Part 9
Poco á poco me aventuré á hablar más claro, y le dije que debíamos abandonar á Merino.
--¿Y qué vamos á hacer?
Este era el problema. Lo más fácil hubiera sido dejar la partida y entrar en el ejército regular; pero al Brigante y á mí no nos gustaba estar sometidos á ser siempre peones. Queríamos conservar nuestra independencia, y la vida aventurera y cambiante nos parecía mejor que la reglamentada.
Sentíamos también los guerrilleros un poco de desprecio por las paradas y las batallas de bandera y música. La disciplina estrecha, la burocracia militar, el cuartel; todo esto nos parecía repugnante.
Ser guerrillero y pelear y matar está bien; ser militar para andar probando ranchos y acompañando procesiones es cosa ridícula.
El proyecto de incorporarnos al ejército regular, por difícil y poco halagüeño lo abandonamos.
Desechado esto, discutimos la posibilidad de desertar con el escuadrón ó con parte de él, internarnos en la Rioja ó en Burgos y formar partida independiente.
En el caso de querer incorporarnos á otra partida, las teníamos cerca. Mina guerreaba en Navarra; Jáuregui, en Guipúzcoa; Renovales y Campillos, en Aragón; Longa, en Alava y en la ribera del Ebro; y el Empecinado, en la Alcarria.
El Brigante me oyó, y como, á pesar de su valor, era hombre prudente, me dijo:
--Hay que esperar la ocasión. Y ten cuidado, Eugenio; otro te puede escuchar como yo, y luego ir con el cuento... Y ya sabes lo que te espera.
El Brigante tenía razón. Había que esperar. Yo lo comprendía, pero me impacientaba.
LAS SIMPATÍAS DE NUESTRA GENTE
Comencé á explorar el ánimo de mis guerrilleros, y me encontré sorprendido al notar que todos eran más partidarios de Merino que del Brigante.
El valor, la audacia del jefe de nuestro escuadrón no producía efecto en nuestras huestes.
Es terrible esto de no poder arrastrar á nadie. De contar con los ciento cincuenta hombres del escuadrón, se hubiera podido hacer algo; pero los guerrilleros eran, ante todo y sobre todo, incondicionales del cura.
El pueblo tiene su instinto que le sirve de lógica. En nosotros, en el Brigante, en Lara, en el Tobalos y en mí, veían algo extraño: una tendencia á sacar las cosas de sus cauces naturales llevándolas por otros caminos, una inclinación á no seguir los usos sancionados y un desdén por sus hábitos de crueldad.
Los guerrilleros nos consideraban como gente extranjerizada.
En cambio, Merino era de los suyos, discurría como ellos, pensaba como ellos, equiparaba la crueldad con el valor. Era un campesino hecho jefe.
Al comprobar esto me desesperé.
¡Qué ocurrencia la mía de ir á Burgos y unirme con Merino!
Habiendo guerrilleros vascos célebres, Mina y Renovales que eran navarros, Jáuregui guipuzcoano, y Longa vizcaíno, tres de ellos muy liberales, la suerte hacía que yo, vasco y liberal, me uniera á un castellano absolutista.
Después, en el transcurso de mi vida, el haber estado á las órdenes de Merino fué un obstáculo para mis planes.
Si en la conversación se hablaba de los sucesos del año 8 al 14 y yo daba detalles, me preguntaban:
--¿Es que estuvo usted en la guerra de la Independencia?
Yo contestaba que sí.
Era para mí un gran honor.
--¿Con quién?--me preguntaban.
--Con el cura Merino.
Y todo el que me oía creía que era un absolutista.
El general Mina, hombre intransigente y algo arbitrario, nunca se fió de mí, sólo por eso. Varias veces dijo á algunos amigos suyos y míos que bastaba que yo hubiese guerreado con Merino para que no creyese en la sinceridad de mis ideas liberales.
LIBRO CUARTO
LA EMBOSCADA DE HONTORIA
I
DOÑA MARIQUITA LA DE BARBADILLO
Cuando se va de Salas de los Infantes á Burgos, á la izquierda del camino, en un valle poco fértil, se ve una aldea bastante grande, de esas aldeas serranas que parecen montón confuso de piedras negruzcas y de tejados color de sangre.
Esa aldea es Barbadillo del Mercado.
Barbadillo está al pie de una montaña desnuda y gris, pared plomiza poblada por matorrales y carrascas que después se une con la peña de Villanueva.
La mayoría de las casas de Barbadillo son pequeñas y miserables; pero tiene también el pueblo algunas grandes, antiguas y cómodas.
En una de ellas estuve yo viviendo varias semanas con licencia por enfermo. Padecía un reumatismo febril, á consecuencia de la vida á la intemperie y de la humedad.
Como los guerrilleros teníamos buenos amigos, fuí alojado en casa de don Ramón Saldaña, administrador de Rentas del pueblo.
Los primeros días estuve en cama, mirando tristemente desde la ventana los tejados rojos y llenos de piedras y las chimeneas puntiagudas de Barbadillo.
Pronto pude levantarme y andar, aunque renqueando, y la vida se hizo para mí agradable.
El administrador don Ramón, el dueño de la casa, un muchacho joven recién casado, se manifestaba patriota entusiasta.
Su mujer, doña Mariquita, tenía gracia y simpatía para volver loco á cualquiera. Era una morena con grandes ojos negros y unos lunares subversivos.
Yo le decía muchas veces:
--Mire usted, doña Mariquita, no se ponga usted esos lunares. Porque eso es ya provocar.
--¡Si no me los pongo--! decía ella riendo--. Son naturales.
--¿De verdad? ¿De verdad?
--De verdad.
--Pues yo creía que se los ponía usted para hacer la desesperación de los hombres.
Ella se reía. Doña Mariquita mandaba en la casa, hacía lo que le daba la gana, pero contando con su marido. Doña Mariquita era de una familia rica de Barbadillo y tenía una hermana menor, Jimena, una preciosidad.
Algunas noches iba Jimena á casa de doña Mariquita, y yo pedía permiso para callar y estar admirándola.
Ella sonreía. Jimena era una mujer verdaderamente arrogante; tenía el perfil casi griego, el mentón fuerte y las cejas algo unidas. Esto daba á su fisonomía un carácter de energía y de firmeza.
Yo me figuraba siempre á Jimena con una espada flamígera en la mano, representando la Ley, la Justicia ó alguna otra de esas concepciones severas é implacables.
A pesar de su aspecto imponente, era la muchacha sencilla y tímida.
Mi escuadrón, por entonces, estaba en Barbadillo, y el Brigante, con el pretexto de verme, solía ir por las noches de visita á casa del administrador.
El Brigante y Fermina la Navarra llegaron á ser contertulios asiduos de la casa.
Juan Bustos se iba enamorando de Jimena por momentos.
Ella parecía mirarle también con simpatía.
Juan me pidió que consultara á doña Mariquita si la familia acogería con agrado el que él se dirigiera á Jimena, y doña Mariquita me contestó que creía que Jimena era un poco fría y desdeñosa; pero que si el Brigante sabía conquistarla, ni su marido ni ella pondrían obstáculo alguno al matrimonio.
Estábamos pensando en estos amores (yo me encontraba ya bueno), cuando una noche se presentó en nuestra tertulia don Jerónimo Merino.
Nos dijo que acababa de recibir una carta del director diciéndole que tenía alojado en su casa, en Burgos, á un coronel de caballería imperial.
Este coronel, recién venido á la ciudad castellana iba á ser enviado á operar á la sierra con una columna bastante grande.
Merino contó esto sin más comentario; pero se comprendió que tenía algo más que añadir, que estaba tramando otra cosa.
Después de un largo silencio nos dijo:
--La cuestión sería saber qué propósitos tiene ese coronel francés.
--¿Y eso cómo se podría averiguar?--preguntó Fermina la Navarra.
El cura quedó pensativo, y de pronto, dirigiéndose á doña Mariquita y á Fermina, exclamó:
--¿Ustedes no se atreverían á ir á Burgos á casa del director?
Este era el pensamiento de Merino desde que había llegado; pero, como siempre, había ido guardándoselo hasta encontrar el momento oportuno de expresarlo.
--Yo, por mi parte, sí--contestó Fermina la Navarra.
--Yo también--repuso doña Mariquita.
--¿Qué pretexto podrían ustedes llevar?
--Me pueden acompañar á mí, que voy á Burgos á que me vea un médico--indiqué yo.
--¡Hombre! Es verdad. Este pisaverde siempre tiene salida--dijo Merino--. Muy bien.
Se decidió que durante el viaje y la estancia en Burgos yo sería hermano de doña Mariquita y marido de Fermina.
Ellas vestirían de serranas; yo, de aldeano acomodado.
Se hicieron los preparativos, y á la mañana siguiente salimos los tres en un birlocho.
Por la tarde llegamos á Burgos.
BURGOS BAJO EL DOMINIO FRANCÉS
Burgos, en esta época, abandonado por casi todo el vecindario rico, presentaba un aspecto triste de soledad y miseria. El pueblo entero era una cloaca infecta; el hambre, la ruina, la desesperación se enseñoreaban por todas partes.
Tres pies de inmundicia llenaban las calles; para pasar de una acera á otra los vecinos abrían zanjas con el pico y con la azada.
Los hospitales se hallaban atestados de heridos y convalecientes, y á pesar de que casi todos morían, las camas vacantes se llenaban en seguida y no se encontraba sitio en las salas.
Doña Mariquita, Fermina y yo fuimos los tres á parar á casa del director. A doña Mariquita y á Fermina las pusieron en un cuarto, y á mí en otro.
Para cubrir el expediente, yo llamé á un médico, á pesar de que ya estaba bien, y me dispuse á seguir su tratamiento, ó, por lo menos, á decir que lo seguía, y fuí á la botica por las medicinas que me recetó.
En Burgos, entonces, se hablaba á todas horas del general en jefe conde de Dorsenne y de su mujer.
Dorsenne era la representación más acabada del general del Imperio. Se mostraba fatuo, orgulloso, falso y, sobre todo, cruel.
Era muy petulante. Se firmaba unas veces: conde de Dorsenne, coronel general de la caballería de granaderos de la Guardia Imperial, y en los edictos y proclamas se llamaba jefe del ejército del Norte, de guarnición en Burgos.
El conde de Dorsenne daba todos los días el espectáculo de su persona á los buenos burgaleses. Se paseaba por el Espolón con sus ayudantes. Le gustaba atraer todas las miradas.
Realmente, tenía una gran figura. Era alto, de colosal estatura, y quería parecer más alto aún, para lo cual llevaba grandes tacones y un morrión de dos palmos lo menos.
Tenía Dorsenne un rostro perfecto, ojos negros, nariz griega. Iba completamente afeitado, y llevaba el pelo largo con bucles.
Le encantaban los perfumes; luego, años después, se dijo que había muerto de un envenenamiento producido por ellos, aunque parece que la causa de su muerte fué un absceso del cerebro.
El conde se cuidaba como una damisela. Vestía á la polaca, con todo el oro posible; llevaba los dedos llenos de alhajas, y las muñecas de pulseras.
Montado á caballo, con la larga cabellera al viento, parecía un emperador asiático.
Según decían los oficiales, su tocado retrasaba muchas veces dos horas la marcha de las tropas.
Madama Dorsenne brillaba con tanta luz como su arrogante esposo; había tomado también en serio la misión de dejar estupefactos á los sencillos burgaleses con sus joyas, sus vestidos y sus salidas de tono. Su salón era el punto de cita de la elegancia de Burgos.
Hablaba madama Dorsenne con gran libertad; pretendía demostrar que una condesa-generala podía decir cuanto se le ocurriera sin ser nunca impertinente.
Un día preguntó á una señora española si no tenía hijos.
--No--contestó ella--; hace ocho años que estoy casada, y Dios no nos ha querido dar descendencia.
--¿Y le gustaría á usted tener hijos?
--¡Oh, muchísimo!
--Entonces... ya que no sirve su marido, ¿por qué no cambia usted de hombre?
La pobre señora quedó espantada.
Dorsenne y su mujer viajaban escoltados por regimientos. Un día, de calor horrible, la generala mandó al cochero que los caballos de su carretela marcharan al paso en el camino de Burgos á Torquemada, con lo cual tuvieron que ir á la enfermería más de cincuenta soldados, enfermos de insolación y de congestiones cerebrales.
Los oficiales franceses decían que la brillante carrera de Dorsenne se debía á las mujeres, sobre todo, á madama D' Orsay.
De esta madama había sido Dorsenne su monsieur Pompadour durante algún tiempo.
LOS PROCEDIMIENTOS DE DORSENNE
Dorsenne era uno de tantos generales ineptos con que cuenta todo ejército, aun el más seleccionado, como el de Napoleón.
Realmente, los jefes que envió á España Bonaparte con el ejército imperial se distinguían, muchos, como valientes; algunos, Soult, Suchet y Massena, como buenos estratégicos; pero en política, no hubo uno que dejara de ser una perfecta nulidad.
Además, todos ellos trascendían á cuartel que apestaban. A pesar de sus títulos, perfumes, bordados de oro y penachos, se veía siempre en ellos al soldadote cerril.
El francés, que es capaz de inventar en las ciencias y de trabajar como excelente obrero en las artes y en la industria, no tiene la curiosidad generosa necesaria para entender á los demás pueblos. En esto no se parece en nada al ateniense ni al romano. Al francés no le interesa mas que su Francia y su París.
Es, naturalmente, _casanier_, como dicen ellos.
Sólo así se explica el fracaso de la dinastía de Bonaparte en España.
Dorsenne, que no sabía atraerse á la gente, consideró el súmmun de su política la crueldad. Llevado por este sistema radical y sumario, ahorcaba á cuanto aldeano se encontraba en el campo por delaciones y vagas sospechas de relación con los guerrilleros.
Cuando consideraba la complicidad evidente ó suponía era necesario un escarmiento, mandaba colgarlos de antemano por los pulgares.
En la orilla izquierda del Arlanzón había mandado levantar en una colina tres horcas, y este Calvario era el sitio elegido para las ejecuciones por el bello Poncio francés.
Decía la gente del pueblo que le gustaba á Dorsenne ver desde su casa tres cuerpos de patriotas colgando, quizá por razón de ese amor á la simetría, á la cual rinde culto el alma francesa desde los tiempos de Racine. Una mañana el conde vió que faltaba un ahorcado en el cerro de las ejecuciones, quizá comido por los cuervos ó devorado por los gusanos, é inmediatamente envió á un oficial suyo con orden de que sacase un preso de la cárcel y lo mandara colgar en la horca vacante que por clasificación le correspondía.
Dorsenne quería que los árboles próximos á Burgos ofrecieran á los ojos del caminante, como frutos de la insurrección, los cuerpos de los campesinos colgados.
Los guerrilleros, para completar la flora peninsular, junto al árbol adornado con españoles ofrecían el engalanado por los soldados franceses.
Uno y otro árbol, en las noches calladas, debían comunicarse sus quejas, arrancadas por el viento, y el perfume pestilente de sus frutos podridos.
EL DEMONIO
Un oficial de quien se hablaba mucho en Burgos, por escandaloso é impío, era un capitán á quien llamaban el Demonio.
El Demonio se manifestaba anticatólico furioso. Un día, el día de Pascua, entró en la catedral, se santiguó y se colocó delante del altar mayor. Comenzó la misa, y el Demonio se puso á cantar con los curas, luciendo su voz, que hacía retemblar las vidrieras de la catedral.
Otro día se empeñó en subir al púlpito, asegurando que tenía que predicar la vida y milagros de San Napoleón Bonaparte.
Con las atrocidades de Dorsenne y las bromas del Demonio, Burgos entero estaba horrorizado. Probablemente, los burgaleses se espantaban más de las impiedades del Demonio que de las suspensiones ordenadas por Dorsenne, porque el hombre es bastante absurdo para dar más importancia á los ídolos que inventa él, que no á la vida que le crea y le sostiene.
II
LA COQUETERÍA DE DOÑA MARIQUITA
Al día siguiente de llegar á Burgos estaba yo hablando con el director en su despacho, cuando se presentó el coronel de caballería alojado en su casa.
Monsieur Charles Bremond era un normando de unos treinta á treinta y cinco años, alto, rojo, fuerte, guapo mozo, si no hubiera trascendido tanto á cuerpo de guardia. El director, Bremond y yo estuvimos hablando un momento.
En esto se presentó la familia del director, en compañía de doña Mariquita y Fermina, las dos vestidas de serranas, con refajo corto de color, pañoleta y moño de picaporte.
El coronel Bremond se quiso mostrar ante las dos serranas gracioso y amable.
Sabía algo de castellano, y hablando despacio se podía explicar.
Doña Mariquita supo contestar, unas veces desdeñosamente, otras con burlas, y siempre con coquetería, al francés.
Al terminar la comida, el coronel se levantó y se fué á tomar café á casa del conde de Dorsenne.
Cuando nos quedamos solos, el director dijo á la de Barbadillo;
--Ha hecho usted en el coronel un efecto terrible. No nos vaya usted, doña Mariquita, á hacernos traición y á pasarse á los franceses.
--Es la influencia de los lunares--dije yo--. Esos lunares no debían ser permitidos.
--¡Bah!--replicó ella riendo--. No tengan ustedes cuidado. No cambio mi serrano por el francés más guapo del mundo. Si alguna vez, ¡Dios no lo quiera!, engaño á mi marido, tendría que ser con algún español.
--¿Le sirvo á usted yo, doña Mariquita?--le dije, poniéndome la mano en el pecho.
--No, usted no.
--¿Por qué?
--Porque está usted muy reumático.
--¡Pero si estoy curado ya, doña Mariquita!
A Fermina, que no le hacían gracia estas bromas, cambiando de conversación, puso al director al corriente de lo que pasaba, y le dijo que veníamos enviados por Merino para averiguar los proyectos de los franceses.
--¡Sus proyectos!--exclamó el director--. Sus proyectos son claros. Consisten en fusilar, ahorcar, agarrotar á todo bicho viviente. En particular, el conde de Dorsenne y el gobernador Solignac se han decidido á acabar con los españoles y á arrasar el país.
Fermina la Navarra afirmó colérica que había que contestar á la guerra de exterminio, exterminando á todo francés que cayera en nuestras manos.
--¡Si pudiéramos averiguar qué planes tienen!--exclamó doña Mariquita.
--Yo he hecho lo posible--dijo el director--para sonsacar al coronel, que parece que tiene el deseo de dar una batida por el campo y de ir á la sierra; pero en detalle no he averiguado nada. Probablemente, desconfía. A ver si ustedes tienen más suerte.
--Veremos--dijeron ellas.
--Mañana, después de comer, á los postres, Echegaray, y yo nos levantamos con cualquier pretexto, para ir á mi despacho, y les dejamos á ustedes dos con mi mujer é hijos, que, en caso de necesidad, les servirán de intérpretes y charlan con el coronel é intentan sonsacarle sus planes.
Yo, por la mañana, haciéndome el valetudinario, andaría husmeando por el pueblo á ver lo que podía averiguar.
BREMOND Y FICHET
Al día siguiente era domingo, y el coronel no se presentó solo, sino con un comandante, el comandante Fichet, joven gascón, alto, flaco, moreno, buen tipo.
El coronel Bremond pidió permiso al director para sentar en la mesa á su amigo y camarada. El director accedió amablemente.
La idea del coronel era sencilla; necesitaba un compañero que entretuviera á Fermina mientras él galanteaba á doña Mariquita.
Nos sentamos á la mesa el director, los dos franceses, doña Mariquita, Fermina, la mujer del director, sus dos hijos y yo. En total, nueve.
El comandante Fichet sabía castellano bastante bien y galanteó á Fermina con finura. Ella se le mostró esquiva; pero á veces no pudo menos de reir, porque el gascón era alegre y divertido como un diablo.
Bremond, poco diplomático, le dijo á Fichet en voz baja, señalándome á mí:
--Este imbécil nos va á fastidiar.
--Cállate--le dijo Fichet.
Yo me hice el desentendido.
A los postres, el director y yo comenzamos una discusión acerca de si un pueblo de la sierra se encontraba desde Burgos más cerca ó más lejos que otro, y el director me invitó á pasar á su despacho á ver un plano de la provincia.
Me levanté yo, renqueando, y salí del comedor.
Al marchar nosotros, el coronel Bremond preguntó á doña Mariquita:
--¿Se puede saber de dónde es usted?
--¿Yo? De Barbadillo del Mercado.
--¿Está muy lejos de Burgos?
--¡Ya lo creo! Lo menos hay nueve leguas.
--¿Y de Soria?
--No sé; creo que más.
--Si yo fuera á Barbadillo, ¿me recibiría usted en su casa?
--Sí, señor; ¿por qué no?
--¿No tendría usted miedo?
--Miedo, ¿á qué? No creo que me iba usted á comer.
--¿Cuándo va usted á volver á Barbadillo?
--Dentro de un par de días.
