Part 16
Yo no; yo me sentía como el canto rodado, que al menor impulso corre por los taludes al fondo de los barrancos.
En la naturaleza de Fermina estaba la inmovilidad. Era lógico en ella que al volver á una vida metódica, encarrilada, no quisiera moverse.
Algunos días jugábamos á la pelota en el pueblo Lara, Ganisch y yo con los mozos del pueblo. Los castellanos son torpes para esto. Parece que el vascongado es el más diestro, el mejor constituído para tal juego.
Así es que Ganisch ó yo ganábamos siempre.
A media tarde emprendíamos la vuelta hacia Salas, en donde estábamos de guarnición.
El pinar, como decía Lara, parecía una catedral; por entre sus troncos, que dejaban anchas sombras, pasaban las fajas luminosas del sol.
Lara y yo solíamos marchar por en medio del bosque en silencio. El viento arrancaba un murmullo misterioso de los pinos, y nuestras sombras se alargaban en el suelo con la luz dorada del crepúsculo.
En algunos puntos parecía reconcentrado el olor de la resina y del tomillo.
Cuando pasábamos los pinares comenzaba á obscurecer; cruzábamos por prados verdes sembrados de margaritas, y por regatos llenos de agua que reflejaban las estrellas.
* * * * *
No sé qué giro hubiese tomado mi vida á seguir así. Lara y yo comenzábamos á hacer proyectos de vivir en el campo.
Un domingo, al ir á Huerta del Rey, nos encontramos á Fermina desesperada, bañada en lágrimas. La niña acababa de morir.
La noticia me produjo un verdadero dolor, y desde entonces comencé á sentir deseo de marcharme de allí.
* * * * *
Aquí se interrumpe el manuscrito de Aviraneta.
LIBRO SÉPTIMO
A SALTO DE MATA
ACOTACIÓN
Ahora--dice don Pedro de Leguía y Gaztelumendi en sus papeles--, para completar la historia de Aviraneta en su época de guerrillero con el cura Merino, tengo que recurrir á lo que me contó el cabo de chapelgorris, Juan Larrumbide, llamado Ganisch, en la taberna del Globulillo, en la calle del Puerto, de San Sebastián, una tarde de otoño del año 1839.
Al saber que conocía la vida de Aviraneta, Ganisch me preguntó con gran interés si le había contado algo de él.
Yo contesté que sí, é indiqué lo que me había dicho.
--¿Conque Eugenio le dijo á usted que yo me arreglé con la Riojana?--me preguntó Ganisch algo incomodado.
--Sí.
--¿Y no habló nada de sus enredos?
--No.
--¡Qué gracioso! Pues él también estuvo viviendo con una mujer y á punto de casarse con ella. Una tal Fermina.
--¿Fermina la Navarra?
--Sí. ¿Qué le contó á usted más Eugenio?
--Que usted había conquistado á la Riojana por su manera de hablar enrevesada; que usted no hacía mas que comer...
--¡Qué canalla! ¡Ese bizco tiene más mala intención!... ¿Ya le dijo á usted que á él le llamaban el Pisaverde?
--Sí.
Había notado que entre Ganisch y Aviraneta existía, así como por debajo de su amistad, un fondo de envidia y de odio, y escarbando en él conseguí que Ganisch contara todo cuanto sabía.
Me hubiera gustado mucho poder trasladar fielmente las palabras de Ganisch y sus impresiones personales acerca de su vida y de la de Aviraneta en las guerrillas de Merino. Pero ¿quién sería capaz de transcribir con exactitud aquella serie de frases defectuosas, aquella serie de concordancias extrañas en donde se confundían el castellano, el francés y el vascuence?
Es imposible reproducir su relato como él me lo contó; relato que, ciertamente, no tenía orden gramatical, pero sí mucha gracia.
Al dar yo una forma lógica, aunque no literaria, le quito seguramente, todo carácter á esta narración, que hizo Ganisch en la taberna del Globulillo, de la calle del Puerto, en San Sebastián, una tarde de otoño del año 1839.
I
FERMINA Y LA RIOJANA
Ganisch comenzó de este modo:
«Cuando _entremos_ en la partida yo y Eugenio, como _la_ cura Merino, ¡así ojalá se muera de repente!, era hombre que se fijaba mucho en _estos_ cuestiones, Eugenio, que es un _endredador_, inventó que la Riojana era mi mujer y Fermina la suya. _La_ cura Merino...»
