. ¿Y a mí quién me ha hecho, pues? En este caso, no cabe duda que el héroe de mi cuento. Sí, yo no soy sino una fantasía del héroe de mi cuento.

¿Seguimos? Por mí, lector amigo, hasta que usted quiera; pero me temo que esto se convierta en el cuento de nunca acabar. Y así es el de la vida... Aunque, ¡no!, ¡no!, el de la vida se acaba.

Aquí sería buena ocasión, con este pretexto, de disertar sobre la brevedad de esta vida perecedera y la vanidad de sus dichas, lo cual daría a este cuento un cierto carácter moralizador que lo elevara sobre el nivel de esos otros cuentos vulgares que sólo tiran a divertir. Porque el Arte debe ser edificante. Voy, por lo tanto, a acabar con una

_Moraleja._--Todo se acaba en este mundo miserable: hasta los cuentos y la paciencia de los lectores. No sé, pues, abusar.

NOTAS:

[1] Para mi conciencia de bibliógrafo debo decir que antes de 1905 pone: Carrera de San Jerónimo, 2; pero desde entonces el señor Fe se ha trasladado a la Puerta del Sol, 15. y ahora añado que esa edición se ha agotado y que prepara otra la _Biblioteca Renacimiento_.