El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 7

Chapter 73,873 wordsPublic domain

--Es verdad.

--¿Cuartos...?

--Busca por ahí. ¿No habrá en mis bolsillos?

Felipe, sabedor de que en la mesa de noche tenía su amo un gran paquete de duros y pesetas, fué á buscar allí lo que necesitaba; pero Alejandro le detuvo con estas palabras:

--No, si ya no hay nada. Busca en los bolsillos del pantalón.

El Doctor, sin dejar de pensar en la vuelta que había tomado la plata depositada en la mesa de noche, empezó á buscar en todos los huecos de la ropa.

--No hay ni un sacramento.

--Pídelo á doña Pepa. Tráete también caramelos... Oye, y cigarros. Por más que diga Cienfuegos, no puedo dejar de fumar.

Al poco rato volvió Felipe con lo pedido, y además _La Correspondencia_. Su amo dormitaba; luego se despabiló y estuvo despierto casi toda la noche. Hablaba, entre tos y tos, del drama, de las cosas atrevidas y justicieras que hacía el Duque, y de las atroces llamaradas que echaba el Vesubio. Entre el follaje de esta verbosidad, puso Felipe la flor de una observación que hizo sonreír á Alejandro:

--Esa que ha estado aquí esta tarde--dijo,--es la Carniola.

--¡Y que está padeciendo las mayores amarguras bajo el poder de un Jacques Pierres...!

--¡Qué pillo! Y puede que le pegue...

--Es un salvaje... ¡Si yo no estuviera clavado en esta maldita cama...!

No dijo más sobre el particular... Como el tiempo seguía malo, continuó prisionero algunos días. La Tal volvió á visitarle, y en aquella segunda entrevista, que fué también de noche, el enfermo estaba levantado. Hablaron larguísimo rato con animación y mutuas expresiones de afecto. Ella contaba suplicios, sofocos y privaciones horribles. Él la consolaba y anunciaba mejores días... ¡Oh! pues si él no estuviera enfermo, todo iría bien. La Tal echó de sus bonitos ojos un par de lágrimas, y dijo mil pestes de Jacques Pierres. Al manchego se le partía el corazón. Lo peor de todo era que la Tal no podría venir más á verle... Para salir á la calle necesitaba decir mil mentiras... ¡Y luego venía con un miedo...! Pues si el bárbaro llegaba á descubrir que ella... De seguro que le cortaría la cara, y era lástima que una cara tan linda... ¡Lástima también ¡ay, Dios mío! que Alejandro no tuviera salud y mucha guita para poner eficaz y pronto remedio á tamaños males!... En fin, adiós, adiós...

Aún hubo una tercera visita, corta y de pocas palabras. Después de ella, Miquis escribió una carta á Torquemada pidiéndole dinero. El maldito prestamista no se lo mandó. ¡Paciencia! Cuando pudiera salir á la calle, Alejandro se lo pediría de palabra con razones persuasivas que no podía expresar la pluma de un poeta.

Á Felipe, justo es decirlo, no le eran indiferentes las gracias y gentileza de la desconocida amiga de su amo, á la cual daba, por no saber otro, el nombre de la Carniola. Ésta, al salir, le echaba siempre un par de miradas, y al entrar casi tres. Grabáronse en la memoria del muchacho las facciones de ella, su andar arrogante y la expresión indefinible que se asociaba, por mágico contacto de las ideas, á los poéticos lances del drama de Miquis.

Cierto que Felipe no era hombre todavía; pero lo sería pronto, y él con su imaginación se anticipaba á la edad. Estaba, pues, como poseído de cierta idealidad contemplativa y platónica, que se recrudecía al ver á la Tal. Una noche, mientras su amo dormía, estaba él desvelado y pensando en ella, viéndola claramente con todas sus gracias y perfecciones. Encendida su fantasía, y lleno su corazón de un gozoso entusiasmo, se le ocurrió á mi hombre la cosa más extraña... Pero no, no califiquemos así lo que es producto natural de infantiles caletres, y confesemos que lo que discurrió Centeno era muy adecuado á su edad de transición y á su escogido espíritu.

Veamos. ¿Por qué no había de ser él también poeta? ¿Por qué no había de componer también sus versos, como todos los chicos en llegando á su edad? ¡Y quién sabía si estaba destinado á ser autor notable como su señor, y aun á escribir un drama tan hermoso como _El Grande Osuna_, que sería el asombro del mundo! Era menester probarlo. Notaba como una llamarada dentro de su cabeza, y siempre que se acordaba de la hechicera y arrogante Carniola, oía susurro de rimas en sus orejas, y sentía dentro algo como ganas de llorar, ganas de reir... Manos á la obra. Estaba inspiradillo, y muy tonto había de ser si no conseguía enjaretar dos docenas de versos y cantar en ellos la preciosidad de aquella mujer. Ya, ya sabía él que todo estaba reducido á barajar unas cuantas palabras bonitas, y á ponerlas bien puestas aquí y allá, haciéndolas sonar como cascabeles.

Su amo dormía; sentóse Felipe, cogió la pluma y ¡zas!... allá te van renglones. ¡Quiá! esto no suena. Otra vez; borra y vuelve á escribir. No sale... Ahora... _Gentil señora, de beldad bella y hechicera_... ¡Oh! esto no sonaba. Á ver ahora. _Cuando las auras_... Esto de las auras era de lo más majo que usan los poetas. _Cuando las auras gimen ¡ay! y gimen_... ¡Magnífico! Lo malo era que no podía seguir adelante, hasta ver qué salía de tanto gemido. Otro esfuerzo: _Al mirar esos ojos cual luceros_... Bien, bien: ¡qué bien sonaba el _cual_!... _Echando rayos hechiceros_... Que me queman cual encendidos... ¿Qué pondría para rimar? _¿Carniceros?_ No: esto no parecía palabra de poesía. Además, debía ser cosa que quemara, que ardiera, como, por ejemplo, _braseros_, y mejor _pebeteros_, cosa de lumbre y de buen olor á un tiempo.

Á las doce quedó terminada la composición. Felipe se reía á cada verso escrito ó borrado. Á veces juzgábase hábil poeta, á veces absolutamente inepto para el áspero arte de la versificación. Por último, la idea de que su amo pudiera ver al día siguiente aquellos disparates, llevóle á considerar sus versos como los más chabacanos que se podían imaginar, y avergonzado los hizo pedazos, dejando para más adelante, y cuando supiera algo de retórica, el hacer nuevo ensayo de sus facultades imaginativas.

Al día siguiente de esto repitióse la visita de la que inspiraba secretamente al Doctor sus ardientes pruritos de emular á Petrarca.

¡Oído, Felipe! que aquel día la conferencia fué más acalorada que nunca. El manchego sin ventura deploraba la vaciedad de sus cajas, que le ponían en el desairado trance de no poder atender á las cuitas pecuniarias de la hermosa Carniola, y librarla de la feroz tiranía de aquel Jacques Pierres á quien los turcos debían hacer picadillo... Mostrábase ella muy alarmada de que el aventurero descubriese las visitas recatadas al Duque, y recelaba que no pudieran verse más... Para remediar esto, se le había ocurrido un plan. ¡Qué acertado pensamiento! Bien para él y bien para ella. ¡Oído, Felipe! que va á decir el plan. La Tal tenía una hermana, casada con el mayoral de una ganadería. Vivía este matrimonio en casa humilde, pero aseada, y le vendría bien tener un huésped para ayudarse. ¿Por qué no se iba Alejandro á vivir con aquella feliz pareja? Estaría solito y mejor asistido que en aquella casa, que parecía escuela de danzantes; en aquella leonera, donde le robaban y no le cuidaban bien. No sería huésped, sería el amo, y la bendita hermana de la Carniola no sería su patrona, sino su ama de llaves. ¡Qué comodidad y qué proporción! El mejor resultado de esto sería que la Tal podría siempre que quisiera visitar á su hermana, sin oposición del caribe, y ver á Alejandro diariamente y aun cuidarle en su enfermedad...

Oído, Felipe, que tu amo se arrebata, y aprueba el plan, y reniega de doña Pepa, y hace depender el mejoramiento de su salud de un cambio de domicilio. ¡Si en aquel cuarto no hay aire que respirar! Sí, sí; y la Tal se entusiasma también, y dice que la casa de su hermana _cae_ á unos jardines que parecen los cármenes de su tierra, llenos de pajarillos. ¡Y cómo entra el sol por aquellas ventanas! El piso es altito, eso sí, ciento diez escalones; pero una vez arriba...

Quiso la suerte ó la desdicha de nuestro héroe tobosino que á sus proyectos se anticipara la llamada doña Pepa, hembra de mal genio y peor catadura. Tiempo hacía que estaba disgustada de tener en su casa un huésped herido, según ella, de enfermedad funesta y pegadiza. La casa perdía mucho con esto, en su opinión de saludable, y ya algunos señores alumnos de Veterinaria habían lanzado la peligrosa especie de marcharse. Teniendo ciertos puntos y ribetes de humanitaria la doña Pepa, no quería decir á Miquis, desabrida y secamente: «Le echo á usted por enfermo.» Discurría un hábil pretexto, y vinieron á dárselo las visitas de aquella Tal, á quien lo mismo ella que su marido diputaron por una cualquiera, ¡Vaya unas amistades que tenía el don Alejandro! No, en casa tan honrada no se querían visitas de tal naturaleza, ni la opinión de la escogida pléyade de huéspedes podía ser expuesta á las calumnias y dicharachos de la vecindad. En éstos ó parecidos términos manifestó á Miquis doña Pepa sus propósitos, corteses, pero claritos.

--Yo pensaba marcharme--dijo él.--En esta casa no hay aire respirable.

Y sin pérdida de tiempo empezó á disponer todo para la mudanza, apretándole á ello el deseo de gozar pronto de la vista de aquellos jardines, de la alegría de tanta luz y aires tan puros. ¡Qué suerte tenía y qué motivos de alabar á la Providencia!

V

Habiendo mejorado el tiempo, pudo al fin salir á la calle. La primera vez, apenas anduvo cien pasos, tuvo que volverse á casa; pero su fuerza de voluntad y el anhelo de callejear pudieron más que su quebranto, y en los días siguientes tornó á salir y estuvo en el café. Era su aspecto como el de un difunto. Cuantos le veían, ó manifestaban el mayor asombro, ó tenían que hacer disimulos muy violentos de la mala impresión que les causaba el rostro amarillo, la afilada nariz, la fatigosa voz del pobre estudiante. Y él, siempre optimista, y engañándose á sí mismo, se anticipaba á las observaciones de los que le compadecían, diciéndoles:

--No estoy ya tan malo como crees... Es porque me ves el primer día que salgo á la calle, y la verdad... me he quedado en los huesos. Pero me voy reponiendo... siento que mejoro rápidamente...

--¿Y dónde vives ahora?

--Te diré... No vayas á verme, porque estoy como de paso en una casa que no es de huéspedes... casa con jardines; quiero decir, que tiene vistas á un jardín... Pero no vayas por allí: hay mucha escalera, y lo probable es que no me encuentres.

El verdadero motivo de que Alejandro alejara á sus amigos del nuevo domicilio, era cierto disgusto ó vergüenza de que le vieran allí, pues en verdad (¡desvaneceos, ilusiones locas!) no pudo el enfermo haber ido á peor sitio, aunque lo rebuscara entre todo lo malo que hay en Madrid. Estaba la tal casa en la calle de Cervantes; mas no bastaban las leyendas gloriosas del barrio á hacerla simpática. Á dicha vivienda se subía por una escalera interior, casi tan larga como la del Cielo. Aquello no acababa nunca, y nuestro poeta tenía que sentarse dos ó tres veces en los peldaños para poder seguir. Cerca ya de los sotabancos, muchedumbre de sucios chiquillos á todas horas invadía la escalera, estorbando el paso, haciendo infernal ruido que ni un momento se interrumpía de la mañana á la noche. En los descansos altos, había un tufo que viciaba el aire y lo hacía irrespirable, porque las vecinas sacaban sus anafres y braseros para encenderlos y pasarlos en la escalera. Abiertas casi todas las puertas, sentíase allí hormigueo de gente que, por no tener espacio bastante, rebosaba de sus domicilios, y el murmullo mareaba tanto como el tufo del carbón. Las paredes, de abajo arriba, y donde quiera que no faltaba el yeso, aparecían llenas de letreros, mamarrachos y de mil suciedades diferentes.

La primera impresión de Alejandro, al estrenar su domicilio, fué penosísima... Creyó que entraba en una carbonería, porque paredes más negras que las de aquel pasillo no las había visto él en toda su vida. Por el suelo de polvorosos ladrillos rojos se arrastraban chicos entecos y miserables, otros gateaban, aquéllos corrían como en una plaza, éstos hacían procesiones y paradas militares. En las puertas numeradas, no había cordón de campanilla, y las más estaban abiertas. Para llamar en las cerradas, se hacía uso de los nudillos. Una vez dentro de su cuarto, que era el número 7, enseñáronle una salita, lo mejor, casi lo único de la casa, de regular tamaño, paredes sin papel, aplanado techo y buenas luces. Eso sí, en vistas, no le ganara ni la torre de Santa Cruz.

Por la cuadrada ventana se veía grandioso país de nubes y tejados; se dominaba toda la parte oriental de Madrid, que es la más hermosa: el Retiro, la aguja del Dos de Mayo, el techo plomizo del Congreso, la mole de Buenavista, las chimeneas de la flamante Casa de la Moneda, y detrás el árido campo donde pronto se había de levantar el barrio de Salamanca. En cúpulas y tejados veíanse las formas más extrañas y las variedades más caprichosas. Ofrecía el conjunto una crestería chabacana, de recortados picos, aleros, palomares y sin fin de chimeneas, como negro ejército en desorden, las unas empenachadas de humo, las otras no, muchas torcidas y con el capacete ladeado. Era preciso mirar verticalmente, como se mira al fondo de un pozo, para alcanzar á ver aquellos jardines de que hablaba la Tal. Pertenecían á lujosas casas de la calle del Prado, y estaban tan hondos, que las más altas ramas de las acacias apenas llegaban al segundo piso. Con esmero y mimo cultivados, aquellos profundos verjeles se componían de afeitado césped, setos tijereteados, de algunas coníferas y acacias, todo raquítico y achacoso. Era como un hospital de árboles. Los había variolosos, todos llenos de verrugas; los había reumáticos, mancos de ramas; habíalos atacados de alopecia, por lo cual tenían calvicie de hojas, y todos calenturientos, revelaban en su amarillez el paludismo en que vivían. No faltaba tampoco una marmórea fuente que á ciertas horas se emperifollaba con un juego de agua para recreo de los pececillos rojos, prisioneros en el pilón.

No disgustó á Alejandro la estancia aquélla desde la cual se veía tanta nube, tanta chimenea, y, con buena voluntad, el sepultado jardín. Los muebles habían sido muy buenos; pero estaban estropeadísimos y pidiendo á gritos plumero, agua y estropajo. No había silla que no estuviera coja, ni pieza en que no faltara algo. Todo revelaba la adquisición de lance, en el desplome de una fugaz fortuna, de esas que nacen y se liquidan en una semana. Todo era de acarreo, de baratillo; todo procedía de esa industria prendera que sirve para poner casas provisionales ó para la improvisación de los ajuares domésticos.

La gente aquélla, marido y mujer, no parecía mala. Ella habría sido hermosa, si no estuviera picoteada por las viruelas; él, atravesado y de semblante duro, revelaba conexiones con gente torera. La estudiada afabilidad de ambos cautivó al manchego, que no veía más que el aspecto bueno de las cosas. Todo quedó convenido, y se instaló en la sala. Allí estaría como en su casa. Para mayor comodidad del ínclito joven, no se fijaría un diario, al uso de las casas de huéspedes, sino que él diría por las mañanas á Cirila: «Cirila, quiero comer esto, quiero lo otro;» y Cirila le diría: «Pues, señor don Alejandro, déme usted tanto más cuanto...» ¿Que el señorito no quería aquel día comer...? «Pues, Cirila, hoy no como en casa.» ¿Que quería un extraordinario...? «Cirila, mañana comeremos aquí cuatro amigos.» Y ella entonces haría las cuentas, y le diría: «Porque mire usted, señorito: la ternera está á tanto, la merluza á cuánto...»

Todo iba bien. Los primeros días estuvo Alejandro bastante mejorado, y claro es que pasaba en la calle la mayor parte del tiempo. Felizmente no carecía de dinero, juntando lo que pudo arrancar á Torquemada con lo poco que le envió su padre. Iba viviendo; su pensamiento, ávido de las cumbres, no sabía descender á los llanos de la vida material, ni enterarse de lo mucho que habían encarecido los artículos de comer desde que él hiciera sus convenios con Cirila; ni advertía que le estaban costando un ojo de la cara su frugal almuerzo y su nada abundante comida.

Había dicho á Felipe que abandonara la posada de los mieleros y se viniese á habitar con él, lo que llevaron á mal Cirila y su marido, porque era Felipe, según ellos, fisgón, entrometido y amigo de curiosear lo que no le importaba. Todo lo había de intervenir, y sabía el precio de los comestibles, del carbón y de los artículos más usuales... ¡Oh, á él no se la daban! ¿Quién había visto que cuatro huevos costaran una peseta? Sólo aquel visionario de don Alejandro, con su cabeza llena de dramas, Carniolas, ideales y filosofías, podía ver impasible tan grande atrocidad económica.

En un momento de mal humor había dicho Cirila: «Ya sabía yo que el señorito era muy aficionado á mantener vagos,» frase que al Doctor se le atravesó y no pudo digerirla en mucho tiempo. Pero mientras más le crecían las uñas á ella, más se esmeraba él en fiscalizar y discutir todo.

Desgraciadamente para el soñador del Toboso, pronto faltaron ocasiones de regatear sobre el precio de las comidas. El 1.º de Mayo, á consecuencia de haberse mojado con una llovizna, al anochecer, recayó con síntomas muy desconsoladores. Francamente, en la noche del 2, creyó que se moría. Vino Cienfuegos, y no fiándose de su ciencia para un mal tan grave, trajo consigo á un médico amigo, joven y afectuoso. La debilidad de Alejandro era tan grande como su inapetencia. Hubo que recurrir á la carne cruda, al extracto de Liebig, y con ninguna de estas cosas se atajaba el rápido desmoronamiento de aquella naturaleza, ávida de pulverizarse y perderse en lo inorgánico. La combustión crecía; las pérdidas eran enormes; el espíritu se iba quedando cada vez más solo, tan solo, que los desmayos eran simulacros de muerte. Peor estaba el infeliz que en casa de doña Pepa, y más hundido, más clavado y sepultado en aquella odiosa cama de tormento. Para que éste fuera mayor, su ánimo abatido negábase á buscar en sí mismo, en su propia arrogancia y fecundidad, las fuerzas reparatrices. Callaban los estímulos mentales del arte, y enmudecían los pruritos íntimos del ideal y el amor. Todo dormía en él, menos el enfermo; todo, menos la fatiga, el calor, el frío, la cefalalgia, el negro cansancio y la pesadez de sus huesos de plomo... ¡Inexplicable desvío el de la Tal, que no había ido á verle más que dos veces desde que allí estaba, y estas dos veces con mucha prisa, porque tenía que hacer, porque sólo disponía de un par de ratitos!... No vienen nunca solos los males. Á los referidos, juntóse uno que era en todas circunstancias dolorosísimo para el pobre estudiante, y en aquella terrible casa el mayor de los infortunios. ¡Se le había concluido esa cosa tonta y divina, esa farándula indispensable, esa nonada omnipotente que llaman dinero!... ¡Qué afanes, qué fatigas para procurarse algunas cantidades! Felipe no cesaba de salir con cartitas y recados. Volvía casi siempre con las manos vacías. «Es que ya abusamos--pensaba él.--Razón tienen en no darnos nada.»

VI

Tuvo Cirila no se sabe qué cuestiones con su marido, y éste desapareció. Se fué derecho á la ganadería, de donde no debió nunca salir. Ella no se había ido también, según dijo, por estar cerca de su hermana y cuidar al señorito; pero si el señorito no aprontaba lo necesario para el diario, no podía ella darle ni una miga de pan, porque... mostraba las palmas de las manos vacías... no tenía nada. Para dar al señorito la última tajada de carne, le fué menester empeñar su mantón y las sábanas de la cama... Por manera que si el señorito quería una chuleta, una taza de caldo, huevo pasado, rebanada de pan, ya podía ir pensando de dónde lo sacaba, porque ella...

En tal extremidad, y hallándose como ejército famélico en plaza estrechamente sitiada, discurrió Alejandro pedir socorro á su tía, que era la última palabra del credo en casos tales. Acudió volando Felipe con la esquelita, y á la hora volvió desconcertado y afligidísimo. La señora le había recibido con risas muy extrañas y llevádole á la sala, donde tenía (espanto y confusión de Felipe) una mesa con tapete encarnado, y encima dos velas verdes y sin fin de cartas de baraja revueltas... Á Centeno se le comprimió el corazón viendo cómo la señora, después de espantar un zángano invisible, se puso á revolver cartas sin hacer caso de él para nada... La criada entraba y salía, viendo todo como la cosa más natural del mundo... Por fuerza la mujerona sirviente estaba también tocada. ¿Y qué hizo la señora con la carta de su sobrino? Pues la colocó abierta sobre la mesa, y empezó á correr naipes, á correr naipes, diciendo unos latines ó romances que el demonio que los entendiera. Después trajo un puñado de cañamones, y haciendo un cucurucho se lo dió á Felipe para que lo llevara al sobrino sin ventura... Que Felipe salió escapado de la casa, no hay para qué decirlo. Felizmente, encontró en la calle de Toledo á su paisano y amigo Mateo del Olmo, de quien obtuvo, no sin esfuerzos de elocuencia, el anticipo de una peseta. Con ella compró pan, dos huevos y una chuleta, y guardó el resto para lo que ocurriese. Todavía había Providencia.

La misma noche tuvo un feliz encuentro en el pasillo de la casa, que era el Foro ó Parlamento en que se ventilaban las cuestiones de aquella federación de familias. Habiendo dejado á su amo dormido, salió á ver si podía hacer callar á unos chiquillos que alborotaban. Vió pasar á un hombre, que miraba al suelo, rozando su cuerpo contra la pared, al mismo tiempo que andaba vacilante. Reconocióle al punto, y tirando del faldón de una especie de levita, que del cuerpo de aquel fantasma pendía, le dijo:

--¡Don José!... ¿Ya no me conoce?

El otro se detuvo y le miró. Sus ojos, cual si acabaran de verter copiosísimo llanto, estaban húmedos. Sus erizados pelos bermejos se querían echar fuera sediciosamente del abollado sombrero que los oprimía y avasallaba. De su rostro emanaba una tristeza sepulcral, como de los anafres de las vecinas el pesado tufo, y así como en éstos, por los agujerillos, se ven las brasas quemadoras, así en el entenebrecido rostro de Ido se veían brillar ascuas de un mirar famélico. Más con el alma atenta que con el oído, enteróse Felipe de los conceptos de aquella voz, que dijo:

--¡Ah!... tú eres aquel Doctorcillo Centeno, el que estaba en casa de don Pedro... ¿Vives aquí?

Hubo mutuas explicaciones, y ofrecimiento de domicilio. Ido, tomando á Felipe por un brazo, retrocedió á la escalera, y se sentó en el último peldaño de ella.

--Siéntate aquí y hablaremos--dijo con voz desvanecida y vagorosa, cual si las palabras medrosas del aire en que vibraban, quisieran retroceder para volverse á la boca.--Sabrás, Felipe, cómo estoy sin colocación desde hace tres meses. Y por más que busco, y aro la tierra para encontrarla, no puedo conseguirlo. He visitado á todos los maestros, y nada. He ido á todos los colegios, y en ninguno hay vacante. Lecciones particulares, ¡Dios las dé!... De modo que estoy, hijo, á la cuarta pregunta... con mi señora enferma y cuatro hijos, cada uno con su boca correspondiente.

Preguntóle discretamente Felipe los motivos de su salida de la casa de Polo, á lo que el pendolista contestó de este modo: