El Escuadrón del Brigante

Part 2

Chapter 23,947 wordsPublic domain

Ignacio se manifestaba muy patriota, cosa que yo entonces no comprendía; porque la patria no se siente fuertemente mas que cuando se está fuera de ella y cuando se encuentra uno en peligro de perderla.

Ignacio me habló repetidas veces del Rey, de la Reina, de Godoy y del príncipe Fernando; de sus odios, de sus disputas y de sus maquinaciones.

Esta vida doméstica de los reyes y de sus serviles palaciegos, á mí, al menos, no me interesaba nada. Ignacio era enemigo del «Choricero», como llamaban á Godoy, y creía que bastaba la subida al trono del príncipe Fernando para que España fuera feliz.

Ignacio, por orden del general Buria, mandaba todos los días informes alarmantes acerca de los propósitos de los franceses, y desde Madrid solían contestarle diciendo: «Enterado».

En Febrero se supo en Irún que el general Darmagnac se había apoderado por sorpresa de la ciudadela de Pamplona.

Mi tío Fermín Esteban dijo:

--Esto va mal; los franceses nos están engañando.

Cuando vinieron las noticias del motín de Aranjuez contra Godoy, Ignacio Arteaga, muy enemigo del favorito, aseguró que con aquel cambio iba á arreglarse todo.

Los aristócratas que produjeron la caída de Godoy valían mucho menos que él; los Montijo, los Infantado, los Orgaz, los Ayerbe eran unos botarates ambiciosos de poca monta que querían rivalizar en el honor de cepillar la casaca y lustrar las botas del monarca con otros palaciegos.

Difícilmente se puede dar un caso de ineptitud mayor que el de la aristocracia española y el de todas las clases pudientes en el reinado de Carlos IV y en la invasión francesa.

Sin el arranque y la genialidad del pueblo, la época de la guerra de la Independencia hubiera sido de las más bochornosas de la historia de España.

No se hubiera sabido qué despreciar más, si al Rey, á los aristócratas, á los políticos ó á los generales.

Las clases directoras fueron de una esterilidad absoluta; no salió un hombre capaz de dirigir á los demás.

Como era natural, el motín de Aranjuez no arregló nada; las tropas francesas siguieron avanzando por España y Murat entró en Madrid.

Yo le encontraba á mi tío Fermín Esteban leyendo gacetas, consultando planos, lleno de preocupaciones. En un hombre egoísta y poltrón como aquél era extraño verle tan agitado.

FERNANDO VII Y SUS SATÉLITES

En Abril pasó el príncipe Fernando por Irún. Ignacio Arteaga le vió; según dijo, venía muy receloso. En Vitoria, para impedir su viaje, le habían cortado los tirantes del coche y en Guipúzcoa, en Astigarraga, los campesinos se acercaron á Fernando con hachas encendidas gritando:

--¡No ir á _Pransia_! ¡No ir á _Pransia_!

Este amor por un rey que recomendaba á sus vasallos no le siguiesen á mi revolucionario y jefe del Aventino me parecía algo ridículo y vergonzoso.

A la semana de la marcha del Rey se levantaba Tolosa, entonces capital de Guipúzcoa, y luego Bilbao.

Unos días más tarde se presentaron en Irún Carlos IV y María Luisa con Godoy, y pasaron á Bayona.

Una nube de aristócratas, de militares y de intrigantes aparecieron en la frontera. Entre ellos se encontraba don Juan Palafox, que luego tuvo tanta fama de patriota por la defensa de Zaragoza, y á quien conocí más tarde y me pareció un hombre inepto, ambicioso y de poca integridad moral.

Palafox venía con el hijo del marqués de Castelar, y quería pasar á Bayona á olfatear lo que allí se guisaba, aunque él dijo después que iba á arrancar al príncipe Fernando de las garras de Napoleón. Le preguntaron á Arteaga si podrían entrar en Bayona, é Ignacio les contestó que serían detenidos si se presentaban de uniforme, é igualmente si se disfrazaban, porque Bonaparte tenía miles de espías en la frontera.

Castelar y Palafox no se determinaron á pasar, al menos por Irún.

Arteaga, que estaba muy enterado de las murmuraciones de la corte, me dijo que Palafox había sido uno de los intermediarios del príncipe Fernando con el embajador de Francia en Madrid, Beauharnais, para concertar el matrimonio del príncipe con una sobrina de Napoleón.

Había tomado también parte Palafox, unido con Montijo, en el motín de Aranjuez, y aconsejado á Fernando que marchase á Bayona.

Al ver que la cosa salía mal, Palafox se hizo el sorprendido, y pocos meses después estaba en Zaragoza echándoselas de héroe y dando proclamas elocuentes, que se las escribían los frailes.

La misma conducta artera ha seguido conmigo veinticinco años después, con motivo de la conspiración Isabelina, por la que estoy preso.

Sabía lo que pasaba, dejaba que los demás se comprometiesen. ¿Salía el movimiento bien? Pues el duque se aprovechaba. ¿Salía mal? Él no tenía nada que ver.

Este Palafox, hombre que une la ineptitud con la ambición, cuya vida pública y privada ha sido sospechosa, que hizo una salida de Zaragoza dejando abandonado el pueblo en el momento de más peligro, pasa por una de nuestras grandes figuras.

Así es la historia. En cambio, ¡cuántos hombres no han muerto haciendo verdaderas heroicidades y han quedado ignorados!

En el fondo, es igual. La inmortalidad es una poética superstición.

Como decía, ni Palafox ni Castelar fueron á Francia, por Irún.

Días más tarde el general Rodríguez de la Buria, Ignacio y yo marchamos á Bayona.

Ni el general ni Ignacio sabían bien el francés, y me llevaron como intérprete.

El general se presentó al príncipe Fernando, quien le dió la comisión de proponer á los reyes padres un acomodamiento: el cederles Mallorca ó Murcia durante sus días.

El pobre calzonazos de Carlos IV dijo que había que consultar á Godoy, á su querido Manuel, y Godoy, cuando se lo dijeron, no aceptó.

Entonces hubo una serie de conferencias secretas y de líos en Bayona y en Irún, en que intervinieron Fernando, Godoy, los dos Palafox, el conde de Belveder, el cónsul de Bayona Iparraguirre y otros.

Yo sabía algo de estas maquinaciones por Ignacio.

Un día nos encontrábamos Ignacio y yo en la fonda, en Bayona, esperando á que llegase el general Buria, cuando se presentaron unos cuantos oficiales franceses. Iban á Burgos, estaban muy contentos, pidieron café y licores y brindaron por la conquista de España.

Ignacio Arteaga se puso pálido como un muerto; me miró y no dijo nada.

Al día siguiente Rodríguez de la Buria y Arteaga pasaron á Irún y siguieron hacia Madrid.

III

VACILACIONES

Desde entonces comencé yo á preocuparme de los acontecimientos de actualidad.

Yo no sospechaba que la invasión francesa produjera el alzamiento del país y aquel incendio que acabó con una España y dió principio á otra.

Pocos años antes los españoles habían invadido el Rosellón, y los franceses, después, Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya y no se conmovieron ninguna de las dos naciones.

Esta vez la cosa iba tomando otro carácter.

Mientras se hablaba de los arreglos y componendas de Fernando, Carlos IV y Napoleón, se supieron los sucesos del 2 de Mayo, de Madrid.

En la _Gaceta del Comercio_, que se publicaba en Bayona, en castellano, leí un relato de estos sucesos, escrito por algún afrancesado. El artículo terminaba diciendo:

«Valúase la pérdida de los franceses en 25 hombres muertos y 45 á 50 heridos; la de los sublevados asciende á varios millares de los mayores calaveras de la villa y de sus inmediaciones.»

Un comerciante de Bilbao nos contó la verdad de lo ocurrido en Madrid el día 2 de Mayo.

Tuvimos junta en el Aventino. Todos, hasta Michelena, se manifestaron patriotas y guerreros. El Teofilántropo no pudo menos de confesar que los pases magnéticos no significaban nada ante un trabuco.

La opinión general estuvo de acuerdo en abandonar por entonces las cuestiones políticas y hacer la guerra á los franceses. Los mismos enciclopedistas vascos que antes, en 1795, habían querido la separación de Guipúzcoa de España con la protección de la República Francesa, se decidían con entusiasmo por la causa española. A uno de los más significados separatistas, don Fernando de Echave, acababan de prender los franceses en Usurbil por manifestarse enemigo de los invasores.

A mí la posibilidad de una campaña anticlerical hecha por Napoleón me hacía esperar.

