El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 5

Chapter 53,922 wordsPublic domain

--¡Alguna picardía me le han hecho ustedes á ese bendito don Jesús! Como yo lo descubra, van todos á la calle. Cuidado con echármele á perder, que él con nadie se mete, y es el hombre más calladito, más respetuoso que se puede ver... ¡Ay de aquél que me le trastorne con bromas pesadas!... Me parece que voy á dar azotes... Porque si yo tuviera muchos huéspedes como don Jesús, no quería más. Él no dice esta boca es mía; jamás me ha roto un plato; no alborota, ni es tragón... Todos los meses viene un señor de la familia y me pregunta: «¿cómo está? ¿sigue pacífico?» y yo le digo: «está como un ángel, y de buen color...» El encargado abre una _miajita_ de la puerta para verle... Siempre en su faena de las cartas, ¡pobre ángel!... Después me paga el hospedaje en bonitos napoleones, y hasta otro mes...

Estas exhortaciones de la hermosa Virginia no hacían efecto. Los muy tunos idearon otra broma aquella misma noche (que fué la del lunes), y al punto la pusieron por obra. Escribieron al _eautepistológrafos_ una carta con su imitada letra y tinta; pero para confundirle más, la firmaron así:

_Su afectísimo amigo y capellán_,--JULIÁN DE CAPADOCIA.

Y dando las señas de la casa, rogaban al señor don Jesús pronta contestación á un difícil punto que el firmante se permitía someter al elevado criterio de nuestro reformador pacífico. Pasaron dos días, y la contestación no llegaba. Pero una tarde, hallándose todos en casa en expectativa de la anhelada respuesta, llamó el cartero del interior, el cual, después de entregar la diaria remesa de don Jesús, enseñó otra carta, diciendo:

--¿Don Julián de Capadocia?

--¡Aquí es, aquí es...!

Con febril alegría y curiosidad se reunieron á leer, y puestos todos en rueda, leyó Alejandro en voz baja lo siguiente:

«Señor don Julián de Capadocia.--Muy respetable señor mío y capellán: Por su atenta del 4 me he enterado del delicadísimo problema que se sirve someter á mi humilde criterio, esto es, cuáles serían los medios más adecuados para que usted pudiera reintegrarse á su sér total, y si los procedimientos de la _Educación Completa_, que tengo el honor de defender y propalar, serían eficaces para aquel alto fin.

¡Ah!... señor de Capadocia, diga usted á los mal educados jóvenes que le han dirigido á mí, que no es de corazones nobles hacer escarnio de principios que no se comprenden; dígales que mis planes no son para perros ni para gandules que padecen, entre otros males, la mutilación del rudimento cristiano del respeto á los semejantes. Excluídos están ¡ah! todos ellos, por su grosería, por su falta de sentimiento social y caritativo, de los beneficios de la _Educación Completa_. Y pues el señor don Julián ha de tener sobre ellos alguna influencia, siquiera por el parentesco patológico ó la comunidad de dolencia, convénzales de su triste situación, y hágales ver que están llenos de vicios físicos, morales é intelectuales. Á los que heredaron de sus padres y maestros, reúnen los que ellos adquieren todos los días con su vida disipada y antihigiénica, así como en el estudiar vicioso. ¡Oh! son enfermos que me dan lástima, porque veo mejor que nadie sus llagas horrorosas. Esos pobres tontos no comprenden que la adquisición de todo conocimiento tiene dos valores: uno como _saber_, y otro como _disciplina_. Este último ¡ah! lo desconocen, como el ciego de nacimiento desconoce la luz, estando rodeado de ella.

Repítales usted estas palabras á todos, y particularmente á ese caballerito, autor de dramas, que le ha escrito á usted la carta. Ese es el más enfermo y el que más necesita de mejores aires. Es el más lisiado, ¡ah! el más leproso, el más cojo, manco y ciego de la cuadrilla. Desconoce la moralidad física; el culto de la salud, tan respetable como el de la conciencia, como el de la inteligencia. Es un triple suicida; se está matando por tres partes á la vez, ¡pobre niño! Á éste es al que más compadezco, por lo cual debe usted decirle, de mi parte, que lo mejor que puede hacer es morirse, para que resucite purificado.

Esto dirá usted á sus amigos y consejeros. Y usted, señor capellán, reciba una puntera de su afectísimo

JESÚS DELGADO.»

Pasmados quedaron los muchachos del contenido de la epístola, en la cual, junto á los despropósitos, se veían razones y frases que demostraban agudo entendimiento. Por de pronto, don Jesús había comprendido la mofa que se le hacía, lo que probaba cierta limitación en su locura. Los burladores no sabían qué juicio formar de aquel hecho, y hubo pareceres distintos. Quién le tuvo por hombre superior, extraviado; quién por un humano alambique de frases extraídas de doctos libros extranjeros, entonces desconocidos en España. Unos sentían lástima y aun algo de respeto, por lo cual no querían llevar adelante la jarana; otros, más audaces y atentos sólo á divertirse, sostuvieron que la carta era un hatajo de desatinos, y proponían escribirle más. Contra todos se desató en dicterios Virginia, porque le alborotaban su huésped más querido. Estaba furiosa y con ganas de poner á alguno en la calle. No lo hubiera hecho, sin embargo, si no le apretaran á ello otros sucesos peregrinos que contaremos sin pérdida de tiempo.

Alberique, moro de Cocentaina, tenía el genio repentino, irascible, fanfarrón, siempre que fuera pequeño el motivo que lo provocaba. Contar los improperios que le decía á una pobre mosca que cometiera la irreverencia de posarse sobre sus dibujos, sin saber lo que hacía, fuera reunir aquí lo más atrabiliario y soez del idioma. Su mujer y Bernardina eran torpes, idiotas, bestias y acémilas con faldas. Él solo tenía las manos delicadas; él solo sabía poner cada cosa en su sitio, sin manchar nada... La casa era _el puerto de arrebata-capas_. Allí no se podía tener nada. Tan pronto le cogían un lápiz para apuntar la ropa; tan pronto le quitaban el cazuelillo del agua para hacer guisotes. No se podía trabajar, no se podía vivir allí.

--¡Verbo! ¿dónde están mis pinceles?... ¡Verbísimo! ya me han cogido la lámina con los dedos manchados de petróleo.

Esta era la música de todo el día, cuando Alberique trabajaba. Á la sazón traía entre manos una hermosa ejecutoria en vitela para cierto sujeto que había sido hecho marqués. El trabajo no carecía de mérito artístico ni de limpieza y minuciosidad benedictinas. Todo se volvía escudos tajados y tronchados, con sínople, rojo, blea, y mucha banda, lambeles, losanges, mallas y rustros.

Serían las once de aquel infausto día, cuando en toda la casa se oyó la terrorífica voz del berberisco que así gritaba:

--¡Verbo! ¿quién me echó esta gota de tinta encima del dragón de gules? Me recopilo en la re-espantadísima madre de Reus...

--Habrás sido tú mismo, sin pensar...--murmuró Virginia, que al estruendo de los apóstrofes salió de la cocina con una sartén en la mano.

--¡Verbo!... esto es un presidio... Si supiera quién fué el re-indecentísimo que me hizo esta cochinada, ahora mismo, ahora mismo le hacía una tortilla contra la pared.

Felipe entraba. Verle el morazo y lanzarse sobre él, como tigre hambriento sobre la espantada res, fué todo uno.

--¡Tú fuiste, perro, tú!

Sin darle tiempo á disculparse, le tendió de una bofetada en el suelo. Doña Virginia dudaba si salir ó no á la defensa del chico. No lo hizo, porque le tenía cierta ojeriza á causa de los modos un tanto desenvueltos que había adquirido el Doctor, alentado por su amo y por los demás huéspedes, que le tenían cariño. La verdad en su lugar: Felipe había echado ciertas ínfulas que desdecían de su humilde condición. Á la señora patrona respondía con malos modos, y no respetaba á los mayores. Para nombrar á Montes, solía decir el _tío prisma_, y al señor de Alberique le mostraba antipatía y menosprecio.

Á los gritos que el muchacho daba acudieron Poleró y don Basilio. En el mismo instante, Felipe, revolviéndose iracundo, como cachorrillo herido, se levantó y buscó con sus trémulas manos un objeto sobre la mesa. No hubo de encontrar más que el cacharro con agua negruzca y dos ó tres pinceles, y cogiéndolo todo con prontitud, lo disparó contra la cabeza del moro. Este fué hacia él con ánimo de espachurrarle. Dios sabe lo que habría hecho si no se hubiera interpuesto Poleró.

--No sea usted bárbaro... No trate usted así á un pobre chico.

--Permítame usted, señor Alberique... ¿Está usted seguro de que ha sido él?...

--¿Y ustedes qué tienen que ver aquí?--gritó el bárbaro...--Métanse en sus cosas, que yo me recopilo en la espantadísima...

--¡Eh! no sea usted animal... No le aguanto á usted sus coces...

--¡Si cojo á uno...!--gruñía el moro acobardado.

--Le digo á usted--gritó Poleró con repentina cólera,--que no tiene usted que tocar á Felipe. Vaya usted noramala.

Corrió Centeno al cuarto de su amo. Alberique balbucía con estropajosa lengua excusas, blasfemias y amenazas. En esto, Virginia, que quería poner paz y evitar un escándalo, se llegó á él diciéndole:

--No seas bestia... ¿Á qué tanto grito para nada, por una gota...? ¡Qué hombre! No sé cómo...

El berberisco de Cocentaina, manso con los fuertes, tremendo con los humildes, halló en la oposición de su mujer buena coyuntura para mostrarse valeroso. Aquel león no era tal león si no tenía un cordero en que cebarse. Le habían quitado á Felipe; pues echaba la zarpa á su mujer. Como arma de fuego que se dispara, así soltó estas palabras:

--¿Y tú?... Mejor te callaras, grandísima...

¡Ay, Dios mío, lo que salió de aquella boca! Abochornada la buena mujer de oirse calificar tan indignamente por su propio marido, estuvo un momento vacilante entre el llanto y el furor. Su espíritu enérgico decidióse al fin por lo último, y se fué derecha á él gritando:

--La culpa tengo yo que mantengo animales...

Palabrita tras palabrita, pronto vinieron los hechos. Ven, Homero, y canta esta colosal pelea. Virginia descargó de plano la sartén sobre la nefanda cabeza del moro, y éste agarró con su mano hercúlea el moño de ella... Gracias que los huéspedes acudieron todos á la defensa de la señora, que si no... En aquel punto entró Zalamero, y, sin decir nada, acometió furioso al berberisco, agarrándole por el pescuezo... Momento trágico con sus vislumbres humorísticos. Don Ramón de la Cruz, ¿en dónde estabas, que no fuiste á verlo? Cayóse el fez de Alberique, y á Zalamero se le abrió la camisa por el cuello...

--Señores... ¿qué es esto?

--Atrás...

--No faltaba más...

Don Basilio, que se empeñaba en sujetar á Alberique, sufrió la extirpación violenta de un callo, y todo se le volvía renegar de la pendencia y de los contendientes. Arias entró también. Poleró, pasado el peligro, reía de ver al relamido y moderadísimo Zalamero tan descompuesto y fuera de sí. Llorando, cual Magdalena, Virginia decía:

--¡Si no fuera por...! ¡Y que yo tenga en mi casa á semejante...!

--¿Qué escándalo es éste?--gritaba Arias.

Y Montes se presentaba también con aspavientos de dignidad, diciendo:

--Será preciso llamar una pareja de la veterana... Francamente, yo creí que en una casa como ésta...

Hasta el pacífico don Jesús Delgado compareció lleno de susto y alarma, pálido, en el lugar de la escena, mas no para aplacar á los combatientes.

--¿Qué es esto? ¡oh!... Hace una hora que están llamando á la puerta, ¡ah! y nadie va á abrir. Debe ser el cartero.

Risas... Aún faltaba lo mejor. Entró Alejandro de improviso, y, sin más ni más, fuese derecho á Alberique y le cogió de la solapa. Atención:

--Oiga usted, cafre: me han dicho que ha pegado usted á mi criado...

--¡Verbo!... yo... diré...

--¿Y todo, por qué? Por estos mamarrachos--gritó Alejandro echando una ojeada á las pinturas heráldicas.--Mejor se ocupara usted en cavar, holgazán, y no en hacer estos adefesios.

Diciéndolo, cogió las láminas, hizo con ellas una pelota, vertió la tinta, esparció los pinceles. Furor, nuevo alboroto, risas, protestas.

--Me recopilo en el reputadísimo verbo y en la reputadísima madre...

--¡Eh! poco á poco.

--Cállese usted...

--Váyase usted á hacer gárgaras...

--¡Le cojo y le...!

--Cuidado, don Alejandro.

--¡Perdido!...

--¡Si esta casa es un...!

--Permítanme ustedes, señores...

--¡Silencio!

--Nada: yo llamo á la pareja, porque, francamente, aunque la cosa no merece la pena, si se mira bajo el prisma de la decencia...

--Don Alejandro, usted es un acá y un allá.

--Señores...

--Bruto...

--Paz, paz... No es para tanto...

--¡Mis láminas... las tiene que pagar!

--Vaya usted á donde fué el padre Padilla.

Basta... Aquella tarde, cuando ya los ánimos se aplacaron, Virginia entró con altiva arrogancia patronil en el cuarto de Miquis. Considerando que la permanencia del manchego en la casa renovaría la escena lamentable de aquella mañana; considerando, además, que Alejandro había escrito las cartas que soliviantaron el pacífico ánimo de don Jesús Delgado, venía en sentenciar y sentenciaba que el don Alejandro no podía seguir más tiempo en tan ilustre casa. La notificación fué breve y expresiva:

--Don Alejandro, vengo á decir que hoy mismo me hará usted el favor de marcharse con su criado, sus dramas y sus literaturas.

V

PRINCIPIO DEL FIN

I

Oída la sentencia, se quedó el manchego un tanto perplejo y triste. Después de larga pausa, abrió meditabundo el cajón de la cómoda, donde guardaba su tesoro; sacó los restos de él, contó... ¡Tristísimo caso! Del pingüe caudal que le diera su tía no le quedaba ya cantidad suficiente para liquidar cuentas con Virginia. ¡Qué trágicas sorpresas ofrece el destino á los hombres ricos!... ¿Pero por qué había de acobardarse? ¿Por ventura el crédito no equivale á dinero? Alejandro tenía crédito, y al punto, en caso tan apurado, iba á hacer uso de él. Salió con prisa, volvió más tarde con dos mil realejos en cuatro billetes muy lindos de á quinientos. No necesitaba tanto; pero bueno era estar preparado para las contingencias de un cambio de domicilio.

Hay días terribles, hay horas que debían ser borradas de la tabla del tiempo. ¡Por dónde se le antojó aquella tarde al bueno de Cienfuegos entrar en la casa con cara de ajusticiado, ponerse delante de su amigo, y endilgarle palabras que, por lo cavernosas y lúgubres, bien podrían salir del frío hueco de una tumba!

Nada, nada: el sinventura Cienfuegos había formado propósito nada menos que de pegarse un tiro aquella misma tarde. Que sí, que se lo pegaba. No tenía más remedio; era cuestión de honra. Él era muy pundonoroso, y no podía sobrevivir á su deshonra... Porque como su familia no le mandaba nunca un cuarto, había hecho uso de cierta suma que le confiaran... del dinerillo perteneciente á unos huérfanos... En fin, llegaba el momento de entregar aquella cantidad. ¡Eran las cinco... las cinco! y desde las cuatro le esperaban en el café. ¿Quién? Los papás de los huérfanos; los papás no, los tíos... Total: él se pegaba un tiro, tan fresco, y... Nada, que se lo pegaba. ¡Cosa muy triste, en verdad, renunciar á la vida por cuarenta y ocho duros, tres onzas!... Pero como ningún amigo quería darle nada, por lo mucho que á todos debía... ¡Y qué casualidad y qué desconsuelo! el mes próximo tendría tres mil reales... pero seguros, seguros como si los llevara en la mano. Su tío, el boticario de Barajas, le había comprado su tanto de hijuela... Lo malo era que como se iba á pegar aquel tirito, no podría disfrutar de los tres mil reales...

ALEJANDRO.--(_Con hidalgo movimiento del ánimo y de la mano._) Toma.

CIENFUEGOS.--(_Balbuciente, pálido y tocando con las puntas de los dedos lo que le daban._) Puedes estar seguro de que el mes que entra... ¿Qué mes es? ¡Ah! Diciembre... Sí, sí, seguro. No será en los primeros días, ¿sabes? sino allá del 10 al 12...

Eran las cinco y media. Arregladas las cuentas con Virginia, salió Miquis de la casa. Trajo Felipe al mozo que había de cargar el baúl, y él mismo llevó á la espalda su petate, que á la verdad le pesaba poco. La casa á donde fueron á parar era conocida de Alejandro, por haber visitado muchas veces en ella á un estudiante manchego, su amigo. No quiso la nueva patrona admitir á Felipe, porque allí, dijo, no se necesitaban criados, ni habían visto nunca que ningún huésped los tuviese. Sólo en calidad de tal, y pagando como su señorito, podía el Doctor ser admitido. Pero ni él tenía un solo real, ni su amo, ya caído de la cumbre de la prosperidad á la sima de la escasez, podía atender al pago de dos hospedajes. Con todo, el generoso tobosino, en la breve conferencia que amo y criado tuvieron á solas, dijo: «Sí, yo te pago: creo que tendré dinero.» Prudente y previsor Centeno, adivinó con su instintiva perspicacia las dificultades de lo porvenir.

--No--dijo,--yo me voy á vivir á una posada que conozco en la calle de las Velas... Es donde van los mieleros de la Alcarria.

La casa en que se hospedó Miquis era barata y detestable. Vivían allí estudiantes pobrísimos de Medicina, Farmacia y Veterinaria. Las habitaciones parecían madrigueras, y la comida rancho.

--Me estaré aquí unos pocos días--pensó el joven,--hasta encontrar cosa mejor.

Tan mal le supo la comida el primer día, que determinó pagar sólo el cuarto y comer fuera. Esta vida libre, nómada, irregular, le enamoraba. Según estuviese el bolsillo, así comían él y Felipe, regalada ó miserablemente: un día en la fonda, otro en un ventorrillo de las afueras, á veces en inmunda taberna de la calle del Grafal ó en alguna pastelería de Puerta Cerrada. No había mayor delicia para uno y otro que ver caras distintas, gustar distintos sabores y aliños de comida. ¡Libertad, variedad, sorpresa! Este era el principal goce de aquella errante vida.

Inseparables de la vagancia fueron ¡ay! los apuros. Alejandro vivía del crédito y de combinaciones. Cuando se le acabó el crédito, cada vez que necesitaba dinero, empeñaba una pieza de ropa, y las tenía muy buenas. Felipe era el encargado de estas comisiones, y las hacía con diligencia y hasta con inocente alegría. Llegó á tener conocimiento con todos los prestamistas de Madrid, y ya sabía dónde daban más.

Desde que adoptó la vida libre, no volvió Alejandro á poner los pies en la Universidad. Agotadas las ropas, empezó á malvender, en los puestos de libros, todos los que había comprado. La grande y la pequeña literatura, Víctor Hugo y Paul de Kock, Balzac y Pigault Lebrun, Manzoni... todos, en suma, fueron saliendo en lúgubre procesión, marchando á los desvencijados estantes de los baratillos, donde los recibían por la tercera parte de lo que allí mismo costaran. Tras esta familia simpática fueron displicentes los libros de Derecho, rotos y sucios, con los pliegos revueltos, liándose á bofetadas unos con otros. Últimamente, no le quedaban á Alejandro más que un par de volúmenes de que no quería separarse, y la ropa que tenía puesta.

Levantábase siempre muy tarde; iba al café, donde estaba charlando hasta cerca de la noche. Esperábale Felipe en la Puerta del Sol, y se iban juntos á buscar dónde habían de comer. Separábanse luego, porque Alejandro iba solo á sus visitas nocturnas. En la casa, ya muy tarde, le aguardaba Centeno; hablaban del drama que se iba á representar, y luego, el amo se dormía. Á veces Centeno se iba á su domicilio, á veces se quedaba en el de su amo, durmiendo en el suelo sobre una veterana alfombra.

Por la mañana, lo primero que hacía Miquis, antes de pensar en levantarse, era deplorar su falta de fondos. La pobreza aumentaba de un modo alarmante, acompañada de terribles compromisos y sofocos. Felipe consideraba con espanto aquella penuria, y no comprendía cómo habiendo Miquis recibido de su casa algún dinero, estaba ya tan esquilmado. ¿En qué gastaba los duros?... Hacía tímidas preguntas sin obtener respuesta... Miquis, sin decidirse á abandonar el lecho, se devanaba los sesos discurriendo á qué amigo pediría, y qué argumentos eran más fuertes para apoyar su petición. Por último, daba en el quid y escribía su esquela, que Felipe se encargaba de llevar. ¡Cuánto desengaño! ¡qué horripilantes negativas! Alguna vez, entre cien, se daban casos de resultado satisfactorio. Entonces volvía Felipe lleno de gozo, que se le traslucía en el semblante.

Llegó por fin un tiempo en que Alejandro tenía que esquivar la presencia de sus amigos, que empezaban á mirarle de mal modo. El infeliz no se presentaba en parte alguna donde no viera cara de ingleses. Los que no lo eran le tenían en poco por su desordenada vida, y el aspecto de miseria y abandono que iba tomando en su vestido. El estado rentístico empeoraba rápidamente; sus deudas eran tantas, y tan perentorios los vencimientos y compromisos, que el dinero que le enviaba su padre se le desvanecía en las manos, apenas cobrado, como cosa de encantamiento.

Tuvo Alejandro que guardar cama ocho días de Diciembre, porque un fuerte catarro de pecho que le acometía todos los meses le atacó en aquél con tanta fuerza, que á poco más degenera en pulmonía. Felipe le acompañaba día y noche, procurando distraerle y apartar su ánimo de toda tristeza. Para Alejandro, verse sepultado en una cama, sin poder vagar por las calles, ir á los cafés ó á otros lugares que de noche frecuentaba, era grandísimo tormento. Hasta su exaltado optimismo se enfriaba entonces; casi, casi tenía dudas de la próxima representación del drama, y se le reproducían con dolorosas punzadas los remordimientos por haber gastado el dinero de los juros.

Impaciente por curar, echóse á la calle antes de tiempo, cuando apenas podía tenerse en pie. No quiso presentarse en ningún círculo de amigos, por vergüenza de que le vieran en lastimoso estado de ropa y con las botas descosidas. Al ver de lejos á cualquiera de sus antiguos compañeros, se apartaba para no encontrarle, ó retrocedía, ó se metía en un portal.

II

Felipe era su único amigo, y el más leal y condescendiente de todos. Era un chiquillo, es verdad, incapaz de sostener conversación seria sobre cosa alguna; pero tenía tal entusiasmo por su amo, que no hacía diferencia en ninguna acción ni palabra de éste, y todas las tenía por acertadas, hermosas y sublimes. Era el adulador sempiterno, si esto puede decirse de una adhesión inflexible, fundada en el agradecimiento, y en un vivísimo afecto que á la vez era fraternal, filial y amistoso.

Cuando salían á sus excursiones diurnas y nocturnas, había que verles. Como tuvieran abundante dinero, se hartaban en un bodegón; si no, compraban alguna vianda ligera y se la comían al campo raso. Daban grandes paseos por las afueras, observando la diversidad de tipos y asuntos que se encuentran á cada momento; estudiaban en el gran libro de la humanidad transeunte, cuyas páginas, llámense sorpresas, encuentros ó casualidades, ofrecen pasto riquísimo á la fantasía y á la inteligencia. Ávidos, sin darse de ello cuenta, de los goces mentales que proporcionan los panoramas populares con paisaje y figuras, bajaban al río y entraban en vivos altercados con las lavanderas; daban la vuelta luego por las Injurias y las Yeserías; subían fatigados á Madrid después de cuestionar con los gitanos en la Ronda de Embajadores, y, por último, algo tenían aún que hacer á las puertas de los cuarteles, oyendo conversaciones picantes entre mujeres y soldados.

Se metían también en las iglesias á oír sermones, á ver las beatas, y oír cantorrios y salmodias. En la puerta no faltaba un poco de palique con los mendigos. Hasta se atrevieron á colarse una tarde en la sacristía, de donde les echaron poco menos que á puntapiés.

Por el centro de Madrid y paseos principales andaban poco; mas cuando lo hacían, eran sus excursiones muy instructivas. Felipe se detenía con vivo anhelo en los escaparates de libreros ó fotógrafos, allí donde hubiese retratos de personajes célebres. Gozoso Alejandro de verlos también, informaba al otro de los nombres, diciéndole: «Ese de la cara menuda, nariz en punta y antiparras, es Hartzenbusch; aquel joven de rostro triste, es Eguílaz; el de anteojos y bigote cano, García Gutiérrez; el que está al lado, Aguilera, y el otro de cara risueña y maliciosa. Mesonero Romanos.»