Part 14
El único proyecto posible que se me ocurrió fué que uno de nosotros saltara á la huerta, subiera por el tronco de la parra á la segunda galería, llamara en la ventana y saliera por allí con el director.
--Me parece una cosa muy difícil de realizar; pero por mí no quedará--dijo Lara.
--La cuestión sería advertirle al director para que esté despierto y preparado--agregué yo.
--Veremos á ver si se nos ocurre algún medio.
Entramos en la posada del Riojano y nos acomodamos en la cocina como si fuéramos parroquianos de la casa.
La cocina estaba en el piso bajo, y el director se hallaba encerrado en el segundo. La escalera la guardaban varias parejas de gendarmes.
Por más que pensamos Lara y yo procedimientos para comunicarnos con el director, no encontramos ninguno.
El posadero, á quien hablamos aparte excitando su patriotismo, dijo que era imposible llevar ningún recado al preso.
El, al menos, no se comprometía. Ahora, si nosotros encontrábamos un procedimiento de hacerle pasar el aviso sin que él apareciera complicado, se callaría sin denunciarlo.
¿Qué procedimiento se podría emplear?
Salimos Lara y yo á la calle. Yo puse en prensa mi cerebro. En esto, al pasar por una tienda de frutas vi en un canasto unas nueces muy gordas y compré media docena.
--¿Para qué las quieres?--me dijo Lara.
--Vamos á ver si dentro de una de éstas le mandamos al director el aviso de que esté preparado por la noche.
Fuimos al parador del Espíritu Santo, donde habíamos dejado los caballos, y yo le pregunté al amo si tenía cola para pegar.
Me trajo un puchero con ella. Lara y yo abrimos dos nueces y metimos dentro, de cada una un papel que decía: «Espere usted preparado esta noche». Después pegamos las cáscaras de nuez, y con ellas en el bolsillo nos fuimos á cenar en la posada próxima al puente.
Estuvimos atentos á las idas y venidas del posadero, y en el instante en que éste ponía en una bandeja unos racimos de uvas, yo saqué las dos nueces del bolsillo y las dejé encima. El hombre me hizo un guiño, como diciendo: «Está entendido», y subió al cuarto del preso. Lara y yo pagamos nuestro gasto y salimos á la calle.
VII
MAC-BEN-AC
Fuimos Lara y yo dando la vuelta hasta colocarnos en la parte de atrás de la posada del Riojano.
Yo hubiera querido que Lara quedase al lado de la tapia de la huerta con nuestros dos caballos; pero era imposible, porque de cuando en cuando pasaban patrullas de caballería francesa que rondaban los alrededores. Dimos vuelta á toda la tapia de la huerta y encontramos que tenía una puertecilla.
--Vamos á ver una cosa--le dije á Lara.
--¿Qué?
--Voy á ver si se puede abrir por dentro esta puertecilla de la huerta.
Apoyándome en las manos juntas de Lara, y luego en sus hombros, escalé la tapia de la huerta y bajé, agarrándome á las ramas de un árbol frutal, al suelo. La puertecilla de la huerta tenía una llave un poco mohosa, pero pude abrirla.
--¿Vas?--me dijo Lara.
--Sí.
--¿Yo me quedo aquí de guardia?
--No, vale más que vayas al parador y esperes allí con los caballos preparados.
Lara se fué; yo cerré la puerta sujetándola ligeramente con una piedra y avancé hacia la casa.
La subida no fué difícil. El tronco de la parra era grueso y retorcido, y las galerías estaban próximas una de otra. Lo único malo que ocurría era que al trepar las ramas de la parra chocaban contra las maderas y metían ruido.
De pronto oí pasos en la galería, sobre mi cabeza. Me agazapé y estuve quieto, agarrándome al tronco. El gendarme, cuyas pisadas parecía iban á hundir las tablas del suelo del balcón, se asomó á la barandilla, pero no me vió.
Pensé un momento en volverme atrás; pero olvidé esta idea y seguí adelante. Subí más arriba; llegué á la segunda galería y salté sobre ella despacio, porque al poner el pie crujían las maderas. Me acerqué á la ventana del director.
Di dos golpecitos en el cristal de la ventana. Nada.
