El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 6

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Cuando con alguno de éstos se topaban, no en retrato, sino de carne y hueso, en la calle, no se hartaban de mirarle, y aun le seguían largo trecho. De sus contemporáneos, el que mayor entusiasmo despertaba en Alejandro era Ayala, poeta insigne, recién laureado por su célebre obra _El Tanto por ciento_, de la cual decía nuestro manchego: «La primera vez que la ví representar me hizo tal efecto, que estuve en cama tres días.» Y en su _Grande Osuna_ había querido hacer gala de remedar la dicción admirable, limpia y sonora de _El hombre de Estado_. No ya cariño, sino veneración idolátrica era lo que á Miquis inspiraba el poeta extremeño, por la perfección escultórica de sus obras, por la energía de sus versos, y aun por su hermosa figura calderoniana.

Cuando le veían de lejos, Miquis, sin poderse contener, gritaba: «¡Ayala, Ayala!» y le seguían por toda la calle, adelantándose á él, á trechos, para mirarle de frente.

Al Museo fueron alguna vez. Contemplaba Felipe, con la boca abierta, aquellas figuras tan guapas, y tenía como una sospecha del gran mérito de todas ellas. En presencia de la perfección artística, no hay persona, por ruda, por ineducada que sea, que no sienta, ya que no otra cosa el secreto orgullo de su afinidad con la esencia divina que inspiró aquella belleza, y de su parentesco corpóreo con las manos que la ejecutaron.

--¿Esto lo hizo un hombre?...--preguntaba Felipe en el colmo del candor.

--Sí: Murillo.

--¿Y aquellos ángeles, los sacó de su cabeza?

--Ahí verás tú.

Un domingo, en la puerta ya muy entusiasmados, no les fué permitido entrar por el malísimo pelaje que tenían. Avergonzado Alejandro, estuvo todo el día mudo, atento sólo á sus botas usadísimas, á su raída levita y al sombrero, que parecía comprado en los bazares del Rastro. En cuanto á Felipe, más nos valdría no describirle ni aun mirarle. Su calzado era un par de chanclas viejas, rotas y deformes, que había adquirido no se sabe dónde, con más barro que cuero. La chaqueta que le cubría el cuerpo no era ya de color conocido, y por mil bocas pedía que la llevaran á una tina de trapos viejos para convertirse en papel. También los pantalones querían ser papel, aunque fuera de estraza. No se sabe cómo fué á parar á la cabeza del insigne Doctor aquella boína encarnada con un agujero por donde le salían erizados mechones de pelo.

Del balance de caja más que del estado del tiempo, dependía el empleo que daban á las horas de la noche. Si Alejandro tenía dinero, ya procediese de su mesada, ya de la incauta generosidad de un amigo, se iba solo á sus correrías. «Mira, Felipe--le decía después de comer,--ahora te vas á casa; te pones á estudiar... Aunque no puedes ir al Instituto, por tu mala ropa, conviene que aprendas las lecciones. Yo tengo que hacer. Abur.»

Cierta noche siguióle Centeno, y vió que entró en una casa... pero nada más supo ni averiguó. Casa era de apariencia vulgar, y la ruín fachada no decía qué clase de amistades allí solicitaban al asendereado manchego. Felipe aprovechaba las noches en que su amo le dejara solo, para trabajar _pro domo sua_. Tenía instintos prácticos, vocación latente de buscarse la vida, y aunque no era maestro en las artes del pedigüeño, se dió tales mañas, que á las pocas noches de haber visitado á Zalamero y á doña Virginia, consiguió una levita vieja, que á él le venía de perlas si encontraba quien se la arreglase; un hongo, y botas magníficas con caña de tela. Bien, bien.

Cuando Alejandro estaba limpio de dinero; cuando entre los dos no reunían más que la peseta ó los cinco reales con que atracarse de judías ó de una mala sopa, no se separaban por las noches. Miquis suspiraba, desconsolado y tristísimo; pero en cuanto empezaban á recorrer calles, como que se distraía y se olvidaba de su penuria. Gustaban de recorrer los barrios bajos, viendo riñas, escenas y extravagancias populares; ó bien, hastiados del bullicio, se metían por el solitario arrabal de la Mancebía, calles de la Redondilla y del Toro, plazuelas del Alamillo y de la Paja. Miquis necesitaba poco para transportarse con el vuelo de su imaginación al siglo XVII, y excitado por lo extraño de la escena, contaba á su amigo aventuras, episodios históricos, y le describía sucesos y caracteres.

También gustaban de recorrer la calle del Almendro, y se detenían ante la cerrada casa de la tiíta. Una noche de limpio cielo y clarísima luna, se sentaron á descansar en el pretil de Santisteban. Aquel sitio era perfecto escenario de aventuras de antaño. El caserón de Santisteban, el desnivelado suelo, el pretil, la casa de los Vargas con la barroca puerta de la capilla, la torre mudéjar de San Pedro, la soledad, la escasa luz, el silencio, todo era propiamente decorativo y romántico. No faltaba más que la humanidad con golilla y tizona. Miquis, inspirado, se terció su capa, dió varias vueltas, ocultóse en el hueco de una puerta, y salió de improviso gritando:

_«¡Teneos... atrás! ¡traidor!_

Ponte tú en medio de la calle y responde con brío:

_¡Qué escucho! ¡cielos, valedme!_

Y yo te doy la estocada:

_¡Válgate el infierno!_

Tú dices entonces con angustia:

_Aguarda._ _Oye una palabra... advierte_...

Y yo te remato así:

_¿Palabras yo? toma hierro_.

Y caes bañado en sangre gritando:

_¡Yo muero... Jesús mil veces!_

Sofocado de su mímica tumultuosa, se sentó en el pretil.

--¡Qué gigantesca figura la de ese Duque!--exclamó con profundo desconsuelo.--¡Y que esto no se haya representado todavía...!

Cual si hablara con quien pudiera apreciar su erudición, dijo así:

--Yo presento al Duque como la figura más genuinamente española del siglo XVII. Su época está retratada en él, con todo lo que contiene de grande y viciado. Es un insigne caballero aquel don Pedro Téllez Girón, libertino, justiciero, cruel con los malos, generoso con los buenos; gobernando el reino de Nápoles, más que con juicios reposados, con ímpetus repentinos que casi siempre le salían bien; perseguidor de los usureros, de los curiales y de todos los que oprimen al pueblo; frenético por las mujeres y enamorado de todas las que veía; ambicioso de gloria, de popularidad; liberalísimo, manirroto, lleno de deudas; en diplomacias agudo, en moral indulgente...

Tantas vueltas había dado en su espíritu al famoso y noble Virrey, que concluyó por identificarse con él y hacerlo suyo, fundiendo el carácter soñado en el real. En sus soliloquios decía: «Soy lo mismito que el _Grande Osuna_.» ¡Oh! pues si Alejandro tuviera medios de manifestar lo que en sí llevaba; si los tiempos y las circunstancias le permitieran exteriorizarse, sin duda admiraríamos en él al gallardo tipo del prócer dadivoso, caballeresco, justiciero, duro con los malos, blando con los buenos, enamorado hasta el frenesí de toda mujer guapa...

Dando en el hombro de Centeno una palmada tan fuerte, que á poco más le hace caer del pretil, díjole estas enfáticas palabras:

--Tú eres mi secretario, el gran don Francisco de Quevedo.

Verse comparado con el hombre más gracioso que ha existido en el mundo, hacía reir á Felipe de gozo y orgullo.

Si pasaba un transeunte, Miquis decía al oído de su secretario:

--Ese es Jacques Pierres que acude á la conjuración de los _uscoques_. _Uscoques_ son unos bandidos que habitan en las playas del Adriático. Ya sabes que el Adriático es...

--Un mar,--replicaba Felipe, hinchado de erudición.

--Pues supón que aquélla es la casa donde se reúnen misteriosamente los _uscoques_... ¿Ves aquel cura que pasa? Es Fra Domenico Caracciolo, camaldulense, que ha jurado acabar con el Duque por ciertas cuestiones... ¿Recuerdas el acto primero...?

--Sí... Fué porque los camaldulenses querían oprimir á los pobres, y el Duque cogió un día en Palacio á uno de los tales frailucos, cuando fueron á pedirle dinero... y le tiró de las orejas...

--Era un hombre terrible... En la casa donde están reunidos los _uscoques_ se mete disfrazado don Francisco de Quevedo...

--Yo...

--Y lo descubres todito. Gracias que la Carniola, amante del Duque, previno á éste; que si no... Querían nada menos que asesinarle...

--¡Pillos!...

--La Carniola es también hermosa figura--afirmó el poeta, desvanecido de entusiasmo.--Yo veo aquellos dientes de perlas; aquellos ojos lánguidos, perezosos, traicioneros; aquel perfil de helénica estatua, la tez pálida, el arrogante talle... No concibe la imaginación mujer que la supere ni aun que la iguale. Respira amores; su mirada acaricia quemando...

Diciendo esto, rompió á toser con tanta fuerza, que parecía que se le desgarraba el pecho y que se le salían las entrañas por la boca. Calmado aquel violento espasmo, quedóse como desmayado y sin fuerzas. Su resuello era un áspero silbido; su frente estaba empapada en tibio sudor.

--Vámonos--dijo Felipe asustadísimo.--Hace aquí mucho frío.

Bien cubierto con su capa, mas tiritando, andaba el manchego, apoyado en su fiel secretario. Al llegar á la casa se acostó. La fiebre era intensísima... Deliraba.

III

El mal comenzado, ó más bien recrudecido aquella noche, tenía trazas de no concluir fácilmente. Con modorra y pesadez durante el día, con desasosiego por las noches, pasó Alejandro más de una semana, sin adelantar en su restablecimiento, antes bien decayendo y debilitándose por grados. Una mañana le encontró Felipe despierto á la hora en que por lo general dormía. Palidez mortal cubría su rostro, y sus ojos, engrandecidos enormemente, expresaban estupefacción y terror. ¡Qué noche había pasado!... Después de largas horas de inquietud y ardor tan grandes, que creyó revolcarse en un lecho de púas y brasas, había sentido dolorosísima obstrucción en el pecho... No se le quitó hasta que hubo arrojado enorme cantidad de sangre por la boca. Felipe no sabía qué hacer. Su amo, cerrando los ojos, cual si no tuviera fuerzas ni para soportar el peso de los párpados, le dijo:

--Corre, Felipe, y llámate á Cienfuegos...

Cienfuegos, asustadísimo, disimulaba su disgusto. Tenía ya diplomacia médica, antes de tener la ciencia y el título.

--Esto no es nada...--manifestó con énfasis doctoral.--Te voy á dar el _percloruro de hierro líquido_. Tendrás un poco de paciencia... y sobre todo mucha tranquilidad. No te ocupes de nada... Cualquier cosa que necesites, ya sabes dónde estamos... Volveré esta tarde y mañana y todos los días.

Los ofrecimientos de Cienfuegos no tenían término. Cuando Alejandro movió sus labios para murmurar: «hablaremos...» el novel médico creyó que iba á recordarle ciertas cuentas atrasadas, y presuroso, en tono de cariño, le dijo:

--¡Eh... eh! Calladito. En esta enfermedad el uso de la voz puede serte funesto. Con que punto en boca. Á la noche veremos. Que vaya Felipe al momento por la medicina. Me voy á clase.

Durante el curso de la dolencia, asistía Cienfuegos con irregularidad, conforme al espíritu de desarreglo que informaba su naturaleza. Algunos días iba cuatro ó cinco veces, y se estaba allí largas horas; otros no se le veía el pelo. Cuando era más necesaria su presencia; cuando había dicho: «descuida, que vendré sin falta,» no parecía. En cambio, se presentaba inesperadamente á horas desusadas. Y no perdía ocasión de proponer á su paciente el préstamo de un napoleón ó dos, animándole á ello con lisonjeros augurios de un pronto restablecimiento.

Pero el mal era hondo y la herida grande. Un mes estuvo Alejandro postrado en la cama y devorado al mismo tiempo de tristezas roedoras. En mitad de su enfermedad, adquirió el convencimiento de que su _Grande Osuna_ no se representaría ya en aquella temporada. Á pesar de que ésta avanzaba bastante, él no perdía la esperanza; pero se la quitó una carta del director del teatro, diciéndole en resumen: «La obra es tan buena que necesita mucho estudio, y como nos falta tiempo, la dejamos para la temporada próxima.»

El abatimiento que esto causó al poeta prolongó el tormentoso trabajo de su naturaleza que luchaba por reparar la pérdida sufrida. Sobrevino otra hemorragia, aunque mucho más débil que la primera; pasó el infeliz toda la Semana Santa, la Pascua y muchos días más sin ver cercano el término de su esclavitud y postración. Agravaban su tristeza los airados sermones que por escrito le echaba su padre, sabedor de que no estudiaba y de su vida vagabunda. ¡Y aún ignoraba el buen señor la travesura del dinero de la Godoy!... ¡Pues el día que lo supiese, bueno se iba á poner! Cuando Alejandro pensaba en esto, sentía que se le recargaba la fiebre y aun que se le abrían huecos dolorosísimos en la región toráxica. Persuadido estaba de que su padre conocía ya el delito, porque ciertas frases displicentes y amenazadoras de sus cartas no podían tener otra explicación.

El iluminado manchego se pasaba las lentas y cansadas horas de su enfermedad pensando en la ira de don Pedro y en el grandioso cuanto infortunado drama. Este era la causa de sus males todos; pero también de aquellas resurrecciones súbitas y vigorosas de su espíritu, que compensaban las molestias físicas. Porque el arte, dominando con imperio en su alma, era la fuerza que le alentaba, el resorte de la vida, y el secreto germen de ideas salvadoras. ¡La antiquísima fábula del Ave Fénix qué verdad tan profunda encierra, qué hermoso símbolo es de las formidables fuerzas restauradoras que el alma humana lleva en sí misma, y con las cuales ella propia es su remedio, y de su mal saca su bien, de su caída su elevación, de su dolor su alegría!...

Poco tiempo pasó desde el abatimiento traído por las cuitas teatrales hasta una grande y alborozada transfiguración del ánimo, esclarecido de proyectos hermosos, alumbrado por ideas y visiones optimistas. No importaba que el drama no se hubiese representado. Mejor, mucho mejor era dejarlo para la temporada próxima, porque así podía el autor restablecerlo en el esplendor y grandeza con que fué primeramente escrito. Sí, sí: se representaría íntegro, con sus cinco actos, sus treinta personajes y su ancho horizonte histórico y teatral. Honda alegría de su alma, resurgiendo del seno obscuro de la tristeza de Alejandro, como el día de la noche, le anunciaba los triunfos de la temporada próxima. No podía dudarlo, porque la divinidad lo secreteaba en su espíritu con profética voz. La excitación cerebral, produciendo aquella vez estímulos provechosos en todo el organismo, dióle fuerzas y aun apariencias de restablecimiento. No hay tónico como la felicidad. Levantóse del lecho, y aunque se caía, los bríos del espíritu dábanle alientos para poder exclamar:

--Si estoy bien... Gracias á Dios que me levanto de este maldito potro. Dentro de tres días, á la calle.

Hizo traer del teatro la copia limpia del drama, y empezó á leerlo despacio, cotejándolo con la versión primitiva para ver dónde se amplificaba y dónde no. Quería hacer un trabajo admirable y nunca visto. Por las noches, al acostarse, ponía el manuscrito debajo de la almohada, durmiendo así en familiaridad espiritual con el Duque, Jacques Pierres y la Carniola.

Aumentaron los motivos de su alegría, bienhechora del cuerpo y del alma, ciertos dineros que le mandó su madre. Aunque Alejandro, en sus cartas, disimulaba la enfermedad para no causar alarma en la familia, ésta supo la importancia del mal. Felizmente ya estaba bueno y sano. Así lo decía él, y así se lo creyeron. ¡Pobrecito, había gastado en médicos y medicinas tantísimo dinero...! Su madre, pródiga siempre en estos casos, le envió una bonita libranza. ¡Qué bien venía! Jamás escritura comercial fué tan grata á humanos ojos como aquélla que decía en caracteres de letra inglesa: _Por esta primera de cambio_, etc..

--Lo primero es pagar--dijo Miquis con honradez candorosa.--Habrá para todo.

¡Cielos! Si no se detiene á tiempo en aquella virtud del pagar, pronto se queda sin un maravedí. La mitad se lo llevó un tal Torquemada, hombre feroz y frío, con facha de sacristán, que prestaba á los estudiantes. Sólo por réditos le comió al manchego la mejor parte de lo que éste había recibido de su mamá... Después vino Cienfuegos... ¡Pobre mártir! ¿Cómo no ayudarle á salir de aquel nuevo apuro?... Socorrido el médico, se fué tan agradecido que casi lloraba al despedirse. Y véase cómo ampara Dios á los caritativos. Aquel mismo día fué Arias Ortiz á ver á Miquis, y le pagó seiscientos reales que le debía. Gozoso éste, determinó desempeñar alguna ropa, de la que estaba tan necesitado... Al fin, al fin podía salir otra vez á la calle con decencia.

Su gran debilidad no le permitía trabajar en el drama; pero con el despierto pensamiento, aguzado como cincel de acero, sin cesar acariciaba su obra. ¡Goces puros los de modelar mentalmente la creación artística, ablandándola y conformándola como la cera entre los dedos!

--Voy á restablecer la figura de la Carniola--decía una noche, ya metido en el lecho, á Felipe que le acompañaba;--voy á restablecerla tal como la concebí y como está en el manuscrito primero; figura grande y compleja... (tú eres un pobre bruto y no entiendes de esto)... figura que... Ya verás, ya verás el furor que ha de hacer en el público. Dirán que es cosa muy buena, y todos los críticos me aplaudirán. Catalina es una mujer del pueblo, sí, créelo; mujer vigorosamente poética, criada sin melindres, hija directa de la Naturaleza. Nacida en las inmediaciones de Ragusa, pertenece á la raza de los _uscoques_, de origen helénico, los implacables enemigos del turco, los guerrilleros del Adriático, medio piratas, medio comerciantes, pescadores y cazadores, veloces peces, pájaros dotados de agilidad portentosa... ¿Entiendes lo que voy diciendo?

Todo ojos y oídos, Felipe no apartaba un ápice su espíritu de esta febril elocuencia.

--Pues Catalina es robada de la casa paterna por un _uscoque_. Este muere en una reyerta con los venecianos. Pasa á ser presa y querida de un corsario, hasta que en un combate que éstos tienen con las galeras del Duque, la coge Jacques Pierres... ¿De qué te ríes? ¿De los muchos maridos que va teniendo esta señora?... Llámanla entre ellos la Carniola, porque la aprisionaron en el golfo así nombrado. Jacques Pierres la viste de riquísimas galas y joyas de Oriente, cogidas á los turcos, y la lleva á Nápoles, donde la tiene oculta, porque... ¡figúrate si será celoso, siendo ella tan guapa, y...! Para abreviar, te diré que la _Carniola_ no puede ver á Jacques Pierres: le detesta, chico, y diera por librarse de él... no sé yo lo que diera... Pues verás ahora: en uno de aquellos paseos nocturnos que daba el Duque por la ciudad, acompañado de Quevedo, vió á la tal mujer...

--¡Y que era tonto mi señor Duque para enamorarse!--dijo Centeno.--Eso es en aquel pasaje que cuenta:

Ví en Posilipo una mujer tan bella, no digo bien mujer; yo ví una diosa...

--Justamente. Pero aunque recuerdes la letra y situación, no comprendes el espíritu; no penetras tú el carácter de la _Carniola_. Esta hermosa mujer se enamora también del Duque, fascinada de su generosidad, de su hidalguía, de su gallarda presencia. Y tomando en mayor aborrecimiento á los corsarios rudos, con quienes había andado en tan malos tratos, le entran ambiciones de ser señora y de merecer el amor del Virrey, más que por la hermosura por la principalidad. Aquí es donde dice:

Subiendo á la cumbre voy del monte de mi fortuna. Á su extremo soberano sólo falta un escalón: dame la mano, ambición; lisonja, dame la mano[1].

En el Duque... para que lo comprendas mejor... no sólo ama al amante, sino al caballero, al gran señor, al futuro soberano de la Italia toda... ¡Y qué figura la de Catalina! ¡No habrá actriz que me la interprete, no la habrá! Yo la estoy viendo como te veo á tí: es alta, esbeltísima, morena, de tez descolorida, con unos ojos negros en los cuales centellea una dulzura incandescente y derretida, que te embelesa abrasándote... En fin, no hay actriz que me la represente... Yo me duermo, tengo mucho sueño. Me parece que estoy bueno ya... ¿no crees...?

[1] Estos versos y los precedentes son de Calderón.

IV

¡Y qué bien durmió aquella noche! Las doce del día serían cuando Felipe se aventuró á despertarle. Toda la tarde estuvo charla que charla, y habría salido á la calle si Cienfuegos no se lo prohibiera por estar el tiempo frío y amenazando lluvia. Como no carecía de dineros, mandó traer comida de la fonda. ¡Lástima grande que el apetito le faltara! Era muy extraño que apeteciera éste y el otro plato, y que en el momento de verlos delante, le entraran invencibles repugnancias. Esto le ponía triste, y decía:

--¿Sabes tú, Felipe, una cosa que yo creo que comería con gana? Pues cañamones. Si mi tía me los mandara... Creo que con esto me volverían las ganas de comer y me pondría bueno.

Benditos platos traídos de la fonda, no os podríais quejar del desaire que el amo os hacía, porque, en cambio, el criado os trataba con extremados miramientos. Así estaba él de nutrido y saludable, y así echaba aquellos colores, pregoneros de su naturaleza vigorosa y de un organismo admirablemente regularizado.

Al anochecer quejóse Alejandro de frío, y se acostó. No había acabado de hacerlo, cuando alguien llegó á la casa preguntando por él. Felipe salió á enterarse. Era una mujer...

--¡Ya, ya sé!--dijo Miquis turbadísimo cuando Felipe le dió cuenta de la visita.--Enciende luz, dí á esa persona que entre, y vete en seguida.

Felipe vió el demacrado rostro de su amo encenderse con llamarada de rubor, cual hoja seca que arde. Los ojos del enfermo chisporrotearon gozosos.

Al punto entró la mujer, señora ó lo que fuese. Pero la puerta quedó entreabierta, y Centeno atisbó desde el pasillo... ¡Vaya, que era arrogante y hermosa! No se la debía diputar por señora, porque ninguna que tal nombre merezca se presentaría en visita con aquel mantón pardo, de un color como café con leche, y con un pañuelo de seda negro y rojo por la cabeza, puesto con donaire, haciendo como un cucurucho prolongado sobre la frente. Á la sombra de este pañuelo brillaban con expresión de acecho los ojos de aquella ninfa, amorosos y traicioneros, como en verso decía Miquis, hablando del mirar de la Carniola. Lo de las flechas que tanto usan los poetas, venían bien allí; mas eran flechas untadas de caramelo envenenado. ¡Bonito aire el de la Tal, y qué bien calzada!

Todo esto lo observó Felipe en un instante, asombrado, primero de la hermosura, luego de la voz de aquella mujer. ¿Qué lenguaje hablaba? Ya... se comía la mitad de las palabras, y las otras las remataba con un dejo... ¡ay! Era andaluza... El metal de voz sonaba un poquito ronco; pero la dicción no por eso resultaba menos lánguida y suspirante.

¡Felipe, oído! La Tal se acercaba al lecho de Miquis y le tomaba la mano. Él, turbado, sin duda, de la alegría de verla, le decía que se sentara, lo que ella hizo de muy buena gana, porque estaba harto cansina. Hablando, hablando, ella le llamaba niño, cosa que á Felipe le pareció muy razonable, porque su amo estaba física y moralmente en situación de ser llevado en brazos, y aun de que le dieran biberón.

¡Oído, Felipe!... La Tal charlaba, charlaba en su graciosa lengua andaluza... ¡Tanto tiempo sin verle! No hacía más que pensar en él... ¡pobrecito! Era menester que se pusiera pronto bueno... Ella estaba muy disgustada. ¡Le pasaban unas cosas... pero unas cosas...! No podía vivir. Aún creyó entender Felipe que lloriqueaba algo. Lo que su amo decía no llegó á los sutiles oídos de Centeno, porque la voz de Alejandro, á consecuencia del mal que padecía, era como un soplo fugaz, imperceptible para todo el que no estuviera á su lado.

Media hora larga duró la conferencia. La Tal se fué. La patrona, el marido de la patrona y algunos huéspedes salieron al pasillo, y la despidieron con cuchicheos. Felipe, al volver junto á su amo, viole un tanto caviloso; pero no triste. De repente le entró una gran locuacidad, y como si hablara con persona que tuviese antecedentes del asunto en que él pensaba, dijo á Centeno:

--La pobre sigue en poder de aquel bárbaro, que la atormenta y la tiene pereciendo.

--Hay que traer azúcar,--dijo Felipe, atento al cuidado del enfermo.