El enemigo

Chapter 16

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--Entonces lo destruiremos todo y no dejaremos vivo ningún liberal... ¡masones indecentes!

Estaba ya fuera de sí; la ira, contrayendo sus facciones angulosas, dio a su rostro dureza extraordinaria, y los ojos se le inyectaron en sangre. Nunca le habían visto tan furioso.

--¿Vais a reñir por política?--gritó doña Manuela.

Pateta estaba arrepentido.

Pepe, por evitar que la cosa pasase adelante, trató de bromear, diciendo:

--Vaya, hombre, cálmate; otro día puede que entren en Estella o que asomen por Chamberí.

Tirso, interpretando aquello como befa por la derrota, se enfureció; levantose de pronto con el rostro desencajado, fue hacia el mapa, trémulas las manos, y cogiendo tres o cuatro banderizas carlistas, dijo, clavándolas en el papel con grosera violencia:

--¡Sí! ¡Entrarán aquí, y aquí, y aquí!

Los alfileres marcaron al azar varias poblaciones; Estella, Pamplona y Madrid quedaron conquistadas. Don José no se atrevió a chistar; Pepe soltó una carcajada.

--¡Qué fuerte te da!

--¡Esta es una familia podrida!--prosiguió el cura--así estáis, así os veis, necesitados, pobres, desamparados, dejados de la mano de Dios; tú, trabajando en esa imprenta como un gañán, y Vd. _(dirigiéndose al padre)_ ahí clavado en una butaca, con el castigo del Señor encima.

--¡Hijo mío, líbreme Dios de suponerle tan mezquino que sea capaz de castigarme con reuma por ser progresista!

--¿Reuma?--exclamó Tirso, sonriendo bárbaramente.--¡Reuma! ¡No tiene Vd. mal reuma! Gota, y de la fina, es lo que tiene usted.

El infeliz escuchó con indecible espanto la brutal revelación. Primero quiso incorporarse, sin saber a qué; pero no pudiendo sus manos crispadas sostenerle en los brazos del sillón, cayó de golpe en el asiento; luego miró estúpidamente en torno, y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.

A Pepe se le asomó el furor a los ojos; sintió impulsos de abalanzarse a Tirso y destrozarle la cabeza a puñadas. La presencia de doña Manuela y Leocadia evitó una cosa horrible; Pepe, conteniéndose al mirarlas, se limitó a decir a su hermano, con la voz engañosamente tranquila, pero llena de energía:

--¡Vete! Soy capaz de matarte.

--Lo creo--repuso el cura, procurando aparentar serenidad y dirigiéndose hacia su cuarto muy despacio.

--¡No!--le gritó Pepe--¡no, infame; a tu cuarto no, a la calle!

Doña Manuela, que sin atreverse a proferir una sola palabra se había interpuesto entre ambos, miró entonces a Pepe como no le había mirado nunca, y con un vigor de que jamás dio señales en su vida, le dijo:

--¡Basta!

La expresión que adquirió su rostro desconcertó a Pepe: le repugnaba creer que su madre hiciera causa común con Tirso.

--Pero, mamá, ¿sabes lo que acaba de hacer?

--¡Basta!--volvió a gritar ella con mayor imperio.

Pepe no contestó a doña Manuela; pero, volviéndose hacia la puerta del cuarto de Tirso, exclamó rápidamente, como si temiera mancharse los labios con la palabra:

--¡Víbora!

Después, todos callaron.

El viejo lloraba como un niño; Pepe, abrazado a él, con la boca pegada a su oído, le decía en voz baja prodigios de cariño; doña Manuela salió del comedor siguiendo a Tirso, y Leocadia empezó a recoger del suelo el mapa y las banderitas, mientras Pateta, que estaba en un rincón aterrado ante el conflicto que había promovido, se despidió de repente y salió rencoroso contra sí mismo.

--Es mentira, ¿no es verdad, hijo mío? no es gota, ¿verdad, Pepe?--decía el enfermo.

--No, papá; cálmate, por Dios: ¡ha sido una infamia!

Sólo al cabo de dos o tres horas, seguro ya de que nadie se atrevería a molestar al viejo, marchó Pepe a su trabajo, observando al salir que doña Manuela estaba encerrada con Tirso en el cuarto de éste. Al caer la tarde se le presentó Pateta en la imprenta a pedirle perdón, creyendo ser el causante de todo.

--No tengo nada que perdonarte: tú no has tenido mala intención: así, o de otro modo, ello tenía que suceder.

* * * * *

Cuando por la noche volvió a su casa, todo estaba tranquilo; pero don José, al empezar la cena, sufrió un acceso violento, y fue necesario acostarle: Tirso hizo ademán de ir a coger uno de los brazos de la butaca para conducirlo a la alcoba con Pepe, pero éste le contuvo con sólo una mirada. Después, entre él y Leocadia, empujaron el sillón. Estando ya en el lecho, don José sujetó a su hijo por el cuello, y le dijo temblando, con voz apenas perceptible:

--Hijo, por Dios, ¡sé prudente! ¡no hagas nada! tu madre... ha dicho que si Tirso se marcha, ella también se irá.

Durante la cena, a que el enfermo no asistió, los dos hermanos no se dirigieron la palabra; Pepe estuvo con su madre y con Leocadia tan afectuoso como siempre; ellas con él, frías y reservadas. Después se encerró en su cuarto, sintiendo que el llanto se le agolpaba a los ojos.

Sus lágrimas fueron jugo del alma, esencia del dolor, La calma de su hogar era ya como cristal roto y, junto a esta dicha perdida, hasta el amor de Paz le pareció una felicidad mezquina.

XXIV

Las _Hijas de la Salve_ eran unas monjas que a fuerza de pedir limosnas y aceptar herencias consiguieron edificar un buen convento en las cercanías de Madrid, fuera de la puerta de Fuencarral. La piedad religiosa pareció acuñarse para sus manos: lo más elegante y rico de la Corte les otorgó su apoyo. No había por aquel tiempo mujer devota ni dama encopetada que dejara de visitarlas. Dos _hermanitas_ venían diariamente a Madrid a recoger ofrendas, y como tenían la colecta admirablemente organizada por distritos y barrios, se presentaban en palacios y casas a hora conveniente. Sabían que tal señora no se levantaba hasta la una, que tal otra era más madrugadora, que para hablar a unas era preciso ir a medio día, y que algunas no recibían hasta la tarde. La tartanilla en que hacían sus correrías se paraba ante las casas de la grandeza y la alta banca, con regularidad admirable, en determinadas fechas y a horas fijas: a poder hablar, el borriquillo que la arrastraba hubiera dado las señas de los domicilios de _lo mejor_ de Madrid. También había casas donde un mayordomo, una doncella, y aun el portero, eran los encargados de entregar la limosna, sin que las recaudadoras se ofendieran ni dejaran de tomarla. Otra mina de donde sacaban gran provecho para adornar su casa y acrecer sus rentas--que eran casa y rentas del Señor--consistía en una hermandad educadora aneja al convento. Las _Hijas de la Salve_, previa autorización eclesiástica, habían hecho dos fundaciones que eran como ramas de un mismo y santo árbol: la primera un colegio establecido en el convento, y la segunda una asociación devota, calcada en la organización de ciertas cofradías, pero con perfección suma. La asociación llamada _Limosna de la luz_ tenía por objeto reunir, mediante modestas cuotas mensuales, fondos para llevar diariamente, en nombre de los hermanos, determinado número de velas de cera al templo donde se adorase a la Santísima Virgen en cualquiera de sus advocaciones; pero como los asociados eran muchos y pocas las velas necesarias, al cabo de cada mes quedaba en caja un sobrante respetable, que se destinaba a misas por los hermanos difuntos, funciones de iglesia, novenas, actos de desagravio al Señor por las injurias de los impíos, ofrendas al Santo Padre y regalos a templos o capillas pobres, que consistían algunas veces en objetos de metal para el culto o donaciones para mejoras, pero que generalmente eran de ropas sagradas. En un principio la hermandad lo compraba todo; mas como las compras salían caras, la asociación estableció un pequeño obrador donde recibía a las jóvenes que, hallándose sin trabajo, querían coser a menor jornal que para tiendas o particulares: el obrador, pequeño, bien dirigido y mejor administrado, trocose pronto en taller grande, de modo que al año quedaron enlazados en sabroso nudo la piedad y el lucro, viniendo a ser aquello una santificación del trabajo. Hacíase allí toda clase de labores de aguja, desde lo más sencillo a lo más complicado y primoroso. Se bordaba en blanco, en sedas de colores y en oro; el planchado era admirable; los roquetes, albas, paños de altar, sabanillas y almohadones para santos sepulcros, parecían obra de hadas; los ternos, casullas, mangas y estandartes, eran verdaderos prodigios artísticos; y como antes ocurrió que solía quedar un remanente de velas, comenzó también a tener la casa en almacén más de lo que había menester para sus obsequios. No se había de tirar. La administración dispuso que pudiera venderse a bajo precio, con sólo cubrir gastos, y de esta suerte se apretó un poco más el lazo de la Religión y el comercio. Al mismo tiempo la hermandad _Limosna de la luz_ pensó que su bienhechora influencia podía hacer algo mejor que poner velas en los altares, regalar casullas o vender ropa barata para el culto: podía--¡oh admirable hallazgo! ¡oh inspiración divina!--regalar almas al Señor.

Hasta entonces no se había exigido a las obreras del taller sino buena conducta y legitimidad de origen--porque no eran dignas de trabajar para tan santo fin las ovejas descarriadas ni las hijas del pecado;--en adelante se las exigió someterse a ejercicios piadosos, explicación de la doctrina cristiana y asistencia a determinadas solemnidades en la capilla del convento. Un maestro de música formó un coro de primer orden, siendo cosa de oír--y todo el Madrid elegante se regocijó de ello--cómo cantaban salves y motetes por las tardes las infelices que pasaban trabajando todo el día. Algunas, a la larga, convencidas de la bondad de la continua predicación a que estaban sujetas voluntariamente, manifestaban deseos de entrar en las _Hijas de la Salve_: si su habilidad con la aguja podía ser agradable a los divinos ojos y beneficiosa al caudal común, se las admitía: en caso contrario, no faltaba medio de negarse, resultando que, a despecho de los errores humanos, como la casa contaba con la visible protección del cielo, todo era en ella prosperidad. Los jornales de las que trabajaban nunca subían; pero, en cambio, ¡qué alegría cuando alguna renunciaba al mundo! Las señoras que protegían a las _Hijas de la Salve_ solían pagar el no muy cuantioso dote necesario y el humilde equipo preciso. ¡Santa caridad que sustraía doncellas a la circulación del pecado, evitando que llegaran a ser madres de impíos! En vano fue que varios periódicos revolucionarios y descreídos dieran la voz de alarma. El Madrid devoto estaba entusiasmado: las _Hijas de la Salve_ y la _Limosna de la luz_ hacían prodigios. Un día profesaba una rica educanda de pocos años, desengañada del mundo; otro, una hija de familia se negaba a ir a pasar el domingo con sus padres por adornar un altar; ya una señorita manifestaba decidido propósito de acogerse al claustro; ya una de aquellas pobres obreras pedía como favor supremo ser adoptada en cualquier concepto por las santas Madres, Hermanas, o lo que fueran.

Hubo casos notables. La hija de un caballero, viudo y muy rico, a los ocho días de sacada del colegio por su padre, se escapó, volviendo a refugiarse bajo el techo sagrado, sin que el infeliz señor pudiera verla, porque ella misma le escribió, diciéndole que todo era inútil. Una señorita recién casada abandonó a su esposo al mes de la boda--con asombro de los materialistas--como herida por la nostalgia de la devoción y prefiriendo la poesía de la fe a las impurezas del tálamo. El padre se quedó sin hija y el esposo sin mujer. Las _Hijas de la Salve_ eran una institución incontrastable. ¿Qué autoridad civil ni judicial podía oponérseles? No: aquel santo asilo de almas consagradas a Dios y a la propaganda piadosa, no debían nunca verse sujetas a miserables tributos, pesquisas de profanos malévolos ni vejaciones parecidas.

La Condesa de Astorgüela era, según unos, desinteresada protectora de la doble asociación; según otros, no más que un agente, a quien las _Hijas de la Salve_ buscaron, sabedoras de su prestigio cerca de ciertos elementos sociales, pagándola sus desvelos, amén de otros beneficios, con otorgarla una gran autoridad en el que pudiera llamarse--sin ofensa--consejo administrativo de la asociación. Tal era la índole del piadoso instituto que ansiaba dilatar su pequeño reino en este mundo adquiriendo una parte de la propiedad que, lindante con el convento, tenía el padre de Paz Ágreda.

La Condesa de Astorgüela, deseosa de proteger a Tirso, o acaso con ulteriores miras, hizo que las _Hijas de la Salve_ le emplearan, confiándole en compañía de otros sacerdotes la misión de dirigir las prácticas piadosas y explicar la doctrina a las hermanas que formaban la _Limosna de la luz_. ¿A quién podían elegir sino al ministro de Dios que recientemente dio en el púlpito tan brava muestra de fervoroso celo? Tirso entró en seguida en funciones, inundándosele el alma de alegría ante el espectáculo de aquellas mujeres que, unas en continuo trabajo, otras en perpetua oración, tenían puesta la mirada en el cielo y la esperanza en Dios.

Durante algunas semanas, Paz y Pepe se vieron poco; la clausura del Parlamento hizo innecesarios al señor de Ágreda los servicios del muchacho; mas sabiendo la niña que su padre hablaría en una de las sesiones próximas, esperaba la apertura de Cortes con mayor impaciencia que político de oficio; porque don Luis tenía propósito de que Pepe buscara para él ciertos datos, lo cual significaba que el chico volvería a frecuentar la casa con la asiduidad de antes.

Llegó al fin la ocasión, y Pepe volvió a trabajar por las mañanas en el _hôtel_ de la Castellana.

* * * * *

Era ya cerca del medio día. El balcón del cuarto de los libros estaba abierto, las persianas caídas, y el sol, penetrando por entre sus listones, formaba sobre la fina estera de junquillo un dibujo a rayas blancas y negras. Las acacias del jardín proyectaban confusamente sus movibles sombras en los muros: el silencio y las hileras de volúmenes, colocados en los estantes como un ejército de ideas, parecían estímulos del trabajo: Pepe, bajo pretexto de tomar apuntes, estaba preparando el discurso de don Luis. Nada se oía: sólo el viento agitaba a veces el ramaje de los árboles vecinos, obligándolo a chocar contra las persianas; la luz intensa desparramaba su claridad hasta los rincones, y sobre el paño oscuro que cubría la mesa, las cuartillas, unas vírgenes de plumadas, otras ya escritas, atestiguaban de la laboriosidad de Pepe. El discurso de don Luis prometía estar cuajado de datos interesantes y ser denunciador de graves contradicciones en el criterio y conducta de sus adversarios: el escribiente no podía dar al senador la elocuencia de que éste carecía; pero, al menos, iba a ponerle en disposición de causar efecto con la oportunidad de los recuerdos que despertase. Pepe había leído que Girardín fundaba su oratoria en la demostración de la versatilidad de los contrarios y, no pudiendo prestarle astucia ni facilidad de palabra, procuraba que don Luis hiciese algo parecido. A fuerza de revolver _Diarios de Sesiones_, discursos y periódicos, iba reuniendo cuanto era aprovechable para que alardeara de memoria y oportunidad. Había instantes en que experimentaba tristeza mirándose convertido en agente de la notoriedad ajena; pero luego, considerando que así se hacía útil, quizá necesario, al dueño de la mujer amada, y que cuanto más le favoreciese más se acercaba a ella, redoblaba su actividad y hacía prodigios para aguzar el ingenio. Acaso un día don Luis llegase a apreciarle, aunque fuera por egoísmo: él se sentía con fuerza bastante para fabricar la celebridad de aquel hombre a cambio...

De pronto se abrió la puerta del despacho y entró Paz, vestida con un traje de batista blanca sembrado de florecitas azules, sujeto a la cintura por una ancha cinta de seda y ligeramente entreabierto el escote, sobre el cual llevaba una crucecita de oro, como guarda colocado a la entrada del Paraíso: la falda, corta según costumbre, mostraba a cada movimiento sus bonitos pies, que aún hacían más perfectos a la vista los zapatos de labor delicada y las medias oscuras, que contrastaban con la blancura del traje.

--Papá ha almorzado solo, porque tenía una cita, y no vendrá hasta las tres:--dijo, tendiendo a Pepe la mano, que él retuvo un instante entre las suyas.

--Pues me voy.

--¡No! Ya me he cuidado de decir que tenía yo que venir al despacho.

--Me repugna esto de quererte a hurtadillas.

--A mí también; pero, ¿qué remedio? ¡Está bueno lo que pasa! el riesgo es mío y el miedo tuyo.

--Si una imprudencia nos costara no volver a vernos, ¿quién saldría perdiendo?

--Yo, que te quiero con toda mi alma--dijo Paz con la mayor viveza.

Callaron unos instantes: él tornó a cogerla la mano, por cima de la mesa, sintiendo un placer tranquilo y grato, como si el calor que se desprendía de su piel le llegase al alma sin pasar por el cuerpo, y luego se levantó, yendo a ponerse de pie a un lado del balcón, más cerca de ella.

--No, no; anda a tu sitio.

--Déjame a tu lado un minuto.

--¡Cómo me gusta entrar aquí cuando estás trabajando!... Me parece que ya eres mío. Los días que no vienes también suelo entrar alguna vez, para fingirme que vivimos juntos... y estabas aquí... y que ibas a volver en seguida.

--¡Qué lejos está eso!

--Mientras me quieras, no importa.

--¿Sabes, Paz, que parecemos tontos?

--¿Por qué?

--Sí: tú, tonta; yo, malo. Nos estamos haciendo ilusiones: esto no puede acabar bien.

--¿Te gusta otra más que yo?

--¿Y el tiempo? ¿Y tu padre?

--Ni mi padre, ni los años, podrán separarnos.

--Eso es muy bonito y muy romántico; pero la realidad se nos echará encima, y ¡qué amarga!

Pepe la había rodeado la cintura con un brazo.

--Sí, ¿eh? quéjate ahora de la realidad--dijo ella, procurando desasirse.

--¿Te ofendes?

--No; pero... no está bien.

No estaba bien, pero lo toleró.

Sus rostros quedaron tan cercanos, que los rizos de Paz le rozaban a él la frente. La crucecita de oro que la niña lucía en el pecho, temblaba con el movimiento de la respiración, y el viento suave, penetrando por entre los listones de las persianas, parecía empeñado en empujar los cabellos de Paz contra la cara de Pepe.

--Cuando te tengo así--la decía oprimiéndola el talle--creo que me quieres más, y daría la mitad de la vida por tener derecho a pasearte como estamos ahora, así, del brazo, por las calles.

--A mí me gustaría más estar solitos, sin que nadie nos viese.

Se sentía languidecer, presa de una laxitud incontrastable, como flor envuelta en una atmósfera muy cálida: el brazo y el aliento de Pepe la abrasaban. Entonces él, sin prisa de ladrón, con verdadera calma de dueño, fue aproximando lentamente los labios hasta besarla cerca de la boca; y ella, en pago, sin voluntad ni fuerza para rechazarle, oprimió la varonil cabeza contra su pecho. No fue beso robado, sino consentido primero y agradecido luego.

Al apartarse, Paz le sujetó las manos y, fijando en él los ojos, le dijo, ansiosa de leerle el pensamiento en la mirada:

--¿De verdad me quieres?

--¡Ojalá estuviera tan cierto de que llegarás a ser mía como lo estoy de mi cariño!

Ella se quitó entonces un anillo de oro que llevaba entre otras sortijas, y poniéndoselo a Pepe, le dijo, con la leal franqueza de quien entrega el alma:

--¿Entiendes? Tuya para siempre.

Y él, sujetándola las manos, selló el desposorio con un beso más dulce que la mejor palabra. Después se separaron, sin más frases ni promesas, seguros del porvenir, dejándose cada cual su albedrío cautivo en la voluntad del otro.

XXV

Según Paz mostraba por lo enamorada mayor empeño en salvar la distancia que les separaba, más parecía obstinarse la adversidad en desunirlos, colocando a Pepe en peores circunstancias.

Cierto caballero influyente en la comisión de gobierno interior del Senado, que había menester una plaza vacante para uno de sus protegidos, supo que Pepe era hermano del clérigo autor del sermón censurado por la prensa y, sin otro motivo, logró que le dejaran cesante. En vano procuró don Luis de Ágreda su reposición: hiciéronle buenas promesas, pero no obtuvo resultado; y como la pérdida del destino representaba en casa de Pepe una falta de diez y ocho duros a fin de mes, la escasez mal disimulada fue degenerando en franca e irremediable pobreza. Además, el desorden que causaba doña Manuela con el olvido de todo lo casero era cada día mayor: la misa por la mañana, las Cuarenta Horas y vela por la tarde, el hacer o escuchar lecturas piadosas y el quedarse medio dormida en una silla, a lo cual llamaba pomposamente meditación, no la dejaban tiempo para nada. La cena, hecha con prisas al volver de la iglesia, unas veces era mala, otras peor y, si Pepe, a causa del trabajo de la imprenta, no venía temprano, doña Manuela, Leocadia y Tirso, en vez de acostar al pobre viejo, se ponían a rezar el Rosario y la Letanía con alguna oración de añadidura, como preces por los herejes o acciones de desagravios; con todo lo cual quedábase don José preso en la butaca junto a las vidrieras del balcón, mirando pasar gente, viendo encender faroles y aumentar las sombras, sin oír palabra que le distrajese ni frase que le consolara. Ni siquiera se acordaban de cubrirle las piernas con una manta; así que, al ir a moverle de la butaca, solían encontrarle frío, como entumecido. Si pedía que le comprasen periódicos, nunca faltaba excusa: los pocos cuartos antes invertidos para entretenimiento del enfermo en suplementos y extraordinarios, iban a parar ahora al cajón de las ánimas, débil compensación, a juicio de Tirso, de lo gastado en regocijarse con noticias contrarias a la buena causa. Además, del armario en que estaban faltaron varias obras que don José estimaba en mucho, por ser de esas que proporcionan el doble placer de recordar el tiempo en que se leyeron y afirmar las ideas que inspiraron: desaparecieron de la casa una _Historia de las Cortes de Cádiz_, la anónima del _Reinado de Fernando VII_, las _Cartas a Lord Holland_, de Quintana; una continuación al _Mariana_, escrita por Eduardo Chao; los _Recuerdos_, de Alcalá Galiano y otro de Toreno. El expurgo debió ser cosa de Tirso, y también la elección de cuatro o seis libracos que, en sustitución de aquellos, tomó doña Manuela, como el _Método práctico para hablar con Dios_, del jesuita Franco; el _Verdadero Sufragio universal_, o sea _Pío IX y sus bodas de oro_; el _Interior de Jesús y María_, el _Águila real, pelicano amante, historia panegírica del ínclito San Agustín_, y el _Despertador del alma descuidada en el negocio máximo de su salvación_.

Otra obra tomó Tirso, guardándola para leer a solas; pero como Leocadia le sorprendiera varias veces con ella en la mano, entró en curiosidad y, observando que metía el libro en el cajón de la mesita de su alcoba, que tenía llave muy chica, intentó y consiguió abrirlo con la de su costurero.

El deseado volumen decía en la portada: