El Escuadrón del Brigante

Part 3

Chapter 33,994 wordsPublic domain

--Ya está usted bien--me dijo--. No salga usted mucho de casa.

--Dele usted de mi parte muchas gracias á la señora marquesa--le dije yo.

--Ya se ha marchado--contestó el médico.

--¿A Madrid?

--¡Cualquiera lo sabe! ¡Habrá ido á reunirse con José Bonaparte! Dicen que es la querida de Pepe Botellas.

La noticia me hizo más daño que el sable del francés de Briviesca; pero aún me molestaba más el que se hubiera ido de Burgos aquella mujer admirable sin acordarse de mí.

El pensar en esto reanimó mi actividad y mis sentimientos patrióticos.

Decidí olvidar las dos heridas: la del francés y la causada por la marquesa de Monte-hermoso.

Se me ocurrió escribir al mariscal de campo don Gabriel Mendizábal, paisano y amigo de mi padre. Mendizábal debía hallarse en esta época en Alba de Tormes, y no encontré medio de hacerle llegar la carta.

Mi desesperación y mi furor patriótico iban en aumento.

Me figuraba estar viendo á la marquesa de Monte-hermoso, rodeada de oficiales franceses elegantes, llenos de oro y de bordados. Yo había de ir entre los desarrapados á acometerlos, á acuchillarlos.

El furor que comenzaba á tener lo experimentaba la gente del pueblo, sin el acicate de pensar en una bella dama.

La plebe se enardecía con el odio al invasor.

Los franceses se figuraban que iban á luchar con un ejército y con partidas de guerrilleros; pero, en el fondo, tenían que guerrear con una turba de mujeres, de chicos, de viejos tenderos, de frailes, inspirados todos en un fanatismo religioso y patriótico terrible.

EL PADRE PAJARERO

A la semana siguiente de llegar á Burgos, doña Celia me contó que una señora en la iglesia le había dicho que un fraile mercedario andaba hablando á los jóvenes del pueblo para reclutarlos y formar una partida.

Le recomendé á doña Celia que se enterara en dónde se le podría ver al mercedario, y no sólo se enteró, sino que vino con él á la posada al día siguiente.

El padre Pajarero era un frailuco joven, moreno, con los ojos brillantes. Llevaba hábito pardo, cerquillo y sandalias.

Se presentó en mi cuarto y habló conmigo. Yo me encontraba de la herida casi bien.

El padre Pajarero me sometió á un interrogatorio. Yo, por la costumbre que había adquirido en el tiempo que llevaba desde que salí de Irún, le dije que me apellidaba Echegaray.

Me preguntó si estaba dispuesto á echarme al campo. Le contesté que sí.

--Bueno; pues entonces--repuso él--le voy á dar á usted un papel para que vaya á ver á cierta persona.

--Venga. Está bien.

Sacó el padre un tinterito de cuerno, escribió unas líneas, dobló el papel y, antes de dármelo, me dijo:

--¿Sabe usted dónde está la calle de la Calera?

--No.

--¿Y el barrio de Vega?

--Tampoco. ¿No ve usted que no he salido de casa con la herida? Pero preguntaré.

--Vale más que vaya usted sin preguntar.

--Doña Celia sabrá, quizá, dónde está esa calle.

--Sí, ella sí lo sabe.

--Entonces, doña Celia nos acompañará.

--¿No va usted á ir solo?

--Iré con un amigo paisano y patriota como yo.

--¿Cómo se llama su amigo?

--Garmendia. Juan Garmendia.

--¿Cuándo van ustedes á ir?

--Iremos mañana mismo.

--Bueno. Hay que advertir que el barrio de Vega está fuera de la muralla, al otro lado del río. Cuando llegue usted á la calle de la Calera, en esa calle, á mano derecha, verá usted una casa grande con dos torreones en las dos esquinas. Empezando á contar desde esta casa, en la misma acera, en el séptimo portal llamará usted. Preguntará usted por el director, y cuando le digan de parte de quién va, contestará usted que de parte del fraile.

--¿Nada más?

--Nada más.

--Saldrán ustedes de Burgos al anochecer por el arco de Santa María, cuando vayan á cerrar la puerta de la muralla. Dan ustedes un paseo y, cuando ya esté obscuro, se presentan en la calle de la Calera.

--Muy bien.

--Luego, como no es cosa de que llamen ustedes á la guardia francesa para que les abra, irán ustedes á dormir al convento de la Merced. Doña Celia les enseñará también dónde está.

Decidimos acudir Ganisch y yo al día siguiente á la casa indicada por el fraile. Por la mañana le dije á Ganisch acompañara á doña Celia para que ésta le enseñase la calle de la Calera y el convento de la Merced, y después de cenar fuimos Ganisch y yo á ver al misterioso director.

DE PARTE DEL FRAILE

Me prestaron en la posada una capa larga hasta los talones, y, embozado en ella, en compañía de Ganisch, que iba envuelto en una manta, salimos en dirección de la calle de la Calera.

La tarde estaba horriblemente fría. El viento silbaba por los arcos de la plaza; el cielo se mostraba vagamente iluminado por las luces del crepúsculo y por la luna medio oculta entre nubarrones. Sólo alguna luz brillaba en el pueblo.

De la plaza salimos por el arco de Santa María, á la orilla del río, y esperamos en el paseo del Espolón.

Algunos vecinos, retardados, marchaban de prisa por el puente de Santa María á entrar en la ciudad; otros aguijoneaban á los borriquillos y caballerías.

Un momento después cerraron la puerta; dejaron solamente un postigo abierto y se oyeron los toques de retreta.

Había entrado la noche y las orillas del río quedaron desiertas. Sólo se oía el murmullo del agua misterioso y triste. La luna comenzaba á brillar en el cielo.

Ganisch y yo atravesamos el puente y entramos en la calle de la Calera.

No pasaba entre las dos paredes de los edificios la luz de la luna y la callejuela estaba negra y siniestra.

Nos detuvimos un momento enfrente de la casa de los torreones y la portada historiada para cerciorarnos de que era ella, y desde este punto comenzamos á contar los portales.

Ya cerca de la salida del campo, tuvimos que pararnos. Habíamos llegado.

Llamamos dos veces; se abrió la puerta desde arriba, sin duda con un cordón atado al picaporte, y pasamos á un zaguán estrecho y mal iluminado. Un farolillo colgado de una ventana pequeña alumbraba el portal y al mismo tiempo la escalera.

--Buenas noches--grité yo.

--¿Qué quieren ustedes?--nos preguntó una voz de mujer desde una reja que daba al zaguán.

--Venimos á ver al director--contesté yo.

--¿De parte de quién?

--De parte del fraile.

Se descorrió un cerrojo, se abrió la puerta del fondo y apareció una criada. Nos hizo pasar y subimos tras ella hasta el piso primero. Recorrimos un pasillo y llegamos á un cuarto blanqueado y bajo de techo, iluminado por un velón, con una mesa de aspas y varios sillones fraileros.

EL DIRECTOR

Esperamos un momento y apareció un señor vestido de negro, un hombre de unos cincuenta años, de facciones duras, pero expresivas, con aire clerical. Era el director. Le di la carta del padre Pajarero, la leyó y nos sometió á un nuevo interrogatorio.

Le chocó bastante mi palidez y le conté lo que nos había pasado en el mesón del Segoviano, en Briviesca.

Mi relato le interesó muchísimo y sirvió para hacerme simpático.

--¿Pero ya está usted bien?--me dijo.

--Sí, estoy bien.

--¿No quiere usted que le mande un médico?

--No; ya, ¿para qué?

--Bueno, pues entonces--concluyó diciendo--déjenme ustedes sus nombres y sus señas, y la semana que viene yo les avisaré. Va á venir un delegado de la Nueva Junta Central desde Sevilla para organizar la resistencia.

Como el padre Pajarero, en su nota al director, había puesto los nombres con que figurábamos en los pasaportes, seguimos llamándonos: Ganisch, Garmendia, y yo, Echegaray.

--Ahora, ¿dónde van ustedes á dormir?

--El padre Pajarero nos ha dicho que vayamos al convento de la Merced.

--¿Saben ustedes dónde está?

--Sí, creo que lo encontraremos.

--Mi criado les acompañará.

Nos despedimos del director y salimos á la calle acompañados de un mozo envuelto en una manta.

Luchando con el viento helado salimos á la orilla del Arlanzón. La luna resplandecía en el cielo, iluminando la ciudad. Las torres de la catedral y los pináculos de la capilla del condestable brillaban como barnizados de plata. Unos caballos corrían por el cauce del río.

Siguiendo la orilla, á pocos pasos llegamos á un edificio grande. Llamó el mozo con los dedos en la puerta.

--¡Ave María Purísima!

--Sin pecado concebida--dijo de adentro una voz suave y frailuna--. ¿Qué quieren?

--Estos señores que vienen á dormir de parte de mi amo, el director.

Un lego nos salió al paso y nos llevó á Ganisch y á mí á una celda, donde dormimos perfectamente.

VI

LA CONJURACIÓN

Estaba deseando que nuestro alistamiento se arreglase, porque el dinero nos comenzaba á faltar. Doña Celia, Fermina, la Riojana y Ganisch gastaban del fondo común, ya tan mermado que de un momento á otro iba á dar el último suspiro.

Ganisch, enredado con la Riojana, vivía con ella como marido y mujer.

Yo ansiaba que nos llamara el director para acabar con aquella vida de posada, de chismes y disputas.

A los cinco ó seis días me avisaron que fuera á la calle de la Calera por la tarde.

Fuí en seguida. Saludé al director, quien me presentó inmediatamente al deán de Lerma, don Benito Taberner, después obispo de Solsona.

El deán era un cura de esos guapos, altos, que encantan á las mujeres; tenía el tipo romano, los ojos negros, la nariz fuerte, la frente desguarnecida, el pelo con bucles y los dientes blancos.

Nos comunicó el director la noticia de haber llegado el comisario regio de la Junta Suprema Central, el presbítero Peña, el cual traía la misión de organizar la guerra de partidarios en el Norte.

Realmente, nosotros no sabíamos si esta Junta Central existía ó era un mito; pero, puesto que venía á preparar la lucha, no se tuvo inconveniente en dar su existencia como efectiva.

Discurríamos el director, el deán y yo acerca de nuestros medios, cuando se presentó Peña. Era un cura andaluz, un poco zonzo, charlatán, no muy activo ni inteligente.

Traía una carta del secretario de la Junta Central, don Martín Garay, para el director. Se leyó la carta en voz alta y se habló de las providencias que había que tomar.

Peña se quejó dos ó tres veces del frío de Burgos, cosa que al deán y al director les produjo un efecto pésimo. Un verdadero patriota no debía fijarse en estas cosas.

Cuando se fué Peña, el director nos dijo:

--Hay que prescindir de este hombre; es un inútil.

--Lo malo es si, además de inútil, es perjudicial--dijo el deán de Lerma.

--Le voy á escribir ahora mismo que los franceses le espían, que no salga de casa ni hable con nadie. Echegaray, ¿quiere usted redactar esa carta?

--Sí, señor.

Escribí la carta, que firmó el director, y seguimos tratando nuestro asunto. Se discutió la manera de organizar las guerrillas, y el deán y el director convinieron en dirigirse al cura de Villoviado, don Jerónimo Merino, el cual contaba ya con una pequeña partida de guerrilleros.

Esta partida podía ser el núcleo de otra mayor. La cuestión era engrosarla y aguerrirla todo lo posible.

--Yo supongo que el cura de Villoviado no se opondrá--dijo el director.

--¡Qué se va á oponer!--exclamó el deán.

--Es que estos curas de pueblo son muy cerriles, y si teme que alguien le quite el mando es capaz de decir que no.

--Entonces yo, como abad mitrado de la Colegiata de Lerma y superior jerárquico, le ordenaré lo que deba hacer--dijo don Benito.

--¿Por qué no tienen ustedes una conferencia con él?--pregunté yo.

--Es buena idea--dijo el director--. ¿No le parece á usted, deán?

--Muy bien. ¿En dónde podríamos vernos?

--En algún convento--dije yo; porque como todo se trataba entre curas y frailes, me parecía el lugar más á propósito.

--¡En qué convento podría ser!--exclamó el deán.

--¿No sería buen sitio el convento de San Pedro de Arlanza?--preguntó el director.

--No diga usted más. El mejor.

Quedó acordado que tendríamos una reunión en San Pedro de Arlanza con Merino.

Esta fué la primera vez que oí hablar de aquel cura cabecilla.

NOTICIAS DE MERINO

Jerónimo Merino había nacido en Villoviado, pueblo del partido de Lerma, en la provincia de Burgos.

A los siete años Jeromo era pastor. A pesar de ser cerril, y quizá por esto le hicieron estudiar para cura, y con grandes esfuerzos y la protección del párroco de Covarrubias, le ordenaron y lo enviaron á Villoviado.

Este clérigo de misa y olla no sabía una palabra de latín, ni maldita la falta que le hacía, pero, en cambio, con una escopeta y un perro era un prodigio.

La invasión francesa decidió el porvenir de Jeromo, el ex pastor, que, de cura de escopeta y perro, llegó á ser brigadier de verdad.

Un día de Enero de 1808 descansó en Villoviado una compañía de cazadores franceses.

Querían seguir por la mañana su marcha á Lerma y el jefe pidió al Ayuntamiento bagajes, y como no se pudiera reunir número de caballerías necesario, al impío francés no se le ocurrió otra cosa mas que decomisar á los vecinos del pueblo como acémilas, sin excluir al cura.

Para mayor escarnio, le cargaron á Merino con el bombo, los platillos, un cornetín y dos ó tres tambores.

Al llegar á la plaza de Lerma, Merino tiró todos los instrumentos al suelo y, con los dedos en cruz, dijo:

--Os juro por ésta que me la habéis de pagar.

Un sargento que le oyó le agarró de una oreja y, á culatazos y á puntapiés, lo echaron de allí.

Merino iba ardiendo, indignado.

¡A él! ¡á un ministro del Señor hacerle cargar con el bombo!

Merino, furioso, se fué al mesón de la Quintanilla, se quitó los hábitos, cogió una escopeta y se emboscó en los pinares. Al primer francés que pasó, ¡paf!, abajo.

Por la noche entró en Villoviado y llamó á un mozo acompañante suyo en las excursiones de caza.

Le dió una escopeta, y fueron los dos al pinar.

Cuando pasaban franceses, el cura le decía al mozo:

--Apunta á los que veas más majos, que yo haré lo mismo.

Los dos se pusieron á matar franceses como un gato á cazar ratones. Cada tiro costaba la vida á un soldado imperial.

La espesura de los matorrales y el conocimiento del terreno en todas sus sendas y vericuetos les aseguraba la impunidad.

Poco después se unió á la pareja un sobrino del cura, y esta trinidad continuó en su evangélica tarea de ir echando franceses al otro mundo.

Semanas más tarde, el cura Merino contaba con una partida de veinte hombres que le ayudó á armar el Empecinado.

Todos ellos eran serranos de los contornos, conocían á palmos los pinares de Quintanar, no se aventuraban á salir de ellos, y atacaban á los destacamentos franceses de escaso número de soldados, preparándoles emboscadas en los caminos y desfiladeros.

VII

LERMA Y COVARRUBIAS

Dos días después de la conversación que tuvimos en casa del director, los conjurados salíamos por la mañana á caballo, camino de Lerma.

Dormimos en el palacio del abad, y al día siguiente se avisó á las personas notables del pueblo para que acudiesen á una reunión.

Se presentaron todos los citados y reinó en la junta un gran entusiasmo.

Como directores provisionales de los trabajos en Lerma se nombraron al escribano don Ramón Santillán y al abogado don Fermín Herrero; los demás congregados prometieron contribuir con su dinero y con sus hijos cuando se les llamara, y este ofrecimiento lo hicieron los representantes de las familias más importantes de la villa: los Lara, Pablos, Sancha, San Cristóbal, Páramo, etc.

A la mañana siguiente, los mismos que habíamos salido de Burgos, el director, el deán, Peña y yo nos encaminamos á Covarrubias, villa bastante importante, colocada á orillas del río Arlanza, con una iglesia antigua que en otro tiempo fué Colegiata.

Cruzamos Covarrubias, que tiene un par de plazas irregulares y una docena de calles tortuosas, y nos detuvimos delante de una antigua casa á orillas del río.

Era la casa del párroco. Subimos y el vicario del pueblo, don Cristóbal Mansilla, nos hospedó y nos trató espléndidamente.

Don Cristóbal vivía con el ama y con una sobrina verdaderamente bonita.

El párroco notó que el deán frunció el ceño al ver á las dos mujeres. A éste, sin duda, aunque no lo dijo, le pareció que don Cristóbal Mansilla era, ó un truhán, ó un hombre excesivamente virtuoso.

Don Cristóbal, al saber que pensábamos marchar al día siguiente, mandó preparar todo lo necesario para la expedición.

Habíamos salido de Burgos jinetes en caballos prestados, sin dinero ni medios de ninguna clase, y, á pesar de esto, todo se allanaba en nuestro camino.

Por la noche, en casa del párroco de Covarrubias, después de cenar, se habló de las partidas patrióticas, y vinieron varios vecinos del pueblo á ofrecerse para todo lo que hiciera falta.

Uno de ellos era un hombre seco, cetrino, de mediana estatura, de unos cuarenta años, brusco de palabras y muy velludo.

Vestía un traje raído como de hombre que anda entre breñales y descampados, calzón de ante, polaina antigua, levitón abrillantado por el uso, chaleco muy cerrado por el cuello, corbata negra de muchas vueltas y sombrero de copa cubierto con un hule. Parecía un aldeano acomodado. Me chocó las miradas de inteligencia que se cruzaban entre el director y él.

Por iniciativa del deán se comenzó á hacer una lista de suscripción; luego se discutieron varios proyectos, y el director indicó que lo primero era hablar con Merino, á quien veríamos al día siguiente.

VIII

LA REUNIÓN EN SAN PEDRO DE ARLANZA

Cuando se parte de Covarrubias por el camino de Salas de los Infantes á buscar Lerma, siguiendo por la carretera y bordeando el río, á una hora ú hora y media de marcha se encuentra el convento de benedictinos de San Pedro de Arlanza.

Es aquél un sitio grave, solitario, triste; no hay en él más población que los monjes; alrededor, soledad, silencio, ruido de las fuentes, murmullo de cascadas espumosas en que se precipita el Arlanza.

Muy temprano, al amanecer, fuimos al monasterio.

Recuerdo aquel día de nuestra llegada al convento. Un cielo azul, con unas nubes muy blancas alumbraba la tierra.

Perdimos la vista de los tejados rojos, torcidos y llenos de piedras de Covarrubias, y nos encaminamos hacia el monasterio.

Un amante de la naturaleza se hubiera quedado absorto contemplando el ruinoso convento, próximo al riachuelo espumoso, con su torreón cuadrado, su fuente en medio y sus viejas tumbas de guerreros.

Yo confieso que á mí estas cosas no me han entusiasmado nunca. El contemplar pasivamente no está en mi temperamento.

El deán, el director, Peña y yo íbamos impulsados por una idea de guerra, de violencia, y no nos fijamos en los primores arqueológicos del convento ni en la belleza del paisaje.

Entramos en el claustro. El criado que nos salió al encuentro fué á llamar al superior y nos condujo á la sala capitular. Había pocos frailes en el monasterio: un abad, ocho ó diez clérigos y cuatro ó cinco legos. Todos llevaban hábito negro.

Esperamos unos minutos, y poco después entró el abad de los benedictinos. Era un hombre imponente, con la barba entrecana, la mirada brillante y fuerte.

Sabía de antemano el objeto de nuestra visita, pues le habían escrito el director y el deán de Lerma.

El abad de los benedictinos nos dijo:

--Merino está avisado; dentro de un momento se presentará aquí.

Preguntó el deán al abad si podría contar con algunas personas de su confianza, y el abad dió una lista de nombres que aseguró contribuirían á la suscripción.

Yo fuí escribiendo los nombres en un papel.

Se habló de las probabilidades de éxito del levantamiento contra los franceses, y cuando se debatía este punto entró un lego á decir que don Jerónimo Merino se encontraba en el claustro.

LA ESTAMPA DEL CURA

El abad mandó que le hicieran pasar á la sala. Reconocí en el guerrillero el comensal de la noche anterior, el hombre cetrino de gran levitón y sombrero de hule. Al entrar el cabecilla nos levantamos todos; se sentó luego el abad y volvimos á sentarnos los demás. Siguió la plática.

Yo estuve observando al guerrillero. Era Merino hombre de facciones duras, de pelo negro y cerdoso de piel muy atezada y velluda.