--¡Este hombre es un imbécil!--pensé incomodado--. ¿No habrá visto el aviso?
Volví á dar otros dos golpes y se abrió la ventana y apareció en el cristal la cabeza asombrada del director.
--¿Es usted?--me dijo temblando.
--Sí. ¿No ha visto usted mi aviso?
--No.
--Yo creí que estaría usted preparado.
El director se hallaba perplejo, aturdido. Se puso una chaqueta y acercó una silla á la ventana para saltarla.
--Vamos, vamos--le decía yo.
En esto dos manos de hierro cayeron sobre mis hombros y entraron varios gendarmes en el cuarto del director.
--¡Ah, brigand!--me dijo uno.
Yo me libré como pude de sus zarpas y, saltando el barandado de la galería, me agarré al tronco de la parra y fuí bajando hasta el jardín.
Lo crucé á largas zancadas y me acerqué á la puerta. Estaba cerrada. Intenté escapar subiendo por el tronco de un árbol, pero en la obscuridad no encontré ninguno.
En tanto, los gendarmes habían entrado en el jardín con la bayoneta calada. No tuve más remedio que rendirme. Me cogieron, me ataron y me reconocieron como el comensal de la tarde anterior.
Me dirigieron una porción de bromas acerca de mi suerte, y decidieron llevarme á presencia del comandante jefe de la escolta, que estaba alojado en una casa de enfrente.
Rodeado de cuatro gendarmes y un cabo cruzamos la calle y entramos en el portal de una casa próxima. Subimos al primer piso y llamaron á una puerta.
Se abrió ésta y vimos tres oficiales sentados alrededor de una mesa: uno el comandante, hombre fuerte, de alguna edad; los otros dos, jovencitos.
--¿Qué pasa, cabo?--preguntó el comandante.
El cabo contó lo ocurrido y me hicieron avanzar en el cuarto.
--¿Qué, es un ladrón?
--No, no; es un bandido que venía á libertar al preso.
--¡Ah, diablo! ¡Es audaz el joven!--dijo un oficial.
Di unos pasos hasta acercarme á la mesa.
--Me han atado como un fardo, mi comandante--dije yo en francés--; creo que podían dejarme respirar un poco.
--Sabe francés el pícaro--exclamó riendo uno de los oficiales jóvenes--. Desatadlo. No se escapará.
Me desataron. Los tres oficiales me miraban sonriendo, pero, á pesar de esto, mi suerte me parecía muy poco halagüeña. En aquel momento tuve la inspiración de acordarme de la masonería.
Ya con los brazos libres, hice el signo masónico de gran peligro, lo que llaman los franceses señal de _détresse_.
El comandante me miró atentamente y habló luego con los oficiales que se despidieron.
--Podéis iros--dijo después á los gendarmes.
El comandante y yo quedamos solos.
De pronto se volvió á mí y me preguntó:
--¿Cuál es tu palabra masónica?
--Mac-Ben-Ac--contesté yo.
Esta era nuestra contraseña en la logia de Bayona.
El comandante pareció quedar satisfecho de mi contestación.
Yo empecé á explicar lo que había hecho; por qué intenté libertar al preso; dije cómo éste había sido absuelto por un tribunal militar...
--No necesito explicaciones, hermano--replicó el comandante, con asombro mío--. Vamos, ven conmigo.
¿Adónde me llevará este hombre?--pensé yo.
Salimos á la calle, pasamos el puente y llegamos cerca del parador del Espíritu Santo.
--No intentes nada--me dijo el oficial--. Sería inútil. Se va á aumentar la escolta del preso y á redoblar la vigilancia.
--No pienso intentar nada--repliqué yo.
--Adiós, hermano--me dijo después; y me estrechó entre sus brazos.
Al verme solo, en medio de la obscuridad de la noche, me quedé asombrado de mi suerte; agité los brazos alegremente, castañeteé los dedos y eché á correr al parador.
Pocos momentos después, Lara y yo marchábamos á caballo camino de Pancorbo.
Ya no era posible seguir la empresa.
Por lo que supimos después, el coche del director marchó desde Miranda con una escolta de mil quinientos hombres de infantería, y no permitieron que nadie se acercara á él.
El director siguió hasta Irún, y luego á Bayona, donde fué encerrado en el castillo Viejo en compañía del guerrillero ex capuchino don Juan Delica, del gobernador y defensor de Ciudad Rodrigo, Pérez de Herrazti, y del brigadier Perona, que llevaba en la antigua fortaleza mucho tiempo.
Yo ya no le volví á ver más al director; y sólo años después supe que, llegado de la deportación, achacoso y triste, había muerto en Aranda de Duero, á raíz de terminar la guerra.
LIBRO SEXTO
NOTICIAS DEL MUNDO
I
ENCUENTRO CON DOS DAMAS
Al volver Lara y yo pasamos por Pancorbo y en la venta del tío Veneno nos entregaron un parte del coronel Blanco.
Nos participaba que le era imposible hacer algo por el director, y nos recomendaba trabajáramos por nuestra cuenta como pudiéramos.
Al llegar á Briviesca nos encontramos con que Ganisch y García se habían marchado.
Adelantamos hasta Burgos para reunimos con nuestros asistentes; pero tampoco los encontramos en esta ciudad.
--¿Sabes lo que debíamos hacer?--le dije á Lara.
--¿Qué?
--Irnos á Madrid. Tenemos dinero, licencia ilimitada. Ya inventaremos un pretexto.
--Pues, nada, vamos.
Nos detuvimos un día en Burgos para descansar, y nos pusimos en marcha hacia Madrid.
Acertamos á encontrar en el camino un hidalgo vendedor de granos, natural de Roa, quien, según dijo, conocía al Empecinado, y nos contó sus hazañas, y en conversación con él marchamos agradablemente.
Descansamos para comer, y llevaríamos después dos ó tres horas caminadas, cuando nos topamos con una columna de soldados imperiales escoltando el correo.
Un capitán joven nos hizo algunas preguntas en mal castellano. Contestamos diciendo éramos comerciantes de Burgos que íbamos de paso para Madrid.
El capitán no tuvo sospecha alguna; creyó lo que le decíamos y se puso á charlar con nosotros. Al ver que yo entendía su idioma, me tomó por su cuenta y me habló de sus campañas y de su vida.
Era de París; más bien monárquico que bonapartista.
Me dijo que llevaban escoltadas á dos señoras francesas hasta Valladolid y me habló de las dos.
Una de ellas se llamaba madame Michel. Su marido estuvo condenado á muerte por asesino y se escapó desde el mismo patíbulo.
La otra dama era una marquesa, sobrina de Talleyrand y de apellido Lauraguais.
El capitán, viendo que yo celebraba sus frases, narró varias anécdotas escandalosas de las dos.
--Estos Talleyrand son terribles--añadí yo. Y conté que se decía que la mujer de Talleyrand había querido seducir á Fernando VII en Valencey, y que, no pudiendo con el amo, conquistó al criado, al duque de San Carlos, y de esta manera pudo proporcionar datos á Napoleón de lo que tramaban los Borbones.
El parisiense me escuchó con gran curiosidad. Sin duda, para él, estos detalles de chismografía constituían algo trascendental en la vida.
El oficial me dijo que madame Michel había sido la querida del gran duque de Berg. La Michel y la de Lauraguais eran muy amigas; constantemente se las veía juntas.
Habían pasado ocho días en Burgos alojadas en la misma casa donde estaba Thiebault.
El capitán francés, después de una hora larga de conversación, nos dejó porque tenía que dar órdenes. Por no infundir sospechas, no intentamos Lara y yo alejarnos de la columna.
De noche, al llegar á Lerma, el capitán se nos acercó de nuevo para decirnos que había hablado de nosotros á las señoras francesas y que deseaban conocernos.
Nos lavamos y nos arreglamos un poco y nos presentamos en la posada del Gallo, donde estaban alojadas las dos.
Atendían á las damas varias doncellas y una media docena de oficiales, que no se desdeñaban en servir de ayuda de cámara á dos mujeres bonitas.
La Michel y la Lauraguais todo lo encontraban malo, pobre, absurdo, y hablaban con voz irónica, irritada y agria, de su habitación de Lerma.
El capitán nos presentó á ellas, y de pronto las dos, como si fueran cómicas que entran en el escenario, cambiaron de tono y se manifestaron amabilísimas, risueñas, encantadoras.
Madame Michel hablaba algo el castellano, y le dijo á Lara de una manera insinuante que no comprendía cómo los españoles no nos rendíamos viendo mujeres como ellas.
--No lo dirá usted por mí--replicó Lara en tono sentimental.
--¿Por qué no?
--Porque yo estoy completamente rendido.
El aire caballeresco de mi compañero hizo efecto en las damas.
Uno de los oficiales franceses sacó una caja de música, de ésas que hacen en Suiza, en Sainte-Croix, á la que dió cuerda y tocó la canción de _Triste Chactas_ y algunas otras del tiempo.
Madame Lauraguais me preguntó qué opinión teníamos en España de las obras de Chateaubriand _Atala_ y _René_, á lo cual dije que yo, por mi parte, no las había leído, lo que le chocó sobremanera.
Mi ignorancia debió disgustar á la madama, y en vista de esto dejé mi lugar á un oficial que era el preferido.
Se habló un momento de la _bigoterie espagnole_, que á las damas les parecía ridícula, y luego se enfrascaron todos en una conversación acerca de París, del emperador, de los trajes de madame Minette, de Taima, y de los últimos estrenos de teatro.
El capitán, viéndome ya apartado del grupo y aburrido, llamándome _mon cher_, me invitó á dar una vuelta por las calles de Lerma.
LAS FAVORITAS DEL REY JOSÉ
Salimos. El parisiense me contó en el paseo nocturno una porción de historias de aquellas dos damas y de otras generalas y mariscalas entre risas y exclamaciones.
La preocupación de madame Michel y Lauraguais era desbancar á las dos favoritas del rey José: madame Lucotte y la marquesa de Monte Hermoso.
¡La marquesa de Monte Hermoso! Su nombre sólo bastaba para turbarme.
--¿Luego van á reñir las dos por quién va á ser la favorecida?--dije yo dominando mi impresión.
--No, no--replicó el francés--; las dos quieren sustituir á las otras dos. El rey José es un poco sultán.
Yo me quedé algo asombrado de este contubernio, y el parisiense, muy satisfecho de mi sorpresa, dijo que, indudablemente, la vida de los franceses para un español severo y huraño debía ser muy _drôle_.
El parisiense siguió contándome historias.
El rey José era un conquistador. Antes de la Lucotte y la de Monte Hermoso, había tenido amores con una cubana en Madrid, la condesa de Jaruco.
La Lucotte estaba muy enamorada del rey, pero la de Monte Hermoso, no.
Madame Lucotte era la mujer de un ayudante de José, á quien, para consolarlo de su situación desairada, habían hecho marqués de Sopetrán. Lucotte aceptó el ser Sopetrán con la frescura que aceptan estas cosas los buenos monárquicos cuando el regalo viene de un rey.
La de Monte Hermoso, mujer muy guapa y orgullosa, aunque ya vieja, hubiera dejado al momento á Bonaparte, si el general Thiebault se hubiera mostrado amable; pero el general no era hombre de aventuras.
Según el parisiense, la de Monte Hermoso era mujer de buenas tragaderas.
Se contaba que José la había conocido en Vitoria de un modo que no honraba mucho las costumbres de las damas afrancesadas.
Al parecer, José había visto en Vitoria á una criada muy guapa y, entusiasmado, encargó á su ayudante que le sirviera de Celestina. El militar averiguó que la criada estaba en casa del marqués de Monte Hermoso, y considerando que cumplía una digna misión real, entró en el palacio del marqués é hizo la proposición.
La de Monte Hermoso se indignó de que José, pudiendo dirigirse á ella, se dirigiera á su criada, y convenció al ayudante de que ella iría á ver al rey.
La marquesa era una mujer inflamable y ambiciosa; por ambición llegó al cuarto del rey, y por ese ardor que se desarrolla en algunas mujeres cuando están entre la segunda y la tercera juventud, se enamoró de Thiebault.
La de Monte Hermoso había perseguido á Thiebault, en Vitoria, hasta la alcoba.
Ultimamente, la de Monte Hermoso se detuvo en Burgos, con el pretexto de que á su coche se le había roto el eje, pero, en realidad, para ver á Thiebault y deslumbrarle con su lujo y su belleza. El general, que se dedicaba á hacer el amor á las musas, miró con indiferencia la ostentación de la favorita del rey, que se fué despechada é iracunda.
No sabía el militar francés, al contarme esto, el daño que me estaba haciendo.
Mi ídolo se desmoronaba. Sobre todo, esto de decir que la marquesa era algo vieja, me pareció una monstruosidad.
Me despedí del parisiense muy entrada la noche, y al volver al mesón donde Lara y yo nos alojábamos, me encontré con mi compañero, que á la luz del candil estaba escribiendo, agarrándose á la frente.
Tan ensimismado se hallaba, que no me vió.
--Estaba aquí poniendo unas notas--me dijo al verme.
--¡Bah!--le repliqué yo--. Estabas haciendo un madrigal á madame Michel.
Lara se quedó asombrado de mi penetración y no replicó.
--Bueno, bueno; por mí, puedes seguir--le dije--y envolviéndome en la manta me eché sobre un montón de paja y me quedé dormido pensando en la bella marquesa de Monte Hermoso.
LOS ESPLENDORES DEL MARISCAL MARMONT
Pocos días después llegamos á Valladolid, donde pudimos presenciar el tren de lujo que gastaba el mariscal Marmont, duque de Ragusa.
Difícilmente puede formarse idea de algo tan rico y tan aparatoso. El cuartel general del duque era digno de un rey. Casi todos los días se celebraban en su palacio recepciones, bailes, cenas. Los vallisoletanos no podían quejarse del Carnaval divertidísimo con que les obsequiaba Marmont.
La servidumbre del mariscal era brillante. Había en el palacio doscientos lacayos de librea roja con galones de oro, zapato bajo, media blanca y peluca; un número en proporción de camareros, doce oficiales que formaban el cuarto militar del duque, tres intendentes y, á manera de chambelán un gigante traído de Dalmacia, con la librea cubierta de bordados y de galones y una cadena de oro en el cuello de un dedo de gruesa.
Este dálmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por su voz. Cuando el duque de Ragusa quería lucir las facultades de su criado, hacía cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era tal el estruendo que salía de su pecho, que rompía con las vibraciones del aire uno ó dos cristales.
Como al mariscal Marmont le habían hablado de lo muy celosos que eran los españoles, dispuso que en los días de baile se diesen en su palacio dos cenas, una para las señoras y otra para los hombres.
El duque de Ragusa parecía un virrey español de América rodeado de oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.
En Valladolid, mi amigo Lara experimentó el sentimiento de ver á madame Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y muy rubio, y yo tuve que consolar á mi compañero diciéndole lo que me había contado el capitán francés de las costumbres de aquellas damas.
Mi relato, en vez de consolarle, le puso más melancólico, y entonces ya le conté la primera y única página de mi amor con la marquesa de Monte Hermoso y quedamos melancólicos los dos.
II
EN MADRID
Una semana después, Lara y yo estábamos en Madrid. Nos alojamos los dos en mi casa.
En el tiempo que yo faltaba de Madrid habían ocurrido novedades: mi madre comenzaba á tener el pelo blanco; una de mis hermanas iba á casarse; muchas personas conocidas habían muerto ó no se sabía de ellas.
Contamos Lara y yo las peripecias de nuestra vida de guerrilleros en casa. Lara fué simpático á mi familia.
Al día siguiente me lancé yo á la calle á saber noticias. Entré en el café de la Fontana, de la Carrera de San Jerónimo, y con el primero con quien me encontré fué con Eguía y Lazcano.
Charlamos. Eguía acababa de reñir con los josefinos y habló pestes de Minaño, del ex fraile Estala, de García Suelto y de otros afrancesados amigos de Urquijo, del marqués de Almenara y del rey José.
También se burló de las inclinaciones lacayunas de la aristocracia española, que sentía un amor por llevar el vaso de noche del rey, fuera Borbón ó fuera Bonaparte, verdaderamente extraordinario.
Estaba convencido de que era necesario acabar con la Monarquía.
La guerra le parecía un bien. Así se podía denigrar á Narizotas en nombre de Pepe Botellas, y al rey de Copas en nombre de Narices.
Una lluvia de folletos, hojas insultantes y caricaturas, durante algún tiempo, desacreditarían la Monarquía.
--¿Ya José le parece á usted tan malo como Fernando?--le pregunté yo.
--Políticamente, los dos son una calamidad. Fernando es un miserable, un cobarde, un canalla digno de esa raza de idiotas que lleva por apellido Borbón. José nos está resultando un farsantuelo que quiere echárselas también de rey de verdad y se llama á sí mismo Majestad Católica de España y príncipe francés. Tiene la vanidad de todos los zapateros encumbrados.
--¿De manera que no sabemos por cuál decidirnos?--dije yo en broma.
--No lo sabemos--agregó él--, y es una preocupación. El que debe estar en un gran compromiso debe ser Dios.
--¿Por?
--¡Hombre, porque ha bendecido por un cura suyo las banderas de los fernandinos y de los josefinos! ¿Qué hace ahora? ¿Por quién se decide? No puede desear decentemente el triunfo de los unos ni de los otros.
--Debe estar perplejo--dije yo, siguiendo la broma.
--De todas maneras, ganen unos ó ganen los otros, siempre habrá misas, _Te Deum_ y acciones de gracias en Madrid ó en Cádiz, y los bolsillos de los obispos se llenarán. Para el Ser Supremo, unas cuantas leguas de distancia debe ser poca cosa; y como el buen señor está tan viejo, es posible que no distinga las funciones religiosas de los unos de las de los otros.
MARCHENA
El que dijo esto era un enano extravagante que se acercó á la mesa, apoyando las manos en ella.
Eguía le saludó con efusión.
Yo miré con curiosidad á aquel tipo raro.
Era un viejo canoso, flaco, jorobado, el cuerpo contrahecho, la cara de sátiro, de color cetrino, picada de viruelas; la nariz larga y roja, los ojos de miope y los pelos alborotados y duros. Parecía un trasgo, un monstruo cómico de fealdad; hablaba el enanillo con una mezcla de acento andaluz y extranjero, y por su sonrisa burlona y por su aire imperioso y sarcástico se veía que se consideraba hombre importante.
Me miró varias veces como preguntándose quién sería yo. Yo también tenía curiosidad de saber quién era él, y cuando el extravagante enano se apartó para ir á otra mesa á saludar á uno, le pregunté á Eguía:
--¿Quién es este tipo?
--Este es el abate Marchena.
--¡Hombre! ¡Este es!
--Sí.
--¿Qué, tenía usted curiosidad por conocerle?
--Sí; me gustaría hablar con él.
--Pues le presentaré á usted.
Cuando volvió Marchena, Eguía me presentó al abate, que me recibió afablemente.
Me preguntó de dónde era, y al decirle que me tenía como de Irún, me aseguró que sentía gran cariño por las Provincias Vascongadas, á las que consideraba, ¡oh mudanza de los tiempos!, como más propicias que las otras españolas para aceptar las ideas revolucionarias.
Luego me habló de sus amigos vascos, del alavés Santibáñez, catedrático de Humanidades en Vergara; de Samaniego, Peñaflorida, Altuna, Xérica y otros.
También recordamos á Basterreche y algunas personas de Bayona, entre ellas á mi tío Etchepare, á quien Marchena estimaba como hombre de gran carácter.
Luego hablamos de política.
Marchena creía que la Revolución Francesa era como un molde definitivo y único, y que no se podía pasar de lo que habían dicho Rousseau, Voltaire, d'Alembert y los demás.
Yo empezaba á creer que no, que la Revolución Francesa era un ensayo de vida colectiva nueva, y que estos ensayos se irían repitiendo en años y en siglos hasta llegar á equilibrios mejores y más justos de todos los intereses y de todas las fuerzas de un país.
Como los franceses habían hecho su revolución, yo creía que nosotros haríamos la nuestra, á nuestro modo; claro que con más resistencia en el campo y menos acometividad en las ciudades, por ser éstas menores y de poca densidad.
Marchena no quería suponer esta posible originalidad española, y mucho menos pensar que el patriotismo de los de la Junta Central fuera el comienzo de la transformación.
Para él, los patriotas partidarios de Fernando defendían la vida antigua, el absolutismo contra la libertad.
Yo argüí que para los patriotas liberales Fernando era lo de menos, que lo principal eran las Cortes. Y añadí: