El enemigo

Chapter 9

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Durante la mañana toda la familia, menos Pepe, que tuvo que ir a casa del señor de Ágreda, permaneció reunida en el comedor entregada a la alegría del suceso; pero había en aquella situación algo anormal que ponía trabas al contento. El hijo que por primera vez pisaba el hogar de sus padres, a los treinta y cuatro años, revestido del carácter sacerdotal, parecía un extraño recibido con afectuosos extremos; la franqueza que con él empleaban resultaba tímida, como si a sus padres y su hermana les fuera difícil tratarle con verdadera intimidad. Especialmente doña Manuela, no sabía qué hacerse: las preguntas cariñosas, las frases regocijadas se le paraban en los labios, atajadas por un respeto vago; quería bromear, y le era imposible; las palabras no respondían a las ideas que ansiaba expresar. Diríase que su cariño hacia Tirso, privado por largos años de dar muestra de vida, surgía repentinamente, pero entorpecido por lo anómalo de las circunstancias. Había ratos en que ninguno sabía de qué conversar con él. Quien parecía más dueño de sí era don José, sin tener tampoco realmente con su hijo la libertad que debiera. Leocadia experimentaba una fuerte impresión de curiosidad. Se había sentado en uno de los brazos de la butaca de su padre y, como Tirso ocupaba una silla baja, ella le veía de alto a bajo, mirándole y remirándole la coronilla, muy sorprendida de que un hermano suyo tuviese aquello en la cabeza.

A las doce volvió Pepe y almorzaron, ocupando cada cual su puesto en torno de la mesa. Tirso, entonces, permaneció un momento en pie; tomó una libreta, marcó sobre ella ligeramente con el cuchillo una cruz antes de partirla y, al dejar los pedazos sobre el mantel, extendió las manos, murmurando con los ojos medio cerrados:

--_Benedice Domine nos, et hec tua dona quæ de tua largitate sumus sumpturi_...

Ninguno respondió a la oración. Todos, entre sorprendidos y contrariados, guardaron silencio unos instantes: doña Manuela fue la única que, no por hipocresía, sino por docilidad, movió los labios, como si rezara en voz baja. El primero que se atrevió a hablar, fue Pepe:

--A ver, chico, a qué te sabe el pan de tu casa.

--Lo que da el Señor, es bueno, donde quiera que lo dé.

Pepe añadió:

--Menos las enfermedades, escaseces, disgustos y otros obsequios...

--Con todo lo cual se prueba el temple del alma y se depura la virtud. La desgracia es el crisol de la fe.

--Y pasa uno la vida que es un gozo: aunque yo creo que eso de someternos a pruebas es calumnia que levantáis al Ser Supremo.

--¡Ah! ¿Llamas a Dios el Ser Supremo? ¿Eres libre pensador?

--¡Quién sabe lo que uno es? Pero como no me gusta la comedia que estamos representando aquí bajo, chicheo en algunas escenas.

--Ya te mostraré yo remedio a todo. Rezando, implorando el favor divino, no queda en el pensamiento espacio a la impiedad.

--¡Cuántas oraciones resultarán impías a los ojos de Dios! ¡Con qué frecuencia se confundirán en la plegaria del devoto la esperanza del beneficio propio y la avidez del mal ajeno!

--Esa no será oración, sino blasfemia. El mal y la oración son incompatibles. Oración es _aptisima arma, thesaurus prepotens, divitias inexhaustas pariens, fons et radix omnium bonorum_. Virtud, misa, predicación, sacramentos, austeridad, limosna... todo puede subsistir con el pecado menos la oración, que es al espíritu del hombre como el aire al pulmón. Por eso dijo Orígenes: _Horrendum est diem sine oratione transigere_, y el Profeta: _Desolatione, desolata est terra, quia nullus est qui recogitet corde_.

--Mal se hermanan esa bondad divina, eternamente importunada por la súplica humana, y la existencia del mal sobre la tierra.

--¿Qué te extraña? ¿No brotan en el mismo prado la flor que recrea, la fécula que nutre y la ponzoña que mata?

--¿Y que falta hacía crear la ponzoña?

--El mal es en la tierra como piedra de toque para el alma. ¿Piensas que en prosperidad imperturbable sería mejor el hombre?

--Mira, Tirso, no me gusta probar ideas propias con testimonios ajenos; pero contesta a este raciocinio de Epicuro: ya ves si lo tomo de antiguo.

--A ver qué herejías paganas te han enseñado en la Universidad.

--O Dios quiere evitar el mal y no puede, o puede y no quiere, o ni quiere ni puede, o puede y quiere. Si quiere y no puede, es impotente; si puede y no quiere, es malo, y, por consiguiente, no es Dios; si no puede ni quiere, es impotente y malo; y, por último, si quiere y puede, ¿de dónde diablos procede el mal, que no lo evita?

--Discutir no es creer: la razón agobia al pensamiento, la fe lo dilata. Quédate con tus dudas y déjame con mis consuelos. Para tí, la soberbia humana: para mí, la gracia divina.

--¿Y qué es eso? ¿Qué es la gracia?

--¿Crees en el progreso moderno?

--Sí.

--¿Sabes fijamente cómo, por qué y con arreglo a qué leyes late, palpita y vuela el fluido eléctrico? No, y, sin embargo, crees en el telegrama que te llena de gozo. Pues así es la gracia: maravilloso su origen, secreto su camino; su fin, dulcísimo. Créeme, hermano, el hombre sin la idea de Dios, es aspa de molino sin viento que lo mueva, fuego sin aire que lo sople. Inteligencia en que no haya fe, sea aniquilada: es como aquel árbol oriental de sombra dañina que, aun hecho leña y consumido por las llamas, envenena el ambiente con las cenizas aventadas.

--Con lo cual venimos nada menos que a justificar el Santo Oficio.

--¡No vas descaminado!--exclamó Tirso trémula la voz.

Doña Manuela y Leocadia no entendían bien todo aquello: don José, ya inquieto, golpeaba una copa con el recazo del cuchillo, cual si quisiera que el timbre del cristal ahogara las frases de sus hijos.

Pepe no quiso contestar lo que se le ocurrió en respuesta a las últimas palabras de su hermano.

El diálogo recayó luego sobre el viaje y sus molestias; después hablaron de lo caro que cuesta todo en Madrid; de la agitación de la vida cortesana; de lo mucho que hay que andar para ir a cualquier parte, y de otras cosas, que asemejaron la conversación a la que pudieran haber sostenido con un amigo forastero.

--¿Y qué iglesias hay por aquí cerca?--preguntó Tirso.

Tuvieron que hacer memoria para contestar: sólo doña Manuela quiso responder en seguida.

--San Justo... y la Concepción Jerónima... y...

--Más cerca está San Isidro--decía Leocadia.

--¿En cuál de ellas oís misa?

Nadie repuso.

--Vais indistintamente a cualquiera, ¿eh? Pues eso no es bueno. La misa debe oírse siempre en el mismo templo, y si es posible en el mismo altar y dicha por el mismo sacerdote.

--Yo te diré lo que pasa, hijo mío--respondió don José.--En primer lugar, ya ves, yo no me puedo mover, y tu madre no se aparta de mí un momento. ¡Si vieses cuánto da que hacer en una casa un hombre como yo, imposibilitado! Pepe no tiene tiempo para nada... y esa pobre, ni siquiera pasea: no tiene quien la acompañe...

--La verdad es que vivimos muy sujetos, chico; ya lo irás viendo. Ésta y mamá no se mueven de aquí, casi nunca salen: yo, entre unas cosas y otras, trabajo de diez a doce horas diarias...

Tirso comprendió que todas eran disculpas: frunció el entrecejo, y su mirada tuvo un destello frío y duro como el brillo del acero. Le costó violentarse, pero se contuvo y calló.

Al caer la tarde se vistió de hábitos y esperó impaciente a que anocheciese por completo, sin cesar de mirar hacia el balcón, donde la luz iba faltando.

--Si te vas--le dijo su padre--espera. Pepe ha salido, pero vendrá pronto y te acompañará.

Tirso esquivó la respuesta cuanto pudo, y al fin, apremiado por la insistencia de don José repuso:

--No, no hace falta que nadie se moleste: no quiero sino dar una vuelta por cualquier parte, tomar el aire un rato.

Al cerrar la noche se fue sin preguntar nombre alguno de calle, como quien ya sabe dónde se propone ir y se obstina en ocultarlo. Doña Manuela y Leocadia se asomaron al balcón, y la última, al verle pasar bajo un farol y desaparecer por el arco hacia la Plaza Mayor, tuvo una frase, que era la abreviatura de la situación por que atravesaba la familia.

--¡Qué raro se me hace esto! ¡Parece mentira que sea de casa!

Cuando volvió, al cabo de una hora, no contó dónde estuvo ni lo que hizo, limitándose a hablar del bullicio y la animación de la corte. Luego dijo:

--Mucho he andado por esas calles; y ¡cuanta estampa fea y obscena hay en algunas tiendas! Pero, aunque llevaba hábitos, nadie se ha metido conmigo.

--¿Pues qué?--repuso Pepe--¿creías que te iban a comer?

--No hubiese sido extraño que me insultaran. ¡Como ahora la impiedad anda libre y se nos persigue y nos maltrata quien quiere!...

--Ríete de eso: ya te convencerás de que es mentira. No hay tal impiedad ni tal persecución: en fin, tú lo verás a poco que andes por Madrid.

--Te advierto que me importaría poco. ¿Acaso no tengo buenos puños?

XIII

Aunque el sueño y la fatiga del viaje le rendían, no se recogió Tirso aquella noche sin escribir una larga carta, que acaso tuviera relación con la salida que hizo por la tarde. Mientras doña Manuela y Leocadia acostaban al padre, él se puso a escribir.

La luz de la lámpara iluminaba de lleno su rostro cetrino y anguloso: tenía los ojos grandes, pardos y tercos al mirar; la frente alta, afeada por cierta depresión hacia las sienes; los labios recios y las facciones salientes y toscas, como de talla mal labrada. Dábanle aspecto de dureza el pronunciado ceño, que fruncía involuntariamente, y un viso oscuro que le quedaba por lo fuerte de la barba, aún recién afeitada. Parecía hombre sujeto a sensaciones tardías, pero intensas y durables, pronto a convertir la firmeza en obstinación y la frialdad en violencia. Su dulzura, cuando la mostrara, debía ser forzada; su ira, sincera: todo acusaba en él un carácter antes propio de la energía del luchar que para la complacencia del querer. Su alma, poseída de devoción sombría, debía sentir mejor el vehemente proselitismo de Pedro Arbúes que el dulce amor a Dios de Santa Teresa. Su progenie sacerdotal no estaba entre los mansos de corazón, sino entre aquellos clérigos que imaginaron abrirse las puertas del cielo con el hacha de combatir moros. Su fervor religioso tenía asomos de entusiasmo bélico. San Pablo cortando la oreja al soldado romano por defender a Cristo, o Santiago batallando en Clavijo, eran a sus ojos mil veces más gloriosos que San Hilario proscribiendo la fuerza. Unos adoran al Señor, otros pelean por dilatar su reino en la tierra: Tirso era de éstos. Mientras tuviese la Iglesia incrédulos que amordazar, fueros que defender o privilegios que exigir, la vida contemplativa se le antojaba propia de espíritus mezquinos. A las lecturas místicas, que arroban la imaginación, prefería esas leyendas de audaces misioneros que son los caballeros andantes de la fe. Un versículo del Evangelio le agradaba sobre todos; aquél que dice: «_No he venido a traer al mundo la paz, sino la espada_.»

* * * * *

A la mañana siguiente se levantó temprano y no salió. Estuvo oyendo a Leocadia leer periódicos a su padre, y aunque permaneció largo rato con ellos, no pronunció palabra alguna acerca del objeto de su viaje. Cuando por la noche estaban doña Manuela y Leocadia acostando a don José, éste dijo a su hija:

--¿Suele venir Pepe muy tarde?

--No: casi siempre antes de las doce.

--Pues espérale hoy y dile que entre a la alcoba: tengo que hablar con él.

Madre e hija adivinaron de lo que se trataba, mas ninguna dio a entender la sospecha. A todos sorprendía por igual el prolongado silencio de Tirso. Era realmente extraño que no diese la menor explicación acerca del viaje. Acaso vino sólo por ver a sus padres, pero no era esto creíble en quien dejó pasar tantos años sin hacerlo. Una sola conjetura había que fuese lógica: ¿habría venido a pretender? ¿querría ser canónigo? ¿tendría quien le apoyara?

Antes de media noche llegó Pepe, y Leocadia, que le estaba esperando, entró con él a la alcoba de sus padres, donde doña Manuela dormía profundamente y don José aguardaba desvelado. Leocadia oyó sin chistar el corto diálogo que sostuvieron padre e hijo.

--Pepito, ¿no te choca esto?

--Mucho, pero no atino con la causa.

--Es que ni una palabra... ¿a tí tampoco te ha dicho nada?

--Tampoco.

--Lleva aquí dos días... No entiendo lo que pueda ser. ¿Qué te parece que hagamos?

--Nada, papá. Si habla, oírle; si no, dejar que pase el tiempo. Ya lo sabremos. ¿Ha venido a casa de sus padres? Bien venido sea. ¿No tiene confianza con nosotros? Pues no se la arranquemos por fuerza.

--Está frío, indiferente...

--No: él debe ser así. No es momento de charlar ni quiero molestarte ahora. Además, ya sabes lo que pienso: no nos hemos tratado, no nos conocemos; ¿cómo diablos hemos de querernos como nos queremos ésta y yo?--Y Leocadia hizo un signo afirmativo con la cabeza.

--Tienes razón, hijo, pero me repugna que la tengas.

La luz de una vela que Pepe había dejado en la habitación contigua iluminaba temblorosamente el cuadro, y en el rostro del viejo aparecía impresa la curiosa intranquilidad que le preocupaba. Tenía la cama medio deshecha, porque estuvo moviéndose nerviosamente en ella hasta que vio entrar a su hijo, y de cuando en cuando dirigía los ojos a su mujer, como asombrado de que pudiera dormir libre de las mismas dudas y recelos que él experimentaba.

--Vaya, a descansar, papá.

Pepe y Leocadia besaron a su padre como dos niños, y salieron. Al pasar por delante de la alcoba de Tirso, notaron que roncaba.

--¿Oyes?--preguntó ella.

--Sí; escucha, escucha cómo le quita el sueño la emoción de estar en su casa.

--Adiós, Pepito, hasta mañana.

--Abur, monigota, fea.

--Tonto, pareces un chiquillo.

--A los pies de Vd., señora; fea, espantosa.

Durante los días siguientes, Tirso guardó idéntica reserva: no salía, hablaba de cosas indiferentes, rehuyendo toda conversación sobre su pasado, esquivando rasgos de intimidad y haciendo como que no oía lo que le disgustaba. Al comer, se sentaba el último en la mesa, murmurando el _benedicite_ entre dientes, porque sabía que no habían de rezarlo los demás, y al ir por la noche a recogerse sacaba del bolsillo el rosario, yéndose con él en la mano hacia su cuarto.

El primer domingo que pasó en la casa, madrugó más de lo ordinario y estuvo en oración largo rato, pero no salió ni a misa. Leocadia, aprovechando unos instantes en que le vio ir al comedor en busca de un breviario, llamó a Pepe:

--Ven, ven y verás lo que ha puesto ese en la alcoba. He entrado a hacerle la cama, y mira cómo me encuentro esto. Está bonito, ¿verdad?

Tirso había cubierto los cristales de la ventana que daba al patio con pedacitos de papeles de colores chillones, casados con muy mal gusto y formando caprichosas figuras geométricas. La luz del sol, teñida y desvirtuada por el improvisado trasparente, daba al cuarto una entonación abigarrada. Aquello parecía la caricatura de una vidriera gótica. Además, sobre la cabecera del lecho había pegado a la pared con pan mascado una estampa de un San José muy bonito, con el pelo rizado a fuego lento, las mejillas sonrosadas y sosteniendo sobre la palma de una mano un niño en pie, como si le enseñase a hacer títeres, mientras enarbolaba en la otra un palo con más flores que moño de sevillana. En la pared de enfrente había puesto un cromo: _El último Concilio Ecuménico_, reunión de viejos vestidos de rojo, sentados en semicírculo como los obispos en el primer acto de _La Africana_, entre los cuales resaltaba, por su blanco ropaje, un señor a quien venía a decir secretos al oído una paloma que entraba por una ventana, semejando estar envuelta en un rayo de luz. Pepe lo abarcó todo de una sola mirada e hizo un gesto, entre risa y desprecio, diciendo a su hermana:

--Pues estos mamarrachos ha debido comprarlos en la salida que hizo el día que llegó, porque luego no ha puesto los pies en la calle.

--Indudablemente.

Por la tarde, mientras don José estaba dormitando, la madre en la cocina y Pepe vistiéndose para ir a ver a Paz de lejos en paseo, Tirso habló a su hermana cariñosamente, pero violentándose por parecer sereno.

--Tampoco hoy habéis ido a misa...

--He hecho el chocolate para todos, me he peinado y he peinado a mamá, te he compuesto un descosido en un manteo que había en tu cuarto; ¡Jesús, qué paño tan duro! he barrido el comedor y he bajado por la compra...

--Es decir, que aquí todo, absolutamente todo, es antes que Dios.

De pronto, tomando un periódico que había encima de una silla, leyó el título: _La Libertad Española_.

--¿Qué es esto?--y tocándolo sólo con las puntas de los dedos, como si temiera ensuciarse, lo dejó caer al suelo murmurando:

--¡Papeluchos ateos!

--¡No lo tires, que después lo pide Pepe y arma una marimorena!

Tirso se metió en su cuarto y Leocadia fue a ayudar a su madre; pero el cura salió en seguida otra vez al comedor con la faz demudada, y cogiendo el periódico, lo arrugó con fuerza y, hecho una bola, lo tiró a un rincón. Como el pasillo era muy corto, Leocadia oyó el crujido del papel estrujado y volvió corriendo, a tiempo que su hermano tornaba a encerrarse en su habitación. La muchacha adivinó lo que acababa de pasar. Tirso contuvo ante ella su enojo al ver el periódico, pero luego, al quedarse sólo, la ira se sobrepuso a la prudencia.

La perspectiva de una disputa entre los dos hermanos, que pudiera agriarse, asustó a Leocadia, pareciéndole lo sucedido una amenaza a la tranquilidad de la casa. Su buen juicio le decía que era forzoso ocultárselo a Pepe. Pero, ¿cómo?

Tras pensarlo mucho, después de haber intentado en vano desarrugar el periódico con las manos, se lo llevó a la cocina y lo alisó con una plancha caliente, dejándolo luego donde su hermano lo encontrara, sin que Tirso lo viese. Al caer la tarde volvió Pepe con Millán, que acostumbraba a comer allí los domingos, quedándose gran parte de la noche acompañando a don José, por estar cerca de Leocadia. Hízole el padre la presentación de su hijo mayor, comieron todos alegremente y de sobremesa hablaron de política, única conversación que tenía el privilegio de distraer al pobre viejo, quien a cada instante hallaba medio de relacionar los sucesos de entonces con los de su juventud, estableciendo comparaciones entre hombres y épocas distintas.

Pepe se había puesto a leer _La Libertad Española_, que pidió a Leocadia y que ella le trajo sin una sola arruga, con gran sorpresa de Tirso; mas este permaneció callado, deseoso de escuchar a Millán que, mirando de vez en cuando a la chica, sostenía el diálogo con don José. Decía el viejo:

--Aquí no se hacen más que torpezas; si el partido liberal se divide, vamos a ver cosas muy tristes.

--Ya las estamos viendo. ¿Le parece a usted poco el desarrollo que dejan tomar a la guerra?

--¡Si hubieran hecho ahora lo que Prim el 69!... Por supuesto que, tarde o temprano, tendrán que hacerlo: con los convenios no se adelanta nada. Yo recuerdo que, cuando el de Vergara, en realidad quienes perdimos fuimos nosotros: luego que el partido liberal aseguró la corona a la Reina, le trataron como a un negro; a Espartero le arrinconaron en seguida; a los oficiales carlistas les favorecieron mucho; decían que todos éramos hermanos, y los nuestros, que se habían batido en invierno con pantalón de dril... iban a Filipinas o a Fernando Póo en cuanto parecían sospechosos.

--Por eso y por cosas análogas hay tantos republicanos en la generación nueva; porque nos hemos convencido de que no queda otro remedio.

--Eso es muy peligroso: el pueblo no está preparado.

--Y como nadie le enseña nada, tiene él que aprenderlo a su costa.

--Es que hoy no hay virtudes cívicas. Si hubierais conocido vosotros a Mendizábal, y luego a Olózaga, que ahora está tan caído...: él fue quien llamó progresistas a los que decían antes _exaltados_. Siempre ha habido más entusiasmo liberal que ahora. ¡Si vierais qué indignación se desencadenó el año 40 contra Toreno y Martínez de la Rosa, porque pidieron la prórroga del medio diezmo, y aun el diezmo entero y la primicia! Pues ¡y cuando Espartero no quiso aprobar la famosa Ley de Ayuntamientos!

--Entusiasmos estériles, y que muchas veces han sido ahogados en sangre.

--En eso tenéis razón. Se condenaba a muerte por cualquier cosa. Desde el fusilamiento de los sesenta compañeros de Manzanares y los veinticuatro de Alicante, el 8 de Mayo, hasta el de los sargentos del 22 de Junio, no ha pasado año sin alguna brutalidad semejante: exceptuando a los Zurbanos, y la muerte de Mariana de Pineda, para quien fue preciso hacer un garrote nuevo, porque tenía el cuello muy delgadito...

--A pesar de lo cual--interrumpió Pepe--hay quien mira con buenos ojos a la Restauración y quien se bate por don Carlos. Si en España quedan monárquicos, y sobre todo borbónicos, es porque nadie lee historia contemporánea.

--En fin, hijos míos, ya sabéis que yo tengo buena memoria: pues bien, desde Diciembre del 43 hasta la Noche Buena del 44, fueron fusiladas doscientas catorce personas, la mayor parte por liberales.

--Tiene Vd. razón, don José; así pagó la corona al partido liberal que, primero por el padre y luego por la hija, había hecho tantos sacrificios...

--Pues si llega a tener espíritu santo la familia--añadió Pepe--nos quedamos sin una gota de sangre.

Al oír este chiste impío, Tirso no pudo aguantar más. El elogio a Mendizábal, la alusión al diezmo y la primicia, el horror a los fusilamientos de revolucionarios, el espíritu liberal que palpitaba en la conversación, le hicieron daño; pero aquello de explotar para una gracia la tercera persona de la Santísima Trinidad, puso el colmo a su indignación. Entonces, levantándose de su asiento, se acercó al grupo que formaban Pepe y Millán junto a don José y, puesto delante del balcón, sobre cuyo hueco claro se destacó su figura negra y espigada, dijo severamente:

--¡Parece mentira que hombres de juicio hablen así!

Millán calló por deferencia a su amigo, y don José porque se arrepintió de haber dicho tales cosas, dando margen al enojo de Tirso: Pepe, más fogoso, se encaró con éste y, aunque hablando moderadamente, le repuso:

--Es natural que tengas simpatías por los partidos reaccionarios; son los que os protegen; pero, ¿negarás que nosotros no podemos mirar bien a la Iglesia? Siempre, y renegando de su origen, ha sido enemiga de la libertad y de la democracia.

--¡La libertad! ¡la libertad! ¿y para qué sirve? Y ¿qué es la democracia? el permitir que manden los pillos. ¡La democracia! ¿Cuántas libras de patatas se compran con eso?

--¡No! la libertad es lo que os mandó Cristo que predicarais; la democracia es _eso_ que os ha permitido a vosotros, clérigos y frailes, nacidos entre los más humildes, escalar los puestos más altos del mundo.

--Pues Mendizábal fue un ladrón.

--Esa es una majadería que no tiene nada que ver con lo que hablamos. Y, mira, no te irrites; pero por lo que me gusta Mendizábal, es por haber sido quien ha hecho más daño a la Iglesia.

--¡Callad, hijos míos, callad!--gritó don José:--¿Vais a reñir ahora? Yo no diré tanto; pero Mendizábal fue un gran hombre. ¡Cuidado si tuvo mérito sacar la quinta de los 100.000 hombres!

Tirso hacía inútiles esfuerzos por disimular su disgusto. En vano afectaba oír en calma aquellas cosas. Su desagrado no era pena, sino ira, viendo que no se había equivocado cuando, a poco de poner el pie en la casa, imaginó que allí no había devoción ni creencias.