Part 10
EL PORTILLO
El desfiladero de Hontoria, cubierto, en parte, de pinar, es estrecho en la entrada y en la salida, y bastante ancho en el centro.
A la entrada, después de pasar el Portillo de Hontoria (enorme hendidura del monte) tiene dos cerros, uno frente á otro; á la salida termina en lomas suaves cubiertas de hierba y de monte bajo.
Entre las dos angosturas de los extremos y en una extensión de una legua, hay lugar para un valle sembrado de grandes piedras desparramadas, que parecen restos de una construcción ciclópea, junto á las cuales nacen grupos espesos de jara y de retama y plantas de beleño y de digital. El camino, una calzada estrecha por donde apenas pueden marchar tres hombres á la par, se abre al principio, como una cortadura, entre dos paredes de roca, luego bordea el valle y huye serpenteando hasta dominar el desfiladero. El boquete de la entrada, abierto en roca, es el que se llama el Portillo de Hontoria.
En este Portillo pensó Merino preparar la emboscada y sorprender á los franceses.
Había al comienzo del desfiladero, pasado el boquete que le da acceso á la izquierda, dominando el camino, oculto por varias filas de árboles, un cerro ingente formado por peñascos. Visto por entre los árboles, parecía un castillo arruinado.
Era un verdadero baluarte, con trincheras naturales, sin subida alguna para llegar á lo alto. Merino mandó empalmar dos escaleras y ascendió al cerro.
Esta fortaleza natural hubiera dominado la calzada, si las filas de pinos que tenía delante no lo impidieran.
El cura mandó llamar á los aserradores de Hontoria y les hizo cortar aquellos árboles de una manera especial, que consistía en no serrarlos en todo su espesor, sino dejar lo bastante de corteza y de leña para que pudiesen sostenerse derechos.
Luego mandó atar cuerdas largas á la parte alta de los troncos, echándolas disimuladamente entre la maleza. El extremo de las cuerdas llegaba al mismo cerro.
El cura pretendía dejar en el castillo natural algunos de sus hombres que hiciesen desaparecer la cortina de pinos cuando á él le conviniese.
Después de preparado esto, el cura fué recorriendo el desfiladero y sus alrededores desde el Portillo de Hontoria hasta las lomas en que termina.
Iba escoltado por el comandante Blanco y por otros oficiales.
En unos puntos mandaba construir trincheras con piedras, en otros hacía que amontonaran ramas secas y cubrieran los parapetos con hojarasca, de modo que no se notasen. Era difícil preparar más hipócritamente el terreno y aprovecharse mejor de sus altos y bajos para esconder tanta gente.
LOS PESETEROS
Después de dar sus órdenes y ultimarlo todo, hasta en sus más pequeños detalles, Merino avisó á los alcaldes de los pueblos para que en el término de un día enviasen los hombres disponibles á Hontoria del Pinar. Pocas horas después se reunieron unos cuatrocientos aldeanos, á los que se fueron alojando en la iglesia y en las tenadas de alrededor.
La mayoría eran viejos pastores y leñadores, mezclados con zagales y chicos de pocos años. Los grupos venían dirigidos casi todos por el cura de la aldea.
Las armas que traían eran escopetas viejas, palos, hoces, guadañas y retacos.
Las armas de fuego se llevaron á recomponer á casa del Padre Eterno.
Merino ordenó que se diera á los aldeanos una peseta diaria por hombre y una ración de pan, vino, carne de oveja y queso, y nombró los jefes de grupos.
A esta gente los nuestros llamaban con desdén peseteros.
DISTRIBUCIÓN DE FUERZAS
Al día siguiente, y á pesar de que los franceses se hallaban todavía lejos, se comenzó la distribución de fuerzas.
En el cerro ó fuerte natural próximo al Portillo quedaron ciento cincuenta hombres armados de carabinas.
Después de subir todos y llevar municiones para tres días, se deshizo la escalera con el objeto de que no pudiera aprovecharla el enemigo.
En una loma enfrente de este cerro, y á una distancia de un cuarto de legua, acamparíamos los del escuadrón del Brigante ocultos en un pinar.
A la salida del desfiladero quedaría la gente del Jabalí y el pequeño escuadrón de Burgos. Uniendo estos dos núcleos de fuerzas de caballería habría un semicírculo de guerrilleros.
Estos tiradores permanecerían escondidos entre las trincheras, parapetos, peñas, aliagas y retamas.
En conjunto, las tropas de Merino trazaban una C.
En el centro de la C estaría el jefe para poder dar sus órdenes á derecha é izquierda.
Las disposiciones de Merino tenían el carácter que á todo lo suyo imprimía el cura. Con aquella colocación de fuerzas se podían hacer muchas bajas al enemigo y retirarse con facilidad y rapidez, pero no se podía vencer.
Merino no había pensado en la eventualidad de una victoria completa.
Yo, al menos, de dirigir aquel movimiento, hubiera engrosado los núcleos de la entrada y salida del desfiladero, dejando sólo un centenar de tiradores en las trincheras del valle.
Así hubiese podido oponerse al avance de los franceses, cuando éstos intentaran forzar el paso, y obligarles á rendirse.
Los del Brigante nos instalamos en el pinar, donde estuvimos vivaqueando durante algunos días.
Por la mañana salíamos de descubierta hacia la Gallega, y por la noche rondábamos los alrededores del Portillo de Hontoria.
Una de estas noches se presentaron doña Mariquita con su hermana Jimena y su marido á la entrada del pinar.
El Brigante y yo las acompañamos hasta la salida del barranco.
Había á todo lo largo del desfiladero grandes fogatas, y los guerrilleros pasaban la noche alrededor de sus hogueras.
Habló doña Mariquita con Merino, y luego el cura vino conmigo hasta la avanzada.
--No vamos á tener gran función--me dijo Merino.
--¿No? ¿Por qué?
--Porque no vienen mas que quinientos jinetes entre gendarmes y dragones. La infantería la han dejado en Salas.
A pesar de que hacía como que si lo sintiese, en el fondo, se alegraba.
Merino se dirigió á la entrada del Portillo y despachó algunos aldeanos para que desde lejos observaran la marcha de la columna francesa y de cuarto en cuarto de hora dieran noticia de sus evoluciones.
IV
EL FRANCÉS TEATRAL
La columna francesa, al mando del coronel Bremond, salió de Burgos un martes por la mañana y tardó bastantes días en llegar al Portillo de Hontoria.
La columna caminaba con lentitud, á pequeñas jornadas de dos leguas diarias, para no fatigar á los hombres y á los caballos. Llevaba, además, una impedimenta grande.
El sábado de la misma semana pasaron los franceses frente á Barbadillo del Mercado. La infantería siguió á Salas, donde tenía alojamiento, y Bremond y su fuerza quedaron en Barbadillo.
El alcalde, que salió á su encuentro, ofreció al coronel la Casa Consistorial; pero Bremond preguntó por doña Mariquita, la administradora de Rentas. Le indicaron la casa y, acompañado del comandante Fichet, entró en ella.
Bremond tenía esa imaginación pesada, sentimental y rumiante de los franceses del Norte; se figuraba encontrarse en casa de doña Mariquita con una casa antigua y pintoresca; creía que el administrador de Rentas sería un palurdo, y se encontró con una casa vulgar y con que el administrador era un muchacho joven y guapo.
Esperó el coronel á doña Mariquita, quien le saludó ceremoniosamente. Pronto notó Bremond que el marido y la mujer se miraban y se entendían.
El coronel sintió crujir todo el andamiaje levantado con esfuerzo en su pesada mollera. Se contuvo; pidió secamente le indicasen el cuarto destinado para él, y después mandó á su cocinero preparase la comida para los jefes.
Fichet preguntó varias veces á la administradora por madama Fermina, y doña Mariquita le dijo que se hallaba en Hontoria del Pinar.
Después de comer, los oficiales dieron un paseo por las callejuelas desiertas del pueblo y los alrededores, y volvieron á casa satisfechos de encontrar Barbadillo en perfecta tranquilidad, la tranquilidad del cementerio.
Por la noche se reunieron los oficiales franceses al lado del fuego, en compañía del administrador, Ramón Saldaña, y de su mujer.
Bremond recordaba haber hablado á los oficiales compañeros suyos, de su conquista, y estaba indignado, mortificado por la situación ridícula en que á sus ojos se encontraba. Doña Mariquita y Saldaña se miraban amorosamente. Bremond no podía consentir esto; petulante, como buen francés, y bruto y vanidoso, como buen militar, se creía ofendido, vejado.
De pronto, tuvo una idea que le pareció luminosa.
Se levantó. Los demás oficiales hicieron lo mismo.
Bremond dió la mano á la administradora y dijo, lo más rápidamente que pudo, en su mal castellano:
--Señoga. Nos vamos á getigag. Permita usted que salude al ama de la casa á la moda francesa.
Y agarrando á doña Mariquita por la cintura la besó en la mejilla.
Ella se desasió encendida. Saldaña se puso rojo y estrechó convulso el respaldo del sillón.
Bremond, que era valiente, quedó mirando al administrador con serenidad.
--¡Mi coronel! ¡Que está usted en España!--dijo Fichet irónicamente, como quien hace una observación de poca importancia.
--Tiene usted razón, comandante--contestó Bremond; y se inclinó ante el matrimonio, satisfecho y desdeñoso, apoyándose en su sable.
Los cuatro oficiales franceses se retiraron.
LAS VACILACIONES DEL CORONEL BREMOND
El coronel, al entrar en su cuarto, mandó avisar al teniente Mathieu. Mathieu le servía de ayudante. Le ordenó escribiera un oficio al alcalde para que preparase para las cinco de la mañana siguiente dos bagajes mayores para sus maletas y las de los oficiales.
Bremond consultaba todo con Mathieu, hasta sus asuntos particulares. El oficial era mucho más inteligente que el jefe.
La disciplina militar obliga á creer que el coronel ha de ser más comprensivo que el comandante, el comandante más que el capitán y el capitán más que el teniente; pero la naturaleza, que no se cuida de jerarquías militares ni civiles, hace, ayudada por los años, que casi siempre el capitán sea menos estúpido que el comandante, el comandante menos que el coronel y así sucesivamente, hasta el grado más alto de la milicia.
Mathieu era de esos oficiales que son indispensables en un regimiento. El sabía dónde se encontraba la indicación práctica, el plano detallado, el artículo del Código Militar; conocía los recursos extraordinarios de que se puede echar mano en un pueblo y la manera de domesticar á los alcaldes y á los curas recalcitrantes.
El coronel Bremond estaba vacilando: por una parte no quería contar el caso y decir que la graciosa administradora de Rentas de Barbadillo le había sido esquiva; por otra, le parecía su venganza algo espiritual y fino, digno de un militar francés, de un verdadero militar francés de las épocas de Luis XIV y Luis XV, en que no se ganaban grandes batallas, como en tiempo de Napoleón, pero se sabía cortejar en los salones.
Por último se decidió; contó á Mathieu lo ocurrido y acompañó su relato con grandes carcajadas.
--No se ría usted, mi coronel--dijo Mathieu seriamente.
--¿Por qué?
--Porque esto ha sido una emboscada.
--¿Cree usted?...
--No tiene duda. Esas dos mujeres estuvieron en Burgos para incitarle á usted á que viniera aquí.
--¿Será posible?
--Para mí, no tiene duda.
--Puede que tenga usted razón--y Bremond tomó el aire coronelesco que empleaba para las cosas serias.--Mañana encargaré á Fichet que haga averiguaciones; ó si no, las haré yo mismo.
Por la mañana, al levantarse Bremond, ordenó que inmediatamente trajeran á su presencia al administrador y á su mujer; pero el matrimonio había levantado el vuelo. En el momento que el coronel preguntaba por ellos, estaban doña Mariquita, el administrador y Jimena en el campamento de Merino.
Montados en mulas, y por las sendas, dando la vuelta á la peña de Villanueva por Gete y Aedo habían llegado al pinar de Hontoria.
Bremond llamó á Fichet y le dijo cómo les habían engañado á los dos, preparándoles una celada, madama Fermina y la administradora. Así, repartiendo la torpeza entre su comandante y él, Bremond se sentía más aligerado de peso.
--Esas dos mujeres eran espías--dijo Bremond.
--¿Cree usted...?--preguntó Fichet asombrado.
--Estoy convencido.
--Es posible. Estas españolas son mujeres decididas. El hecho es que, si tenían algo preparado en combinación con los guerrilleros, no se han atrevido á hacer nada.
--Ni se atreverán--agregó Bremond con la proverbial petulancia francesa.
Discutieron entre el coronel y los oficiales el plan de la marcha, teniendo en cuenta la posibilidad de una emboscada, y se decidió seguir á Soria, reconociendo los bosques y los desfiladeros del camino.
El coronel Bremond no temía el encuentro con una partida, pero tampoco lo deseaba.
Le habían hablado de las tretas de Merino; sabía que el cura-brigante era maestro en emboscadas y estaba sobre aviso.
El lazo podía haberse preparado; pero ¿en dónde?
El cerebro del coronel, que no era precisamente el de César, comenzó á estar en prensa.
Toda la maquinaria encerrada en su pequeño cráneo crujía como un cabrestante.
Bremond, después de vacilar y suponer si la emboscada del cura estaría preparada en el camino de Barbadillo á Burgos, ó en el de Barbadillo á Soria, decidió seguir adelante.
Bremond dió la orden de avanzar hacia Hontoria. Tardaron dos días en llegar desde Barbadillo hasta la Gallega.
EL TONTO
A la proximidad de los franceses, los habitantes de la Gallega huyeron, en su totalidad, á los montes. Las tropas de Bremond no encontraron más persona de quien echar mano para guía que un mendigo apodado el Tonto.
El Tonto era uno de los espías del cura; sabía fingir la imbecilidad á la perfección.
Hablaba de una manera confusa é incoherente.
Tenía una cara seca, arrugada, amarilla; unos ojos entontecidos; los dientes movedizos, la barba rala y mal afeitada.
Vestía anguarina gris, con retazos de colores, que llevaba echada sobre el pecho con las mangas hacia la espalda. Su cabeza, melenuda y blanca, la cubría un sombrero ancho pardo y destrozado.
Andaba encorvado, exagerando su cojera, y le acompañaba un perrillo de lanas, sucio por el polvo.
El Tonto se dirigió á los franceses y les pidió limosna.
Bremond y Fichet se acercaron á él.
--¿Qué quiere este hombre?--preguntó Bremond.
--Es un mendigo--contestó un sargento español afrancesado que servía á la columna de intérprete.
--Preguntadle á ver si sabe dónde está Hontoria del Pinar.
El sargento hizo la pregunta.
--Sí sabe--dijo después.
--Dígale usted, entonces, que nos sirva de guía.
--Dice que no quiere; que él no tiene nada que hacer en Hontoria.
--Adviértale usted, sargento, que si no obedece le daremos una tanda de palos.
El sargento hizo la advertencia, y el Tonto comenzó á refunfuñar:
--¡A un viejo le van á pegar! ¡A un viejo! Eso no es cristiano.
--Este cretino quiere que le tengan por un cristiano--dijo el coronel Bremond, celebrando él mismo su juego de palabras.
El Tonto hizo como que se resignaba y comenzó á marchar despacio al frente de la columna con su perro, cojeando, parándose cuando le venía en gana.
El Tonto y el sargento afrancesado hablaban con algunos viejos pastores y leñadores, que daban informes falsos y corrían al poco rato á comunicarnos noticias.
Nosotros sabíamos cada cinco minutos la situación exacta en que se encontraba el enemigo.
V
EL PORTILLO DE HONTORIA
A media mañana apareció la cabeza de la columna en la entrada del desfiladero, en el Portillo de Hontoria.
Los franceses habían destacado, de vanguardia, un pelotón de dragones, que iba registrando los bosques y los escondrijos.
Al llegar los exploradores al Portillo se detuvieron y esperaron á que subiese el coronel y diese sus órdenes.
Este Portillo de Hontoria es uno de los puntos estratégicos de la sierra de Soria. El cura le tuvo siempre gran querencia.
Algo más que veinte años después de la guerra contra los franceses, en 1835, el cura Merino preparó en el mismo Portillo una celada contra don Saturnino Abuín y le hizo un gran número de bajas, vengándose así de la serie de palizas que á campo abierto le pegaba constantemente don Saturnino el Manco.
El coronel Bremond, al asomarse al Portillo de Hontoria, mandó detenerse á la cabeza de la columna. Sin duda, debió imponerle el boquete aquél y lo gigantesco de los pinos.
Nosotros los del Brigante, aunque muy á lo lejos, veíamos á Bremond y á Fichet. Yo, con mi anteojo, estuve mirando cómo hablaban con el Tonto y con el sargento español afrancesado.
El coronel, sin duda, esperó á que subieran todos sus hombres, y después dió la orden de que unos cuantos á pie fueran flanqueando por las crestas.
Comenzaron los exploradores á escalar los altos, y el coronel mandó que el pelotón de dragones, de dos en dos, reconociese la calzada hasta la salida del desfiladero.
El pelotón, dirigido por el sargento español, primero al paso y luego al trote, cruzó por delante de nosotros y de toda la línea de guerrilleros sin que sonase un tiro.
Yo, desde el punto donde me encontraba, no veía la salida del desfiladero, pero supuse que los jinetes franceses habrían llegado sin contratiempo al punto de salida y quedado allí.
Si el coronel hubiese seguido enviando sus hombres por grupos, hubiera salvado toda su fuerza; pero creyó que no valía la pena de perder el tiempo, que no había emboscada alguna, y dió la orden de avance...
Hacía un día frío, con nubes que mostraban trozos de cielo azul claro y limpio. A ratos salía el sol...
Comenzó á entrar toda la caballería por el Portillo de Hontoria.
En aquel momento eran las diez y media.
Brillaban los uniformes al sol; los correajes, los sables y los cascos despedían centellas.
Yo, con mi anteojo, seguía contemplando á los franceses.
Los que tenían aire más terrible eran los dragones, con su morrión peludo de plumero alto, su casaca y sus botas de montar. Gastaban todos grandes barbas y largos bigotes. Llevaban tercerola en el arzón derecho de la silla, y sable.
Luego, años más tarde, paseando por París, he recordado estos tipos al ver las estampas de Raffet.
De lejos, y á simple vista, parecía la columna de la caballería francesa una gran serpiente de plata escamosa y brillante reptando por entre el verde de los pinares, deslizándose y desenvolviendo sus anillos. Algunos de los soldados iban cantando.
COMIENZA EL FUEGO
Cuando estaban en el centro del desfiladero y comenzábamos los del Brigante á perderlos de vista, sonó una descarga cerrada, á la que siguió un fuego graneado.
Sin duda, Merino había dado la orden de comenzar la lucha.
Luego, pasado el combate, dijeron que el cura había disparado el primer tiro apuntando al coronel Bremond, á quien se le conocía por las largas charreteras de canalones del uniforme, con tal acierto, que le hirió gravemente.
Si hubiera habido un jefe superior á Merino, aquél hubiese sido el del certero disparo.
Estas pequeñas adulaciones son muy frecuentes en la guerra.
Después de la primera descarga cerrada siguió largo rato el fuego de fusilería.
A la vanguardia del enemigo, nosotros no la veíamos; pero por lo que comprendí luego, la cabeza de la columna, picando espuelas, y al trote, se acercó al pelotón que habiendo pasado al principio estaba esperando á la salida del desfiladero.
Los de retaguardia volvieron grupas, tratando de escaparse, y les vimos retroceder hacia el Portillo; pero entonces, como un telón que se levanta, la cortina de pinos que ocultaba el cerro ó fuerte natural desapareció derribada por los guerrilleros que tiraron de las cuerdas atadas á los árboles, y los franceses se encontraron entre dos fuegos.
Hubo muchos caballos y jinetes que cayeron precipitados al barranco. Algunos hombres volvieron á subir al camino gateando; otros debieron de quedar estrellados entre las rocas.
Tenían en aquel momento los franceses la dificultad de maniobrar por falta de sitio, á más de que las órdenes del coronel herido no podían oirse desde los extremos de aquella larga fila.
Para obviar el conflicto, los oficiales y los sargentos, despreciando las balas, se colocaron de modo que la voz de mando pudiese correr de la cabeza á la cola de la columna, y dominaron el pánico que comenzaba á cundir entre sus soldados.
Los franceses ya no intentaron retroceder, sino forzar la salida del desfiladero y reunirse allí con el primer pelotón que había pasado.
Tampoco tenían intención de atacar á los del cerro ó fuerte natural próximo al Portillo, y únicamente los exploradores que coronaban las crestas comenzaron á disparar sobre éstos.
LOS DRAGONES SE BATEN
Nuestra fuerza quedó fuera del foco de la lucha.
En vista de ello, abandonamos el pinar y escalamos un cerro.
Desde aquel punto podíamos presenciar la acción.
El coronel francés mandó á la primera fila de los dragones, más acostumbrados que los gendarmes á esta clase de luchas, que echaran pie á tierra y comenzaran el fuego. Los que se encontraban á la orilla del camino bajaron de sus caballos y comenzaron á disparar.
Mientras los dragones, á pie, contestaban á nuestra fuerza, por detrás de ellos fueron pasando de dos en dos los demás jinetes, encorvándose sobre el cuello del caballo para ofrecer menos blanco.
Los guerrilleros seguían con su fuego graneado; los franceses lanzaban sus descargas con una precisión automática.
Cuando el camino quedó desembarazado, los dragones franceses se guarecieron detrás de los caballos.
Entonces toda la línea enemiga se batió admirablemente. Se detenían unos y recogían los heridos mientras los otros disparaban. Después continuaban de nuevo la marcha.
En tanto, los pelotones franceses que se habían agrupado en la salida del desfiladero al mando del comandante Fichet, se acercaron á la loma en donde estaba el Jabalí y le desalojaron de ella. El Jabalí tenía orden de Merino de no trabar combate y de retroceder.
VI
NUEVO ATAQUE
A pesar de aquel terrible fuego de fusilería largo y continuado, los franceses no tenían, al reunirse fuera del desfiladero, mas que sesenta ó setenta bajas, entre muertos y heridos.
En los caballos se había hecho un gran destrozo; quedaban muchos en el camino.
A todo lo largo de la calzada se veían animales pataleando entre hombres muertos.
Nosotros, desde el cerro donde estábamos, retrocedimos hasta el Portillo y embocamos el desfiladero.
Nos pusimos al habla con los guerrilleros que ocupaban el fuerte natural de la entrada.
--El Tonto, ¿qué hace allí?--dijo uno de los nuestros.
--Lo habrán matado.
Uno de los guerrilleros del fuerte, desde arriba, nos contó lo que había pasado con el Tonto.
El lo vió. El Tonto, al comienzo del combate, dejó la anguarina y el sombrero apoyados en el palo, y por entre unos matorrales huyó como un conejo.
Efectivamente; cuando uno de los guerrilleros levantó la anguarina con el trabuco, los nuestros quedaron sorprendidos al ver que no había nadie debajo.
Merino, desde lejos, nos mandó avanzar, y por la misma calzada que habían seguido los franceses pasamos nosotros por encima de los hombres y de los animales muertos. Las herraduras de nuestros caballos marcaban manchas de sangre en el camino.
Desembocamos en la salida del desfiladero.
Los franceses, al llegar á una loma, á un cuarto de hora de camino, se detenían y formaban en orden de batalla.
El coronel Bremond, viéndose débil por la mucha sangre perdida, é imposibilitado de continuar en el mando de la columna, determinó confiarla al comandante Fichet, y con veinte gendarmes de los más ancianos y los heridos que podían andar se retiró, dando como primer punto de reunión Huerta del Rey, y después el monasterio de Premonstratenses de la Vid, en las márgenes del Duero.
El comandante Fichet era valiente; pero tenía esa clásica petulancia francesa, mayor en aquella época napoleónica, que hacía á los franceses creerse invencibles, á pesar de los desastres que iban sufriendo.
Con una retirada rápida y ordenada, aunque nuestra caballería picase su retaguardia, se hubieran salvado; pero esto, sin duda, pareció al jefe denigrante; quizá creyó poder vengarse de los españoles en posición mejor; quizá temió alguna nueva emboscada.