Fijándose en él era feo, más que feo, poco simpático: tenía los ojos vivos y brillantes de animal salvaje; la nariz, saliente y porruda; la boca, de campesino, con las comisuras para abajo, una boca de maestro de escuela ó de dómine tiránico. Llevaba sotabarba y algo de patillas de tono rojizo.

No miraba cara á cara, sino siempre al suelo ó de través.

El que le contemplasen le molestaba.

Al primer golpe de vista me pareció un hombre astuto, pero no fuerte y valiente.

El cabecilla daba muestras de inquietud mirando á derecha é izquierda.

El abad explicó á Merino de qué se trataba, y éste contestó haciendo señales de asentimiento.

El cabecilla tenía una voz metálica, aguda, poco agradable. El deán, como superior jerárquico del cura, le exhortó á que defendiera la Religión y la Patria.

Después el comisario regio, Peña, leyó el decreto de la Junta Central. Concluída la lectura, el director tomó la palabra é hizo estas proposiciones, que sometió al juicio de los demás:

Primera, que se eligiese una junta permanente en Burgos y en las cabezas de partido para allegar recursos; segunda, que el comisario Peña indicase al señor don Martín Garay la conveniencia de nombrar teniente coronel de la partida de guerrillas de la Sierra de Burgos y Soria á don Jerónimo Merino, y tercera, que enviaran desde Sevilla en comisión un comandante de caballería de ejército que fuera buen táctico en el arma, un capitán y varios sargentos instructores para formar una academia de oficiales y clases en la Sierra.

Aceptadas las proposiciones del director, el abad de Lerma se levantó, y sacando el crucifijo de cobre colgado de su cuello y enarbolándolo en el aire, nos hizo jurar guardar el secreto.

Nos levantamos todos para jurar. Cuando miré de nuevo alrededor, ya Merino había desaparecido.

Después el abad del convento nos llevó á la iglesia, donde iba á decir misa.

Doce guerrilleros de Merino se pusieron al pie del altar con la bayoneta calada; luego nos arrodillamos nosotros, que tuvimos que estar durante toda la misa de rodillas.

Oficiaba un fraile viejo y le acompañaba el sonido del órgano y las voces de los frailes dominadoras en el coro.

Tenía aquello un aire verdaderamente imponente.

Después de la misa tomamos cada uno un pocillo de chocolate con bizcochos, vimos los alrededores del convento antes de comer, y á las primeras horas de la tarde marchábamos de vuelta camino de Burgos.

Peña se fué á Sevilla con una corta memoria dirigida á don Martín Garay, en la cual se especificaban los deseos de los patriotas castellanos, y el director y yo comenzamos á hacer gestiones para nombrar la Junta Permanente con que arbitrar recursos.

IX

LOS PREPARATIVOS

Durante varios días fuí á casa del director á trabajar con él en la organización de las juntas. Se pensaba establecerlas en toda la provincia, principalmente en las cabezas de partido. Las gestiones se hacían con exquisita precaución para no comprometerse.

Muchas cosas el director no me las comunicaba, pues, aunque tenía bastante confianza conmigo, temía una imprudencia.

La primera junta patriótica que se constituyó en Burgos la formaron tres personas: don Eulogio Josef de Muro, persona muy rica; un fraile mercedario, superior del padre Pajarero, y un capellán del hospital de la Concepción, á quien sustituyó después don Pedro Gordo, cura de Santibáñez.

El director no quiso decir á nadie los nombres de estas personas que trabajarían en silencio, y sólo pasado algún tiempo me enteré yo de sus nombres.

Además de la junta permanente de Burgos se organizaron otras en Roa, Aranda de Duero, Lerma, Salas de los Infantes, Castrojeriz y Belorado.

La junta de Lerma fué la que trabajó con más entusiasmo; la formaban el escribano don Ramón Santillán, el abogado don Fermín Herrero y el abad mitrado de Lerma don Benito Taberner.

Estos tres junteros no gastaban nada; todo lo hacían con sus manos: escribían cartas, llevaban la contabilidad y pagaban los sellos. Su organización era verdaderamente generosa y admirable.

El director me dictó varias cartas excitando á las juntas á que se dirigieran á todo el mundo pidiendo prestado para comprar armas y caballos, porque no había un maravedí.