El Escuadrón del Brigante

Part 11

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El, sin duda, calculó que cuatrocientos cincuenta soldados veteranos, aguerridos, á caballo, valían por ochocientos hombres, entre guerrilleros y aldeanos, mal armados.

En parte tenía razón; en parte, no.

Después de organizar Fichet su fuerza dió una carga con su caballería á los jinetes del Jabalí, que comenzaban á hostigarles; pero los guerrilleros se disolvieron y no hubo manera de cogerlos.

Fichet aprovechó el momento de verse más libre y comenzó á retirarse hacia el Picón de Navas. Quería, probablemente, llegar á Navas del Pinar y hacerse fuerte allí.

Comenzaba á llover, una lluvia suave que luego fué convirtiéndose en aguacero.

Merino mandó á toda su gente que saliera de su escondrijo en persecución de los franceses; los que estaban en el cerro cerca del Portillo tuvieron que descolgarse con cuerdas.

Nosotros, por orden de Merino, fuimos dando una gran vuelta por un barranco, á la derecha, hasta acercarnos á Navas y colocarnos á retaguardia de los franceses, detrás de una loma. El Jabalí hizo una parecida maniobra por la izquierda.

Un gallardete blanco, en lo alto de un pino seco, nos indicaría el momento de acercarnos, y otro rojo, el de atacar. Teníamos cierta ansiedad en el escuadrón, porque íbamos á embestir sobre fuerzas superiores á las nuestras.

El Brigante me indicó que, como cronista, podía adelantarme si quería presenciar la lucha. Así lo hice.

El francés, al ver la nube de guerrilleros que se le venía encima, volvió á pararse y á formar en orden de batalla. Unos doscientos hombres de los suyos echaron pie á tierra y fueron tomando posiciones.

Merino no se atrevió á dar un ataque decisivo; comprendía que la victoria, de lograrla, le tenía que costar mucha sangre, y vacilaba.

NUESTRAS GUERRILLAS AVANZAN

En esta actitud expectante estuvieron lo menos un par de horas españoles y franceses.

Los campesinos recién llegados, los llamados por los nuestros, con desprecio, peseteros, fueron los más dispuestos á luchar.

En la guerra, generalmente, los novatos suelen ser más ardorosos y más decididos en el ataque. El soldado viejo sabe cumplir, exponiéndose lo menos posible; sabe también escurrir el bulto cuando se trata de algo muy peligroso. Ahora, en situaciones desesperadas, el soldado viejo es irreemplazable y se suele batir como un león.

Los peseteros, tanto insistieron en su deseo de atacar, que Merino accedió.

Los comandantes Blanco y Angulo, en unión del cura, prepararon el plan.

Doscientos hombres, armados con trabuco, atacarían en guerrilla y de frente á los franceses; se intentaría después envolverlos por todas partes, y cuando flaqueara el enemigo se lanzarían sobre él, simultáneamente, el escuadrón del Jabalí y el nuestro.

Estos detalles, como se comprenderá, los supe después.

La función de fuego empezó. Los franceses, que habían echado pie á tierra, luchaban en orden cerrado. Su caballería, formada en dos pelotones, inspeccionaba los flancos.

Nuestros hombres comenzaron el ataque con la táctica nueva, desconocida por los franceses.

Avanzó una fila por la derecha, guareciéndose en las piedras y en las depresiones del terreno.

Se tiraron al suelo, rompieron el fuego, y al poco rato avanzó una segunda fila por la izquierda, que tomó posiciones.

Después de la segunda avanzó la tercera y la cuarta.

Luego comenzó la parte más expuesta: el hacer fuego ganando terreno.

Los guerrilleros, de repente, avanzaban ocho ó diez pasos, se tiraban al suelo, y hacían fuego parapetándose en las piedras, en los terrones, ó en las matas. La maniobra estaba tan bien estudiada, que ninguno disparaba hasta que el compañero hubiese cargado la carabina ó el trabuco.

El procedimiento asombraba á los franceses, que no conocían este sistema mas que de oídas, y al que llamaban con desdén la táctica de los bandidos.

Si uno de los pelotones de caballería enemiga se acercaba á los guerrilleros emboscados, se le recibía con una descarga cerrada.

Yo, desde el punto donde estaba, oía los estampidos de los trabucos y los disparos regulares de los franceses.

En aquel ataque primero cayeron muchos de los nuestros y de los suyos.

Por lo que me dijeron, de los nuestros murieron el Matute, el Canene y Veneno, que dirigieron el ataque, y quince ó veinte de los peseteros.

CARGAMOS LOS DEL BRIGANTE

A puro embestidas y metrallazos de trabuco llegaron los nuestros á abrir brechas en la formación del enemigo.

Hubo un momento en que los dragones de á pie cedieron, y llegaron hasta mí los gritos y las voces de triunfo que daban los guerrilleros.

Estos se lanzaban á un ataque general por el frente y por los flancos.

El combate estaba en el momento álgido. Merino conservaba todavía el grueso de su fuerza en reserva para emprender el ataque del centro enemigo. Apareció el gallardete blanco que nos ordenaba aproximarnos; de prisa me reuní con mi escuadrón y, remontando una loma, nos colocamos á un tiro de fusil del lugar de la pelea.

Se acercaba el momento de la carga.

El Brigante, Lara, el Tobalos y yo marcharíamos á la cabeza del escuadrón; detrás irían el Lobo de Huerta y el Apañado, cada uno con un vergajo para no permitir que nadie se rezagase.

Nuestros hombres de á pie, ya decididos, sin hurtar apenas el cuerpo, se lanzaban en grupos compactos contra los franceses.

Estos se replegaban, despacio, sobre la loma donde estaba su caballería. Dragones y gendarmes echaban pie á tierra para hacer fuego.

No hicimos más que aparecer sobre la hondonada y dar la cara á los franceses, cuando flameó el gallardete rojo.

El Brigante levantó su sable y dió la orden de cargar. Lara y yo hicimos lo mismo.

Creo que todos nosotros, yo, al menos, sí, experimentamos un momento de ansiedad y emoción. La mayoría de los guerrilleros se persignaron devotamente. El más templado creyó que allí dejaba el pellejo.

Picamos espuelas á los caballos, y los pusimos primero al paso, luego al trote, después al galope, cada vez más acelerado y más fuerte, doblando el cuerpo sobre la silla para favorecer la carrera y evitar las balas.

Íbamos hacia abajo por un talud; después teníamos que subir por una ligera eminencia.

El Brigante, con el sable desenvainado, gritaba como un loco. Nuestros caballos volaban saltando por encima de los matorrales.

--¡Hala, hala, hala!--gritaba el Brigante--¡Anda ahí, Lara! Echegaray, ¡dales á ésos! ¡Corre!

Uno tenía la impresión de ser una bala, una cosa que marchaba por el aire.

Al acercarnos á los franceses, el Brigante se volvió hacia nosotros. Los ojos y los dientes le brillaban en la cara.

Nunca tanto como entonces me pareció un tigre.

--¡Viva España!--gritó con una voz potente.

--¡Viva!--gritamos todos con un aullido salvaje que resonó en el aire.

Tuvimos un momento la certidumbre de que habíamos arrollado al enemigo; una descarga cerrada nos recibió; silbaron las balas en nuestros oídos; respiramos un aire cargado de humo de pólvora y de papeles quemados; cayeron diez, doce, quince caballos y jinetes de los nuestros; sus cuerpos nos impidieron seguir adelante; hundimos las espuelas en los ijares de los caballos; era inútil: al pasar la nube de humo nos vimos lanzados por la tangente. Todos los guerrilleros de á pie contemplaban el espectáculo.

Los franceses se formaban de nuevo y mejor.

Al llegar al final de una vertiente de la loma volvimos grupas y, sin precaución alguna, pasamos cerca de los franceses á formarnos de nuevo.

Los del Jabalí, sin duda, no se habían atrevido á cargar.

El Brigante, orgulloso de su valor, y viendo nuestro enardecimiento, nos hizo acometer de nuevo.

Con una serenidad pasmosa, avanzó á la cabeza del escuadrón, terrible, majestuoso, lleno de cólera como el mismo dios de las batallas.

No éramos bastantes para arrollar á los franceses por la masa, y se trabó el combate cuerpo á cuerpo, hombre contra hombre, como fieras, enloquecidas por el furor.

Ciegos de coraje, dábamos estocadas y mandobles á derecha é izquierda. Al Tobalos se le veía en todas partes, luchando y ayudando á los demás.