--Pues allí me va usted á tener, doña Mariquita. Pienso pedir al Ayuntamiento boleta para que me envíe á su casa de alojado.
--Muy bien.
Al mismo tiempo, el comandante Fichet le preguntaba á Fermina:
--¿Vive usted muy lejos, madama Fermina?
--En Hontoria del Pinar.
--¿Está muy lejos de aquí?
--Sí, muy lejos.
--Tengo que ir allá á verla á usted.
--No, no vaya usted.
--¿Por qué?
--Porque hay mucho guerrillero y le harían á usted pedazos.
--¡Bah! ¿Cuántos habrá? ¿Doscientos?
--Más.
--¿Trescientos?
--Más.
--Creo que tiene usted una imaginación muy española.
--Yo creo que habrá lo menos cuatrocientos.
--Nosotros podemos llevar el doble.
--Cada uno de los españoles vale por dos de ustedes--dijo Fermina con desgarro.
Fichet se echó á reir y exclamó:
--Es usted una mujer encantadora; pero tiene usted una idea muy mala del ejército del gran Napoleón. Yo le demostraré á usted que está usted equivocada, madama Fermina.
Cuando volvimos el director y yo al comedor, Bremond y Fichet se levantaban y, haciendo grandes genuflexiones, se despedían de las señoras. No querían faltar á casa del conde de Dorsenne, porque éste y su mujer eran los que otorgaban grados y recompensas á sus favoritos.
Al despedirse de nosotros, Bremond hizo una reverencia y Fichet me alargó la mano, que yo estreché maquinalmente.
Se oyeron los pasos de los dos en el vestíbulo, sonaron sus espuelas y salieron los militares á la calle.
Fermina y doña Mariquita se asomaron al mirador del cuarto, y por entre los visillos vieron á los dos oficiales que de cuando en cuando se volvían para mirar á la casa.
Al día siguiente el director me llamó.
--Ya se sabe que el coronel Bremond va á salir mandando una columna hacia la sierra. Piensa parar en Barbadillo y en Hontoria.
--¿Lleva mucha fuerza?--le pregunté yo.
--No sabemos á punto fijo.
Esta conversación la teníamos un lunes por la mañana.
Al día siguiente se marcharon doña Mariquita y Fermina de Burgos.
El director y yo quedamos de acuerdo en inquirir por todos los medios posibles el número de hombres que mandaría Bremond y el día de la marcha.
No nos costó gran trabajo averiguar que la columna expedicionaria constaría de trescientos hombres de infantería y de quinientos caballos.
Averiguamos también que la infantería probablemente tendría que quedarse en Salas de los Infantes.
Las cosas iban con tal rapidez, que el martes los franceses se ponían en marcha.
El director y Merino habían organizado un servicio de correos y peatones para comunicarse, y en unas cinco horas, la noticia llegaba de Burgos á nuestro campamento.
Yo salí también el martes, y el miércoles me incorporé á mi escuadrón. Me encontraba ya completamente bien.
Había elegido Bremond la calzada de Burgos á Soria para hacer su correría. Pensaba detenerse en los pueblos, sobre todo, en Barbadillo del Mercado y en Hontoria.
El coronel francés y su comandante aspiraban á rendir culto al mismo tiempo á Venus y á Marte, y á dejar el pabellón bien plantado en la guerra y en el amor.
III
DISPOSICIONES DE MERINO
Cuando se sigue el camino de Salas de los Infantes á Hontoria del Pinar y se remonta un arroyo afluente del Arlanza bordeando la peña de Villanueva, se llega á un valle no muy ancho, donde se levantan los pueblos de Villanueva, Aedo, Gete y otros más pequeños.
La peña de Villanueva, en cuya base se encuentran estas aldeas, se trunca en su cúspide, convirtiéndose en una meseta calva, llamada de Carazo, que tiene en medio y en lo alto una escotadura que la caracteriza.
Enfrente de la peña de Villanueva hay una planicie dominada por el alto de Moncalvillo y el Picón de Navas.
Esta planicie es, aunque poco honda, la depresión ó cuenca producida por un arroyo que se llama el Pinilla.
A medida que se acerca uno á lo áspero de la sierra, la depresión va profundizándose y estrechándose, y al llegar á las cercanías de Hontoria del Pinar se convierte en un barranco, y éste, á su vez, en un desfiladero.