El enemigo

Chapter 12

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Primero, cierto espíritu novelesco, propio de niña libremente educada, hizo que Paz se encaprichara con el amor de Pepe: después, cuando llegó a comprender lo mucho que él valía, aquella inclinación se acentuó insensiblemente y, lo que al comienzo fue juego de la imaginación, vino a ser, del modo más natural y sencillo, sincero y bien arraigado amor. El _empleadillo_, como ella imaginaba que sus amigas le llamarían si llegaran a conocerle, se le había entrado al alma, persuadiéndose de que le quería porque empezó a temer la cara que al saberlo pondría su padre, a pesar de los alardes democráticos que solía hacer en el Parlamento. Pero no era esto lo que más la desazonaba. Su inquietud nacía de ver disgustado continuamente a Pepe, y el convencimiento de estar enamorada brotó de aquella relación que estableció su inteligencia entre la pena que ella sentía y la inquietud que él mostraba. Cuando Paz se hizo cargo de que, aun ignorando la causa, el pesar de su novio la entristecía; cuando, sin poder aquilatarlo, sintió como propio un dolor ajeno, entonces advirtió que en su corazón comenzaba a reinar una voluntad distinta de la suya, y que aquel hombre, sólo con lealtad y buena fe, iba apoderándose de su albedrío lenta, pero seguramente, como río caudaloso que profundiza el cauce en que se sustenta. Paz, en apariencia frívola, a semejanza de todo el que no ha sufrido, pero muy lista, se persuadió pronto de que amaba, porque su pensamiento, lejos de amedrentarse ante las contrariedades que podía el amor ocasionarla, se fijó exclusivamente en el dolor del hombre a quien quería. La primer muestra de pasión verdadera, fue la sinceridad con que le habló.

Una mañana, estando en la biblioteca de su padre, que era donde se veían en los ratos que aquél faltaba de allí, dijo a Pepe, empleando su lenguaje ligero y franco, entonces más franco que nunca:

--Tengo que decirte una cosa muy grave.

--¿Qué?

--He hecho un descubrimiento: que tú no me quieres y que yo te quiero mucho más de lo que me figuraba.

--No te entiendo.

--Clarito, hijo; que tu amor--emplearemos esta palabra, para mayor solemnidad, aunque ya sabes que a mí me gusta más decir cariño--pues bien, que tu amor es mucho más tibio que el mío.

--Veamos cómo se demuestra ese grandísimo embuste.

--De un modo muy sencillo. Pase que siempre me estés aburriendo con lo de ser yo rica y tú pobre, por supuesto, que no me ofendo; pase la manía de los celitos, que no tienen sentido común; pase el estarte sin venir tres y cuatro días seguidos, para que te espere con más deseo...

--No: por miedo a que tu padre adivine lo que ocurre.

--Déjame acabar: lo que no pasa, es que tengas disgustos, que estés apesadumbrado y me lo calles. ¿Tan tonta soy, que no sirvo para decirte ni una palabra de consuelo?

--¿Y qué tiene que ver esta ternura, alma mía, con el descubrimiento?

--Pues no puede estar más a la vista. Que tú, sufriendo y ocultándomelo, revelas una falta grande de confianza, que es falta de cariño; y yo, _aquejerándome_, como dicen en Andalucía, por tu reserva, demuestro quererte mil veces más.

--Pero, ¿de dónde has sacado tú que tengo disgustos?

--Eso te faltaba, añadir el disimulo a la falta de confianza. ¿No quieres decirme lo que te pasa?

Pepe, que prefería hablar sólo de su amor, o que se había propuesto callar interioridades de su casa, contestó negando, y Paz acabó por decirle:

--Si crees que es mera curiosidad, no despliegues los labios; pero conste: quedo en libertad para averiguarlo.

--Averigua lo que se te antoje, pero quiéreme mucho.

La entrada de don Luis cortó el diálogo. Paz se había propuesto saber a qué atenerse respecto al origen de la tristeza de Pepe, y cuando una mujer enamorada forma resolución semejante, el secreto puede darse por descubierto. La obstinación de Pepe en callar fue inútil: Paz puso tanto empeño en saber los disgustos de su amante, como éste en seguir paso a paso los incomprensibles manejos del cura.

XVII

Cuando Pepe dejaba de ir a ver a Paz, por miedo a infundir sospechas o parecer pegajoso a don Luis, entraba Pateta en funciones de correo: ya sabía ella que cada tercer día de ausencia el chico rondaba al oscurecer los alrededores del _hôtel_ y, espiando momento oportuno, metía el brazo por la verja y dejaba la carta bajo los ladrillos levantados del horno, situado junto al invernadero.

Una tarde en que don Luis tuvo que asistir a un banquete político, Paz, después de verle partir y tras alejar con distintos pretextos a los criados, bajó al jardín entre dos luces y aguardó a Pateta. Al cuarto de hora vio al muchacho que venía aproximándose disimuladamente a la verja, dando puntapiés a un bote de hoja de lata que encontró allí cerca: entonces ella se ocultó tras uno de los pilares de mampostería que había en los ángulos del invernáculo y, cuando el chico se acercó a meter la mano por entre los barrotes de la verja, salió de su escondite, diciendo:

--Oye, Pateta.

--Guárdese Vd. esta carta no la vean.

--No hay nadie.

Pateta, gorra en mano, arrimando el rostro a los hierros, como mono enjaulado, prestó atención.

Lo apartado del sitio y lo desapacible de la tarde, hacían que reinara en torno del _hôtel_ completa soledad. En la atmósfera flotaban los últimos resplandores del sol ya puesto, y la árida campiña aparecía envuelta en una claridad medrosa, mientras al lado opuesto se iba extendiendo una ancha faja oscura, que se dilataba lentamente por el cielo. El traje de Paz formaba una mancha clara cortada por los hierros de la verja: Pateta se comía con los ojos a la _señorita_, sin adivinar lo que querría decirle.

--Pues a estas horas, estando esto tan solitario--dijo de pronto--ya podía el señor Pepe venir aquí y hablar con usted.

--Cállate y escucha. Con quien quiero hablar ahora, es contigo.

--Mande Vd.

--¿Eres capaz de hacerme un favor? La verdad, y sin que nadie se entere.

--¿Ni el señor Pepe?

--Menos que nadie.

El chico la lanzó una mirada que no pudo ser más expresiva. Paz comprendió que quizá hacía mal; pero ya no era posible retroceder.

--Te advierto que se trata de algo que nos interesa mucho a él y a mí.

--No hay más que hablar.

Pero esta sumisión fue acompañada del firme propósito de contárselo todo a Pepe.

--Vamos a ver: ¿Qué le pasa? ¿Qué disgusto es el que tiene? ¿Sabes algo?

--Nada, ni jota.

--Es necesario que lo averigües. Temo que le quiten el destino que tiene en la biblioteca del Senado, y quisiera estar prevenida para parar el golpe. ¿Sabes tú si es esa la razón de que esté hace ya muchos días tan tristón? ¿De veras no puedes decirme nada?

Pateta cayó en la red.

--Yo, de eso del destino, no sé _ná_: preguntaré. Por lo demás, no sé qué le _pué_ haber _pasao_. En la imprenta todo anda como siempre... Como no sea por lo del cura...

--¿Qué dices de imprenta? ¿Qué imprenta es esa?

--¡Toma! ¿Cuál ha de ser? La nuestra, es decir, la del señor Millán.

--¿De modo que el señorito trabaja también en la imprenta?

--Como que es el primer _corretor_ y le dan _deciocho riales_, y eso que no va más que por las noches. ¿No lo sabía Vd.?

Paz, temerosa de que Pateta se escamara, le dijo, mintiendo:

--Sí, hombre, ¿no he de saberlo? Pero creía que se llevaba el trabajo a su casa.

--¡Quiá, no señora! _tié_ que hacerlo allí.

--Y eso del cura, ¿qué es?

--Su hermano, ¿está Vd.? es cura y ha _venío_ hace cosa de dos meses; y como es cura y muy _carca_, les está _golviendo tarumba_, y trae la casa patas arriba; _quié_ que vayan a misa, que recen más que un ciego; en fin, que no le _puén_ aguantar... ni yo tampoco.

--¿Por qué?

--Hasta conmigo se ha _metío_ el muy _lioso_. El domingo _pasao_ tuve yo que ir a trabajar medio día, porque había prisas, y luego le _yevé_ al señor Pepe unas pruebas a su casa; y como era domingo, y yo, aunque me esté mal el decirlo, soy corneta del batallón de Voluntarios de la Libertad de mi barrio, fui de uniforme, _pá_ no tener que andar dos veces el camino. El cura estaba en la puerta, quiso que le dejara las pruebas y, como yo no le conocía y tenía orden de ver al mismo señor Pepe, ¿está Vd.? no me dio la gana. Mire Vd., señorita, se puso hecho una fiera, y lo que me dio rabia fue que _me se_ rió del uniforme: me llamó mamarracho, y dijo que me fuera a estudiar la _dotrina_. Yo, la verdad, como aún no sabía que era hermano del señor Pepe... Vamos, que me despaché a mi gusto: le llamé _cucaracha_, _carca_, _tóo_ lo que _me se_ ocurrió.

--¿Y dices que ese hermano trae revuelta la familia?

--¡Ya lo creo! Si no fuera por miedo a dar una pesadumbre al señor viejo, ya le había don Pepe _plantao_ en _mitá el_ arroyo. Figúrese Vd., señorita, que una de las cosas que más rabia le han _dao_ al señor Pepe, ha sido que ha hecho reñir... Verá Vd.: la señorita Leocadia _se hablaba_ con el señor Millán, mi amo; vamos, que eran novios, como quien dice, y el cura ha _metío_ zizaña y los ha _desapartao_. Por supuesto, que no estarían muy _encariñaos_, porque no hubieran reñido así... tan fácilmente, ¿verdad?

--Pero tu amo y el señorito Pepe no han reñido.

--¡Quiá! ¿No ve Vd. que los dos están _convencíos_ de que la culpa es del cura? A la madre la _tié_ tonta a fuerza de rezos... ¡Ya sabe el señor Pepe a qué atenerse!

--¡Sí que son motivos de disgusto!

--Fuera de eso--continuó Pateta--siempre ha estado de buen humor: hasta cuando tuvo que dejar la carrera, que a poco entró en la imprenta... y como si _ná_: él, en trabajando, ya está contento. No sabe Vd. la vida que _yeva_: él aquí con su papá de Vd., él en la imprenta, él en el destino que _ice_ Vd. que le _quién_ quitar. Es una fiera _pá_ el trabajo, y cuanto gana, a su casita. No gasta más que en tabaco y algún realejo que me da _pá_ mí.

--Vaya, adiós; vete, no sea que nos vean--añadió Paz, alargándole en la mano una monedita de dos duros.

Pateta, sin desasirse de la verja, repuso sonriendo, y con entonación muy achulada:

--¡Quiá!

--¡No seas niño, toma!

--¡Quiá, no, señorita!; ¡si yo hago lo que hago por el señor Pepe; pero a mí no me da Vd. ni eso, ni tan siquiera un _chavo_!

Paz seguía con la moneda en la mano, más avergonzada que el chico.

--¿Me haces un feo?

--Eso no: y _pá_ que vea Vd., deme usted esa rosa que tiene Vd. prendida en el pecho: luego yo se la doy a mi novia: Vd. tendrá muchas así, y de esas no se venden en la calle.

Paz, movida de un sentimiento de mujeril delicadeza, corrió a la estufa, cortó dos magníficas rosas y, dándoselas al chico, además de la que llevaba prendida, le dijo:

--Estas dos, las mayores, para tu novia: esta otra pequeña, la que yo tenía puesta, para Pepe: ¿entiendes? ¿Conque tienes novia?

--Pues, ¿qué cree Vd., señorita, que soy de palo? Entendido: las mayores _pá_ mi _chiquiya_, y la otra _pá_ el señor Pepe.

--Adiós, y de lo que hemos hablado antes, ni una palabra... chitito.

--Corriente: quede Vd. con Dios, señorita, y gracias.

Ella se entró en el _hôtel_ y él desapareció tras las tapias de unos corralones cercanos.

Paz supo más de lo que esperaba averiguar. El origen de las cavilaciones de Pepe por la conducta de su hermano la disgustó sobremanera; pero lo que hizo en su pensamiento más mella, fue saber que Pepe trabajaba de corrector en la imprenta. El dueño de su albedrío era algo menos que un empleadillo.

Por causa análoga, Leocadia, la muchacha de condición humilde, sin esperanza de fortuna, se mostró esquiva con su novio: Paz, en cambio, sintió entonces hacia su amante una simpatía firme y serena, en que había algo de respeto. A medida que su diferente posición tendía a separarles, más se aferraba ella a su cariño.

* * * * *

Un suceso ignoraba Pateta, y también Pepe lo ignoró durante algún tiempo, que contado por aquél a Paz, hubiese podido sumarse al capítulo de culpas hecho contra Tirso: el rompimiento de Leocadia con Millán.

Despreciado por ella, puso él los ojos en otra. Había entre los cajistas de la imprenta uno casado dos años antes con una muchacha llamada Engracia, sastra, muy guapa, modosa, de dulce condición y digna de mejor trato que el que le daba su marido. Era el tal, jugador, holgazán, pendenciero, pero, sobre todo, borracho, y con tan mal vino, que su desdichada compañera podía contar las copas que empinaba por los guantazos y empellones que ella recibía luego. Escatimarla la comida, empeñar las ropas, trampear en la taberna y volver el sábado a casa con el jornal mermado por el vicio, eran sus principales hazañas, amén de mirar a la pobre muchacha con el mayor despego. A Engracia la casó su madrastra, prendera, que, según voz pública en el barrio, tenía _gato_, con propósito de quitársela de encima, y ella admitió los primeros requiebros del cajista por salir del poder de tan mala pécora. Mientras confió el mozo, y la prendera supo hacerle esperar, en que la boda le proporcionaría cuartos, ocultó sus mañas; pero verificado el matrimonio, libre la madrastra, sujeta Engracia y chasqueado el novio, comenzó éste a dar mala vida a la muchacha. Afortunadamente, sus brutalidades duraron poco. Cierta noche, al cerrar la taberna en que se había emborrachado, el dueño de la tienda le arrojó a torniscones, y él se quedó tumbado en la acera, sin abrigo ni gorra. Cuando llegó a su casa, de madrugada, tosía más que un asmático, y a los quince días murió en el hospital, dejando a Engracia un niño de pocos meses. Sus compañeros, como todos los de tan noble oficio, en que tales casos son raros, tenían formada una a modo de sociedad de socorros para auxiliarse en los trances duros de la vida, y acordaron entregar a la madre viuda una cantidad de dinero. Millán puso algo de su bolsillo y mandó a Engracia recado para que fuese a recoger el total. Poco después, con ánimo de socorrerla indirectamente, y sabiendo cuál había sido de soltera su oficio, la dio alguna ropa que arreglar, y, hoy un viaje de él a su casa, mañana una visita de ella a la imprenta, al cabo de algunas semanas, como esto coincidiese con el acentuado desvío de Leocadia, comenzó a fijarse en Engracia, requebrándola entre rudo y amartelado con una delicadeza a que ella no estaba acostumbrada. La hermosura de la viuda, su desamparo y la juventud de Millán hicieron lo demás. La mujer se manifestó luego cada día más cariñosa, medio agradecida medio amante; él instintivamente apreció sus cuidados, quizá fijándose en el contraste que formaban con la arisca condición de su antigua novia, y sus existencias se unieron, formando el hermoso maridaje de la desgracia y el consuelo bendecido por el amor. Lo que más cautivó el corazón de Engracia, fue la dulzura con que Millán trató a su chico. Acaso el tierno afecto de la madre no fue sino el premio espontáneo de las caricias que el niño recibía.

De todo esto no tuvo Pepe conocimiento hasta mucho tiempo después, y Pateta tampoco lo sabía cuando habló con Paz: de suerte que ésta lo ignoró por completo.

XVIII

Doña Manuela iba entre tanto sometiéndose mansamente a la influencia de Tirso: su carácter débil aceptó la inclinación que éste quiso darle, como hubiera tolerado cualquier otra. Nadie hasta entonces la dijo lo que su pensamiento había de acoger o rechazar, y fue indiferente en religión por serlo los que la rodeaban, que a ser fanáticos en cualquier sentido, fuéralo ella también. Tirso acertó antes que otro a encauzar su docilidad, y la buena mujer no ofreció resistencia, porque no hubo lucha en su espíritu ni asomo de contradicción entre las creencias propias y los consejos que escuchaba: el hijo cura no tuvo que desarraigar otra planta para sembrar en aquella tierra virgen; bastó que dejase caer la semilla: doña Manuela empezó a manifestarse devota con esa religiosidad externa que se ciñe a fórmulas preconcebidas y rezos como estereotipados para que las generaciones los repitan inconscientemente. La extraña poesía de la religión, compuesta de misterios ininteligibles, esperanzas mal definidas y amenazas tremendas, la sedujo con el encanto de lo extraordinario y, rechazando instintivamente las abstracciones, que tampoco Tirso hubiera podido explicarla, acogió de buen grado lo que hiere la imaginación. No entendió nada de la perfección humana en el seno de Dios, ni del vino que engendra vírgenes, ni del divorcio de la carne y el espíritu, ni del himeneo místico del alma y el Señor; pero, en cambio, la epopeya de la Pasión, narrada día por día, detalle por detalle, como vista de cerca, la impresionó mucho. Los suplicios de los primeros mártires, la mansedumbre de las vírgenes, la magia de los milagros, ejercieron en ella influjo análogo al que produce en cabezas infantiles la relación de cuentos maravillosos, y la admiración por todo esto engendrada sirvió para aumentar sus devociones, que cumplía con mayor facilidad según iba descifrando algo de lo que significaban. La misa, que en un principio juzgó ceremonia cansada y larga, fue pronto para ella representación de lo que sufrió el hijo de Dios, que por nuestras culpas se dio, y sigue dándose en cuerpo y sangre como precio de la redención humana; las letanías, antes enojosas, sartas de frases que no entendía, adquirieron carácter de plegarias gratas a sus labios, dulces al oído de aquéllos a quienes iban dirigidas; el rosario, que consideró retahíla de inútiles repeticiones, acabó por parecerle saludo de palabras augustas, recuerdo de las mayores penas y dichas que sufrió la Madre del Salvador del mundo. La interpretación de ciertos simbolismos y la sorpresa de ver explicadas cosas que antes no comprendiera, derramaron en su alma una satisfacción tranquila, un goce exento de egoísmo, pero que llegaba a producirla cierta excitación, haciéndola experimentar aquella complacencia propia de los cerebros débiles que, al descubrir algo nuevo para ellos, piensan haber hallado lo verdaderamente extraordinario. Las vidas de los santos, sus martirios y milagros, que Tirso solía leerla en el _Año Cristiano_, traducido del P. Croisset, eran para su imaginación como novelas de interés grandísimo, y la relación de aquellos gloriosos dolores y glorificaciones se le antojaban impregnadas de encantadora poesía. Si en la existencia de los que corrieron al martirio había algo ridículo o absurdo, ella no lo notaba, dispuesta y preparada por Tirso a percibir sólo el aroma de las virtudes que aquellas narraciones exhalaban. El beato Bernardo de Corleón, que bebía agua de fregar; Santa Senorina, que imponía silencio a las ranas; Santiago el Menor, que a fuerza de hincarse de rodillas crió en ellas callos como los camellos; San Toribio Mogrobejo, que nadaba entre caimanes como quien se baña con amigos; Santa Catalina de Sena, que una vez pasó desde el principio de Cuaresma a la Ascensión sin más alimento que la comunión; Santa Inés de Montepoliciano, que viendo imágenes de Cristo brincaba en la cuna de alegría; y la beata María Ana de Jesús, que dormía desnuda sobre manojos de zarzas y cambrones, eran figuras que desaparecían ante otras aureoladas de admirable grandeza; vírgenes con los pechos cortados a cercén, doncellas que desafiaban a los pretores romanos, niños cruelmente perseguidos y hombres que, ofreciendo a Dios el espíritu, entregaban la materia al dolor, como amada que se rinde a su amante.

La piedad de doña Manuela fue manifestándose por diversos síntomas. Comenzó a frecuentar asiduamente la iglesia, y se cuidó poco de ocultar a su marido y a su hijo menor la trasformación que en ella se operaba. Una noche, como Pepe llegase a casa más temprano de lo acostumbrado, entró, abriendo cautelosamente con su llave, por no despertar a los que reposaran y, oyendo rumor de voces apagadas, se detuvo a escuchar en el pasillo: halló entornada la puerta del comedor, y miró. Doña Manuela y Leocadia, terminado ya el rosario, estaban haciendo _acto de expiación_ por las culpas propias y ajenas.

Tirso decía las frases expiatorias y ellas contestaban a una.

--Por mis pecados, por los de mis padres, hermanos y amigos; por los del mundo entero, perdón, Señor:--y ellas repetían:

--Perdón, Señor.

--Por las blasfemias, por la profanación de los días santos, perdón, Señor...

--Perdón, Señor.

--Por la desobediencia a la Santa Iglesia, por la violación del ayuno.

--Perdón, Señor.

--Por los crímenes de los esposos, por las negligencias de los padres, por las faltas de los hijos.

--Perdón, Señor.

--Por los atentados contra el Romano Pontífice.

--Perdón, Señor.

--Por las persecuciones levantadas contra los obispos, sacerdotes, religiosos y sagradas vírgenes.

--Perdón, Señor.

--Por los insultos hechos a vuestras imágenes, la profanación de los templos, el escarnio de los Sacramentos y los ultrajes al augusto Tabernáculo.

--Perdón, Señor.

--Por los crímenes de la prensa impía y blasfema, por las horrendas maquinaciones de tenebrosas sectas.

--Perdón, Señor.

--Basta por esta noche--dijo Tirso levantándose.--Mañana, el rosario y _paráfrasis_ de un mandamiento.

--¿Llevamos cinco, verdad?--preguntó Leocadia.

--Sí: mañana toca el sexto.

Entráronse en seguida ellas, cada cual en su cuarto, y Tirso se quedó leyendo en el breviario. Pepe aguardó a que se recogieran las mujeres y luego volvió al comedor, resuelto a tener una explicación con su hermano.

La lámpara, casi agonizante, parecía negar su luz a aquella escena: Tirso, no esperando tan pronto el ataque, tuvo un instante de flaqueza y, levantándose del asiento, quiso refugiarse en su cuarto: Pepe, extendiendo hacia él la mano, le hizo señal de que esperase. La escasa claridad, reflejándose en los cristales del aparador y de los cuadros, dejaba en sombra los ángulos de la habitación; tras los visillos rojos de la puerta del gabinete dormían los padres y, al fondo del pasillo, estaba el cuarto de Leocadia: en torno de ambos hermanos todo era sombra y silencio. Sobre el hule que cubría la camilla estaba el rosario de Tirso y un librito de lecturas devotas, con las tapas abarquilladas y mugrientas.

--Hablemos bajo--comenzó diciendo Pepe.

Y el diálogo prosiguió en frases mortecinas, cobrando, en cambio, los rostros toda la energía que faltaba a la expresión de las palabras.

Después continuó:

--Al entrar he oído, sin querer, que erais rezando: en eso no me meto, aunque a mamá, sobre todo, más valiera que la dejases acostarse a su hora. Lo que quiero rogarte es que mañana no expliques a Leocadia mandamiento ninguno, y mucho menos el sexto.

--¿Por qué?

--Porque no.

--Esa no es razón.

--¿A qué decirte lo que te has de resistir a entender? Sólo te pido que te abstengas de explicar a Leocadia, como vosotros soléis hacerlo, ideas y conceptos de que no se debe hablar a las muchachas.

--Vamos, ya encontraste pretexto para contrarrestar la obra de santa perfección que he emprendido.

--Aquí no hacía falta santidad alguna: ¿qué mayor perfección que la tranquilidad y la paz?

--¿Luego confiesas?...

--No confieso nada: hago una advertencia. A ciertos actos de devoción, tontos pero inofensivos, no he de oponerme. Ya que me obligas a ello, te lo diré: me parecen simplezas; lo que no me acomoda, es que señales y repitas a la muchacha esa claridad y desnudez con que algunos de vuestros libros abren los ojos a quien los tiene cerrados, ensuciando la inocencia y despertando ideas torpes en quien jamás las tuvo.

--¡Cuánta ceguedad! A los enseres de la casa cuidadosamente quitáis el polvo cada día: al alma dejáis que críe podre.

--No me vengas con frases de beato melancólico, ni me obligues a burlas, que callo sólo por consideración a tí. Imita mi prudencia y no motives escenas que nos den a todos que sentir.

--¡No me provoques! ¿Acaso conoces mis propósitos?