El Brigante parecía un energúmeno, uno de esos monstruos exterminadores del Apocalipsis. Su mano fuerte blandía colérica el sable corvo y pesado, y el acero de su hoja se teñía en sangre roja y negra como el cuerno afilado de un toro en la plaza.

Había matado más de cuatro, cuando se lanzó sobre él un sargento de dragones alto, gigantesco, con unas barbas largas y rojas y una mirada feroz.

En la acometida vimos los caballos de ambos que se ponían en dos patas, furiosos, echando vaho por las narices. Los sables de los dos combatientes al chocar metían un ruido como las hoces en las cañas de maíz.

Aquel combate singular no duró mucho; el Brigante dió á su enemigo tal sablazo, que vimos caer el cuerpo enorme del dragón con el cuello casi tronchado.

La curiosidad por presenciar el combate pudo perderme; un gendarme me soltó un sablazo en el hombro, que me dobló la charretera.

LA MARSELLESA

Los guerrilleros, al ver que abríamos brecha en los franceses, se acercaron de nuevo, gritando:

--Avanza la caballería. Son nuestros. ¡Adelante!; y rodearon al enemigo como una manada de lobos hambrientos.

Los franceses empezaron á vacilar, á cejar.

Los españoles, con nuevas tropas de refresco, avanzaban, cada vez más decididos. Ya nos veíamos unos á otros, y nuestros gritos pasaban por encima de los franceses.

De pronto, el comandante Fichet, que se encontraba en el centro, á caballo, se descubrió, tomó la bandera y estrechándola, sobre el pecho, comenzó á cantar la Marsellesa. Todos los soldados franceses entonaron el himno á coro, y como si sus mismas voces les hubieran dado nueva fuerza, rehicieron sus filas, se ensancharon y nos hicieron retroceder.

Aquella escena, aquel canto, tan inesperado, nos sobrecogieron á todos. Los franceses parecían transfigurarse: se les veía entre el humo, en medio del ruido de los sables y de los gritos é imprecaciones nuestras, cantando, con los ojos ardientes llenos de llamas, el aire fiero y terrible.

Parecía que habían encontrado una defensa, un punto de apoyo en su himno; una defensa ideal que nosotros no teníamos.

Sin aquel momento de emoción y de entusiasmo, las tropas francesas se hubieran desordenado. Fichet, que conocía, sin duda, muy bien á su gente, recurrió á inflamar el ánimo de sus soldados con canciones republicanas.

Nosotros nos retiramos.

Los franceses tuvieron la convicción de que aquel ataque furioso había sido nuestro máximo esfuerzo. Esta convicción les tranquilizó.

Los del Brigante nos alejamos del lugar del combate, y siguió de parte de los guerrilleros el fuego graneado.

Fichet, después de recoger los heridos y de reorganizar la columna, se puso en marcha formando un cuadro, algunos tiradores de á caballo en los flancos, y á retaguardia los demás, que iban retirándose escalonados.

Fichet no quiso, sin duda, avanzar rápidamente, para no dar á sus soldados la impresión de una fuga, y fué marchando con su columna con verdadera calma.

LA REPÚBLICA

Quiso aprovechar también el entusiasmo que producía en sus soldados las canciones revolucionarias, y mandó á dos sargentos jóvenes que las cantaran.

El comandante quedó á retaguardia con sus tiradores, volviéndose á cada paso para observar las maniobras del enemigo.

Nuestro escuadrón fué de prisa á rodear y salir de nuevo al encuentro de los franceses.

De lejos, aquella masa de soldados imperiales, cantando, hacía un efecto extraordinario. Cuando pasaron á no mucha distancia de nosotros, el viento traía la letra de Le Chant du Depart cantado por uno de los sargentos.

La victorie en chantant nous ouvre la barrière; La Liberté guide nos pas, Et du Nord au Midi la trompette guerrière A sonné l'heure des combats. ¡Tremblez, ennemis de la France, Rois ivres de sang et d'orgueil!

Y el coro de soldados, como un rugido de tempestad, exclamaba:

La République que nous appelle Sachons vaincre, ou sachons perir Un français doit vivre pour elle, Pour elle un français doit mourir.

Y volvía de nuevo otra estrofa, y volvía de nuevo el coro.

--¿Qué es la _Republique_? ¿La República?--me dijo el Brigante.

--Sí.

--Yo creí que éstos gritaban: ¡Viva el emperador!

--Sí; pero cuando están en peligro se acuerdan de la República.

Aquella voz francesa, aguda, rara, sonaba para mí como algo extraordinario en el día gris, en medio de las verdes montañas. Quizá desde el tiempo de la República Romana no se había repetido jamás allí esta palabra.

La canción de Chenier, como un canto de victoria, llevaba á los franceses á la salvación.

Merino comprendió que mientras el enemigo tuviera aquel comandante no se podría con él, y mandó á sus mejores tiradores fueran acercándose á los franceses, con orden de disparar únicamente al jefe.

No era la cosa fácil, ni mucho menos, porque los tiradores de los dos flancos del escuadrón francés iban explorando la zona de ambos lados.

Los guerrilleros, que conocían bien las sendas y disparaban con más puntería, marcharon, unos á pie y otros á la grupa de los soldados de caballería hasta avanzar, y luego desmontaron y fueron ocultándose entre los pinos y los matorrales.

Los franceses se nos escapaban. El escuadrón de Burgos iba picándoles la retirada. El Brigante se hallaba dispuesto á atacarles por tercera vez, á no dejarles un momento de descanso.

De pronto, desde un gran matorral de retamas comenzaron á disparar; un pelotón de franceses se lanzó á rodear el matorral de donde habían partido los disparos, y en el momento en que el jefe miraba, hacia aquel lado, varios guerrilleros se acercaron por el opuesto; sonaron diez ó doce tiros y Fichet cayó de su caballo.

LUCHA FEROZ

El Brigante nos mandó cargar y los franceses se declararon en fuga, dejando en el campo algunos cadáveres, entre ellos el del comandante Fichet. Más lejos se rehicieron de nuevo.

El escuadrón del Jabalí había aparecido á interceptarles el paso, y volvían de nuevo á encontrarse rodeados de guerrilleros.

El nuevo jefe francés, menos sabio que Fichet, dividió su fuerza en varios pelotones de á pie y de á caballo y los alejó unos de otros de una manera excesiva.

Aquélla fué su muerte. Nuestro escuadrón, en combinación con el de Burgos, dividió y aisló á los pelotones franceses más numerosos. Intentaron ellos establecer el contacto, los rechazamos nosotros, y desde entonces tuvieron que batirse á la desesperada, sin orden ni concierto. La lucha era incesante.

Nuestros escuadrones en masa subdividían más y más á los franceses. Los guerrilleros iban rematando á los heridos.

Parecía una lucha de demonios; todos estábamos desconocidos, negros de sudor, de barro y de pólvora.

No se daba cuartel.

Los heridos se levantaban, apoyaban una rodilla en tierra, disparaban y volvían á caer. Un francés, chorreando sangre, se erguía y atravesaba con el sable á un español. Otro hundía la bayoneta en el vientre de un moribundo.

Un guerrillero herido sacaba la navaja, llegaba á un francés y le hundía la hoja en la garganta.

Muchos de los nuestros no tenían municiones y cargaban el trabuco con piedras, otros utilizaban sólo el arma blanca.

Hasta el completo exterminio no acabó aquella lucha de fieras rabiosas. Unicamente veinte ó treinta gendarmes y otros tantos dragones, dirigidos en su retirada por un sargento, lograron escapar.

Todos los demás murieron; algunos, muy pocos, quedaron prisioneros; el campo quedó sembrado de muertos...

* * * * *

Desde entonces, á aquel vallecito próximo á Hontoria se le llamó el Vallejo de los Franceses.

VII

DESPUÉS DEL COMBATE

...Y se acercaba el crepúsculo. Bandadas de cuervos venían por el aire, preparándose para saborear el gran banquete que les dábamos los hombres.

El Brigante, que se había distinguido en el ataque, no quiso señalarse en la persecución.

Todos los franceses que pasaron á nuestro lado fueron hechos prisioneros.

Yo, en unión de Lara y del Tobalos, llevamos el cadáver de Fichet hasta un bosquecillo de pinos, le pusimos la espada sobre el pecho y le enterramos.

Me parecía que el comandante francés nos miraba y nos decía: «Gracias, compañeros».

Después de esta piadosa obra nos reunimos con el escuadrón.

Los de la partida del Jabalí se encargaron del papel de verdugos. Como una manada de chacales que se lanza sobre un tropel de caballos fugitivos, así se lanzaron los del Jabalí á acorralar y á perseguir á los dragones y gendarmes dispersos.

Nosotros presenciamos inmóviles la siniestra cacería.

Merino derribó también á algunos desgraciados que intentaban huir, á tiros de su carabina.

Un grupo de cinco dragones vinieron hacia nosotros corriendo, buscando espacio para escapar.

Los cinco iban con el sable en alto, al galope; los guerrilleros corrían y gritaban tras ellos.

Cortándoles el paso salió una docena de guerrilleros, que les disparó una lluvia de trabucazos. Uno de los franceses escapó galopando; otro cayó á tierra acribillado á balazos. El tercero debió recibir una bala en el costado. Marchó al galope durante algún tiempo; luego se fué torciendo, torciendo, hasta que sus manos se agarraron á la silla; después, el pobre hombre, sin poder sostenerse, cayó con tan mala suerte, que se le enganchó un pie en el estribo y el caballo le arrastró por el suelo largo tiempo hasta convertirle en un montón informe de sangre y de barro.

Uno de los franceses vino hacia nosotros encorvado, sacudiendo al caballo con el sable. Al ver que le cerrábamos el paso, torció hacia la derecha. Yo seguí tras él.

--Detente; hay cuartel--le dije en francés.

El dragón se detuvo. Temblaba, convulso. El caballo tenía todo el pecho bañado de espuma que le salía por la boca, y los ijares llenos de sangre.

Mi prisionero era hombre de unos cuarenta años, fuerte, de aire sombrío.

--Diga usted que es belga--le dije.

--Gracias--me contestó él.

Le llevé delante del Brigante, que le recibió de muy buena manera.

Comenzaba á transcurrir la tarde. Una depresión, mezcla de cansancio y de tristeza, nos invadía.

Era ya el momento de volver á Hontoria.

Los del Brigante estábamos satisfechos. Nuestra acometividad y nuestro valor habían quedado por encima de los demás de la partida. Juan se manifestaba contento.

Había pérdidas dolorosas entre nosotros; pero todos teníamos la satisfacción de haber cumplido.

Se pasó revista. Faltaban más de veinte hombres, entre ellos, don Perfecto y Martinillo. Don Perfecto no apareció. Yo me figuré que se habría escondido, de miedo, en cualquier parte.

La pérdida de Martinillo produjo gran impresión; fuimos al lugar del combate á ver si lo encontrábamos muerto ó vivo.

Algunos caballos, desesperados, locos, manchados de sangre, corrían por en medio del campo, haciendo sonar los arneses y los estribos.

Sobre un ribazo vimos al Meloso abandonado, agonizando, con las entrañas en las manos. Poco después nos topamos con un guerrillero del Jabalí que se moría mugiendo como un toro.

En el Vallejo, en el sitio donde habíamos dado la carga, recogimos el cuerpo de Martinillo.

--¡Pobre Martinillo! ¿Quién te había de decir que nosotros los viejos te enterraríamos?--exclamó un guerrillero anciano.

Al bajar del caballo encontramos á un francés bañado en sangre que debía estar sufriendo horrores. Al vernos, exclamó:

--¡Socorro! ¡Perdón! ¡Agua!

Lara y yo nos acercamos á socorrerle; pero Fermina la Navarra, amartillando su carabina y poniendo el cañón en la boca del herido, gritó:

--Toma agua--y disparó á boca de jarro, deshaciéndole el cráneo. Los pedazos de sesos me salpicaron la ropa y las manos.

Lara se indignó. Rápidamente desenvainó el sable y se quedó luego sin saber qué hacer.

--¡Ese asqueroso francés!--exclamó ella--. ¡Que se muera!

COMENZABA EL CREPÚSCULO

Decidimos llevar el cadáver de Martín sobre un caballo.

Volvimos á montar. Comenzaba el crepúsculo y aumentaba nuestra tristeza.

Íbamos marchando hacia Hontoria, cansados, embebidos en nuestros pensamientos, cuando nos soltaron una descarga y vimos que el Brigante se inclinaba en su caballo.

Lara y dos guerrilleros que estaban cerca de él fueron á socorrerle y le sujetaron en sus brazos.

--Son los nuestros--dijo el Tobalos.

--¡A ellos!--exclamé yo--. ¡A pasarlos á cuchillo!

Con un pelotón de cincuenta hombres me lancé al galope hacia los matorrales de donde habían partido los tiros. Vimos varias sombras que corrían á lo lejos en la obscuridad.

A uno de ellos, el Tobalos, Ganisch y yo le perseguimos hasta acorralarlo. Yo le alcancé y le di un sablazo en la cabeza. Estaba el hombre vacilando, cuando el Tobalos le soltó un trabucazo á boca de jarro que le hizo caer inmediatamente al suelo.

Ya satisfecha nuestra venganza, volvimos hacia el lugar donde había sido herido el Brigante.

Al acercarnos comprendimos que había muerto. Estaba su cuerpo tendido sobre la hierba, y Lara, descubierto, le contemplaba.

Al acercarme á él, Lara me estrechó la mano y dijo:

--Ha preguntado por ti. Ha dicho que le digamos á ella que ha muerto pronunciando su nombre.

Lara tenía lágrimas en los ojos. Yo sentía no ser tan sensible como él.

Decidimos colocar el cadáver en un caballo y llevarlo á Hontoria.

Fué una expedición lúgubre. Había obscurecido; sólo quedaba una ligera claridad en el cielo. Los cuervos iban posándose silenciosamente en la tierra; se oían sus graznidos. Algunos hombres y mujeres sospechosos andaban por el campo escondiéndose entre los matorrales. Los perros hambrientos de los contornos se acercaban al olor de la sangre. Era una gran fiesta para todos los animales necrófagos: cuervos, cornejas, buitres, gusanos, perros hambrientos y demás comensales de la Muerte.

Marchábamos mudos por el campo obscuro, sembrado de cadáveres.

En algunas partes habían encendido hogueras con ramas de pino, donde quemaban los cuerpos de los hombres y de los caballos y el viento jugaba con el humo acre, trayéndolo á veces á la garganta.

AL LLEGAR A HONTORIA

Cuando llegamos á Hontoria nos encontramos un espectáculo lamentable. Los guerrilleros habían cogido al sargento español afrancesado que servía de guía y de intérprete á los imperiales, le habían montado en un burro atado los pies por debajo del vientre del animal y los brazos en los codos, y lo llevaban así.

Una nube de viejas horribles desarrapadas, de mujeres, de chiquillos que habían sabido quién era, se acercaban al sargento á insultarle, á arañarle, á tirarle piedras.

Ya no quedaba nada de su uniforme, desgarrado á jirones, y su cara estaba negra de humo, de pólvora y de sangre.

Perdimos de vista este horrible espectáculo y nos acercamos á la casa del Padre Eterno. Llevamos el cadáver del Brigante desde el portal á la sala.

Un chico fué á avisar á doña Mariquita, y ella y Jimena, ambas deshechas en lágrimas, acudieron solícitas á la casa.

Entre las dos mujeres y la mujer del Padre Eterno limpiaron el cadáver del Brigante de sangre, de barro y de humo, y lo colocaron en una mesa, entre cuatro velas.

Pusieron, además, un paño negro en el suelo y un crucifijo en la pared blanca del cuarto.

Fermina la Navarra fué á casa de Martinillo; pues, á pesar de que nunca había tenido gran simpatía, ni por él ni por la Teodosia, quiso ir porque la viuda de nuestro corneta estaba para dar á luz, y Fermina tenía miedo de que alguna comadre le soltara como un escopetazo la noticia de que su marido había muerto.

Yo me ocupé de nuestros prisioneros, les hice cambiar de traje y les recomendé al alemán Müller, que se encargó de ellos.

Volvimos Lara y yo al cuarto en donde estaba el Brigante muerto, y las mujeres nos dijeron que nos fuéramos á dormir. Ellas velarían el cadáver.

--Bueno, vamos á ver si encontramos algún rincón donde echarnos--le dije yo á Lara.

--Antes, lávate--me advirtió él--; hueles á sangre que apestas.

Realmente, tenía el uniforme lleno de sangre y de trozos de cerebro que me habían saltado, y mi sable parecía la cuchilla ensangrentada de un carnicero.

Me lavé en una fuente y fuimos Lara y yo á buscar alojamiento.