El Escuadrón del Brigante

Part 12

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Había mucho herido; casi todas las casas del pueblo estaban ocupadas por ellos; se oían gritos, lamentos. Los cuervos en el campo, los cirujanos y los curas en la aldea, iban á tener mucho trabajo.

EN LA IGLESIA

Dimos la vuelta al pueblo, y como no encontramos sitio donde guarecernos, nos metimos en la iglesia. Estaban allí alojados unos cuantos peseteros. Entramos, y, á pesar de las protestas de algunos, yo cogí un saco de paja, me tendí en él, y quedé dormido como muerto.

A las cuatro ó cinco horas me despertó la voz dolorida de Lara.

--¿Todavía duermes, Echegaray?--me dijo.

--Sí. ¿Qué pasa?

--Yo no he podido dormir en toda la noche.

--¿Pues qué te ocurre?

--Estoy pensando en las barbaridades que se han hecho. ¡Dios mío! ¡Qué horror! ¡Qué horror!

--Pero eso es la guerra, Lara; ¿qué quieres hacerle?

--Y esa mujer, esa Fermina, ¡eso es un monstruo!

--Mira, Lara--dije yo--, duerme; si no, mañana no vas á poder tenerte en pie.

--No puedo dormir. ¡El pobre Martinillo, muerto! ¡Y el Brigante! Al Brigante le han matado los nuestros.

--¡Cállate, Lara; te puedes comprometer!

Al cabo de poco tiempo me dijo:

--¿Sabes, de todo, lo que más me ha entusiasmado?

--¿Qué?

--La canción de los franceses.

--¿La Marsellesa?

--Sí.

--¿La sabes tú, Echegaray?

--Sí.

--La tienes que cantar.

--Bueno; pero no ahora.

--¿Y el comandante francés? ¡Qué valiente! Yo le veía con la cabeza descubierta y con los ojos mirando al cielo y cantando. Me hubiera gustado acercarme á él, darle la mano y decirle: No; tú no debes defender á un tirano egoísta y martirizador de los pueblos como Napoleón; tú debes pensar en defender el bien, la Humanidad...

--¡Mira, Lara, no seas tonto! Duerme.

--A ese francés le recordaré toda la vida. Ahora mismo lo estoy viendo como lo hemos dejado allí en la hoya. Me parece que me mira y me dice: A pesar de que me habéis matado, somos amigos.

--¡Calla, hombre, calla!--exclamé--. Mira que hay ahí un cura que nos oye y nos espía.

--Peor para él, si es un hombre ruin y mezquino y no comprende nuestros sentimientos.

Como Lara no era persona á quien se pudiese inculcar prudencia, me incorporé en el suelo, me levanté y con él salí de la iglesia.

Algunas nubes vagamente rojizas, precursoras del alba, aparecieron en el cielo.

SE FUSILA

Echamos á andar Lara y yo hacia la casa del Padre Eterno, y vimos una patrulla de veinte hombres. Nos acercamos á ellos á ver qué pasaba.

Iban á fusilar al sargento afrancesado cogido la tarde anterior y á dos guerrilleros.

A uno de los guerrilleros le habían encontrado haciendo un agujero en el suelo de una tenada. Era el Manquico. Al verle escarbar un oficial le había preguntado:

--¿Qué guardas ahí?

--Un paquete de balas.

El oficial, sospechando algo, había removido una hora después en el suelo de la tenada y encontrado una bolsa llena de oro. El otro guerrillero del Jabalí había sacado al dueño de una serrería cincuenta duros amenazadoramente, diciendo que eran para Merino. Los dos guerrilleros y el sargento afrancesado acababan de ser juzgados en juicio sumarísimo.

A los tres los sacaron de una casa donde estaban presos. El guerrillero del Jabalí se hallaba herido y tuvieron que llevarlo en un banco al lugar del suplicio.

El sargento afrancesado, ya limpio, tenía buen aspecto.

Era un joven de mirada viva, de pelo rubio; sin duda algún muchacho ambicioso que había pensado hacer una rápida carrera con los franceses. Marchaba al suplicio con una firmeza audaz y desdeñosa.

Como la luz del alba no alumbraba bastante y no querían perder tiempo, habían puesto dos hachones de tea encendidos, y á la luz de sus llamas iban á fusilar á los tres hombres.

VIII

PERSECUCIÓN DEL CORONEL

Presenciábamos tan horribles preparativos, cuando de una casa próxima salió Merino. Iba á emprender su ronda de la mañana. Señaló el cura al capitán de la compañía el sitio para fusilar á los tres hombres y luego se acercó á mí.

--¡Echegaray!

--A la orden, mi coronel.

--Así me gusta á mí la gente. Sin pereza. Lara tiene malas trazas. ¿Has dormido mal?

--No; muy bien, mi coronel.

--Bueno; vais á salir los dos en persecución del coronel francés herido. Ha pernoctado en Huerta del Rey; parece que se dirige á Aranda. Lleva unos veinticinco hombres. Si no se han dado mucha prisa, podéis alcanzarlos en Peñaranda de Duero.

--¿Iremos con todo el escuadrón?--pregunté yo.

--Sí.

--¿Quién mandará, Lara ó yo?

--Tú.

--Si no podemos alcanzarlos, ¿qué hacemos?

--Marchar á Quemada y esperar allá.

--A la orden, mi coronel.

--A ver si de ésta te hago capitán, Echegaray.

Saludamos. Entre Lara y yo no podía haber rivalidades.

Cuando llegamos á casa del Padre Eterno, donde estaba el cuerpo del Brigante, sonaban las descargas que quitaban la vida al afrancesado y á los ladrones.

Desperté á Ganisch y al Tobalos, avisamos á los del escuadrón, se tocó llamada, se almorzó, y poco después nos dirigíamos hacia Huerta del Rey al trote.

HUERTA DEL REY

Huerta es un pueblo bastante grande, formado por casas torcidas y alabeadas, de las cuales ninguna tiene el capricho de conservar la alineación.

No hay allí edificios con el aire naturalmente inmóvil de toda obra de arquitectura; por el contrario, la generalidad parecen moverse y prepararse para una loca zarabanda.

Casonas y casuchas, unas se adelantan á invitar á la contradanza á las vecinas, otras se apartan finamente para dejar el paso libre, algunas se inclinan saludando con reverencia, y hay tres ó cuatro que se retiran como con despecho, bajando el tejado, que hace de sombrero, sobre sus ventanas, que son sus ojos.

Estos movimientos de las casas de Huerta se deben á que las construcciones no son de mármol Penthélico, ni siquiera de Carrara, sino de estacas y adobes de poca consistencia.

Entramos con el escuadrón en aquel pueblo, y por una calle empinada y sucia desembocamos en la plaza. Paramos en el Ayuntamiento y avisamos al alcalde.

Este tardó bastante en venir.

Nos dió noticias del coronel francés. Había llegado el día anterior á media tarde, dejado la mitad de sus hombres en el pinar, y después de cuatro ó cinco horas de descanso pidió un guía y emprendió de nuevo la marcha.

Me pareció imposible alcanzarle.

EL CORONEL BREMOND EN LA VID

El coronel Bremond estaba á media tarde en Peñaranda, y después de dar un refrigerio á los hombres y un pienso á los caballos emprendió la marcha por San Juan del Monte y llegó al monasterio de la Vid á prima noche.

El coronel, á pesar de hallarse gravemente herido y febril, antes de entrar en el convento inspeccionó sus alrededores.

Vió el puente de sillería sobre el Duero; puente largo de doce ojos, estrecho, fácil de defender.

Mandó á sus soldados rendidos, hiciesen un parapeto con carros, vigas y piedras, y puso allí dos hombres de centinela.

El convento quedaba oculto por una cortina de chopos, y ordenó á los granjeros de la Vid cortaran en seguida las ramas de los árboles más próximos al puente.

En las ventanas del monasterio quedarían cuatro centinelas.

Dadas sus disposiciones, se decidió á entrar en el convento.

Los frailes le apearon de la yegua y le acostaron en la cama del abad don Pedro de Sanjuanena. El abad era natural de un pueblo de Navarra, y, cosa rara en un fraile de la época, un tanto liberal y afrancesado.

Mientras un lego algo práctico en cirugía menor hacía la primera cura al coronel, éste dictaba un parte á uno de sus veteranos herido en el brazo izquierdo.

El parte de Bremond iba dirigido al comandante militar del cantón de Aranda. Le participaba lo ocurrido y le pedía enviara la fuerza disponible, pues se hallaba expuesto á un sitio donde podían perecer todos.

El abad despachó á un criado del convento con el parte.

Al amanecer del día siguiente llegaron al monasterio, aspeados, llenos de barro, un sargento primero con veinte gendarmes que lograron escapar de la matanza de Hontoria. Casi todos ellos eran de los exploradores que habían marchado por las crestas del desfiladero.

Pocas horas después, á las seis ó siete de la misma mañana, el comandante del cantón de Aranda se presentó en el monasterio con doscientos soldados de infantería y cincuenta caballos. Le acompañaba un cirujano de la ciudad, don Juan Perote.

Perote reconoció la herida del coronel; según dijo, no se podía extraer la bala sin practicar una operación cruenta. Respecto á trasladar el coronel á Aranda, de hacerlo, había que tomar grandes precauciones, pues la herida se hallaba muy inflamada y el paciente tenía una calentura terrible.

El comandante de Aranda determinó continuar en el monasterio un par de días para dar tiempo de descanso á los dragones y gendarmes de Bremond y ver si llegaba algún nuevo fugitivo de Hontoria.

DELANTE DEL MONASTERIO

Mientras tanto, nuestro escuadrón llegaba por la noche á Peñaranda. Dejamos parte de la fuerza allí, y yo, con cincuenta hombres de los más decididos, avancé por la cuesta de San Juan del Monte hasta aproximarnos á la Vid.

El monasterio tenía en la obscuridad un aire fantástico.

Apenas se le divisaba oculto por una masa de altos y negros chopos.

Se adivinaba, más que se veía, el cauce del río como una barranca hundida y los grupos de árboles de las orillas.

A la derecha del monasterio se columbraba la cabeza del puente. Arriba en el cielo palpitaban las estrellas.

No me pareció prudente atacar el convento sin tener idea de sus medios de defensa, y esperamos al amanecer.

Dormimos un rato y al alba estábamos de nuevo á caballo.

La mañana comenzó á sonreir en el cielo.

Se iba destacando entre la obscuridad y la bruma el poblado de la Vid, una manzana de casas blancas unidas al convento.

Lara y yo, á pie, ocultándonos entre las matas, nos acercamos á un tiro de fusil.

Con el anteojo pude ver la barricada del puente y los soldados llegados de Aranda patrullando por los alrededores.

No éramos bastantes para atacar el monasterio, y, siguiendo las órdenes del cura, atravesamos el Duero y nos instalamos en Quemada del Monte.

Preparamos el alojamiento, y yo di una vuelta al pueblo en compañía de Lara.

--Amigo Lara--le dije cuando nos vimos solos--, ¿tú crees que podríamos contar con nuestra gente?

--Según para qué.

--Para marcharnos hacia la Alcarria á reunirnos con el Empecinado.

--¿Dejando á Merino?

--Sí.

--Suponía que estabas tramando algo.

--Bien; ¿y qué opinas?

--Que no contamos con la gente para eso.

--Crees tú.

--Seguro. El Brigante mismo no lo hubiera podido conseguir. A nosotros Merino nos molesta y á ti te repugna. A ellos les entusiasma.

--Bueno--contesté yo--; será así, pero te advierto que si Merino nos deja dos ó tres días aquí, yo con la gente que quiera, hablándoles claramente ó engañándolos, me voy hacia la Alcarria á juntarme con el Empecinado.

--Yo voy contigo.

Hablamos al Tobalos. El Tobalos nos escuchó, miró al suelo y no dijo nada.

--¿Usted vendría?--le pregunté.

--Sí, advirtiéndoselo antes á Merino.

--¿Y los demás?

--No sé.

No había que pedir más al laconismo de aquel hombre; pero se podía comprender que él pensaba que los demás no querrían marchar hacia la llanura dejando la sierra.

La mayoría de los guerrilleros sentían un localismo tan exagerado, que consideraban que del Duero para abajo y del Ebro para arriba acababa España.

ME LLAMA EL CURA

Por la noche supimos que el cura venía avanzando con el grueso de su partida á Hontoria de Valdearados, y á la mañana siguiente me mandó un recado para que me avistara con él.

Supuse yo si su objeto sería instalarse en Zazuar y en Fresnillo de las Dueñas, con lo cual podía dejar dividida la guarnición francesa de Aranda en dos partes: doscientos cincuenta hombres en el convento de la Vid, aislados y sitiados, y trescientos en la ciudad. No era difícil, seguramente, atacarlos sucesivamente y vencerlos.

En el caso de que se decidiera á esto, yo abandonaría mi proyecto de deserción, al menos por entonces.

Me adelanté á Hontoria de Valdearados, dejando á Lara en el mando.

Merino no pensaba en sitiar la Vid ni Aranda; no se atrevía á un ataque tan en grande.

--¿Tú qué harías si estuvieras en mi lugar?--me preguntó.

--Yo, sitiar el convento y atacarlo.

Merino no contestó, y luego, no sé si para intimidarme, me preguntó si sería capaz de ir á Aranda y enterarme de si el pueblo nos secundaría.

Le dije que sí y marché disfrazado en el carro de un carbonero á esta villa.

Iba dirigido á don Juan Antonio Moreno, administrador del convento de Sancti-Spiritus, que vivía en la calle de la Miel, cerca de la plaza del Trigo.

El carbonero me dijo que á don Juan Antonio y á don Lucas Moreno les llamaban los franceses y los afrancesados los Brigantes.

Don Juan Antonio Moreno me recibió muy bien. El y su hermano don Lucas eran los depositarios del Empecinado, y á ellos les enviaba el guerrillero todas las sumas que recogía.

Hablamos mucho del Empecinado y de la política del tiempo.

Estuve muy bien tratado en los dos días que paré allí; luego, en el mismo carro en donde había ido, salí de Aranda y volví á mi escuadrón. Claro que mis informes no sirvieron de nada, porque el cura no había pensado en atacar Aranda.

IX

EL PARTE DE ARANDA

Los franceses, mientras tanto, estaban inquietos. Al día siguiente de llegar el comandante de Aranda á la Vid, á las diez de la noche recibió un parte de su segundo, redactado así:

«Al comandante Bontemps.

Comandante: En este momento acabo de recibir aviso de la llegada del cura Merino con una numerosa partida al pueblo de Hontoria de Valdearados. Una avanzada de caballería enemiga se ha estacionado en el lugar de Quemada, á tres cuartos de legua de Aranda. Su objeto, indudablemente, es cortar la retirada á las tropas de usted para cuando intenten volver á esta ciudad.

Prepárese usted en seguida para un posible sitio.

Por ahora no puedo enviar más fuerza.

Como sabe usted, aquí dispongo de trescientos hombres que no me bastan. Tengo cien para defender el puente, la casa del Ayuntamiento y el Juzgado. Estoy dispuesto á perder la vida antes de que entren los brigantes en Aranda. No puedo tampoco enviar víveres, porque la comunicación está cortada y no los tengo. He pedido socorros.

El comandante interino del cantón de Aranda.--_Courtois._»

DISPOSICIONES DE BONTEMPS

El parte alarmó extraordinariamente á Bontemps. Temía ser cortado y atacado en el monasterio. Al instante hizo fortificar el parapeto mandado construir á su llegada por Bremond y formar otro en el extremo del puente próximo al monasterio. Colocó cincuenta soldados de infantería para defender estos dos puntos.

Suponía que, ayudados por los fuegos de las ventanas del convento, podrían resistir largo tiempo en caso de asalto. Pocos hombres en este sitio bastaban para contener á Merino si se presentaba.

Luego montó á caballo, corrió á Vadocondes con una escolta de diez húsares, decomisó los carros que pudo y cerró también allí la cabeza del puente.

Había hecho de antemano salir del monasterio cincuenta soldados de infantería y mandado le siguieran.

Cuando llegaron éstos, la barricada del puente de Vadocondes se hallaba concluída.

Volvió después Bontemps á la Vid y envió un pelotón de húsares y de gendarmes á patrullar por el camino de legua y media que va del puente de la Vid al de Vadocondes. Consideraba imposible el paso de los españoles por El Duero; el río venía muy crecido por las lluvias.

Como todavía le quedaba gente disponible, ordenó á una partida de húsares rondase San Juan del Monte, en observación del camino de Aranda, por la derecha del río y las avenidas del monasterio.

Mientras tanto, Merino, poco decidido á probar fortuna, ó no queriendo deslucir la jornada de Hontoria, después de alarmar los contornos nos ordenó la vuelta á la sierra.

El comandante Bontemps, al pasar dos días y no verse atacado, exploró él mismo el camino de Aranda y lo vió, con sorpresa, sin enemigos.

Temía una emboscada; pero como le iban faltando los víveres, decidió partir al día siguiente con todas las tropas y con el coronel herido.

El abad don Pedro de Sanjuanena le prestó cincuenta hombres de las granjas de Guma y de Zuzones, colonos del convento.

Remudándose á cortos trechos, llevarían al coronel herido hasta Aranda.

Bontemps pensaba marchar con toda la velocidad posible y recorrer en cinco ó seis horas las tres leguas y media que hay desde la Vid á Aranda de Duero.

Hechos los preparativos, al anochecer se retiraron los húsares de la avanzada de San Juan del Monte y se unieron con los expedicionarios.

Colocaron en la camilla un jergón, dos colchones y varias almohadas, para que el coronel Bremond fuese sentado. El comandante Bontemps envió un propio á los soldados del puente de Vadocondes avisándoles que por la noche se reuniría con ellos. El convoy se puso en marcha rápidamente.

Cincuenta húsares marchaban á vanguardia; después cien infantes; en medio de ellos el coronel en su camilla, y á retaguardia los gendarmes y dragones salvados del desastre de Hontoria.

El cirujano don Juan Perote iba á caballo al lado del herido.

Llegó la columna á Vadocondes y se le reunieron los cincuenta soldados de infantería que guardaban el puente.

Aseguraron éstos no había novedad por los contornos; se dió un refrigerio de pan y vino á los granjeros y á la tropa, y se dispuso seguir adelante.

El comandante del convoy ordenó á un pelotón de húsares, al mando de un sargento, se adelantara hasta Fresnillo de las Dueñas y se enteraran de si el camino estaba libre.

Pronto volvieron dos jinetes á decir que no se advertía nada sospechoso.

Siguió el convoy á Fresnillo, y desde aquí mandó Bontemps un parte á Courtois preguntándole si pasaba algo.

Courtois contestó diciendo: «No hay novedad en la villa; se ignora el paradero de Merino; han desaparecido las avanzadas enemigas de Quemada y Zazuar. Podéis avanzar».

En vista de estas noticias, continuó el convoy su marcha, y al amanecer llegaban los franceses á las puertas de Aranda. Courtois les esperaba en la cabeza del puente con parte de la guarnición.

Entraron las fuerzas en la villa, llevaron al herido á casa de don Gabino Verdugo, una de las personas más importantes de la población, y le subieron en la camilla al cuarto dispuesto para él.

Bremond mandó se repartiese su dinero entre los granjeros que le habían llevado. Bontemps y los soldados fueron á sus respectivos cuarteles.

Al día siguiente el cirujano Perote, acompañado de un médico francés de regimiento, visitó al coronel, sondaron entre los dos la herida y extrajeron la bala.

Los facultativos aseguraron que antes de un mes el coronel se hallaría completamente bien y podría montar á caballo.

LIBRO QUINTO

NUEVAS EMPRESAS

I

LA PARTIDA CRECE

Por aquella acción del Portillo de Hontoria Merino ascendió á brigadier; otros pasaron de tenientes á capitanes y de capitanes á comandantes.

Ni Lara ni yo ascendimos. El escuadrón del Brigante desapareció, y nosotros fuimos incorporados al regimiento de caballería de Burgos.

Después de la célebre emboscada, Merino aumentó considerablemente en calidad y en número sus tropas que organizaron los comandantes Blanco y Angulo. El primero fué el jefe del regimiento de caballería de Burgos, compuesto de ochocientas plazas, y el segundo, del regimiento de infantería de Arlanza, con dos mil soldados. A fines de 1810, la división de Merino era de cinco mil hombres.

En este mismo año tuvimos una acción desgraciada en el puente de Almazán, donde murió uno de los hermanos de Merino, apodado el Majo. Siete horas duró el combate. Nuestra partida estaba apoyada por el segundo batallón de Numantinos, compuesto de reclutas, que se batieron admirablemente.

Los franceses eran mil quinientos. Unas doscientas bajas, entre muertos y heridos, nos costó aquella acción. Los Numantinos fueron los más castigados.

Unos días más tarde, en unión de la partida de Salazar, nos apoderamos de Covarrubias y tuvimos varias escaramuzas en Villalón y Santa María del Monte.

En otoño de este año se apresaron cinco mil carneros que los franceses enviaban á Aranda de Duero, y unos días después, en una venta cerca de Burgos, se quemaron cuarenta carros de galletas que iban dirigidos al ejército de Massena.

Al año siguiente, por la primavera, estuvimos á punto de pagar nuestra emboscada de Hontoria del Pinar.

Había vuelto la guarnición francesa á ocupar Covarrubias, y Merino pensó sorprenderla y pasarla á cuchillo, como había hecho el año anterior.

Estábamos dos escuadrones de caballería en la sierra de Mamblas, con unos quinientos á seiscientos caballos.

Merino envió cincuenta hombres del Jabalí á que se acercaran al pueblo y avanzaran por el puente. Poco después salieron á su encuentro cien infantes y cincuenta caballos de la guarnición francesa.

Merino, que creyó que los imperiales no tenían más fuerza que aquélla, dispuso que sus quinientos hombres atacaran el pueblo. Efectivamente; hicimos retroceder á los franceses y nos metimos en Covarrubias; pero no habíamos hecho más que entrar, cuando nos vimos envueltos en una lluvia de balas.

Hubo que salir más que al paso fuera del pueblo.

Llegamos en la retirada al puente, y allí pudimos defendernos un momento, resistir el choque de los franceses y dar tiempo á que los nuestros tomaran posiciones.

Los franceses nos atacaban con una furia terrible. Eran unos seiscientos infantes y más de doscientos caballos.

Ya á campo abierto, la retirada nuestra se efectuó con gran orden, por compañías y grupos, y al llegar al monte nos dimos por salvados.

En las tres horas de persecución que tuvimos perdimos poca gente para lo que se hubiera podido calcular.

La partida se batió con una pericia y una serenidad asombrosas.

De Covarrubias, pasando por cerca de Santo Domingo de Silos, llegamos de noche á Arauzo de Miel, donde nos detuvimos á descansar, considerándonos seguros.

No habíamos hecho mas que repartirnos en las casas, disponer la guardia y echarnos á dormir, cuando nos encontramos cercados por los franceses.

La ronda de caballería pudo distraer al enemigo algún tiempo; salimos luego todos á romper el cerco, y ya fuera, se volvió á efectuar la retirada por el monte y á obscuras, sin grandes quebrantos, hasta penetrar en los pinares de Huerta del Rey y quedar en seguridad.

Este mismo año de 1811 peleamos juntamente con la partida de Borbón, y después, en unión de la de Padilla, contra una columna francesa que había salido de Segovia y á la que atacamos en Zamarramala.

Más tarde, la división de Merino, con cinco mil hombres, unida á las partidas de Padilla y Borbón, que tenían mil cada una, formaron una línea desde el Duero hasta Lerma, situándose Borbón en Roa, Padilla en Gumiel de Izán, y el cura en Lerma.

En esto, en Marzo de 1812, los franceses cogieron prisioneros en Grado á los que componían la Junta Superior de Burgos, los llevaron á Soria y los fusilaron.

A la cabeza de los escuadrones franceses venía un comisario de policía español afrancesado, llamado Moreno. Este fué el que preparó la sorpresa donde se aprisionó á los españoles de la Junta.

El cura Merino determinó tomar terribles represalias, y ahorcó y luego quemó ochenta franceses, veinte por cada español fusilado. Todo por la mayor gloria de Dios.

Pasada esta racha de furia, Merino se dedicó á darse tono, á echárselas de general y á hablar con las autoridades.

Lara y yo dependíamos directamente del coronel Blanco y apenas teníamos que vernos con el cura.

II

LA MUJER DE MARTINILLO

Una noticia que nos produjo á Lara y á mí gran efecto al llegar á Hontoria fué la de que la mujer de Martinillo, al saber su viudedad, había muerto.

La Teodosia acababa de tener una niña. Debilitada por el puerperio y triste por estar separada de su marido, no se restablecía rápidamente.

Fermina la Navarra le había dicho que Martinillo estaba en la Vid.