El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 9

Chapter 94,075 wordsPublic domain

--Hijito, por Dios... haz un esfuerzo. Échate á la calle... Hoy tendrás suerte: me lo dice el corazón.

Salió Felipe desalentado y triste aquel día. Sentía un cansancio moral que le abrumaba. Aquella escuela de iniciativa y de voluntad era superior á sus años, y de vez en cuando la naturaleza juguetona y pueril se rebelaba contra los quehaceres graves, y contra la pesada carga de deberes más propios de hombre que de niño. Salió á mediodía, y vagando estuvo por las calles más de una hora, discurriendo qué camino tomaría y á qué amigos embestir en tal ocasión con la cortante arma de sus peticiones: no se le ocurría nada; se reconocía torpísimo, con desmayo muy grande en sus alientos; pasaba revista mental de personas, sin hallar en ninguna probabilidades de un feliz resultado... ¡Si tuviera la suerte de encontrarse en la calle un bolsillo de dinero...! Miraba á las baldosas; pero no vió en ellas ningún bolsillo ni cartera con billetes. ¡Si encontrara quien le diera trabajo, pagándole sus servicios...!

Pensó en Mateo del Olmo; pero éste le había dicho que si volvía otra vez á su casa haciéndose el tonto para pedir cuartos, le tiraría por la ventana á la calle. ¡Doña Virginia...! ¡Sí, buena estaba la señora!... Cuando fué ella misma á llevar las chuletas á don Alejandro, había encontrado en el cuarto de éste á una... ¡á la Tal!... y se retiró escandalizada. Tenía que oír doña Virginia... El don Alejandro era un perdido y no había que acordarse más de él. Estaba rodeado de gente de mal vivir, y lo que se le daba era para mantener... cállate, boca.

Á pesar de esta mala disposición de la excelsa patrona, Centeno fué allá. Podría ser que alguno de los señoritos... ¡María Santísima, cómo se puso Virginia cuando le vió entrar! No le echó por la escalera abajo porque no dijeran... Día más desgraciado que aquél no lo había visto Felipe en su vida. ¡Vaya unas caras que ponían los huéspedes! Verdaderamente estaban cansados de tanta y tanta postulancia. Cienfuegos, desde que Miquis había llamado á otro médico, no iba por allá, y además estaba, como siempre, en malísima situación. Los demás no tenían voluntad de dar ó carecían de dinero.

--Esto ya es vicio--dijo Poleró.--Si su padre no le mandara, vamos... pero él tiene sus mesadas... Aunque le diéramos millones, lo mismo que nada. Aquello es un tonel sin fondo. Felipe, vete á la Casa de la Moneda, única que puede surtir á tu amo. En la tuya hay por fuerza muchas bocas de chupópteros... ¡Pobre Alejandro! ¡pobre chico! Al fin ha de ir al hospital, y será lo mejor para él.

Casi lo mismo dijeron los demás. De la mano de ninguno de ellos se desprendió ¡ay! el rocío de un solo cuarto.

Fuése á la calle muy descorazonado, y dió, durante media hora, vueltas y más vueltas por el barrio, pensando, discurriendo, cavilando... ¿Sobre quién dejaría caer el filo de su tajante sable?... ¡Ah! ¡qué idea! si se atreviera... Si se atreviera á dar un ataque á don Pedro Polo... Pero ¡quiá! con el genio tremebundo de este señor... Á buena parte iba... Con todo, ¿por qué no había de probar? Si don Pedro le decía que no, bueno; si, por el contrario, se hallaba en situación favorable, en uno de aquellos momentos en que parecía que se ablandaba y se derretía la masa durísima de su genio...-¡Nada, á él! Quien no se atreve no pasa la mar. ¡Á don Pedro, y salga lo que saliere! Dirigióse á la calle de la Libertad; pero tan poca confianza tenía y tanto miedo de presentarse á su antiguo amo y maestro, que moderaba el paso, y ya en la puerta, volvió atrás y se entretuvo dando tiempo al tiempo, asustado del momento que anhelaba... ¡Cobarde! Sintiendo al fin arranques de energía, afrontó la terrible situación. ¡Adentro! ¡Cómo le temblaban las manos, cómo le palpitaba el corazón! Subió y llamó. Era la hora en que don Pedro, ya bien comido y bebido, acostumbraba entretenerse un rato en su cuarto, fumando y hojeando algún libro de clase... Desde que la criada abrió la puerta, sintió Felipe la voz de Marcelina, y esto le fué de tan mal augurio, que se habría vuelto á la calle si al mismo tiempo no oyera la del maestro, diciendo:

--¿Quién es?

El mismo Polo salió al recibimiento. ¡Sorpresa! Felipe como un muerto... ¡Con qué ganas se precipitaría por la escalera abajo!

--¡Felipe!... ¿tú por aquí? Pasa, hombre... ¡Jesús! derrotadillo estás...

Estas palabras, dichas con benevolencia, le volvieron el alma al cuerpo.

--Que entres, hombre. Parece que me tienes miedo. ¿Qué es de tu vida?

Don Pedro le llevó á su cuarto. Felipe le miraba, regocijándose de haberle encontrado de buen temple. Daba gracias á Dios de que no estuvieran delante, mientras él hacía su petición, ni la madre ni la hermana del Cura, pues de ambas temía desfavorables informes... ¡Vaya, que estaba aquel día de buenas el león! Para que todo fuera lisonjero, don Pedro le facilitaba la penosa exposición de su cuita, saliéndole al encuentro con esta hidalga y familiar frase:

--Ya, tú estás mal y vienes á que te socorra.

Felipe dió un gran suspiro. Bien comprendía que ninguna palabra sería más elocuente. En pie, la roja boína en la mano, no apartaba los ojos del suelo. El rubor le quemaba el rostro.

--No me coge de nuevas que estés tan mal. Desde que saliste de mi casa no habrás hecho más que vagabundear. Eres un perdido, un pillete de esas calles, y no teniendo ya quien te dé, no encontrando ya en dónde merodear, vienes á que yo te ampare...

Felipe sintió que materialmente se le desprendía la cara y al suelo se le caía. Hizo con ambas manos un movimiento encaminado á evitar esta catástrofe anatómica. Comprendió que era preciso decir algo. El silencio le acusaba.

--No, señor...--murmuró;--yo no soy vago... Estoy sirviendo á un caballero...

--¿Y ese caballero no te da salario, no te da ni siquiera de comer?

--Sí, Señor... pero...--balbució Felipe, aturdidísimo y sin saber cómo explicar el extraño y nunca visto caso de su miseria.

--Á ver, explícame eso.

--Es que mi amo no tiene nada... está pobre...

--¿Quién es?

--Un estudiante.

--Nunca he visto estudiantes que tengan sirvientes. ¿Es, por ventura, hijo de reyes?

Felipe se cortó. Su garganta oprimida no daba paso á la voz ni al resuello. Las ideas se le escapaban por un gran boquete abierto en su cráneo. Empezó á hacer pucheros.

--No, con llantico no me convences... Mientras no me expliques bien qué amo es ese, y por qué está tan miserable... ¿Y tú para quién pides, para tí ó para él?

--Para él.

Don Pedro rompió en franca risa. Haciendo juego con él, en contrario, Felipe lloraba como una Magdalena.

--Si usted no quiere creerme...--decía entre sollozo y sollozo...

--Pero si no me has explicado nada...

Y seguía llorando, llorando. Cada ojo era un río inagotable. Don Pedro, mejor dicho, el caimán de la escuela, le miraba sonriendo con cierta ferocidad escudriñadora, detrás de la cual quién sabe si se escondía la compasión.

Limpiándose las lágrimas con ambas manos, á puñados, Felipe suspiró estas palabras: «adiós, señor don Pedro,» y dió media vuelta y salió del cuarto, encaminándose á buen paso hacia la puerta de la escalera. Por el recibimiento iba, cuando la voz del maestro, iracunda, gritó:

--¡Doctorcillo!

Éste retrocedió.

--Demuéstrame tu necesidad--le indicó entre ceñudo y compasivo;--hazme ver que no pides para vicios y para entretener tu vagancia, y entonces te daré...

Felipe no respondía nada. Ya no lloraba.

--Pruébame...

¿Y cómo lo había de probar el desventurado? Pensó decir á Polo que se diera una vuelta por la malhadada casa de la calle de Cervantes, para que se convenciera, por el testimonio de sus ojos, de la verdad del lastimoso cuadro; pero esto le pareció ineficaz. Don Pedro no había de ir allá.

--Á ver, habla...

--Adiós, señor don Pedro,--volvió á decir el Doctor, dando otra vez la media vuelta para retirarse.

--Haz lo que quieras... Bueno, hombre, abur. ¿Y á dónde vas con tu cantinela?

Felipe se detuvo y le miró bien.

--Voy á ver si me quiere socorrer--dijo--una persona que ya otra vez me socorrió.

--¿Quién?

--La señorita doña Amparo.

Don Pedro, súbitamente, se volvió para la pared. Así no pudo ver Felipe su palidez, que era como la del bronce que quiere ser plata.

Haciendo que miraba un mapa. Polo exhaló estas palabras:

--¿Cómo fué eso?... ¿cuándo?

--El día que me marché de aquí, la señorita doña Amparo, que tiene tan buen corazón, me dió seis pesetas que se había sacado á la lotería.

Don Pedro empezó á revolver papeles sobre la mesa, quitando cosas de su sitio para llevarlas á otro. Se hacía el distraído, refunfuñando:

--¿Es eso verdad?... ¡Qué cosas te pasan, hombre! ¿Con qué seis pesetas...?

No miraba á Felipe, ni éste podía advertir en el rostro de su maestro señales de interior borrasca. El caimán se metió la mano en el bolsillo. Sonó dinero. Era como el roce y frotamiento de metálicas escamas. Felipe fué todo ojos. Una de las manos de don Pedro contaba sobre la otra, pasando y repasando monedas.

--Toma siete,--le dijo la domada fiera, poniendo un montoncillo sobre la mesa.

--Dios se lo pague, don Pedro, y le dé mucha salud á usted y á toda su familia.

II

La satisfacción, la ufanía que llenaban el alma del buen Doctor al salir de la casa de don Pedro, no son para descritas. Se asombraba de que un hombre tan atroz, que había tenido la crueldad de dejar sin pan al infeliz Ido, se ablandase hasta el punto de darle á él un auxilio mayor de lo supuesto. No alcanzando la rudimentaria agudeza de Felipe á penetrar el motivo del brusco enternecimiento del monstruo, forjaba en su mente una pueril explicación del caso. «Es que el señor don Pedro, decía, tiene dentro una lucecita que se enciende en cuanto le tocan un botón, como el de las campanillas eléctricas que se usan ahora. El que acierta con el botón y enciende la luz, hace de él lo que quiere. El que no, se _amuela_.»

Tan grande éxito le envalentonó, despertando su codicia: Preciso era trabajar más aquel día, para obtener una colecta considerable con que sorprender á Alejandro y alegrar su espíritu. ¿Á quién más acudiría?... ¡Ah! ¡Don Federico Ruiz debía de estar rico!... ¡á él! De paso, ¿por qué no tocar los registros á don Florencio Morales por si quería dar alguna cosa? ¡Al Observatorio como un rayo!... Recordó, no obstante, que su amo había dicho alguna vez á propósito de la liberalidad del astrónomo: «Antes dará aceite un ladrillo.» Pero no importaba... ¡adelante! Podría ser que también Ruiz tuviera botón, y que él, sin saber cómo, por inspiración del Cielo, lo tocara. En cuanto á don Florencio, bien presentes tenía los ofrecimientos que le hizo una tarde que le encontró en el Prado, tomándose con gran deleite un vaso de clarísima agua de Cibeles. ¡Á ellos! ¿Quién dijo miedo?

¡Qué contrariedad! Don Federico no estaba en la casa. Había ido á los ensayos de su comedia, que á la noche siguiente se estrenaría. El que sí estaba era el gran Morales; mas no fueron sus primeras palabras muy lisonjeras.

--Sí, te veo... te veo venir... Me traes la monserga de la otra tarde. Sí: que tu amo está malo, que ni tú ni él tenéis que comer. Yo he visto mucho mundo, amiguito. Si fuéramos á dar á todo el que tiene necesidad, andaríamos desnudos y abriríamos la boca al viento.

Felipe, desconcertado, se esforzó en la réplica, diciendo con quejumbroso y dolorido estilo que si no se fiaba de él, fuera pronto á la calle de Cervantes para ver con sus ojos la verdad de tan terribles apuros; á lo que don Florencio contestó lleno de entereza:

--Sí, justo: no tengo yo más que hacer que subir escaleras... Y entre paréntesis, lo que á tu amo le pasa le está bien merecido, porque es un libertino, un mala cabeza. Lo sé por Ruiz, que está al tanto de todo... No me vengas con cuentos. Yo no soy de piedra. Si tienes hambre, vente á la hora de comer, y no faltará con qué la mates. Pero lo que es metálico, no lo esperes. Está la patria oprimida, hijo, y hay mucho pobre y mucha boca que tapar. Pasa, entra, siéntate un rato, y veremos si Saturna tiene algo que darte. Creo que se le han echado á perder unos hojaldres... ¡Saturna! ¡Saturna!

Empezó á dar gritos, y luego, encarándose otra vez con Felipe que había ya perdido toda esperanza de recoger algo sonante, le dijo:

--Tienes suerte, chiquillo. Parece que lo hueles. Y entre paréntesis, ¿quieres que te diga en qué consiste el mal de tu amo, y por qué está tan miserable?

Centeno era todo oídos y no quitaba sus ojos de don Florencio, mientras éste, que acababa de subir la rampa, se limpiaba el sudor de la frente y cráneo, natural desahogo y salida de tan gran hervidero de ideas.

--Pues te diré, para que tú también vayas aprendiendo. Tu amo es un loco, es uno de estos jovenzuelos que se han emponzoñado con las ideas extranjeras. ¿Qué nos traen las ideas extranjeras? El ateísmo, la demagogia y todos los males que padecen los países que no quieren ó no saben hermanar la libertad con la religión. ¿Qué dicen por allá? Pues dicen: «Fuera Papa, fuera catolicismo y venga república; hacer cada uno lo que le dé la gana.» ¿Es esto prudente? No, señor; y lo que es en Francia, hijo, lo que es en Francia, te digo que Napoleón _Tres_ les sentará las costuras. ¿Tengo ó no tengo razón?

Compenetrado Felipe de tan sabias ideas, mostraba su asentimiento con grandes cabezadas afirmativas.

--Pues esas ideas, ese ateísmo, ese desbarajuste es lo que nos quieren meter aquí--prosiguió el insigne conserje, haciendo el orador y paseándose en un espacio como de tres varas.--Hay unos cuantos... todos muchachos, chiquillos, estudiantejos que leen libros franchutes y no saben palotada de nada... hay unas cuantas cabezas ligeras, y tu amo es de ellos... que nos quieren traer aquí todas esas andróminas forasteras. ¿Sabes lo que están diciendo?

Espanto de Felipe, que no sabía nada, pero sospechaba que era cosa gorda y coruscante.

--Pues ahora se salen mis amigos con eso de _todo ó nada_. En resumidas cuentas, que quieren nada menos que destronar á Su Majestad la Reina. Ya les he dicho que no les sigo por ese camino, y me he borrado de la Tertulia... Porque Dios sabe lo que va á venir aquí. Tú, figúrate... Se van á desbordar las masas...

Felipe creyó por un momento que aquellas masas eran los hojaldres que le habían prometido, y tembló por ellos.

--Á tí, vamos á ver, ¿no se te ponen los pelos de punta al pensar...?

--Sí señor, sí señor que se me ponen.

--Ese empeño de que todo ha de ser extranjero... Yo soy español por los cuatro costados. ¡Señor, si aquí nos entendemos muy bien, si aquí sabemos hacer las cosas...! Póngannos la Milicia, la Constitución del 12, y basta. El clero en su puesto, la Milicia para defender el orden, el Ejército para caso de guerra, Cortes todo el año, buenos seminarios, mucha discusión, mucha libertad, mucha religión y venga paz. ¡Si esto es claro y sencillo...! Pues no ha de ser así, sino ateísmo, demagogia y filosofía alemana... Yo les veo venir, y me callo... Ya veremos la que se arma. Aquí me estoy achantadito, esperando á ver por dónde salen. Una tarde discutimos aquí tu amo y yo... Se quedó turulato... Sí, pregúntale. Callado le dejé, y pegado á la pared. Él, defendiendo lo extranjero, me sacó poetas y descubrimientos... qué sé yo... ¡La ciencia y la industria! Á mí no me vengan con solfas. Yo he viajado, yo sé lo que hay... Concedo, sí señor, concedo que la Inglaterra nos aventaje en ciertas cosillas; pero en otras estamos por encima de todos. Fíjate tú en los productos de nuestro suelo, y dime si hay algo que les iguale. Aquí tenemos para todo lo que nos hace falta, y nos sobra para mantener á tanto hambriento de extranjis... Castilla es el granero del Orbe terráqueo. Nuestros vinos van por todo el mapa. Pues el día que queramos poner en un apuro á los inglesotes, no hay más que decirles: «caballeros, ya no hay más Jerez.» Y en cada localidad tenemos un producto excelente, sin rival en el mundo. Y si no, dime dónde hay otra Málaga para pasas, otra Astorga para mantecadas, otra Jijona para turrón, otra Soria para mantequilla y otro Madrid para un buen vaso de agua. En industria, ahí están Cataluña con sus hilados, y Toledo con sus armas. En buques no te digo nada. Cada marino nuestro vale por ocho extranjeros, y con un cachucho cualquiera nos ponemos delante de la mejor escuadra. Nuestro ejército ya se sabe que es el primero del mundo. Yo querría ver correr á ingleses, franchutes y austriacos en una batalla en que se dijera: «¡Cazadores de Madrid, adelante!...» Y todo, hombre, todo. Si aquí no necesitamos de lo forastero para nada. En generales, ¿qué nación tiene un Espartero y un O’Donnell? En abogados... habías tú de ver un escrito puesto por don Manuel Cortina ó don Joaquín Francisco Pacheco... ¿Y aquella palabra de Olózaga en el Congreso? Atrás la Europa toda. Hasta en cómicos estamos por encima. Pues á donde llega la Matilde, ¿quién llegó? ¿Tú la has visto? Aquel modo de llorar es cosa que parte el corazón. Pues te digo que en papeles de gracia vale tanto como en los de ahogo y sentimiento... Poetas los tenemos por fanegas, mejores que todos los extranjeros; y si vamos á pintores, ya quisieran ellos... Nada, nada, no le des vueltas: aquí no necesitamos para nada esos países. Díselo así á tu amo, y que se vaya curando de sus manías, y se haga rancio español y católico á macha-martillo, y se deje de patrañas ateas y de locuras demagógicas... Saturna, los hojaldres... ¿No los ibas á tirar? Aquí está Felipe que los aprovechará.

Cuando don Florencio puso punto final en su recitado, que á Felipe le pareció discurso por lo elocuente, sermón por lo largo, el muchacho, admirando tan soberano talento y facundia, no comprendía la oportunidad de la lección que con tales alegatos daba el conserje á Miquis, ni el provecho que éste había de sacar de ella para remediar su desdicha. Hizo propósito de retener en su fiel memoria lo más que pudiese de aquel discurso, para repetírselo á su amo, cláusula por cláusula, seguro de que éste se había de reir. Tomando sus hojaldres, que envolvió cuidadosamente en un número de _Las Novedades_, despidióse del matrimonio y echó á correr hacia su casa.

III

Frente al Botánico detúvole una voz conocida, una voz amistosa, que durante algún tiempo no había regalado sus oídos. Era Juanito del Socorro, que le llamaba desde la verja del Botánico, en cuyo escalón estaba sentado con otro amigo.

--Hola... _Redator_...

--_Míale_... _el Iscuelero_.

Entablóse franco y alegre coloquio. Juanito y su amigo habían salido del taller, porque aquel día estaban allá de obra y no se trabajaba... El insigne Socorro era aprendiz de dorador. ¿Qué ganaba? Un sentido. El principal le quería mucho y le iba á poner en el _estofado_. «Vente á este oficio, hombre, y ganarás lo que quieras.» El tal Juanito entró en aquel arte por gusto de su madre, y de allí pasaría á Ingeniero. Iba por las noches á la escuela gratuita de dibujo, y pintaba hojas de _coluna_, narices y toda la pirámide de la Geometría. Le iban á poner en el _adorno_ y á pintar una _comotora_. Ya sabía las cuatro órdenes de la arquitectura, y á poco más, si le dejaban, hacía _otra como el Escorial_. La _corintia_ era de este modo, y la jónica de aquel otro... En su taller, era él capaz de dorar el gallo de la Pasión, y en aquellos días estaban _refrescando un altar_. Su principal doraba también con _galvana_, en un pilón con agua muy agria, que quema... Como que él tenía la blusa agujereada porque le cayeron gotas. Era el oficio más bonito que se podía ver. ¡Nada, que coges una cosa de palo ó de hierro, y en un momento la pones dorada...! En fin, hijí, si te descuidas se te doran los dedos, y hasta el resuello es oro. ¡Ganar! Lo que quieras. Todos los días encargos, y «que vaya á sacarle _lustre al Padre Eterno de la Iglesia_...» En medio día se despachaba él cuatro espejos. Primero hacía la pasta, luego iba pegando molduras... Ahora venga barniz, brocha de pelos de león y panes de oro... Un momento, un suspiro. Da gusto ver que todo se va poniendo como un sol... Con los panes que sobraban hacía maravillas en su casa, y hasta los vasares de la cocina y la espuerta de la basura los había dorado.

Felipe, rebajando gran parte de lo que oía, conceptuaba feliz á su amigo con aquel oficio regio. ¡Dorar! Poner en todas las cosas la risa del sol, vestir de luz los objetos, endiosar la ruín madera, fingiéndole la facha del más fino y valioso metal... ¡Dichoso el que en tal industria se ocupaba! Daría él cualquier cosa por poder disponer de los elementos de aquel arte, y dorar la cama, los libros y hasta las botas de su amo. Subió de punto su admiración cuando Juanito le enseñó sus uñas doradas.

--¿Qué es eso que llevas ahí?... Pastelitos.

--Me los han regalado. No sirven...

--_Mia_ éste... ¡que no sirven! Nos los comeremos.

--Es que... son para...

--Te los compraremos, hombre... Si creerás tú... Te vamos á convidar á café... Fúmate un cigarro.

Sacó Juanito una cajetilla y repartió. El otro amigo encendió tres cerillas.

--¿_Onde_ vamos? Á _Diana_, que dan mucho azúcar...--Café y copas, Felipe...

Ya era de noche, y Centeno no quería detenerse; pero la obsequiosa finura de aquellos dos caballeros le cautivaba, y también, dígase con franqueza, no dejaba de sentir en su ánimo cierto apetito de libertad, instintivo afán de hacer algo que rompiese la triste y tediosa vida que llevaba. ¿Su esclavitud no tendría algún descanso, y su trabajo el alivio de un ratito de café?... ¡Adelante!

--¡Mozo... café y copas... y un periódico!...

Centeno se recreaba en el fácil uso de su albedrío, en aquel desembarazo que le hacía hombre; y cuando se acordaba de la soledad de su amo, sintiendo, con el recuerdo, asomos de pena, se consolaba mirando el mucho azúcar que sobraba y haciendo propósito de guardarlo todo para el enfermo. Tomaban el café despacio, porque estaba muy caliente, y entre sorbo y sorbo, corría de la boca de Juanito, como del caño de abundosa fuente, un chorro de hipérboles. No tenía Felipe su espíritu muy gozoso; pero desde el malaventurado instante en que llevó á sus labios la copa de ron, sintió que se transformaba y se volvía muy otro de lo que era. El maldito licor picaba como un demonio, producíale llamaradas en todo el cuerpo, y en la cabeza un levantamiento, un tumulto, una insurrección de todas las energías, un motín de ideas, bullanga y trapatiesta extraordinarias... Pero él, impávido, seguía bebiendo para que no le dijeran memo, y, por fin, no quedó nada en la copa.

¿Qué alegría era aquélla que le entraba, qué prurito de moverse, de reir, de alzar la voz, de hacer ruido y dar saltos sobre el asiento cual muñeco que tuviera en cada nalga un bien templado resorte? Juanito y su amigo se reían de verle en tal estado, y le incitaban á seguir bebiendo; pero él, con seguro instinto, se negó á dar un paso más por camino tan peligroso.

Era el tal café de los que llaman cantantes. Á cierta hora un melenudo artista sentóse en la banqueta próxima al piano, y aporreó las teclas de éste. Á su lado, un hombre flaco y pequeño cogió el violín, y rasca que te rasca, se estuvo media hora tocando. El efecto que la música hacía en Felipe era como si se le levantara dentro del alma un remolino de júbilo, el cual corriera haciendo giros, con delicioso vértigo, desde lo más bajo del pecho á lo más alto de la cabeza. Pues digo... cuando cesó el del violín y subió á la tarima una tarasca que cantaba romanzas de zarzuela y jotas y fandangos... Felipe, entusiasmado, no cesaba de dar palmadas, y á la conclusión de cada estrofa le faltaban pies y manos para hacer sobre la mesa y en el suelo toda la bulla que podía. Juanito, con más calma, tenía fijos sus ojos en la cantatriz, y admiraba sus dejos, sus gorjeos, sus ayes picantes y todo lo demás que salía por aquella salada boca. Él no decía más sino ¡qué boca, qué boca!... ¡Y con qué entusiasmo la contemplaba!... Se la doraría.