Pero no; es imposible seguir á Ganisch en su relato, y prescindiendo de lo pintoresco de su estilo, hay que hacerle hablar como todo el mundo.
El cura Merino no se preocupaba de estas cosas por virtud, sino porque era celoso y lujurioso como un mico.
La Riojana era una buena chica; eso sí, le gustaba la miel como á todas las mujeres, y cuando se le ponía algo en la cabeza, era un poco bestia.
La Fermina se las echaba de señorita. Siempre estaba de mal humor, dispuesta á dar gritos y á subirse á la parra por cualquier cosa.
La Riojana y yo--siguió diciendo Ganisch--nos entendimos pronto, porque, como yo hablaba poco el castellano, me iba pronto al bulto.
Como la Fermina y Eugenio no llevaban camino de arreglarse, la Riojana le decía á su compañera:
--¡Pues no eres poco melindrosa, hija! En la guerra como en la guerra. ¡Qué demoño!
Fermina era de un pueblo de la ribera de Navarra, y su padre un rico hacendado. Había tenido Fermina un novio que con engaños--así dicen siempre las mujeres--la sacó de casa; el padre juró que si volvía la despezaba, y, claro, ella no quiso volver.
Tenía Fermina muchas ínfulas aristocráticas; yo no sé si mentía, es muy probable; pero, mintiendo ó diciendo la verdad, aseguraba que se hallaba emparentada con las familias más linajudas de Navarra.
--Los Echegaray no sé de dónde procedemos--le replicaba Eugenio, que se hacía llamar por su tercer apellido--; no sé si venimos del cogollo ó de las hojas, de las últimas capas ó de los primeros manteos; pero no me preocupa gran cosa.
--Tienes risa de condenado--le decía ella.
Y esto le daba á él más ganas de reir.
No sé qué idea tenía la Fermina de Eugenio y de mí, pero creo que nos consideraba como dos herejes á los que no les faltaba el canto de un duro para entrar en el infierno.
Yo le aconsejaba á Eugenio que cogiera á aquella mujer y la dejara perdida en algún monte donde no pudiera volver, como á los perros que molestan.
Fermina la Navarra decía brutalidades sin notarlo; pero si alguien le echaba un piropo se sofocaba y le brillaban los ojos. Entonces sí estaba guapa.
Fermina, la Riojana y otras mujeres que había allí se decidieron, cuando comenzaron á organizarse las guerrillas, á gastar pantalones y á montar á caballo como los hombres.
Aviraneta, que siempre ha sido hablador, llamaba á Fermina la Monja Alférez.
--Este alférez ¡eh! Ganisch--me solía decir Eugenio guiñando los ojos--está verdaderamente bonito.
--¡Condenado! Te gusta avergonzarme--contestaba ella.
--Ya que eres la Monja Alférez--contestaba él echándoselas de galante--, sé monja para mí y alférez para los demás.
Al poco tiempo de estar en el campo, á Eugenio le hicieron teniente, no porque hubiera peleado más que yo ó que los demás, sino porque tenía más escuela.
Eso de saber manejar la pluma es cosa de mucha importancia.
Como Eugenio nunca ha sido fuerte, á los tres ó cuatro meses de estar en el campo durmiendo en el suelo y recibiendo nieves y chaparrones tuvo un ataque de reumatismo (_erreumatismo_, decía Ganisch) y le fué necesario quedarse en cama.
Yo fuí á cuidarle, más que nada, por no andar de maniobras.
Tanto subir y bajar montes y mojarme me tenía aburrido.
Estaba ya soltero, porque la Riojana se me había marchado con el cura. Le pedí permiso á éste para ir á cuidar á Eugenio, y Merino me dijo:
--Sí, sí; vete.
Claro, quería tenerme lejos de la Riojana.
Luego me preguntó:
--¿Qué le pasa á Eugenio?
--Está baldado por el reuma.
--¡Qué gente! ¡Qué jóvenes!--murmuró--. Ese Echegaray vale poco. A mí no hay lluvia ni nieve que me haga efecto.
El cura decía la verdad. Era duro como una piedra.
Al principio de la enfermedad de Aviraneta, la Fermina le cuidó muy bien; pero cuando entró en la convalecencia, ella y él se tiraban los trastos á la cabeza.
A la Fermina le asustaba mucho pensar en el infierno, y decía á Aviraneta que tenían que confesarse y ver al cura.
--¡A los curas! ¡A presidio los llevaría á todos!--decía Eugenio.
Ella, al principio, se incomodaba; luego le decía:
--Tú pierde tu alma si quieres; yo ya me salvaré.
--¿Salvarte?--le contestaba él en broma--. No se cómo: has matado, has dicho mentiras, dejarías de ser mujer si no las hubieras dicho; amores has tenido, iracunda eres como pocas, golosa también, envidiosa ídem; conque si no te metes monja después de la guerra y te azotas, no se cómo te las vas á arreglar con tu alma.
--¡Ese Eugenio--añadió Ganisch--tiene unas ocurrencias...!
--Y ella ¿qué hacía al oir esto?--pregunté yo.
--Ella se ponía como una fiera y le decía: ¡Canalla! ¡Bizco! ¡Quisiera que te murieras de repente!
--Ya lo sé--contestaba él.
Luego hacían las paces. La Fermina tenía un genio imposible; se mostraba dominadora, violenta, sanguinaria. Eso sí, para la gente pobre era buena.
II
LA HIJA DE MARTINILLO
--Supongo que Eugenio--siguió diciendo Ganisch--le habrá contado y ponderado los combates de la partida del cura. Es muy amigo de dar importancia á todos los sucesos donde interviene él.
--Pero la acción de Hontoria del Pinar, ¿no fué importante?--pregunté yo.
--¡Bah!--murmuró Ganisch.
--¡Cómo, bah! ¿No lucharon ustedes con un escuadrón francés numeroso?
--Sí.
--¿No hubo muchos muertos y heridos?
--Sí; creo que sí.
--Es extraño. ¿No se acuerda usted bien de esa acción?
--Sí; algo me acuerdo. Estuvimos en un pinar durmiendo en el campo, y todos los días aseguraban que venían, y luego que no venían... Bueno; pues una mañana dijeron que los franceses acababan de pasar por el camino. Yo no les vi.
Esperamos en un punto, y luego tuvimos que ir á otro sitio, y luego á otro. Después dimos una carga, y como no se pudo romper la formación francesa, comenzamos á pelear unos cuantos del escuadrón con diez ó doce dragones de esos de gorra de pelo; y cuando vinieron á ayudarnos los nuestros nos dijeron que ya se había terminado todo.
Sin duda, Ganisch no se había enterado de los preparativos de Merino para la sorpresa del Portillo de Hontoria ni del desarrollo general de la acción.
--Y al día siguiente, ¿fueron ustedes á la Vid?
--Sí. ¿También eso le ha contado Eugenio?
--También.
--Lo que no le habrá contado, seguramente, será lo de la niña y lo del desafío.
--No. ¿Qué fué lo del desafío?
--Verá usted. Teníamos nosotros en la partida un muchacho joven que se llamaba Martinillo.
--¿Un pastor?
--Eso es. En ese día de Hontoria del Pinar murieron veinte ó treinta de nuestro escuadrón, y entre ellos Martinillo el pastor.
Al día siguiente marchamos á la Vid y no volvimos al alojamiento hasta quince días después. Al llegar á Hontoria, y al preguntar por la Teodosia, la viuda de Martinillo, supimos con pena que acababa de morir de sobreparto, dejando una niña, á la que se puso también Teodosia.
¡Y aquí se ve lo que son las mujeres de raras y de locas! Fermina la Navarra, que había tenido tanto odio por Martinillo y por la Teodosia madre, recogió á la niña y se fué á vivir con ella á una casa de Huerta del Rey. Los del escuadrón solíamos ir á verla alguna que otra vez; pero, sobre todo, Eugenio y un amigo suyo, llamado Lara.
Eugenio pensó en casarse con la Fermina y prohijar á la niña; pero como no estaba en el regimiento alistado con su nombre, era una cosa difícil.
La Fermina no pensaba mas que en la chiquilla.
Muchas veces le oí á Fermina que preguntaba á Aviraneta:
--Eugenio, si yo muero, no la abandonarás; ¿verdad?
--¡Yo abandonar á la Teodosia! Nunca--replicaba él.
Murió la niña, y la Fermina y Eugenio, que estaban muy amartelados, riñeron en seguida. Fermina volvió á vestir de guerrillera, y todos los días le armaba un escándalo á Aviraneta.
--Estamos ofendiendo á Dios con esta vida--le decía ella--. O te casas conmigo, ó nos separamos en seguida.
--Espera que acabe esto--contestaba él--. Habiendo dicho á la gente que estamos casados, va á ser un escándalo ahora si vamos á la vicaría.
Eugenio se hubiera casado; pero al ver el genio que iba tomando la otra, se espantó.
Fermina no pensaba de nuevo mas que en luchar, matar y pegarle fuego al mundo entero.
III
EL DESAFÍO
Fermina se separó de Aviraneta y comenzó á andar, acompañada de un alemán, Müller, que era uno de los prisioneros que se quedó amigo de los españoles.
El alemán guardaba las espaldas de la guerrillera; ella le trataba con altivez, y él, á pesar de todo, le servía humildemente.
Eugenio estaba furioso; le miraba al alemán con su ojo bizco y frunciendo el ceño. Cuando Aviraneta se pone á mirar así hay que temblar, porque, con la mala sangre que tiene, es capaz de cualquier cosa.
La situación entre los dos hombres era muy violenta, y al fin vino el encuentro.
Eugenio y el alemán, por una cuestión de poca monta, se lanzaron el uno contra el otro. Eugenio quiso arrestar á Müller; pero al ver en éste una risa de desprecio, suspendió el arresto y concertaron entre los dos un desafío.
Estábamos en Hontoria.
Lara y yo fuimos los testigos de Aviraneta, y dos desertores franceses los de Müller el alemán. Se decidió que otro desertor polaco hiciera de juez de campo.
Marchamos los siete al galope al pinar, y entramos en una calvera del monte, grande como una plazoleta.
Antes de comenzar el duelo, el alemán dijo que él era un simple soldado, y mayormente extranjero; que si se sabía que se había batido con un oficial le costaría el ser fusilado, y que, por lo tanto, exigía juráramos todos guardar el secreto de lo ocurrido.
El alemán, sin duda, tenía completa confianza en su triunfo. Juramos callar.
Al momento Müller y Aviraneta se quitaron las casacas. Müller tenía un pecho de gigante y unos brazos fuertes, cubiertos de vello rojo.
Se midieron los sables y se entregó á cada uno el suyo. El alemán manejaba su arma como un juguete. Se colocaron los dos en guardia.
--Uno, dos, tres... Adelante, señores--dijo el polaco.
Los sables chocaron uno contra otro y comenzó el asalto.
Müller no tenía idea de la esgrima, pero era valiente, y tiraba unos mandobles á Eugenio que yo creí que le deshacía. Aviraneta se defendía con mucha maña y dirigía á Müller golpes á la cabeza y al brazo.
El alemán, viendo que no alcanzaba al enemigo, comenzó á dirigirle estocadas furiosas al pecho.
Hubo un descanso por orden del polaco, juez de campo.
Müller estaba congestionado y torpe; Eugenio, algo pálido, pero muy tranquilo.
--Yo intentaba desarmar á este bárbaro--nos dijo Eugenio á Lara y á mí--, y herirle levemente; pero tiene tan mala intención, que voy á tener que matarlo, si no, me va á matar él.
Siguió el duelo y vimos que, efectivamente, Eugenio cambiaba de sistema; ya, después de parar, no marcaba un golpe ligero en el brazo ó en el hombro del contrario, sino que se tiraba á fondo de una estocada. Müller hacía lo mismo con una furia terrible. Eugenio estaba cada vez más pálido y más ceñudo; se notaba la decisión en sus ojos.
Durante un momento estuvieron los dos forcejeando casi con los puños juntos, y al separarse se vió que Aviraneta tenía un rasguño en el brazo que le manchaba de sangre.
Aquella sangre y la sonrisa de triunfo del alemán enardecieron á Aviraneta, dándole una de aquellas decisiones violentas que le caracterizaban.
El polaco hizo la señal del nuevo asalto. Aviraneta se lanzó con tanto brío, que acorraló al alemán, que tuvo que retroceder, y, dándole un sablazo en la muñeca, le hizo tirar el sable.
Creímos que aquí terminaría el lance; pero Müller protestó y volvió con más furia á la pelea. Ya no era dueño de sí mismo; se descubría, parecía un toro más que un hombre. Se veía en él la decisión de atravesar á su contrario, aunque quedara muerto.
Aviraneta se encontraba en un aprieto grave; se iba cansando y perdiendo la serenidad.
En esto, Müller con el sable rozó la oreja de Eugenio. Aviraneta sintió la sangre que le caía y, enardecido, se lanzó sobre el enemigo, se tiró á fondo y hundió el sable en el pecho del alemán.
Müller abrió los brazos, se le cayó el arma, se tambaleó y, dando una vuelta como un peón, cayó á tierra.
Los dos testigos franceses no pudieron sostener su cuerpo fuerte y pesado.
--Lo he matado--nos dijo Aviraneta--; no he podido hacer otra cosa.
El alemán bramaba, escupiendo espumarajos de sangre.
Aviraneta, ceñudo, tomó su sable y empezó á limpiarlo en unas hierbas. Esperó un momento por si Müller le llamaba; pero el alemán estaba en las últimas convulsiones de la agonía, y poco después había muerto.
Montamos de nuevo á caballo. Los dos franceses, que tenían sangre en las manos, y Aviraneta, se lavaron en un arroyo y volvimos á Hontoria.
Todos los que presenciamos el duelo guardamos el secreto de lo ocurrido, hasta el punto de que se creyó que Müller había desertado de nuestro campo. Sin embargo, algunos sospecharon la verdad.
IV
LA DENUNCIA
Unos meses después estábamos en Peñaranda de Duero, que también se llama Peñaranda de la Perra, cuando se presentó un escuadrón del Empecinado á operar en combinación con Merino.
Eran oficiales de este escuadrón Antonio Martín, el hermano del Empecinado, y don Casimiro de Gregory Dávila, á quien llamaban Gregory el de Leganés, por su cargo de administrador de Rentas de este pueblo.
Gregory había peleado con el Empecinado á las órdenes de don Vicente Sardina, y estuvo preso en Madrid por patriota el año 9.
Luego, yo le conocí en 1822 de intendente en Pamplona.
Gregory y Martín andaban mucho con Aviraneta. Se decían muy liberales.
Un día los dos Empecinados, Aviraneta, Lara, el Tobalos y tres ó cuatro más del escuadrón del Brigante se metieron en una taberna de Peñaranda y hablaron.
Hay que advertir que Eugenio, en esta época, estaba que no se le podía aguantar.
Sus peleas con Fermina y, sobre todo, el recuerdo de la muerte del alemán le tenían rabioso.
Antonio Martín y Casimiro Gregory contaron en el grupo la entrada de los aliados en Madrid un día de Agosto.
El Empecinado, Palarea, el Abuelo y Chaleco habían desfilado por la Puerta del Sol y calle Mayor, marchando al Ayuntamiento.
Antonio Martín aseguraba con entusiasmo que los Empecinados habían sido los héroes de la jornada.
Unos días después de entrar ellos se juraba la Constitución en todas las parroquias madrileñas.
Los del Brigante escuchaban con envidia.
--Tenéis suerte--dijo Aviraneta con amargura--; nosotros aquí no hemos visto nada de eso.
E hizo un cuadro agrio y burlesco de la vida y costumbres del campamento de Merino.
Viendo que celebraban sus frases, Aviraneta se desbocó y empezó á decir barbaridades. Afirmó que Merino había ordenado la muerte del Brigante porque se sentía celoso de él.
--¿Nosotros?--exclamó luego--. Nosotros ya no somos guerrilleros, sino unas viejas beatas que no hacen mas que rezar el rosario y persignarse para comer, para beber, para rascarse...
Gregory y Martín se reían. Luego, Eugenio habló del Estado llano, del servilismo de los fernandinos, de la libertad y de los derechos del hombre, y acabó brindando por la República.
Aviraneta pensó que nadie se enteraría; pero en la taberna había un enemigo suyo, un tal Sánchez, á quien llamaban don Perfecto.
Don Perfecto estaba resentido contra Aviraneta porque éste se burlaba de él constantemente preguntándole dónde se había escondido cuando la acción de Hontoria del Pinar.
Don Perfecto se vengó yendo con el soplo al cura, contándole toda la conversación.
A los quince días de esto volvimos á Salas de los Infantes. Ya habíamos olvidado la conversación de Peñaranda.
No hicimos mas que llegar, cuando el cura llamó á Aviraneta y á Lara y, de repente, sin incomodarse, con voz burlona y fría, les dijo:
--Oye, Echegaray. ¡Conque yo mandé asesinar al Brigante! ¡Conque nosotros no somos guerrilleros! ¡Conque somos unas viejas beatas que no hacen mas que rezar!
--Yo no he dicho eso, don Jerónimo.
--Ha habido quien te ha oído, hijo mío. Hablaste con el hermano del Empecinado y con otro en una taberna de Peñaranda. ¿De manera que eres masón y republicano? ¡Ya me figuraba yo algo! Pues tendrás la suerte de los espías y los traidores: serás fusilado por la espalda. Y tú, Lara, irás también á la cárcel. Ya veré lo que hago contigo.
Aviraneta no replicó. Un oficial le quitó su espada dragona y, rodeado de soldados, marchó á la cárcel.
* * * * *
Después de este episodio, Ganisch contó otros de los guerrilleros de Merino, ya conocidos por mí, y la escapada que hicieron desde Salas á Soria Aviraneta y él; pero como esta escapada la he encontrado con más detalles en los papeles de don Eugenio, he recurrido á ellos.
V
LA EVASIÓN
Estas páginas que siguen fueron escritas, como las primeras de este libro, en la Cárcel de Corte, de Madrid, en 1834 ó 1835. Aviraneta quiso dar á su narración un aire romántico. No en balde le habían prendido al mismo tiempo que á Espronceda y á García Villalta. Don Eugenio, sin duda, pensó en imitar á los poetas; en cambio, los poetas no quisieron imitar al conspirador, pues ambos estuvieron á cual más tímidos y asustadizos, y cantaron la palinodia al momento escribiendo una solicitud á la reina María Cristiana afirmando su inocencia y pidiendo gracia.
Aviraneta habla en sus cuartillas de un pueblo S*, que he supuesto que es Salas de los Infantes; se llama á sí mismo el joven prisionero, á Fermina la transforma en Elvira, y á Ganisch en Martín.
A las pocas páginas se olvida de sus propósitos novelescos y del joven prisionero y habla de sí mismo.
Yo he sustituído los nombres falsos por los verdaderos para que no haya confusión.
LA CASA DEL DUENDE
Cuando me llevaron preso llovía, llovía monótonamente. El campo estaba triste; la carretera, llena de charcos.
Veíase entre la bruma la línea alargada de los montes, y en el fondo aparecía Salas con sus tejados rojos, chorreando agua.
Salas de los Infantes está en tierra fría, rodeado de colinas pedregosas; tiene una iglesia con su torre cuadrada en un alto y su nido de cigüeñas.
Salas es pueblo serrano, de casas bajas, con las chimeneas muy grandes, hechas con trozos de teja, formando una eminencia cónica terminada por una caperuza de cuatro tablas, que en el país llaman la contera.
Tiene Salas un castillejo en el vértice de una colina próxima al río, el castillo de Castrovido, y un palacio grande, el de los infantes de Lara. Castillo y palacio deben estar ya completamente en ruinas, si la devastación iniciada en la guerra de la Independencia ha seguido en la carlista, como ha debido de seguir, si es que no ha aumentado.
No se ve aldea alguna en derredor de la villa; entonces, durante la campaña, sus alrededores eran un desierto.
Salas tiene un punto de reunión bastante animado los días de feria, que suelen ser los jueves: la plaza Mayor.
En los soportales de esta plaza, en las bodegas hay figones bajos de techo, ahumados, con unas cuantas mesas de pino blancas y una fila de barricas sostenidas por largueros.
A la puerta de los figones suelen ponerse los días de mercado algunas viejas á vender callos con guiso de pimentón en un barreño. Yo conocía todos los figones del pueblo.
Lara y yo frecuentábamos el figón del Obispo y el de la Mujer Muerta, donde solíamos comer los exquisitos peces del Arlanza.
Hontoria y Salas eran para nosotros, acostumbrados á merodear por el campo, capitales importantes.
Dos barrios hay en Salas bastante separados el uno del otro: el de Santa María, casi todo el pueblo, llamado así por hallarse alrededor de la iglesia parroquial, y el de Santa Cecilia, por estar cerca de una ermita de este nombre levantada á orillas del Arlanza.
Un puente que pasa por encima del río une el camino que va de una á otra barriada.
En el barrio de Santa Cecilia había por entonces una casa grande, de piedra berroqueña, antigua, ennegrecida por el tiempo y por los musgos, agujereada, con los aleros rotos: la Casa del Duende.
Se entraba en ella por un postigo lleno de grandes clavos, porque la puerta principal, rota, estaba sujeta con hierros y no podía abrirse.
Era su zaguán ancho, obscuro, con una columna de granito en medio.