El enemigo

Chapter 21

Chapter 214,002 wordsPublic domain

El cura salió haciendo cortesías, sin más conversación y sin que Paz se moviera para despedirle. La pobre niña se quedó sentada en una butaca baja, puestos los codos sobre las rodillas y apoyada la cara en las manos, por entre cuyos dedos se le escapaban las lágrimas, que ni podía ni quería contener. Cuanto más pensaba en lo que acababa de oír, menos crédito le daba; y, sin embargo, por nada del mundo hubiera renunciado a convencerse por sus propios ojos de la falsedad o certeza de la acusación. Una sola consideración la inclinaba a creerla fundada: en lo que Tirso la había dicho, formaban un conjunto tan homogéneo las maldades, estaban tan enlazadas unas con otras las infamias, era todo tan verosímil dentro de lo malvado, que parecía imposible suponerlo invención calumniosa: no había, no podía haber imaginación tan dañina que lo fraguase y dispusiera con aquel ensañamiento. Por otra parte, cuanto más reflexionaba acerca de ello, en medio de la turbación de su espíritu siempre venía a quedar sobre todos los razonamientos de consuelo un dato suelto, aislado, pero en el cual podía tomar origen el cúmulo de culpas de que Tirso acusaba a su hermano: la pobreza de Pepe. Antes de la calumnia en esa pobreza del hombre amado estribaba precisamente el amor de Paz: le creía exento de todos los defectos que desarrolla y acrecienta el oro. Después de calumniado, imaginó verle poseído de cuantas malas pasiones trae consigo el ansia de riqueza. Por algo se dijo: «calumnia, que algo queda.» Otro indicio grave se alzaba contra la inocencia de Pepe: los cargos que se le hacían eran demasiado claros y concretos para ser falsos; no se le echaban en cara intentos más o menos censurables, sino los efectos positivos de su maldad. Bien claramente los enumeró Tirso. Había, según éste, tolerado que cortejase a su hermana un amigo de mal jaez, fue causa de que la madre tuviera que abandonar la casa, llegando a tal extremo de perversión que estaba a punto, si ya no lo había hecho, de llevar a su propio padre a vivir con su querida, para que lo malgastado en mantenerla a ella apareciese como pago de la existencia del enfermo. El hombre capaz de tales cosas ¿no podía serlo también de aspirar a su mano, no por su amor, sino por su fortuna? Cualquiera de aquellas indignidades era bastante a justificar el súbito desamor de Paz, y, sin embargo, para ella sólo una existía que realmente la hiciese mella: la infidelidad, el engaño. Para todo lo demás, su cariño hallaba atenuación o disculpa; aun convencida de su maldad, seguiría amándole; pero ansiaba ser solo, único, absoluto dueño de su albedrío. Dispuesta se hallaba a compartir la infamia de aquel hombre, pero no a poseer su corazón a medias con otra mujer.

Avanzó la tarde sin que Paz se tranquilizara, engolfándose tanto, por el contrario, en sus amargos pensamientos que, sólo al sorprenderla la tarde hundida en la butaca, como viese que iba oscureciendo y faltaba en los balcones el resplandor del día, empezó a vestirse, temiendo que la llamaran a comer. Por vez primera, desde que conoció a Pepe, le parecieron enojosos e inútiles las cintas y los adornos. Su agitación tenía algo de rabia. Cuando se estaba arreglando el peinado, se la cayó deshecho y suelto sobre los hombros un rizo de su hermoso pelo, y ella, recogiéndoselo con ira, tratándolo como a gala inútil, murmuró:

--¡A nadie tengo que agradar!--Y esforzándose en no llorar, acabó su tocado ceñuda y mal humorada, como quien gasta tiempo en tarea baldía.

* * * * *

El día señalado, y a la hora convenida, Pepe y Millán trasladaron a don José a casa de Engracia. El hijo, que la víspera había ya enviado los muebles y las ropas que consideró necesarias para atender al cuidado y comodidad de su padre, vistió a éste cariñosamente, envolviéndole en una manta los pies, que por la hinchazón no era posible calzarle, y esperó a que trajesen la camilla. Leocadia se fue por la mañana, diciendo que volvería; pero dieron las tres de la tarde, y no pareció. El aspecto de la casa ponía grima: todo estaba como cuando tras larga enfermedad viene la muerte, causando momentos de perturbación y desorden: los cajones abiertos, revuelto cuanto había sobre las mesas, y las sillas con montones de ropas tiradas al descuido.

Desde poco antes de las tres se asomó el pobre muchacho varias veces al balcón, esperando que de un momento a otro llegaran los mozos con la camilla. Por fin les vio volver la esquina de la calle Imperial, trayendo suspendido de los recios tirantes aquel armatoste negro, estrecho y largo, con trazas de ataúd. En el movimiento que hizo al retirarse del balcón, soltando las manos de la barandilla, conoció don José que venían los camilleros. En seguida, mirando de frente a Pepe, le dijo, medroso:

--¿Están ahí?

--Sí; ya suben.

Cuando los mozos llegaron a la puerta del piso principal, indicaron que, por lo estrecho de la escalera, era casi imposible subir hasta allí con la camilla, acordándose entonces bajar en un sillón al enfermo, acostarle en la camilla, dentro del portal, y luego emprender la marcha.

El gotoso pesaba tanto, que determinaron bajarle relevándose en cada tramo de la escalera.

--Este señor está de buen año--dijo con la sinceridad de la barbarie uno de los camilleros.

Al sacar a don José del comedor, hubo necesidad de detenerse un momento para apartar un mueble que estorbaba el paso, dejando, entre tanto, que la butaca descansara en el suelo. El dejarla, quitar el estorbo y volverla a levantar, fue obra de un momento; mas como estuviese abierta la puerta de la alcoba que ocupó Tirso, don José fijó con tristeza en ella la mirada, y en aquel cuarto solitario, polvoriento y frío, creyó el pobre anciano ver retratado el abandono en que él había de quedar dentro de pocas horas. Por la ventana, que el cura adornó con papelitos de colores imitando vidrios pintados, penetraba diagonalmente un rayo de sol, y al fondo, destacando sobre la cal amarillenta de la pared, se veía colgado de la percha un trapo largo y negro: era una sotana vieja que Tirso se dejó olvidada. Don José no pudo dominarse. Por un instante venció en él la indignación a la apatía; tomó el egoísmo acento de ira; subiósele el rencor a los labios; inyectáronsele de sangre los ojos y, con voz temblorosa, extendiendo una mano hacia la sotana, exclamó:

--¡Maldita seas!

Bajaron los mozos sin tropiezo su carga; Pepe y Millán tendieron en la camilla a don José, y unos delante, otros detrás, echaron a andar hacia la calle de Toledo.

La puntillera, al ver alejarse el triste grupo, comenzó a desahogar su indignación con grandes voces, y la gente de los portales vecinos formó corro en derredor suyo.

--_¡Quedrán ustés_ creer--decía--que el hijo _güeno_, el que se ha hecho _melitar_, _tié_ que _yevárselo en cá_ un amigo, porque la vieja y la _señoritinga_ no le _quién_ cuidar! ¡Qué sangre más perra _tié_ la muchacha! _enantes_ ha _venío_ a preguntar si habían _sacao_ ya al señor, y por no verlo _yevar_ se ha _marchao_. ¡Vaya un pingo que ha salido la mocita! El _cabayero_ que la pretendía ya no viene, y la muy sin vergüenza va mucho mejor _vestía_.

XXXII

La amargura del desengaño y la impaciencia por adquirir pruebas que lo confirmaran, quitaron el sueño a Paz aquella noche. Al amanecer se quedó adormitada y rendida a la fatiga del insomnio; pero era tal la agitación de su espíritu que, sacudiendo de súbito aquella falsa soñolencia, se levantó, y sin llamar a nadie, se lavó y peinó, poniéndose en seguida el traje más sencillo de cuantos tenía. Los celos lo dominaban todo en su ánimo con fuerza incontrastable: pensaba que su astucia y el tiempo pondrían en claro cuanto se refería al cúmulo de infamias atribuidas a su amante; pero quería saber pronto, inmediatamente, si era verdad que Pepe amaba a otra mujer: lo demás tenía a sus ojos menor importancia.

Como don Luis estaba acostumbrado a verla salir por las mañanas, ya a casa de su modista, ya a las tiendas donde se surtía de cuantas baratijas, chucherías y pequeñas galas necesita una muchacha rica, no imaginó hallar por este lado tropiezo a la realización de su propósito; pero, temiendo que cualquier otra eventualidad lo estorbara, al dar las ocho, se fue con el velo y los guantes puestos al cuarto del aya, y la dijo:

--Avíese Vd. pronto; vamos a salir. Que enganchen.

Sorprendiose la vieja de verla tan madrugadora; mas obedeció sin resistencia, y al cabo de media hora se apearon ambas ante el pórtico de San Isidro el Real.

--Esperad aquí--dijo Paz al lacayo.

--¡Qué capricho!--murmuraba la dueña modernizada.--¡Al demonio se le ocurre venir tan lejos a misa!

--No vamos a misa. Sígame Vd. y calle: si quiere hacerlo por buenas, se lo agradeceré; si no... después hablaremos, o podrá usted resolver lo que guste.

Doña Martina comprendió que convenía ceder. Si se oponía obstinadamente al capricho de Paz, nada lograría en aquel momento; y si luego contaba lo sucedido a su padre, de fijo, enemistada ya con la señorita, ésta la haría saltar pronto de la casa. Tuvo, sin embargo, un instante de vacilación; le faltó poco para dejarla sola: por fin, la curiosidad venció sus escrúpulos y echó a andar tras de Paz, que ya la llevaba unos cuantos pasos de delantera. Iba presa de una emoción indefinible, murmurando incesantemente:--«calle de la Pasión... una casita baja, de revoque amarillo... que hace esquina...» Atravesaron la calle de Toledo, entraron en la de los Estudios, anduvieron toda la del Cuervo y, al llegar a la Plazuela del Rastro, preguntó Paz a una mujer dónde estaba la Ribera de Curtidores, con propósito de seguir adelante, hasta encontrar la esquina de la calle de la Pasión.

Como era domingo y hacía una mañana hermosa, la Ribera de Curtidores estaba llena de gente: cada puesto de ropas usadas, trastos viejos, telas, clavos, armas, colillas y herramientas, tenía delante un grupo de gente que vociferaba y bullía, regateando con indescriptible griterío. Paz, impresionada con la novedad de aquel Madrid que le era desconocido, miraba en derredor, asombrada, sintiendo vergüenza, pareciéndole indignos de ella el sitio y la ocasión. Notando que su traje, a pesar de lo sencillo, excitaba la curiosidad, se quitó los guantes y, disimuladamente, se colocó el velo como las mujeres que pasaban a su lado. En esto, cruzando por entre tenderetes y puestos, llegó frente a la calle de la Pasión. El letrero que indicaba el nombre de la calle estaba precisamente colocado en una casa baja, de revoque amarillo. «No ha mentido»--pensó Paz--y, dirigiéndose al aya, la dijo, con acento que no admitía réplica:

--Párese Vd. aquí conmigo.

En torno de las dos mujeres se oían los gritos de los vendedores ambulantes; los hombres decían desvergüenzas que las chulas recogían con sonrisas, y de aquella aglomeración de cuerpos poco limpios se desprendía un olor nauseabundo. A Paz le daban impulsos de marcharse sin averiguar nada; pero, atormentada por los celos, no apartaba la vista de la casa de Engracia. El aya seguía repitiendo de rato en rato:

--Pero, ¿qué es esto? ¡Cuánta gentuza! ¿A qué hemos venido?

Paz, sin oírla, permanecía inmóvil con la mirada fija en la puerta de la casa. En la esquina tres chicos jugaban a la toña; pero, como excepto ellos casi nadie había por allí, era seguro que, si Pepe salía o entraba, le vería sin dificultad. Según trascurrían los minutos, que a ella se le antojaban inacabables, como él no parecía, a la muchacha se le iba desacerbando el alma: sus ojos cobraban animación y vida. No cesaba de mirar al reloj: cuanto menos tiempo quedara para que Pepe acudiese al cuartel, más probabilidades había de que no viniera o no estuviese allí... con aquella mujer. De esta suerte trascurrió largo rato: el dueño del puesto junto al cual se habían detenido, comenzaba a fijarse en ellas. Paz, desasosegada, fuera de sí, se mordía los labios, pugnando por tragarse las lágrimas, y el aya la miraba sin atreverse a chistar.--«No viene, no viene»--pensaba la pobre niña, en cuyo corazón arraigaba rápidamente la esperanza.--«¿Estará dentro?»--la decían sus celos. Marcháronse los chicos que estaban jugando a la toña, y la esquina de la calle de la Pasión quedó desierta unos instantes: Paz no miraba ya más que a la puerta, creyendo que era tarde para que viniera. Pensaba que, si le veía, sería al salir.

De pronto tuvo que apoyarse en uno de los maderos que sostenían el tenderete junto al cual estaban. Pepe había salido del portal y, parado en la acera opuesta, miraba hacia los balcones, uno de los cuales se abrió al mismo tiempo, apareciendo en él Engracia con su chico en brazos. Pepe dio unos cuantos pasos hacia lo alto de la calle, moviendo la mano en señal de despedida.

El piso, principal de los antiguos, era muy bajo, y don José tenía colocada la butaca junto a la vidriera de modo que Pepe, gracias a la empinada cuesta que allí forma la calle, podía ver a su padre desde la acera opuesta, sin que Paz se diera cuenta de ello. Engracia levantaba en los brazos a su hijo que, alegre y sonriente, movía las manitas correspondiendo a la despedida de Pepe. La vista del niño produjo a Paz una impresión horrible. Avanzó unos cuantos pasos, tan cegada por la ira, que el aya, al mirarla en aquel estado de exaltación, la contuvo:

--Señorita, ¡por Dios! pero ¿qué es esto?

Había ya desaparecido Pepe por lo alto de la calle de la Pasión, y aún continuaba Engracia en el balcón, volviéndose algunas veces a mirar a don José. El niño, agitando las manitas, gritaba _Pepé, Pepé_, y aquellos gritos, que Paz oyó clara y distintamente, por lo corto de la distancia que les separaba, la destrozaron el corazón. Engracia, tranquila y con la sonrisa en los labios, seguía levantando el niño, sin señal de tristeza, como era natural que estuviese, no siendo pariente ni amante suyo el que se iba.

--Vámonos--dijo Paz de pronto, con la voz ahogada por un sollozo; y dirigiéndose de nuevo hacia arriba, tomó la vuelta a San Isidro.

Al entrar en la calle del Cuervo, vio a Tirso parado ante el escaparate de una cerería: iba de paisano, y sólo le reconoció al escuchar su voz.

--Estaba seguro--la dijo tristemente--de que vendría Vd.

--¡Era verdad! No había Vd. mentido.

--Adiós, señorita. El Señor la cure de ese amor, indigno de Vd. La misericordia de Dios es inagotable.

Paz, con el alma acibarada por el despecho, y doña Martina, confusa y asombrada, llegaron a San Isidro, subiendo al coche sin entrar en la iglesia.

--Es hermosa--dijo maquinalmente Paz, a quien hostigaba el pensamiento la belleza de Engracia.

--Sí, pero ordinaria.

--A papá, ni una palabra, ¿estamos? Ya sabe Vd. que soy agradecida.

Luego, violentándose por aparecer serena, murmuró, como quien habla solo:

--Esto se acabó, esto ha concluido... para siempre.

Tirso, parado al pie de la escalinata de ingreso a San Isidro, vio tranquilamente alejarse al carruaje de Paz. Estaba seguro de que la decepción sufrida por la pobre niña provocaría en su ánimo una crisis en que, tras la desesperación, vendrían, primero el abatimiento, y luego la resignación. Amando como ella amaba, jamás buscaría lenitivo en el olvido, consuelo en otra pasión, ni venganza en las sugestiones del despecho. Cuando esto ocurriera, cuando doblegada por el dolor cayese en brazos de la resignación, entonces sería llegado el instante oportuno para dirigir su pensamiento y encauzar sus sentimientos, trasformándolos de terrenales en piadosos, haciendo que de entre las cenizas del amor mundano surgiese ese divino fuego místico que abrasa y no consume. Nada pensó respecto a quién había de ser el pastor que recuperase la oveja así conquistada para el redil de Cristo; no soñó con vanagloriarse por tal triunfo, ni paró mientes en las promesas de la Condesa de Astorgüela. Sólo consideró la ocasión de consagrar a Dios un alma arrancada a las impurezas del mundo. Que fuese él o fuera otro el que obtuviera el triunfo, poco importaba: lo esencial era conseguirlo.

Para su hermano Pepe, cuya dicha acababa de extirpar como planta arrancada de cuajo, no tuvo un solo impulso de rencor. La rivalidad y antagonismo que de él le separaban, nada eran ni valían ante la alteza y rectitud de sus propósitos.

XXXIII

La mañana en que Paz creyó ver demostrada la infidelidad de su amante, llegaron a Madrid noticias de lo mal qué iba la guerra para las armas liberales. El gobierno, queriendo ocultarlo, publicó en la _Gaceta_ un parte, que solamente hablaba de pequeñas partidas alzadas en Galicia; pero los periódicos, suplementos y extraordinarios dieron la voz de alarma; con lo cual la sorpresa de la corte fue tan grande como inconcebible estaba siendo su apatía. Cuando la capital se enteró de que los voluntarios del Pretendiente, organizados en divisiones y cuerpos, podían hacer frente a las tropas, nadie dejó de convenir en que era necesario hacer un esfuerzo supremo. En los casinos, cafés y clubs, hasta en los corros de las calles se notó en el centro del día esa efervescencia síntoma de la inquietud popular. Todo el mundo estuvo conforme, se vociferó, se acusó de débil al gobierno, de carencia de disciplina a los soldados, de falta de pericia a los jefes... y por la tarde todo Madrid se fue a los toros.

* * * * *

Se lidian ocho del Duque en corrida de beneficencia. Hora y media antes de la fiesta comienza a romperse la línea de vehículos tendida entre la Puerta del Sol y las Calatravas. Los mayorales, que han pasado la mañana reunidos en grupos, liada al braza la tralla, fumando y escupiendo por el colmillo, mandan noramala a las desharrapadas mozuelas que, con el décimo de la lotería en la mano y la hez del idioma en los labios, van de uno en otro ávidas de piropos soeces; cada hombre se coloca en su puesto, y empieza a oírse el grito tentador:

--¡Eh, arriba! ¡a la plaza!

Al principio los coches se llenan sin grandes apreturas, arrancan primero los mejores, ómnibus enormes y seguros _breaks_ de forma extranjera ya españolizados, con suertes del toreo pintadas en portezuelas y cajas; después, a falta de los buenos, la gente toma por asalto los que van quedando; jardineras con las ballestas rotas y mal encordeladas, tartanas quebrantahuesos y ómnibus pequeños, de aquellos viejos que años antes iban _a dos riales al patíbulo_, todos tirados por mulas y caballos trasijados que ostentan en el pescuezo collarones a la jerezana pagados con la escatima del pienso, sin que su pobre costillaje ponga lástima en el corazón de la chulapería, ávida de empezar a varazos.

--¡Eh, arriba, _cabayero_!

--¡Señorito, a la plaza!

Un poco más tarde llegan por las bocacalles y pasan rápidamente, tirados por hermosos brutos, los carruajes de los ricos y sus parásitos, mostrando la gente adinerada afán de imitar al pueblo en la manera de vestir. Los hombres van de americana y pavero; las mujeres con flores puestas en el pelo a lo gitana, luciendo unas la mantilla de blonda blanca y otras la de casco de color con sedosos madroños negros, que sombrean dulcemente la cara. Corren los simones, insultándose los cocheros de pescante a pescante sobre cuál pugna por adelantarse, y a las ventanillas asoman entre bocanadas de humo, ya el rostro moreno y bigotudo del madrileño de los barrios bajos, ya la carnicera rumbosa cargada de joyas anticuadas, que ciñe a sus hombros el rico pañolón de colores brillantes. Al trote de un rocín miserable, y con el mono sabio a la grupa, va el picador, cuyas formas atléticas contrastan con el tipo enclenque de algún señorito que sirve de cochero a su lacayo; y en potros inquietos que bracean con fuerza van el chalán que deja la bestia en un merendero durante la corrida, y el alguacilillo vestido como los que aborreció Quevedo. Entre los de a pie, que continuamente se desvían de la acera para tomar corriendo los primeros ómnibus que vienen de retorno, marchan confundidos el _gatera_ que con mil trabajos, ninguno limpio, reunió el precio del tendido, el hortera _endomingado_, el estudiantillo que parodia en el vestir al elegante rico, la modistilla engalanada con el trabajo de sus manos, y algún que otro viejo ávido de censurarlo todo echando de menos los calesines y las majas del tiempo del _rey neto_. A pie van también la chula y su amante, ella orgullosa, él celoso, haciendo ambos mutua ostentación de sus personas: el mozo con calzado de lo fino, pantalón ajustado, pavero y chaquetilla de pana: la chica con el cabello ensortijado, un peinecillo en cada rizo, pañuelo de seda caído sobre la espalda porque no oculte lo primoroso del peinado, y sobre los hombros el gran mantón de Manila que se empeña en los apuros, y por entre cuyos largos flecos asoman a cada paso dé su graciosísimo andar los bajos limpios y los pies chicos. Como ella lleva los ojos lucientes de malicia y la boca rebosando picardía, los señoritos la miran con codicia, y entonces el chulo, porque vean que la muchacha es suya, la requiebra con insolencias que ella estima como madrigales dulcísimos.

En _landó_ de alquiler va una familia extranjera mirando a todas partes ansiosa de color local, armada de paraguas y gemelos; y en su _victoria_, alta la frente y provocativa la mirada, descuella la hermosura alquiladiza de alguna pecadora que, al sentarse en delantera de grada, será acogida con expresivo vocerío. De pronto todos miran hacia un mismo sitio. Entre el confuso tropel de carruajes pasa una carretela donde lleva un matador a sus peones: en el pescante el criado muestra con orgullo los estoques y el lío de capotes, los diestros sonríen serenos, el sol arranca destellos a los bordados de las chaquetillas, la escolta de granujas forcejea por subirse a la trasera, y al desaparecer el coche deja tras sí un murmullo de admiración jamás inspirada por los hombres que mejor sirvieron a la patria... Luego cesan poco a poco el cascabeleo y los trallazos, hacia la Puerta de Alcalá se divisa una larga fila de simones que vuelven con el _se alquila_ puesto, y la calle recobra su aspecto normal. Al anochecer, la gente que sale de la plaza marcha de prisa, como espoleada por el hambre, y hasta en los barrios más apartados empieza a oírse el pregonar de los periódicos taurinos, recién impresos y húmedos, que son un _mentís_ para quien tache de poco activa a nuestra raza.

* * * * *

El mismo día y a igual hora, la calle de Atocha presentaba distinto aspecto. Las tiendas estaban cerradas, no había estudiantes en la entrada de San Carlos, ni corros ante las tabernas, ni chicos jugando en las socavas de los árboles. En el largo trecho comprendido entre la plaza de Antón Martín y la fuente de la Alcachofa, apenas transitaba gente; los balcones estaban cerrados, como si el sol y la fiesta hubieran arrancado a todo el mundo de su casa; no se oían más ruidos que el lento campanilleo de algún carro y el silbar entrecortado y rápido de las locomotoras que maniobraban en la estación del Mediodía.

De pronto se escuchó a lo lejos sonar de cornetas cada instante más fuerte, y en seguida rumor de música militar que se venía aproximando. Después, en el repecho que forma la calle ante el Hospital, apareció un batallón de los acuartelados cerca de los _Doks_, que se dirigía a la estación del Norte. Primero se distinguieron, desde lo alto de la cuesta, la escuadra de gastadores y el grupo que formaba la banda, en cuyos instrumentos de cobre reverberaba la luz reflejos vivísimos: luego se vio venir la ancha columna formada por la tropa, sobre cuya oscura masa lucían las bayonetas heridas por el sol.