El Doctor Centeno (Tomo II)

Part 4

Chapter 43,752 wordsPublic domain

Virginia, deseando paz, daba algún dinero á su fornido esposo para que se fuese á correrla al café ó al billar. Ya se sabía que el morazo no había de volver hasta la madrugada.

Volvió Poleró al cuarto-casino á referir la escena. Felipe no descansaba un momento en la noble tarea de hacer el café. Salía y entraba con éste ó el otro recado del comedor al cuarto, del cuarto á la cocina.

--Doña Virginia, que si quiere usted café.

--No, hijo: que les aproveche.

--Doña Virginia, que me dé usted otra taza.

--Que manden por ella á la cacharrería.

En el cuarto crecía el barullo y se espesaba la atmósfera.

--No eches todavía el agua caliente.

--¡Pero si esta taza está sucia!... ¡Felipe!...

--Falta una cucharilla... ¡Doctor!

--¡Alguien se ha comido el azúcar!... ¡Centeno!

--Si ya hierve.

--No hacerlo muy fuerte, que quita el sueño.

--¡Eh!... cuidado, que se come un terrón Julián de Capadocia...

--¡Felipe!... ¿Pero dónde se mete éste?

--Si ha ido por cigarros.

--El de los prismas está aún en su cuarto, de punta en blanco, con el mondadientes de plata en la boca. Está haciendo tiempo á ver si le convidamos.

--No convidarle.

--Dárselo sin azúcar... ¡Eh!... ¡Felipe...!

--¿Y Zalamero, dónde está?

--Ahora viene.

El señor de los prismas, antes de partir para la calle, llegábase á la puerta y saludaba cortésmente á todos.

--¿Usted gusta?

--Gracias...

--¿Y cuándo...?

--Si quieren ustedes algo para París...

Risas generales y sofocadas.

--Aguarde usted y le daremos una taza de café.

--Son ustedes muy amables...

--¿Y don Basilio ha salido?... Felipe, llama á don Basilio.

--Permítanme ustedes, señores--decía el redactor de Hacienda, asomándose ala puerta.--Hace tiempo que he renunciado al café, porque me quita el sueño. Si me hicieran el favor de un poco de azúcar para un vaso de agua...

--Oro molido que fuera...

--Pues muchas gracias... Permítanme ustedes que me retire. Me toca hacer artículo esta noche.

--Don Leopoldo, nos va usted á traer de París una buena maquinilla de café... ¡Felipe!

--No tienen más que darme una notita... No: lo apuntaré en mi cartera.

--Apunte usted... maquinilla de hacer café, para... doce tazas.

--Bien, bien: no se me olvida ya...

--Tome usted... vea si tiene poco azúcar...

--Si no tiene ninguno...

--¡Felipe... condenado... el azúcar!...

--¡Un terrón!

--¿Pero dónde está el azúcar?...

--Se lo ha comido Julián de Capadocia.

--Todos están concluyendo su ración, y no ha sobrado nada de azúcar... ¡Qué descuido!

--Señores, si esto es veneno...

--Perdone usted, don Leopoldo...

--Abajo con él... Aunque sea amargo...

--Así es más estomacal.

--Muchas gracias, señores...

--Que usted se divierta mucho, y haga muchas conquistas esta noche.

Sale Montes. Jaleo, risas, música... Óyese aquello de: _Don Basilio, giungete á tempo_... _¿La calunnia cos’è, voi non sapete?_... _Se don Basilio venessi á ricercarmi, ditelli ch’aspetti_, y otras frases en que sonaba el venerable nombre de aquel buen sujeto que estaba no lejos de allí, sacando de su seco caletre el tremendo artículo sobre el _déficit_, todo números y cálculos; artículo que si alguien lo leyera se quedaría yerto de patriótico espanto.

Lo mismo Poleró que Arias y el propio Miquis tenían, de tiempo atrás, vivísimos deseos de entablar conversación con el taciturno huésped don Jesús Delgado, para del coloquio pasar á la confianza y poder con ella penetrar el misterio de aquel hombre y sus inexplicables quehaceres epistolares. Todo era inútil. Sucesivas noches le enviaron con Felipe un recado invitándole á tomar café. Pero respondía siempre con mucha finura, dando las gracias y declinando el honor que se le hacía.

Poleró, con ardiente curiosidad, no perdía ocasión de hablarle. Si le encontraba por acaso en el pasillo, le detenía:

--Muy ocupado, ¿eh...?

--¡Ah!... eso siempre, figúrese usted, ¡oh!...--respondía el otro haciendo visajes, pues los nervios de su cara estaban siempre tan alborotados que ninguna facción quería estar en su sitio.

Otra vez le decía el catalán:

--¿Estuvo usted malo anoche? Me parece que le sentí levantarse...

--No, señor... ¡oh! Trabajando hasta la madrugada... Figúrese usted... á lo mejor recibo trece, catorce, quince cartas, y á todas, ¡ah! he de contestar. Buenas noches.

Poleró vivía en el cuarto próximo al de don Jesús Delgado, y algunas noches, subiéndose en una silla, se asomaba á un tragaluz abierto en lo alto del tabique. Había observado que el bendito señor, cuando no se paseaba de largo á largo por la habitación, escribía cartas en su pupitre.

Conforme iba despachando epístolas, les ponía los sobres; luego los sellos, de que tenía buen acopio, y las agrupaba á un lado, y con las contestadas hacía gruesos paquetes que guardaba en un arcón. Como nunca salía á la calle sino para ir al Correo, y al salir echaba la llave á su cuarto, no había medio de penetrar en la misteriosa oficina. Receloso hasta lo sumo y atento siempre á su secreto, si secreto había, don Jesús no evacuaba la plaza ni en el acto de la limpieza, y se tragaba todo el polvo del barrido antes que dejar expuestos sus papeles á un ataque de los huéspedes.

Arias sostenía que Delgado, hombre ya próximo á los cincuenta, tenía una novia perpetua, relaciones de esas que no terminan ni en el matrimonio ni en el olvido; pero este caso de platonismo de toda la vida, verosímil en el melancólico personaje, no explicaba las catorce cartas, á no ser que tuviera don Jesús catorce novias platónicas, todas poseídas de epistolaria demencia.

Aportó Zalamero algunos antecedentes del señor Delgado. Pertenecía éste á una familia bastante acomodada; era soltero, y había servido veinte años en la Dirección de Instrucción pública, desempeñando uno de los mejores destinos. Le apoyaban eminencias del partido moderado. Zalamero no recordaba bien qué clase de disgustos, qué contrariedades oficinescas obligaron á tan apreciable sujeto á dejar su destino. Tiempo hacía que estaba cesante, y la familia le trataba como á loco pacífico, sin tener con él relaciones directas.

Una noche, aguijoneados por su ardiente curiosidad, hicieron propósito los huéspedes de sacarle del cuarto, valiéndose de cualquier ardid, aunque no fuese prudente ni delicado. Invitáronle á tomar café, y como contestara negativamente dando las gracias, imaginaron atacarle con una burla de gran aparato. Miquis redactó al instante un mensaje, y se encargaron de llevarlo Poleró y Sánchez de Guevara, para cuyo acto solemne, el primero se puso un frac viejo de don Basilio y el segundo su uniforme. Entraron con toda ceremonia en el aposento, y sin preámbulo alguno, sacó Poleró su papel y empezó á leer con enfática entonación lo que sigue:

«Excelentísimo señor don Jesús Delgado: Los que suscriben, hospedados en ésta su casa, se atreven á interrumpir las graves ocupaciones de usted para rogarle se digne aceptar una modesta taza de negro café en el humilde albergue en que la amistad los reúne. Aunque la fraternidad que informa los actos de personas aposentadas bajo un mismo techo, justifica por sí este acto, los que suscriben, Excelentísimo Señor, quieren dar á la presente manifestación un móvil y origen superiores á los que tendría si fuese un simple arranque de urbanidad: quieren ¡oh! derivarla de los sentimientos de admiración y respeto hacia la augusta persona que ha prestado tan eminentes servicios al país y al mundo entero en el importante y florido ramo de la Instrucción pública.

Siendo los que suscriben, señor Delgado, escolares que aspiran á la posesión del saber en diferentes artes y ciencias, no pueden menos de sentirse orgullosísimos de vivir junto al insigne estadista que en doctas y previsoras leyes ha sabido trazar el camino por donde la juventud marcha á la conquista del Vellocino de Hierro de los modernos tiempos, señor don Jesús, que es la Instrucción.

Los que suscriben, Excelentísimo Señor, esperan que usted, con la modestia del verdadero mérito, aceptará esta humildísima prueba del respeto, de la consideración, del entusiasmo de sus compañeros de casa; y si tal honra merecen, tendrán por feliz y gloriosa entre todas las noches, la noche del 4 de Noviembre de 1863...»

Seguían las firmas.

La seriedad del acto, el tono grave y ampuloso de Poleró, pusieron á don Jesús Delgado como quien ve visiones. No supo qué contestar: todo se le volvía inclinarse y balbucir; gratitudes... Cuando dijo Poleró lo de los servicios á la Instrucción pública y del florido ramo, medio se enterneció el hombre y estuvo á punto de llorar.

Fué, mejor dicho, le llevaron casi á rastras; y cuando entró en el cuarto, precedido de la comisión, recibiéronle todos con ruidosos aplausos. El bienaventurado don Jesús estaba perplejo, conmovido, y tan creído de la verdad de lo que pasaba, que no se daba cuenta de la burla. Mientras tomaba café, los otros le abrumaron á cumplidos, lisonjas y felicitaciones de celebérrimos trabajos. Poleró era el único que faltaba, porque se había encargado de examinar las cartas y descubrir el secreto; acción que no consideraron villana, tratándose de un loco.

Diríase que á don Jesús le quemaba el asiento. Apenas apuró la taza, ya quería irse. Su turbación y cortedad eran grandes.

--Un momento más,--le decían, deteniéndole casi á la fuerza.

--Si ustedes, ¡oh! me permitieran retirarme...--respondía él con timidez.--Apenas he empezado mi tarea...

Por fin le soltaron. Una comisión había de acompañarle hasta su domicilio. Todo se hizo con aparato y cortesana pompa. Cuando el infeliz se encerró de nuevo, viérais á Poleró entrar en el cuarto tapándose la boca para contener la risa. Se tiró en una cama, porque su hilarilad y los esfuerzos que hacía para sofocarla y no meter ruido, le daban convulsiones...

--¿Pero qué, pero qué es...?

--No podéis figuraros.

--¿Qué cartas son esas?

--La locura más graciosa que se puede hallar.

--¿Quién le escribe? ¿Á quién escribe?

--¡Si no lo hubiera visto...!

--¿Á la Reina?

--No.

--¿Al Papa?

--No... Asombraos todos. Se escribe las cartas á sí mismo...

--¿Y las recibe?

--De sí mismo. Todas las cartas están encabezadas: «Señor don Jesús Delgado: Muy señor mío...» y todas concluyen así: «su seguro y atento servidor, Jesús Delgado.»

¡Qué risas, qué algazaras!

--¿Se le da un bromazo, sí ó no?

--Hombre, ¿mayor que el de esta noche?...

--Mayor, sí, mayor.

Poleró contó en breves términos lo que decían algunas cartas. Todo era referente á extraños planes de Instrucción pública. En algunas despachaba consultas sobre delicadísimos puntos de la misma materia. No estaban mal escritas, pero sí salpimentadas con las exclamaciones «¡ah! ¡oh!» que usaba también hablando.

--Sí: de la Dirección le echaron por loco--indicó Zalamero.--Ahora recuerdo: empezaron á notar rarezas en sus informes, y extrañísimas teorías traducidas del alemán. Por tales ideas estrambóticas, tuvo el Director un gran disgusto con el Arzobispo de Toledo.

--¿Con que se le da el bromazo?

--¿Cómo? ¡Ah! ya... escribiéndole una carta firmada por él mismo.

--Eso, eso...--clamó Poleró.--Á ver quién imita su letra. Le he quitado una carta.

--Venga--manifestó Cienfuegos, que se creía con aptitud para el caso.--Yo la imitaré.

--Que ponga Miquis el borrador. Entérate, Alejandro, de las tonterías que dice, y no omitas las interjecciones.

--Mañana... Es preciso sustraerle un poco de esta hermosa tinta violada que usa... Felipe, mañana, cuando limpie la chica el cuarto, entras á ayudar, y...

--Convenido: ¡qué lance!...

--Señores, las diez...--gritó Sánchez de Guevara, blandiendo el espadín.--Es hora de estudiar. Se levanta la broma.

--Hasta mañana.

VIII

El sábado por la noche, casi todos los huéspedes fueron al paraíso del Teatro Real. Miquis llevó á Felipe, que no había estado nunca, y se quedó medio atontado ante lo que veía y oía, cual si estuviera en un mundo distinto del que habitamos. Cosas y personas se le representaban engrandecidas y sublimadas por ignorado poder de magia. Aquello no era natural: era sueño, ocio de los sentidos y mentira del alma. Tanta señora guapa en los palcos; el deslumbrador abismo de rojo y oro, de hermosura y luces, que desde arriba presenta la cavidad del teatro; la escena grandísima, con aquellos señores que salían á cantar, ahora solos, ahora en bandadas; la muchedumbre de músicos que en aquel andén tocaban tanto instrumento; los deformes contrabajos, las doradas arpas, los aplausos, el canto, el silencio, el ruido, la atmósfera espesa... todo causaba al Doctor suspensión del ánimo y cierto embarazo de la palabra. Se reían los demás de verle con la boca abierta, atento, lelo, y sin responder cuando le decían: «¿Qué tal, Doctor; qué te parece esto?» El miedo de decir alguna barbaridad le tenía mudo.

Zalamero y Virginia estaban en una de las filas más altas; abajito, junto á la escalera de la derecha, en apretada falange, todos los demás huéspedes, alborotando más de lo regular y dando broma á don Leopoldo Montes, que acompañaba, no lejos de allí, á unas cursis de mal pelaje. Aplaudían furiosamente á Mario, que aquella noche cantaba. En los entreactos. Montes, por darse los humos de una opinión musical, mostrábase partidario de lo pasado, y alzando la voz en su defensa, decía:

--¡Si hubieran oído ustedes al célebre Moriani, el tenor de la _bella morte_! Yo le oí en París... Aquél sí reunía todo: voz y canto; no era como este ídolo de ustedes, á quien sólo se puede admirar _bajo el prisma_ del estilo.

En pie, para dejarse ver y oír, el tal Montes, tieso y bigotudo, con la ropa muy ceñida para lucir las formas, llamaba la atención de medio paraíso por su arrogancia cursilona, su cabeza llena de bandolina, sus aires pedantescos y sus ridículas pretensiones de hombre de mundo... Poleró estimulaba la fatuidad de Montes con chanceras lisonjas, y todos se divertían atrozmente con la buena música, los bandos musicales, las cursis, las apreturas y las bromas y agudezas propias de aquella caldeada región.

En la casa de huéspedes reinaba silencio gratísimo, en cuyo seno, como pez en el agua, la mente prolífica de don Basilio Andrés de la Caña escribía su centésimo artículo sobre el eterno tema, y era de ver cómo aquella máquina de guerra salía, erizada de explosivas sumas y de cortantes guarismos. Cada vez que el redactor se pasaba la mano izquierda por la cabeza, brotaba de la pluma, rápidamente meneada por la derecha, una chorretada de números que... ¡Pues si aquello lo leyera alguien, Dios poderoso!

Dos personas más había en la casa, igualmente silenciosas: la Bernardina, que se había puesto á coser junto á la mesa del comedor, y dormitaba más que cosía, y don Jesús Delgado, que trabajaba en su cuarto con la constancia y fe de todas las noches. Antes de ponerse á escribir, leyó cuidadosamente el bendito señor en diversos libritos ingleses y alemanes; paseó un rato por la habitación como discurriendo lo que iba á contestar; y haciendo visajes y contorsiones, tomó luego la pluma, que no porque fuera de éstas de acero que ahora se usan, dejaremos de llamar _bien cortada_. Le acompañaba un discreto y grave amigo, Julián de Capadocia, dormitando no lejos de la mesa, y á ratos levantaba la cabeza y le dirigía miradas cariñosas. Expresivo era el rostro del apacible can, y si hubiera tenido palabra le habría dicho: «¿Cómo va eso, señor Delgado?» Pero se lo decía con los ojos, y con los ojos también respondíale don Jesús: «Difícil tema es éste, ¡oh! amigo Capadocia: allá veremos lo que sale.»

¿Era verdad lo que Poleró había dicho? Sí: toda la correspondencia que Delgado contestaba habíala escrito él mismo un día antes. El desgraciado huésped, cuya vida se nos presenta en tan raro misterio, así como los orígenes de su pacífico desorden mental, merecía bien el mote que le puso Arias Ortiz, ramplón helenista: le llamaba el _eautepistológrafos_, ó sea el que se escribe cartas á sí propio.

De las doce ó catorce que había recibido aquella tarde, tomaba don Jesús una, la leía con atención cuidadosa, meditaba un rato sobre ella y luego la contestaba. Sucesivamente hacía lo mismo con las otras, alternando el leer y el escribir, hasta despachar la mitad del trabajo, quedándose la otra mitad para la mañana siguiente. He aquí una, tomada al azar del repleto archivo del arcón:

«Señor don Jesús Delgado.--Muy señor mío de mi consideración más distinguida: Recibí su atenta, fecha 28 de Octubre, y me apresuro á contestarle que su admirable plan de la _Educación Completa_ no es ni será comprendido por esta caterva rutinaria de la Dirección, incapaz de salir ¡oh! de los antiguos moldes. Pasarán años; será preciso que todo el régimen del Estado varíe; que la sociedad se conmueva para sacudir su modorra; que pensamientos nuevos y nueva luz entren en el cerebro narcotizado y tenebroso de la Nación; y aun así, ¡oh! la reforma que usted quiere implantar no será un hecho si no dedica usted un siglo más al ensayo y tanteo de su difícil aplicación. Vino usted al mundo ¡oh! antes de tiempo, amigo mío. Lo mejor que puede hacer ahora, para no aburrirse aquí con tan larga espera, es darse una vuelta por la eternidad y volver dentro de siglo y medio, año menos, año más.

Entonces el Gobierno pensará de otra manera, y habrá caído en total descrédito la educación de adorno que ahora prevalece, compuesta de conocimientos necios, baldíos y de relumbrón, como las pinturas ridículas con que se engalanan los salvajes.

Cuando usted vuelva, la sociedad habrá comprendido que, en todo el curso de la vida, lo importante ¡ah! no es _parecer_, sino _ser_, y que á este principio debe sujetarse la educación.

Deseo que usted explane sus ideas sobre esto, demostrando que el fin educativo es _prepararnos á vivir con vida completa_. Espero en su próxima carta una clasificación _de las principales direcciones de la actividad que constituyen la vida humana_, para deducir ¡oh! cuál es la educación que debe preferirse, según la condición y fines de aquellas direcciones de la actividad.

Entre tanto llega su deseada carta, se repite de usted ¡oh! atento servidor q. b. s. m.--JESÚS DELGADO.»

Este tono grave no lo empleaba en todas sus cartas; las escribía también familiares, como la muestra:

«Querido Jesús: Por la tuya del 7 veo lo atareado que estás en esa oficina de la _Educación Completa_, establecida en el séptimo cielo, círculo tercero á mano derecha. ¡Pobrecito, tener que contestar tanta carta, venida de remotos países...! Veo que los amigos Frœbel y Pestalozzi no te ayudan nada. ¡Qué pícaros!

La familia buena. Estamos ensayando en los niños tu sistema de educación recreativa, ¡oh! que forma parte de la completa. Esto de enseñarles jugando es invención, como tuya, donosísima. Hemos tirado á la basura todos los librotes indigestos que los chicos tenían, y en su lugar les hemos dado herramientas de fácil manejo, lápices y colores, cartón para hacer casitas, y otras menudencias dispuestas conforme á lo que mandas.

Sofía está otra vez en estado interesante y muy avanzada... ¡Cómo ha de ser!... Mi _sabiduría_ me da un hijo cada año. Venga, y le educaremos jugando. Nos harán falta pronto tus ideas sobre la lactancia. Escríbenos sin dilación, que quizás mañana empecemos á necesitar tus teorías lactatorias, ¿qué digo, mañana? ahora mismo... me avisan que Sofía... ¡ah! ¡oh! no puedo seguir; adiós.--JESÚS.»

Aquella noche, como dije, despachaba tranquilamente Delgado su correspondencia, cuando de pronto, al abrir una de las cartas y leerla, se quedó turbado, frío, y empezó á hacer tales visajes y contorsiones, que la cara se le desbarataba, cual si quisiera protestar de las leyes anatómicas; á leer volvía, no dando crédito á sus ojos, y saltaba en el duro asiento. Sin duda le acometió el mal de San Vito. Levantóse, dió varios paseos, leyó de nuevo... ¿Qué carta era aquélla que tanto le trastornaba? ¡Su letra! ¡su tinta! ¡Eran el encabezamiento y firma como los de todas las suyas!

Leída por séptima vez, vió que decía:

«Señor don Jesús Delgado.

Mi distinguido amigo: El contenido de su gratísima del 2 de Noviembre, en que se manifiesta desesperanzado del éxito de su grandioso plan de _Educación Completa_, me ha producido ¡oh! dolorosa impresión. Pues qué, varón insigne, filósofo eximio, genio sin segundo, ¿será posible que desmaye usted cuando llega el momento de dar cima á su alta empresa y coronar con triunfo y galardón admirables sus gloriosísimos, sus inmortales estudios? No, amigo: hemos llegado á la cima, hemos escrito el _omega_, y la frente del santo reformador, del Jesús, del Cristo de la Educación, aparecerá coronada de las estrellas de la práctica en el trono refulgente de la realidad.

Usted, mi sabio amigo, engolfado en el tumultuoso piélago de las cartas que de apartadas regiones, playas y continentes le dirigen, no ha apreciado el veloz paso del tiempo. _¡Han transcurrido veinte años sin que usted se dé cuenta de ello!_ Ya no existen aquellos rutinarios moldes que se oponían á la _Educación Completa_. Todo ha variado, egregio hierofante: la sociedad ha vencido su letal modorra, y despabiladísima aguarda las ideas del legislador de la enseñanza. En este lapso de tiempo, ¿no sabe usted que ha sido derrocado el trono secular, y con él han desaparecido las prácticas añosas y las ideas rancias? Cual generosa espada cubierta de orín, que en un momento es limpiada y recobra su hermosura, temple y brillo, así la nación se ha limpiado su mugre. Nuevas instituciones tenemos ya, ¡oh! y nuevos caracteres y principios. La hora de que el gran reformador salga de su escondite y manifieste al mundo atónito sus planes, ha llegado, señor don Jesús. ¡Viva el Mesías de la _Educación Completa_, base de la _Completa Vida_!

Con ferviente entusiasmo le saluda y abraza su afectísimo--JESÚS DELGADO.»

Mientras más el infeliz leía, mayor era su desasosiego. Estaba el pobre como fuera de sí, con grandísima zozobra en su alma. Pero mucho más se alteró cuando, al fijarse en la fecha de la carta, vió que claramente decía: «8 de Noviembre de 1883...» Se le erizaba el cabello mirando estos guarismos. Tal efecto le hicieron, que sus nervios se desataron en vibración loca, y empezando por dar vueltas en la habitación, luego salió disparado al pasillo.

Julián, ¡cosa extraña y rara vez acontecida! ladraba tras él... ¡Pero cómo ladraba el bueno de Capadocia! Era el canino lenguaje un aullar lastimero que más tenía de exhortación de amigo que de amenazas de guardián. Asustado del ruido salió don Basilio, y con cariño puso la mano en el hombro del _eautepistológrafos_, y le dijo:

--¿Qué le pasa al buen amigo? El tiempo Sur es malo, ¿eh?

Pero Delgado se metió bruscamente en su cuarto, sin responder nada al de la Caña, lo que sorprendió mucho á éste, por ser don Jesús la misma cortesía. Bernardina salió también, y entre los dos hicieron callar á Julián.

--¡Este maldito tiempo Sur...!--repetía don Basilio, acompañando á la Bernardina hasta el comedor; sentándose á su lado.

--Esta noche le da fuerte, ¿dice que es el viento? Hasta Julián se encalabrina...--observó la moza; y don Basilio, recreándose en contemplar los torneados brazos de ella, repetía:

--Este maldito viento Sur no sé lo que tiene. También á mí me pone la cabeza... y los nervios... no sé cómo.

IX

Al siguiente día, doña Virginia, malhumorada con los huéspedes, les hablaba así: