Part 13
La Teodosia se resignaba á no ver á su marido á su lado, cuando entraron una mañana en su cuarto unas comadres, y por sus reservas y la compasión que le manifestaron, comenzó la enferma á tener vehementes sospechas de una desgracia.
La Teodosia pidió á gritos que le dijeran lo que pasaba, y al saber la muerte de su marido le dió un síncope y quedó muerta.
Le avisaron á Fermina, y ésta, furiosa, no se contentó con menos que con echar á latigazos de la casa á las dos viejas comadres que por su estupidez habían producido aquella desgracia. A los guerrilleros todos les pareció muy bien el arrebato de Fermina.
Fermina la Navarra, que era una buena mujer, á pesar de su barbarie y de su crueldad con el enemigo, decidió adoptar á la niña, á quien se bautizó y se llamó Teodosia, como su madre.
Fermina decidió llevar á la niña á una nodriza de Huerta del Rey, y con frecuencia Lara y yo solíamos ir á ver á la chica, á quien considerábamos como hija adoptiva...
Estuvimos casi completamente en paz unos meses, sin tener grandes encuentros. La guerra de partidas se iba haciendo más regular á medida que los núcleos crecían y se uniformaban.
III
EL DIRECTOR, DENUNCIADO
En esto supimos que el director había sido acusado en Burgos por los franceses de espía de los guerrilleros y metido en la cárcel.
Al saber la noticia le dije á mi compañero Lara, y luego al coronel Blanco, que creía no debíamos ver indiferentes la prisión del director.
Blanco habló á Merino, el cual no pareció muy alarmado; no le importaba la cosa, ó consideraba imposible remediarla. Volví á insistir con el coronel Blanco, y éste dijo:
--Si creen ustedes que pueden hacer algo por el director, yo les daré á usted y á Lara licencia ilimitada para que vayan á Burgos, si quieren, solos ó con los asistentes.
--Bueno, iremos--contesté yo.
--Pues, nada; cuenten ustedes con la licencia.
Como Ganisch y yo no conocíamos la gente de Burgos y podían hacernos alguna pregunta comprometedora en el camino, cambiamos de escudero: Lara fué con Ganisch, y yo con el asistente de mi amigo y antiguo criado suyo, un tal García.
Quedamos de acuerdo en reunirnos en el camino entre Hortigüela y Cuevas.
Salimos. Los pueblos del trayecto se encontraban en un estado lamentable. Por todas partes no se veían mas que ruinas, casas incendiadas y abandonadas. Nadie trabajaba en el campo, y por las callejuelas de las aldeas únicamente había viejos, mujeres y chicos astrosos. Nos encontramos Lara y yo, como habíamos previsto, antes de llegar á Cuevas, y entramos en Burgos. Fuimos á hospedarnos á casa de un primo de Lara, y al día siguiente me dediqué yo á enterarme de lo que había pasado con el director. Llegué á averiguar la génesis de su acusación y prisión. Era ésta.
LAS SOSPECHAS DE BREMOND
Ocho días después de la llegada del coronel Bremond á Aranda de Duero, el prefecto de la provincia de Burgos por el rey José, don Domingo Blanco de Salcedo, fué llamado á presencia del general conde de Dorsenne.
--Mi querido don Domingo--le dijo Dorsenne--, he recibido un pliego del coronel Bremond, comandante de la columna de caballería que ha sido aniquilada en la sierra de Soria por el cura Merino.
--¿Se ha salvado el coronel?
--Sí, se ha salvado. Bremond me dice que tiene vehementes sospechas de que un señor don Fernando, en cuya casa estuvo de huésped, y que vive en la calle de la Calera, en unión del administrador de rentas de Barbadillo del Mercado y de su mujer, están de acuerdo con Merino.
--¿Es posible?--preguntó con sorpresa Salcedo.
--El coronel Bremond declara, bajo palabra de honor, que estas personas le indujeron con sus informes á apresurar la malhadada expedición que tantas vidas francesas ha costado.
--¿Y este coronel sigue así las indicaciones de cualquiera?--preguntó Blanco de Salcedo.
--Sí; realmente es una torpeza suya el confesarlo. Bremond no brilla por su inteligencia. Yo no quiero cometer una arbitrariedad. ¿Usted qué opina como prefecto y como abogado?
--Yo, por ahora, mi general, no puedo tener opinión. La acusación es demasiado vaga para tenerla en cuenta.
--¿No cree usted que valdría la pena de llamar al acusado y de interrogarle?
--¿Prendiéndole?
--Sí.
--No me parece prudente. Yo, en su caso, escribiría al coronel diciéndole que puntualizara los cargos. No vayan á tomar esa prisión como una venganza por la derrota sufrida por la columna. Ese don Fernando es persona bien relacionada en Burgos, y si se le prendiera sólo por sospechas, habría un escándalo en el pueblo, cosa que no conviene.
Dorsenne se dió por convencido; recomendó á Blanco de Salcedo que no dijera nada á nadie, y escribió á Bremond pidiéndole más datos. Como don Fernando era persona de respetabilidad y de arraigo en el pueblo, Dorsenne quiso mostrarse lleno de cordura y de moderación, porque por mucho menos que lo atribuído al director solía fusilar ó colgar por el cuello ó por los pulgares á los sospechosos, según su capricho.
Dorsenne sabía que había llegado hasta los ministros del rey José la noticia de sus crueldades, y quería tener un motivo inapelable para castigar al director.
A la carta del conde, Bremond, poco amigo de explicarse por escrito, contestó diciendo que en cuanto se restableciera iría á Burgos y daría los informes minuciosos y categóricos que necesitaba el general.
EL PREFECTO DE BURGOS
El mismo día en que el conde de Dorsenne escribía á Bremond, el prefecto Blanco de Salcedo citaba al director en la catedral, y en la obscuridad, detrás de una columna, le contaba lo ocurrido y le recomendaba tomase sus medidas.
Don Domingo Blanco de Salcedo, á pesar de su cargo en el gobierno de José, se sentía patriota.
Don Domingo era, antes de la guerra, abogado en Palencia; luego, por no poder vivir con la abogacía en aquellas circunstancias calamitosas, no tener fortuna y sí mucha familia, aceptó la prefectura de Burgos.
Blanco de Salcedo era una excelente persona, muy querido por españoles y franceses. El general Thiebault, el más inteligente de los generales de Napoleón que había pasado por Burgos, le estimaba mucho.
Blanco de Salcedo se alegraba íntimamente de los triunfos de los españoles y sentía sus derrotas; pero no traicionaba al gobierno que le daba de comer.
Claro que, si podía favorecer individualmente á los españoles, lo hacía.
OTRO DENUNCIADOR
Al mes de esta entrevista celebrada en la catedral llegó á Burgos un abogado de la villa de Cenicero, don Tomás de la Barra.
El tal individuo, venía de Sevilla, donde había estado trabajando en las oficinas de la Junta Central en el despacho de los asuntos políticos de Castilla la Vieja.
Don Tomás, hasta entonces, se manifestó buen patriota, persona inteligente y discreta. Era, además, hombre de toda confianza de don Martín Garay.
En esta época, la Junta Central comenzaba á perder crédito; se la acusaba de grandes fracasos, y á sus individuos de traidores á la patria y de dilapidadores de los fondos públicos.
Al frente del movimiento contra la Junta Central se colocaron Montijo, Eguía, la Romana y tanta mala fama tenían los _centrales_, que la Regencia decidió prender á muchos, y mandó registrar sus maletas á otros.
Debió de haber en aquella maniobra una conjuración reaccionaria en contra de la Junta Central, probablemente, porque ésta se manifestaba muy dada á las reformas.
El abogado don Tomás tenía, sin duda, grandes motivos de queja y de venganza contra la Regencia que sustituyó en el mando á la Junta Central, porque abandonó Sevilla y comenzó á sentir por los patriotas un odio profundo.
Don Tomás, con intenciones aviesas, inmediatamente que llegó á Burgos se presentó al conde de Dorsenne.
--Mi general--le dijo--, he sabido que su excelencia está haciendo indagaciones para averiguar el origen del desastre de la columna francesa enviada á Hontoria.
--Cierto. ¿Usted sabe algo de eso?
--Sí.
--¿Cómo ha podido usted enterarse y adquirir datos, si yo no me he podido enterar?--preguntó el conde.
--Por una razón fácil de comprender.
--¿Y es?
--Que he sido empleado en la secretaría de la Junta Central de Sevilla y encargado del despacho de los asuntos políticos de Castilla la Vieja.
--¿De verdad?
--Sí, señor.
--Siéntese usted. Ahora cuénteme usted lo que sepa de ese asunto.
El abogado don Tomás explicó al general cómo recibían en Sevilla las comunicaciones de don Fernando el director; añadió que éste era el verdadero organizador de las guerrillas, y que todas las principales operaciones llevadas á cabo por Merino habían sido preparadas desde Burgos.
--¿Usted tendría inconveniente en ponerme esos datos en un escrito con su firma?--preguntó Dorsenne.
--Ninguno.
--Lo malo es que nos van á faltar pruebas terminantes. Las declaraciones de Bremond son indicios; las de usted serían terribles si hubiera algo que las comprobara.
--Yo creo que si se registran los papeles de don Fernando se han de encontrar pruebas.
--Pues se registrarán. ¿Usted es abogado?
--Sí, mi general.
--¿No tiene usted destino por ahora?
--Ninguno, mi general.
--¿Qué clase de destino querría usted?
--Yo, en la judicatura... ó en la hacienda de su majestad católica José Napoleón.
--Está bien. Se le tendrá á usted en cuenta, y si los hechos se comprueban, se le dará un buen premio.
LA PRISIÓN DEL DIRECTOR
El mismo día el abogado llevó la delación escrita y firmada, é inmediatamente el conde de Dorsenne mandó que un pelotón de gendarmes, en unión de tres oficiales y de un comisario de policía español, fueran á la calle de la Calera, á casa de don Fernando García y Zamora, á arrestarle.
Después de arrestado é incomunicado en un cuarto de su casa, los oficiales y el comisario de policía sellaron todos los papeles, quedando los gendarmes custodiando al preso.
Al día siguiente se presentó en la casa, con los oficiales y el comisario de policía, un auditor de guerra y un farmacéutico militar. Levantaron los sellos y comenzaron el examen de los papeles, sometiéndolos á la acción del calor y de reactivos químicos por si alguno se hallaba escrito con tinta simpática.
Como había cartas cuyas palabras se prestaban á diversas interpretaciones, el auditor ordenó separarlas para que figuraran en el proceso.
Luego hicieron entrar al director en un coche que esperaba á la puerta y, echadas las persianas y escoltado por el pelotón de gendarmes, le condujeron á la cárcel pública, encerrándolo en un cuarto con dos guardias á la vista.
Pocos días después el conde de Dorsenne envió una columna de mil infantes y de doscientos caballos á Barbadillo del Mercado. Llevaban la orden de prender al administrador de Rentas y á su mujer, cosa que no pudieron realizar; pero, en cambio, se vengaron de la derrota de Hontoria, saqueando, violando, matando y pegando fuego á todo lo que vieron por delante.
IV
EL JUICIO
Conocidos estos detalles, Lara y yo nos pusimos en campaña y proyectamos una serie de planes para libertar al director.
Muchos creían que los tribunales militares lo absolverían por falta de pruebas.
Se había comenzado la instrucción del proceso. Se hallaba encargado de esto un capitán de infantería italiano, llamado Butti, doctor en leyes y hombre muy inteligente.
El proceso fué corto. El fiscal no tenía interés en condenar al director, y con propósito deliberado de no perjudicarle, tomó muy pocas declaraciones.
Las conclusiones de la acusación fueron muy favorables para el presunto reo. Se consideraba en ellas las sospechas del coronel Bremond como indicios, y respecto á la denuncia del abogado don Tomás de la Barra, se la diputaba abrumadora para el acusado si hubiera habido el menor documento, la más ligera prueba de su autenticidad.
Pasada la instrucción del proceso, el director fué puesto en comunicación, y todo Burgos fué á visitarle á la cárcel. Lara y yo nos agregamos á un grupo de comerciantes.
El director, al verme, me recibió con gran ansiedad; me dijo que sólo de nosotros esperaba algo. No pudimos hablarle reservadamente porque estaba muy vigilado.
En los días posteriores, el cabildo, los caballeros y la gente del comercio comenzaron á trabajar cerca de los jefes franceses para conseguir la libertad del preso. No había español patriota que no supiera que don Fernando era el director de la campaña en la Sierra; pero de tanto hablar de su inocencia se llegó á creer en ella como en un artículo de fe.
La Junta y el prefecto Blanco de Salcedo hicieron grandes esfuerzos para conseguir un veredicto de inculpabilidad.
LOS ENEMIGOS DE DORSENNE
Todos ellos sabían la hostilidad existente entre los generales Thiebault, Solignac y Darmagnac, y que los tres eran enemigos de Dorsenne. Bastaba que el general en jefe se propusiera algo para que los otros se opusieran.
Esta hostilidad tenía sus motivos.
Thiebault, hombre inteligente, sereno, culto, se veía postergado por un fantoche cruel y fanfarrón como el conde. Thiebault se oponía á las crueldades de Dorsenne, considerándolas como contraproducentes.
Thiebault entonces era hombre de unos cuarenta años, amable, de buen aspecto.
Había sido gobernador militar de Burgos y vivido en casa del propietario y comerciante en lanas merinas don Miguel de Pedrorena, donde se distinguió por su amabilidad y simpatía. A pesar del odio que había contra los franceses, por debajo de la cortesía forzada de los españoles, Thiebault llegó á conquistar el afecto de la familia de su huésped.
Su historia como general era brillante.
Había estado en Austerlitz y comenzado su vida militar á las órdenes de Pichegru.
Conocía toda Europa. Hombre culto, aficionado á las lenguas muertas, había obtenido en Salamanca el título honorífico de doctor.
El otro general hostil á Dorsenne era Solignac. Solignac había sustituído á Thiebault en el mando de la plaza de Burgos.
Era un soldadote cerril y caprichoso. Se distinguía por su barbarie y su despotismo; pero su enemistad con Dorsenne, muchas veces servía para contrarrestar las arbitrariedades y la violencia de su enemigo.
El tercer general enemigo de Dorsenne era Darmagnac, que por entonces se encontraba también en Burgos no sé en qué concepto. El buen Darmagnac era un tolosano cuco y avaro, que no pensaba mas que en enriquecerse. Como casi todos los meridionales franceses, tenía la virtud del ahorro.
Darmagnac creía que un país conquistado debía enriquecer á sus conquistadores con sus alhajas, cuadros, estatuas, etc.
En último término, la moral de Darmagnac era la moral de la guerra, de antes, de ahora y de siempre.
La guerra es una reina que lleva como séquito el hambre, la peste, la rapiña, la violación, el incendio, el engaño y el fraude.
Todos estos furores la guerra los sabe cubrir con el manto de la gloria. Para el militar, soldado es sinónimo de noble, de esforzado, de glorioso; para el campesino que sufre las tropelías, soldado es sinónimo de ladrón.
Darmagnac era un buen discípulo de Marte y de Caco.
Darmagnac fué el que tomó la ciudadela de Pamplona, al principio de la guerra, con un rasgo de ingenio.
Había llegado á la capital navarra, con la brigada 32, un día de frío y de nieve.
Como españoles y franceses se consideraban amigos, los españoles abrieron las puertas á sus aliados y quedaron guardando las fortificaciones, y principalmente la ciudadela.
La fuerza española tenía orden de no abandonar sus puestos, y las tropas de la brigada 32 se encargaron galantemente de llevar vituallas á los españoles.
Entonces Darmagnac preparó su plan.
Comprendió que la posición principal era la ciudadela y se decidió á apoderarse de ella.
Darmagnac hizo que los furrieles suyos que iban con sacos de pan á llevar la ración á los españoles de guardia fuesen seguidos por varios soldados con fusiles y sables escondidos debajo de los capotes.
Los veteranos de Darmagnac, al entrar en la plaza de armas de la ciudadela, comenzaron, entre bromas y risas, á tirarse pelotas de nieve. A los gritos y voces de los franceses, los españoles salieron de las garitas á contemplar la lucha.
--¡Qué gente más divertida son estos franceses!--debían decir los españoles.
Y cuando estaban más entretenidos contemplando la lucha, vieron con asombro que los franceses subían á los baluartes, entraban en las garitas, echaban fuera á los asombrados españoles, cerraban las puertas y amenazaban con pegar un tiro al que se acercara. Así aquel Ulises tolosano se apoderó de Pamplona.
En todos sus actos, Darmagnac se manifestaba astuto y tortuoso.
Ni Darmagnac, ni Thiebault, ni Solignac podían soportar la petulancia y el aire de príncipe asiático que adoptaba Dorsenne.
Los tres generales estaban interesados en que el director saliese libre.
EL CONSEJO DE GUERRA
Se reunió el Consejo de Guerra, al que asistieron casi todos los oficiales franceses que había en Burgos y gran parte del vecindario.
El director nombró para su defensa al teniente coronel Ernesto Fajols, militar muy instruído, paisano de Darmagnac y secretario del mariscal Bessières, duque de Istria.
Fajols se encontraba accidentalmente en Burgos. Poco afecto á Dorsenne y muy amigo del director, pondría todos los medios para conseguir su libertad.
El Consejo de Guerra nombró como intérprete á don Miguel de Pedrorena, el amigo y huésped de Thiebault, que conocía perfectamente el francés.
El fiscal leyó su escrito, reconociendo que no había pruebas. Después el teniente coronel Fajols elogió la respetabilidad y el talento del director.
Se preguntó á don Fernando si tenía algo que alegar, y habló el director defendiéndose, con la maestría que le caracterizaba, una hora entera.
--Cierto. Está bien, muy bien--dijo varias veces el general Thiebault.
Se mandó retirar al reo á una salita separada con su defensor y su intérprete, se evacuó de público el estrado, y los jueces se reunieron para dictar la sentencia.
Al cabo de una hora se hizo público el veredicto de inculpabilidad del acusado.
Dentro de las leyes, el director debía ser puesto en libertad; pero antes de que el coronel presidente del Consejo de Guerra dictara esta providencia, recibió una comunicación del conde de Dorsenne en la cual se le prevenía que, en el caso de que recayese sentencia absolutoria sobre el director, debía volver á la prisión.
Este acto de arbitrariedad levantó protestas entre los generales poco amigos de Dorsenne, y Thiebault no se recató en decir que con injusticias como aquella se desacreditaba y se hacía imposible en España el gobierno de José Bonaparte.
V
EN EL DESFILADERO DE PANCORBO
La razón de la orden de Dorsenne estaba justificada. Dorsenne, desde su punto de vista, creía, y con motivo, en la culpabilidad del director.
Lo consideraba hombre hábil y peligroso, y á pesar de tratarse de un reo absuelto, mandó le vigilaran estrechamente por si sus amigos fraguaban alguna emboscada para libertarle.
Al día siguiente llevaron una berlina á la puerta de la cárcel, sacaron al director, le metieron en el coche acompañado de un comisario de policía y un agente, y escoltados por un pelotón de gendarmes tomaron la calzada de Francia.
Nosotros, Lara y yo, enviamos una carta al coronel Blanco.
Le contábamos en ella lo ocurrido, le explicábamos la dirección que iba á llevar el coche, y le proponíamos atacar al convoy enemigo en el desfiladero de Pancorbo.
Lara y yo, en compañía de Ganisch y de García, adelantamos pronto al coche y á la escolta. Nuestros asistentes se quedaron en Briviesca, y nosotros nos instalamos en Pancorbo en una venta que llamaban del tío Veneno.
El desfiladero de Pancorbo es una estrecha hendidura que corta los montes Obarenes. Tiene un aire imponente y trágico.
Yo conocía bastante bien este romántico desfiladero, con sus enormes y fantásticas rocas que parece que van á desplomarse sobre el viajero.
Se comprende que la garganta de Pancorbo se haya considerado como punto de cita internacional de ladrones, de gitanos y de compra-chicos.
En algunos puntos, alejándose del pueblo hacia Miranda, el desfiladero se estrecha hasta tal punto, que no deja lugar mas que para la corriente de agua de un riachuelo que se llama el Oroncillo y para la calzada.
Próximamente en medio de la garganta había, y creo que seguirá habiendo, una capilla pequeña empotrada en la roca, con un altar y una imagen de la Virgen.
La Virgen es Nuestra Señora del Camino, protectora de los viandantes.
En la cumbre del desfiladero, en el alto de Foncea, había un castillo rodeado de fortificaciones hechas por los españoles con motivo de la campaña contra la República Francesa, en 1795, y después ampliadas por los imperiales al comienzo de la guerra de la Independencia.
Este castillo lo destruyeron definitivamente los franceses cuando la entrada de los cien mil hijos de San Luis.
Contando con gente, yo consideraba fácil atacar la escolta y detenerla en un camino tan estrecho. Bastaba con apostar sigilosamente unos cuantos hombres cerca de la ermita y detrás de algunas piedras, apoderarse del coche, tomar el camino de Miranda de Ebro y dispersarse, al salir del desfiladero, hacia la aldea que se llama Ameyugo. Los de la escolta, seguramente, avisarían á los de los fuertes, si éstos no bajaban en seguida al ruido de los tiros; pero lo más probable es que, valiéndose de la sorpresa, hubiera tiempo para huir.
Esperamos un día y una noche en la venta del tío Veneno por si Merino ó el coronel Blanco nos daban órdenes ó enviaban auxilios.
Yo creía que con pocos hombres, con veinte ó treinta, nos bastaban para detener á los gendarmes de la escolta.
Al día siguiente supimos por un arriero que el director, en su coche, había parado en el mesón del Segoviano, de Briviesca, conocido por Ganisch y por mí por haber estado en él al salir de Irún con Fermina la Navarra y la Riojana.
El dueño de la posada de Briviesca, el señor Ramón el de Pancorbo, muy amigo del director, le dió á éste una ropa de abrigo, una gorra, una buena capa y algunas onzas de oro.
Al día siguiente, por la tarde, Lara y yo vimos pasar el coche del director, con un pelotón de escolta por delante de nosotros.
Yo me coloqué de manera que el director me viese, y comprendí por su mirada que me había reconocido.
De Merino no había que esperar nada. El cura no se ocupaba de sus amigos caídos en desgracia.
VI
LAS NUECES
Lara y yo, dispuestos á hacer el último esfuerzo, seguimos detrás del convoy hasta salir del desfiladero de Pancorbo, y luego, marchando á campo traviesa, llegamos antes que el coche á Miranda de Ebro.
Dejamos los caballos en el parador del Espíritu Santo, á la entrada del pueblo, y esperamos á que llegara el convoy francés.
Cuando el coche y la escolta entraron en el pueblo nos acercamos entre un grupo de curiosos.
No llevaron al director á la cárcel, sino á una posada próxima al puente, la posada del Riojano.
Al ver dónde entraban, yo me metí en el zaguán me dirigí al posadero y le dije que pusieran cena para un amigo y para mí.
El posadero me miró con atención y me dijo:
--Está bien. Se les pondrá la cena.
El director nos había visto entre el grupo de curiosos y debía estar anhelante.
Salí yo del zaguán, me reuní con Lara y le dije que él se quedara en la calle, frente á la casa, y yo iría por la parte de atrás de la posada.
Mi objeto era ver si por la luz podíamos comprender en qué cuarto alojaban al director.
Yo di un rodeo grande para colocarme en la parte de atrás de la posada del Riojano. Daba ésta á una huerta y tenía dos galerías, una encima de otra, con una magnífica parra.
Esperé un cuarto de hora largo. Estaba obscureciendo. A las dos galerías daban varias ventanas y una puerta.
Todas estaban cerradas. De pronto una de ellas, del piso segundo, se abrió y, proyectándose en la luz, vi la silueta del director. Al momento volvió á cerrarse la madera.
Sin duda, el prisionero estaba en aquel cuarto. Era el correspondiente á la tercera ventana que daba á la galería, comenzando por la izquierda.
Volví á la calle, me reuní con Lara y pensamos lo que había que hacer.