Me encontraba así fluctuando; mi tío, á pesar de su españolismo, me aconsejaba que me dejara de guerras y fuera cuanto antes á Méjico; mis amigos excitaban mis sentimientos patrióticos.

Yo les aconsejaba calma; que esperaran el giro de los acontecimientos...

Aquella pobre familia de los Borbones se mostró ante Napoleón ridícula y servil.

Los padres, el hijo, el favorito, todos rivalizaron en abyección y vileza.

El amo de Europa presenciaba sonriendo aquellas escenas vergonzosas, como un juez desdeñoso el escándalo de una casa de vecindad.

Los grandes de España que se encontraban en Bayona se mostraron también cobardes y sumisos.

Más que los grandes de España, parecían los enanos de España.

Yo tenía interés en ver cómo terminaba aquello. El verano se iban á celebrar Cortes en Bayona. ¿Qué podía salir de tanto enredo?

LAS ESPERANZAS DE LAZCANO

Por esta época me encontré á Lazcano y Eguía. Acababa de llegar á Irún é iba de paso para Francia.

Hablamos extensamente de los asuntos de actualidad.

Lazcano se mostró entusiasmado.

--Estamos de enhorabuena--me dijo.

--¿Cree usted?

--Sí, sí. España entra en un nuevo período. Esto se va á transformar.

--Me parece difícil.

--A mí no. Marchena ha dicho muchas veces: Francia necesitaba de una regeneración; España no necesita mas que una renovación.

--¿Y quién ó quiénes van á hacer esa renovación?--pregunté yo.

--Bonaparte. José Bonaparte. Es un hombre de un talento grande. El será el eje de la transformación de España; hará lo que ha hecho su hermano en Francia. La verdadera obra revolucionaria ha sido la de Napoleón.

No quise discutir su aserto, con el cual no estaba conforme.

No creía tampoco en la eficacia liberal de la invasión francesa. Si el pensamiento de Napoleón hubiera sido liberalizar á España, podía haber dejado en Madrid un rey español, por ejemplo, á Fernando, rodeado de bayonetas; hacer lo que hicieron los franceses con Angulema quince años después para asegurar la reacción; pero Napoleón no quería liberalizar, quería reinar; nacido de la Revolución, aspiraba á ahogarla.

Lazcano me invitó á ir con él á conocer á los _Notables_ que en Bayona estaban preparando el cambio de dinastía: Azanza, Urquijo, Arribas, Hermosilla, etc., pero no quise ir.

No creía tampoco que tuviera gran eficacia una Constitución que, aunque se decía se estaba elaborando en Bayona por españoles ilustres, realmente se había redactado calcándola sobre la francesa por un señor llamado Esmenard, que, al parecer, conocía bien los asuntos de España.

PLANES DE GANISCH

Al proyecto de Lazcano oponían Ganisch y Cortázar el de salir al campo á luchar con los franceses.

A Cortázar le inspiraba el patriotismo; Ganisch tenía, más que nada, afán de aventuras.

Al final de verano se supo en Irún la noticia del triunfo de los españoles en Bailén. En todas partes se hablaba de la victoria obtenida en esta gran batalla, y como no había periódicos ni noticias oficiales, se aumentaba ó disminuía la importancia de los acontecimientos al capricho.

Ganisch y Cortázar decidieron que debíamos echarnos al campo.

Era difícil; las provincias vascas se hallaban ocupadas militarmente en su totalidad por los franceses, y aunque se hablaba de partidas de patriotas, nadie sabía con exactitud por dónde andaban.

Se citaban nombres de guerrilleros hasta entonces desconocidos. Los franceses decían que eran sólo ladrones y no patriotas. El primero que se citó en el Norte fué Javier Mina, á quien luego, cuando su tío don Francisco Espoz adquirió más fama, se le llamó Mina el Mozo ó Mina el Estudiante.

Cortázar, Ganisch y yo intentamos ir hacia Navarra; pero viendo la dificultad de pasar, nos volvimos de nuevo á Irún.

Entonces á Ganisch se le ocurrió que fingiéramos una carta diciendo que me llamaban á casa desde Madrid.

Hicimos esto y yo recibí la falsa carta. Mi tío Fermín Esteban no sospechó la superchería y me dió sesenta duros para el viaje.

Hice mis preparativos é inmediatamente Ganisch y yo nos fuimos á San Sebastián, al San Sebastián quemado por los ingleses el año 1813, que era un pueblo parecido al actual, con casas altas de cuatro ó cinco pisos, encerradas dentro de la muralla, y calles estrechas, iluminadas de noche con faroles de reverbero.

Nos hospedamos en el Parador Real, y yo tuve el capricho de comprar en una tienda nueva un anteojo de larga vista.

En San Sebastián supimos que comenzaba á haber partidas de patriotas en los puntos de paso obligados de Madrid y pensamos en reunimos con cualquiera de ellas. Tomamos nuestro pasaporte, yo á nombre de Eugenio Echegaray, mi tercer apellido, y Ganisch con el de Juan Garmendia.

Desde San Sebastián fuimos á Vitoria en un cochecito. En la ciudad alavesa estaba el rey José con su cuartel general. Allí iba á esperar á Napoleón, que pocos días después estaría en España á la cabeza de su ejército con los mariscales Soult y Lannes.

IV

ENCUENTRO

En Miranda de Ebro nos topamos con unos arrieros en el mismo puente, y en su compañía pasamos el desfiladero de Pancorbo y llegamos hasta Briviesca.

Se detuvieron ellos y nosotros á la salida del pueblo, en el mesón del Segoviano, que entonces pertenecía á un señor Ramón de Pancorbo. Los arrieros hicieron la comida aparte, y Ganisch y yo pedimos de cenar y nos sentamos á la mesa redonda.

Estaban de comensales dos militares franceses, uno de ellos capitán y el otro subteniente, hombre este de largos bigotes rubios, y dos mujeres españolas, una muchacha y una vieja.

Los militares intentaban entrar en conversación con la muchacha, pero ella, seca y desabrida, no contestaba.

Durante la cena las dos mujeres, Ganisch y yo no dijimos nada. Los oficiales franceses, atrevidos y fanfarrones, se hartaron de reirse y de insultarnos en su lengua. Ya veríamos los españoles lo que nos iba á ocurrir cuando llegara el gran Napoleón con Soult. Tendríamos que arrodillarnos todos á sus pies si no queríamos ser pasados á cuchillo.

Al levantarse los franceses el odio español estalló como una mina, y hablamos los cuatro que quedábamos en la mesa de que había que exterminar aquellos estúpidos y petulantes invasores. Al momento Ganisch y yo nos hicimos amigos de las dos mujeres.

La muchacha se llamaba Fermina, y la vieja, doña Celia.

Hasta mucho tiempo después no supe que las dos no se conocían en el momento de encontrarlas nosotros en el parador.

Fermina era una mujer bonita, de ojos negros; tenía la nariz recta, la boca pequeña, la cara ovalada, la estatura algo menos que mediana, pero erguida y esbelta de talle; la tez morena pálida. Vestía de luto; parecía una señorita de pueblo.

La vieja doña Celia era de esas viejas que cuentan desdichas y hablan constantemente de su padre el general, de su tío el oidor del Perú, y de su juventud deslizada entre condes y marqueses.

Charlamos largo rato Fermina y doña Celia, Ganisch y yo, y expusimos nuestras aspiraciones patrióticas.

La moza del mesón, que nos oía, se adhirió y fué de las más entusiastas.

Ganisch entonces confesó que él y yo nos íbamos á echar al monte, lo que produjo que las tres mujeres nos miraran con admiración y enternecimiento.

--Nada; si quieren ustedes venir, vengan con nosotros--añadió Ganisch, que tenía las grandes salidas.

--¿A dónde?

--Al monte. A matar franceses.

Fermina afirmó que ella iba; tal odio sentía por los invasores: la criada del mesón dijo que también. Estaba cansada de servir en la posada y ansiaba marcharse á recorrer tierras.

--¿Cómo te llamas?--le pregunté yo.

--María, la Riojana.

La Riojana tenía la nariz remangada, los ojos muy claros, la boca entreabierta, como expresando una interrogación; el pelo rubio rojizo, la piel blanca y el pecho abundante.

Hablaba con mucha gracia, una gracia picante, burda; su conversación era como esos guisos de arriero salpimentados con especias fuertes.

Una sociedad como la nuestra, hecha en un mesón entre cinco personas desconocidas, no podía verificarse mas que en un momento de inquietud como aquél.

Realmente había una enorme ansiedad en toda España; en las ciudades, en las aldeas, en los rincones apartados no se hablaba mas que de la invasión francesa.

Se citaba en los pueblos la gente preparada para echarse al campo; en ninguna parte se sabía nada de cierto, y las noticias, contradictorias y absurdas, aumentaban la confusión.

En las ciudades el elemento culto se dedicaba á escribir y á publicar hojas sueltas.

Era aquél el sacudimiento de los nervios y de la inteligencia de una nación aletargada y casi moribunda.

Después de hablar en el mesón largamente, quedamos de acuerdo en que por la mañanita la vieja doña Celia, con Fermina y la Riojana, salieran en dos mulos camino de Burgos; horas después marcharíamos Ganisch y yo á reunimos con ellas.

LA MAÑANA SIGUIENTE

De acuerdo en el plan, nos fuimos á la cama. Noté, ya medio en sueños, que Ganisch entraba y salía en el cuarto, pero no hice caso. Me figuré que andaría rondando la alcoba de la Riojana.

Al día siguiente, muy de mañana, pedimos el desayuno y la cuenta. Nos lo trajo la dueña del mesón. Concluído el refrigerio bajamos á la cuadra y vimos Ganisch y yo cómo se preparaban para la marcha las tres mujeres. Iban á montar la vieja y la Riojana en un mulo y Fermina en otro, cuando acertaron á venir el subteniente francés de los largos bigotes rubios, nuestro comensal de la noche anterior, con un sargento.

Éste, haciéndose el distraído, pasó por cerca de Fermina y le dió un pellizco en sitio blando y carnoso. Fermina se volvió como una víbora, y con el puño cerrado le pegó un golpe en la cara al francés.

Al soldadote bárbaro, que creía, sin duda, que la milicia era una institución sagrada hasta cuando pellizcaba, no se le ocurrió otra cosa mas que echar mano al sable y desenvainarlo.

Nos mezclamos Ganisch y yo con idea de apaciguar á tales brutos, y el subteniente y el sargento la tomaron con nosotros hasta atacarnos á sablazos.

Yo, con un palo que cogí de un rincón, paré varios mandobles de aquellos bárbaros; pero el subteniente me tiró una estocada que me hirió encima de la clavícula.

El mesonero, mientras tanto, echaba á correr al pueblo, y poco después volvía con un capitán muy desdeñoso y antipático.

Como el subteniente y el sargento querían tergiversar la cuestión diciendo que les habíamos insultado, y llamándonos á cada momento _brigands_, tercié yo y, en francés, expliqué al capitán lo ocurrido.

El capitán nos preguntó quiénes éramos y á qué íbamos á Burgos; mostramos nuestros pasaportes, y con aire displicente y poco amable exclamó:

--Está bien; váyanse ustedes.

Salimos del pueblo. Yo tenía la camisa empapada en sangre. Empezaba á sentir por aquellos estúpidos galos un odio que no había tenido nunca.

A los pocos minutos de Briviesca nos encontramos con un carromato cargado de pellejos de vino. Contamos al carretero lo que nos ocurría y nos invitó á montar. Puso un saco de paja y unas mantas sobre los pellejos y yo me eché encima.

Poco después, en el sitio que se llama la Lengua Negra, entre Santa Olalla de Bureba y Santa María del Invierno, encontramos á Fermina, la Riojana y la vieja; nos esperaban con ansiedad. Ganisch contó lo ocurrido y todas las atenciones de las tres mujeres fueron para mí.

Faltaban unas cuatro ó cinco leguas para Burgos, y en ocho ó diez horas llegamos al puente de Santa María.

UNA BELLA DAMA

Supusimos que en la puerta de la muralla, al verme pálido y manchado de sangre, me detendrían.

Bajé del carro, ayudado por todos, y estaba sin poder tenerme en pie, cuando llegó una señora en un coche.

--¿Qué pasa?--dijo asomando la cabeza por la ventanilla.

La vieja doña Celia, desde su mula, explicó lo ocurrido en Briviesca con los militares franceses.

--Este pobre muchacho no va á poder ir andando--advirtió la dama.

Contemplé á la señora, que era una mujer soberbia; tenía unos ojos negros preciosos, la tez pálida y la expresión trágica. Yo la miraba absorto, lleno de admiración.

No sé si en premio de mi entusiasmo la señora dijo:

--Que suba en mi coche; yo le llevaré. ¿Dónde tiene que parar?

--En la plaza.

Abrió doña Celia la ventanilla y, ayudado por Ganisch, subí al carruaje, que echó á andar y entró por el arco de Santa María.

Al pararnos en la puerta un momento se acercó al coche un oficial francés é hizo á la dama un saludo ceremonioso y le besó la mano. Seguimos adelante.

--¿Le duele á usted la herida?--me preguntó la señora.

--Sí--contesté--, pero no me importa.

--¿Por qué?--preguntó ella extrañada.

--Por haberla visto á usted. Es usted muy hermosa, señora.

--Y usted es un chico. ¿A qué viene usted á Burgos?

--Vengo á hacerme guerrillero contra los franceses.

Ella se quedó asombrada.

--No lo diga usted en todas partes--me dijo--. Le pueden prender á usted. Los franceses tienen muchos amigos. Yo soy amiga suya.

--¿De verdad?

--Sí.

--Pues lo siento.

--¿Por qué?

--Porque son unos brutos.

La señora me preguntó quién era y de qué familia; yo se lo dije, y llegamos á la plaza. El carruaje se detuvo.

--¿Podrá usted bajar solo?--me preguntó la dama--. ¿O quiere usted que llame á alguien para que le ayude?

--No, yo bajaré.

--Le mandaré á usted un médico esta noche.

--Muchísimas gracias, señora.

--Adiós, y no haga usted más tonterías.

Bajé del coche, y me quedé inmóvil agarrado á la portezuela.

--¿Qué espera usted?--me preguntó ella.

--Que me dé usted á mí también la mano á besar.

--Es usted un muchacho insoportable--replicó la señora riendo.

Y me alargó la mano, que yo besé con entusiasmo.

V

EN BURGOS

Mareado y medio desvanecido me acerqué á una de las columnas de la plaza y estuve así esperando hasta que llegaron Fermina, doña Celia, la Riojana y Ganisch.

Ayudado por ellos, entré en una posada de allí cerca y me metí en la cama.

Me encontraba con la cabeza débil y con fiebre. Doña Celia comenzó á preparar un bálsamo, que yo creo que era el mismísimo bálsamo de Fierabrás, y que si me aplica en la herida me produce la gangrena de todo el cuerpo, cuando llegó un señor preguntando por mí. Era un médico. Venía á verme de parte de la señora que me había llevado en su coche por la tarde.

--¿Quién es esa señora?--pregunté yo.

--La marquesa de Monte-hermoso.

El médico lavó y curó mi herida y dijo que tendría para rato.

Con este motivo se renovó en Fermina, doña Celia y la Riojana el odio contra los franceses.

Fermina sentía por ellos una repugnancia parecida á la que se puede tener por un escorpión ó por un insecto venenoso.

El día siguiente estuve en la cama. Me dolía mucho la herida. A pesar del dolor, me sentía completamente feliz pensando en aquella mujer soberbia: la marquesa de Monte-hermoso.

¿Se llamaría así? El título me daba la impresión de ser falso; me parecía un título de novela folletinesca por el estilo de las que después ha escrito mi amigo Aiguals de Izco. Me enteré bien, y supe que mi protectora, efectivamente, se llamaba así; que su nombre era doña María del Pilar Acedo y Sarriá, marquesa de Monte-hermoso, y condesa de Echauz y del Vado.

Su marido había sido diputado por Álava en la Asamblea de Bayona, y después le hicieron muchos honores, entre ellos el de ser marido de la querida del rey. También le nombraron á Monte-Hermoso gentilhombre de cámara y una porción de cosas más.

Mientras yo me pudría de impaciencia en la cama, Ganisch y las tres mujeres salían de casa, y al volver me traían una porción de noticias contradictorias.

Ganisch había oído decir que el Gobierno de los patriotas, establecido en Aranjuez, al acercarse Napoleón á Madrid se había instalado en Sevilla. Desde Sevilla comenzaría á organizar partidas de guerrilleros.

Doña Celia, Fermina y la Riojana contaron una porción de historias recogidas en la calle.

Todas sus noticias me tenían á mí sin cuidado. No pensaba mas que en aquellos ojos negros y en aquella expresión dolorosa y trágica de la marquesa.

El séptimo día de estancia en Burgos, el médico me dió el alta.