El enemigo

Chapter 15

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Había en Madrid por aquel tiempo, en uno de los barrios extremos, una casa que rompiendo la línea de fachadas contiguas, parecía apartarse del trato de las gentes. Tenía por delante un pequeño jardín con verja; aislábala por detrás un ancho patio con cuadras y cocheras, y a derecha e izquierda la limitaban una pared medianera y fuertes tapias a una calle poco frecuentada. Formaban el jardín tres o cuatro mezquinos recuadros de flores vulgares, las enredaderas enroscadas a la verja, y varias acacias, cuyas fornidas ramas ocultando casi por completo los balcones, oponían a la curiosidad una cortina impenetrable. Las persianas estaban continuamente caídas y las vidrieras se abrían rara vez, sin que nunca sonase dentro cantar de criada ni piano de señora. Era una casa falta de voces y de ruidos, triste, callada entre los clamores vecinos, ajena a cuanto la rodeaba, como hecha adrede para retiro de dama romántica o escenario de novelescas aventuras. Una campanilla, colocada en la verja del jardín, daba aviso cuando entraba alguien y, según quien fuese, lo anunciaba el portero tocando otra campana en el portal. Un tañido para Hermana de la Caridad o Hermanita de los Pobres, dos para fraile o clérigo, tres para dignidad eclesiástica: a los simples mortales les anunciaba de palabra un criado, y gracias si se quitaba la gorra. Señal de dar limosna los sábados o fiestas no se veía ninguna, pero por privilegio envidiable tenía la finca oratorio donde se rezaba misa cuotidianamente y, si acaso pasaban por la calle alguna Minerva o el Dios chico, lucían los balcones grandes y blasonadas colgaduras. Durante el día menudeaba el campaneo del portal, indicando que eran muchas las visitas de gente religiosa: por las tardes la dueña, ya entrada en años, salía a paseo en coche modestamente vestida, con aspecto humilde y luciendo en una muñeca, a modo de pulsera, un pequeñísimo rosario de oro y perlas. El carruaje, cómodo y anticuado, llevaba en las portezuelas corona condal; el cochero y el lacayo, como haciendo juego con el portero, tenían facha de cantores de iglesia, y la dama, siempre enlutada, con trazas de poco limpia y gesto uraño, semejaba una sacristía hecha mujer. Llegada la noche, escapábase de alguna ventana rumor de preces dichas en común, y antes de las diez quedaba todo cerrado, sin que hasta el día siguiente volvieran a cruzar sombras tras las vidrieras, ni se escuchase ningún ruido. Para ser tenida por convento, era la casa demasiado mundana; para morada de seglares, parecía monasterio. De ambos caracteres participaba; pues la Condesa hacía vida casi monjil y extremadamente rigurosa. En todo tiempo se levantaba a las cuatro de la mañana para rezar _maitines_ y _oración por los agonizantes_, tornando a acostarse hasta las nueve, que oía misa, rezada por su capellán; a las doce _angelus_, antes de almorzar; por la tarde lecturas piadosas, _vísperas, cinco llagas_, recepción de visitas honestas y paseo en coche; antes de comer un rato de meditación en la capilla, y después de la comida otro _rosario, letanía_, y _recomendación del alma_: a las nueve y media se acostaba. De bailes y reuniones, nada: de teatros muy poco, y sólo a obras cuya moral nadie hubiese puesto en duda. Confesaba dos veces por semana y recibía la sagrada comunión todos los domingos.

Una criada, despedida de la casa porque el rigor del ayuno la hizo blasfemar de Dios y hurtar en viernes de cuaresma restos de solomillo fiambre, propaló por el barrio noticias muy curiosas, según las cuales la Condesa de Astorgüela revelaba empeño de rescatar con la penitencia lo mundano de su vida pasada. Mucho alardeaba de humilde y descuidada para su persona; mas al decir de la doncella, quedábanla restos de la más refinada coquetería, si bien ella procuraba ocultarlos. Sus pies calzaban medias de seda, ceñía su talle corsé de raso, era pródiga en perfumar el baño, cuidábase con ahínco las manos y, aunque hiciese ostentación de vestir humildemente, la ropa blanca que gastaba era un primor en adornos, lienzos y hechuras: bajo vestidos lisos y de lana, solía ocultar enaguas guarnecidas de costosos encajes. La tal doncella desmentía, además, ciertos excesos de piedad atribuidos a la dama: sus actos de penitencia consistían en no tomar nada, aunque lo desease, fuera de horas, abstenerse de algún bocado sabroso, escoger, por breve rato, asiento incómodo y hasta estar unos minutos puestos en cruz los brazos: pero era falso, según la pecadora sirvienta, que la Condesa usara cilicio bajo el corsé de raso, ni que tuviera costumbre de llevar por voluntaria molestia alguna china en los zapatos, antes al contrario, se calzaba exquisitamente; ni que durmiera los viernes con una astilla entre las sábanas, ni que hiciera en el suelo cruces con la lengua. En cambio, insistiendo en los restos de coquetería, la Condesa, a solas en su tocador y alcoba, desplegaba consigo misma aquel mimo y esmero que sólo observa la mujer cuando se emplea, aunque honestamente, en el dulce servicio del amor. De modo que, por las señas, la Condesa de Astorgüela, lo mismo podía ser una gran dama arrojada por el desengaño a los brazos de la Religión, que una hipócrita de alto rango, o las dos cosas a la vez.

Su rostro parecía arrancado de un lienzo de Mengs o de Van Lóo. Una hermosa cabellera rubia, que comenzaba a encanecer, la servía de diadema; la fisonomía era expresiva, casi picaresca; graciosa la boca, esbelto el talle y los pies chicos. Así debían ser aquellas damas de la corte de Versalles que compensaron la virtud que les faltó a fuerza de elegancia e ingenio. La edad de la Condesa era un misterio, para ella triste, para los demás engañoso; pero todavía la quedaban encantos que desplegar cuando al caer la tarde venían a pedirla consejo algunos amigos devotos y, como ella, dispuestos a la defensa de intereses sagrados.

Tal era la Condesa de Astorgüela relacionada con el alto clero, bien quista de la nobleza, influyente en el ánimo de ciertos nobles chapados a la antigua y deseosa de atraerse a todo aquel que despuntara en el servicio de la tradición y la piedad, deseo que la inspiró grande afán de conocer a Tirso apenas supo el valiente celo que demostró en el sermón famoso. Ella misma le escribió así, de su puño y letra, y en papel timbrado con su escudo:

_«La Condesa de Astorgüela la Real saluda respetuosamente al capellán don Tirso Resmilla, rogándole se sirva visitarla para encomendarle una buena obra.»_

(Y abajo el día y hora de la cita, con las señas de la casa.)

Sorprendido Tirso agradablemente, consultó con el cura que le cedió el sermón si debía asistir al llamamiento, y la respuesta avivó su impaciencia.

--No deje Vd. de ir, compañero; esa señora es una potencia.

Con lo cual a la hora marcada se presentó en casa de la Condesa, que le recibió en un espacioso gabinete seriamente alhajado donde a vueltas de mucha severidad había detalles que acusaban a la mujer elegante. Cubría las paredes rico damasco verde con el tono del mirto; los muebles, tapizados de brocatel algo más claro, eran de hechura antigua; la alfombra gruesa y casi blanca: del techo pendía una enorme araña de cristal con muchos colgajillos prismáticos y, bajo ella, sobre una mesita de mosaico, se veían varios libros ricamente encuadernados, reflejándose todo en grandes espejos con marcos de hojarasca dorada. Tirso echó una mirada a los lomos de los libros: eran lo más hermoso y literario que ha dado de sí en el mundo el sentimiento religioso: _Imitación de Cristo_, de Kempis; _La perfecta casada_, de Fray Luis de León; _La vida devota_, de San Francisco de Sales, y el _Tratado de la tribulación_, del P. Rivadeneyra. Sólo tres obras de arte adornaban la estancia: una admirable copia del _Cristo_ de Velázquez; otra de la _Dolorosa_ de Tiziano, y ante uno de los balcones, destacando sobre el claror del hueco, una escultura fiel reproducción del _San Francisco_ de Alonso Cano. Cuanto allí había acusaba extraña mezcla de elegancia y piedad.

Alzose de pronto una cortina y entró la Condesa, a quien Tirso saludó respetuosamente: ella se sentó en una butaca pequeña, de espaldas a la luz, y el cura, obedeciendo a una indicación, ocupó un asiento cercano puesto frente al balcón; de suerte que la fisonomía de Tirso quedó a merced de las miradas de la dama, y el rostro de ésta no tan visible para él, que estaba como irresoluto y cortado. El traje de la de Astorgüela era sencillo y negro, de un negro brillante y nuevo, junto al cual pardeaban la sotana y el manteo de Tirso.

--Lo primero--comenzó ella--pido a usted mil perdones por mi atrevimiento: debía haber procurado esta entrevista de otro modo, pero deseaba que honrase Vd. mi casa y quería que hablásemos a solas; ante todo, para felicitarle por su elocuencia y su rasgo de valor...

--Señora, yo agradezco tanto... pero la verdad, no creo merecer...

--Sí; merece Vd. que le feliciten todos los corazones cristianos. Alcanzamos tiempos en que la energía en defender lo bueno y lo santo debe alentarse; y yo, aunque valgo poco, he tenido empeño en conocer a usted para apreciarle mejor.

Estaba asombrado, sin adivinar a qué venían tal llamada y tan afable recibimiento.

--¿Le sorprende a Vd. mi osadía,--prosiguió adivinándolo la Condesa--verdad? pues aún va a extrañarle más otra cosa que voy a decirle, y sobre la cual le encargo la más absoluta reserva.

--Aseguro a Vd. que me desviviré por servirla, si juzga que puedo serla útil.

--No se trata de servirme, señor Resmilla, sino de servir a la Religión. Pero, ante todo, debo advertirle que no me era Vd. enteramente desconocido. Mi posición, mis buenas relaciones, mi influencia, puedo decirlo sin vanidad, me tienen al corriente de muchas cosas... y no ignoro el objeto de su venida de Vd. a Madrid.

--Yo, señora, mi viaje...

--Esté Vd. tranquilo. Soy de las que animan y alientan cuanto se proponen _ustedes_. Está Vd. en casa de una amiga. Y ahora diré a Vd. que nada de _eso_ me es ajeno, y que tengo costumbre de honrarme con la amistad de los que se consagran a tan glorioso servicio, es decir, que aunque sólo fuera por esto, le hubiera llamado a Vd.; pero es el caso que, además, vamos a tratar de otro asunto.

--Mande Vd.

--Usted tiene un hermano que está en relaciones amorosas, honradas, por supuesto, con una señorita, casi parienta mía, que se llama María Paz de Ágreda...

--No lo sabía... o, mejor dicho, ignoraba quién era ella.

--Yo, en cambio, sé mucho más. El padre de esa señorita es un caballero bastante rico, que, por cierto, no ha educado a la niña como debiera; pero esto no hace al caso. Lo importante es que Vd. va a prestar un buen servicio a intereses sagrados.

--Pero, ¿qué tiene esto que ver con mi hermano?

--El padre de esa señorita Paz posee cerca de los Cuatro Caminos, fuera de la puerta de Fuencarral, unos solares, lindando con los cuales está edificando su nueva casa una comunidad, que acaso todavía no conozca usted, y que el vulgo ha comenzado a llamar las _Hijas de la Salve_. Pues bien; esta hermandad desea comprar parte de la tierra que es propiedad de don Luis, a lo cual se niega él resueltamente: todos los esfuerzos, todos los ofrecimientos han sido inútiles.

--¿Y qué puedo yo en el asunto?

--Mucho: piense Vd. que se trata del servicio de una fundación religiosa... Vamos a concretarnos a lo esencial. ¿Está Vd. dispuesto a favorecer los deseos de los que protegen a esa comunidad? Responda Vd. francamente.

--Sí, señora, si realmente se trata de una comunidad religiosa.

--Hace Vd. bien; las cosas claras. Vamos a otro punto. ¿Tiene Vd. medios de hacer que su señor hermano influya en el ánimo de la niña, para que ésta a su vez procure que su padre deje de ser hostil al engrandecimiento de la comunidad?

--No, señora; no tengo medio alguno para lograrlo; y ya que Vd. me honra buscándome para una cosa tan de mi gusto, quiero ser leal con Vd. Mi hermano y yo estamos medio reñidos: es liberal, ateo, en fin, está dejado de la mano de Dios. Cuando yo llegué a Madrid a vivir con mis padres, encontré la casa en un estado... impiedad, olvido de lo más sagrado... Yo quise...

--No se moleste Vd. en contármelo: estoy enterada de todo.

Tirso, con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, preguntó:

--¿Entonces?...

--Se trata de saber si, a pesar de todo eso y contra los obstáculos que se presenten, se decide Vd. a servirnos.

--¡Eso sí! pero ignoro cómo.

--Si su hermano de Vd. se casara con esa señorita..... si nosotros lo facilitáramos.....

--No hay que pensar en ello, señora. Mi hermano es un fanático descreído; a su falta de fe llama convicción honrada: sería capaz de echárselas de mártir de sus ideas y renunciar a la chica antes que aceptar el trato.

--¿Está Vd. seguro de esa energía?

--¡Ojalá no lo estuviera!

--Piense Vd. que nos sobrarán medios, toda clase de protección.

--Imposible.

--Entonces habrá que tomar otro camino. Es preciso averiguar si esa señorita está realmente enamorada de su hermano de usted, y necesitamos poder calcular lo que ella haría viéndose abandonada por él.

--No entiendo lo que Vd. se propone.

--Hablaré sin rodeos, señor Resmilla. Si el novio se allanara, y sería lo mejor para todos, a vender en buenas condiciones a la comunidad el terreno que ésta desea cuando entrara en posesión de la dote, _nosotros_ haríamos la boda.

--Ya he dicho a Vd., y perdone que insista, que eso es imposible.

--En tal caso, hay que colocar a la pareja en condiciones de ruptura y conseguir una de estas dos cosas: que ella imponga a su padre su voluntad, es decir, la _nuestra_, o que, desengañada del amor, piense en dichas más puras, en vida más tranquila.

--Comprendo.

--Con lo cual, señor Resmilla, lograríamos doble resultado: para el Señor la conquista de un alma; y para nuestro propósito la posesión de una voluntad, dueña, en plazo más o menos breve, de lo que desean poseer las _Hijas de la Salve_.

--Perfectamente.

--Considerado así el asunto, Vd., ¿qué cree que debamos hacer?

--Que mi hermano riña lo antes posible con la novia, y luego manejarla a ella.

--Eso es expuesto. Si está enamorada de veras, corremos dos peligros muy grandes: primero, la dificultad de separarles; y segundo, que si su pasión no es verdadera, al perder éste se arroje en brazos de otro amor.

El cura no pudo contenerse.

--Señora, ¡cuánto sabe Vd.!

--Crea Vd., señor Resmilla, que para servir a Dios hay que pensar en todo. Vamos, ¿qué le parece a Vd.?

--En mi opinión, lo esencial es que riñan; y después dirigir bien a esa criatura.

--¿Quiere Vd. encargarse de ello? Piense usted que se trata de una verdadera obra de caridad y que, además, las _Hijas de la Salve_ no olvidarán lo que Vd. haga por ellas.

--Yo no hago nada interesadamente.

--Me lo figuro; pero toda buena obra trae consigo su recompensa. En fin, piénselo usted.

--¿Puedo estar seguro de que obraremos sólo por favorecer a esa comunidad, sin ninguna otra mira bastarda? No se ofenda Vd., señora; yo soy así.

--No nos anima más deseo que el de contribuir al engrandecimiento de una institución piadosa. Usted la conocerá y juzgará luego.

--Pues delo Vd. por pensado: acepto.

--¿Quiere Vd. que yo le facilite ocasión de hablar a la novia de su hermano?

--Avisaré cuando lo considere oportuno; pero me parece que yo me lo trabajaré todo.

--No olvide Vd. que lo esencial es la ruptura.

--Espero que la conseguiré.

Al llegar aquí Tirso creyó oportuno poner gesto triste, y dando a la voz acentos de amargura, dijo:

--¡Ah, señora! ¡Si Vd. pudiera apreciar la pena de mi corazón al comprender que las ideas de mi hermano disculpan... hasta justifican, que yo tome cartas en este asunto!

La Condesa, ya en pie, como despidiéndole, sonrió ante aquel inesperado afán de atenuar la índole del pacto, y repuso:

--Es doloroso que no se pueda hacer el bien sin estos rodeos; pero, ¿qué remedio? señor Resmilla, así lo quieren los tiempos. Quedamos en que convencerá Vd. a esa señorita; después, en fin... allá Vd.

Despidiéronse en seguida, y salió Tirso a la calle hondamente preocupado, por muchas razones. Aquella señora fue para él un enigma vivo: sabía el motivo de su viaje, alardeaba de influyente, habitaba un palacio y tenía aspecto de reina. ¡Qué maridaje tan extraño formaban en ella el trato mundanal y la piedad! Parecía la encarnación de lo profano puesta al servicio de lo divino. Por supuesto, estaba decidido a servirla contra su propio hermano, contando con la ayuda de Dios. ¿Acaso no triunfaba en los demás propósitos que formó? Su madre había entrado de lleno en el buen camino, y su hermana había renunciado al devaneo con Millán.

Tirso recordaba las palabras de la Escritura: _Desaparecerá el impío como la tempestad que pasa; mas el justo es como cimiento durable por siempre. La esperanza de los justos es alegría; mas la esperanza de los impíos perecerá._

XXIII

Desde que Tirso despreció a Pateta por verle con uniforme de corneta de milicianos, según él contó a Paz, no pudo el chico refrenar la antipatía que le inspiraba el cura. Pateta era madrileño, legítimo descendiente de aquellos liberales que cuando niños rodeaban en apretada turba las charangas militares para oír el _Himno de Riego_, y que de hombres alzaban barricadas contra la tropa, fraternizando con ella después de batirse unos y otros como fieras. Sólo dos bienes poseía: juventud y valor, y ambos los puso al servicio de la libertad, porque instintivamente le pareció buena aquella aspiración que tanto entusiasmo despertaba: vio alistarse como milicianos a sus compañeros de imprenta, les imitó, y de aquí el vistoso uniforme con leopoldina de plumero que parecía un gallo desmayado, el pecho lleno de trencillas y la corneta presa entre cordones rojos, con los cuales arreos rechazaba en formación o revista al más amigo gritando: «¡atrás paisano!» Su indignación cuando Tirso le dijo: «¡quita de ahí, mamarracho!» fue espantosa; mas como Pateta no era malo, su propósito de venganza no pasó del deseo de jugarle una mala partida: no ambicionó causarle daño, sino rabia; no sería la suya venganza, sino truhanada. Los sucesos facilitaron su intento.

Por aquellos días se temía un movimiento de los absolutistas sobre Estella, y Pateta, al salir una mañana de la imprenta, estando ya cerca de la calle de Botoneras, oyó pregonar _el extraordinario, con la derrota de los carlistas_, grito que acto continuo le sugirió la forma de su proyectada desazón al cura. Todo consistía en gastarse dos cuartos en el papel y subir a dar la grata nueva a don José: era la hora del almuerzo, y Tirso, que estaría allí, tendría que tragar la píldora.

A los cinco minutos de imaginarlo entraba Pateta en el comedor, donde, terminado el almuerzo, conversaba la familia tranquilamente antes de que Pepe marchase a su trabajo; doña Manuela y Leocadia estaban doblando el mantel, don José haciendo pitillos y Tirso hojeando un libro. En la pared, por bajo de la estampa religiosa que compró Tirso, se veía el mapa de las Provincias Vascongadas y Navarra, en que don José iba marcando la situación de las tropas. Cuando quería ver por dónde andaba tal o cual columna, hacia dónde estaba situado este o aquel pueblo, le descolgaban el cartón del mapa y le daban una cajita con las banderitas que el pobre señor se hizo, por vía de entretenimiento, con alfileres y papelitos de colores: las había blancas para los carlistas y moradas para el ejército, por decir don José que este era el color de las antiguas libertades castellanas.

--¿Qué hay, Pateta?--preguntó el viejo.

--Pues nada, señor; que como hace tantos días que no venía y pasaba por ahí cerca, dije: vaya, voy a subir a ver si se les ofrece algo, o si _quién_ ustedes que haga cualquier _recao_.

--Nada, hombre, gracias: sigo lo mismo, yo lo mismo.

--Y como sé que le gusta a Vd. leer los papeles que salen, y he oído pregonar el que van vendiendo ahora, lo he _comprao_.

--Trae, trae, a ver.

Pepe tomó el extraordinario, y después de pasar por él rápidamente la vista, dijo:

--Esto no tiene relación con lo que se esperaba sobre Estella; pero les han pegado una buena zurra. Verá Vd. (leyó):

«Extracto de los partes oficiales recibidos hasta la una de la madrugada de hoy en el Ministerio de la Guerra:

_Provincias Vascongadas y Navarra._--El capitán general comuni...»

* * * * *

--Salta, hijo, salta eso. A ver lo importante.

* * * * *

--«Comunica que en Aya fueron cogidos a las facciones de los curas Orio y Santa Cruz 800 fusiles _remingthon_, 300 de varios sistemas, cajas de municiones, pólvora, piezas de tela, provisiones y papeles; no pudiendo detallar las pérdidas del enemigo, que pasan de 50 los muertos y hasta 200 prisioneros y presentados. De nuestras tropas, cinco muertos del batallón de Barbastro, uno de la Princesa y 14 heridos. Entre los muertos de los carlistas había un cura, y entre los prisioneros otros dos curas, uno de ellos herido.»

* * * * *

--Muchos golpes como ese hacen falta--dijo don José--una cosa parecida ocurrió el año _de_ 48, cuando el brigadier Zapatero y el coronel Damato desbarataron en Zaldivia y Amezqueta las partidas de Alzáa y Urbiztondo.

--Los han _reventao_--añadió Pateta.

Después el diálogo continuó sólo entre los hermanos.

--¡Bah! ¿qué ha de decir el gobierno? Yo no hago caso de noticias oficiales--dijo Tirso.

--Yo sí: habrá alguna exageración, pero la paliza debe de haber sido buena.

--Otra vez me tocará a mí alegrarme.

--Has podido regocijarte hace poco con el fusilamiento de los carabineros. ¡Hasta chicos de diez y seis años!

--Cosas de la guerra.

--No. Salvajadas del fanatismo.

--A eso dan lugar los enemigos de la fe, los que escarnecen la religión.

--¡Ya salió a plaza la religión de nuestros mayores! No sé en qué consiste, pero casi siempre que se comete una infamia de ese jaez sale a relucir la religión.

--Como que su defensa es el origen de la guerra.

--Y así, a trabucazos, se hace propaganda de mansedumbre y caridad. Ordenadas esas infamias por militares, no tendrían disculpa; ¡conque figúrate siendo clérigos los autores!

--Se miente mucho.

--¡Desgraciadamente, hijo mío--interrumpió don José--no son exageraciones! Esos curas de canana y retaco, son iguales a los de la otra guerra. Aún recuerdo yo lo que hicieron don Basilio y Orejita, que eran dos cabecillas, el año 36 en la Calzada. Cerca de ciento veinte personas sacrificaron, hasta mujeres y niños, y ¿sabéis quién sirvió de ojeador? el prior de la Calzada. Los carlistas atacaron el pueblo, los nacionales se refugiaron en la torre de la iglesia, y entonces aquéllos la incendiaron: un nacional que se descolgó por una ventana, pudo correr al caer a tierra, pero le vio el prior y comenzó a gritar: _¡a ese conejo que se escapa! ¡cazarle!_ y le mataron. Por supuesto, que el tal prior era una fiera. Con pretexto de parlamentar se acercó a la torre, y estuvo dando conversación a los sitiados hasta que los suyos arrimaron a las puertas astillas y sarmientos: cuando estuvo encendido el fuego, paró de hablar. Todos los que estaban dentro ardieron como estopa, y cuando el prior oía el llanto de las mujeres y de los niños, decía el muy bruto: _¡Bien templado está el órgano!_

--¡Parece mentira que crea Vd. esas paparruchas!

--¿Y lo que está haciendo por ahí ahora ese cura, cuyo nombre es un escarnio?

--Ya tendrá él cuidado de no matar a buenos cristianos: sobre todo, ¿pensáis que se puede guerrear con _sensiblerías_?

--No digas disparates, hijo; me moriría de pena si supiera que eras de los clérigos que disculpan esas atrocidades.

--Le gustarán a Vd. más los que se cruzan de brazos y dejan que les persigan y conviertan las iglesias en cuadras y los altares en pesebres.

--Eso no se ha hecho todavía--dijo Pepe;--pero, no te quepa duda, si los curas siguen el camino que han emprendido, el pueblo confundirá a los representantes con la cosa representada, y entonces...