Part 15
--Si las Cortes de Cádiz hacen una Constitución, como parece, tendrán ustedes que abandonar la causa del rey José. Desde ese momento, el ser afrancesado ya no tendrá objeto.
Marchena dijo que no y que no; que los de Cádiz eran unos charlatanes, que en España no había filosofía, y que nuestra literatura era confusa, desarreglada é inmoral.
El entusiasmo por la Revolución, y, sobre todo, por la literatura francesa, le impedía al abate comprender su país.
Fué necesario que viniera otra generación inspirada en las Cortes de Cádiz, para tener como cosa posible la libertad dentro de la patria.
Antes de despedirme de Marchena y de Eguía le pregunté á éste si seguía siendo masón; me dijo que sí, aunque ya el masonismo le parecía una broma. Añadió que si quería afiliarme debía ir á la logia de la Estrella, establecida en la calle de las Tres Cruces, y que dirigía el barón de Tinán.
III
VAN-HALEN Y LAS LOGIAS
Un muchacho con quien me relacioné en los días que estuve en Madrid fué Juan Van-Halen, que en este tiempo era oficial de la guardia del rey José.
Van-Halen era de mi edad, de familia belga, nacido en la isla de León.
Era alto, buen mozo, rubio, bastante jactancioso, tipo intermedio entre flamenco y andaluz.
Van-Halen sufría los desdenes de los franceses con quienes convivía, y por ser muy susceptible y en el fondo patriota, reñía constantemente con sus compañeros.
Estas disputas le ocasionaron un duelo con un hermano del general Sebastiani y otro desafío muy grave con el coronel Montleger, famoso espadachín, el cual dijo á Van-Halen, con la fatuidad de un francés: «¡Tengo sobre usted el derecho de conquista!»
En este duelo Montleger hirió á Van-Halen y lo dejó á la muerte.
Fuí con Van-Halen á la logia Estrella y me enteré de lo que pasaba en los centros de la masonería.
Había entonces en España cuatro grupos masónicos. Y, cosa extraña, en todos ellos quedaba un rastro del revolucionario granadino Andrés María de Guzmán, á pesar de ser Guzmán completamente ignorado, porque en aquella época se conocía la Revolución Francesa en España, solo muy en bloque, y más por el conjunto de ideas que por detalles.
Este rastro de Guzmán demuestra cómo, en el fondo, no queda nada perdido.
De los cuatro grupos masónicos de Madrid, dos eran patriotas y dos afrancesados.
De los patriotas, el primero y más antiguo era la Gran Logia, fundada por el conde de Aranda.
LAS LOGIAS PATRIÓTICAS
A esta Gran Logia, instalada en el palacio de los duques de Híjar, en la Carrera de San Jerónimo, habían pertenecido los hombres más ilustres del partido reformista en tiempo de Carlos III y Carlos IV.
Lo dirigía en este tiempo el conde del Montijo, pariente de Guzmán.
El conde del Montijo era el famoso tío Pedro del motín de Aranjuez, hombre ambicioso, y botarate, masón, y al mismo tiempo denunciador de liberales. Como muchas personas del tiempo, Montijo aparecía con dos caras, ahora que él mismo no sabía cuál era la suya propia.
La segunda logia patriótica, más política en tiempo de la guerra de la Independencia que la anterior y afiliada á la masonería escocesa, se llamaba Gran Oriente de España y estaba fundada por el conde de Tilly, á quien se conocía en las logias por su apellido á secas: Guzmán. Tilly parece que era hermano de Andrés María de Guzmán, el amigo de Marat.
Don Francisco Pérez de Guzmán, conde de Tilly, tenía esa ambigua personalidad de muchos hombres de la época. Unos afirmaban que era extremeño, otros que nacido fuera de España.
Lo que era indudable es que había vivido mucho tiempo en París, probablemente con su hermano Andrés, y aparecido en Sevilla antes de la guerra de la Independencia. Debía de tener el aprendizaje de un hombre que había presenciado la Revolución Francesa.
Se decía de Tilly que era jugador y que estuvo complicado en Madrid en un robo de alhajas.
