Chapter 20
Pepe, poseído de una tristeza rayana en la desesperación, carecía de calma para coordinar las ideas: esforzábase por adivinar lo que hubiera ocurrido; pero sus suposiciones y conjeturas quedaban suspensas, como truncadas por la inacción del pensamiento, que no podía fijarse ni insistir en nada. En vano quería, ahondando con la memoria en lo pasado, recordar algún rasgo, alguna acción de su madre que permitiera suponerla capaz de ocasionar fríamente la dispersión de la familia: todo esfuerzo era inútil, nada podía recordar que arguyese en contra de la que siempre fue buena y cariñosa. La doña Manuela posterior a la llegada de Tirso, parecía borrada de la imaginación de Pepe, surgiendo en su lugar la madre amantísima, _la de antes_, como si le repugnase considerar nada que aminorase la grandeza del bien que iba a perder. Los errores, las culpas y faltas de aquellos últimos meses, se desvanecían ante el recuerdo de los mimos de la infancia, las caricias de la juventud y los cuidados de siempre.
De pronto se abrió la puerta de cristales, que daba a la ronda, y entró Millán, yendo a sentarse junto a su amigo. Venía mal encarado, con los ojos aún abrillantados por la ira.
--¿Qué ha sucedido? ¿La has visto?
--No me han dejado verla. La batalla ha sido con tu hermano.
--¿Y qué?
--Lo peor... Es necesario que tengas valor y sangre fría. ¡Me han dado ganas de pegarle! Tu madre se queda de vigilanta, no hay poder humano que la arranque de allí; pero lo más irritante es que adoptan el papel de víctimas, y dice Tirso que, abandonadas por tí, él procurará que las recojan... en fin, un secuestro en regla, sin que podamos hacer nada para evitarlo. Además, sería imposible encontrar juez que se atreviera a meterse con la hermandad o lo que sea.
Pepe, sin contestar, dejó caer tristemente la cabeza sobre el pecho. El mozo que se había acercado a preguntar a Millán lo que quería tomar, se alejó, sin atreverse a pronunciar palabra.
Tras unos segundos de silencio, esforzándose por parecer sereno, Pepe se limpió el rostro con el pañuelo, diciendo:
--¡Sea lo que Dios quiera! ya no me importa nada lo demás. Confío en que Engracia y tú cuidaréis de papá: me iré tranquilo.
--¿Pero es seguro que te obliguen a salir de Madrid?
--Inevitable: el regimiento ha recibido ya la orden. Hoy es jueves: mañana o pasado nos darán no sé qué cosas por administración militar, para completar los equipos, y al otro por la tarde nos vamos.
--¿El domingo?
--Sí.
--Siendo así, de hoy al sábado tenemos que llevar a don José a casa de Engracia.
--No hay otra solución. ¿Cómo he de dejarle expuesto a que mi madre y Leo se desentiendan de él en absoluto? Mientras ellas alumbran al Santísimo, se muere mi padre el día menos pensado, sin tener quien le ampare. Mañana te daré también el dinero que me queda: con llevarme quince o veinte duros, tengo de sobra. No habrá muchos que lleven más.
--¿A qué hora lo hacemos?
--El sábado por la mañana iré yo a despedirme de Paz. ¡Me cuesta un trabajo!..... Casi me dan ganas de escribirla, y nada más. Luego, por la tarde, a la hora que quieras. ¿No me dijiste el otro día que conocías un médico de la casa de socorro? Como papá no puede ir por su pie, y el encajonarle en un simón sería incómodo porque no podría llevar las piernas extendidas... si lograses que nos dejaran una camilla...
--Cuenta con ella. ¿Tienes seguridad de estar libre a la hora que convengamos?
--Sí: la recomendación que me procuraste para el coronel lo allana todo: me ha dicho esta tarde que basta con que esté desde temprano a su lado el día de la marcha, es decir, el domingo.
--Pues, chico, no hay más que hablar, y paciencia.
--¿Crees que no debo intentar ver a mi madre? ¿No piensas que se ablandaría si yo la hablase?
--No te dejarían; y además, te conozco. Vas allí, armas una marimorena horrorosa, y nos echamos encima otra complicación.
--Quizá tengas razón.
--Respecto a don José, puedes estar tranquilo: _aquella_ le cuidará bien, y yo... vamos, me parece una tontería hacer promesas.
--Vámonos; quiero pasar las noches que faltan con mi padre.
--Convengamos antes la hora. ¿Te parece bien a las tres?
--Como quieras. Yo lo tendré todo dispuesto.
--¿Qué muebles piensas enviar a casa de Engracia?
--Entre mañana y pasado mandaré una cómoda, un armarito, una lámpara y dos banastas con ropa: la cama y la butaca, el potro, como papá la llama, no podrán llevarse hasta el último momento.
--Bueno; pues ya lo sabes, por si antes no nos vemos: el sábado a las tres, sin falta, voy con la camilla.
--Asunto terminado.
Ya anochecido, salieron juntos del café y Millán dejó a su amigo cerca de la calle de Botoneras.
Pepe pasó toda la noche junto a su padre. Hasta las nueve conservó esperanza de ver llegar a la madre; pero, poco más tarde, vino sola Leocadia, diciendo que doña Manuela se quedaba de guardia. En aquel momento sufrió el pobre muchacho el verdadero desengaño y, perdida toda esperanza, acostó al padre. Apenas hablaron. El viejo, en quien el egoísmo y el temor a la falta de asistencia hacían gran mella, preguntó a su hijo:
--¿Tienes seguridad de que esa chica me tratará bien?
--Sí. Engracia está perdidamente enamorada de Millán y, por tenerle contento, se esmerará en cuidarte. En realidad no has de serles gravoso, porque yo les dejo dinero para cuanto necesites.
--Y ¿crees que tu madre no vendrá?
--No lo espero, papá; no hablemos más de eso. Me parece mentira lo que está pasando.
--A mí también.
--Vaya, a descansar.
--No podré, hijo mío; no podré.
Media hora después, estaba profundamente dormido.
* * * * *
Con arreglo a lo convenido entre Pepe y Millán, el viernes llevó un mozo a casa de Engracia varios muebles, en diversos viajes, y dos banastas de ropa, quedando en la calle de Botoneras la cama y la butaca de don José, que no podrían sacarse de allí hasta ser trasladado el enfermo. El sábado, Pepe se vistió temprano para ir a despedirse de Paz; y su hermana, sospechando, por el traje que se ponía, cuál era el objeto de su salida, corrió a avisar a Tirso.
Pepe, entre tanto, se avió pronto, con propósito de llegar al _hôtel_ antes de que don Luis concluyera de vestirse y saliera al despacho, seguro, por este medio, de poder hablar un rato con su novia. En el camino estuvo dos veces a punto de volver pies atrás: por fin, el deseo de verla pudo más que el temor de la separación. Al entrar en el cuartito de la biblioteca, donde había nacido aquel amor que era la única alegría de su vida, casi le faltaron fuerzas. Creía que, con el tormento de pensar en su madre durante la pasada noche, había agotado todos los sufrimientos imaginables; y, al ver cercano el momento de alejarse de Paz, sintió que aún le cabía en el alma más dolor. ¡Qué grande y hermoso apareció, en cambio, a sus ojos, el cariño de su amante! ¡Qué contraste formaba aquella pasión desinteresada con la conducta de su madre! Ésta debió consagrarle la vida, y huía de él, trastornada por una aberración, sin que con el amor maternal supiera vencer al fanatismo, mientras la señorita, colocada en esfera propicia a despertar ambición y orgullo, le ofrecía su porvenir, sin que lo lejano del bien a que aspiraba enfriase el fervor de sus promesas, sin que le arredrasen la desigualdad social ni la pobreza del hombre a quien quería.
Apenas oyó Paz el ruido de los pasos de Pepe, fue al despacho.
--No nos van a dejar solos más que unos minutos: Papá está concluyendo de vestirse: dime lo que hay, pronto.
--Me voy mañana.
--¿No hay esperanza de evitarlo?
--Ninguna: mañana, sin falta.
--¿Y tu madre?
--Todo ha sido inútil: se queda en el convento.
--¿Y tu padre?
--Esta tarde le llevo a casa de mi amigo Millán.
--¿Es cosa resuelta?
--Sí.
--¿Tienes confianza en mí? ¿Crees que yo puedo ofenderte, sea cual fuere lo que te diga?
--No, alma mía. Habla sin miedo.
--Mira, Pepe: yo tengo ahorritos de lo que papá me da todos los meses para alfileres: muy poco... ¿lo quieres? No para tí, no; para tu padre.
--No, vida mía, gracias: no quiero nada.
--Pues dime que no te ofendes porque te lo haya dicho.
--Tú no puedes ofenderme, aunque quieras.
Paz cogió a su novio la mano, y viendo que llevaba en ella el anillo que le había dado, se la acercó a su pecho, oprimiéndosela fuertemente, mientras, mirándole con fijeza, le dijo:
--Te llevas mi alma, Pepe, y la promesa de que no seré de nadie más que tuya.
--Yo te juro que ni he querido, ni querré nunca más que a tí.
Ella entonces, en un arranque de impudor admirable, sin sombra de torpeza en el pensamiento, le echó al cuello los brazos, murmurando suplicante en su oído:
--¡Bésame!
Y él, estrechándola contra su corazón, la besó en la boca y en los ojos.
Pocos instantes después entró don Luis, y oyendo las causas de la determinación de Pepe, le prometió interesarse en favor suyo para facilitarle pronto regreso a Madrid con destino a cualquier oficina militar: diole él gracias y se despidieron. Paz, al verle marchar, se entró a su gabinete, y desde allí, apoyada la frente en la vidriera del balcón, le vio perderse entre los árboles del paseo, como el primer día que se hablaron.
En seguida se echó en una butaca y lloró, sin que el dejo dulcísimo de aquel beso, que aún creía sentir sobre la boca, bastase a mitigar la amargura que la inundaba el alma.
XXXI
Sabedor Tirso, por Millán, de la resolución que adoptó su hermano, y enterado, por Leocadia, de cuándo había de despedirse de Paz, creyó llegado el instante propicio para dar el golpe que fraguaba. Desde que, primero la Condesa de Astorgüela, y luego las personas que para ello tenían autoridad en las _Hijas de la Salve_, le encargaron que procurase quebrantar la entereza de don Luis de Ágreda respecto a su negativa en lo de la cesión del terreno que poseía inmediato al convento, no dejó de pensar en el asunto, pero sin hallar modo de acometer la empresa con esperanza de éxito. Dirigirse en derechura al señor de Ágreda, era bobada: un hombre de sus antecedentes políticos no se expondría por nada del mundo a que otro senador más avanzado le arrojase al rostro en plena sesión el dictado de protector de monjas; y en cuanto a determinar la intervención de Paz, entendía que era expuesto.
Si la muchacha no se interesaba eficazmente en el asunto, nada podría lograrse; y si se le ocurría consultarlo con su novio, el fracaso era indudable. La base del plan habría de ser, forzosamente, malquistar a Paz con el hombre a quien amaba, eliminando de esta suerte una influencia contraria al logro que se apetecía. En un principio pensó Tirso que el tiempo y su santo celo harían lo demás: según sus cálculos, tras el profundo dolor de Paz, vendría el agradecimiento a su salvador, que acaso se convirtiera en consejero. Hasta imaginó que, si por temor a su padre no llegaba a recibirle en su casa, le buscaría en el sagrado tribunal de la penitencia, lo cual facilitaría que las _Hijas de la Salve_ vieran cumplidos sus deseos, al par que él, prodigando consuelos a la víctima del amor mundano, quizá la indujese a desear la verdadera perfección cristiana, trocando los peligros de la pasión y las impurezas del matrimonio por el himeneo místico con el _Unico_ que jamás engaña. Luego, sospechando que el tiempo y el celo que él empleara podían estrellarse contra el imperio que el amor ejerciese en el corazón de aquella mujer, para él desconocida, optó por obrar con mayor energía, y de tal modo, que el asunto tardase muy poco en resolverse. Su primer pensamiento fue jesuítico y solapado: la decisión a que se inclinó, más conforme a su carácter franco y violento. Harta paciencia tuvo para no intentar nada hasta aquel momento. Cuando Leocadia le dijo que Pepe, a juzgar por la ropa que se puso, debió ir a despedirse de su novia, Tirso, resuelto a llevar las cosas de prisa, determinó ver dentro del mismo día a la muchacha, fiando, mucho más que en su propio ingenio, en la emoción que había de causarla la sorpresa.
* * * * *
Estaba Paz sola en su cuarto, tristemente impresionada con la despedida de por la mañana, todavía en ropas de levantar, sin gusto para engalanarse, descuidado el vestir y no muy enjutos los ojos, cuando entró la doncella diciendo que un sacerdote deseaba hablar a la señorita. Creyó ésta que venían a pedirle limosna o ayuda para alguna obra de caridad, como a veces acontecía, y mandó que entrase el recién llegado. A los pocos instantes, en el gabinete, alegre y claro como un día hermoso, apareció la severa figura de Tirso, cuyos manteos semejaron enorme mancha negra arrojada sobre la alfombra blanquecina y los muebles de matices pálidos.
--Tome Vd. asiento, y tenga la bondad de decirme en qué puedo servirle.
--Vengo, señorita, a tratar un asunto de la mayor importancia--y al decir esto se sentó, algo cohibido por el aspecto de aquella habitación, que parecía impregnada de cierto encanto mujeril para él desconocido.
Paz, comprendiendo que no se trataba de una obra de caridad, y como no adivinase cuál era el objeto de la visita, repuso:
--Papá ha salido.
--No deseaba ver a su papá, sino a usted misma, señorita.
--Entonces, Vd. dirá.
--Ante todo, la ruego que tenga en cuenta que sólo por circunstancias verdaderamente graves me he tomado la libertad de venir a importunarla. Se trata de un serio disgusto de familia, del cual, por desgracia, va Vd. a participar.
Paz se acordó entonces repentinamente de que el hermano de su novio era cura.
--¿Usted es el hermano de Pepe?--le dijo con viveza.
--Efectivamente, señorita. Vengo a cumplir un deber muy penoso para el sacerdote y para el hombre.
--¡Pronto, por favor, dígame Vd. lo que ocurre! ¿Le sucede a Pepe algo malo?
Su fisonomía se alteró por completo: Tirso comprendió que estaba realmente enamorada.
--Pepe se va--dijo, afectando tristeza.
--Lo sé. Esta mañana se ha despedido de mí. ¡Mire Vd. cómo tengo los ojos de llorar!
--Así están los de mi hermana y mi madre, señorita.
--¿Y qué puedo yo hacer, pobre de mí? Usted, como no está en antecedentes, no sabe el cariño que le tengo; es imposible que lo imagine Vd... Si él me hubiera dicho lo que proyectaba, vamos, yo lo evito. Hasta me hubiese echado a los pies de mi padre confesándoselo todo; en fin, ¡qué sé yo!... pero no se hubiera marchado. Ahora, ¿qué hemos de hacer?
--Todo ha sido inútil. Ni el ver llorar a su madre... ni el estado de nuestro padre... no ha tenido consideración a nada. No reconoce más ley que su capricho.
--Le juzga Vd. con demasiada dureza.
Tirso, sonriendo amargamente, extendió las manos, como quien dice: «ahora lo veremos,» y la interrumpió con estas palabras:
--Repito que Vd. no le conoce, y no es extraño que la haya engañado, cuando sus padres han tardado tantos años en saber lo que era. Hoy, desgraciadamente, ya lo sabemos.
Paz se puso en pie, como dando por terminada la entrevista: aquello le parecía una monstruosidad. Además, recordando el diálogo con Pateta, desconfió de la veracidad del cura. Pero éste, sin alterarse, prosiguió:
--Cálmese Vd. señorita, y óigame con cachaza, que el asunto la interesa: Pepe no es lo que parece. ¿Quiere Vd. que en pocas palabras la diga lo que ocurre?
--¡Me está Vd. haciendo mucho daño!...
--Pero Vd. no me cree, y es necesario que yo la persuada. Escuche Vd. y tenga un poco de valor. Por disputas pueriles conmigo, que ningún daño le hice, por si en casa debían o no observarse ciertos deberes religiosos, Pepe ha llevado las cosas a un extremo que Vd. juzgará. Comenzó por reñir conmigo, so pretexto de que me opuse a que nuestra hermana sostuviese relaciones con un amigote suyo, perdido de la peor índole. Logré convencer a Leocadia... y, la verdad, nunca me lo ha perdonado. Luego, por pequeñeces, como la de si habíamos o no de comer de vigilia, exageró su furia y se ensañó con nuestra madre: ¡esto es lo que me ha hecho más daño! La pobre ha tenido que marcharse de casa. ¡Gracias a que yo he logrado que la recojan en una comunidad que me protege! Por culpa suya, nuestro padre no tiene hoy quien le ampare y asista. Pero aún hay más: a todo esto ha añadido una ofensa cruel, que indica hasta qué punto tiene olvidados los más sagrados deberes filiales.
--Permítame Vd. que le haga una sola observación. Me consta que las relaciones de Vd. con Pepe no son tan cordiales como debieran... Yo le quiero con toda mi alma, y nada puedo creer de lo que Vd. me dice. Es preciso que yo le hable... Después, veremos.
--Déjeme Vd. acabar. A todas sus maldades ha añadido otra mucho mayor.
Paz volvió a sentarse, ocultando entre las manos los llorosos ojos.
--Y no queremos de ningún modo ser cómplices de una nueva infamia. Hemos sabido sus relaciones con Vd., tan digna, tan buena y respetable. En fin, no podemos soportar la idea de que Vd. algún día nos juzgue sabedores, tal vez cómplices, de la perfidia de su ingenio. No la quiere a Vd., no puede quererla, señorita. Usted une, a sus muchas cualidades, la riqueza: esta es la madre del cordero.
--Es mentira--dijo Paz ofendida--me quiere por mí, por mí sola. Lo que Vd. dice no es verdad.
--¡Ojalá no lo fuese! Pero no hay que forjarse ilusiones. ¿Sabe Vd. dónde intenta llevar a nuestro padre?
--A casa de un amigo suyo.
--No, a casa de una mujer con quien tiene relaciones y que ha sido antes querida de ese mismo amigo.
--¡Imposible! Pepe no es capaz de eso.
--Estoy completamente seguro de lo que afirmo: a esa mujer es a quien ha entregado el dinero de la sustitución.
Paz, en el colmo del estupor, miró a Tirso como una fiera. Fue el único momento de aquella escena en que el cura consideró horrible lo que estaba haciendo. Mas era ya absurdo retroceder. Las lágrimas, que en amargo tropel se asomaban a los ojos de la enamorada, quedaron detenidas y, fuese máscara del amor propio ultrajado o serenidad fingida, en su cara se dibujó de pronto una calma pasmosa: queriendo aparecer tranquila, se enjugó el llanto con el pañuelo; pero el dolor pudo más, y del pecho se le escapó un sollozo largo y angustioso que parecía quejido de alma moribunda.
--¡No lo creo, no creo nada!--decía, como si la negación le pareciese respuesta bastante eficaz a contrarrestar lo que acababa de oír.
--¡Qué daño me hace causar a Vd. tanto mal! Y, sin embargo, es preciso; porque ni mi madre ni yo queremos aceptar la responsabilidad de ocultar culpas de esta índole. No la quiere a Vd. ¿No la digo que el dinero que acaba de recibir se lo ha entregado a esa mujer, y que pretende llevar a su casa a nuestro padre, para que el mantenerla a ella parezca retribución por cuidar a su padre?
--Quiero hablar con él, quiero verle. ¡Yo le mandaré venir!
--¿Y para qué? ¿Para oír juramentos falsos? Negará. La dirá a Vd. que se lleva a mi padre porque nosotros le tenemos abandonado. Me echa a mí la culpa de todo; dice que mi fanatismo es el solo culpable, que aconsejo a nuestra madre que vaya a la iglesia y no se ocupe de otra cosa. Las apariencias están, quizá, a favor suyo. Dirá que la Engracia no es querida suya, sino de su amigo Millán, porque antes lo fue, y callará que él ha hecho traición a su amigo, como nos ha engañado a todos.
Cuanto se refería a las relaciones de Pepe con sus padres, quedó ante los ojos de Paz borrado por aquellas afirmaciones: pidió pruebas, esperanzada con que no se las darían, o ansiosa de poder desmentirlas, y entonces ella misma se prendió en la red que la tendían.
--¡Mentira!--dijo.--Y esa mujer, ¿quién es? ¿Cómo sabe Vd. que él la quiere?
--Me ofende, señorita, que acoja Vd. de este modo el paso que doy, encaminado solamente a dejar a salvo mi conciencia, procurando a Vd. un amargo, pero saludable desengaño; porque ya he dicho que mi madre y yo nos resistimos a que nunca pueda usted imaginar que contribuimos a que Pepe busque tan indebido modo de hacer fortuna... Respecto a las relaciones de mi hermano con esa desdichada joven, estoy seguro de que son ciertas. Ella vive en la calle de la Pasión, ignoro el número; es en una casita vieja, muy baja, de revoque amarillo, con un zapatero en el portal, y que hace esquina a la Ribera de Curtidores. Yo también me resistí a creerlo; pero tuve que rendirme a la evidencia.
--¿De modo que le ha visto Vd. entrar allí con ella o ir a buscarla?
--Sí, señorita; varias veces. La primera... casi por casualidad... luego, porque quise convencerme de ello.
--Y ella dice Vd. que se llama Engracia... ¿eh? El número no lo recuerda...
--No tiene _pierde_, como vulgarmente se dice. Es la casa que hace esquina a la calle de la Pasión y la Ribera de Curtidores.
Paz, que jamás había oído tales nombres, se fijó en ellos con cuidado: Tirso prosiguió:
--Esta mañana se ha despedido de Vd.; pero los últimos instantes que pase en Madrid... tenga Vd. valor, señorita, serán para ella: estoy seguro de que irá a verla. Según me han asegurado, debe salir de Madrid mañana por la tarde; su obligación es estar en el cuartel desde muy temprano; pero contando al coronel a su modo la necesidad de trasladar a papá de casa, ha conseguido que le dejen la mañana libre. Por la mañana supongo yo que irá a ver a esa mujer, a cuya casa deben haber llevado hoy a mi padre que, en el fondo, es el culpable de todo.
--Yo le prometo a Vd. que saldré de dudas; y luego, Dios dirá.
Como Paz, al decir esto, se levantara del asiento, nerviosa y desasosegada, Tirso creyó oportuno dar por terminada la entrevista.
--Persuádase Vd., señorita, de que no he dado este paso sin verdadera aflicción de espíritu; pero, ya lo he dicho, ni mi madre ni yo podíamos consentir en aparecer como encubridores de los ambiciosos proyectos de mi hermano... Lo demás no tiene importancia... Una señorita como Vd. no puede mirar sino con frialdad o desprecio...
--Gracias, gracias... No me hable usted más de esa mujer.