En política, Tilly quiso seguir las huellas de su hermano y fundó la primera logia escocesa en Aranjuez. Estuvo allí á punto de ser muerto por la plebe, por sospechoso, el día en que se supo la rendición de Madrid, y se salvó tirando á la gente puñados de dinero.
Luego fué individuo de la Junta Central, como representante del reino de Sevilla, miembro de la sección de Guerra, y aunque se decía liberal, se manifestó enemigo de la reunión de Cortes. Después intentó escaparse á Gibraltar y se aseguró que había concertado, en unión del duque de Alburquerque, un plan de pasar á Méjico con cinco mil hombres á sublevar el país contra España, con la ayuda de los ingleses, ofreciendo á éstos, en cambio, la plaza de Ceuta.
Se le redujo á prisión en el castillo de Santa Catalina, de Cádiz, por orden del general Castaños, y allí murió.
Luego se dijo que Tilly era inocente de lo que se le acusaba.
Años después oí hablar de otro conde de Tilly en París, que venía de Jersey, donde habitaba su familia. Me chocó, porque al mismo tiempo había otros condes de Tilly en Madrid. En esta familia todo era confuso.
Muerto don Francisco Pérez de Guzmán, conde de Tilly, le sustituyó en la dirección de la masonería escocesa en España un extranjero, el barón de Tinán. Tinán organizó el Gran Oriente y la logia Estrella, que celebraba sus tenidas en la calle de las Tres Cruces.
Este Oriente fué en España el foco del partido liberal avanzado.
Casi ninguno de los que pertenecieron á él conocía su historia ni sabían que era una cría de la Revolución Francesa, engendrada por un grande de España maratista, miembro del Club del Obispado, guillotinado en París, y aclimatada en la Península por un hermano suyo, general muerto en presidio.
Como no había mas que divisiones y subdivisiones en todos los campos, en el Oriente escocés, futuro foco del partido liberal, se marcaron dos tendencias contrarias: la de los anglofilos, que consideraban necesaria la protección de Inglaterra para acabar la guerra y para afirmar las instituciones liberales, y la de los patriotas puros, que repudiaban toda influencia extraña.
Los anglofilos no querían mas que la lucha regular de los grandes ejércitos; en cambio, los patriotas eran más partidarios de los guerrilleros.
Andando el tiempo, los anglofilos, en su mayoría, se hicieron moderados, y los patriotas exaltados, progresistas.
LAS LOGIAS AFRANCESADAS
De las dos logias afrancesadas, una, la principal, era la Santa Julia, fundada por Murat y constituída principalmente por militares franceses y por españoles josefinos.
Se hallaba establecida esta logia en la calle de Isabel la Católica, en el edificio de la abolida Inquisición, y tenía mucha importancia.
La segunda logia afrancesada era el Gran Oriente de España y de sus Indias, cuya fundación se debía al conde de Grasse Tilly, al decir de algunos, también pariente de Tilly.
El Gran Oriente de España y de sus Indias seguía las inspiraciones del Consejo Supremo de Francia, y en esta época, por renuncia de Grasse Tilly, era venerable el navarro Azanza.
Por mi iniciación de aprendiz en la logia de Bayona, yo me encontraba afiliado á este Gran Oriente; pero por ser de tendencia afrancesada, decidí dejarlo é ingresar en la logia de la Estrella, punto de reunión de los patriotas y liberales que seguían las inspiraciones de la masonería escocesa.
En la logia de Bayona teníamos como contraseña la palabra _Mac-Benac_, que me había servido para salvarme en Miranda.
En la de Tinán, nuestra palabra era
OTEROBA
Estas siete letras eran, al decir de los hermanos, las iniciales de otras siete palabras: _Occide tirannum, et recupera omnia bona antiqua_, que no se necesita saber mucho latín para comprender que significa: Mata al tirano, y recobra todos los bienes antiguos.
Siempre que asistí á reuniones masónicas protesté de que se perdiera el tiempo hablando del Gran Arquitecto del Universo, del templo de Salomón, de Abiram y de otros simbolismos ridículos y trasnochados sacados de la Biblia; pero había ciudadano Experto, Venerable ó Escogido capaz de desenvainar su espada de hoja de lata y atacar con ella al impío que despreciara las mojigangas de la sublime albañilería.
Si el misticismo judaico de los masones me parecía grotesco y sin interés, en cambio me interesaba la posición política respectiva de las logias. En ellas se inició la política de los partidos españoles de la primera mitad del siglo XIX.
RIVALIDADES
De las dos patrióticas, la primera, la Gran Logia, seguía la tendencia enciclopedista, sin mezclarse apenas en política; la segunda, el Oriente Español, afiliado á la masonería escocesa, era partidario de la Constitución que iban á decretar las Cortes. Uno de los masones escoceses, Lorenzo Calbo de Rozas, miembro de la Junta Central y luego diputado por Aragón, había sido realmente el instigador de las Cortes con las exposiciones que presentó á la Junta Central insistiendo en el pensamiento iniciado antes por Jovellanos.
Calbo de Rozas era un vizcaíno terco, soberbio, que, á pesar de haber sido el alma de la defensa de Zaragoza, era entusiasta de la Revolución Francesa y soñaba con una dictadura terrorista ejercida á la usanza de la Convención.
Calbo de Rozas consiguió sus propósitos de reunir las Cortes, aunque él no se lució gran cosa en ellas.
De las logias afrancesadas, la de Santa Julia era imperialista; aspiraba á un imperio de varias naciones, dirigido por Bonaparte y con la capital en París, y la logia del Supremo Consejo de España é Indias, presidida por Azanza, quería considerar la guerra de la Independencia como una guerra civil.
Decían estos masones que desde el momento en que el rey José había subido al trono de España, haciéndose independiente de Napoleón, el conflicto no era una lucha de España contra Francia, sino de españoles josefinos contra fernandinos, de Bonapartes contra Borbones, una guerra semejante á la de Sucesión.
Claro que, mirando la cuestión friamente, se podía reducir la guerra de la Independencia á una lucha dinástica; pero tantas cosas arrastraba esta lucha, tanta divergencia suponía el tomar parte por una ú otra bandera, que, de poder contemplar el problema con frialdad, no hubiera habido problema.
Estas logias, á poco de fundarse, se odiaban á muerte y se ridiculizaban por sus símbolos y atributos. En la Estrella se hablaba en burla de los masones afrancesados de la calle de Isabel la Católica, y se les apodaba los de la berenjena, porque se llamaba así en burla una gran Orden fundada por el rey José. En cambio, en la Santa Julia se acusaba de clericales á los de la Estrella.
Todas estas luchas eran síntoma de la fermentación que comenzaba á obrar enérgicamente en la sociedad española.
Hoy, mirándolo á distancia, se comprende que así debía ser; pero, de cerca, aquel desbarajuste era desagradable.
En la logia Estrella se discutieron varios proyectos para después de aprobada la Constitución.
El mío--yo también presenté el mío--consistía en comprometer á todos los generales afectos á la Constitución y en influir para destinarlos á Andalucía; y en el caso de que se acabara la guerra con la victoria de España, como era lo más probable, llevarlos á Cádiz con sus tropas, convertir las Cortes en una Convención y, si Fernando se mostraba hostil á ella, proclamar la República.
Mi proyecto, que á mí me parecía magnífico, se encontró irrealizable.
En vista de que no se podía hacer mas que hablar, decidí marcharme.
Me despedí de los hermanos masones y les di mis señas en la partida de Merino.
Van-Halen me expresó su deseo de abandonar á los franceses; yo le dije que viniera con nosotros; pero la perspectiva de entrar en una partida de fanáticos, capitaneada por un cura, no le parecía, por lo que me dijo, muy halagüeña.
IV
DE VUELTA
A los pocos días de estancia en Madrid, Lara y yo, cansados de hablar, discutir y perorar, nos hallábamos deseosos de marcharnos. Un desorden y un desbarajuste tan grandes como el que se notaba en Madrid, nos causaba más impresión por la costumbre de vivir disciplinados.
Antes de transcurrida una quincena, Lara y yo estábamos en marcha.
Como había tanta tropa francesa por el camino de Francia y podíamos toparnos con gente más desconfiada que el oficial francés á quien encontramos cerca de Burgos, decidimos ir en galera por Guadalajara á coger Sigüenza, después Almazán é internarnos en Soria.
Yo llevaba una carta del barón de Tinán para el Empecinado.
Llegamos á Guadalajara con pasaportes del rey José, y al salir de esta ciudad rompimos los papeles y nos dirigimos á una villa próxima, Gascueña ó Caspueña, pues de las dos maneras se le llama.
Íbamos marchando á pie, cuando nos dieron el alto cuatro guerrilleros de á caballo.
Les explicamos quiénes éramos y que llevábamos una carta para el Empecinado.
Uno de ellos nos dijo:
--A ver la carta.
--No se la puedo enseñar mas que á él--contesté yo.
Con este motivo nos enzarzamos en una disputa que, afortunadamente, vino á cortar un teniente muy joven, pues no tendría arriba de diez y seis años.
Era Antonio Martín, el hermano del Empecinado.
EL EMPECINADO
Antonio Martín, al oir nuestras explicaciones, nos dijo que nos llevaría á presencia de su hermano.
Fuimos á una casa baja de Caspueña y entramos en un cuarto encalado que tenía en medio una mesa de pino con unas sillas de paja y en las paredes planos de las provincias de Guadalajara, Soria y Valladolid.
En este cuarto había un grupo de hombres, y entre ellos estaba el célebre guerrillero don Juan Martín con varios jefes de su partida.
Yo le entregué la carta de la logia Estrella. El Empecinado leyó la carta despacio, como hombre que no tiene gran costumbre de la lectura.
Mientras él leía, Lara y yo le estuvimos contemplando. Era un hombre todavía joven, fornido, de pelo negro y color atezado, tipo de cavador de viña, los labios gruesos, el bigote á la rusa, unido á las patillas, la cara de hombre tosco y bravío, con la mandíbula acusada y una raya profunda que le dividía el mentón.
Vestía un uniforme amarillo con vueltas rojas, fajín rojo, cordones de plata en el pecho y un cinturón con una chapa con las letras C.ª L.ª (Caballería Ligera).
Lo que más llamaba la atención en el Empecinado eran los ojos, ojos fijos, brillantes, huraños, y las manos, por lo cuadradas y por lo terriblemente fuertes.
--¿Qué piensan ustedes hacer?--nos dijo el Empecinado bruscamente.
--Vamos á reunimos con Merino. Somos oficiales suyos.
--¡Qué raro que estén ustedes con Merino y tengan esos amigos en Madrid!
--Sí, es una extraña casualidad.
El Empecinado, llevándome á un rincón, me dijo:
--En la carta que ha traído usted me preguntan qué es lo que haré si se proclama la Constitución. Voy á contestar ahora mismo que la juraré al frente de mis tropas con la mayor solemnidad.
--Veremos lo que hacen los demás--dije yo.
--Merino, probablemente, no jurará.
--Creo que no; por lo menos, no será de los primeros.
El Empecinado nos preguntó cuándo íbamos á reunimos con nuestro escuadrón, y contestándole que no teníamos prisa, nos dijo que nos daría una carta para Merino, nos prestaría dos caballos y, escoltados por una patrulla de su gente, llegaríamos hasta Almazán.
ABUÍN EL MANCO
Al día siguiente, por la mañana, nos encontramos con el grueso de la partida de Saturnino Abuín, el Manco, y unidos á ella tuvimos una escaramuza con las tropas de Roquet entre Torija y Valdenoches. Don Saturnino, el Manco de Tordesillas nos recibió muy amablemente.
Abuín, á quien todo el mundo llamaba Albuín por esa tendencia que hay á corregir los apellidos que parecen incompletos, era entonces un hombre de unos treinta años. Era manco del brazo izquierdo. Herido en un combate que tuvieron españoles y franceses en el Casar de Talamanca, en la provincia de Guadalajara, hubo que cortarle el antebrazo por el tercio superior.
Abuín era hombre seco, cenceño, de frente despejada, ojos pequeños é inteligentes, bigote corto, nariz fuerte, algo torcida. A mí me fué muy simpático.
El comienzo de Abuín era parecido al de todos los guerrilleros. Había salido de su pueblo con ocho ó nueve muchachos mal armados. Abuín llevaba los primeros días de su campaña una daga corta y antigua que había sacado de su casa. Los demás iban armados de garrotes con pinchos.
Al pasar por cerca de Cuéllar la partida vió á un grupo de seis dragones que pasó por las inmediaciones de esta villa.
Abuín se arrojó sobre ellos, y el que hacía de jefe de los dragones entregó la espada al guerrillero, quien la tomó y la conservó durante toda su vida.
Don Saturnino se unió al Empecinado y peleó durante mucho tiempo con él. Luego, pocos meses después de encontrarle Lara y yo, creyéndose postergado, abandonó á don Juan Martín en el Rebollar de Sigüenza y se pasó con su partida á los franceses. Fué un mal momento el suyo.
Durante toda su vida, don Saturnino el Manco tuvo una fama deplorable. El estigma de traidor le debía pesar en el ánimo de una manera terrible. Varias veces le vi en París, en 1819, triste, cabizbajo, y más tarde le he vuelto á ver en Madrid, igualmente meditabundo.
Después de la escaramuza entre Torija y Valdenoches, volvimos á Caspueña.
Por la tarde nos despedimos del Empecinado, que nos dió la carta para Merino y un pasaporte. Este pasaporte lo he conservado como recuerdo hasta hace poco.
Era una hoja impresa con un grabado que representaba un guerrero montado á caballo con el sable en alto, atacando y derribando á los franceses. Junto á él había una matrona, que debía ser España, y cerca un león estrujando entre sus garras un águila.
CAMINO DE ALMAZÁN
Salimos, como he dicho, por la tarde de Caspueña, en compañía de Antonio Martín y de una escolta de veinticinco hombres, camino de Sigüenza.
Antonio nos hizo preguntas á Lara y á mí acerca de la vida en la corte, y yo hablé de las discusiones y controversias madrileñas en cafés, tertulias y logias, y aunque era una imprudencia confesé que era masón.
Antonio se quedó asombradísimo de que un masón estuviese en las guerrillas de Merino, y me dijo que él también deseaba ser presentado en una logia.
Pasamos por delante de Sigüenza y fuimos hacia Almazán atravesando los altos de Barahona y la llanura llamada Campo de las Brujas.
Nos despedimos, antes de entrar en Almazán, de Antonio Martín, ya muy amigo nuestro, y seguimos hasta Calatañazor, donde encontramos nuestras fuerzas.
Contamos á Merino lo que había pasado con el director; le dijimos que una columna francesa nos había conducido á Madrid, y le entregamos la carta del Empecinado.
* * * * *
Después, pasado algún tiempo, comenzaron las buenas noticias para los españoles. Napoleón había declarado la guerra á Rusia y tenía que sacar tropas de España. El rey José no se veía seguro en Madrid; los mariscales del Imperio no le hacían caso.
Desde esta época, con mucha frecuencia nos leían partes diciendo que aquí ó allí se había ganado una batalla por el ejército aliado.
Nosotros ya no operábamos como guerrilleros libremente, sino que seguíamos un plan superior, casi siempre en combinación con las partidas de Borbón y Padilla y la brigada del Empecinado.
V
LA NIÑA
Fué una época para nosotros excepcional por lo apacible y poco inquieta.
Como he dicho antes, Fermina había recogido la hija de Martinillo y se marchó á vivir con ella y la nodriza á Huerta del Rey.
Lara y yo íbamos con frecuencia á ver á la criatura y á Fermina, transformada, de guerrillera, en mujer de su casa y madre amorosa.
La niña era un vínculo que nos unía á Lara, á Fermina y á mí.
El coronel Blanco nos dejaba marchar casi todas las semanas á visitar á la hija adoptada por nuestro extinguido escuadrón.
Se operaba poco en esta época. Las partidas de guerrilleros no eran buenas para movimientos en gran escala. Por otra parte, Merino se encontraba con que las fuerzas que tenía á sus órdenes sobrepasaban su capacidad y sus conocimientos, y como no estaba dispuesto á dar acciones, apenas se movía de miedo á un fracaso grande.
Cuando nos daban licencia, Lara y yo montábamos á caballo y nos largábamos trotando y galopando hasta Huerta.
Un perro que yo tenía por entonces nos seguía ladrando y dando brincos.
Se llamaba «Murat», «Murat I», porque tuve después dos más con este nombre.
«Murat» era un perro inteligentísimo. Todo el mundo decía que no le faltaba mas que hablar.
Llegábamos Lara y yo á Huerta é íbamos á casa.
Estos pueblos, en la guerra de la Independencia, eran de una miseria horrible, mayor aún en el comienzo del año 12, que fué el auténtico año del hambre.
Yo tenía fresco el dinero que me habían dado en casa, no mucho, pero entonces, y para aquellos sitios, casi un capital.
Cuando nos acercábamos á Huerta y entrábamos en la plaza, donde solía haber un mayo, á mí me parecía el pueblo bonito, á pesar de su desolación y de sus calles torcidas.
Íbamos en seguida á casa de Fermina. Ella solía estar en la ventana con la niña.
Comíamos juntos, y muchas veces, si hacía buen tiempo, Fermina, la nodriza, á quien llamábamos Mencigüela, y la chica solíamos ir á tomar el sol á una azotea que hay alrededor de la iglesia.
Yo lucía á «Murat», que tenía todas las habilidades de un perro de regimiento, y le insultaba cuando no hacía algo bien. Le llamaba canalla, asesino, granuja.
--¡No le insultes al pobre!--me decían Fermina y Lara.
«Murat» ya sabía que aquello era broma.
Cuando se cansaba de jugar se subía sobre el banco y ponía su cabeza en mis piernas.
Yo sacaba mi anteojo para mirar á lo lejos.
Desde aquella azotea de la iglesia se divisaba una gran hondonada, un valle cerrado por unas lomas rojizas, y por encima, en el fondo, Somosierra, como una muralla azul; á un lado brillaban las praderas verdes de Arauzo de Miel.
Mirando hacia el pueblo no se veía una casa alineada ni derecha; todas torcidas, alabeadas, con los tejados hundidos.
¡Qué silencio solía reinar allí! Piaban los pájaros, cacareaban las gallinas, subía en el aire la ligera columna de humo azul que brotaba de una casa.
Lara me hacía fijarme en la poesía de estas cosas, en el sonido de una esquila, en el toque de la campana, en el rebaño de cabras que se esparcía por un pedregal.
Mientras tanto, Fermina paseaba con la niña.
Mencigüela le enseñaba las cigüeñas y la canción que se les canta, que es ésta:
Cigüeña barreña, La casa te se quema, Los hijos te se van; Machácales los ajos, Que ellos volverán.
Cosa que, según la nodriza, hacía rabiar á las cigüeñas.
¡Qué vida primitiva, qué vida más estática la de aquel pueblo!
A media tarde volvíamos á casa á merendar. Me asombraba cómo Fermina no se aburría allí.
Recuerdo la salita de la casa como si la estuviera viendo. Había una mesa, un armario, un reloj alto de pared y un cuadro de cañamazo en que estaban bordados un ciervo, que tenía un aspecto mixto de conejo y de ardilla, unas flores y este letrero: Aquilina Ciruelos, lo hizo en 1803.
Yo me entretenía bastante describiendo en voz alta el cuadro, cosa que á Fermina no le gustaba.
--Seguramente, en su casa hay algún bordado igual hecho por ella--pensaba yo.
Además de la mesa había una cómoda pesada y ventruda, y sobre ella un Niño Jesús metido en un fanal, y un espejo donde se reflejaban las imágenes completamente deformadas.
El mobiliario se completaba con un baúl enorme con aplicaciones de latón y un arca.
Todo lo que tuviera colorines, á Fermina se le antojaba muy bonito; en cambio, á mí me parecía muy feo.
Era una mujer rara la tal Fermina. Tenía un amor por el orden, por el arreglo, completamente extraño. Cuidaba la ropa blanca como algo religioso.
Se comprendía, al verla en una casa, el odio que experimentaba por todo lo nuevo y lo revolucionario. La enemiga terrible que guardaba contra los franceses provenía, más que nada, de que no respetaban costumbres antiguas.
--¿Por qué se ha de hacer esto?--preguntaba yo alguna vez.
--Así se ha hecho siempre.
--Esa no es razón.
--¿Por qué se ha de hacer de otra manera si así se ha hecho siempre?
Hay piedras que parece que están fijas, sujetas en la tierra sin que puedan desplazarse nunca. De estas piedras era Fermina.